Noche

34min

Y si ahora que soy viejo paso mis días en las ciudades, es porque en ellas la vida es horizontal, porque las ciudades disimulan el cielo. Allá, de noche, en cambio, dormíamos, a la intemperie, casi aplastados por las estrellas. Estaban como al alcance de la mano y eran grandes, innumerables, sin mucha negrura entre una y otra, casi chisporroteantes, como si el cielo hubiese sido la pared acribillada de un volcán en actividad que dejase entrever por sus orificios la incandescencia interna.
 
El entenado
Juan José Saer

La persona que más tiempo vivió en este planeta, al menos de la que se tenga registro, fue Jeanne Louise Calment, una mujer francesa que nació en 1875 y murió en 1997. Llegó a tener exactamente 122 años y 164 días y, aún hoy, décadas después de su muerte, conserva el récord mundial de longevidad. Cuentan que Jeanne fue una mujer muy activa, tanto que a los 100 años todavía se la veía subida a su bicicleta. También cuentan que fumó casi hasta su muerte. Jeanne se casó joven, con un primo segundo que tenía su mismo apellido, y tuvo con él una única hija. Pero esa hija murió de una neumonía en 1934 y su marido, intoxicado, en 1942. Su único nieto fue criado por los abuelos Calment luego de la muerte temprana de su hija. Sin embargo, a los 36 años, este nieto, el único heredero de Jeanne, murió en un accidente automovilístico. Después de eso, Jeanne Calment vivió otras tres décadas y un poco más.

A sus 113 años, cuando aún no era la persona más vieja de la que se tuviera registro, se hizo famosa porque en su ciudad, Arlés, se festejó el centenario de la visita de Vincent van Gogh al lugar. Y, claro, Jeanne recordaba ese evento; incluso decía haber interactuado con el mismísimo Van Gogh en la tienda que tenía su padre en Arlés. Estando en la ciudad de Jeanne, Van Gogh pintó cuadros tan famosos como los que muestran girasoles en un jarrón y, también allí, se cortó la oreja. Vincent van Gogh murió a los 37 años, en 1890. En ese momento, Jeanne Calment tenía 15 años y le quedaban otros 107 por delante.

Nadie puede afirmar si es posible para un humano superar la marca de Jeanne. Hay registro de unos cuantos supercentenarios, personas que vivieron más allá de los 110 años, pero ninguna de estas personas excepcionales ha demostrado superar el récord de 122. Aun así, es imposible conocer el límite máximo de tiempo vivible para los humanos justamente porque nunca sabremos si alguien, alguna vez, será capaz de superar —por unos años, un par de meses, un puñado de días— al último más longevo. Lo único que sabemos es que estas personas excepcionales que viven más de 110 años difícilmente llegan a los 120: ese parece ser un límite más o menos razonable.

Los registros que datan la existencia de personas muy longevas pueden rastrearse hasta la Antigüedad. Es decir que, si bien es posible que actualmente una proporción mayor de personas alcance edades extraordinarias —por ciertas mejoras en las condiciones de vida y en la atención médica—, estos avances no fueron capaces de extender mucho más el tiempo máximo vivible. Lo que sí cambió bastante es la cantidad de tiempo que vive la mayoría de la gente, o sea, la expectativa de vida ha aumentado mucho. Una persona que nace hoy tiene muchas más probabilidades de vivir por muchos más años que su bisabuelo, su tatarabuelo y los que les precedieron.

Se calcula que desde que nuestra historia evolutiva se separó del antecesor que compartimos con los grandes simios, la expectativa de vida se duplicó para los Homo sapiens. Y luego, en estos últimos doscientos años, este valor volvió a duplicarse. Si bien estamos lejos de extender la vida a límites insólitos, hemos logrado que buena parte de nosotros pueda llegar a viejo.

En la actualidad, hay alrededor de 700 millones de personas en el mundo que tienen 65 años o más, y 150 millones superan los 80. Si consideramos que a principios de 2021 la población mundial era de alrededor de 7800 millones, se desprende que cerca de un 9% de los humanos que andan dando vueltas en el planeta tiene por lo menos 65 años. En 2020, por primera vez en nuestra historia como especie, ocurrió que la cantidad de personas de 60 años o más superó la cantidad de niños y niñas por debajo de los 5 años. Esta tendencia de envejecimiento de la población ocurre tanto por el aumento de la expectativa de vida de los que nacieron en las últimas décadas como por la reducción de la natalidad en muchas regiones. Las proyecciones indican que la tendencia no hará más que profundizarse y la población mundial tendrá cada vez una representación más abultada de personas mayores. Es muy probable también que la expectativa de vida global, que en la actualidad es de más de 72 años, siga aumentando.

