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La muerte es una vida vivida,
la vida es una muerte que viene.
 
 
“Muertes de Buenos Aires”
Jorge Luis Borges

Si abordar la muerte como tema ya era complejo, cuánto más lo sería la eutanasia. Llegaba el turno de desmarcarme de mis propios prejuicios. De poner en tela de juicio todas mis ideas basales sobre la vida y la muerte que había edificado con paciencia de artesano durante treinta años. Por ello, al desnudo, frente a un problema que me daba vértigo, decidí caminar por el sendero conocido. Solo provisto de una linterna, en medio de un bosque húmedo repleto de árboles con raíces que sobresalían del suelo, ensayé la coreografía de mis pasos; primero con temor, luego con algo de rutina, pero nunca con soltura. Fui a una película que, según recordaba, me había marcado. Luego pedí ayuda, el socorro a las y a los que saben: consulté bibliografía específica del tema. Por último, ya satisfecho de lecturas, opté por mis propios diálogos. 

Durante cinco meses leí mucho, conversé bastante y escribí otro tanto. Escribir es una buena manera de ordenar las ideas, de acomodar pensamientos. Con el correr de los días supe que la concepción contemporánea de la muerte, esa que repasé con Ariès y algunos otros, arroja pistas para comprender por qué la eutanasia, pese a estar legalizada en algunos países y distritos, aún no es un derecho reconocido por todos los órdenes jurídicos del mundo. En Latinoamérica, solo Colombia tiene su ley, mientras que legisladores uruguayos han presentado un proyecto. Argentina también prepara el suyo y, una vez más, tiene la chance de estar a la vanguardia.

En este marco, para escribir lo que sigue, construí una cronología con marchas y contramarchas, con avances y retrocesos. Una cronología que funcionó como dique de contención, como paredes a los costados que, cada tanto, me sirvieron para enderezarme en medio del tambaleo. 

Enero

Casi todo el mes, a excepción de algunos fines de semana en que me las rebusqué para escaparme a alguna pileta, lo pasé encerrado en casa. El trabajo de preproducción, a menudo, suele ser el más arduo. Debía ir por un camino seguro, la eutanasia no es un tema que se pueda enfrentar con la remera afuera del pantalón. Hice memoria y fui a lo conocido: en Instituciones de Derecho, la primera materia que cursé en la Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Quilmes, el profesor nos había propuesto ver una película que recordé para siempre. Soy pésimo para el cine, tengo una escasa cultura cinematográfica, pero Mar adentro me movió el piso; tanto que recordaba hasta los mínimos detalles. Así que, lapicera y anotador en mano, decidí volver a verla. 

El director Alejandro Amenábar cuenta la historia de Ramón Sampedro, quien, tras quedar tetrapléjico en un accidente de juventud, decide interrumpir su vida. En apenas dos líneas fulminé la duda, lo sé, ya conté el final, aunque, afortunadamente —como suele suceder—, la belleza del arte no está en el producto, sino en el proceso.

Al comienzo, en una de las primeras escenas, Julia —que finalmente será su abogada, amiga y amada— le pregunta:

—Ramón, ¿por qué morir?

—A ver. Quiero morir porque la vida para mí en este estado, la vida así no es digna. Yo entiendo que otros tetrapléjicos podrán sentirse ofendidos cuando yo digo que la vida así no es digna, pero es que yo no juzgo a nadie. ¿Quién soy yo para juzgar a los que quieren vivir? Por eso pido que no se me juzgue a mí ni a la persona que me preste la ayuda necesaria para morir.

—¿Y tú crees que alguien te va a ayudar?

—Bueno, dependerá de que aquellos venzan su miedo. Que no es para tanto. La muerte siempre ha estado ahí y siempre estará. Al final nos toca a todos, a todos. Forma parte de nosotros. Entonces, ¿por qué se escandalizan si yo digo que me quiero morir como si fuera algo contagioso?

Entre otras virtudes, el film describe muy bien qué sucede en el entorno familiar de quien decide interrumpir su vida. Su hermano, con quien convive, cree que todo el mundo puede pensar como quiere, pero “eso” que Ramón quiere hacer “no está bien”. Manuela, su cuñada, es quien le presta los cuidados básicos: lo cambia y le da de comer. Es quien mayor afinidad tiene con él dentro de la casa y comienza a disputar por su cuidado con Rosa, una mujer que lo ve por TV cuando manifiesta que se quiere quitar la vida. El caso de Ramón suele aparecer en la televisión porque eso es parte de la estrategia que su abogada y sus amigos —que forman parte de una organización social dedicada a ayudar a quienes están en una situación límite como esa— han escogido para presionar a las autoridades. 

Rosa pide permiso para verlo y conversa con Ramón:

—Te vi en la tele el otro día. Oí lo que decías y después me fijé en tus ojos, que son preciosos. Y pensé: unos ojos tan llenos de vida. ¿Cómo va a querer morir alguien con esos ojos? Mira, todos tenemos problemas a veces y no hay que huir de ellos, ¿sabes?

—No, yo no huyo de mis problemas. Al contrario.

—Sí que huyes, por eso quería venir.

—¿Para?

—Pues, para darte ganas de vivir. Para decirte que la vida…

—¿Que la vida qué?

—Que vale la pena.

—¿Tú viniste aquí a verme o a convencerme?

—Vine porque quiero ser tu amiga, Ramón.

—Pues si quieres ser mi amiga, empieza por respetar mi voluntad. Y no me juzgues, no en mi propia casa. ¿O quieres que te juzgue yo a ti?

En paralelo a la amistad que teje con Rosa, Ramón se enamora de su abogada, Julia, quien sufre una enfermedad neurodegenerativa que le hace perder la memoria y también reduce su movilidad. En el medio, reciben una mala noticia: los tribunales rechazan la demanda por eutanasia. El pedido de Sampedro adquiere relevancia nacional, tanta que el padre Francisco, un sacerdote (también tetrapléjico), visita su casa. Quiere convencerlo de que viva, cree que a Ramón le falta amor. La escena que sigue contiene uno de los intercambios más potentes de toda la película. ¿El condimento? Como a Francisco no pueden subirlo hasta la habitación de Ramón —porque su silla de ruedas no da el giro—, un joven mensajero sube y baja como si fuera un chasqui incaico con los mensajes que cada uno emite.  

—¿Por qué la Iglesia sostiene tanto temor a la muerte? Porque sabe que perdería parte de su clientela si la gente pierde el miedo al más allá. Y dile que el 67% de los españoles estaría a favor de la eutanasia.

El joven baja, le cuenta y el sacerdote responde:

—Muy bien, tú dile que las cuestiones morales no se resuelven mediante encuestas. La mayoría del pueblo alemán también estaba a favor de Hitler.

Luego se gritan, uno desde abajo y otro desde su habitación, ya prescindiendo del trabajo de mensajería del joven:

—¡La institución que usted representa acepta al día de hoy la pena de muerte y condenó durante siglos a la hoguera a los que no pensaban correctamente!

