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Cuerpos segmentados

Recuerdo mi primer día de cursada en la universidad, en la materia de Anatomía Normal, cuando estuve por primera vez frente a un cuerpo sin vida. El olor sofocante del formol y el desmayo de algunos compañeros no opacaron la belleza de lo que hasta ese momento había sido un misterio. Pude ver con claridad cómo la tráquea se bifurcaba en dos bronquios y cómo cada uno de ellos se dirigía hacia los pulmones. Pude tocar con mis manos —con guantes, claro— el recorrido completo del intestino delgado, que mide unos seis metros y sin embargo cabe prolijamente enrollado dentro del abdomen. Me sorprendí al descubrir dos músculos enormes con forma de cilindro que desconocía por completo, que salían desde la columna vertebral —justo por debajo de los riñones— y se dirigían hacia la cadera: los psoas. También aprendí que las venas y las arterias no eran de color azul y rojo como en los libros, y que solo se podían distinguir por su consistencia. Además, me impactó la densidad gomosa e inerte del cerebro, no muy distinta a la de un tofu fresco, pero que, tan solo unos años antes, había contenido todo el universo de una persona. El cartel colgado en el ingreso a la sala de disección era muy cierto. Mortui vivos docent: “los muertos enseñan a los vivos”.

La experiencia me marcó tanto que decidí quedarme varios años como ayudante alumno, para seguir aprendiendo anatomía a través de la disección de cadáveres. En segundo año me encontré con otra materia que me fascinó: Fisiología Humana. Mientras que en Anatomía estudiaba la arquitectura macroscópica del cuerpo, la fisiología me permitió conocer en profundidad cómo funcionaba esa increíble maquinaria. Descubrí que el corazón tiene cuatro cavidades conectadas por un sistema eléctrico exquisito, que coordina la contracción del músculo cardíaco para que la sangre fluya hacia el resto del cuerpo. En los pulmones, unas burbujas microscópicas llamadas alvéolos permiten que el oxígeno ingrese a la sangre y que el dióxido de carbono salga hacia el exterior. Los riñones filtran alrededor de 180 litros de sangre todos los días sin que lo notemos, eliminando sustancias tóxicas y conservando compuestos vitales. Y las numerosas glándulas endocrinas conforman una verdadera orquesta hormonal, cuya sinfonía cambia a lo largo del día para que los tejidos “sepan” cuándo activar o inhibir distintas funciones. Todo me resultó casi mágico. Por eso, cuando finalicé la carrera, me sumé como docente para revivir ese asombro y, si era posible, contagiarlo.

Si bien aprendí muchos secretos del cuerpo humano, nadie me enseñó a mirarlo como un todo. Conocer las partes no alcanza para comprender el organismo completo. Saber qué hace cada órgano no es lo mismo que entender cómo se relacionan entre sí, qué necesitan para funcionar en conjunto y cómo la vida es posible gracias a esa integración. Es que la estructura de la formación médica occidental está diseñada para estudiar partes y no para integrar. Y esa lógica se filtra rápido en la mente de los estudiantes. Una de las preguntas más frecuentes entre mis compañeros solía ser “¿Qué especialidad vas a seguir?”. No era una curiosidad casual, sino una invitación temprana a recortar la mirada. Porque la respuesta, casi siempre, implicaba dejar de mirar el cuerpo en su totalidad. El corazón para los cardiólogos, la piel para los dermatólogos, el oído para los otorrinolaringólogos y el cerebro para los neurólogos. Incluso algunas especialidades como la clínica médica o la pediatría, que intentan sostener una mirada más general, muchas veces se quedan cortas. Porque lo que falta en la educación médica no es solo amplitud, sino un cambio profundo en la forma de mirar: dejar de ver órganos aislados o sistemas orgánicos, y empezar a ver cuerpos vivos. Cuerpos que sienten, piensan, se emocionan y se adaptan, y que se enferman cuando ya no pueden hacerlo más.

Después de pensar durante muchos años en este tema, empecé a entender que esta fragmentación no es casual y que hay al menos cuatro fuerzas que la condicionan. La primera tiene que ver con el enfoque dominante de la medicina occidental, que en muchos casos no se orienta a comprender ni a modificar las causas profundas y sistémicas de las enfermedades, sino a controlar sus manifestaciones a través del uso de medicamentos. Los seres humanos siempre recurrimos a sustancias para aliviar el dolor, combatir infecciones o acompañar procesos de curación. Plantas, brebajes y preparados formaron parte de las tradiciones médicas de todo el mundo y en todos los tiempos. Algunas de esas prácticas eran efectivas, otras no tanto, y muchas funcionaban solo de manera parcial. En el caso de las infecciones graves, en particular, los límites eran evidentes. A comienzos del siglo XX, los microbios seguían causando verdaderos desastres: una muela en mal estado podía derivar en una septicemia fatal y una neumonía podía transformarse en una insuficiencia respiratoria con escasas chances de supervivencia en cuestión de días. En ese contexto, la aparición de los antibióticos marcó un punto de inflexión en la práctica médica. El descubrimiento de la penicilina a fines de la década de 1920 y su masificación durante la Segunda Guerra Mundial transformaron de manera contundente el paradigma de la medicina. Por primera vez, de forma clara y reproducible, era posible intervenir de manera directa y eficaz sobre el agente causal de una enfermedad, en lugar de únicamente aliviar sus manifestaciones. Ese éxito extraordinario no solo salvó millones de vidas, sino que también moldeó las expectativas de la medicina moderna.

De manera progresiva, comenzó a instalarse —tanto en la cultura médica como en la sociedad— la idea de que cada enfermedad debía tener su pastilla. Y si aún no existía, se asumía que era solo cuestión de tiempo hasta encontrarla. Para muchas personas, esta promesa resultó tranquilizadora. Durante la segunda mitad del siglo XX, a medida que se desentrañaban los mecanismos moleculares de enfermedades cada vez más frecuentes en los países de ingresos medios y altos —como la diabetes tipo 2, la hipertensión arterial o la aterosclerosis—, la pujante industria farmacéutica desarrolló medicamentos capaces de controlar sus consecuencias. Los hipoglucemiantes orales, los antihipertensivos y las estatinas lograron frenar la progresión de estas enfermedades y reducir de manera significativa el riesgo de complicaciones graves, lo que permitió que millones de personas vivan más tiempo y con mejor calidad de vida. Pero hay un punto clave: salvo contadas excepciones, ninguno de estos fármacos revierte el proceso que dio origen a la enfermedad. En la mayoría de los casos, lo que hacen es mantenerla bajo control durante un tiempo. Así, hoy, lo que se ha consolidado es una medicina extraordinariamente eficaz para manejar síntomas y parámetros fisiológicos, pero limitada a la hora de revertir los procesos que causaron la enfermedad y restaurar la salud del organismo.

Esto también se refleja en la formación médica. Cursé Farmacología durante dos años completos y su lógica atravesaba prácticamente todas las materias clínicas, pero no tuve ninguna asignatura orientada a comprender cómo se originan las enfermedades más prevalentes de los últimos setenta años ni a integrar esos procesos con la forma en que se desarrollan a lo largo del tiempo. Aprendí qué pastillas debía prescribir para cada diagnóstico, con varias opciones disponibles en caso de que la primera no funcionara. Pero no aprendí cómo ayudar a alguien a dejar de necesitarlas.

Ese vacío formativo que todavía hoy sufren los alumnos se traslada luego a la práctica cotidiana: profesionales que recetan fármacos con facilidad —a veces con excesiva rapidez— y pacientes que esperan soluciones inmediatas para procesos que, en realidad, requieren tiempo. Son incontables las veces que vi cómo una madre preocupada por la fiebre leve de su hijo no se iba de la consulta pediátrica hasta que se le prescribía un antibiótico o un antifebril, aun cuando la indicación médica fuera únicamente reposo. No se trata de mala intención, sino de una expectativa compartida: que ante un síntoma debe haber una intervención rápida que lo haga desaparecer. Pero ojo, no estoy diciendo que los fármacos sean malos ni que no deban usarse. La farmacología moderna es la evolución tecnológica de una práctica que los humanos realizamos desde siempre, y ha salvado incontables vidas. El problema aparece cuando se la utiliza como respuesta automática frente a cualquier forma de malestar. Porque, tal como dice la letra chica de los prospectos, tomar medicamentos tiene un costo biológico además de económico. Un costo que puede ser leve, como un malestar digestivo después de un antibiótico, o llegar a ser grave, como una falla hepática por exceso de paracetamol.

Sin embargo, el problema no es solo de médicos con el sello suelto o pacientes que buscan alivio a toda costa. La segunda fuerza de fragmentación corporal tiene que ver con el modelo de atención en el que se basa todo el sistema sanitario, que, lejos de estar orientado a promover la salud, se ha transformado en una gran maquinaria de administración de enfermedades. Tal como funciona hoy, es un sistema diseñado para intervenir cuando algo ya se rompió, no para evitar que se rompa. Opera como una red de bomberos altamente eficiente, pero que casi nunca se pregunta por qué las casas se incendian. Los consultorios y hospitales están repletos de personas que sufren enfermedades cuya aparición —al menos en parte— podría evitarse. Pero la prevención real y sostenida tiene un lugar marginal en la práctica cotidiana. Es como si hubiéramos olvidado el enorme impacto que tuvieron las intervenciones preventivas a gran escala en la reducción de las enfermedades infecciosas a lo largo del siglo XX, como la potabilización del agua, el saneamiento urbano, la recolección de residuos, el lavado de manos y las campañas de vacunación. El progresivo desinterés en las políticas públicas que sostienen este tipo de estrategias, el avance de un modelo biomédico centrado en la intervención individual y farmacológica, y el aumento del poder de lobby de la industria farmacéutica terminaron de reconfigurar los sistemas de salud del presente. El resultado es un enfoque altamente eficaz para evitar la muerte, pero pobremente diseñado para promover el bienestar. Se logra vivir más años, pero no siempre con mejor salud.