Más allá de las tendencias generales, el envejecimiento de la población toma caminos singulares en las diferentes regiones del mundo e incluso dentro de cada país. La posibilidad de aumentar la expectativa de vida es un reflejo claro de los avances en la salud pública, el acceso a tratamientos médicos y las mejoras en las condiciones sociales y económicas de la población. Muchos creen que los sectores que en el futuro próximo aumentarán su expectativa de vida son aquellos que tienen ingresos medios o bajos, y que básicamente tienen mucho por mejorar. Se espera que el aumento del número de personas con 80 años o más sea muy acelerado en algunas regiones de Asia y el norte de África, por lo menos hasta el 2050. En los países más ricos, la cuestión del envejecimiento de la población no es ninguna novedad y lo que preocupa a los gobiernos hace tiempo es el costo económico de sostener a una gran cantidad de personas que no son parte del mundo laboral y que suelen requerir cuidados de diferente tipo.

Al cumplir los 90 años, Jeanne Calment accedió a firmar un acuerdo con un abogado para cederle sus bienes luego de su muerte a cambio de una renta mensual. Ella no tenía herederos y el trato le daba la posibilidad de usufructuar sus bienes mientras vivía y contar con un ingreso mayor. Es posible que André-François Raffray, el abogado en cuestión, jamás haya pensado que a Jeanne le quedaban más de treinta años de vida. Menos aún, que él moriría antes, a los 77 años. Lo que tal vez tampoco sabía Raffray es que los humanos podemos vivir mucho más que otras especies cercanas y que, cada tanto, ocurre que alguien da un batacazo como el que dio Jeanne.

Largueros

Entonces, entre los primates, los humanos somos los más longevos gracias, en gran medida, a las mejoras en las condiciones de vida y en el tratamiento de algunas enfermedades frecuentes. Pero este aumento de la expectativa de vida se produjo pocas generaciones atrás. Y de las distintas especies homininas extintas, más o menos alejadas en el tiempo, es bastante difícil conocer la edad cronológica a la que llegaba la mayoría de sus representantes.

El esqueleto guarda algunas marcas del paso del tiempo que pueden servir para acercarse a conocer la edad que tenía un individuo al morir. Esas marcas, que deben interpretarse en registros fósiles muy fragmentarios, en el caso de los individuos adultos generalmente solo nos dan una pista aproximada para saber si era más bien joven o si tenía una edad más avanzada. A partir de ello, se vio que los primeros Homo sapiens (junto con los neandertales) tenían una expectativa de vida mayor que otras especies más antiguas, por ejemplo, las especies de australopitecos.

La mayoría de los mamíferos tiene un riesgo alto de morir inmediatamente después de su nacimiento. Pasado ese período inicial de vulnerabilidad, el riesgo vuelve a aumentar consistentemente una vez que se alcanza la madurez biológica. Para los humanos, es un tanto diferente porque, incluso en contextos en los que la mortalidad infantil es alta, el riesgo de morir solo vuelve a aumentar cuando se avanza mucho más en la adultez. Es decir que, de alguna manera, el momento en que empieza a aumentar el riesgo, para nosotros, se retrasa un poco. Esta tendencia da como resultado una mayor proporción de adultos que viven mucho más allá de su juventud. Los primates vivientes más cercanos a los humanos —los chimpancés— tienen una curva parecida a la del resto de los mamíferos: los que pasan los primeros años y alcanzan la madurez, cosa que ocurre cerca de los 15 años, tienen grandes probabilidades de vivir unos diez o quince años más. Pero es realmente muy raro que alguno, tanto en cautiverio como en libertad, viva más allá de los 50.

¿Cómo fue que llegamos a ser una especie de viejos? Para quienes estudian la evolución biológica de los organismos, la cuestión del envejecimiento despierta gran interés. En general, los animales decrecen su posibilidad de reproducirse y sobrevivir a medida que pasan los años y, sin embargo, la senescencia —es decir, el conjunto de cambios que se acumulan al envejecer— aparece en muchos de ellos. Desde una perspectiva evolutiva, lo esperable sería que perduraran rasgos adaptativos, o sea, aquellos que aumentan la posibilidad de mantenerse vivo y dejar descendencia. A primera vista, envejecer no encajaría en esa lógica. Aunque hay algunas explicaciones, no existe un consenso general sobre por qué algo que en principio parece traer más problemas que soluciones es parte del ciclo de vida de tantas especies.