—Una libertad que elimina la vida no es libertad…

—¡Una vida que elimina la libertad tampoco es vida!

Finalmente, Ramón avanza con el proceso aunque los jueces, en una instancia superior, tienen otros planes. Si bien “entienden que quiera morir, conciben que auxiliarlo sería un delito penalizado”. Como la justicia no se lo permite, quien termina ayudándolo es Rosa. Se despide de su familia y se marcha a Boiro, una localidad cercana. Allí bebe el tóxico que le causa la muerte, pero antes tiene algo para decir. Acostado y frente a una cámara, expresa lo siguiente: 

—Señores jueces, autoridades políticas y religiosas, ¿qué significa para ustedes la dignidad? Sea cual sea la respuesta de sus conciencias, sepan que para mí esto no es vivir dignamente. Ya hubiera querido, al menos, morir dignamente. Hoy, cansado de la desidia institucional, me veo obligado a hacerlo a escondidas como un criminal.

Deben ustedes saber que el proceso que conducirá a mi muerte fue escrupulosamente dividido en pequeñas acciones que no constituyen un delito en sí mismas y que han sido llevadas a cabo por diferentes manos amigas. Si, aun así, el Estado insiste en castigar a mis cooperadores, yo les aconsejo que les sean cortadas las manos porque eso es lo único que aportaron. La cabeza, es decir la conciencia, la puse yo.

Como pueden ver, a mi lado tengo un vaso de agua conteniendo una dosis de cianuro potásico. Cuando lo beba, habré dejado de existir renunciando a mi bien más preciado, mi cuerpo. Considero que vivir es un derecho, no una obligación como ha sido en mi caso, obligado a soportar esta penosa situación durante 28 años, 4 meses y algunos días.

Pasado este tiempo, hago un balance del camino recorrido y no me salen las cuentas de la felicidad. Solo el tiempo que discurrió contra mi voluntad durante casi toda mi vida será a partir de ahora mi aliado. Solo el tiempo y la evolución de las conciencias decidirán algún día si mi petición era razonable o no.

Luego bebe con una bombilla la sustancia del vaso que está a su izquierda.

¿Por qué la cita en extenso de diálogos extraídos de una película? Primero, por un motivo egoísta: narrar una síntesis con la incorporación de diálogos me ayudó a ordenar las ideas. Saber, por ejemplo, que las normas de cada país pueden interferir de manera directa en las libertades individuales, que existe un derecho (reconocido en algunos sitios y penalizado en tantos otros) a morir de forma digna, que los familiares y amigos pueden intentar disuadir a una persona de evitar su muerte, que la religión cristiana tiene una postura muy clara tomada al respecto y los argumentos caminan siempre en el mismo sentido de venerar la sacralidad de la vida, que si, en definitiva, la eutanasia no se practica de forma legal, se termina haciendo a escondidas. Segundo, porque las conversaciones citadas actuarán como reflejo de cada uno de los aspectos que desarrollaré a continuación. Más allá de la ficcionalización, la de Sampedro —luego me enteré cuando quise saber más— es una historia real.

Una vez que extraje las ideas principales de Mar adentro, ¿qué podía hacer? Un capítulo sobre eutanasia no se construye —únicamente— a partir de una reseña de una película. ¿Cómo seguir? Quizás con la fórmula que otras veces me había funcionado. Leer bibliografía, portales de diarios y revistas, intentar abrir la cabeza y, ocasionalmente, conversar con alguien que manejara el tema. Consulté otra vez a Laura Panizo y, avanzado enero, me compartió una carpeta con lecturas imprescindibles, de esas que “no podía perderme” si el objetivo era revisar marcos conceptuales y abordar qué ocurría en otras partes del mundo. Necesitaba empaparme. Al otro día, cuando ya había empezado a revisarlas y a extraer las ideas fundamentales, me compartió un link por WhatsApp. La periodista Victoria De Masi había publicado en El Diario Ar, el 28 de enero de 2021, una entrevista a Ignacio Maglio, abogado diplomado en Salud Pública y experto en la temática. Se titulaba: “Eutanasia: ¿es el derecho a morir el próximo debate en la Argentina?”. La conversación entre ambos era inmejorable, pero consideré que ya era tiempo de tener mis propias conversaciones, así que conseguí el teléfono de Maglio. 

Febrero

Mar del Plata. 17 de febrero de 2021. Estoy en la peatonal San Martín. Dos mujeres se acercan a una esquina, van agarradas del brazo, se acompañan. La calle no tiene semáforo, así que una de ellas se suelta y elige cruzar, la otra se queda parada en el cordón.

—Pero Marta, esperá, ¿no ves que los coches van como locos?

—¿Todavía le tenés miedo a la muerte? Ya estamos grandes…

—No, no —se apresura a decir con la voz entrecortada—. Pero tampoco me quiero morir ya.

Luego, ambas señoras se encuentran: la que había quedado anclada se pliega a un nuevo cardumen de peatones y la marea las junta. La conversación continúa.

—¿Sabés lo que realmente me produce miedo, me genera escalofríos? —reanuda el diálogo, como sintiéndose en falta—. Lo que realmente me da miedo es quedar como Olga. Sin poder morirme. Tetrapléjica, sin poder mover nada. Le dan de comer en la boca. Si un día me pasa eso, por favor, por favor te lo pido, hacé que me maten. Que los médicos me den algo, no sé, un veneno para ratas, lo que sea. 

Esta conversación transcurrió el día que llegué a la ciudad balnearia. Buscaba despejarme. Había tenido un 2020 que, para sintetizarlo en una frase, me había pasado por encima. Quise descansar pero la muerte no me dejaba. Había un libro que aguardaba ser escrito y, esta vez, tocaba hacer mi parte. Luego de media hora, llegué al departamento en el que paraba y aproveché los datos que todavía tenía en el celular. Busqué desesperado en donde siempre escarbaba cada vez que procuraba conocer o chequear alguna información legislativa: InfoLeg. Pronto, pude saber que el pedido de la señora no podía cumplirse en Argentina.

En nuestro país, al menos mientras escribo estas líneas, no existe una normativa que autorice la eutanasia. La Ley 26.742, sancionada en 2012, conocida como ley de muerte digna, garantiza el ejercicio del derecho de aquellos pacientes que cursan una enfermedad irreversible o en estado terminal a rechazar procedimientos quirúrgicos, de reanimación artificial o al retiro de medidas de soporte vital cuando sean extraordinarias o desproporcionadas en relación a la perspectiva de mejoría, o produzcan un sufrimiento desmesurado. También, las personas que así lo deseen, están en condiciones de negarse a recibir hidratación o alimentación cuando ambas prácticas tan solo sirvan para prolongar en el tiempo ese estadio terminal en el que se encuentran. Dicho de otro modo, es posible pedir morir de hambre y de sed, pero no de otra forma que uno elija. No la eutanasia, ese “hacé que me maten” del que hablaban las mujeres es otra cosa.

