Amor

25min

Nos pasamos la vida anhelando el amor, buscándolo y hablando de él. Se le ha llamado “la mayor virtud”, pero su significado es más fácil de sentir que de expresar. El amor es tan fascinante y diverso como inexplicable y complejo. 

Por supuesto, no voy a pretender en algunas pocas páginas explicar exhaustivamente uno de los grandes motores de la humanidad, pero sí voy a compartir algunos conceptos que me parecen interesantes para reflexionar sobre el tema, abordándolo con diferentes herramientas conceptuales y prácticas que nos brindan las terapias de la tercera ola.

Grabado en roca | Origen evolutivo del amor

En comparación con los otros mamíferos, los humanos tenemos una peculiar y poco frecuente capacidad para crear vínculos entre las personas (y con otros animales), no solo entre parejas y con las crías, sino también con individuos con los cuales no compartimos sangre. Realmente estamos “cableados” para vincularnos. Esto sugiere que la capacidad para amar y cuidar fue seleccionada durante la historia evolutiva, y probablemente haya ayudado a sobrevivir a nuestros antepasados protomamíferos.

Pero más allá de la particularidad de los humanos, existe una forma de amor que compartimos con todos los demás mamíferos: el vínculo entre una madre y su cría. La universalidad de este vínculo sugiere que esta es la forma original y ancestral de vinculación, el primer tipo de amor del que evolucionaron todos los demás.

A principios de los 2000, el paleontólogo Timothy Rowe estaba merodeando por unas rocas de 185 millones de años de antigüedad en búsqueda de algún fósil de la especie Kayentatherium (que quiere decir “bestia de Kayenta”, el nombre de la formación geológica donde se encontró el primer espécimen). Se trataba de un animal peculiar, algo así como una rata del tamaño de un perro labrador, que resultaba interesante de estudiar por considerarse un antepasado lejano de los mamíferos. 

Rowe encontró un esqueleto fosilizado y maltratado por el paso del tiempo, y decidió llevárselo junto a algunas piedras más que estaban a su alrededor. Pero no fue hasta el año 2016 que una estudiante de su equipo se percató de que había un tesoro escondido en el interior de lo que parecían simples piedras: primero, dio con los restos de una pequeña mandíbula de lo que se asemejaba a un mini Kayentatherium, pero luego, identificó docenas. En total, se encontraron los restos de 38 crías, una cantidad muy grande para los mamíferos, pero bastante más cercana al número de descendientes que suelen tener los reptiles. El hallazgo apuntalaba la idea de que la Kayentatherium era una de las especies consideradas eslabones entre los reptiles y los mamíferos. 

Si bien es imposible hacer una interpretación completamente certera de la situación en la que murieron estos animales, el equipo de paleontología que hizo el descubrimiento considera que se trataba de una madre con sus crías. En los animales primitivos como los reptiles, las madres ponen los huevos y los abandonan; luego, cuando las crías nacen, instintivamente huyen para salvar sus vidas. Este comportamiento se debe a que, si se encuentran con su madre nuevamente, corren el riesgo de convertirse en su almuerzo. Establecer un vínculo requiere que la madre desarrolle instintos para ver a esos pequeños e indefensos bodoques como algo a proteger, no como una presa fácil. Mientras tanto, las crías deben haber evolucionado para ver a la madre como una fuente de seguridad y calor, no de miedo. 

Quizás fue en algún momento cercano a la muerte de esa madre con sus 38 crías cuando nuestros antepasados dejaron de vivir como los reptiles, que experimentan solo emociones y sensaciones primitivas como el miedo, el hambre y la lujuria. En algún punto, nuestros antepasados empezaron a cuidarse entre sí. A lo largo de millones de años, comenzaron a vincularse cada vez más, a protegerse y a buscar protección, a intercambiar calor corporal, a acicalarse entre ellos, a jugar, a enseñar y a aprender unos de otros. Una vez que los mamíferos desarrollaron esta capacidad de formar vínculos, esta adaptación se pudo utilizar en otros contextos, y así aparecieron los lazos de familia y amistad en los mamíferos más complejos: manadas de elefantes, tropas de monos, vainas de orcas, jaurías de perros y tribus humanas. En algunas especies, los machos y las hembras comenzaron a formar vínculos de pareja. 

