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Capítulo 23

El enemigo inmortal

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Hola! Espero que este mail te encuentre bien. A mí me encuentra haciendo mucho esfuerzo en tratar de escuchar para adentro, a ver si en efecto puedo sentir y articular cómo me encuentro yo.

No es una novedad para este newsletter la recursividad, el feedback loop o la atención a la atención, pero últimamente se me hizo indispensable dedicarle un esfuerzo diario, a estar presente en mi propia experiencia.

Recuerdo declaraciones del Reed Hastings, CEO de Netflix, diciendo que su plataforma hoy compite no solamente con las otras, sino con el sueño. EL SUEÑO. Su algoritmo optimiza para que te quedes despierto lo más posible, para que maximices la entrega de cada instante de presencia en su plataforma. Había capítulos de black mirror que decían esto y los criticaron por inverosímiles. Igual salieron al aire. Por Netflix. 

Creo que Juan Ruocco encontró un pedacito de verdad de época cuando acuñó el concepto de soberanía cognitiva y que no podés discutir lo que no podés nombrar. También creo que Roberto Chuit Roganovich acertó cuando extendió esa idea de búsqueda soberana de la mente al cuerpo y del tiempo al espacio. Parece que el paquete completo capitalista 4.0 te quiere pluriempleado y cansado, tanto que tu tiempo libre gravite hacia el menor esfuerzo posible: una buena sentada de contenido de fondo con el celular en la mano. Un simulacro de diversión para un simulacro de descanso para un simulacro de vida que se parece más a no morir que a vivir.

Y ahí está la pelea de fondo que quiero traer hoy al frente.

No mueras

Bryan Johnson es un empresario estadounidense nacido en 1977. Después de fundar y crecer Braintree, de adquirir Venmo y de vender el total de esa compañía a Paypal por más de 800 millones de dólares, Bryan se sintió cansado, pesado y viejo, así que decidió centrar su atención y su esfuerzo en un solo objetivo: no morir.

Así, destinó años y decenas de millones de dólares a desarrollar Blueprint, un protocolo ultraexperimental y supermedido para dirigirse lo más rápido y paradójicamente posible hacia su futuro inmortal.

Hoy Bryan toma más de 100 suplementos, come lo mismo todos los días, se expone al frío, al calor, a luz roja de longitudes de onda muy precisas, hace ejercicio de alta intensidad, ayuno intermitente y duerme con un aparato alrededor del pene que monitorea sus erecciones nocturnas. Bryan, además, describe cualquier conducta irregular, desde comer una pedazo de pizza a irse a dormir fuera de horario, como un ‘acto de violencia’.

Los méritos científicos de las prácticas que componen su protocolo se distribuyen entre lo extremadamente robusto y basado en evidencia hasta lo totalmente experimental, pero separar lo eficaz de lo farolero implica más tiempo y atención del que hoy quiero dedicarle. Sí me parece importante establecer es que por lo menos algunas de sus conductas son instrumentalmente compatibles con las de alguien que busca mejorar su calidad de vida. La parte que me da urticaria es la de ‘no morir’.

Hace poco, Bryan sacó un servicio premium. Pagando apenas 1 millón de dólares por año, vos también podés seguir su protocolo y encorsetar tu vida de manera de no morir lo más posible. Por apenas siete cifras podés liberarte de toda autonomía y comer lo que come Bryan, dormir como duerme Bryan, someterte al calor y al frío como Bryan, tomar más de 100 suplementos como Bryan y, si tenés pene, estar absolutamente al tanto de tu tiempo promedio de erecciones nocturnas. 

Muerte a la inmortalidad

A su propia manera, más vampírica que cyborg, Bryan es un transhumanista más. Su búsqueda es la de usar la ciencia y la tecnología para “superar las limitaciones humanas”, especialmente el envejecimiento y la muerte (y de paso, facturar unos buenos morlacos).  Pero, aunque pueda parecer obvio, creo que entre no morir y vivir bien hay una diferencia civilizatoria. Una cosa es organizar la técnica para extender indefinidamente la persistencia del yo; otra, muy distinta, es usar lo que sabemos del cuerpo para construir vidas más habitables, más sanas, más compartibles. Con más capacidad de destinar tiempo y atención a entender qué queremos y cómo perseguirlo que de pasarnos la vida escapando de la muerte. 