Al día siguiente, quizás por inercia, fui exactamente hacia la misma esquina. No sé bien para qué: era altamente improbable que las cruzara y que repitieran la misma escena. Además, ¿para qué las quería? ¿Qué les preguntaría? Incluso podrían asustarse. No es muy común que alguien recuerde un diálogo de otras personas en plena calle y después fabrique un encuentro. Llegué al lugar, pero no aguardé ni un segundo. Era una irracionalidad absoluta, debía descansar. Me escabullí en la primera librería que encontré. Atravesé el primer mostrador con los libros más vendidos, salteé el segundo y fui al tercero. Siempre el tercero está mejor armado, con títulos quizás menos vendidos pero más originales. Byung-Chul Han, Caras de la muerte. Investigaciones filosóficas sobre la muerte. Revisé la contratapa, me cautivó; la prosa del filósofo surcoreano es limpia, fresca. Revisé el índice, también me gustó. Estaba dispuesto: en un solo movimiento iría a la caja, lo pagaría, lo llevaría y lo leería. Pero me arrepentí.

Pensé lo que alguna vez me dijo una directora de tesis: llega un momento en que la escritura se vuelve más pegajosa si uno busca continuar recabando información. Pensé que lo mejor era, definitivamente, comenzar a escribir. De lo contrario, corría el riesgo de percibir todo lo ya escrito por intelectuales y pensadores como algo bastante mejor a lo que estaba en condiciones de aportar. Y eso siempre me nubla, me atemoriza, se lleva mis ganas.       

Marzo

Cuando regresé de Mar del Plata, sin más, decidí llamar a Maglio. El contacto hervía en mi celular y la nota que había leído, a esa altura —luego de un tiempo de descanso que no había sido completo—, también hervía en mi cabeza.

—Hola, Ignacio, ¿cómo estás?

Bien, te quiero agradecer por ocuparte de este tema. Cuantos más seamos, mucho mejor —tomó la iniciativa del diálogo y me sorprendió.

—Uno de los puntos principales, por lo que pude ver hasta ahora, es que no hay acuerdo sobre una definición unívoca de eutanasia. Por ejemplo, las leyes en aquellos países en que fue legalizada se refieren a la eutanasia activa y pasiva, al suicidio médicamente asistido y a muchos términos más. 

Hay tantas definiciones que suelen producirse equívocos. Desde mi perspectiva, la eutanasia es la provocación de la muerte a requerimiento de un paciente que sufre una enfermedad irreversible, a través de la administración de un tóxico o de un medicamento en una dosis letal. A diferencia del suicidio médicamente asistido, lo único que cambia es el operador. Si con la eutanasia es el propio paciente el que se encarga de todo, en el otro caso es asistido por un profesional de la salud que le proporciona la medicación o el tóxico

Hace un silencio para pensar y continúa:

—Pienso que los pacientes deberían hacerlo a través de la ayuda de un médico, porque ellos conocen los procedimientos que vuelven a las prácticas más seguras y controladas, que no provoquen eventos adversos ni cualquier tipo de dolor en la persona. Todo debería transcurrir en un ámbito de paz.

En este punto, aunque recién inicia, la conversación se ramifica un poco. Lo que ocurre es que he leído bastante salteado y necesito disipar las nubes. Repaso en voz alta lo que sé hasta el momento y se lo cuento, no para demostrar que estudié, sino para que corrobore un poco las líneas que luego inundarán este libro. Para que haga de corrector en tiempo real.

—Según su etimología, eutanasia significa “buena muerte” y puede definirse como el acto deliberado de dar fin a la vida de un individuo, como respuesta a su expresa voluntad y con el objetivo de evitar el sufrimiento. Te decía, Ignacio, me topé con autores que, de forma quirúrgica, distinguen la eutanasia activa de la pasiva —leía entusiasmado el archivo de Word que tenía abierto y me servía de guía—. A diferencia de la activa, en que se suministra algún barbitúrico para terminar con la vida del individuo, en la pasiva, las acciones que se realizan no provocan de modo directo la muerte, sino que este acontecimiento es un efecto secundario del acto.

—Sí, el caso típico es cuando se retira un tratamiento que hasta ese momento era empleado para prolongar la vida —completa el especialista.

También leí a otros y a otras que critican la noción de eutanasia pasiva, porque en ese caso también existe, por parte del médico, una intención de que el paciente muera. La premisa es que las omisiones no son pasivas; si se analiza desde un punto de vista bioético, la eutanasia es siempre activa y voluntaria. De modo que la denominada eutanasia pasiva, en verdad, es ortotanasia: la adecuación del esfuerzo terapéutico frente a tratamientos fútiles o desproporcionados.

La adecuación de tratamientos es una medida médica hacia el final de la vida que se realiza cuando los tratamientos realizados son ineficaces en relación al objetivo terapéutico. Cuando ya no se puede curar, el foco debe colocarse en el confort. En cualquier caso, para un médico, retirar un respirador, no reanimar ante un paro cardiorrespiratorio o dejar de suministrar un antibiótico son prácticas que no implican dejar abandonado al paciente a su suerte. Por este motivo es que se utiliza la expresión “adecuar tratamientos” antes que otras como “limitar el esfuerzo terapéutico”, o bien, “limitar el soporte vital”. Aunque suelen designar el mismo conjunto de acciones, los sentidos que se tejen alrededor de unas y otras nociones son distintos.

Cuando se adecua un tratamiento, entonces, el profesional no busca la muerte del paciente. Solo lo interrumpe porque considera que no produce ningún beneficio y que, incluso, podría generarle mayores sufrimientos y problemas en su estado de salud. Las personas y sus grupos familiares tienen que estar informados y consentir con autonomía y plena libertad de decisión. A menudo, cuando un médico propone esa vía es porque previamente ha tenido en cuenta factores como el diagnóstico de la patología, su irreversibilidad, la calidad de vida esperable, así como también el deseo y las necesidades del paciente.

La hidratación y la alimentación artificial también forman parte de la constelación de prácticas que los médicos están en condiciones de interrumpir.

Más que en ninguna otra situación asistencial, los bandos parecen irreconciliables: por un lado, quienes opinan que la hidratación y alimentación artificial constituye un procedimiento médico que puede ser limitado, retirado o suspendido como cualquier otra indicación médica. Del otro lado se ubican quienes consideran que la alimentación e hidratación artificial es un cuidado básico y esencial que se debe a todo enfermo y que —por lo tanto— no puede ser interrumpido ya que ello implicaría justificar la muerte por inanición y deshidratación.

De hecho, ¿cuál sería el estatus moral de una omisión? ¿Y con la eutanasia? En ambos casos, ¿los médicos y médicas sienten que están haciendo lo correcto o se sienten verdugos? ¿En qué lugar queda el juramento hipocrático? Le vomité todas estas preguntas a Maglio y escogió contestarme solo algunas.