En la mayoría de los mamíferos, los machos son padres ausentes, que aportan a su descendencia genes y nada más. En nuestros parientes más cercanos, los chimpancés y los bonobos, los cuidados paternos son mínimos. Pero en algunas especies, como los castores, los lobos, algunos murciélagos, algunos topillos y el Homo sapiens, las parejas forman vínculos a largo plazo para criar a sus hijos de forma cooperativa (por supuesto, hay excepciones). En su libro Anatomía del amor, la antropóloga Helen Fisher dice que el vínculo de pareja apareció en algún momento después de que nuestros antepasados se separaran de los chimpancés y los bonobos hace unos 6-7 millones de años. 

Entender nuestra naturaleza es una parte importante de una buena educación. Pero el conocimiento evolutivo y biológico es solo una pequeña fracción de la enorme diversidad de formas de vincularnos que desarrollamos los humanos, y aun así continúa sin responder a uno de los grandes misterios de la vida: ¿qué es el amor? 

Una cascada hormonal | Estrógeno, progesterona y oxitocina

No quedan dudas de que tener una cría puede ser una de las experiencias más transformadoras en la vida de una persona (y de cualquier otro mamífero). De hecho, este fenómeno genera cambios tan profundos que es capaz de hacer que alguien que siempre consideró insoportable el llanto de un recién nacido tenga una atracción irresistible por cualquier estímulo proveniente de su cría (y de crías ajenas también). Una cascada hormonal parece ser la responsable de dar vuelta la tortilla. 

El estrógeno y la progesterona, hormonas secretadas por los ovarios, juegan un papel importante para el desarrollo del organismo y en el deseo sexual, por lo que no es de extrañar que también sean importantes para la reproducción. Mediante ciclos que duran unos veintiocho días, estas hormonas preparan el útero para alojar al embrión durante los nueve meses que dura la gestación en los humanos. Pero cuando se cumple la fecha de parto y el bebé está listo para salir, se activa un complejo mecanismo natural de parto protagonizado por la oxitocina, una hormona secretada en una región del cerebro llamada hipotálamo, que cumple una doble función: estimula al útero para que se contraiga de manera rítmica y, junto a la prolactina, estimula la producción de leche en las mamas. Sorprendentemente, el amamantamiento induce una mayor secreción de oxitocina y prolactina, lo que genera un bucle de retroalimentación positiva que facilita el inicio de la formación y mantenimiento del apego entre la madre y el bebé. 

La liberación de la oxitocina también ocurre cuando otras personas allegadas se acercan y ven todos esos rasgos tiernos que la evolución seleccionó para que digamos awwwww cada vez que vemos un conjunto de ojos saltones y nariz pequeña en una cabeza desproporcionadamente grande. Esta hormona nos moviliza a acercarnos, cuidar, interactuar, jugar y ser pacientes con las crías, por lo que es clave en el proceso de apego y fundamental para la formación del vínculo. Las funciones esenciales que tiene esta hormona en la crianza, el vínculo afectivo y el cuidado del bebé pueden ser el antecedente evolutivo de otras funciones más generalizadas en otros contextos sociales, como la empatía, la confianza, y los vínculos amistosos y de pareja.

Desde el final del embarazo hasta el segundo año de vida, el cerebro humano experimenta un crecimiento acelerado, y alcanza el 90% de su tamaño final. Este proceso consume más energía y recursos que cualquier otra etapa de la vida, y requiere no solo de nutrientes en suficiente cantidad y calidad, sino también de experiencias interpersonales óptimas para su correcta maduración. Algunos de los muchos circuitos que maduran durante esta etapa son aquellos que controlan las funciones que aseguran la supervivencia y responden ante el estrés, como el sistema límbico.

