La moral como ciencia

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En el capítulo sobre los acuerdos básicos que creo que podemos alcanzar todas las personas para establecer un horizonte común, propuse un principio que puede servir de axioma: el principio de igualdad. Aceptado este principio, que propone que nuestros intereses deben ser considerados por igual, ¿cuál es el interés más elemental y compartido de todas las personas? ¿Cuál es el interés más fundamental de cada uno de nosotros? Creo que el mejor candidato es el de minimizar nuestro sufrimiento. 1La concepción de que el interés más básico e importante a la hora de establecer nuestros preceptos morales está asociado al sufrimiento suele atribuirse al gran exponente de la filosofía utilitarista, el filósofo inglés del siglo XVIII Jeremy Bentham. Su cita más conocida tal vez sea la que estaba en un cartel gigante en la puerta de entrada al zoológico de Buenos Aires: “La pregunta no es si son capaces de razonar, ni si tienen lenguaje, sino ¿son capaces de sufrir?”. 

Sé lo que están pensado en este momento, y por eso en este punto hace falta una aclaración: no voy a definir con precisión qué es el sufrimiento o qué es sufrir. Asumo que el significado que les damos a estas palabras es lo suficientemente congruente entre nosotros como para que podamos avanzar en la conversación. Todo sistema de razonamiento se basa necesariamente en asumir que ciertas palabras no requieren definición porque todos entendemos a qué se refieren. En la física clásica, por ejemplo, estas palabras son “tiempo”, “espacio” y “masa”. Son conceptos que no se definen, se dan por entendidos. Lo mismo ocurre con cualquier sistema legal o moral. En su libro Conciencia: Los orígenes de la intuición moral, la filósofa canadiense Patricia Churchland nos dice:

Incluso en el contexto de la ley, conceptos legalmente filosos pueden tener una vaguedad inevitable. Por ejemplo, la ley especifica “negligencia” como “aquello que se desvía de la conducta de una persona de prudencia común”. Pero la “prudencia común” en sí misma no es definida con precisión. Más allá de la imprecisión, la ley generalmente funciona porque la mayoría de los hablantes de la lengua entiende bien su significado.  2Churchland, P. (2019). Conscience: The Origins of Moral Intuition. W. W. Norton & Company. 

Lo mismo ocurre con otras palabras: el hecho de que no tengamos una definición clara sobre qué es la salud o que la respuesta se modifique con el tiempo no quiere decir que no podamos legislar preservando la salud de las personas, al mismo tiempo que exploramos y actualizamos el concepto a medida que sabemos más sobre el campo. Tenemos definiciones provisorias y parciales, y en ellas nos podemos basar −nos debemos basar, diría− para conversar sobre cómo es mejor comportarnos y relacionarnos en esta realidad compartida.

Para volver más intuitivo por qué creo que es posible avanzar en esta conversación sin tener una definición precisa, única y cristalizada de qué implica y qué no implica sufrir, imaginemos el siguiente escenario. Vamos caminando por la calle y nos encontramos con la mítica lámpara de Aladino. La frotamos (obvio), y el genio nos informa que, por cuestiones de recorte de presupuesto, sólo podemos pedir un deseo. Cualquier cosa, lo que sea. Podemos elegir entre la infinidad de potenciales experiencias subjetivas posibles, dentro de las cuales se encuentra, claro, la posibilidad de ser torturado. ¿Acaso alguien se inclinaría por esta opción? 3Aunque podemos pensar que el sadomasoquismo o masoquismo sexual rompe con esta idea, en realidad no lo hace. Para quienes participan en este tipo de prácticas, ser atado y golpeado no implica malestar, sino que provoca excitación sexual.  Es posible que, fuera de esa alternativa, no todos elijamos la misma experiencia. Puede haber más de una respuesta correcta a la pregunta de qué queremos individual y colectivamente, y estas respuestas pueden cambiar en el tiempo y ser diferentes para cada persona y para cada sociedad. Pero, en el hecho de que nadie se incline por la opción de ser torturado, se ancla un significado común acerca de lo que es el sufrimiento.

Ahora bien, si acordamos este horizonte común −el principio de minimización del sufrimiento, objetivo que deriva de considerar los intereses de todas las personas por igual y de asumir que el interés más básico compartido por todos es el de evitar sufrir−, 4Como acabo de explicitar, creo que el principio de evitar el sufrimiento se desprende del principio de igualdad (es decir, de igual consideración de intereses), porque asumo que el interés más elemental y compartido es el de minimizar el sufrimiento. Sin embargo, muchas personas me han señalado que es más fácil pensarlo como dos principios distintos: el de igualdad y el de minimización del sufrimiento. De todas maneras, las ideas que exploro en este libro son independientes de si consideramos que estos dos principios se desprenden uno del otro o no; aplican para cualquiera de las dos maneras de pensarlo. sólo resta un último sendero, quizás el más complejo de todos, pero no por eso imposible de caminar: determinar cómo sabemos si algo o alguien sufre. Y, para abordar este problema, propongo otro momento interactivo en forma de experimento mental.

