Acerca de un cuento japonés

6min

Este fragmento forma parte del proceso abierto de Profano, un proyecto sobre los seres humanos, su biología y su cultura, sus historias, sus múltiples formas de vivir la vida y de lidiar con la muerte.

Ryūnosuke Akutagawa, para muchos, puede ser distinguido como el padre del cuento japonés. Creció bajo el fantasma de una enfermedad mental que, a los 35 años, lo empujó a terminar con su vida. La noche previa le escribió una carta a Masao Kume, su viejo amigo dramaturgo, en la que describía de manera puntillosa cómo llevaría a cabo su muerte. 

“Una vez tomada la decisión de suicidarme (yo no lo veo en la forma en que lo ven los occidentales, es decir como un pecado) me resolví por la forma menos dolorosa de llevarlo a cabo. Excluí, por razones prácticas y estéticas, la posibilidad de ahorcarme, dispararme un tiro, saltar al vacío u otras formas de suicidio. El uso de drogas me pareció el camino más satisfactorio. Y por el lugar, tendría que ser mi propia casa, cualesquiera sean los inconvenientes para mi familia. Como una suerte de trampolín, al igual que Kleist y Racine, pensé en la compañía de una amante o un amigo, pero habiendo elevado la autoconfianza, decidí seguir adelante solo. Y la última cosa a considerar fue asegurarme una perfecta ejecución, sin el conocimiento de mi familia. Después de unos meses de preparación me convencí de la posibilidad de realizarlo”.

Relata en el segundo párrafo de su último texto y a continuación plantea:

“Nosotros los humanos, siendo animales humanos, tenemos un miedo animal a la muerte, la así llamada vitalidad no es otra cosa que fuerza animal. Yo mismo soy uno de esos animales humanos. Mi sistema parece gradualmente haberse liberado de esa fuerza animal, teniendo en cuenta el poco interés que me queda por el alimento y las mujeres. El mundo en el que estoy ahora es uno de enfermedades nerviosas, lúcido y frío. La muerte voluntaria debe darnos paz, si no felicidad. Ahora que estoy listo, encuentro la naturaleza más hermosa que nunca, paradójico como suene. Yo he visto, amado, entendido más que otros, en esto tengo cierto grado de satisfacción, a pesar de todo el dolor que hasta aquí he soportado”.

Una vez premeditado el camino que lo llevaría a su muerte, optó por pasar las últimas horas junto a su familia. Luego se recluyó, tomó una dosis fatal de barbitúrico Veronal y se acostó sobre un futón a esperar con calma el final.    

El poco tiempo que vivió fue suficiente para despertar la admiración de Jorge Luis Borges, que, incluso, prologó algunas de sus obras. Uno de sus cuentos más famosos es “En el bosque”: un cadáver es hallado y los diferentes testigos e implicados narran su versión del hecho. El problema —y la delicia de los lectores— es que cada una de las declaraciones suena convincente. El narrador se esfuerza por exprimir la racionalidad de cada personaje y, mediante una prosa exquisita, hace gala de su poder argumentativo. Así, un leñador, un monje, un soplón, una anciana, Tajomaru (el aparente bandido), “una mujer que fue al templo de Kiyomizu” y “lo que narró el espíritu por labios de una bruja” brindan sus explicaciones al oficial que investiga, que hace las preguntas e insiste en averiguaciones. El cuento de Akutagawa continúa siendo valorado porque, además de su calidad narrativa, enseña que las controversias alrededor de un conflicto (en este caso, un crimen) pueden dar lugar a la expresión de diferentes subjetividades a partir de diversas posturas. Enseña que en definitiva los puntos de vista sobre los acontecimientos y fenómenos se construyen.  

Con la eutanasia sucede algo similar. Los que se oponen públicamente sostienen un argumento religioso que radica en la sacralidad de la vida, una vida que —según ellos— no les pertenece enteramente a los seres humanos, sino que, por el contrario, es un “regalo de Dios” y los regalos no pueden despreciarse. También apuntan que, mediante el acto, los médicos traicionan el juramento hipocrático y ello, a mediano plazo, podría socavar la confianza con los pacientes. Que, desde este punto de vista, los profesionales de la salud deben transitar la última parte de la vida del paciente como testigos y no como “verdugos”. Al mismo tiempo, apuntan que ocasionar la muerte de un individuo en estado terminal no es ético en la medida en que se contrapone con los principios fundacionales de toda sociedad, en los que el interés público debe ser superior a los deseos individuales. 

La sanción de una ley que garantice la muerte digna implicaría, desde este enfoque, la legalización de una forma de homicidio. Para los detractores de la eutanasia, no se trata de acelerar la muerte, sino, por el contrario, de mejorar la calidad de vida mediante intervenciones médicas racionales. Como corolario, sostienen, la decisión eutanásica es irreversible: elimina las posibilidades de que el paciente mejore, o de que un descubrimiento científico imprevisto logre salvar la vida de un paciente cuando hasta ese momento era imposible. Algunos detractores plantean que acabar con la vida está mal por lo que podría desatar después: una especie de “pendiente resbaladiza”, donde la muerte podría ubicarse como “una alternativa barata a los cuidados paliativos”.  

Los que están a favor de la eutanasia, por su parte, enfatizan la chance de que las personas puedan mantener su autonomía o autodeterminación con el propósito de liberarse de los sufrimientos extremos que, en muchos casos, causan las diversas patologías. La premisa puede enunciarse de este modo: la calidad de vida es un valor que debe anteponerse frente a la cantidad de vida. La segunda premisa, igual de contundente, es la siguiente: vivir es un derecho, no una obligación; de manera que su protagonista (y solo él) está en condiciones de interrumpirla. Desde esta óptica, los defensores combaten lo que denominan el “vitalismo obsesivo”: no existe el deber de vivir más allá del deseo de cada quien, sacralizar la vida per se no tiene ningún sentido.

Otro argumento que suelen esgrimir se relaciona con la eliminación de los sufrimientos: si bien muchas dolencias pueden ser atenuadas con fármacos, en ciertas circunstancias, tal alivio resulta imposible. Si no hay horizonte de mejora, si la esperanza de recuperación es inexistente, los defensores de la eutanasia expresan que las personas deben tener derecho a morir con dignidad, a evitar males peores e innecesarios. Permitir la muerte digna, desde aquí, implica una mirada que reconoce y respeta la humanidad y la libertad del otro.

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Gabriela Cabral

04/10/2021

Gabriela Cabral

Me encantooo

Ana Rosa Cantiello

21/09/2021

Ana Rosa Cantiello

Excelente!! Mucho para reflexionar. Gracias por pensar y escribir sobre este tema tan controvertido.

NATALIA HUILEN GUZMÁN BARRIONUEVO

20/09/2021

NATALIA HUILEN GUZMÁN BARRIONUEVO

Es más que importante, poner en la luz de los debates, las libertades individuales (sin daños a terceros) sobre los paradigmas socio culturales. Banco mucho la idea de calidad sobre cantidad.

ramirete

20/09/2021

ramirete

razonamientos muy de estas tierras pues si estas del otro lado del hemisferio y te encontrases en tierras donde el la muerte es algo así como la «meta final de la vida» capaz los razonamientos serían otros no? desde ya es un paso que tenemos que dar como sociedad. celebro que se zambullan en ello.

Nora maria Ojeda

20/09/2021

Nora maria Ojeda

mantener la dignidad de las personas hasta el final es algo en lo que reflexiono desde hace mucho tiempo…

Silvia Bonetti

20/09/2021

Silvia Bonetti

Muy buena, el borrador de un paradigma que necesitamos implementar en esta época de la Tierra. Gracias