Bryan Johnson me interesa menos como persona que como síntoma. Su proyecto no propone solamente hábitos, biomarcadores o suplementos: propone una metafísica. Una vida organizada como guerra contra la muerte, una espiritualidad de protocolo, una experiencia subjetiva mediada por un tablero de mando, la naturaleza dominada a fuerza de suplementos. 

No por nada su proyecto de suscripción millonario se llama ‘Los inmortales’ y te recibe en su web con un credo (basado en un poema de Dylan Tomas):

Prometo enfurecerme, enfurecerme contra la muerte de la luz,
convertirme en un practicante del espíritu de no morir,
cuidando de mí mismo, de los demás y del planeta,
y honrar la existencia como la virtud suprema.


No tengo claro dónde pasa de cuidarse a sí mismo a cuidar a los demás y al planeta. Supongo que es la parte que te habilitan después de suscribirte, pero como no soy un millonario con miedo a la muerte que monitorea sus erecciones, no opino.

En esa propuesta de suscribirte a la vida eterna veo proyectarse uno de los caminos posibles para nuestro futuro, el que viene acelerando por default, el camino cyberpunk: un futuro de abundancia extrema concentrada en la menor cantidad de manos posibles, la vida bunker para trillonarios con lluvia negra para las masas. 

Primero, no morir. El resto, vamos viendo.

Cómo vivir bien

Por otro lado, me interesa mucho más una pregunta bastante menos glamorosa que cómo no morir pero infinitamente más desafiante por su calidad práctica: cómo vivir bien. Y digo cómo vivir bien en términos que exceden la pregunta filosófica (y relevante) de qué constituye una buena vida. Me interesa centrarme en la complejidad técnica, cotidiana, de darle forma a una vida y una relación con el cuerpo que se sienta bien la mayor parte del tiempo. 

Por suerte, creo que una parte importante de esta transición civilizatoria insoportable que estamos navegando incluye que estemos cruzando la barrera de lo abundante en muchos lugares neurálgicos de la necesidad y experiencia humana. Por ejemplo, las energías renovables nos permiten imaginar abundancia energética. La inteligencia artificial nos obliga a preguntarnos qué haríamos si contáramos con un país de genios en una computadora. Y el mismo avance en BIO que hace que Bryan Johnson sueñe con modificar su genoma a mí me hace soñar con otra cosa: una matriz material capaz de cumplimentar necesidades humanas a escala, de manera compatible con la naturaleza.

Ahí, en la abundancia y su distribución, se raspan dos futuros. Por un lado, el futuro elisio: abundancia privatizada, cuerpos optimizados para muy pocos, escasez artificial para el resto. Y por el otro, un futuro bastante más ambicioso: abundancia compartida. El problema es que, en el momento en que más podríamos estar inventando lo que viene, nuestro pensamiento sigue gobernado por los memes equivocados.

Les deseo lo mejor

La longevidad ya atrae plata concreta de tecno-oligarcas. Hay algo profundamente sintomático en una élite que, frente al colapso sistémico, invierte más imaginación en preservar cuerpos individuales que en rediseñar el metabolismo material del mundo.

Pero reconozco que es más difícil operativizar ‘vivir bien’ que ‘no morir’. También es más difícil querer no estar distraído todo el tiempo que elegir exactamente en qué poner mi atención. Así que hice una lista breve e incompleta de preguntas en las que venimos trabajando, y en las que creo que vale la pena profundizar, porque, todas juntas y sumadas a otro montón que se hacen otras personas, nos empiezan a dibujar un mundo en el que vale la pena hacer algo más que simplemente no morir.

¿Cómo armar una matriz productiva que genere abundancia compartida? ¿Cómo hacer una ciudad que dé ganas de habitarla más allá del espacio que separa mi casa de otro entorno cerrado? ¿Cómo comer de manera compatible con el cuerpo y con el planeta (y sabroso)? ¿Cómo ampliar la capacidad humana usando IA en lugar de reemplazarla? ¿Cómo construir salud sin convertirla en una fortaleza privada?

Si Bryan Johnson encarna una metafísica del no morir, Ezequiel Arrieta trae una propuesta concreta, humilde y efectiva: una práctica del vivir bien.