—Si bien hay médicos que conciben la eutanasia como parte de sus actividades profesionales, hay otros que consideran que se trata de una práctica delictiva, a la cual se oponen sin posibilidad de consenso. Los que suelen atender a pacientes en estado grave o crítico son los trabajadores que más lidian con la muerte. Aunque están acostumbrados, no dejan de interpretar el acontecimiento como un fracaso. Las metáforas bélicas que remiten a “la lucha” contra una enfermedad “enemiga” suelen ser riesgosas. ¿Por qué? Porque si bien, a priori, no habría demasiados problemas con aquellas personas que logran superar la patología que les toca y “ganan la batalla”, el caso no es igual para aquellos que finalmente fallecen. En estas ocasiones, ¿qué metáfora cabría esperar? ¿Que “se dejaron vencer”? ¿Que no pudieron contra “un enemigo más fuerte”? ¿Que fracasaron? Existe una deformación profesional excesivamente biologicista y triunfalista. La medicina no es el acto de curar siempre, sino intentar curar a veces, aliviar a menudo y confortar siempre.

“Confortar siempre”, expresión que parece rebotar entre las paredes de mi cerebro. En este instante recuerdo que los cuidados paliativos se vinculan con la eutanasia. Ahora bien, ¿qué son los cuidados paliativos? Cuando la enfermedad es irreversible y ya no puede ofrecérsele resistencia, los profesionales de la salud poseen herramientas para garantizar al paciente una existencia más amable. Paliar el dolor, evitar el sufrimiento (físico, psíquico, moral) y garantizar el acompañamiento a su familia son aspectos que ayudan a disminuir la angustia que, sobre todo, suelen afrontar personas que se hallan en un estado terminal. El foco, en este caso, está colocado en otorgar preeminencia a la calidad por sobre la cantidad de vida. Por ello, en muchas ocasiones, se privilegia la internación domiciliaria antes que en las instituciones de salud; un espacio en que el paciente logre recuperar, al menos en parte, una porción de su cotidianidad.

Cuando le consulto a Maglio sobre los cuidados paliativos, me contesta lo siguiente:

—El problema de los cuidados paliativos es que se suelen utilizar como argumento para no conceder la eutanasia. Los detractores usualmente dicen: “Si a la gente que pide la eutanasia se le ofrecieran cuidados paliativos, elegiría seguir viviendo”. Sin embargo, hay evidencia de que esto no es tan así: la eutanasia seguirá existiendo y se seguirá requiriendo.

No solo se emplean como argumento para no conceder la eutanasia. Por lo que pude leer, también ambos términos se confunden entre sí. Una diferencia clave entre ambos está en la intención del médico en uno y en otro caso. A diferencia de lo que ocurre con la eutanasia, con los cuidados paliativos, los profesionales de la salud buscan mejorar y controlar los síntomas, y no anticipar ni acelerar la muerte. De hecho, poseen diferente estatus legal: como señalé en la apertura del apartado, mientras que en Argentina la eutanasia no ha sido legalizada, los cuidados paliativos sí están regulados y garantizados, en tanto y en cuanto la mayoría de los sistemas jurídicos y religiosos los reconocen como medidas compasivas.

La muerte —continúa Maglio— se piensa como una frustración cuando no lo es, cuando en verdad es una parte esencial de la vida. Me invita a que busque cuál es la etimología de la palabra médico. No hace falta, me acuerdo de su significado porque Pedro Cahn, con quien tuve el placer de conversar algunas veces, suele recordarlo. Le digo con cierto orgullo: “médico viene del verbo griego medeo, que es el que cuida, no el que cura”.

—Exacto. La mirada equivocada del modelo médico hegemónico coloca demasiado énfasis en aspectos que deben ser abordados de otra manera. Esta perspectiva se traduce en acciones: hace que los médicos intenten prolongar la agonía de los pacientes en forma penosa e indigna. Es lo que se conoce como encarnizamiento terapéutico, en que existe un desconocimiento total del derecho a morir. No se trata de dejar o de hacer, sino de permitir morir. La moralina lo único que hace es promover la oxigenación de cadáveres en terapia intensiva. Utilizamos conceptos que confunden más de lo que aclaran.

Eutanasia activa, eutanasia pasiva, suicidio médicamente asistido, todas tienen sus implicancias. Esta última noción, por ejemplo, puede resultar ofensiva, en la medida en que coloca las luces sobre el profesional de la salud cuando los focos deberían estacionarse en la persona que lo reclama. En cambio, expresiones como “adelantamiento de la muerte” pueden servir para ubicar los protagonismos y los repartos en su justa medida. También existen otras como “deseo de morir”, “deseo de apurar la muerte”, “solicitud de muerte temprana”, o bien, “solicitud de eutanasia”. La multiplicidad de sentidos que se anudan en cada caso contribuye a comprender, al menos en alguna medida, lo difícil que es acceder a un tema complejo. Un terreno fangoso en que, sencillamente, no puedo hacer pie.

Intercambiamos nuestros pareceres y, finalmente, Maglio nota mi fastidio. A esa altura me siento ofuscado, creo que no le encuentro la vuelta. El asunto es más denso de lo que me esperaba. Nota lo que ocurre porque, de repente y sin que lo pregunte, suelta un nuevo concepto que resulta revelador:

—¿Escuchaste hablar de la Interrupción Voluntaria de la Vida?

—Honestamente, no, suena parecido a la Interrupción Voluntaria del Embarazo…

—Sí, es parecido a la IVE, al menos así suena. Creo que cuando hablamos de eutanasia o de suicidio médicamente asistido se trata de dos conceptos cargados de sentidos, por intermedio de los cuales se suele establecer una condena moral hacia el individuo por una decisión que puede ser juzgada como cobarde. A cambio de esos términos, que utilizo pero no me gustan demasiado, preferiría hablar del derecho a la Interrupción Voluntaria de la Vida.

Uno de los argumentos que más se repiten entre aquellas personas que solicitan la Interrupción Voluntaria de la Vida es la “pérdida de la dignidad”. En aquellas naciones en las que está legalizada, los motivos son variados, pero por lo general quienes eligen la IVV lo hacen por sufrimientos y experiencias vinculadas a la pérdida de la autonomía y del ser, por declinación cognitiva y funcional, por afrontar, en resumidas cuentas, una mala calidad de vida. La pérdida de la dignidad es identificada en la base de los pedidos del 61% de los casos en Países Bajos y del 52% en Bélgica. La mayoría de los pacientes que solicitan la eutanasia o el suicidio asistido lo hacen porque padecen cáncer (del 60% al 100% de los casos). Hay distinciones según los territorios, pero el “paciente típico” que recibe eutanasia o suicidio asistido es blanco, hombre, bien educado y de entre 60 y 85 años.

No obstante, como en un campo minado, cualquier movimiento puede tornarse peligroso: ¿cómo identificar un deseo genuino de apresurar la muerte? Los deseos parten de las entrañas de la subjetividad y pueden modificarse con el tiempo, mientras que la decisión de interrumpir la vida es irreversible. ¿De qué modo es posible considerar que un individuo está realmente seguro como para tomar una decisión como esa? ¿Solo el sufrimiento vinculado a patologías incurables debe ser tenido en cuenta? ¿La dignidad puede perderse por otros motivos? Lanzo, en forma de granada, todas mis preguntas a Maglio y él las ataja antes de que toquen el suelo. 