La tercera fuerza que colabora en fragmentar nuestros cuerpos es que la formación médica occidental deja en un lugar marginal a la mente. La única instancia formal en la que tuve oportunidad de estudiarla fue durante la materia de Psiquiatría, en el cuarto año de la carrera. De apenas dos meses de duración, la recuerdo como una asignatura aislada del resto, con escasa articulación con la fisiología, la clínica y los avances contemporáneos de las neurociencias. Dos meses es, sin duda, poco tiempo para abordar algo tan complejo como la mente humana. Sin embargo, incluso en ese lapso sería posible introducir —aunque sea de manera superficial— conceptos fundamentales como la regulación emocional, el impacto del estrés crónico o la importancia del vínculo terapéutico, cosas que después aparecen todos los días en el consultorio o la guardia. Todo lo que aprendí sobre “la mente” durante aquella cursada parecía caber en un puñado de categorías diagnósticas, y la sensación general entre mis compañeros era que Psiquiatría era una materia fácil y de bajo peso académico, que se podía aprobar casi sin mirar. De hecho, fue así. Y esa percepción expresa con bastante fidelidad el lugar que ocupa la salud mental dentro de la formación médica en la mayoría de las universidades. Un componente marginal y accesorio, tratado más como una curiosidad que como una dimensión central de la salud.

El impacto de mi formación insuficiente en salud mental se hizo evidente en una de mis primeras guardias hospitalarias. Una tarde de fin de semana, una mujer de unos 28 años ingresó muy agitada, con la mirada desbordada, respirando rápido, pidiendo ayuda porque le dolía el pecho y gritando que se estaba muriendo. Mi primera reacción fue pensar en un infarto del corazón. Era lo que había aprendido a buscar ante ese cuadro. Sin embargo, se trataba de una persona joven y, en el examen físico, solo encontré un pulso acelerado pero regular. El electrocardiograma no mostraba signos de daño en el tejido cardíaco. No había nada, al menos desde la lógica clínica que manejaba en ese momento, que explicara lo que estaba pasando. Para mi tranquilidad, la persona que me supervisaba cerró el caso con rapidez: “Es una CH, una crisis histérica. Dale un lorazepam y mandala a la casa”. Eso fue exactamente lo que hice. Le administré la pastilla ansiolítica en la boca para que se disolviera debajo de la lengua, esperé a que bajara la agitación y le di el alta, sin mayores indicaciones. Con el diario del lunes entiendo que esa pobre mujer estaba atravesando un ataque de pánico por motivos que jamás sabré, porque nunca me detuve a preguntarle. Durante mucho tiempo creí que esa escena decía más sobre mí, sobre mi inexperiencia y mis inseguridades como médico joven, que sobre la formación que había recibido. Pero con los años entendí que era al revés. Mi reacción no fue un error individual, sino la consecuencia lógica de un sistema de enseñanza que me había entrenado para buscar lesiones, números alterados o imágenes anormales, pero no para leer el sufrimiento cuando este se expresa a través del cuerpo sin dejar huellas visibles. Ese modo de proceder es una lógica que atraviesa buena parte de la medicina occidental y que termina filtrándose en la práctica cotidiana: lo que no se mide, no se ve; y lo que no se ve, no existe. Así, el miedo, la angustia, el estrés sostenido o el trauma psicológico quedan fuera del radar clínico hasta que, con el tiempo, encuentran la forma de inscribirse en el cuerpo como enfermedad “orgánica”. Recién entonces el sufrimiento parece volverse digno de atención médica. Y eso nos conduce al cuarto motivo de fragmentación del enfoque médico.

La cuarta fuerza —y para mí, la más importante de todas— tiene que ver con una división que solemos dar por sentada: la separación entre lo que llamamos “mente” y lo que llamamos “cuerpo”. Esta división no es una realidad biológica, sino un capricho humano. Es que no existen dos entidades independientes que “interactúan”, sino un único organismo vivo que percibe, siente, piensa, recuerda y actúa, al mismo tiempo que regula la temperatura, la glucosa, la presión arterial o la respuesta inmunológica. Son procesos distintos, sí, pero inseparables. Esa unidad se vuelve evidente cuando prestamos atención a la experiencia cotidiana: el nudo en la garganta ante una mala noticia, el dolor de estómago antes de un examen, el insomnio en períodos de angustia, la tensión que se acumula en la espalda después de días difíciles, y la piel que se brota tras un pico de estrés. Cuando el malestar es más intenso, la relación resulta imposible de ignorar. La ansiedad puede provocar palpitaciones, mareos, náuseas o sensación de falta de aire; el enojo eleva la presión arterial, acelera

El cuerpo es una unidad indivisible. Aunque para su estudio se diferencia
en tejidos, órganos y sistemas, en la realidad biológica todo opera de manera simultánea
e interdependiente.

el pulso y tensa la mandíbula; la tristeza profunda reduce el apetito y la energía. Es decir, la mente no “impacta” sobre el cuerpo, sino que se manifiesta en él.
Lo curioso es que este entrelazamiento entre estados mentales y procesos corporales es conocido desde hace mucho tiempo. Hace unos 2500 años, Hipócrates de Cos, el padre de la medicina occidental, ya reconocía que las emociones persistentes podían alterar el equilibrio del organismo y favorecer la aparición de enfermedades. Y aunque ese vínculo se pensara con un lenguaje muy distinto al actual, la investigación moderna terminó dándole la razón. En una investigación realizada en 2020 por Natalie Momen, que siguió durante más de una década a casi seis millones de personas, se observó que quienes recibían diagnósticos psiquiátricos tenían un riesgo significativamente mayor de desarrollar enfermedades orgánicas a lo largo del tiempo. Sobre ese trasfondo común aparecían asociaciones más marcadas según el tipo de trastorno. Los trastornos de ansiedad se vinculaban con mayor frecuencia a problemas respiratorios y digestivos; la depresión mayor, a desórdenes metabólicos como la diabetes tipo 2; y en los trastornos de la conducta alimentaria el riesgo de alteraciones cardiovasculares y renales era más elevado que en la población general. Visto así, el sufrimiento psíquico no es solo un fenómeno “mental”, sino una señal de que el cuerpo en su conjunto está funcionando bajo una sobrecarga sostenida. Y cuando ese desequilibrio se prolonga en el tiempo, aumenta la probabilidad de que termine expresándose también como enfermedad física. Más adelante profundizaré en este aspecto.

Cuerpos desconectados

No sé en qué momento ni por qué motivo se produjo esta segmentación corporal en la medicina occidental, pero me atrevo a pensar que fue un proceso progresivo. Si tuviera que elegir un símbolo potente de esa pérdida, probablemente señalaría la lenta desaparición de la Biblioteca de Alejandría. Fundada hace más de 2300 años como parte del Mouseion, la Biblioteca se convirtió en uno de los mayores centros de conocimiento del mundo antiguo, con cientos de miles de manuscritos que abarcaban filosofía, astronomía, matemáticas, historia, poesía y muchas otras disciplinas. Allí también se preservaban textos provenientes de culturas milenarias —Egipto, Grecia, India y Persia—, muchos de ellos dedicados a la medicina, la anatomía, la fisiología y al estudio de la vida humana desde una perspectiva integral. En las escuelas de medicina del Mediterráneo —como la de Cos, donde enseñaba Hipócrates—, se formaba a los médicos para observar al paciente en su totalidad, teniendo en cuenta sus hábitos, su entorno y su estado emocional como parte del diagnóstico. Por dar un ejemplo de lo increíblemente avanzada que era la medicina occidental en aquella época, los médicos Herófilo y Erasístrato realizaban una gran cantidad de disecciones humanas para conocer el interior de nuestro cuerpo, y como resultado describieron órganos, nervios y funciones con una precisión que no volvería a alcanzarse hasta casi dos milenios después, cuando Andrés Vesalio publicó su atlas ilustrado de anatomía en 1543.

El incendio de una parte de los documentos de Alejandría, causado accidentalmente durante el enfrentamiento contra Julio César, suele mencionarse como el primer gran golpe a la Biblioteca. Sin embargo, no fue el fuego lo que terminó con ese proyecto, sino algo más silencioso y persistente: el progresivo desinterés político del Imperio romano por sostener un espacio dedicado al conocimiento colectivo. Con el paso del tiempo, y especialmente a partir de la consolidación del cristianismo como religión oficial, muchos saberes heredados comenzaron a ser vistos con recelo por su carácter “pagano”. No fue igual en todos lados ni todo el tiempo, pero la tendencia general es que la medicina occidental quedó fuertemente condicionada por el marco religioso dominante. Si bien algunos médicos de la Edad Media conservaron y transmitieron fragmentos del legado hipocrático —como ocurrió con los textos de Galeno, copiados, traducidos y enseñados en las primeras universidades europeas—, la comprensión del cuerpo humano se volvió cada vez más limitada. La disección cayó en desuso, la observación directa perdió lugar y muchas enfermedades comenzaron a interpretarse en clave sobrenatural: castigos divinos, posesiones demoníacas o desórdenes provocados por fuerzas invisibles. Este clima cultural fue consolidando una separación cada vez más marcada entre lo corporal y lo espiritual. El cuerpo empezó a ser concebido como la sede del pecado, la fuente de los deseos, las debilidades y la caída moral. La redención pasaba por el alma; el cuerpo, en cambio, debía ser controlado, dominado o incluso mortificado.

Esta mirada contrasta con la de algunas tradiciones filosóficas y religiosas orientales, en las que el cuerpo no aparece escindido de la mente o del espíritu, sino entendido como una expresión inseparable. En el taoísmo, por ejemplo, se considera que la energía vital —el qi— fluye a través del cuerpo, y que su equilibrio es central para la salud física, mental y espiritual. En ese marco, el cuerpo no es un obstáculo para el desarrollo interior, sino un puente hacia él. Algo similar ocurre en el hinduismo, donde prácticas como el yoga y el tantra buscan fortalecer, sensibilizar y entrenar el cuerpo como parte de un camino de autoconocimiento. En el budismo también surgieron disciplinas corporales como tai chi chuan y kung fu, en las que el movimiento, la respiración y la atención plena se entrenan juntos. En lugar de reprimir los deseos o negar la experiencia corporal, muchas de estas corrientes proponen observar lo que sucede en el cuerpo y aprender, con el tiempo, a habitarlo con mayor conciencia. Sin embargo, el rumbo que terminó imponiéndose en Occidente fue otro.