Bebés en delicado estado de equilibrio | Las formas de apego

Todo este maravilloso proceso es fundamental para asegurar la subsistencia de una persona que requiere de cuidadores para satisfacer sus necesidades, no solo las relacionadas a la alimentación y el sueño, sino también a aquellas íntimamente ligadas al mundo emocional. Los bebés son incapaces de mantenerse en un estado de equilibrio porque, debido a su inmadurez cerebral, carecen de las habilidades necesarias para regular la intensidad o la duración de sus emociones. Sin la ayuda y la supervisión de un cuidador, los bebés se ven abrumados por sus estados emocionales, incluidos los de miedo, excitación y tristeza. Para mantener el equilibrio emocional, los bebés necesitan una relación constante y comprometida con una persona que los cuiden y ayuden a navegar el mundo interno y externo durante su proceso de crecimiento.

Después de desarrollar una relación con nuestros cuidadores principales, el siguiente hito vincular implica aprender a tener una relación con otras personas fuera del núcleo familiar, y la forma en que lo haremos estará influenciada por los vínculos que tuvimos anteriormente. Esto se debe a que durante los primeros años de vida se construye un sistema de apego que, básicamente, se hace la siguiente pregunta fundamental: ¿la figura de apego está cerca, es accesible y me cuida? Si el bebé percibe que la respuesta a esta pregunta es "sí", entonces se siente amado, seguro y confiado y, desde el punto de vista del comportamiento, es probable que explore su entorno, juegue con otros y sea sociable. Si, por el contrario, el bebé percibe que la respuesta a esta pregunta es "no", experimenta ansiedad hasta que sea capaz de restablecer un nivel deseable de proximidad con la figura de apego (o hasta el desgaste, como puede ocurrir ante una separación o pérdida prolongada).

La psicóloga Mary Ainsworth realizó los primeros estudios que analizaron los distintos tipos de apego. Esta investigadora desarrolló una técnica en la cual sometió a bebés de doce meses de edad a una situación extraña (una habitación desconocida) en la que además ocurría una separación momentánea de sus cuidadores. Ainsworth notó que el comportamiento de los bebés podía clasificarse en tres grandes grupos. En el primero, que correspondía a la mayoría (alrededor del 60%), los bebés se sentían cómodos en la habitación, pero se alteraban cuando la figura de apego se retiraba, la buscaban activamente, y se consolaban cuando la persona retornaba. A esto lo llamó apego seguro. En el segundo grupo, que representaba el 20% de los casos, los bebés se sentían incómodos desde el inicio y se angustiaban profundamente cuando la figura de apego se iba de la habitación. Estos bebés tenían dificultades para ser calmados y a menudo mostraban comportamientos de castigo hacia sus cuidadores por haberse ido. A este grupo se le llamó apego ansioso-resistente. El tercer grupo de apego (el 20% restante) correspondía a aquellos bebés que no parecían demasiado angustiados por la separación con su figura de apego y, tras el reencuentro, evitaban activamente el contacto, dirigiendo a veces su atención a los juguetes que estaban en el suelo del laboratorio. Este se denominó apego evitativo. Este estudio (y muchos otros) llevaron a concluir que el apego no se desarrolla simplemente porque los padres satisfagan las necesidades nutricionales del bebé, sino que se construye a partir del intercambio afectivo, es decir, que se centra en las necesidades emocionales.

Las investigaciones de Cindy Hazan y Phillip Shaver llevadas a cabo durante los 80 fueron de las primeras en probar la idea de que las formas de apego durante la crianza podían extrapolarse a las relaciones íntimas de la adultez. Siguiendo las ideas propuestas por Ainsworth, estos investigadores pensaron que los adultos también deberían presentar tres formas de apego. Algunas personas adultas se sienten seguras con sus relaciones, confían en que sus vínculos estarán ahí para ellos cuando los necesiten, y están abiertos a depender de otros y a que otros dependan de ellos (apego seguro). Otras se mostrarán más inseguras con sus relaciones, y les puede preocupar que los demás no los quieran del todo y se frustran o enfadan con facilidad cuando sus necesidades de apego no son satisfechas (apego ansioso), mientras que a otras puede parecer que no les preocupan mucho las relaciones íntimas, y prefieren no depender demasiado de otras personas o que los demás dependan demasiado de ellos (apego evitativo).