—La dignidad nunca se pierde porque es un atributo de la persona, de hecho, se es persona porque se tiene dignidad. Lo que sí se puede llegar a perder son algunas características que hacen que el sentido mismo de persona se vaya desvaneciendo. Si uno evalúa los pedidos de eutanasia alrededor del mundo, en general, hay algunos puntos en común. Uno es denominado como “la pérdida del ser”, que significa la pérdida del sentido de la persona dentro de su ámbito personal, familiar y social. Lo que sienten es haber perdido el rol que tenían dentro del escenario de su familia y en los contextos afectivos, laborales y profesionales, por ejemplo. Esa pérdida del ser supone para la persona un agobio en la medida en que advierte que al mismo tiempo remite a un padecimiento para sus seres queridos y una carga para sus allegados. Recurrir a la eutanasia cuando hay pérdida total del ser es como echar mano a una última carta. “Si alguna decisión me queda por tomar es terminar con esto que resulta incompatible con mi proyecto sustancial de vida”. Es como el as que cada persona tiene en su manga. En condiciones de mediana libertad, suele ser lo último que le queda a la gente.

Las solicitudes de eutanasia, entonces, pueden estar vinculadas a la pérdida de dignidad provocada por un problema físico, aunque a nivel más general, también puede ser por una dolencia espiritual, moral o social. No todas las solicitudes de eutanasia son presentadas por pacientes terminales. Lo recuerdo y se lo comento. 

—Bueno, Ramón Sampedro no era un paciente terminal.

—Exacto, era cuadripléjico. Tuve la suerte de trabajar con su abogado y conocer de cerca su caso: era una de las personas más lúcidas que encontré en mi vida, un tipo que tenía un cerebro privilegiado. Cuando fue a Estrasburgo (Tribunal Europeo de Derechos Humanos) a solicitar la eutanasia empleaba fórmulas discursivas simples pero contundentes, no andaba con rodeos. En su alegato final lo señaló clarito: “La vida no es una obligación, es un derecho”. De nuevo, pienso que tenemos que desarrollar una dimensión total del sufrimiento. Algunas veces existe un dolor existencial muy fuerte. Ninguno de nosotros tuvo la libertad de elegir dónde y cómo nacer, por ello, cada uno de nosotros debería tener el derecho y la libertad de elegir dónde y cómo morir.

—Lo último, no quiero terminar esta conversación sin que me cuentes, al menos, una referencia sobre cuál es la situación en Argentina.

—Los médicos tienen mucho miedo, está lo que se denomina “síndrome judicial”. La eutanasia en el país no es una práctica generalizada, porque todavía se piensa que sería un homicidio, una asistencia suicida. Hay un excesivo tabú, debemos trabajar mucho para romper con ello. Hasta que no se produzca un debate claro, pesa la amenaza de la persecución penal. Si se practica, se hace en un clima de absoluta marginalidad, en las sombras. Hay un sentido del ocultamiento de la muerte, una negación maníaca de la muerte: a los niños no se les permite ver morir a sus abuelos pero se les compra la PlayStation con videojuegos en los que existen situaciones de violencia, sangre y de muerte de forma permanente. Los velorios se volvieron exprés, se celebra el fenómeno como si fuera un trámite rápido. Se trata de que el muerto no parezca muerto, se lo maquilla hasta que efectivamente no se note lo ocurrido. Se los afeita y se los viste para que no parezcan difuntos. Hay símbolos comunitarios que también demuestran lo mismo: siempre me llama la atención el hecho de que la gente use anteojos negros, de sol, en los velorios. No quieren que nadie vea las lágrimas, cuando precisamente el duelo es lo que habilita la posibilidad de ser sensibles frente al alejamiento del otro. Pero bueno, se entiende en el marco de la cultura de estos tiempos.

Entre sus palabras, asoma una idea: en Argentina todavía no se discutió la eutanasia porque la muerte es considerada un tabú.

Antes de despedirme de él, pienso que, tal vez, este libro podría hacer alguna mención aunque sea breve al suicidio. Un tema doloroso para las familias y seres queridos que, sin dudas, merece la atención de especialistas en salud y diversas organizaciones (ONG y fundaciones), así como también requiere de la intervención de los Estados y de los organismos supranacionales. Según la Organización Mundial de la Salud, cada cuarenta segundos una persona se quita la vida, lo que da un total de 800.000 suicidios al año.

El Ministerio de Salud de Argentina enumera los mitos más comunes relacionados al suicidio. “El que se quiere matar no lo dice” (por el contrario, de cada diez personas, nueve expresan con claridad su propósito); “el suicidio no se puede prevenir porque ocurre por impulso” (todas las personas, antes de cometer el acto, manifiestan una sintomatología que definen el “síndrome presuicidal”); “los suicidas son enfermos mentales” (cuando, en verdad, no necesariamente hay que padecer un trastorno mental para hacerlo); “todo el que se suicida está deprimido” (aunque todo individuo deprimido tiene posibilidades de suicidarse, no todos los que lo hacen presentan este desajuste); o bien, “la prevención del suicidio es tarea de los psiquiatras” (si bien son importantes, no son los únicos profesionales que contribuyen a prevenirlo). Mitos que deben quebrarse, otra vez, a partir de una adecuada política de prevención y comunicación de salud pública.

A diferencia de la Interrupción Voluntaria de la Vida, según los criterios del Ministerio de Salud, el suicida “está ambivalente”, es decir, “desea morir si su vida continúa de la misma manera y desea vivir si se produjeran pequeños cambios en ella”. Por ello, a diferencia de la IVV, si se diagnostica oportunamente esta ambivalencia, se puede evitar e inclinar la balanza hacia la opción de la vida. Con la IVV, no hay diagnóstico ni acción alguna capaz de prevenir el deseo de muerte.

—Lo último: te voy a recomendar que leas a alguien. ¿Te parece?

—Por supuesto, necesito leer a alguien.

—Bueno, ahora por mail te paso la tesis posdoctoral de Susana Ciruzzi.

Abril

La tesis posdoctoral de Susana Ciruzzi se titula La “criminalización” de la medicina al final de la vida. Una perspectiva crítica. Una propuesta superadora. Allí la autora se propone describir las diversas prácticas médicas que se pueden establecer al final de la vida con un paciente moribundo, crítico y/o gravemente enfermo. Además, analiza con detenimiento lo que Maglio adelantaba de manera resumida: cómo la amenaza penal en particular y el temor legal en general condicionan la buena praxis médica.