Más adelante en Europa, ya durante el Renacimiento, apareció René Descartes con su célebre “Pienso, luego existo”. Su intención era introducir orden y certeza en el pensamiento científico, en un contexto atravesado por la duda y la autoridad religiosa. Y, en ese sentido, su aporte fue enorme. Sin embargo, al colocar al pensamiento en el núcleo de la existencia misma, terminó reforzando una distinción tajante entre la mente —entendida como el lugar de la razón y la conciencia— y el cuerpo, reducido a una especie de máquina gobernada por leyes físicas. Tal vez Descartes solo buscaba secularizar el viejo discurso teológico del alma, pero su legado contribuyó, sin quererlo, a profundizar la gran escisión entre lo mental y lo corporal que todavía atraviesa nuestra forma de entender la salud. A partir de allí, el cuerpo comenzó a ser tratado cada vez más como un objeto que podía estudiarse, medirse, desarmarse y repararse, mientras que la experiencia subjetiva quedaba relegada a otro plano. La Revolución Científica y, más tarde, la Revolución Industrial estuvieron impulsadas por nuevas formas de organizar el conocimiento y la vida social. La creación de sistemas educativos modernos —y luego de universidades— se orientó en gran medida a formar mentes productivas: personas capaces de concentrarse, obedecer reglas, sostener esfuerzos prolongados y adaptarse a ritmos impuestos desde afuera. En ese contexto, la mente se revalorizó como capital central, mientras que el cuerpo pasó a ser algo que debía acompañar, soportar o, directamente, callarse.

Una consecuencia evidente de todo esto, en nuestra cultura urbana y occidental, es lo fácil que nos resulta enajenarnos de nuestros cuerpos. Cuando vivís en un entorno que mide el valor de una persona por su rendimiento intelectual y su productividad, vas a hacer todo lo posible por estar a la altura y no quedar afuera del sistema. Podemos pasar por alto el hambre, seguir trabajando aunque estemos agotados, retener la orina durante horas hasta no aguantar más o barrer las emociones debajo de la alfombra hasta olvidar que están ahí. Recuerdo que, cuando era estudiante, podía pasar horas enteras sin levantarme de la silla. Recién al cerrar los libros aparecían el hambre feroz, el cuerpo entumecido, la espalda rígida como una tabla y una ansiedad difusa. Para no “perder tiempo” llegué a comer solo fideos o arroz durante días, a posponer el ejercicio y a faltar a juntadas con amigos. Pero estaba bien: era lo esperable. Había que estudiar sin parar, rendir al máximo y aguantar como si fuese un robot. El cuerpo solo se hacía visible cuando dolía o enfermaba. Por supuesto, hay momentos en la vida en los que hace falta apretar el acelerador y mantenerse firmes para atravesar situaciones exigentes. El problema aparece cuando eso deja de ser algo puntual y se convierte en la forma habitual de vivir. Tarde o temprano, el cuerpo responde.

Esta “habilidad” para ignorar nuestras necesidades biológicas es, en realidad, algo bastante excepcional en el reino animal. No existe otra especie capaz de hacer algo así. Un gorila con hambre va a buscar comida, un tigre cansado se echa a dormir y un ratón asustado intenta escapar. En el mundo animal, lo habitual es que se busque satisfacer las necesidades que se sienten, sin intermediación ni juicio. Pero incluso entre los humanos, esto no siempre es así. Los bebés y los niños pequeños no presentan esa desconexión. Un bebé llora si tiene hambre, si algo le duele o si necesita contacto. Un niño pequeño se enoja sin filtros, busca moverse cuando tiene ganas, duerme cuando está cansado y expresa sus emociones con el cuerpo entero. Sin embargo, a medida que crecemos, las normas culturales nos enseñan algo muy distinto. Desde chicos aprendemos a priorizar el deber y la razón por sobre la necesidad y la sensación, y a organizar la vida en función de calendarios, horarios, tareas y metas. También aprendemos que hay momentos en los que no se llora, que hay que aguantarse el enojo, que no siempre es hora de comer, que hay que quedarse sentados, que “no es para tanto” y que siempre hay que portarse bien. Poco a poco, aprendemos que algunas necesidades y emociones deben ser reprimidas para poder encajar, para ser queridos y valorados. Quizás por eso resulta tan fácil creer que tenemos un cuerpo, en lugar de ser uno.

Si bien en la adultez suele ser más posible desprenderse de esas expectativas ajenas —incluso si eso implica alejarse de personas importantes—, en la infancia no tenemos esa opción. Cuando somos chicos dependemos por completo de quienes nos cuidan para sobrevivir. Y esa necesidad de apego no es un capricho: está profundamente cableada en nuestro cerebro. Desde muy temprano, entonces, se va instalando una tensión silenciosa. Por un lado, lo que sentimos y necesitamos. Por el otro, la necesidad de protección y pertenencia. Entonces se vuelve normal tapar señales en lugar de escucharlas: un antifebril cuando sube la temperatura, un antiácido después de una comida voraz, un ansiolítico para quitar el ladrillo en el pecho o un analgésico para calmar la lumbalgia tras pasar horas sentados.

Medicamos el síntoma, pero no nos preguntamos qué está pidiendo el cuerpo: quizás descanso, quizás ayunar unas horas, quizás moverse un poco, quizás simplemente bajar el ritmo. Hace más de dos mil años, Platón escribió que “el cuerpo es la cárcel del alma”: algo que debía ser controlado para que la mente pudiera elevarse y conocer la verdad. Veintitrés siglos después, Michel Foucault dio vuelta esa idea con una frase provocadora: en la Modernidad, “el alma es la cárcel del cuerpo”. El filósofo francés no se refería a un alma espiritual, sino a la mente moldeada por el conjunto de normas, mandatos y expectativas que vamos incorporando desde chicos, que termina disciplinando al cuerpo desde adentro. Dos frases opuestas que señalan un mismo problema persistente: la dificultad de la cultura occidental para reconciliarse con la experiencia corporal. Y cuando esa reconciliación no ocurre, estar sanos es un camino cuesta arriba.

La luz de la evolución

Cuando la desconexión con el cuerpo se vuelve habitual, no siempre aparece una enfermedad clara. Muchas veces lo primero que surge es algo más difuso: un cansancio persistente que no se explica solo por el trabajo, un sueño que deja de reparar, molestias corporales que van y vienen, una sensación general de estar funcionando en automático. No hay un síntoma grave ni un diagnóstico evidente, pero algo no cierra. Durante mucho tiempo, la medicina occidental tuvo dificultades para lidiar con ese territorio intermedio, donde no hay una patología clara pero tampoco bienestar. En ese contexto histórico, a mediados del siglo XX, comenzó a tomar forma un intento por ampliar la manera de pensarnos. La Organización Mundial de la Salud propuso entonces una definición que buscaba correr el foco de la enfermedad hacia algo más amplio: la salud dejó de entenderse solo como la ausencia de patología y pasó a pensarse como un estado de bienestar físico, mental y social. La formulación fue tan influyente como incómoda. Por un lado, resultaba difícil de medir y de aplicar en la práctica clínica. Pero por el otro, ponía sobre la mesa una intuición potente: estar sano no es simplemente no estar enfermo.

Algunas críticas fueron acertadas. Resultaba evidente que hablar de “completo bienestar” como un estado permanente era problemático. La vida es cambiante, las personas atraviesan pérdidas, enfermedades, duelos y crisis, y aun así pueden seguir funcionando, adaptándose y teniendo una vida plena. Por eso, en la década de 1980, se propuso una nueva formulación y la salud pasó a definirse como "el grado en que un individuo o grupo es capaz de realizar sus aspiraciones, satisfacer sus necesidades y cambiar o hacer frente a su entorno". Esta última definición me resulta especialmente valiosa. No solo porque incluye un aspecto clave como la resiliencia —“cambiar o hacer frente a su entorno”—, sino porque incluye la palabra “necesidades”. Sin embargo, hablar de “necesidades” puede sonar confuso, porque en el lenguaje cotidiano usamos esa palabra para referirnos a cosas muy distintas, desde necesidades básicas como dormir o alimentarnos, hasta deseos más abstractos como “necesito vacaciones” o “necesito que me escuchen”. No todas esas necesidades tienen el mismo peso. Por eso, acá prefiero hablar de expectativas biológicas.

Los organismos vivos no funcionan en el vacío. Cada uno llega al mundo con ciertas expectativas propias de su biología. No como mandatos ni como ideales, sino como condiciones bastante concretas que el cuerpo espera encontrar para poder funcionar bien. Cuando el entorno acompaña, ese potencial se despliega. El cuerpo tiene energía, se adapta, se regula y suele expresar eso que llamamos salud. Pero cuando no ocurre, la historia es distinta. El organismo sigue adelante, pero algo queda a medio camino. Sobrevive, pero no florece. La vitalidad se atenúa y, con el tiempo, empiezan a aparecer señales de desajuste, sufrimiento o enfermedad. Un ejemplo simple ayuda a entenderlo mejor. La semilla de una mandarina guarda en su interior todo el potencial para convertirse en un árbol frondoso, lleno de flores y cargado con la fruta más deliciosa del invierno. Pero ese potencial no se despliega solo. La semilla espera ciertas condiciones: un suelo fértil, agua suficiente, horas de sol, temperaturas amables y espacio para crecer. Si esas condiciones no están, el resultado será distinto. Un mandarino plantado en un suelo pobre, con poca agua y expuesto a heladas frecuentes puede sobrevivir durante años, pero no va a crecer bien ni va a dar buena fruta. Su vitalidad será menor y se volverá más vulnerable a enfermedades y plagas. Quienes trabajan la tierra conocen bien esta diferencia. Saben que no se trata de forzar al árbol, sino de cuidar el entorno para reducir la distancia entre lo que esa semilla podría llegar a ser y lo que efectivamente llega a ser. Puede sonar obvio, pero es importante decirlo. Cuando un árbol no crece, no florece o se enferma, no es necesariamente porque sea “defectuoso”, sino porque las condiciones no fueron las adecuadas.