Hazan y Shaver desarrollaron un sencillo cuestionario para medir estas diferencias individuales. Básicamente, le pidieron a un grupo de personas que indicaran cuál de los siguientes párrafos caracterizaba mejor su forma de pensar, sentir y comportarse en las relaciones cercanas:

  1. Me siento algo incómodo estando cerca de los demás. Me resulta difícil confiar completamente en otras personas y me cuesta permitirme depender de ellos. Me pongo nervioso cuando alguien se acerca demasiado y, a menudo, los demás quieren que sea más íntimo de lo que me siento cómodo.
  2. Me resulta relativamente fácil acercarme a los demás y me siento cómodo dependiendo de ellos y haciendo que ellos dependan de mí. No me preocupa que me abandonen o que alguien se acerque demasiado a mí.
  3. Me parece que los demás son reacios a acercarse tanto como me gustaría. A menudo me preocupa que mi vínculos íntimos no me quieran realmente o que no quieran quedarse conmigo. Quiero acercarme mucho y esto a veces ahuyenta a la gente.

Hazan y Shaver descubrieron que la distribución de las categorías era similar a la observada en la infancia por Ainsworth. En otras palabras, alrededor del 60% de los adultos se clasificaron como seguros (apartado 2), alrededor del 20% se describieron como evitativos (apartado 1) y cerca del 20% se describieron como ansioso-resistentes (apartado 3). En cierto punto, todos seguimos siendo bebés en delicado estado de equilibrio. 

Estudios posteriores identificaron una cuarta forma de apego, el desorganizado, también llamado apego miedoso. Este tipo de apego se desarrolla cuando las personas cuidadoras, quienes generalmente representan una fuente de seguridad, se convierten en una fuente de miedo. En la edad adulta, las personas con esta forma de apego manifiestan comportamientos inestables y les cuesta confiar en los demás. Además, estas personas son más proclives a padecer problemas de salud mental, como el consumo problemático de sustancias psicoactivas, depresión y trastorno límite de la personalidad. Al igual que las otras formas de apego, este puede cambiarse con un tratamiento adecuado.

Estas investigaciones sirvieron para comenzar a estudiar la asociación entre los estilos de apego y el funcionamiento de las relaciones, y nos abrieron la puerta para comprender en mayor profundidad el complejísimo fenómeno del amor. Sin embargo, la realidad es más intrincada y hoy sabemos que nada es completamente determinante. De lo que sí estamos seguros es que el amor representa una fuerza motivadora central del desarrollo y es un ingrediente crítico de la supervivencia, la seguridad y el bienestar de las personas. Aprendemos a amar durante nuestra infancia, y las formas de apego que experimentamos con nuestros cuidadores pueden tener efectos duraderos y transferibles a lo largo de la vida con el resto de los miembros de la sociedad, especialmente con los vínculos íntimos. Afortunadamente, dada la neuroplasticidad del cerebro, la impronta que nos dejaron nuestros cuidadores no está grabada en piedra y puede ser modificada. Primero, reconociendo la existencia de estas formas de comportamiento, y segundo, con entrenamiento.

Un coro afinado | Resonancia de positividad

Algo fascinante que sucede durante la crianza es la sincronización de los estados internos entre la cría y la persona cuidadora. Durante más de 40 años, el psiquiatra Myron Hoffer identificó este proceso en el cual la fisiología de la cría es regulada a través del contacto, el olor corporal y los ritmos corporales (como los ciclos de sueño-vigilia) de la persona cuidadora, al mismo tiempo que esta entiende lo que está haciendo, sintiendo e incluso pensando su bebé. Este fenómeno se llama sincronía bioconductual y es el motivo por el cual la persona cuidadora principal puede saber lo que el bebé necesita a pesar de que para las demás personas no sea algo evidente. Cuando hay sintonía entre la cría y la persona cuidadora, ambas experimentan emociones agradables, pero cuando esa sintonía está ausente, el bebé mostrará signos de estrés, como el llanto, que indican la necesidad de volver a sintonizar.

Dicho fenómeno ocurre gracias a la presencia de las neuronas espejo, las cuales conforman un circuito neuronal particular que nos otorga la capacidad de simular (de manera automática e inconsciente) los estados motores, afectivos y mentales de la otra persona, facilitando así una forma de percepción indirecta, un “acceso” al estado interno de quien tenemos enfrente. Como se mencionó anteriormente, lo que ocurre durante la crianza es reciclado para otras situaciones, y la sincronización no es la excepción. 