A Eze lo debés conocer porque es un participante muy prolífico en la conversación sobre nuevas formas de pensar el bienestar, la medicina y los sistemas productivos alimentarios. En caso que no lo conozcas, lo dibujo rápidamente: es un tipo que tarda en responder mis mensajes porque no vive atento al celular. Cuando le hablás te presta atención genuina. Comparte información exhaustivamente cuando sabe, y te avisa cuando no sabe. Es dedicado y eficaz con sus pacientes, que mejoran sus vidas de manera concreta y material. Siempre pone el foco en ello. Su metodología siempre es blanda y ajustada a la realidad de cada persona que lo consulta, pero también a los deseos y objetivos que esa persona no puede dejar en la puerta del consultorio. Nadie puede. Y yo lo sé porque, además, es mi médico. 

Eze no va a poder ser el médico de todo el mundo, pero sus ideas, sí. Para empezar pueden conocer su obra y su perspectiva sobre bienestar escuchando este episodio de Sherpas o leyendo su libro La invención de la comida, completo y gratis en la web de Gato. Pero si tengo que recomendarles el mejor acercamiento posible a su contribución a la pregunta sobre vivir bien, entonces tengo que hablarles del primer libro de este año:

Lo que el cuerpo sabe | Cómo sentirte bien (casi) todo el tiempo es el último libro de Ezequiel. Si quieren, pueden comprarlo acá en preventa (y, en breve, leerlo completo en el sitio, como siempre).

Pero antes de hacer clic, quiero explicarme mejor. Porque esa búsqueda de vivir bien, llevada a la práctica médica, hace cosas locas. Ponerte un monitor peneano no es nada al lado de poner a la naturaleza como marco ordenador de tu vida y al diseño del entorno y la flexibilidad de la vida real como estrategia. Vivir sintiéndote un poco mejor prácticamente todo el tiempo no se parece para nada a no morir. A mi vida le hizo mucha diferencia, y creo que va a hacer lo mismo por mucha gente (y sin una suscripción de 1M anual), tan solo porque parte de la base de entender que perfecto muchas veces es enemigo de mejor.

Pequeños y rápidos ejemplos: 

Sería ideal para extender mi vida cenar super temprano, pero por mi ritmo laboral la cena es el momento en el que le cocino a mi esposa y comemos juntos, charlamos, vemos qué onda el día. Y eso es más importante que comer exactamente en el umbral donde mi insulina y mi melatonina se encuentran en equilibrio perfecto.

Sería ideal para extender mi vida trabajar un poco menos, tener menos responsabilidades, estar menos tenso, pero además de la realidad de un momento histórico donde casi todo el mundo trabaja más de lo sano, mi trabajo resulta que me da significado. Y medio que estoy para pagar ese precio. 

Sería ideal dormir con antifaz y tapones en los oídos, todos los días a la misma hora. Pero hay noches donde quiero quedarme conversando con mi esposa, y otras donde prefiero estar atento porque capaz mi perro, Chaquito, comió alguna porquería, y prefiero escucharlo y calmarlo si más tarde la vomita.

Vivir para siempre me parece un embole. Vivir para siempre en un mundo que se cae a pedazos me parece un embole y bastante falto de ambición. 

El futuro elisio es una condena tal que no se la deseo ni al más férreo de los antihumanos.

Hay, sin embargo, un futuro mejor y ese sí se los deseo: que vivan bien y mueran en un mundo que no los aborrezca. Que si quieren trascender, lo hagan con obra, que aspiren al bronce, a algún super premio, medalla y felicitación por saldar el hambre y la salud mundial. Que construyan bibliotecas con su nombre como sus pares de hace 100 años. Que nenes humanos sanos bailen en sus plazas. Que Hastings pueda dormir, que Zuckerberg cene con amigos sin tener la obligación de postearlo y que Johnson muera habiendo vivido una buena vida. 

A cambio, lo único que les pedimos es que no molesten al resto de los mortales cuando queremos hacer cosas lindas, inventar futuros, disfrutarlos, dejar el mundo mejor de lo que lo recibimos y, después, darnos el gusto de morirnos bien muertos. Y sin haberle tenido miedo a la vida.

Abrazo

Pablo

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