Si bien los humanos estamos bastante lejos de ser mandarinos, no escapamos al rigor de las leyes naturales. Como todo organismo vivo, tenemos expectativas biológicas que, cuando no se satisfacen, nos impiden florecer. Sin embargo, nuestra enorme capacidad de adaptación a distintas condiciones ambientales, emocionales y sociales hace que ese hecho resulte fácil de pasar por alto. Hace decenas de miles de años, nuestra especie, Homo sapiens, salió de África y comenzó a habitar entornos muy distintos al de la sabana que nos vio nacer. Aprendimos a tolerar el frío de la tundra y la humedad salada de las costas, a movernos siguiendo las migraciones y a comer prácticamente cualquier cosa disponible. Esa plasticidad fue una enorme ventaja evolutiva y es, probablemente, la marca distintiva más profunda de nuestra especie. Como dice Robert Sapolsky, profesor de Neurobiología de la Universidad de Stanford, “La naturaleza de nuestra naturaleza es no estar particularmente limitada por nuestra naturaleza”. Paradójicamente, esa misma capacidad de adaptación puede volverse en nuestra contra, porque no solo nos permite sobrevivir en condiciones difíciles, sino también acostumbrarnos a ellas. Podemos vivir en ciudades contaminadas y saturadas de estímulos estresantes, sin contacto con la naturaleza, sin descanso suficiente ni comida que nutra. Del mismo modo, también podemos adaptarnos a convivir con la violencia, los abusos, el abandono, la soledad, la agresividad y el egoísmo. Incluso llegamos a normalizar la competencia feroz como motor del progreso, el aislamiento como sinónimo de independencia, la hiperexigencia como virtud, y el consumo material como camino hacia la felicidad. Todo esto puede volverse parte del paisaje cotidiano, al punto de que ni siquiera lo cuestionamos. Tristemente, también terminamos replicando los entornos que nos hacen mal simplemente porque los conocemos, porque nos resultan familiares o porque creemos que no hay otra opción.

Entonces, ¿cuáles son nuestras expectativas biológicas? Para empezar a responder esta pregunta hace falta correrse un poco del presente y mirar el camino que nos trajo hasta acá. Porque, como escribió el biólogo evolucionista Theodosius Dobzhansky, “nada en biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución”.

Entornos incoherentes

Para entender qué espera el cuerpo humano, conviene primero recordar qué tipo de animal somos. Somos animales. Mamíferos. Primates. Y, dentro de ese mapa, parientes cercanos de los grandes simios. Eso significa que compartimos buena parte del código genético, la estructura corporal y muchos rasgos emocionales con chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes. Como ellos, somos criaturas sociales, curiosas, con una vida emocional compleja y un apego profundo a los vínculos. Hace entre 6 y 7 millones de años comenzó el linaje de los homininos, es decir, de aquellos animales cada vez más parecidos a nosotros y menos a los chimpancés y bonobos. Los primeros, como Sahelanthropus tchadensis o Australopithecus afarensis, ya podían desplazarse en dos piernas con menor dificultad que nuestros primos, cubrir mayores distancias y salir de la profundidad de la selva hacia ambientes más abiertos en busca de alimentos como semillas, tubérculos y carroña. Aunque todavía dormían en los árboles para protegerse de los depredadores y se alimentaban sobre todo de frutas, hojas e insectos, su modo de vida empezaba a cambiar.

Más tarde, con cambios progresivos en la anatomía y la biomecánica, especies como Homo erectus pudieron caminar y correr largas distancias, fabricar herramientas de piedra y empezar a usar el fuego para cocinar, mantenerse calientes y ahuyentar a los depredadores nocturnos. Con el paso de los milenios, estos humanos antiguos adoptaron conductas cada vez más reconocibles. Construyeron refugios, desarrollaron armas para cazar, se expandieron por Europa y Asia y vivieron en comunidades. Y fue sobre ese camino que, hace unos 300.000 años, apareció Homo sapiens en algún lugar de África. Durante miles de años más, los humanos mantuvimos un estilo de vida similar al de nuestros antepasados, obteniendo la comida mediante la caza, la pesca y la recolección. Vivíamos en grupos de entre 50 y 150 personas, nos movíamos siguiendo las estaciones y la disponibilidad de recursos, contábamos historias alrededor del fuego, empezábamos el día con la primera luz y compartíamos el cuidado de los niños y de los miembros más vulnerables del grupo.

Luego, en apenas los últimos 12.000 años, todo cambió. Nuestra especie hizo una transición hacia la producción de alimentos y la modificación deliberada del entorno a gran escala. Con la estabilización del clima tras la última glaciación, los humanos comenzaron a asentarse en oasis fértiles distribuidos en distintos puntos del planeta como el Creciente Fértil, la cuenca del Yangtsé y Mesoamérica, y —de manera independiente y casi simultánea— descubrieron que podían controlar el crecimiento y la reproducción de ciertas plantas y animales. Por primera vez, dejamos de seguir a los alimentos y empezamos a hacer que aparecieran a nuestro alrededor. La posibilidad de almacenar los excedentes trajo aparejada la multiplicación de la población. Las aldeas se convirtieron en pueblos, y los pueblos en ciudades. En apenas unos milenios surgieron la escritura, las matemáticas, las religiones organizadas, los imperios y las leyes. Y más cerca en el tiempo, la democracia, las hamburguesas, las computadoras, los antibióticos, los tractores, el glifosato, las naves espaciales, TikTok y todo eso que hoy solemos celebrar como “progreso” o “civilización”. Aunque pueda parecer lejano, todo ese despliegue cultural ocurrió en apenas alrededor del 4 % del tiempo que llevamos como especie sobre la Tierra, y en una fracción diminuta si se lo compara con los casi dos millones de años desde la aparición de Homo erectus.

Desde una perspectiva evolutiva, las condiciones que moldearon nuestras expectativas biológicas son muy distintas de las que ofrece la vida contemporánea. No es descabellado decir que, para quienes vivimos en entornos urbanos —donde hoy se concentra la mayor parte de la población—, la distancia entre lo que el cuerpo espera y lo que efectivamente recibe es más grande que nunca. Muchas personas rara vez experimentan la oscuridad real por la noche debido a las luces artificiales y las pantallas, lo que genera que se sientan cansados durante el día y no puedan dormir profundamente por las noches. Consumimos alimentos ricos en azúcar, sal y grasas de mala calidad, repletos de aditivos y carentes de nutrientes esenciales que sobrecargan el sistema digestivo, que en realidad está preparado para alimentos naturales y poco procesados. Pasar la mayor parte del día sentados o realizando movimientos monótonos está lejos de la expectativa de nuestros cuerpos de correr, trepar, agacharse, cargar, empujar, saltar, jugar y nadar. A esto se suma la exposición constante al ruido, a la contaminación del aire, del agua y de los alimentos, y a un sinfín de sustancias que nunca formaron parte de nuestro entorno evolutivo, como microplásticos, pesticidas y metales pesados. Vivimos, además, más aislados. Con redes afectivas fragmentadas, menos contacto físico, mayor desconfianza social y una exposición creciente a vínculos virtuales que no reemplazan el sostén emocional que brinda la presencia humana. Y, quizás lo más profundo de todo, estamos desconectados de la naturaleza. No pisamos la tierra, no vemos salir ni ponerse el sol, no observamos el cielo estrellado, no escuchamos el silencio de un bosque ni seguimos el ritmo del clima o de las estaciones. Los humanos urbanos nos convertimos en espectadores de la naturaleza, en lugar de seguir siendo parte de ella.

Visto de esta manera, es más sencillo entender que muchos problemas de salud actuales no son errores del cuerpo, sino respuestas coherentes a entornos incoherentes con nuestra biología ancestral. Por ejemplo, nuestra fisiología fue moldeada en un mundo de escasez, y almacenar energía en forma de grasa fue una adaptación crucial para la supervivencia. Una respuesta que antes nos salvaba, hoy nos juega en contra: en un entorno de abundancia calórica y sedentarismo, se convierte en sobrepeso, resistencia a la insulina y diabetes tipo 2. Algo similar ocurre con la espalda. Comenzar a caminar erguidos le permitió a nuestros antepasados desplazarse mayores distancias y liberar las manos para transportar comida. Esa misma anatomía, sin embargo, nos vuelve vulnerables a dolores lumbares, contracturas y hernias cuando pasamos muchas horas sentados o inmóviles. Incluso el sistema inmune muestra señales de desajuste. Como evolucionamos en entornos llenos de microbios, nuestro sistema inmune necesita esa exposición y ese entrenamiento para fortalecerse. Hoy, en ambientes excesivamente higiénicos, el sistema puede volverse más débil o desregulado. A eso se puede sumar una activación leve, difusa y persistente del sistema inmune, no para defendernos de una amenaza concreta, sino como respuesta a un ambiente en el que nunca terminamos de encajar. A este fenómeno que ayuda a entender por qué la modernidad choca con nuestros cuerpos, se lo conoce como desajuste evolutivo.

Veamos cómo se aplica esta idea en una parte del cuerpo que suele pasar desapercibida en la vida contemporánea: los pies. Los pies son una estructura fascinante y compleja que, con veintiséis huesos, treinta y tres articulaciones y más de treinta músculos, nos brinda soporte, equilibrio y propulsión en cada paso. Pero además de su función mecánica, la planta de los pies posee una riqueza sensorial comparable a la de las manos. Puede percibir la textura, la inclinación y la temperatura del suelo, y ajustar el contacto con cada superficie en tiempo real. Durante millones de años, los pies evolucionaron para cumplir estas funciones en libertad, pero en algún momento, los humanos comenzaron a protegerlos del frío, el calor y las superficies cortantes mediante envoltorios de fibras, cuero o materiales vegetales. El calzado más antiguo hallado hasta ahora —unas sandalias de artemisa trenzada— tiene alrededor de 10.000 años. Sin embargo, existen indicios indirectos de un uso mucho más antiguo: en Sudáfrica se encontraron huellas con bordes redondeados y sin marcas de dedos que sugieren algún tipo de protección rudimentaria en los pies hace más de 100.000 años.

Con el tiempo, la función original de protección fue quedando en segundo plano, y el calzado empezó a responder a otras lógicas. En muchas culturas, comenzó a adornarse y pasó a convertirse en un símbolo de estatus. En la India, las castas altas usaban zapatos curvos e incómodos para dejar en claro que no necesitaban trabajar. En Japón, las geishas caminaban sobre plataformas de madera —geta y okobo— que enlentecían el paso y limitaban el movimiento. En la Europa medieval, los nobles lucían zapatos puntiagudos de hasta medio metro de largo, imposibles de usar para cualquier tarea cotidiana. El caso más extremo ocurrió en China, donde durante casi mil años se practicó el vendado de pies en mujeres para impedir su crecimiento —idealmente, que no superaran los diez centímetros—, dando origen a los llamados pies de loto. Esta deformación severa era considerada un ideal de belleza, refinamiento y obediencia. Las mujeres demostraban así que podían tolerar el dolor y que no se quejarían como esposas. Pero el costo era altísimo: imposibilidad de caminar con normalidad, infecciones frecuentes y, en muchos casos, la pérdida de dedos por gangrena.