Imaginemos que naufragamos por el espacio hasta toparnos con un planeta rocoso ignoto, habitado por seres desconocidos pero reconocibles como seres de algún tipo. ¿Cómo haríamos para entender si esas entidades tienen capacidad de sufrir? ¿O cómo podrían ellas averiguar si nosotros somos capaces de sufrir? ¿O cómo sabríamos si la piedra sobre la que estamos parados con nuestras superbotas del espacio no está en ese momento sufriendo mucho más de lo que podrían sufrir los supuestos seres o nosotros? Necesitamos, indefectiblemente, abordar una intrincada y ancestral pregunta: ¿cómo sabemos si algo sufre? 

Una de las ramas del conocimiento que intenta dar respuestas a este tipo de preguntas es la ciencia de la conciencia. En base a sus descubrimientos es que en muchos casos y situaciones se determina, por ejemplo, la muerte clínica de una persona; o si un pulpo sufre o no, si debería tener derechos, como tienen los monos, los gatos o los perros. Por ejemplo, en un tema que retomaremos en el próximo capítulo: ¿sufren los óvulos fecundados in vitro o las células embrionarias? Según el mejor conocimiento que la ciencia de la conciencia puede brindarnos hasta el momento, no (una vez más, más allá de toda duda razonable). Veamos en qué se basa esta respuesta.

Hay dos formas en las que podemos tratar de argumentar por qué una célula microscópica no sufre: una es entendiendo que sólo sufren los seres que poseen sistema nervioso. Por eso entendemos que una bacteria, una lechuga, una mesa, una nube o una estrella no sufren, y en eso basamos nuestras leyes; estos cuerpos son objetos y no sujetos del derecho. Podremos tener dudas sobre dónde está exactamente el límite entre un ser que sufre y otro que no (¿sufre una ostra? ¿y una hormiga?), pero en muchos casos la evidencia parece clara y sobran motivos que nos permiten inferir que sufren los otros humanos además de mí, y que, dentro del reino animal, sufren también (como mínimo) los primates y el resto de los mamíferos. En los estudios sobre los correlatos del dolor en el mundo físico ya se basa buena parte de nuestras legislaciones más modernas sobre el derecho de los animales no humanos y sobre cuándo se considera que una persona está clínicamente muerta. 

Existe otra forma, quizás más intuitiva, de pensar la idea de si las células microscópicas sufren; no proviene de la ciencia de la conciencia, sino que es más visceral y funciona por reducción al absurdo. Se plantea el siguiente dilema moral: supongamos una situación en la que una clínica está en llamas y sólo hay tiempo para salvar a un niño que llora o a diez óvulos fecundados in vitro que están en un tubo de ensayo. ¿A quién salvaríamos? ¿Al niño o a los óvulos fecundados? Visceralmente, entendemos que salvar al niño es lo correcto aunque el argumento de la sacralidad de la vida desde la concepción tenga como corolario inmediato que habría que salvar a los diez óvulos fecundados. 

Volviendo al punto inicial de este capítulo: si aceptamos el principio de igualdad y que el interés más fundamental de todo ser sintiente es el de minimizar su sufrimiento, entonces la moral −el estudio de lo que entendemos que está bien o está mal− debe estudiar (por lo menos, aunque tal vez no solamente) qué cosas generan sufrimiento o cuáles producen bienestar. Si queremos respetar el principio de igualdad como principio moral y, a partir este norte, sacar conclusiones y establecer otros preceptos morales, debemos estudiar el sufrimiento y el bienestar de los seres sintientes: aquellas entidades del universo que sufren y que, por lo tanto, son consideradas sujetos y no objetos del derecho.

Aunque al principio pueda sorprender, cuando lo pensamos más profundamente, el hecho de que el estudio sobre cómo debemos comportarnos deba referirse a las experiencias de sufrimiento y bienestar de los seres sintientes es, en realidad, una conclusión bastante directa que podemos asumir por descarte. ¿En qué otra idea razonable nos basaríamos si no? Hasta donde puedo pensar, no se me ocurre una mejor opción. Aunque siempre debemos, al menos en principio, estar abiertos a nuevas ideas, ¿en qué sentido podemos hablar sobre moral si no es estudiando el sufrimiento y el bienestar de seres sintientes? 