Los debates legales incorporan perspectivas médicas, morales y éticas que se combinan en el marco de un escenario demarcado por la salud pública, la cultura y los sentidos hegemónicos en cada sociedad. Sencillamente, no todas las sociedades del mundo tienen las mismas leyes porque no todas las sociedades del mundo necesitan las mismas leyes. La eutanasia es legal en 19 jurisdicciones, con lo cual, año a año se incrementa la cifra de personas que cuentan con la posibilidad de acceder a una muerte digna en caso de requerirla. Se trata de Suiza; Países Bajos; Bélgica; Luxemburgo; Quebec (Canadá); Colombia; Oregón, Washington, Montana, Vermont, California, Colorado, Columbia, Hawái, Maine y Nueva Jersey (EE. UU.); Victoria y Australia Occidental (Australia). En el último tiempo, se incorporó España; y además, legisladores de Uruguay han presentado su proyecto.         

Las particularidades de cada ley hacen que, a la distancia, algunas normativas resulten más controvertidas que otras. Los factores que cada una de las normas nacionales tiene en cuenta, como la edad mínima para requerir la eutanasia, o bien, las condiciones de salud para acceder a tal derecho, también son diversos. En Canadá, Luxemburgo y Estados Unidos, por caso, quien solicite la eutanasia debe tener, al menos, 18 años. En Países Bajos, en cambio, basta con cumplir los 12. La interrupción de la vida en menores de 18 años es criticada por muchos juristas que sostienen que antes de aquella edad la gente no tiene capacidad de discernimiento y, en resumidas cuentas, se halla bajo la presión de sus padres y madres. En otros casos la edad no suele ser el único criterio decisivo, sino que —como sucedía con Ramón Sampedro— se solicita del individuo que “haya prueba de un juicio maduro”. Aquí también las cosas se ponen complicadas, porque evaluar el juicio maduro de una persona no es tan sencillo como parece. Hay mucho escrito al respecto y prefiero eludirlo. Las drogas que se emplean en el procedimiento de asistencia a la muerte también son legisladas en cada caso. Por lo general, el cóctel más corriente está hecho en base a benzodiacepina para relajar, seguida de una dosis de barbitúricos como tiobarbitúrico, pentobarbital o secobarbital, que combinados provocan la muerte.

En Argentina, la eutanasia aún no fue discutida en el espacio público ni mucho menos legislada. Mientras escribo este libro, tres proyectos de ley están en etapa de consultas con especialistas. Todavía falta. Como señala Ciruzzi: 

No debe olvidarse que la eutanasia es el homicidio piadoso consentido, esto es el procurar la muerte del paciente, a su propia requisitoria y con su consentimiento, con la finalidad de evitarle el sufrimiento para él intolerable. Tipifica para nosotros un homicidio simple, previsto por el art. 79 CP. El suicidio médicamente asistido refiere al acto intencional de ayudar a un paciente a poder producir su propia muerte, a su pedido; conducta prevista por el art. 83 CP. (…) Lo cierto es que la amenaza penal aparece en el horizonte médico como disruptiva, paraliza e inhibe la toma de decisiones por el temor legal a las repercusiones jurídicas de su conducta.

En el país, explica Ciruzzi en su trabajo, ni la eutanasia ni el suicidio médicamente asistido están autorizados por la ley. Desde su perspectiva, sería conveniente su regulación con el propósito de evitar los abusos que la ilegalidad implica. Contar con una ley, según se desprende de su punto de vista, contribuiría a que una práctica de carácter individual se produzca en un escenario de autonomía, sin desesperación, con racionalidad, sin ansiedades, con paz. Pero claro, el proceso para que se pueda sancionar un proyecto de tal envergadura no es tarea sencilla. Como usualmente ocurre con cada uno de los temas que despierta pasiones en Argentina, la grieta parece estar bastante clara y los límites, demarcados. 

Ryūnosuke Akutagawa, para muchos, puede ser distinguido como el padre del cuento japonés. Creció bajo el fantasma de una enfermedad mental que, a los 35 años, lo empujó a terminar con su vida. La noche previa le escribió una carta a Masao Kume, su viejo amigo dramaturgo, en la que describía de manera puntillosa cómo llevaría a cabo su muerte.

Una vez tomada la decisión de suicidarme (yo no lo veo en la forma en que lo ven los occidentales, es decir, como un pecado) me resolví por la forma menos dolorosa de llevarlo a cabo. Excluí, por razones prácticas y estéticas, la posibilidad de ahorcarme, dispararme un tiro, saltar al vacío u otras formas de suicidio. El uso de drogas me pareció el camino más satisfactorio. Y por el lugar, tendría que ser mi propia casa, cualesquiera sean los inconvenientes para mi familia. Como una suerte de trampolín, al igual que Kleist y Racine, pensé en la compañía de una amante o un amigo, pero habiendo elevado la autoconfianza, decidí seguir adelante solo. Y la última cosa a considerar fue asegurarme una perfecta ejecución, sin el conocimiento de mi familia. Después de unos meses de preparación me convencí de la posibilidad de realizarlo.

Así dice en el segundo párrafo de su último texto, y a continuación plantea:

Nosotros los humanos, siendo animales humanos, tenemos un miedo animal a la muerte, la así llamada vitalidad no es otra cosa que fuerza animal. Yo mismo soy uno de esos animales humanos. Mi sistema parece gradualmente haberse liberado de esa fuerza animal, teniendo en cuenta el poco interés que me queda por el alimento y las mujeres. El mundo en el que estoy ahora es uno de enfermedades nerviosas, lúcido y frío. La muerte voluntaria debe darnos paz, si no felicidad. Ahora que estoy listo, encuentro la naturaleza más hermosa que nunca, paradójico como suene. Yo he visto, amado, entendido más que otros, en esto tengo cierto grado de satisfacción, a pesar de todo el dolor que hasta aquí he soportado.

Una vez premeditado el camino que lo llevaría a su muerte, optó por pasar las últimas horas junto a su familia. Luego se recluyó, tomó una dosis fatal de barbitúrico Veronal y se acostó sobre un futón a esperar con calma el final.   

El poco tiempo que vivió fue suficiente para despertar la admiración de Jorge Luis Borges, que, incluso, prologó algunas de sus obras. Uno de sus cuentos más famosos es “En el bosque”: un cadáver es hallado y los diferentes testigos e implicados narran su versión del hecho. El problema —y la delicia de los lectores— es que cada una de las declaraciones suena convincente. El narrador se esfuerza por exprimir la racionalidad de cada personaje y, mediante una prosa exquisita, hace gala de su poder argumentativo. Así, un leñador, un monje, un soplón, una anciana, Tajomaru (el aparente bandido), “una mujer que fue al templo de Kiyomizu” y “lo que narró el espíritu por labios de una bruja” brindan sus explicaciones al oficial que investiga, que hace las preguntas e insiste en averiguaciones. El cuento de Akutagawa continúa siendo valorado porque, además de su calidad narrativa, enseña que las controversias alrededor de un conflicto (en este caso, un crimen) pueden dar lugar a la expresión de diferentes subjetividades a partir de diversas posturas. Enseña que, en definitiva, los puntos de vista sobre los acontecimientos y fenómenos se construyen. 