Si bien todo esto puede parecernos ridículo o absurdo desde nuestra mirada actual, el calzado moderno no está tan lejos de esa lógica. Los zapatos de punta en los varones y los tacones en las mujeres siguen siendo valorados por su efecto visual, ya que estilizan la figura, alargan las piernas o transmiten autoridad. Al ser estrechos en la punta, estos zapatos reducen la movilidad de los dedos y su capacidad de ejercer fuerza contra el suelo. A su vez, la elevación del talón propia del taco limita la movilidad del tobillo y acorta progresivamente el tendón de Aquiles (el más fuerte del cuerpo). Con el tiempo, estas adaptaciones forzadas modifican la postura y redistribuyen las cargas de manera desfavorable, afectando no solo al pie, sino también a la rodilla, la cadera y la columna vertebral. Juanetes, deformidades, metatarsalgia y dolor lumbar aparecen así como consecuencias previsibles, más que como accidentes aislados. En el caso del calzado deportivo, que a primera vista pareciera ser una opción superadora, la situación no mejora tanto. Además de compartir la punta estrecha con los zapatos, muchas zapatillas modernas incorporan suelas gruesas de varios centímetros y arcos plantares pronunciados. La suela excesivamente acolchada reduce la información sensorial que llega al cerebro, lo que altera la marcha y empobrece la regulación del equilibrio y la coordinación. El arco plantar, por su parte, genera una sensación inmediata de comodidad porque “sostiene” al pie, pero lo hace a costa de desactivar su musculatura. A largo plazo, esta combinación puede contribuir al debilitamiento muscular del arco plantar, y se asocia a la aparición de pie plano, fascitis plantar y un mayor riesgo de lesiones.

Las consecuencias negativas del uso de calzado disfuncional son conocidas desde hace mucho tiempo. En una investigación pionera realizada en 1905, el médico Philip Hoffman comparó los pies de personas que vivían en contextos “civilizados” —acostumbradas al uso de zapatos modernos desde la infancia— con los pies de personas de comunidades indígenas que crecieron descalzas o con calzado mínimo. Hoffmann observó que los pies de quienes nunca habían usado calzado de forma regular, como algunos grupos de Filipinas y África Central, eran más anchos en la parte delantera, con los dedos separados y alineados, casi como los de la mano. El dedo gordo conservaba su movilidad y podía ejercer fuerza contra el suelo, lo que facilitaba una mejor distribución del peso, más estabilidad y una marcha más eficiente. Eran pies móviles, funcionales, sin las deformidades que empezaban a volverse comunes en las ciudades. En cambio, los pies de los habitantes urbanos de Nueva York, expuestos al uso constante de zapatos desde edades tempranas, mostraban con frecuencia una progresiva estrechez en la parte anterior, dedos comprimidos y desviados —sobre todo el dedo gordo— y menor movilidad general. Estas características se asociaban a la aparición de juanetes y pie plano. A partir de estas observaciones, Hoffmann llegó a una conclusión simple pero potente: muchas de las deformidades habituales del pie no eran congénitas ni inevitables, sino el resultado de años de uso de calzado que deforma los pies.

Más allá de las consecuencias que pueda tener el calzado moderno, hay algo todavía más llamativo: lo fácil que nos acostumbramos a él. Para la mayoría de nosotros, este tipo de calzado es lo normal, lo natural, lo que “siempre fue así”. Nos ponemos zapatos desde chicos, pasamos años sin sentir el suelo bajo los pies y rara vez nos detenemos a pensar si esa forma de caminar, de pararnos o de movernos tiene algún costo. El cuerpo se adapta, como siempre. Y mientras no duela, seguimos adelante. Para colmo, la industria del calzado refuerza esa situación. En lugar de diseñar calzado para mantener los pies sanos, suele enfocarse en cómo hacer que el cuerpo trabaje cada vez menos. Zapatillas con suelas cada vez más gruesas, sistemas de amortiguación “inteligentes” y soluciones que prometen reducir el esfuerzo al caminar o correr se presentan como avances tecnológicos. Algo muy parecido ocurre con la mirada médica. Problemas como el pie plano, los juanetes o el dolor al caminar suelen asumirse como malestares supuestamente hereditarios o consecuencias inevitables del envejecimiento. El abordaje habitual consiste en utilizar zapatillas “especiales”, plantillas ortopédicas, separadores de dedos o, en algunos casos, cirugías correctivas. Si bien estos procedimientos pueden ser útiles en algunos casos, parten de una mirada que rara vez se pregunta por el origen del problema y, por eso, difícilmente lo resuelven.

Los zapatos no son malos en sí mismos y cumplen una función importante al proteger los pies del frío, el calor, los terrenos ásperos o ciertos agentes nocivos. El problema aparece cuando el uso sostenido de calzado inadecuado limita la función del pie y termina generando problemas que luego intentamos resolver con más artificios. Y lo mismo que vemos en los pies se repite, con otros matices, en muchas de las enfermedades y trastornos contemporáneos. Si el pie plano, los juanetes o el dolor al caminar pueden entenderse como respuestas coherentes a décadas de encierro, inmovilidad y pérdida de función, la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué respuestas estará dando el resto del cuerpo frente a una vida cada vez más alejada de lo que necesita para funcionar bien? ¿Qué otros “síntomas” estamos normalizando sin preguntarnos qué historia cuentan sobre el entorno en el que vivimos?

El club de los corazones rotos

Durante las décadas de 1930 y 1940, unos médicos estadounidenses que trabajaban en hospitales misioneros del África subsahariana empezaron a notar algo llamativo. Muchas de las enfermedades ya comunes en el mundo industrializado parecían prácticamente inexistentes en esas regiones. En Uganda, por ejemplo, el infarto de corazón era tan raro que algunos médicos llegaron a considerarlo una curiosidad clínica. Para descartar que esto se debiera simplemente a que las personas morían jóvenes por otras causas, decidieron mirar los datos con más cuidado. Compararon 827 autopsias de adultos ugandeses mayores de 40 años con otras 2237 realizadas en adultos estadounidenses de la misma edad (incluidos afroamericanos). El contraste fue contundente. En Estados Unidos, cerca de una de cada cuatro muertes se debía a un infarto. Entre los ugandeses, en cambio, apareció un solo caso, y ni siquiera era un infarto reciente, sino una lesión antigua, ya cicatrizada, que no había sido la causa de muerte. Mientras en los países industrializados el infarto se había convertido —y sigue siendo— en la principal causa de muerte, en África Central eran tan raros que apenas dejaban rastro en las estadísticas.

La curiosidad que despertaron esas observaciones llevó a que, con el tiempo, se realizaran investigaciones similares en otras partes del mundo, confirmando que estas diferencias no eran una rareza local ni un error de medición, sino un patrón que se repetía en distintas comunidades con estilos de vida más cercanos a los de nuestros antepasados. Uno de los ejemplos más notables es el de los tsimane, una comunidad indígena que vive en la Amazonía boliviana, en pequeñas aldeas a orillas del río Maniqui y sus afluentes. Los tsimanes obtienen parte de sus alimentos cazando en el bosque, pescando en el río y recolectando frutos silvestres, y otra parte mediante el cultivo de pequeñas parcelas, por lo que su alimentación está basada en alimentos frescos. Se desplazan a pie largas distancias cada día y mantienen una vida activa, incluso en edades avanzadas. Además, la cooperación y la reciprocidad ocupan un lugar central en sus vidas. Comparten la comida, el cuidado de los miembros más vulnerables —niños y ancianos— y las tareas cotidianas. Y aunque no tienen acceso a desfibriladores ni a servicios de terapia intensiva, tampoco parecen necesitarlos: para los tsimane, las enfermedades del corazón casi no existen.

El infarto de corazón es una emergencia médica que suele manifestarse de forma repentina, con un dolor intenso en el pecho que puede irradiarse al brazo izquierdo, la mandíbula o la espalda, y que a menudo se acompaña de transpiración fría, dificultad para respirar o náuseas. Esa escena tan característica ocurre cuando una parte del músculo cardíaco deja de recibir el oxígeno que necesita para seguir trabajando con normalidad. Si el aporte de oxígeno no se restablece a tiempo, el tejido empieza a dañarse y la situación puede volverse grave. En algunos casos, un infarto no tratado puede ser fatal. En otros, la persona sobrevive, a veces incluso sin darse cuenta en el momento de lo que le está pasando, pero con una porción del corazón que ya no funciona igual. La causa más frecuente de infarto es el bloqueo de las arterias coronarias, los pequeños vasos encargados de llevar sangre al propio corazón. Estas arterias son muy particulares y su funcionamiento es especialmente delicado. A diferencia de la mayoría de las arterias del cuerpo, que llevan sangre a los órganos mientras el corazón se contrae, las coronarias solo pueden hacerlo cuando el corazón se relaja. Es decir, cada contracción interrumpe momentáneamente el flujo sanguíneo. Como el corazón no descansa nunca y necesita un suministro constante de oxígeno para seguir funcionando, cualquier grado de obstrucción —incluso pequeño—puede poner en jaque a un músculo que no tiene margen para fallar.

A pesar de la sorpresa que genera, el infarto no aparece de la nada, sino que representa la culminación de un proceso largo, silencioso y progresivo llamado aterosclerosis. Se trata de una enfermedad de las arterias en la que, con el paso del tiempo, se van acumulando placas formadas por grasa, células inflamatorias y depósitos de calcio en su pared interna. Al principio esos cambios son pequeños y no dan síntomas, pero poco a poco van reduciendo el espacio por donde puede circular la sangre, como ocurre cuando el sarro se deposita en una cañería. El problema aparece cuando una de esas placas se vuelve inestable, se rompe y termina tapando por completo una arteria, interrumpiendo de manera brusca el flujo de sangre hacia el corazón o el cerebro. Durante muchos años se creyó que la aterosclerosis era una enfermedad propia de la adultez. Sin embargo, hoy sabemos que puede desarrollarse durante décadas sin dar señales evidentes. Una de las investigaciones más influyentes se realizó en la década de 1950, a partir de autopsias practicadas en soldados estadounidenses muertos en la guerra de Corea. Al analizar autopsias de 300 personas con una edad promedio de apenas 22 años, se encontraron signos de aterosclerosis en tres de cada cuatro corazones, incluso visibles a simple vista, y en algunos casos con obstrucciones coronarias muy avanzadas. Ese hallazgo abrió una puerta que ya no se volvió a cerrar. Investigaciones posteriores, realizadas en distintos países, mostraron que las primeras huellas del proceso pueden aparecer mucho antes. Se encontraron estrías grasas en la aorta de niños pequeños, acumulación de células cargadas de grasa en las paredes arteriales de adolescentes, y signos tempranos de aterosclerosis en lactantes. Todo esto dejó algo claro: la aterosclerosis puede empezar muy temprano en la vida, mucho antes de que existan síntomas, diagnósticos o preocupación clínica alguna. La mala alimentación, el sedentarismo, el consumo excesivo de alcohol y el tabaquismo pueden elevar el colesterol LDL, aumentar la presión arterial y promover la acumulación excesiva de grasa corporal, lo que favorece el desarrollo de aterosclerosis desde edades tempranas. Por eso, hoy sabemos que pensar la salud cardiovascular solo como un problema de adultos es llegar tarde.