La sincronización bioconductual entre la madre (o personas cuidadora) y su cría es un proceso clave para el correcto desarrollo del sistema nervioso autónomo, es decir, el sistema nervioso encargado de hacer todas las cosas que hacemos sin ser conscientes de ello, como respirar, dormir y comer. También es responsable de nuestra respuesta ante el estrés (sistema de alerta) y de volver a la tranquilidad y sentirnos como en casa dentro de nuestro cuerpo cuando no estamos en peligro (sistema de calma). Un desarrollo disfuncional del sistema nervioso autónomo generará respuestas poco efectivas ante los estímulos provenientes del entorno, incluyendo a las relaciones interpersonales. Afortunadamente, este importantísimo sistema también se puede reeducar.

Si alguna vez cantaste en grupo de manera afinada, seguro sentiste cómo el sonido se hacía más fuerte. Esto se debe a que las ondas de sonido emitidas por vos y por el resto del coro, cuando son parecidas, se suman unas a otras, lo que genera una amplificación que se siente incluso en el cuerpo. Cuando experimentás amor, algo parecido ocurre en tu cerebro y en el de la otra persona. En primer lugar, al compartir con otra persona una o más emociones positivas: pasarla bien, sonreír, divertirse, compartir desafíos que generen orgullo. En segundo lugar, al sincronizar la propia bioquímica y comportamiento con esa persona: sentir lo mismo a nivel físico (aumento de la frecuencia cardíaca, respiraciones profundas) y que se activen los mismos sectores del cerebro y hormonas. Y en tercer lugar, al manifestar interés en esa relación, lo que lleva a su vez a un interés mutuo. Esto quiere decir que, a diferencia de otras emociones, el amor no es una emoción privada, sino una experiencia compartida. La psicóloga Bárbara Fredrickson llama a este fenómeno resonancia de positividad.

Unos minutos de éxtasis | El amor como emoción

Adoración, afecto, agrado, amabilidad, ansia, aprecio, atracción, calidez, cariño, compasión, deseo, deslumbramiento, embelesamiento, encanto, pasión, simpatía, ternura… Suelen ser palabras que utilizamos y que representan lo mismo: el amor, esa emoción que nos lleva hacia otras personas en búsqueda de conexión. Nos impulsa a acercarnos, a conocernos, a hablar, a compartir. Si bien solemos utilizar distintas palabras que nos darían la impresión de que hablamos de cosas distintas, veremos que, al tener los mismos disparadores, las mismas reacciones en nuestro cuerpo y los mismos impulsos que nos mueven, todas esas palabras, al final del día, están refiriendo al mismo circuito emocional. 

Como mencioné al principio, el amor puede entenderse desde diferentes perspectivas, y una interesante es verlo como una emoción. Desde esta perspectiva, y como toda emoción, el amor es un fenómeno pasajero (su duración se mide en minutos, no en meses o años). Además, como todas las emociones, el amor cambia también tu mente: amplía la conciencia del entorno y el concepto de uno mismo, da una sensación de trascendencia, nos conecta con otros seres y con lo que está más allá de nosotros mismos. Esta emoción tiene la capacidad de hacer más permeables los propios límites, abriendo la capacidad de ver a las demás personas y sentirnos seguros. Esto puede sonar un poco hippie, pero su explicación es medible: la oxitocina es la responsable de estos efectos, y su actuación es fundamental para apagar el sistema de alarma y propiciar la relajación y la entrega propia del amor. Pero esta sensación expansiva y trascendente también es efímera.

Amor ciego | El manejo eficiente de la emoción

Como toda emoción, el amor genera un sesgo cognitivo en quien lo siente, es decir, un error sistemático a la hora de analizar datos. Por eso, desde la perspectiva de la gestión emocional, y cuando juzgues que el contexto así lo requiera, el algoritmo que vimos en el capítulo 4 puede servirte como una herramienta útil.

Entender nuestra experiencia interna y poder actuar de manera efectiva es de suma importancia. Como vimos en otros capítulos, el desconocimiento de nuestra emocionalidad conlleva a quedarnos en los automatismos propios de las emociones, perdiendo la capacidad de actuar según nuestros valores. El amor, entendido como una emoción más, puede generarnos grandes problemas si no lo manejamos adecuadamente. 