Con la eutanasia sucede algo similar. Los que se oponen públicamente sostienen un argumento religioso que radica en la sacralidad de la vida, una vida que —según ellos— no les pertenece enteramente a los seres humanos, sino que, por el contrario, es un “regalo de Dios” y los regalos no pueden despreciarse. También apuntan que, mediante el acto, los médicos traicionan el juramento hipocrático y ello, a mediano plazo, podría socavar la confianza con los pacientes. Que, desde este punto de vista, los profesionales de la salud deben transitar la última parte de la vida del paciente como testigos y no como “verdugos”. Al mismo tiempo, apuntan que ocasionar la muerte de un individuo en estado terminal no es ético en la medida en que se contrapone con los principios fundacionales de toda sociedad, en los que el interés público debe ser superior a los deseos individuales.

La sanción de una ley que garantice la muerte digna implicaría, desde este enfoque, la legalización de una forma de homicidio. Para los detractores de la eutanasia, no se trata de acelerar la muerte, sino, por el contrario, de mejorar la calidad de vida mediante intervenciones médicas racionales. Como corolario, sostienen, la decisión eutanásica es irreversible: elimina las posibilidades de que el paciente mejore, o de que un descubrimiento científico imprevisto logre salvar la vida de un paciente cuando hasta ese momento era imposible. Algunos detractores plantean que acabar con la vida está mal por lo que podría desatar después: una especie de “pendiente resbaladiza”, donde la muerte podría ubicarse como “una alternativa barata a los cuidados paliativos”. 

Los que están a favor de la eutanasia, por su parte, enfatizan la chance de que las personas puedan mantener su autonomía o autodeterminación con el propósito de liberarse de los sufrimientos extremos que, en muchos casos, causan las diversas patologías. La premisa puede enunciarse de este modo: la calidad de vida es un valor que debe anteponerse frente a la cantidad de vida. La segunda premisa, igual de contundente, es la siguiente: vivir es un derecho, no una obligación; de manera que su protagonista (y solo él) está en condiciones de interrumpirla. Desde esta óptica, los defensores combaten lo que denominan el vitalismo obsesivo: no existe el deber de vivir más allá del deseo de cada quien, sacralizar la vida per se no tiene ningún sentido.

Otro argumento que suelen esgrimir se relaciona con la eliminación de los sufrimientos: si bien muchas dolencias pueden ser atenuadas con fármacos, en ciertas circunstancias, tal alivio resulta imposible. Si no hay horizonte de mejora, si la esperanza de recuperación es inexistente, los defensores de la eutanasia expresan que las personas deben tener derecho a morir con dignidad, a evitar males peores e innecesarios. Permitir la muerte digna, desde aquí, implica una mirada que reconoce y respeta la humanidad y la libertad del otro. Expresa Ciruzzi:

Podrán las religiones hablarnos de “santidad de la vida” o las legislaciones acentuar el valor primordial de la vida como derecho fundante y basal de todo el ordenamiento jurídico. Pero existen personas que no quieren seguir viviendo, que no solo se niegan a vivir sino que exigen ayuda para lograr su objetivo, cuya conducta se rebela contra el “instinto” que indica que uno valora la vida aun en las peores situaciones, porque sin “vida” todos los otros derechos carecen de sentido y operatividad. Para estas personas, la dignidad, su dignidad, pasa a ser el derecho fundamental que reivindican como último acto humano autónomo: decidir cómo morir, decidir cuándo morir.

Morir con dignidad, en esta línea, implicaría morir sin dolor, con los analgésicos y los tranquilizantes necesarios, con la compañía deseada, en el lugar previamente escogido. Como plantea Ciruzzi, en muchos casos, el acontecimiento de muerte se posiciona como el único acto liberador del que gozarían las personas que la requieren, tras una vida repleta de insatisfacciones y falta de autonomía. Para ello, resulta clave que la obstinación médica —y el miedo al fracaso profesional que puede llevar a lo que Maglio denominaba como encarnización terapéutica— no se anteponga al respeto por la dignidad del paciente.

En contraposición al argumento de los detractores de la eutanasia, quienes la defienden asumen que lo que sucede en los países en los que se ha legalizado puede servir para desarmar los prejuicios. Tal pendiente resbaladiza que podría conducir hacia la generalización indiscriminada de la eutanasia, en su opinión, no existe. La idea de que la eutanasia es la solución sencilla para dejar de suministrar cuidados paliativos, según manifiestan, también es falsa. En efecto, en países y estados en los que se ha legalizado, se han fortalecido este tipo de servicios. Países Bajos, afirma Ciruzzi, tiene uno de los mejores sistemas de cuidados paliativos en el mundo.

La eutanasia debe definirse como una acción que tenga su punto de partida en las libertades de cada individuo a ejercer su derecho en el marco de un escenario mucho mayor, el de la salud pública. Desde aquí, se torna fundamental la presencia de un Estado que garantice el cumplimiento efectivo de las leyes y que cuente con el auxilio de la evidencia científica para calibrar el proceso de toma de decisiones.

En Argentina, hablar de eutanasia es hablar de Alfonso Oliva: un joven cordobés que a los 31 años fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (ELA), enfermedad neurodegenerativa que afecta el sistema nervioso y provoca parálisis muscular. Alfonso descubrió que “algo andaba mal” porque comenzó a sufrir caídas en situaciones en las que previamente no le pasaba, a experimentar calambres cada vez más frecuentes, y hasta le cambió la voz. Así que fue a un fisiatra que luego lo derivó a un neurólogo. Tras varios diagnósticos imprecisos, se entrevistó con uno que dio en el clavo: tenía ELA.

Con esa certeza, Alfonso probó de todo: medicamentos, extensas rehabilitaciones de cinco horas diarias, entrevistas con especialistas de todo tipo, dentro y fuera de Córdoba. No obstante, nada fue suficiente. Pronto, dejó de caminar y de hablar. Empezó a ser alimentado mediante un botón gástrico: una sonda que le enviaba alimentos que viajaban directamente a su estómago. Si enseguida debió modificar su manera de alimentarse, luego sucedió algo similar con la forma de dormir: tuvo que empezar a hacerlo sentado para evitar ahogarse. Hacia el final, solo podía mover sus párpados, por lo que empezó a comunicarse mediante un programa (Irisbond, de origen español) que utilizaba sus ojos como si fueran un mouse. De esta manera, miraba una letra y pestañeaba, luego miraba otra y lo mismo; así hasta formar la palabra que deseaba y la máquina devolvía en forma de sonido para que sus interlocutores pudieran comprender. Se sentía encerrado en su propio cuerpo.

Con el tiempo, su estado se tornó irreversible. Mientras pudo, solicitó a sus amigos y familiares que lucharan por instalar el debate y la sanción de una ley de eutanasia en el país. Su objetivo era que otras personas que atravesaran lo mismo tuvieran la posibilidad de elegir el instante de su final. En una entrevista que brindó en agosto de 2018 al diario Perfil, una de las últimas de su vida, dijo: “En una situación como la mía, cada uno debe decidir hasta cuándo va a sufrir”. De hecho, aunque en varias ocasiones le ofrecieron un respirador artificial —que le habría prolongado su vida por algunos años—, siempre se negó de forma rotunda. Él mismo quería ser quien eligiera el momento de su muerte, sin la necesidad de utilizar artefactos que fueran en contra de su voluntad.