Una arteria libre permite un flujo sanguíneo óptimo, pero una arteria obstruida reduce su caudal de sangre. A veces, las placas pueden desprenderse y causar una interrupción brusca del flujo sanguíneo hacia el miocardio.

La mejor manera que tenemos hoy de asomarnos a ese proceso silencioso es a través de una tomografía computarizada especial que permite detectar depósitos de calcio en la pared de las arterias. No porque el calcio sea el problema en sí, sino porque funciona como una huella del daño acumulado a lo largo del tiempo. Cuanto más calcio se encuentra, mayor suele ser la carga de aterosclerosis y, con ella, el riesgo de eventos cardiovasculares futuros. Cuando este méto-do se utilizó para evaluar la salud arterial de las poblaciones urbanas, se encontró que la mayoría de las personas adultas ya presenta algún grado de calcificación arterial, y una proporción importante acumula niveles compatibles con un riesgo elevado de infarto, aun cuando nunca haya tenido síntomas. En cambio, cuando se aplicó ese mismo método en comunidades como la de los tsimane, el panorama fue radicalmente distinto: la gran mayoría tenía arterias prácticamente limpias. Incluso en edades avanzadas, muchos de ellos no mostraban signos detectables de aterosclerosis. Al comparar la llamada edad vascular, se observó que un tsimane de 70 u 80 años tenía arterias similares a las de una persona urbana varias décadas más joven.

La notable salud cardiovascular de los tsimane no se explica por una genética privilegiada. No es que sus cuerpos sean distintos, ni que estén misteriosamente protegidos contra las enfermedades modernas. Si bien existe cierta predisposición genética a tener una u otra enfermedad, en gran medida es el entorno y el modo de vida el que termina inclinando la balanza. Visto así, los tsimane no están más sanos porque hagan algo extraordinario, sino porque nunca dejaron de hacer lo que, durante casi toda su historia, fue normal para nuestra especie.

La luz al final del túnel

Hasta hace apenas unos pocos cientos de generaciones, todos los seres humanos eran cazadores-recolectores. Y si retrocedemos un poco más en el tiempo, hasta hace unos 80.000 años, los ancestros de toda la humanidad vivían exclusivamente en África. Dicho de otro modo, la mayor parte de nuestra historia evolutiva transcurrió en ese continente, en pequeños grupos humanos que se movían, cazaban, recolectaban y se organizaban de formas muy distintas a las de la vida urbana moderna. Por eso, si queremos entender cómo funcionaba un cuerpo humano “normal”, resulta inevitable mirar hacia las sociedades cazadoras-recolectoras, en especial aquellas que habitan regiones áridas y tropicales de África. Estudiarlas, sin embargo, no es sencillo. El modo de vida cazador-recolector casi ha desaparecido y solo persisten unos pocos grupos en regiones remotas del planeta. Casi ninguno vive completamente aislado del mundo moderno ni mantiene un modo de vida idéntico al de sus antepasados. Todas las comunidades accesibles para su estudio comercian con agricultores vecinos, fuman tabaco y están atravesando cambios tan rápidos que, en unas pocas décadas, dejarán de ser cazadores-recolectores. Aun así, siguen siendo una de las mejores ventanas disponibles para asomarnos a nuestro pasado evolutivo reciente.

Entre los grupos más estudiados se encuentran los hadza, una población cazadora-recolectora que vive en una región árida y calurosa del norte de Tanzania, en el mismo continente donde evolucionó nuestra especie. En las últimas décadas, los investigadores analizaron prácticamente todos los aspectos imaginables de su vida: cómo comen, cazan, caminan, duermen, se vinculan y envejecen. Esa acumulación de estudios mostró la notable vitalidad que muchas personas hadza conservan a lo largo de toda su vida. Esto choca de frente con una idea muy extendida en la cultura occidental: que quienes viven por fuera de la llamada “civilización” mueren jóvenes y llevan existencias duras, marcadas por el hambre, la violencia y la enfermedad. Parte de ese prejuicio se apoya en un dato real, pero mal interpretado: que la esperanza de vida al nacer en estas poblaciones suele rondar los 30 o 40 años. Lo que rara vez se aclara es que esa cifra está fuertemente influida por la alta mortalidad infantil. Cuando se supera la infancia y la adolescencia, el panorama cambia por completo. De hecho, alrededor de cuatro de cada diez personas alcanzan los 45 años y, a partir de allí, no es raro que muchos vivan hasta los 70 u 80, con una salud sorprendentemente buena.

En las comunidades de los hadza de Tanzania los ancianos mantienen niveles de actividad física superiores al de muchas personas jóvenes urbanas, lo que les permite conservar una notable resistencia y fuerza muscular. Mientras en nuestras ciudades la vida después de los 60 años muchas veces se convierte en una etapa marcada por el dolor, la dependencia y la pérdida de autonomía, en estas comunidades los ancianos siguen activos: caminan, cazan, recolectan, cocinan y cuidan a los nietos. Las abuelas hadza, por ejemplo, recolectan en promedio seis horas por día, incluso más que las madres jóvenes, contribuyendo enormemente a la dieta familiar. Los abuelos hadza, por su parte, participan en la construcción de refugios y enseñan a los niños a orientarse en el bosque y a rastrear animales. En estas comunidades, el envejecimiento activo no es una excepción, sino la norma, y esto dice mucho de nuestra biología. La longevidad en humanos parece ser, de hecho, una característica arraigada en nuestros cuerpos debido a la importantísima función que cumplen las abuelas y los abuelos en el sostenimiento de las familias. No es raro entonces que, en comparación con las sociedades urbanas modernas, los adultos cazadores-recolectores tengan una menor prevalencia de enfermedades.

Afortunadamente, para quienes no queremos renunciar al confort de la vida contemporánea —como una ducha de agua caliente, una taza de café con amigos o una película un sábado por la noche—, no hace falta salir a cazar un antílope ni trepar a los árboles para vivir con más salud. La buena noticia es que nuestros cuerpos no exigen una réplica exacta del pasado, sino algo más accesible. Comer comida real, moverse todos los días, dormir lo suficiente, aprender a gestionar mejor el estrés, sostener vínculos significativos y evitar el consumo de sustancias como el tabaco y el alcohol no son simples consejos ni hábitos accesorios. Por supuesto, la salud no depende solo de decisiones individuales. Factores como un ambiente sano, la estabilidad económica, la cohesión social, el acceso a la educación y a sistemas de salud de calidad también juegan un papel central. Sin embargo, incluso dentro de esos condicionantes, estos hábitos cotidianos constituyen los pilares fundamentales sobre los que se apoya una vida saludable y longeva. La evidencia que respalda esto es contundente. Dos investigaciones publicadas de manera independiente en 2020, que siguieron a cientos de miles de personas durante varias décadas, mostraron que quienes sostienen más estos pilares no solo viven más años, sino que pueden disfrutar, en promedio, de hasta diez años adicionales libres de enfermedades cardiovasculares, cáncer y diabetes tipo 2. No es solo vivir más, sino llegar mejor. Con más energía, más autonomía y mayor capacidad de participar activamente de la vida.

Pero esto no es solo cierto para mantener la salud y vitalidad, sino también para recuperarlas. Porque el cuerpo no solo enferma, también intenta sanar, todo el tiempo. Incluso cuando no lo notamos o cuando creemos que ya no puede más, sigue buscando caminos hacia el equilibrio. Para lograrlo, sin embargo, necesita margen. Y muchas veces, lo único que pide no es que agreguemos algo nuevo, sino que dejemos de obstaculizar su tarea. Imaginemos algo más simple. Si todos los días te golpeás el dedo chiquito del pie contra la mesita de luz, el dolor no va a desaparecer por más analgésicos que tomes o hielo que te pongas. Ni la fisioterapia ni intervenciones cada vez más complejas van a resolver el problema de fondo. Mientras el golpe se repita, el dedo seguirá doliendo. En cambio, si dejás de golpearte, el cuerpo no necesita instrucciones especiales: el dedo sana solo. No porque hayas hecho algo extraordinario, sino porque le diste la oportunidad de curarse. Con la salud pasa algo muy parecido: los problemas persisten porque nos seguimos exponiendo, día tras día, a las mismas agresiones que lo enferman.

Esta lógica se puede aplicar incluso a condiciones graves que durante mucho tiempo se consideraron irreversibles. Volviendo al ejemplo del asesino número uno, en la mayoría de las personas, se trata de una enfermedad progresiva, que va deteriorando la capacidad del corazón para funcionar correctamente. Dependiendo del grado de daño en la pared vascular, sus consecuencias pueden ir desde una disminución silenciosa del rendimiento cardíaco hasta eventos agudos como el infarto de corazón. El abordaje médico tradicional frente a esta enfermedad se centra, con razón, en reducir los riesgos y prevenir los desenlaces fatales mediante la utilización de distintos medicamentos que bajan el colesterol LDL para frenar la formación de placas, otros que reducen la frecuencia cardíaca para mejorar la oxigenación del músculo, anticoagulantes para disminuir la probabilidad de coágulos y nitratos para aliviar el dolor de pecho cuando las arterias ya están comprometidas. Cuando la enfermedad avanza y el riesgo es alto —o el infarto ya ocurrió—, se recurre a procedimientos invasivos como la angioplastia con colocación de stents o la cirugía de bypass coronario para restablecer el flujo sanguíneo. Si bien estas intervenciones son imprescindibles y han salvado innumerables vidas, su enfoque se dirige principalmente a resolver el síntoma o la emergencia, pero no a revertir el proceso que dio origen a la enfermedad. Sin embargo, desde hace más de treinta años sabemos que existe otro camino, gracias al trabajo del médico Dean Ornish.