A mitad del siglo XX, Peter Medawar sintetizó algunas ideas que venían dando vueltas al respecto y les sumó las propias para elaborar una explicación posible. Al igual que otros, consideraba que si la selección natural actúa preservando a aquellos individuos con mejores cualidades de supervivencia y reproducción, es posible que, una vez que estos superan su edad fértil, ya dé más o menos lo mismo que sigan viviendo o no. Esto se basa en que los individuos que sobreviven hasta una edad en la que pueden reproducirse y efectivamente dejan descendencia pasan su dotación de genes a las próximas generaciones. Por lo tanto, en las próximas generaciones habrá más representación de los genes que llevaban los que más se reprodujeron. Por contraste, aquellos individuos que presenten alguna característica por la que no son capaces de sobrevivir hasta reproducirse —o que llegando a esa edad no dejan descendencia— no podrán ver representada su dotación genética en las próximas generaciones. Ahora bien, ¿qué pasa cuando una característica o rasgo aparece una vez que los individuos ya tuvieron ocasión de reproducirse? Incluso si ese rasgo representa algún detrimento para la supervivencia de los individuos, por ejemplo, si se trata de un problema grave de salud, aquellos que lo presenten ya se habrán reproducido y dejado sus genes a las generaciones próximas. Es decir que el foco de la selección no estará puesto sobre ellos. En ese sentido, Medawar decía que este relajamiento de la selección sobre los organismos envejecidos explica por qué se conservan genes que, durante la vejez, se expresan como rasgos poco adaptativos, que llevan al deterioro de funciones específicas.

Uno de los ejemplos que se ha esgrimido para respaldar esta idea es el de la enfermedad de Huntington, una afección que produce daños degenerativos severos y progresivos en el sistema nervioso. Desde que fue descrita por primera vez, se llamó la atención sobre la edad en la que los pacientes empezaban a mostrar síntomas, que rondaba los 30-40 años. En la década de 1980, se logró aislar un gen directamente implicado en la aparición de la enfermedad, pero que, evidentemente, despliega su acción unos cuantos años después de que las personas que lo portan alcanzan la madurez reproductiva. Tal como lo predijo Medawar, la expresión de rasgos muy poco adaptativos luego de la edad reproductiva típica no sería objeto de la selección natural. Entonces, lo que ocurre durante el envejecimiento sería un subproducto, una suerte de consecuencia colateral de la evolución biológica. Las predicciones de estas ideas sobre la evolución del envejecimiento han sido confirmadas en algunos casos y refutadas en otros. Esto muestra que el envejecimiento sigue siendo un territorio con muchas incógnitas en el que, claramente, aparecen límites al conocimiento científico actual.

En particular para los humanos, se ha propuesto una hipótesis sobre la longevidad y el envejecimiento que tiene que ver con el rol de las abuelas. Se conoce, por supuesto, como la hipótesis de las abuelas. Analizando poblaciones hadza del norte de Tanzania, Kristen Hawkes, una antropóloga estadounidense, encontró que en estos grupos las mujeres que ya habían pasado la menopausia tenían un rol fundamental en las tareas de recolección de alimentos que requerían más maña que fuerza. El trabajo de estas mujeres sostenía parte de la alimentación de los más pequeños (que no conseguían realizar esas tareas de recolección por falta de fuerza o de experiencia) y de las mujeres jóvenes que estaban embarazadas o amamantando. Expandiendo estas observaciones, Hawkes planteó que en los ambientes abiertos y con recursos alimenticios más dispersos —como los que habitaron en África los primeros homininos—, contar con miembros del grupo con la pericia suficiente para llevar a cabo tareas de recolección era una ventaja. Y, por lo tanto, la supervivencia luego de pasada la edad reproductiva podría haber mostrado su costado adaptativo. Estas abuelas serían parte de una red de cuidados cooperativos que, a su vez, permitiría sostener crías más dependientes, con períodos de crecimiento más prolongados, en fin, crías como las humanas. Además, si el cuidado de los más pequeños no era solo cosa de las madres y parte del esfuerzo dedicado al cuidado podía compartirse, era posible volcarse a una nueva gestación y así reducir el intervalo de tiempo entre un nacimiento y el siguiente para una misma madre. La hipótesis de Hawkes explica, así, el aumento de la longevidad en las hembras de las especies que forman parte de nuestra historia evolutiva. Los alcances de esta idea son objeto de discusión ya que, por otro lado, hay quienes plantean que los beneficios que traerían las abuelas no constituyen un argumento suficiente para explicar la selección positiva de vivir más tiempo. Probablemente haya más de una causa o razones integradas que expliquen la evolución de nuestra longevidad. Lo que está claro es que las abuelas ocuparon y ocupan un rol central en los grupos sociales, interviniendo en los modos de organizarnos, de cuidar, de alimentar, en definitiva, de vivir.

