Vergüenza

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¡Felicitaciones, sos docente en una universidad! No ganás nada bien, pero qué orgullo. Hoy estás dando un seminario a más de cien alumnos y alumnas. Te digo más: es tu primer día y, por supuesto, sos una bola de nervios. Sin embargo, todo marcha según lo planeado. Las miradas te siguen atentas, te escuchan, les interesa. A medida que avanza la clase, te vas relajando. Hasta que, en un descuido, eructás. Un eructo sonoro, tan involuntario como contundente. De repente se hace un profundo silencio en el aula. Sentís cómo las mejillas se te ponen rojas a la vista de todos. Se escuchan algunas risas de fondo, pero en general todo el mundo se compadece del mal momento que estás pasando. Terminás la clase como podés, la cortás más temprano y te vas. Más tarde, en la sala de profesores, tu principal impulso es el de renunciar a este nuevo trabajo. Tu mente te dice que la situación es irremontable. Por suerte para vos, un docente con años de experiencia te dice que todos pasamos por cosas similares y, tarde o temprano, la gente se olvida. Amablemente, te aconseja seguir dando las clases y no renunciar, a pesar de la vergüenza que puedas estar teniendo. 

Tragame, tierra | La vergüenza como regulación moral

La vergüenza es una emoción que se dispara cuando involuntariamente hacemos algo en contra de nuestros valores o de reglas sociales preestablecidas: caernos en la calle, no poder apagar la llamada que nos entró en el cine porque nos olvidamos de silenciar el teléfono, decir algo inapropiado para el contexto, hablar ante una audiencia, cantar o bailar y que nos miren. Casi siempre, tiene que ver con estar haciendo el ridículo en público. Muchas veces, la vergüenza tiene un tinte fugaz y hasta divertido, y tenemos certeza de que la emoción desaparecerá prontamente. Otras veces, la vivimos con mucha angustia.

La vergüenza suele confundirse frecuentemente con la culpa, que también se dispara cuando hacemos algo que va contra nuestros valores o reglas sociales, pero con un mayor grado de consciencia o voluntariedad. Esta distinción puede ser sutil porque ambas son emociones ligadas a un comportamiento que automáticamente juzgamos como malo o inapropiado, pero el impulso de acción de cada emoción es distinto. La vergüenza suele llevarnos a taparnos la cara, a querer huir y que nos trague la tierra. La culpa, por otro lado, nos motiva a reparar por esa acción y a pedir perdón. Ambas son emociones que tienen un importante papel en la regulación de la moral, particularmente, en las relaciones y la responsabilidad hacia las otras personas. De hecho, cuando la vergüenza se experimenta junto con el reconocimiento de que el comportamiento transgredió valores éticos que forman parte de la propia identidad moral, se experimentan sentimientos de culpa, los cuales favorecen que se procure no repetir tal comportamiento y se realicen acciones para reparar el daño provocado. 

En síntesis, la vergüenza es una emoción que nos lleva a ocultar algún defecto o acción que creemos que, si se diera a conocer, podría provocar rechazo social. Nos cuida de los juicios y miradas de las demás personas. Se dispara cuando “se nos escapan” pensamientos o comportamientos que van en contra de nuestros valores o normas sociales, y por lo tanto es una emoción particularmente compleja, ya que se asocia a las normas, costumbres y valores de una sociedad y nuestra conexión con ellos.

Eructitos vs. eruditos | Vergüenza adaptativa

Se suele pensar que esta emoción es negativa, que una persona que demuestra su vergüenza será vista como débil o tonta. Sin embargo, como toda emoción, la vergüenza ha evolucionado a causa de su utilidad para nuestra supervivencia. Recordá que la fortaleza de los humanos no radica en sus destrezas físicas (no somos ni rápidos ni fuertes en comparación con otros animales), sino en nuestra capacidad para vincularnos, cooperar y socializar. Somos una especie gregaria que necesita de otros seres para sobrevivir. Entonces, la vergüenza es una emoción que nos permite permanecer dentro de una comunidad al mostrarnos con timidez y retraimiento, lo que genera en las demás personas una actitud de comprensión y de compasión, y en nosotros, una serie de sensaciones físicas desagradables que nos llevan a intentar no volver a repetir ciertas acciones. 