En uno de sus ensayos clínicos realizado a fines de los 90, Ornish y su equipo reclutaron a 35 personas con enfermedad coronaria avanzada, muchos de los cuales ya cumplían criterios para recibir intervenciones invasivas como angioplastias con stent o cirugía de bypass. En lugar de eso, el investigador repartió a los participantes al azar en dos grupos. En un grupo —control— los pacientes continuaron con el tratamiento habitual indicado por su cardiólogo de cabecera, que incluía medicación y las recomendaciones estándar de aquella época (como reducir el consumo de sal y grasas saturadas). En el otro grupo —experimental—, en cambio, los pacientes fueron invitados a realizar un cambio profundo e intensivo en su forma de vivir. El programa incluyó una alimentación basada en plantas y libre de ultraprocesados, actividad física aeróbica diaria —como caminar o andar en bicicleta—, abandono del consumo de cigarrillos, prácticas para aprender a manejar el estrés y espacios regulares de apoyo emocional junto a sus parejas o familiares cercanos. El estudio duró cinco años y los resultados fueron impactantes. Las personas que participaron del programa de cambio en el estilo de vida no solo se sintieron mejor y presentaron menos síntomas, sino que, al evaluar sus arterias mediante angiografías —un método que permite ver con precisión el estado de las arterias coronarias—, se observó una reducción de las placas ateroscleróticas. En cambio, en el grupo que continuó con el tratamiento habitual las obstrucciones progresaron. Esta diferencia tuvo consecuencias clínicas claras: el grupo experimental presentó menos de la mitad de las hospitalizaciones que el grupo control. Por primera vez, con un diseño riguroso y seguimiento prolongado, se demostró que era posible estabilizar e incluso revertir la enfermedad coronaria cuando se le ofrecen al cuerpo las condiciones necesarias para repararse.

Estos resultados abrieron la puerta para cambiar el abordaje en una gran variedad de enfermedades y devolvieron algo que durante mucho tiempo pareció perdido: la posibilidad de mejora. En el caso de la diabetes tipo 2, por ejemplo, es factible incluso alcanzar una remisión sostenida, con valores normales de glucosa y sin medicación. Para una enfermedad que durante décadas fue considerada progresiva e irreversible, y que afecta a casi 500 millones de personas en el mundo, no es un dato menor. En otros cuadros, como algunas enfermedades autoinmunes, metabólicas, endocrinas, oncológicas y neurodegenerativas, la adopción de hábitos de vida saludables no siempre permite revertir el cuadro por completo, pero sí puede enlentecer su progresión, reducir complicaciones, mejorar la respuesta a los tratamientos y aumentar de forma tangible la calidad de vida. En algunos casos, incluso, estas intervenciones modifican el pronóstico a largo plazo. Por supuesto, el impacto no es igual en todas las personas. Depende del momento en que se inicie el proceso, de las reservas del organismo, de la historia individual y del acompañamiento disponible para sostener los cambios. Aun así, el mensaje central se mantiene. Incluso en escenarios complejos, el cuerpo conserva márgenes de adaptación y reparación. Y casi siempre hay algo que se puede hacer para estar mejor.

Dado que el cuerpo y la mente forman una unidad indivisible y profundamente entrelazada, no resulta extraño que esta misma lógica también pueda aplicarse a muchos padecimientos psicológicos. Al igual que ocurre con las enfermedades orgánicas, existen variantes genéticas que aumentan la vulnerabilidad a ciertos trastornos psiquiátricos. Sin embargo, en la gran mayoría de los casos, esa predisposición no alcanza. Para que el trastorno se manifieste suelen ser necesarios eventos estresantes intensos, repetidos o sostenidos en el tiempo, capaces de llevar al organismo más allá de su capacidad de adaptación. Desde esta perspectiva (y como veremos más adelante), los trastornos mentales no se entienden solo como fallas localizadas en el cerebro, sino como expresiones de una desregulación que involucra al cuerpo en su totalidad. Y cuando miramos el problema así, también se vuelve lógico ampliar el mapa de herramientas. Por eso, aunque la psicoterapia y el uso de psicofármacos constituyen pilares centrales del tratamiento y su valor es indiscutible, cada vez resulta más evidente que no siempre son suficientes por sí solos. Los hábitos saludables no funcionan como un complemento decorativo, sino como un sostén biológico fundamental del proceso terapéutico.

Paradójicamente, para muchas personas con problemas de salud mental satisfacer sus expectativas biológicas es algo que les resulta especialmente difícil. No por falta de voluntad, sino porque el propio trastorno suele venir acompañado de una desconexión progresiva del cuerpo. Alteraciones en el registro de las señales internas, fatiga persistente, apatía, anhedonia, ansiedad o estados de hipervigilancia hacen que comer mejor, moverse, descansar o sostener rutinas básicas se vuelva cuesta arriba. A esto se suman con frecuencia el consumo de tabaco y otras sustancias psicoactivas, los efectos secundarios de algunos psicofármacos y, en no pocos casos, condiciones sociales adversas que limitan aún más el margen de acción. Aun así, cuando estas necesidades comienzan a ser atendidas de manera gradual, realista y con acompañamiento, empiezan a observarse cambios. Esto se vio con claridad en una investigación realizada en 2023 por Mario Luciano con personas con trastornos mentales severos, como esquizofrenia, trastorno bipolar y trastorno depresivo mayor. En este estudio, un grupo de participantes continuó con el tratamiento habitual y sesiones de consejería sobre estilo de vida saludable, mientras que otro sumó durante un año una intervención estructurada para cambiar sus hábitos. El programa incluyó sesiones grupales que incluían la promoción de actividad física, la alimentación sana y el abandono del tabaco, así como también se enseñaban estrategias para abordar las dificultades que surgieran en el proceso. Al cabo de doce meses, quienes participaron de la intervención no solo mostraron mejoras en indicadores físicos —como capacidad aeróbica, composición corporal y algunos marcadores metabólicos—, sino también cambios significativos en su salud mental, con reducciones en los síntomas depresivos y ansiosos, junto a mejoras en el funcionamiento cotidiano y en la calidad de vida.

Así como los procesos de deterioro de la salud se construyen gota a gota, también los de reparación pueden comenzar con un gesto mínimo. Escuchar al síntoma como un mensaje y no como una falla nos permite salir de la lógica de guerra contra un supuesto enemigo y entrar en una conversación más honesta con nosotros mismos. Una conversación donde aceptemos que el malestar es una señal de que algo en nuestra forma de vivir necesita ser revisado, un pedido de atención de un cuerpo que ya no puede adaptarse a ciertas condiciones. Pero esto no debería ser motivo para culparnos o juzgarnos, ni mucho menos para caer en el otro extremo, donde la salud se convierte en una meta rígida e inalcanzable que debemos perseguir a toda costa. La salud es un proceso dinámico, profundamente humano, lleno de matices, errores y aprendizajes. Porque cuando entendemos que la enfermedad no irrumpe de la nada, sino que se construye en el tiempo, también entendemos que el bienestar no se impone, sino que se cultiva.

La fórmula que funciona

Cada vez que hablamos de salud aparece la tentación de buscar atajos. Algo que se pueda comprar, encapsular y dosificar. En un mundo cansado, apurado y sobreestimulado, la promesa de una solución rápida resulta casi irresistible. Al mismo tiempo, muchas personas no quieren consumir fármacos. Algunas porque saben que pueden generar efectos adversos, otras porque desconfían de la medicina moderna, y otras porque, sencillamente, sienten que los medicamentos no les ofrecen las respuestas que están buscando. En ese terreno ambiguo —donde no hay una enfermedad clara, visible y diagnosticable, pero tampoco bienestar— los suplementos nutricionales aparecen como una salida tentadora.

Suelen presentarse como alternativas naturales, libres de los conflictos de interés de la industria farmacéutica y, en apariencia, más seguras. Pero la realidad es bastante más turbia. Para empezar, el consumo de suplementos se ha convertido en una causa cada vez más frecuente de daño hepático —incluso en personas jóvenes y previamente sanas—, al punto de representar entre el 15 % y el 20 % de los casos de daño hepático inducido por medicamentos. Entre los ejemplos más documentados aparecen los extractos concentrados de té verde, usados con fines “detox”, la ashwagandha, promocionada para el manejo del estrés, o el arroz de levadura roja, para bajar el colesterol. No porque sean “veneno”, sino porque muchas veces se combinan varios productos, en dosis inciertas, durante meses o años, y sin ningún tipo de supervisión. A esto se suma otro problema, más silencioso, pero no menos importante: los controles de calidad. A diferencia de los medicamentos, los suplementos circulan en un terreno mucho más laxo, con exigencias regulatorias considerablemente menores. En la práctica, eso significa que nadie controla con el mismo rigor que lo que promete el envase sea exactamente lo que termina llegando al cuerpo. Por eso no es raro que lo que dice la etiqueta no coincida del todo con lo que hay adentro. En el mejor de los casos, el suplemento simplemente contiene ingredientes que no hacen daño, como fécula de maíz, maltodextrina u otros rellenos baratos. El riesgo aparece cuando esa falta de control deja de ser inocua y entran en juego sustancias potencialmente tóxicas. Un capítulo aparte lo constituyen los aislados de proteína y varios suplementos orientados al rendimiento físico. Si bien muchos cumplen con los estándares adecuados, otros han mostrado contaminación con micotoxinas derivadas del mal almacenamiento de las materias primas, trazas de metales pesados —como plomo y cadmio— y, en algunos casos, adulteración deliberada con esteroides anabólicos para potenciar artificialmente sus efectos. El consumidor cree estar tomando proteína, pero a veces está ingiriendo algo muy distinto.

Esto no quiere decir que todos los suplementos sean inútiles. Algunos cuentan con evidencia sólida de beneficio en humanos, como la creatina o los ácidos grasos omega-3. Otros suplementos se encuentran en una zona más gris. Sustancias como el resveratrol o la berberina muestran mecanismos plausibles y resultados preliminares interesantes, pero la evidencia clínica en humanos todavía es limitada. El problema aparece cuando los suplementos ocupan un lugar que no les corresponde. Aunque, en el mejor de los casos, sus beneficios suelen ser modestos en comparación con los hábitos de base, muchas personas toman creatina para mejorar el rendimiento físico mientras duermen cinco horas por noche; usan ashwagandha para “controlar el estrés” pero se quedan scrolleando en Instagram hasta las dos de la mañana; o consumen probióticos para aliviar síntomas digestivos mientras comen embutidos todos los días. Cuando los suplementos dejan de pensarse como un complemento y pasan a ocupar el lugar de los hábitos que no queremos cambiar, el terreno queda fértil para cualquier promesa. Y ahí aparecen el resto de los productos que no han demostrado beneficios claros y que, aun así, se venden como soluciones universales. Desde “detox” milagrosos y activadores del sistema inmune, hasta fórmulas para “equilibrar las hormonas” o “resetear el metabolismo”. Conceptos atractivos, vagos, difíciles de medir y muy fáciles de vender. La lista es interminable.