El Dorado

Una de las leyendas que se gestó cuando los europeos conocieron América fue la de El Dorado. En el siglo XVI se empezaron a esparcir los primeros rumores sobre un lugar de Sudamérica donde existía una ciudad hecha completamente de oro, y desde entonces, muchos de los europeos que llegaron al continente emprendieron su búsqueda. Originalmente, se pensó que esa ciudad estaba en el territorio de lo que hoy es Colombia, aunque con el paso del tiempo y las expediciones fallidas, la esperanza de encontrarla se fue desplazando a otros territorios. Encandilaba la promesa del oro, de la riqueza sin límites y al alcance de la mano. Pero aunque en América existían riquezas notables, incluso muchas que los europeos pasaron por alto, parece que esa ciudad brillante nunca existió tal como la imaginaron y la contaron. Sin embargo, hasta entrado el siglo XIX, incluso cuando la mayoría descreía de la historia, hubo algunos que se adentraron en territorios de Centroamérica para continuar su búsqueda.

En la historia de la ciencia hay proyectos que son como El Dorado, grandes empresas legendarias en las que cientos de investigadores e investigadoras se han comprometido por años y años. No son cualquier empresa, sino aquellas que tienen un grado de misticismo, de misión imposible y a la vez de recompensa inconmensurable. Una de ellas es volver el tiempo atrás. Y lo que para la biología sería volver el tiempo atrás es rejuvenecer, revertir los efectos del paso del tiempo. Como con la búsqueda de El Dorado, algunos han hecho avances modestos y puntuales, encontrando cosas que se acercan, pero no son el objetivo último. La fórmula o el camino para rejuvenecer la mayoría de nuestros sistemas y órganos sigue estando vacante. Estos son, sin embargo, algunos de los intentos que se hicieron.

Charles Édouard Brown-Séquard fue un médico francés muy reconocido por sus investigaciones en el campo de la fisiología y la neurología. Parece que Charles, como tantos otros, estaba interesado en encontrar un tratamiento para rejuvenecer a las personas. En 1889, dio una conferencia en la que anunció que, luego de algunos experimentos, había encontrado la manera de recuperar la vitalidad de la juventud. Lo que hizo fue triturar testículos de conejillos de Indias, filtrar esa mezcla y luego inyectársela a sí mismo. Y como única prueba de la efectividad del método comentó lo bien y joven que se sentía. A partir de allí, muchos creyeron en sus resultados y Charles trabajó duro para ofrecer este tratamiento a muchas personas que querían rejuvenecer. Pero al poco tiempo, cuando otros intentaron replicar los experimentos, los resultados descritos no aparecieron. En el momento en que él hizo su trabajo, aún no se conocía la testosterona y mucho menos sus funciones y mecanismos específicos. Luego de descubierta esta hormona, hubo varios otros investigadores que creyeron que estaban frente a El Dorado del rejuvenecimiento. Pero ellos también, una vez más, se habían encandilado.

