De anhelos y realidades: los peligros de negar la genética

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Quisiera poner algunas cartas sobre la mesa y contar un aspecto de mi vida personal que creo relevante para conocer mi perspectiva, ya que intento ser transparente con mis sesgos −mis posibles miradas distorsionadas de la realidad−. Tuve un tío con esquizofrenia, Fede, que se suicidó. 

Lo hizo en la década del 80. Hoy en día sabemos, como veremos más adelante, que la biología y la genética juegan un importante papel en el desarrollo de este trastorno. Pero, en ese momento, la explicación aceptada por la psicología dominante era la de los ambientes “tóxicos” y “aberrantes”, e incluso se había llegado a sostener la teoría de la “madre esquizofrenizante”, explicación para la que, al día de hoy, no tenemos una gota de evidencia. Imaginemos el sufrimiento de una persona a la que, frente a la peor tragedia personal que pueda concebirse, como es el suicidio de un hijo, un médico le dice, sutilmente −aunque mi abuela Lía entendía perfectamente lo que le estaban queriendo decir−, que lo sucedido era su culpa. Ni hablar del estigma que la sigue cuando todo el mundo cree que es así. Todos creen que fuiste vos, que es tu culpa, porque “lo dice la ciencia”.   

No sólo en el asunto de la esquizofrenia negar el componente genético puede generar sufrimiento evitable. En los próximos capítulos, intentaré mostrar la importancia de entender la influencia genética en otros temas de salud mental y también en educación. 

Por otro lado, vale señalar aquí que, así como es conocido que el nazismo perpetró un genocidio en nombre de la genética, el comunismo estalinista llevó adelante otro asesinando a decenas de millones de rusos en nombre de la negación de la genética. En su libro El gen, el escritor y divulgador indio Siddhartha Mukherjee, ganador del Premio Pulitzer, nos cuenta:

Mientras, en la década de 1930, los nazis aprendían a torcer el lenguaje de la herencia para apuntalar un programa de esterilización y exterminio amparado por el Estado, otro Estado europeo también retorcía la lógica de la herencia y los genes para justificar su programa político, aunque de manera exactamente opuesta. Los nazis habían abrazado la genética como herramienta para la limpieza racial. En la Unión Soviética de los años treinta, los científicos e intelectuales de izquierda plantearon que nada de la herencia era intrínseco. En la naturaleza, todo −todos− era cambiante. Los genes eran un espejismo creado por la burguesía para consagrar la fijeza de las diferencias individuales, cuando en lo referente a rasgos, identidades, opciones o destinos nada era indeleble. Si el Estado necesitaba limpieza, esta no se lograría mediante la selección genética, sino a través de la reeducación de todos los individuos y la anulación de lo que antes eran. El cerebro −no los genes− era lo que había que limpiar.  

Apegados a estas creencias, los dirigentes de la Rusia estalinista abrazaron una idea delirante y pseudocientífica sobre la herencia postulada en 1928 por un investigador agrícola llamado Trofim Lysenko, quien afirmaba haber encontrado una forma de “triturar” y reorientar las influencias hereditarias en los animales y en las plantas. Dice Mukherjee:

El nazismo y el lysenkoísmo defendían concepciones radicalmente opuestas de la herencia, pero los paralelismos entre los dos movimientos son sorprendentes. Aunque la virulencia de la doctrina nazi no tuvo parangón, el nazismo y el lysenkoísmo tenían un rasgo común: ambos utilizaron una teoría de la herencia para establecer una concepción de la identidad humana que pudiera ponerse al servicio de un programa político. Las dos teorías de la herencia eran sin duda completamente opuestas −los nazis estaban obsesionados con la fijeza de la identidad y los soviéticos, con su completa maleabilidad−, pero el lenguaje de los genes y la herencia revestía una importancia capital para amparar dos modelos diferentes de Estado y de progreso; es tan difícil imaginar el nazismo sin la creencia en el carácter indeleble de la herencia como el Estado soviético sin la creencia en su perfecta alterabilidad. No resulta sorprendente que, en ambos casos, la ciencia fuese deliberadamente distorsionada para respaldar sus particulares mecanismos oficiales de “limpieza”. Apropiándose del lenguaje de los genes y la herencia, sistemas enteros de poder e intervención estatal fueron justificados y reforzados. A mediados del siglo XX, el gen −o la negación de su existencia− ya se había convertido en una potente herramienta política y cultural. Y en una de las ideas más peligrosas de la historia. 

Como vemos, negar la genética también produce grandes sufrimientos evitables. No se trata de asumir que todo es genético ni lo contrario. Se trata de entender lo que mi mamá, Alejandra (hija de mi abuelo Amílcar y mi abuela Lía), llama “el principio fundamental de la ciencia”: el universo es como es y no como queremos que sea. En todo caso, comprendiendo cómo es el mundo, podremos intentar modificar lo que esté a nuestro alcance (como individuos y como colectivo) para hacerlo un poco más parecido a cómo queremos que sea. La negación o distorsión deliberada o involuntaria de los conocimientos científicos, de las verdades prácticas que mejor describen el universo y nuestra naturaleza hasta el momento (ya que sabemos que estas verdades no son algo cristalizado, sino que se deben ajustar a la mejor evidencia disponible), difícilmente nos conduzca hacia sociedades mejores y con menos sufrimiento.

Es importante recordar, sin embargo, que es difícil surfear las olas agitadas de la genética y la neurociencia humana siendo completamente objetivos (esto es válido para cualquier disciplina científica, pero fundamentalmente para las que nos tocan tan de cerca como individuos y como sociedad). Todos tenemos ideas preconcebidas; no vamos a poder deshacernos de ellas por completo, pero es un paso clave tratar de identificarlas y pensarlas de manera separada de las evidencias y la razón. Debemos apegarnos lo más posible a la premisa de que el universo es de una manera que podemos descubrir en vez de negar. En todo caso, lo que necesitamos es tener conversaciones acerca de cómo queremos que se relacionen las verdades científicas con las morales. 

La Rochefoucauld, filósofo francés del siglo XVII, decía que ni el sol ni la muerte pueden mirarse de frente. Es verdad que hace mal mirar al sol de frente y no lo recomendaría; pero, en cuanto a la muerte, no estoy tan seguro. Tal vez lastime, pero, como estas áreas del conocimiento sobre las que vamos a hablar, creo que a la larga su contemplación y aceptación nos pueden llevar a decisiones mejor informadas y más sabias. Así que: a aguantar la respiración, meter la cabeza y sumergirse en las aguas profundas de las neurociencias cognitivas y la genética del comportamiento. Hacia allá vamos. 

Empecemos a hablar de esto.

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