Todo esto ocurre en el marco de una industria que mueve cientos de miles de millones de dólares al año. Hace un tiempo, mientras asistía a un congreso de nutrición muy conocido en Argentina, fui a escuchar una conferencia sobre el uso de multivitamínicos y multiminerales. La charla comenzó con una afirmación ampliamente aceptada, que dice que estos suplementos pueden ser útiles cuando existen deficiencias nutricionales, dietas poco variadas o situaciones de mayor exigencia fisiológica —como el embarazo, la vejez o ciertas enfermedades—, pero que su uso rutinario e indiscriminado en poblaciones sanas no ha demostrado beneficios claros para la prevención de enfermedades. Hasta ahí, nada para objetar. Pero la disertante fue un paso más allá y sostuvo que todas las personas se beneficiarían con tomarlos cotidianamente. Para respaldar esa afirmación citó una investigación con resultados, según dijo, muy favorables. La referencia me llamó la atención, así que la busqué inmediatamente para leerla con más detalle. Para mi sorpresa, no se trataba de un experimento que evaluara el efecto de estos suplementos en humanos o en animales, sino de una encuesta realizada a profesionales de la salud de la India, a quienes se les preguntaba qué opinaban sobre su uso. Es decir, su percepción. Sentí una mezcla de decepción y enojo al pensar que la sala estaba llena de nutricionistas con ganas de aprender y que más de uno se iba a llevar información equivocada. Como había llegado tarde a la charla, no pude escuchar la presentación inicial de la disertante, pero al final sus credenciales terminaron de aclararlo todo: trabajaba para Bayer, un reconocido laboratorio productor de multivitamínicos.

Además, ante la falta de una regulación estricta, la industria de los suplementos encuentra en las redes sociales un terreno especialmente fértil para expandirse. Influencers, gurúes del bienestar y figuras carismáticas promueven rutinas, polvos y cápsulas con promesas grandilocuentes, muchas veces envueltas en un lenguaje técnico que suena a ciencia, pero que rara vez se apoya en evidencia sólida. Uno de los casos más conocidos es el de Bryan Johnson, un multimillonario de 46 años que en 2021 lanzó Blueprint, un proyecto presentado como filantrópico y orientado a entender y frenar el envejecimiento. La propuesta consistía en experimentar consigo mismo con todo lo que la medicina moderna tuviera disponible para “rejuvenecer”: controles médicos permanentes, estudios invasivos frecuentes, más de cien pastillas por día entre fármacos y suplementos, y una inversión anual de varios millones de dólares. En nombre de la longevidad, incluso llegó a realizarse transfusiones de sangre de su propio hijo, bajo la promesa de un supuesto efecto rejuvenecedor. Con el tiempo, el proyecto fue adquiriendo un tono casi épico. Para muchos de sus seguidores, Johnson no era solo alguien experimentando consigo mismo, sino una mezcla de mártir tecnológico y aventurero moderno, dispuesto a sacrificar su propio cuerpo por el bien de la humanidad. Blueprint se promocionaba como un experimento público, ya que cualquiera podía seguir su “progreso” a través de videos y gráficos compartidos en redes y en su canal de YouTube, donde se mostraba cómo su cuerpo iba rejuveneciendo frente a nuestros ojos.

Pero cuando se observa el proyecto con algo más de atención, gran parte de los resultados que exhibe se explican por intervenciones mucho menos espectaculares y bastante conocidas: dormir bien, entrenar con regularidad, alimentarse de manera saludable y sostener estrategias de manejo del estrés. Un buen ejemplo es uno de los indicadores de los que Johnson se muestra más orgulloso: el “rejuvenecimiento” de su corazón. Ese aspecto de la salud se evaluó a partir de la máxima cantidad de latidos que su corazón era capaz de sostener durante ejercicio físico intenso, un parámetro fisiológico que tiende a descender con el paso del tiempo. En un período relativamente corto, mostró un aumento marcado de ese valor, presentado como una señal de rejuvenecimiento cardiovascular. Sin embargo, ese tipo de mejora se explica de manera bastante directa por el entrenamiento aeróbico sostenido, algo bien conocido desde hace décadas en el ámbito de la fisiología del ejercicio, y no necesariamente como el efecto específico de un cóctel costoso de suplementos o intervenciones extremas. Blueprint se presentaba como un proyecto científico, plagado con terminología como “datos”, “avance”, “medir y cuantificar”, pero resultó ser el maquillaje de lo que terminó siendo un negocio. No pasó mucho tiempo hasta que el proyecto derivó —como varios sospechábamos— en la venta de suplementos, alimentos “funcionales” y hasta aceite de oliva.

El fenómeno no se limita, sin embargo, a quienes buscan respuestas en cápsulas. La necesidad de encontrar una fórmula simple para estar sanos también empuja a otras personas hacia el extremo opuesto: la idealización de un supuesto pasado ancestral, presentado como una verdad biológica perdida que bastaría con recuperar. En la mayoría de los casos, el punto de partida es genuino. El deseo de comer mejor, moverse más, dormir bien y reconectarse con el cuerpo suele nacer de buenas intenciones, y —como explicaré en el resto del libro— tiene una sólida evidencia que lo respalda. El problema aparece cuando ese impulso saludable se transforma en un dogma. Se busca imitar un modelo idealizado de nuestros antepasados, como si existiera una única manera correcta de vivir en equilibrio. Lo curioso es que ese “estilo de vida ancestral” rara vez se parece a lo que se observa en las tribus cazadoras-recolectoras. Así, con la intención de volver a lo esencial, muchas personas terminan persiguiendo una caricatura del pasado. Cambia el disfraz, pero la promesa es la misma: una solución simple, casi mágica, para un problema complejo.

En ese otro extremo aparece un personaje igual de famoso, aunque por razones muy distintas. Curiosamente, también llamado Brian Johnson, aunque más conocido como el Liver King. Se trata de un empresario texano que se volvió viral en 2021 mostrando un cuerpo hipermusculado mientras comía carne cruda, hígado y otros órganos animales (de ahí su apodo, “el rey del hígado”). Una de sus frases más repetidas era: “¿Quién necesita verduras cuando tiene testículos?”. Su mensaje era tan simple como seductor. Predicaba una supuesta “vida ancestral” basada en nueve principios que, según él, representaban cómo vivían nuestros antepasados. En sus videos aparecía casi siempre en cuero, entrenando al aire libre, levantando piedras, caminando descalzo, metiéndose en la nieve o respirando aire frío al amanecer, mientras aseguraba que su voluminoso físico era el resultado directo de vivir de ese modo. Todo completamente natural. El relato no solo inspiraba. También vendía. Si querías, podías seguir su estilo de vida por tu cuenta. Pero si necesitabas ayuda, él te acompañaba en el proceso —previo pago— con asesorías, programas y, por supuesto, suplementos. Su esposa —la Liver Queen—, casualmente, era la dueña de la marca que los comercializaba. El negocio marchaba bien, hasta que a fines de 2022 se filtraron correos privados en los que el propio Johnson admitía gastar más de 11.000 dólares mensuales en esteroides anabólicos, como testosterona y hormona del crecimiento. El castillo de cartas se derrumbó en cuestión de horas. Al principio dijo que lo hacía porque su intensa vida empresarial lo dejaba sin energía para su vida familiar, pero posteriormente terminó confesándolo todo. Reconoció que había mentido, que su físico no era natural y que había construido el personaje para vender su marca. Pero que lo hacía con buenas intenciones…

Historias como esta ayudan a ver el patrón completo. Tanto en el mundo de los suplementos como en el del “ancestralismo”, el problema no es la intención inicial, que suele ser genuina, sino la deriva hacia soluciones rígidas, simplificadas y vendibles. En un caso, la salud se promete en cápsulas; en el otro, en dogmas corporales y relatos épicos sobre un pasado idealizado. Cambian los símbolos, pero la promesa es la misma: que existe un atajo claro, rápido y universal para estar bien. Pero el camino hacia la salud no es una cosa ni la otra. De lo que sí tenemos bastante certeza es de algo mucho menos glamoroso y bastante menos marketinero, pero que funciona. Funciona en personas sanas y en personas enfermas, en problemas físicos y también en padecimientos de la salud mental. Para alargar la vida y, sobre todo, para tener un mejor presente. Nuestros cuerpos fueron moldeados durante millones de años para otro tipo de vida. Una vida que incluía contacto directo con la tierra, luz solar durante el día y oscuridad real por la noche, relaciones profundas y duraderas, alimentación estacional y sin procesar, diversidad de bacterias, esfuerzo físico, juego, descanso y silencio. Aunque ya no vivamos en cuevas ni salgamos a cazar con lanzas, esas expectativas siguen vivas en cada una de nuestras células. Si queremos cultivar una vida saludable tenemos que reconectar con aquello que nos hace bien. No se trata de idealizar el pasado ni de rechazar los avances de la civilización, sino de recuperar, en el mundo actual, algunos elementos esenciales que fuimos dejando de lado.

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296 páginas. Impresión a dos tintas (negro + Pantone). 15 x 21 cm. Interior en papel bookcel de 80 gramos, cubierta en papel ilustración mate de 300 gramos, acabado con sello en bajorrelieve.

Biografía del autor:

Médico y Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Nacional de Córdoba. Desarrolla su práctica clínica desde una perspectiva integral, combinando alimentación, movimiento, psicoterapia y herramientas farmacológicas de distinto tipo. Es editor de Un libro sobre drogas (EGLC, 2017) y Las olas (EGLC, 2022), coautor de Clima (EGLC, 2022) y autor de La invención de la comida (EGLC, 2023).

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Médico y Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Nacional de Córdoba. Desarrolla su práctica clínica desde una perspectiva integral, combinando alimentación, movimiento, psicoterapia y herramientas farmacológicas de distinto tipo. Es editor de Un libro sobre drogas (EGLC, 2017) y Las olas (EGLC, 2022), coautor de Clima (EGLC, 2022) y autor de La invención de la comida (EGLC, 2023).

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