Un camino con algunas similitudes fue el que tomó un médico suizo llamado Paul Niehans a mediados del siglo XX. Lo que él propuso fue la llamada terapia celular, que, en resumidas cuentas, consistía en identificar qué órganos estaban deteriorados e inyectar extractos de ese mismo órgano obtenidos de un animal. Eso era básicamente lo que hacía Niehans en su clínica La Prairie, en Suiza, por la que pasaron personajes de lo más famosos, incluso el papa Pío XII. Las ideas de Niehans perduraron en el tiempo, aunque con algunas modificaciones y licencias tomadas por sus seguidores. La clínica La Prairie sigue funcionando y alrededor de los tratamientos y productos que comercializan bajo ese nombre ha crecido un negocio considerable. En la actualidad, en diferentes lugares se usan procedimientos similares, por lo menos en su idea general, a los que propuso Niehans para el tratamiento de algunas enfermedades hereditarias, lesiones, etc. Muchos de estos protocolos se encuentran en estudio. Sin embargo, lo que buscan no es exactamente el rejuvenecimiento, sino la reparación de tejidos u órganos, el tratamiento de afecciones específicas. Una diferencia entre estos estudios más recientes y el trabajo que hizo Niehans para construir su imperio de la juventud es que, en este último caso, los datos que sustentan sus ideas se mantuvieron guardados con bastante hermetismo y pocas veces se expusieron a una evaluación en profundidad por terceros. 

En 1935 se publicó un trabajo que sugería que las ratas sometidas a una reducción en el alimento que consumían llegaban a vivir más tiempo. Desde ese momento, la restricción dietaria ha sido una de las formas más estudiadas para extender la vida y, además, mejorar las condiciones de salud durante la vejez. Aunque no es exactamente volver el tiempo atrás, algo se acerca. Experimentos con diferentes protocolos, hechos tanto en roedores como en insectos e incluso en primates, avalan la idea de que ciertas formas moderadas de restricción dietaria están relacionadas con mayor longevidad y en mejores condiciones físicas. La mayoría de los resultados que respaldan a la restricción dietaria fueron obtenidos en el laboratorio. En poblaciones naturales los hallazgos son más variados. Al mismo tiempo, investigaciones recientes mostraron que más que la restricción moderada del consumo de todos los alimentos, lo que hace la diferencia es el consumo reducido de algunos nutrientes específicos. También se ha encontrado que hay diferencias entre individuos en la respuesta a la restricción dietaria, que no en todos los casos resulta en mayor longevidad.

Abjasia es un territorio ubicado al este del Mar Negro, en la región del Cáucaso, que, luego de la disolución de la Unión Soviética, se separó y formó una república. Georgia lo considera dentro de su Estado, aunque los abjasios disputan hace tiempo su independencia completa. Mientras la Unión Soviética tenía el control político del territorio de Abjasia, más precisamente en la década de 1970, Sula Benet, una antropóloga polaca radicada en Estados Unidos, fue convocada para analizar los cambios sociales que se estaban desplegando en parte de la población campesina. Estudiando la comunidad rural de Abjasia, Benet llamó la atención sobre la cantidad de personas longevas que vivían allí. En algunos relatos presenta casos de abjasios que superaban los 100 años, incluso llegando a ser más viejos que Jeanne Louise Calment. Sin embargo, la falta de documentación formal que date fehacientemente muchos de estos nacimientos hace que Jeanne siga conservando su puesto. La pregunta sobre el porqué de tal longevidad en estos pobladores rurales interesó a varias personas. Una de las pistas más seguidas ha sido la de sus hábitos alimentarios. Según dicen, estas poblaciones rurales consumían una cantidad modesta de calorías diarias y la base de su dieta la constituían las legumbres y cereales junto con lácteos, frutas y verduras, mientras que el consumo de carne era limitado a ocasiones especiales. Más recientemente, algunos dudaron de la veracidad de la edad de los centenarios abjasios porque en la mayoría de los casos carecían de documentación que lo avalase. Es posible que solo la dieta no explique la longevidad de los abjasios, y que otros hábitos y algunos factores genéticos estén también implicados. Pero es atractiva la idea de que aquello que fue observado en estudios experimentales sobre el efecto de la restricción alimentaria pueda explicar al menos una parte de lo que deslumbró a Benet.

Encontrar un método eficaz de rejuvenecimiento es en cierta medida difícil porque aún no sabemos completamente por qué envejecemos, es decir, qué hace que un organismo comience su senescencia. Desde hace ya varios años se ha abandonado la búsqueda de una causa única, un gen, una llave maestra que explique todo. En cambio, se han propuesto diferentes mecanismos que actúan a varios niveles y que, en mayor o menor proporción, podrían explicar qué dispara la carrera del envejecimiento. Otra de las limitaciones es que no todos los organismos, incluso de especies relacionadas, tienen el mismo repertorio de mecanismos para envejecer. Habrá algunos compartidos, otros no tanto, y otros completamente diferentes. En ese caso, si la pregunta es por qué envejecemos los humanos, el uso de animales de laboratorio dejará, necesariamente, algunas incógnitas abiertas. A falta de una teoría unificada sobre por qué envejecemos, se han propuesto muchas. Pero conocer algunas alcanza para captar lo complejo de este campo y las disputas que hay alrededor de esta pregunta.