El poema que abre este capítulo lo escribió mi abuela. Me resulta hermoso y me interpela más que cualquier cosa que haya leído en algún libro sagrado, pero sería absurdo exigir que todo el mundo lo acepte como una fuente de verdades morales. O, mejor dicho, sería absurdo exigir que sea aceptado porque lo dijo mi abuela. En todo caso, si quiero defender la idea de “no matarás” como precepto moral, debería basarme en evidencias y razonamientos que muestren que establecer ese precepto contribuye a generar menor sufrimiento en general, considerando por igual los intereses de todas las personas. Y creo que está bien hacerlo, porque es entonces cuando aparecen las excepciones a la regla, como en los casos de defensa personal o en las guerras de liberación; excepciones al “no matarás” que, de todas formas, se derivan del principio de igualdad y de la minimización del sufrimiento.

Hace unos años visité el Museo de Alta Montaña en Salta (Argentina). Al ver las momias de los niños y niñas sacrificados −una práctica incaica−, reflexioné con una chica que había conocido en ese viaje sobre lo afortunados que éramos por vivir en sociedades en las que ya no se practica el sacrificio humano. Para mi sorpresa, recibí una mirada de desprecio. Me dijo que estaba siendo prejuicioso y que me creía “superior”. Yo no entendía lo que estaba pasando. ¿En qué sentido no es posible entender hoy como algo verdadero que, ante igualdad de condiciones, las sociedades que se organizan sin sacrificios humanos producen menos sufrimiento? 5Se podría argumentar que, en una sociedad en la que todos creen que sacrificar niños es un mandato divino, los sacrificios producen mayor bienestar. O que, si la mayoría cree que se debe mutilar genitalmente a las niñas, el hacerlo causará más felicidad a muchas otras personas. Creo que la respuesta a este argumento es que todo lo que sabemos sobre la psicología humana nos muestra que se puede ser feliz y optimizar el bienestar propio sin creer en la necesidad de que para ello otra persona deba sufrir o morir. Entonces, ¿no es acaso claro que si dejaran de creerlo habría menos sufrimiento social, como mínimo de las mujeres mutiladas o de los niños sacrificados? O, para dar otro ejemplo, ¿en qué sentido no podemos afirmar como una verdad científica que en una sociedad en la que las mujeres son oprimidas existe mayor sufrimiento que el que existe en sociedades en las que la mitad de la población no es subyugada? ¿Acaso no son estas las verdades científicas en las que deberíamos basar nuestros razonamientos morales? Son verdades científicas sobre el sufrimiento de seres sintientes, es decir, de acuerdo a la definición que propongo de moral, verdades morales. ¿Qué otra alternativa tenemos, si no, para lograr una conversación honesta y abierta sobre la moral, sobre cómo sería mejor comportarnos y organizarnos en sociedad? 

No se trata de aferrarse a las palabras y encerrarse en un debate semántico sobre el término “moral”, pero hay un punto importante en defender la moral como ciencia, como el estudio científico del sufrimiento y el bienestar de los seres sintientes. Porque creo que la mayor parte de las personas entiende intuitivamente la palabra “moral” como el conocimiento sobre lo que está bien o mal. Entonces, insistir en que este conocimiento debe ser descubierto mediante un abordaje científico y respetando el principio de igualdad es insistir en dejar en claro las dos premisas morales que usamos como puntos de partida: los razonamientos morales deben ser seculares y los intereses de todas las personas deben ser considerados por igual; en primer lugar, el interés más elemental: el de disminuir el sufrimiento.

El hecho de que, en la práctica, sea imposible realizar un experimento controlado en el que tenemos dos sociedades exactamente iguales y en una sociedad permitimos el sacrificio de niños y en la otra no (y aunque fuera posible sería completamente antiético) no quiere decir que no tengamos razones suficientes y bien fundamentadas para creer que una de las alternativas genera menos sufrimiento que la otra. 

De todas maneras, es importante tener en cuenta que, en general, el principio de igualdad y minimización del sufrimiento tiene escasa aplicación práctica directa. En el próximo capítulo vamos a ver algunos casos en los que creo que esto sí es posible (las investigaciones con células embrionarias, la pastilla del día después y la muerte digna, por ejemplo). En esos casos la aplicación de este principio es, creo, bastante evidente. Pero en la enorme mayoría de las situaciones sociales reales es difícil establecer de forma simple y directa qué condiciones generarían sociedades con menos sufrimiento que otras. Ponernos de acuerdo en cómo medir el sufrimiento no es una tarea sencilla. 