¿Cómo saber si es efectivo seguir los impulsos de la emoción amor? Quizás estas preguntas puedan orientarte para determinar si es o no una buena idea darle rienda suelta: 

  • ¿Es conveniente acercarme tanto a esta persona? 
  • ¿La relación que comparto con la otra persona me resulta positiva, aporta a mi bienestar? ¿Esta relación me acerca o me aleja de la persona que yo quiero ser? ¿Me acerca o me aleja de mis valores?
  • Si me resulta positiva, ¿considero que la cuido de forma adecuada? ¿Le doy tiempo y atención a la otra persona?
  • ¿Siento que me perjudica o daña de alguna forma? Si siento que me daña, ¿en qué sentido? ¿Considero que debería mantener ese vínculo a pesar del daño que me genera? ¿Por qué?
  • ¿Comparto valores con esta otra persona como para avanzar en las manifestaciones de afecto?

Me quiere, no me quiere | Refuerzo intermitente

El contacto con otros seres humanos activa el circuito cerebral de recompensa mediante la liberación de dopamina. Este circuito se caracteriza por sufrir fenómenos de tolerancia y saciedad, de manera similar a lo que ocurre con las drogas y la comida: se activa frente a la novedad y a la posibilidad de estar en contacto con elementos interpretados por el cerebro como necesarios para la supervivencia, pero con las sucesivas exposiciones ocurre una adaptación al estímulo, y es necesario aumentar la dosis en intensidad y frecuencia para lograr el mismo efecto. 

Desde una perspectiva psicológica (como vimos en el capítulo 3), si aplicamos refuerzos continuos para sostener un comportamiento, este termina decayendo con el paso del tiempo porque nos saciamos. Ahora bien, si querés sostener ese comportamiento, tenés que brindar el refuerzo de manera intermitente. Es decir, a veces sí, a veces no. Esta forma de reforzamiento evita que se desarrolle la tolerancia en el circuito de recompensa. 

Cuando una persona nos brinda un refuerzo continuo, o sea cuando es siempre complaciente, cuando siempre quiere estar con nosotros, o cuando se tiene una relación “simbiótica” en la que una de las personas hace siempre lo que la otra quiere, la persona complaciente de la relación pierde gracia para la otra. En cambio, cuando el refuerzo es intermitente, esa persona se mantiene interesante. Algunas personas, de manera intuitiva o bien de manera muy consciente, se dan cuenta de esto y saben cómo mantener enganchada a la otra persona con refuerzos intermitentes. Por supuesto, esto es una espada de doble filo. Algunas lo utilizan para seducir: manejan bien los tiempos en los que contestan mensajes o no, o mantienen un poco de misterio. Otras personas otorgan refuerzos intermitentes simplemente como consecuencia de mantenerse genuinas: no siempre concuerdan o aprueban todo, dicen claramente lo que quieren y lo que no, lo que les gusta o lo que no les gusta. Tienen sus propios planes y proyectos, estén o no en una relación. 

Sin embargo, otras personas pueden someter a otros a un sistema de refuerzo intermitente, a veces más extremo, por su propia desregulación emocional o por su falta de habilidades para manejar el amor. Cuando están estables, de buen ánimo, te contestan los mensajes, te prestan atención, se muestran amables. Cuando están desreguladas, no contestan, a veces por días. Luego, cuando se les pasa este estado, pueden ser personas extremadamente cariñosas, que te vuelven a enganchar. Uno tiene la sensación de estar viviendo siempre en una montaña rusa, y los momentos buenos son muy excitantes. En este tipo de situaciones frecuentemente se generan relaciones abusivas. 