A mediados del siglo XX, se mostró que cuando se cultivaban en el laboratorio ciertas células de donantes humanos, estas se dividían para formar otras, pero, en cierto momento, esa capacidad de replicación comenzaba a enlentecerse hasta apagarse por completo. Más aún, la cantidad de divisiones celulares y su ritmo dependían de la edad del donante; las células de las personas de más edad eran las que antes encontraban su límite de replicación. Esto fue explicado como una consecuencia inevitable del modo en que se multiplica y reparte el material genético en cada división celular. En los extremos de los cromosomas hay unas partes llamadas telómeros, que progresivamente van acortándose. Cuando se llega a cierto punto, esto complica la continuidad de la replicación de las células. En algunas poblaciones celulares, aquellas que tienen una capacidad casi infinita de multiplicación (como las células madre o ciertos linfocitos del sistema inmune), hay unas enzimas —es decir, unas proteínas— especializadas en restablecer los pedazos de telómeros perdidos. En el resto de las células ese mecanismo no se despliega y, en consecuencia, les cuesta cada vez más volver a multiplicarse.

También se ha propuesto que en las células se pueden acumular mutaciones, es decir, variantes en el material genético, que resultan poco adaptativas, desajustadas, y llevan a la senescencia de las células. Como uno de los disparadores de estas mutaciones se ha propuesto la acumulación de un producto de la respiración celular, los llamados radicales libres. Estos compuestos producen cambios importantes en las células cuando se acumulan en ellas, incluyendo la alteración del ADN y de proteínas esenciales. Esta explicación sobre el deterioro progresivo por acumulación de daños no fue respaldada en todos los estudios, pero en algunos organismos, especialmente algunas moscas y gusanos, encontró gran sustento.

Los estudios sobre por qué envejecemos se acumulan, apoyándose en algunos casos y contradiciéndose en otros. Pero más allá de lo que pasa en las células, hay algunas explicaciones para el envejecimiento que buscan los mecanismos y procesos importantes en otra escala, la de los órganos y sistemas completos. En ese sentido, se propone que el envejecimiento se explica a partir de ciertos cambios en el sistema nervioso, inmune y también en los órganos y tejidos que producen hormonas. En conjunto, esas son las tres patas que permiten una comunicación y coordinación de los estímulos internos y externos para mantener más o menos en equilibrio los procesos que ocurren en el cuerpo. El envejecimiento es, bajo esta perspectiva, una consecuencia de la pérdida de la capacidad de los sistemas y órganos de responder eficazmente a los estímulos que se les presentan a los organismos.

Las nieves del tiempo

En uno de los tangos más famosos de la historia —“Volver”—, más precisamente en su estribillo, está el verso que dice “Las nieves del tiempo platearon mi sien”. La melancolía del paso del tiempo aparece resumida en pocas palabras y también muestra que envejecer trae cambios que se perciben incluso a simple vista. Pero no todos esos cambios son tan benignos e inofensivos como las canas.

Hay opiniones encontradas sobre si el proceso de envejecer y el surgimiento de algunas enfermedades frecuentes en edades avanzadas son parte de lo mismo. Una vez más, se trata de lo complejo de establecer límites cuando se habla de envejecimiento. Para la práctica médica es importante definir entidades, enfermedades, síndromes, condiciones que requieren atención concreta. Tal vez sea por eso que muchos separan las enfermedades más comunes de la vejez de lo que llaman envejecimiento normal o saludable (o algún otro adjetivo que denote que no hay nada “malo” allí). Para otros, entre una cosa y la otra más bien hay un continuo porque muchos de los procesos que son parte del envejecimiento también están implicados en la aparición de algunas de estas enfermedades. A favor de esto, citan el rol de la inflamación, de las modificaciones epigenéticas, la menor tasa de proliferación en muchas poblaciones celulares, entre otros.