Este un debate que se da permanentemente en las ciencias sociales, humanas y políticas, con aportes de otras disciplinas como la ciencia de la conciencia, y puede que no tenga, al día de hoy, una respuesta. Pero, así como en política muchas veces, aunque no tengamos una respuesta, está claro −explícitamente o no, conscientemente o no− que debemos adoptar medidas que lleven a la minimización del sufrimiento general, esto no siempre ocurre al discutir sobre dilemas éticos como los relativos a la fertilización in vitro, la edición génica o la interrupción voluntaria del embarazo. Pensémoslo con un ejemplo. 

A veces nos preguntamos si la economía debería ser proteccionista o librecambista. Aunque no podamos hacer un experimento en el que tengamos dos Argentinas exactamente iguales (o el país que fuera), una bajo condiciones proteccionistas y la otra librecambista, estaremos de acuerdo en que el debate debe darse en los términos de los futuros posibles e imaginar el sufrimiento que en ellos existiría. Coincidimos en que debe darse en términos de la plausibilidad teórica de los diferentes pronósticos frente a las dos posibilidades, plausibilidad teórica dada por lo mejor del conocimiento científico disponible. En pleno siglo XXI, difícilmente a alguien se le ocurriría resolver este problema consultando libros sagrados, horóscopos o médiums. ¿Por qué cuando hablamos de fertilización in vitro o de la interrupción voluntaria del embarazo no aceptamos con igual naturalidad que el debate debe darse en términos de sociedades posibles −y el sufrimiento que en ellas existiría− y aceptamos, en cambio, argumentos provenientes de libros sagrados?

En algunos casos es claro que una decisión lleva a un mayor sufrimiento y otra, a un mayor bienestar (a pocas personas se les ocurriría pensar, por ejemplo, que sería bueno que en nuestras sociedades actuales empezáramos a sacrificar niños). Pero incluso en situaciones en que las cosas no son blanco o negro, en los casos grises en que no es tan evidente qué preceptos morales conducirían a mejores sociedades, no tenemos por qué renunciar a los puntos de partida que asumimos antes: el principio de igualdad y la organización secular de la sociedad.

En varios lugares del mundo existen culturas que practican la mutilación genital femenina. Millones de niñas por año sufren la mutilación de su clítoris y/o labios vaginales, práctica tradicional que deja la capacidad reproductiva intacta (a menos que haya complicaciones, que a veces las hay) pero que elimina la posibilidad de placer sexual de la mujer. 6Para más información sobre la mutilación genital femenina, puede verse el sitio dedicado a ello en la página web de la Organización Mundial de la Salud. Frente al pedido de ayuda internacional de muchas mujeres en estas sociedades, ¿podemos decir que no sería deseable que esta práctica dejara de existir argumentando, por ejemplo, que es algo cultural que no corresponde cuestionar? ¿Podríamos decir que, como es imposible hacer un experimento con dos sociedades iguales, una en la que se permita esa práctica y otra en la que no, entonces no tenemos nada que decir al respecto? Creo lo contrario, que la ciencia tiene mucho para decir sobre este tipo de cuestiones, que todo lo que sabemos indica que habría menos sufrimiento si esas sociedades abandonaran esta práctica. Decir que no podemos pronunciarnos al respecto porque es algo cultural sería como si, al buscar apoyo internacional para acabar con las desapariciones provocadas durante la dictadura militar en Argentina en los 70, nos dijeran que los desaparecidos son una práctica cultural y, como tal, si queremos terminar con ella estamos siendo prejuiciosos. Creo que esto sería inmoral porque todo lo que sabemos sobre la naturaleza humana nos lleva a pensar que una sociedad sin desaparecidos genera menos sufrimiento. Una vez más, si el debate no se da en términos de posibles escenarios de bienestar y de sufrimiento social, ¿de qué otra forma podría darse?  

Paradójicamente, hay un punto en el que, en cuanto a la moral, suelo coincidir más con mis amigos y amigas religiosos que con los no religiosos: creo que no todo es relativo, que no todo debería depender de la cultura, que pueden existir verdades morales. La diferencia es que yo creo que, para respetar el principio de igualdad, esas verdades no deberían inspirarse en textos sagrados, sino en el estudio científico del sufrimiento y el bienestar de seres sintientes. 

Así llegamos a la conclusión de que aceptar el principio de igualdad (y, como consecuencia, que la moral pueda referirse al estudio del sufrimiento de los seres que sienten) equivale a aceptar la moral como ciencia. Como en toda disciplina científica, habrá problemas complejos, habrá en ocasiones más de una respuesta correcta posible al abordar estos problemas, habrá preguntas cuyas respuestas aún no sepamos y habrá conocimientos que puedan modificarse a partir de nuevas evidencias. Pero nada de esto impide una aproximación científica al estudio de la moral, como no impide que tengamos ese enfoque en otros campos.

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El Gato y La Caja