Acerca de la defensa de la vida

7min

Este fragmento forma parte del proceso abierto de Profano, un proyecto sobre los seres humanos, su biología y su cultura, sus historias, sus múltiples formas de vivir la vida y de lidiar con la muerte. 

Marie-Louise Giraud nació en los primeros años del siglo XX, en Francia, y a los 39 años fue la última mujer guillotinada en la historia de ese país. Su crimen fue haberle practicado abortos a otras mujeres en la ciudad francesa de Cherburgo, donde vivía junto a sus dos hijos. No era médica, era lavandera, pero para el caso eso hacía poca diferencia: el motivo de su condena a muerte no guardaba relación con el ejercicio ilegal de las prácticas médicas sino con la “inmoralidad”, tal como figura en los documentos que sustentan la decisión de la ejecución.

Marie-Louise estaba casada con un marinero que pasaba gran parte del tiempo fuera de la casa, y que no proveía un sustento económico suficiente para criar a los dos hijos de la pareja. Marie-Louise era pobre, una mujer más de la clase trabajadora francesa que lograba sobrevivir con sus ingresos informales. Los relatos, más o menos fragmentados, cuentan que en un momento ayudó a una mujer conocida a practicar un aborto. Dónde y cómo aprendió ese procedimiento es difícil saberlo. Pero las mujeres no comenzaron a abortar cuando apareció Marie-Louise Giraud en el mundo y el conocimiento, sabemos, se transfiere, pasa de generación en generación. En especial éste, un conocimiento práctico y crítico para la vida de las mujeres. 

A partir de ahí, las cosas cambiaron para Marie-Louise. Primero hizo algunos abortos como favor, pero luego se encontró con la demanda recurrente de muchas mujeres que empezaron a acudir a ella para interrumpir su embarazo. Entonces, el favor se convirtió en un servicio por el que cobraba. El dinero ayudaba, claro, aunque las mujeres que llegaban a su casa para detener el embarazo en general no eran parte de la aristocracia francesa.

En Francia, hacia la década de 1930 había escalado una preocupación que tenía en vilo a muchos gobernantes. La tasa de natalidad venía en declive desde hacía mucho tiempo y era más baja que en otros países europeos cercanos como Alemania. El temor por quedarse sin franceses no era una novedad, de hecho, muchos años antes Napoleón había castigado el aborto y la anticoncepción con el mismo objetivo: hacer crecer la población de Francia. En 1890 se había creado la llamada “Alianza Francesa contra la Despoblación” que reivindicaba el rol patriótico de la institución familiar y alentaba a las personas a dejar descendencia, tantos hijos e hijas como la nación necesitase y Dios dispusiera. La Alianza distribuía un folleto que llevaba el título “La masacre de los inocentes” en el que consignaba que “asesinar a un niño prenatal es robarle sesenta años”. 

Entre 1930 y 1940 se acentuó aún más la preocupación por multiplicar los nacimientos en Francia. Había una lucha declarada contra la ideas de Thomas Malthus, un pensador británico que, en el siglo XVIII, escribió una obra clásica (Ensayo sobre el principio de la población) en la que advertía sobre la tensión entre el crecimiento de las poblaciones humanas y los recursos que se necesitan para sobrevivir. En las ideas de Malthus es posible leer cierto pesimismo respecto a las posibilidades de albergar una cantidad creciente de personas con demandas materiales muy concretas como comer y tener un espacio en el que vivir. Está claro que esa perspectiva chocaba de lleno con la propuesta de tener cuantos hijos fueran posibles para poblar Francia en particular y el mundo en general. Ambas miradas llegaban a diagnósticos muy opuestos: la primera entendía que el hambre y la miseria resultaba, al menos en parte, de la desproporción entre población y recursos, mientras que para la segunda el problema era la despoblación. 

En esa atmósfera ya instalada de obsesión por la natalidad, estalló sobre Europa la Segunda Guerra Mundial y sobre Francia la ocupación alemana, mejor dicho, de los países que conformaron el Eje. El mismo conflicto bélico que pocos años después empujó a buena parte de la población holandesa al hambre extremo, comenzaba a expandirse por Europa con violencia, anticipando lo que vendría. Un personaje muy importante de la etapa de ocupación alemana en Francia fue el mariscal Philippe Pétain, quien asumió como jefe de Estado francés y orientó muchas de las políticas que ordenaron la vida pública mientras duró la guerra. Entre otras cosas, Philippe Pétain dispuso la deportación de muchos ciudadanos franceses judíos a quienes su regimen persigió sistemáticamente. 

En 1942, por decisión del mismo Pétain se estableció la Ley 300, que preveía las penas para quien practicara un aborto. Allí, se consideraba al aborto un crimen contra la patria, en línea con la lucha por el aumento de la natalidad como cruzada nacional. La ley proponía el castigo para cualquier persona sobre la que existiera la presunción de ese crimen, es decir que podía haber castigo incluso sin demostración de culpabilidad. Pero el atropello a las garantías individuales no terminaba ahí: la persona que fuera considerada presunta autora de ese crimen podría ser privada de su libertad o procesada por un tribunal especial que habían creado Pétain y compañía para dictar sanciones “extraordinarias”. En ese marco, fue juzgada y condenada Marie-Louise Giraud. 

¿Tenía noción Giraud de la Ley 300 y la obsesión de Pétain contra el control de natalidad? ¿Se arriesgaba a sabiendas o nunca vislumbró la posibilidad de terminar presa y muerta en manos del Estado? El crimen por el que se la acusó fue realizar veintisiete abortos. Es posible que haya practicado más que ese número, imposible saber con exactitud. Según cuentan algunos relatos, el marido de Giraud estuvo entre quienes la denunciaron o, por lo menos, colaboraron en su detención. No la ayudó su cercanía con las prostitutas de Cherburgo, a quienes les subalquilaba habitaciones en su casa para sumar algunos ingresos, ni ser pobre. Tampoco pudieron defenderla quienes habían llegado a golpear su puerta buscando ayuda. 

Luego de que el tribunal propusiera la pena de muerte para Marie-Louise Giraud, el único capaz de revocar la decisión era el mismísimo Philippe Pétain, pero, por supuesto, decidió matarla. Curiosamente, cuando la guerra terminó, Pétain fue juzgado y condenado por haber colaborado con el nazismo durante el período en el que fue Jefe de Estado. La pena que dispusieron para él fue, igual que para Giraud, la muerte. Pero la diferencia fue que en el caso de Petain, la pena no se aplicó. Se consideró, en cambio, que por su avanzada edad debía ser sometido a cadena perpetua. Demasiado viejo, demasiada poca vida por delante. 

El verano de 1943 Marie-Louise Giraud se convirtió en una muestra aleccionadora de la capacidad punitiva del Estado. Su muerte fue exhibida como símbolo de la doctrina natalista, de la defensa de la patria, de la familia y también de la vida.

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Rocío Foltran

23/09/2021

Rocío Foltran

Interesantísima

Agustín Freiberger

16/09/2021

Agustín Freiberger

Pequeño gran granito de arena para entender el por qué de la necesidad de este derecho. Gran trabajo!