Más allá de cómo se definen las condiciones de salud y enfermedad en esta etapa, con frecuencia empiezan a aparecer ciertas dificultades funcionales como déficits sensoriales o de fuerza física. Se calcula que cerca de la mitad de las personas por encima de los 85 años experimenta algún tipo de pérdida en su capacidad auditiva, lo que aumenta las dificultades para la comunicación interpersonal y genera mayor aislamiento social. De hecho, en muchos casos se ha asociado la pérdida de audición en adultos de edad avanzada con cuadros de depresión y déficit cognitivo. Otro tanto ocurre con el sentido de la vista, que con diferentes grados también se vuelve un problema con los años. Al mismo tiempo, la fuerza física, que depende en gran parte de la masa muscular, empieza a declinar marcadamente alrededor de los 40 años. Por supuesto que esto depende del estilo de vida, la alimentación, la actividad física que lleve adelante cada uno, pero para los 85 años casi un cuarto de las personas presenta una reducción significativa de la masa muscular, lo que se suele diagnosticar bajo el nombre de sarcopenia.

Uno de los frentes que permitió el aumento de la expectativa de vida fue el de los tratamientos desarrollados para diferentes enfermedades cardiovasculares, y también las estrategias para su prevención. Si bien este conjunto enorme y variado de enfermedades continúa siendo la causa más frecuente de muerte para los adultos mayores, en las últimas décadas la caída ha sido notable, lo que muestra que los avances científicos y médicos lograron dar respuesta a una buena porción de estos problemas.

En cambio, otras enfermedades que aumentan su riesgo con la edad tienen al día de hoy perspectivas de tratamiento más modestas. Entre ellas están varias enfermedades neurodegenerativas. Se las llama así porque lo que ocurre es un deterioro de los tejidos y órganos que forman el sistema nervioso, lo que se manifiesta en forma de alteraciones de las funciones que regula este sistema.

El riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas, como la enfermedad de Alzheimer o Parkinson, aumenta con la edad. La enfermedad de Alzheimer, cuyo riesgo se incrementa considerablemente pasados los 65 años, suele detectarse cuando se manifiestan las primeras señales de deterioro cognitivo, en especial el déficit de memoria. El principal problema es que, cuando se presentan estos síntomas, suelen ya haber avanzado diferentes cambios estructurales en el cerebro de la persona afectada. Esos cambios básicamente tienen que ver con la acumulación de unas placas en el cerebro formadas por una proteína específica, la beta amiloide. También ocurre que otra proteína, llamada tau, forma estructuras anómalas dentro de las células nerviosas. Todo esto se asocia a la muerte de una cantidad importante de neuronas, la pérdida de comunicación entre las células del cerebro, una inflamación significativa y alteraciones en los neurotransmisores, las sustancias producidas por el cerebro para comunicar señales nerviosas.

Actualmente es raro que una enfermedad sea nombrada usando una referencia a una persona concreta. Pero por mucho tiempo fue común usar los nombres de quienes las habían descrito por primera vez o habían hecho avances en su estudio o tratamiento. Dos ejemplos claros son las enfermedades de Alzheimer y Parkinson. En el caso de Alois Alzheimer, él fue quien en 1906 presentó el caso de una paciente que había tratado durante varios años por un cuadro que incluyó cambios marcados en su personalidad y problemas en su memoria. La paciente empeoró su condición con el correr del tiempo. Como psiquiatra, Alzheimer estaba muy sorprendido porque nunca había visto a alguien con síntomas similares. Cuando la paciente en cuestión falleció, obtuvo permiso para analizar su cerebro. Lo que vio volvió a sorprenderlo porque tampoco se correspondía con nada que hubiese visto antes. El mismo Alzheimer participó de esa examinación ya que tenía una formación muy sólida en histología, la disciplina que estudia los tejidos de los organismos, y era capaz de entender muy bien lo que veía con el microscopio. El cerebro de la paciente mostraba una pérdida masiva de neuronas, y, a partir de técnicas de tinción específicas de los tejidos, pudo ver las alteraciones que aún hoy siguen siendo diagnósticas de la enfermedad. Paradójicamente, Alzheimer murió bastante joven, a los 51 años, sin saber por experiencia propia lo que era llegar a la edad en la que la mayoría de las personas afectadas con la enfermedad que lleva su nombre empiezan a mostrar sus primeros síntomas.

