Tumba

4min

Fue esa noche, o quizás otra. Pasó cuando volvía. No recordaba de dónde, aunque seguramente, pensó después, por las bolsas que descubrió en su mano, seguramente de comprar. La muerte, y esto fue algo que sintió sobre la superficie de la piel, la muerte cambiaba las cosas de lugar.

Se descubrió a sí misma parada en medio de la calle, la cuadra de su casa, General Mansilla 570. Había un pasacalle colgado cerca de la esquina. Eso era nuevo. El farol de la izquierda funcionaba pero el de la derecha se había roto y dejaba a oscuras la mitad de la frase. También había un auto quemado, abajo, más cerca. Eso no era nuevo pero sí reciente, sabía, aunque no sabía cómo sabía. Saber parecía un estado relativo.

Podía no saber, por ejemplo, quién era esa mujer que estaba ahí, pero Pía tenía la certeza subterránea, el tipo de certeza que crece desde los huesos y traspasa hasta cierto punto alguna capa de carne, de que esa mujer de ahí ya estaba.

Quizás era por la luz. Uno de los árboles del vecino de enfrente asfixiaba el farol en un puño cerrado; con suerte algún resplandor hecho jirones escapaba. La mujer estaba quieta bajo aquel viscote, como si fuera otra de sus raíces que rompían las baldosas de la vereda, que levantaban los terrenos y los ondulaban y los partían, siempre con ese movimiento subyacente, invisible, profundo, mientras por fuera sólo permanecían, cadáveres inmóviles y pálidos, engañosamente muertos.

Ella parecía crecer ahí, plantada ahí, desde siempre, una rama torcida y flaca, con la cabeza para abajo y una fina capa de pelo negro tapándole la cara. Sostenía, con una mano blanda, el bolso que llevaba al hombro. No hacía nada, simplemente estaba.

Pía se sintió volver cuando la mujer giró, un poquito, la mirada, y asomó un ojo por entre los pliegues del pelo. Pía se sintió volver, así, resurgir al cuerpo, desde la contemplación hacia el presente, hasta esa calle en la que ahora, de repente, ambas se miraban.

La muerte cambiaba las cosas de lugar, las reordenaba. Las prioridades por un lado, sí, pero también el plano de lo físico, la distribución sensible y espacial del verdadero mundo. Había puesto a esa mujer ahí, y ahora todo era suyo, todo: el sitio, la vereda, el árbol con su farol; ella reclamaba ese espacio con las dos piernas que clavaba en el suelo y la mantenían parada.

Pía sólo pudo entender lo que le gritaba el instinto cuando la mujer se giró, ahora toda, con los pies, se plantó de frente, se animó, con la cabeza levantada a mirarla de una vez, con uno de los haces del farol, que del árbol escapaba, dándole, cayendo, sobre su cara de lleno.

La reconstruyeron. Fue lo primero que pensó Pía. Juntaron los pedazos del hall de mi entrada, los empalmaron, le metieron los ojos de nuevo en la cabeza como pudieron. Es ella. La unieron como plastilina: la apretaron hasta que quedó.

⎯¿Vos vivís acá? –preguntó la mujer. La boca, una abertura negra.

Su voz era temblorosa y Pía se preguntó si el interior de su garganta sería tan irregular como la superficie de su piel quemada. Se preguntó si también se le habrían chamuscado las cuerdas vocales y ahora no serían más que tela descosida. 

⎯¿Vos la viste a mi hija?

La muerte cambiaba las cosas de lugar, las rearmaba. Recreaba situaciones con una puntualidad astuta, con un corrimiento perverso. No era la quemada, aunque se parecía, incluso con los rasgos así deshechos. Quizás era eso, el derretimiento, la torcedura, lo que evidenciaba el parentesco. El músculo seco y a la vista. La piel abierta, que una vez quemada ya no era piel, era otra cosa. Algo más duro y sin nombre, que todavía cubría pero a la vez mostraba.

Pía dijo que sí con la cabeza. No pudo decir el resto: yo la vi, salí, la ayudé. La vi, salí y no llegué. No llegué pero la vi, estuvo, acá donde vivo, se me murió y se te murió.

La mujer volvió a fijar los ojos en el suelo, liberando a Pía del gancho de su mirada, de la parálisis del ciervo. En el pecho de Pía resurgió la respiración y con ella la gravedad, el movimiento. Dio un paso a la derecha, y otro más, acortando los pocos metros que la separaban de su casa. Fue un desplazamiento irrespetuoso; se sentía mal deslizarse así, a escondidas, de a poco; era como escapar, subrepticia pero abiertamente, de una ceremonia improvisada. 

⎯Dios no la quiso.

Con esas palabras, la mamá de la quemada emprendió el descenso. Primero inclinó la espalda, el pelo la cubrió; después fue doblando las rodillas. Con la lentitud propia del cuidado, estiró una mano hasta tocar el piso.

Una puerta se abrió. El ruido fue tan impropio, tan fuera de lugar, que hizo que Pía pudiera apartar, aturdida, a la fuerza, los ojos de aquel rezo. Tura se asomó por el umbral.

⎯Pía, dale, vení.

Cuando Pía se quiso mover, se percató de que ella también estaba en el suelo. Acuclillada sobre el asfalto, tocando el pavimento con la palma abierta. Se levantó. Restregó la mano contra la ropa para sacarse la tierra. Agarró las bolsas que en algún momento se le habían caído, caminó rápido hasta su casa y entró.