Alfonso Oliva falleció en marzo de 2019, a los 36 años. Como los proyectos legislativos que se discuten están inspirados en su historia, cuando la ley de Interrupción Voluntaria de la Vida se sancione, será nombrada como “Ley Alfonso”. Y todos se basan, por lo menos hasta el momento en que escribo estas líneas, en los siguientes parámetros:

1) La solicitud voluntaria del paciente.

2) El paciente debe sufrir de un padecimiento grave e incurable caracterizado por un proceso de declinación avanzado e irreversible de sus capacidades físicas y/o psicológicas y que no puede ser aliviado por otros medios razonables sin causarle grave perjuicio.

3) El sufrimiento físico o mental del paciente debe ser intolerable sin perspectiva razonable de mejoría.

4) El paciente debe estar plenamente informado acerca del pronóstico de su enfermedad y de las alternativas terapéuticas factibles.

5) El paciente y el médico deben haber concluido en conjunto que no existe ninguna solución razonable para su padecimiento distinta a la solicitada.

6) Debe contarse con una segunda opinión experta.

7) El caso debe ser presentado ante el Comité Hospitalario de Ética, que deberá emitir dictamen fundamentado al respecto, evaluando asimismo la competencia del paciente.

8) Debe tratarse de un paciente adulto y plenamente competente.

9) Los menores de edad, en principio, solo podrán requerir la aplicación de este procedimiento a partir de los 16 años.

10) Entre la solicitud y la aplicación de la medida debe transcurrir un plazo mínimo de 15 días, a los fines de que el paciente, junto con su médico tratante y familiares y personas de su entorno que él mismo indique, sopese la decisión y pueda despejar todas las dudas e interrogantes que se le presenten.

11) El procedimiento de eutanasia debe ser realizado por un médico. La indicación de la medicación en caso de suicidio asistido también debe ser realizada por un médico. En ambos casos, puede tratarse del mismo médico tratante o de otro.

Mayo

El frío asoma, los días duran menos y las noches caen sin aviso, sin siquiera preguntar si estoy de acuerdo. El viento golpea del otro lado de la ventana y hace mover las cortinas. Una suave brisa se cuela entre los burletes que, aunque fueron comprados bajo la promesa de sellar herméticamente, en realidad no lo hacen.

Leer es una trampa: cuanto más se pretende saber, más preguntas aparecen para incomodar, cruzan como flecha para correr del eje, para hacer trastabillar todo lo que se cree conocer. Ante la inmensidad que implica el conocimiento, que desborda por todos lados las mejores intenciones, lo único que queda es reconocer la ignorancia, identificar los límites. Saberse mortal. 

Aunque la ciencia produce tecnologías para prolongar la vida y extender la agonía casi indefinidamente, por más que existen enfermedades que en el pasado eran mortales y en el presente pueden tratarse sin ningún problema, la soberanía sobre los cuerpos y, más aún, sobre las existencias, es algo que no puede conquistarse tan fácil. En paralelo, los deseos de la Interrupción Voluntaria de la Vida comienzan a ser identificados y reconocidos por los Estados, que toman nota de la situación y, en algunos casos, ensayan leyes para garantizar nuevos derechos. Un tema como la eutanasia no se resuelve levantando la voz en una discusión de café, ni se clausura, como todos los debates importantes, mediante la cita de un manojo de papers. No, un tema como la eutanasia va mucho más allá.

Es mayo y pienso que en todo este tiempo aprendí dos aspectos sobre el final de la vida: primero, los cuerpos permanecerán en el bando de lo deteriorable; segundo, morir como uno quiere, donde quiere y con quien quiere no debería ser tan complicado.

En el fondo, los detractores de la eutanasia hunden sus argumentos, por lo general, en credos religiosos. Un vitalismo que, en algunas ocasiones, defienden a cualquier precio; vivir, a diferencia de morir, se convierte en un verbo con un alto grado de carga positiva, con independencia de cómo se haga. La cantidad, de este modo, se eleva como variable de peso frente a la calidad: vivir más antes que vivir mejor. Lo que no consiguen advertir es que acaso lo sagrado no sea la vida, sino el deseo de vivir. ¿Para qué sirve una vida si no puede ser vivida del modo en que uno quiere? Necesariamente, el debate en el espacio público promovido desde el ámbito legislativo no solo será importante, sino que también será imprescindible. La religión, desde aquí, no puede ser la única vara en torno a la cual se organiza una sociedad compleja como la nuestra en un tema tan sensible como la IVV.

De acuerdo a la concepción dominante de la muerte contemporánea, morir es un tabú. Si se desarmara el secreto que envuelve el acontecimiento, yo creo que tal vez sería posible aprender a prepararse para el “buen morir”. No obstante, aquí también hay un problema, porque se aprende (en las escuelas, en las universidades, pero también en la calle) a partir de las experiencias que alguien más tuvo y enseña. El inconveniente es que, hasta donde podemos saber, la muerte no es una experiencia transmisible, por el simple hecho que cuando se muere no hay posibilidad de hacer más nada. En definitiva, quizás la muerte sea un tema para el que solo hay alumnos y ningún maestro.

La muerte es el acontecimiento más contundente que enfrenta la especie humana. Su imposibilidad de comprensión, en el presente, continúa causando escalofríos. La ciencia no baja los brazos y diseña muletas para sostener la vida más allá de las posibilidades, las religiones sostienen ficciones más confortables, paraísos más dulces. Tal vez, hasta el método científico se hubiera construido sobre bases distintas si Descartes, en pleno siglo XVII, hubiera planteado que lo único de lo que no se puede dudar es la muerte. Se le atribuye a Charles Chaplin la siguiente frase: “Solo hay algo tan inevitable como la muerte: la vida”. Morir es la evidencia incontrastable de haber vivido, y eso, desde mi perspectiva, no es poca cosa.

La muerte como tema es lo más parecido a un pantano infinito, con fronteras difusas, que todo el tiempo se desplazan, se corren, se escurren de la vista, que eluden la concentración, que se burlan del foco. La muerte hoy es una cosa, pero mañana podría ser definida de otro modo. Es inútil querer cerrar el asunto o pretender afirmar algo con certeza de acero, con precisión quirúrgica. No obstante, nos debemos algunos debates, y el hecho de que comiencen a producirse opera como síntoma de la salud de nuestra sociedad. Pensar diferente, proponer diversas líneas de razonamiento y discutir de manera argumentada son acciones que reafirman nuestro ejercicio ciudadano y democrático. En este sentido, Argentina —al igual que lo hicieron y lo están haciendo otros países— tiene la oportunidad histórica, una vez más, de estar a la vanguardia al garantizar cada vez más derechos a sus habitantes. 

No obstante, algo queda dicho: de manera obligatoria, todo lo que se escriba al respecto tiene carácter provisorio; por ello, el Libro de la muerte se escribe en tiempo presente.

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