Más que tóxico | Identificar relaciones abusivas

El término “relaciones abusivas” describe relaciones de violencia en la pareja, sea en forma emocional, física o sexual. El abuso puede tener lugar en persona, en línea o mediante mensajes de texto, o a través de un tercero. Las conductas abusivas y controladoras pueden ser de distintas formas, como monitorear el uso del teléfono celular de una pareja, decirle lo que puede vestir, controlar dónde y con quién sale, manipular el uso de anticonceptivos y otras conductas posesivas, y presentar violencia física, sexual, verbal o económica. Como profesional de la salud mental, no puedo dejar de mencionar esto, ya que las relaciones abusivas se enmarcan en el enorme problema social de la violencia de género contra mujeres y diversidades, con implicancias individuales gravísimas en la vida de quienes sufren abuso. Existe un enorme y valiosísimo trabajo de teorización sobre este tema. Aquí, me limito a resumir algunas directivas terapéuticas que se suelen trabajar con pacientes a la hora de lidiar con relaciones abusivas:

1. Definí el problema. Una relación abusiva tiene la capacidad de destruir aspectos de tu persona, por ejemplo, tu integridad física, tu autoestima o tu felicidad; tu tranquilidad o tu capacidad para cuidar a otros; puede afectar tu vida, tu libertad, tu dignidad, psicológica o sexual, tu situación económica, tu seguridad, tu acceso al trabajo, a la educación o a la atención médica.

2. Decidí si poner fin a la relación estando en un estado de equilibrio interior, nunca en un estado de mente emocional, donde la emoción tiene el control.

3. Anticipate. Preparate de antemano para resolver un problema y ponerle fin a una relación. Si vas a tener una conversación, preparate antes pensando qué es lo peor que puede pasar y cómo vas a actuar en ese caso.

4. Decí claramente lo que querés, lo que te gusta y lo que no te gusta.

5. Tu seguridad está primero: resguardate. Antes de dejar una relación altamente abusiva o peligrosa, llamá a la línea 137, 144 o envía un mensaje al WhatsApp 11-2771-6463, o a familiares o amistades para obtener ayuda.

El norte de la brújula | El amor como valor

Desde la terapia de aceptación y compromiso, el amor puede ser entendido como un valor. Desde esta perspectiva, el amor trasciende la emoción (que por definición es efímera), y es la nafta de las relaciones interpersonales a largo plazo, tanto en la pareja, como en la familia, con amistades y personas conocidas. En ese sentido, podríamos considerar el valor amor como uno de los factores que más contribuyen a nuestro bienestar al ser el motor de las relaciones interpersonales, uno de los cinco pilares del bienestar para la psicología positiva, como ya vimos al principio del libro.

Sin ser exhaustivo, ya que esto requeriría de un ensayo entero (y no soy yo la persona idónea para escribir un tratado sobre el amor como valor), quisiera retomar una herramienta de la terapia de aceptación y compromiso para fortalecer los vínculos de amor, ya sean con amistades, familiares, pareja e incluso con seres no humanos: las acciones comprometidas. Como vimos, estas son cosas accionables, concretas, que podés hasta incluir en una agenda para no olvidarte de hacer, y que se alinean con tus valores. En la práctica, las acciones comprometidas son la forma en la que nos dirigimos hacia la dirección que elegimos. 

Por ejemplo, no sé si lo notaste, pero ahora tenés 66 años. Te jubilaste el año pasado, y si bien estás feliz de tener más tiempo para tus hobbies, también empezaste a ver menos a tus amistades del trabajo, con quien antes compartías todos los días de la semana y tenías muy buen vínculo. Era parte de la rutina tomarse un descanso y compartir un café, hablar de proyectos, de problemas personales, y, aunque no te dieras cuenta, funcionaba como un valioso grupo de apoyo y pertenencia. Pero ahora pasás los fines de semana en soledad. Al principio lo disfrutabas y aprovechabas para leer; ahora sentís que te falta algo. Entonces, si para vos cultivar las amistades es un valor importante, podrías pensar en realizar un conjunto de acciones comprometidas como juntarte más con tus amistades (o hablar más por teléfono si la presencialidad está limitada), hacerles algún regalo o invitarlos a algún plan. A veces, compartir una experiencia (ir al teatro, al parque, probar una receta nueva) puede ser una gran excusa para reencontrarse. Como vimos en el capítulo 2, en la práctica, puede resultar difícil abordar valores, que por su naturaleza son abstractos. Por eso, es útil plantearse pasos más concretos. De esta forma, las acciones comprometidas te van a permitir materializar tus valores.

No está mal estar mal y siempre se puede estar mejor.

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