La enfermedad de Alzheimer es una de las formas de neurodegeneración que ocupan en todo el mundo a cientos de laboratorios que intentan entender más sobre el origen de la enfermedad, su diagnóstico y prevención, y las posibilidades terapéuticas para disminuir sus efectos. A diferencia de los logros que se experimentaron para las enfermedades cardiovasculares, la enfermedad de Alzheimer es un ejemplo de los límites actuales en las ciencias biomédicas. Límites que, por supuesto, se van corriendo, pero que exigen un trabajo enorme y mucha inversión. La mayoría de los tratamientos actuales están destinados a morigerar los síntomas, hacerlos más soportables, pero logran resultados para nada sobresalientes. Y la investigación actual está desplegada en varios frentes. Probablemente puedan desarrollarse herramientas terapéuticas más efectivas a medida que se avance en el conocimiento de los diversos e intrincados factores genéticos y ambientales implicados en la aparición y el desarrollo de la enfermedad.

Como se ve, es mucho más que nieve en la sien lo que traen los años. Los cambios físicos que llegan con la edad nos enfrentan con el aspecto más tangible del envejecimiento y, probablemente, el más inevitable. Sin embargo, ni esos cambios ni el tiempo por sí mismos determinan simplemente qué es la vejez en los diferentes momentos históricos, en distintos lugares, o para cada persona.

Al llegar a Abjasia, Sula Benet se sorprendió de ver personas de muchos años en plena actividad, siendo parte de la vida económica y social. En la década de 1970, para alguien que venía de vivir en Estados Unidos, eso era una rareza. Más allá de la fortaleza física inusual que mostraban estas personas, había algo allí que llamaba la atención: la constante de “salir” del mundo laboral y de otros ámbitos sociales no se verificaba.

Muchos autores han sostenido que el significado que le damos en las sociedades occidentales actuales a la vejez se configuró al calor del modo de producción capitalista, en el que la característica definitoria es el fin de la vida económicamente productiva y el paso a un estado de dependencia. Esa óptica permitió pensar muchos de los procesos de institucionalización de personas mayores en residencias en las que conviven con otros y otras que no forman parte, por lo menos hasta encontrarse allí, de sus lazos familiares y afectivos. También esos aportes abrieron la posibilidad de un análisis profundo sobre las lógicas de los regímenes jubilatorios y las políticas de cuidado, y permitieron poner de manifiesto situaciones de vulnerabilidad, abandono e incluso de violencia.

En este panorama, y en oposición a lo que veían muchos investigadores en sus propias sociedades, las experiencias de los abjasios —y de otras culturas que no conciben la vejez del mismo modo— fueron interpretadas como ejemplos ideales de tolerancia e integración. Esta oposición, sin embargo, plantea una separación que puede ser engañosa e ingenua. Por un lado, al pensar que todas las sociedades alejadas de la organización capitalista ofrecen a sus viejos y viejas un lugar privilegiado en la sociedad, al resguardo de la discriminación y la alienación, estamos asumiendo cierta homogeneidad sin ver, más allá de algunas regularidades, que la vejez es definida por las miradas de quienes forman parte de la sociedad y lo que piensan de este y otros aspectos del mundo. Y eso, claramente, varía mucho. Por otro lado, esta mirada dualista implica colocar a los viejos y viejas de las sociedades occidentales actuales en un lugar de inacción y sumisión. Sin embargo, al observar más allá de los estereotipos, estas personas, aun con sus años, disputan la manera en que quieren relacionarse con otros y otras, intervienen directa o indirectamente en las decisiones familiares e incluso en ámbitos más amplios, y son capaces de modificar su cotidianidad. En definitiva, son personas y, como tales, se definen por otras muchas cosas además de su edad.

Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, los compositores de la canción “Volver”, murieron bastante jóvenes y de manera trágica. Ambos habían subido a un avión en 1935 para continuar una gira en Colombia, pero ese avión tuvo un accidente al despegar y murieron los dos, junto a otras personas que viajaban con ellos. Solo un año antes, en 1934, habían compuesto “Volver”. Evidentemente, esperaban una vida más larga. A la vez, uno de los versos del tango dice que “es un soplo la vida”, lo que hace pensar que conocían bien sus límites. Dicho de otro modo, sabían que más temprano que tarde, llega la noche. Pero aunque la metáfora es clarísima para lo que se cuenta en la canción, después de recorrer a lo largo de este libro la diversidad de formas de vivir, de crecer, de cambiar, de envejecer, la vida parece ser mucho más que un soplo. Y, también, mucho más que un día.

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