Si bien esta emoción nos acompaña, no nacemos con vergüenza a cualquier cosa, y en buena medida, esta emoción se aprende. Es decir, es muy relativa a las normas y costumbres de cada comunidad (familia, amistades, escuela y grupo social), y aparece tarde en el desarrollo de las personas. Digamos, nacemos con el hardware, pero el software es instalado durante la vida. El reconocimiento de la vergüenza presupone la aceptación de que determinada conducta es errónea e indeseable socialmente. Dicha estrategia resulta socialmente efectiva, ya que contribuye al mantenimiento de relaciones interpersonales sanas por asociarse con un deseo de reparación del error y con la disminución de la probabilidad de que el individuo vuelva a involucrarse en situaciones similares.

Obviamente, si las conductas o características personales no son inmorales o malas, entonces la vergüenza no está justificada o puede no ser efectiva. La ventaja evolutiva de esta emoción es que, si los comportamientos sancionados por la comunidad provocan vergüenza, entonces la vergüenza basada en expresiones y acciones puede mantener a la comunidad unida. Aunque permanecer en una comunidad que provoca vergüenza no sea un beneficio en muchos casos, tampoco es completamente inútil. Puede haber marcado la diferencia entre la vida y la muerte en tiempos remotos, e incluso actualmente en algunas culturas o grupos.

Volvamos a ese horrible percance que sufriste mientras dabas clases. Si no hubieses sentido una notoria vergüenza después de eructar, si hubieses seguido dando clases como si nada, ¿qué habrían interpretado tus estudiantes? Que no tenés vergüenza. Que sos una persona desubicada, una maleducada. Es más, podrías llegar incluso a perder tu nuevo trabajo. Por suerte, no fue esto lo que pasó: por tu respuesta emocional, alumnas y alumnos se dieron cuenta de que se te escapó. Es decir, empatizaron con tu vergüenza, sintiendo vergüenza ajena, y hasta un docente empático se te acercó luego para consolarte. Claramente, haber sentido vergüenza en ese contexto fue muy efectivo. 

Algunas personas podrían decir que la prohibición del eructo es una norma social arbitraria, que eructar no es ni bueno ni malo, e incluso en algunas culturas está bien visto, por lo tanto eructemos todo lo que queramos. Es cierto que puede ser una norma arbitraria de educación, pero así funciona la cultura en la que estamos inmersos en este momento, y darle batalla tiene su costo. En otras palabras, nuestra sociedad aún no está preparada para semejante nivel de libertad. Por supuesto que esto puede cambiar, y de hecho en algunos contextos específicos el eructo es algo muy valorado, como en los grupos adolescentes donde se hacen competencias de eructos. En grupos de niños también. Y conozco varios adultos que… Bueno, pero en muchos contextos no suele ser un comportamiento aceptable.

Tragame tierra II | Manifestaciones de la vergüenza

Si la función de la vergüenza es cuidarnos del peligro de que nos rechacen, que nuestra comunidad nos juzgue, ¿sería efectivo siempre mostrarnos extrovertidos y charlatanes? ¿Exhibirnos con mucha seguridad frente a comportamientos inadecuados socialmente? Al contrario, lo más efectivo sería retraernos, guardando silencio, tratando de no llamar la atención, ocultando parcialmente el rostro y el cuerpo. Cuando nos hacen una pregunta en clase y tememos por el juicio de los demás si nos equivocamos, seguramente rehuiremos nuestra mirada de la del profesor o profesora y ocultaremos nuestra cara con el pelo, las manos o con alguna prenda de vestir como una bufanda. Frente a una situación de vergüenza, nuestro sistema nervioso autónomo aumenta la liberación de adrenalina, la frecuencia cardíaca, el cortisol en sangre y la vasodilatación de la piel, lo que lleva a las manifestaciones de rubor. Retraeremos el cuerpo adoptando una postura caída y rígida. Hablaremos de forma entrecortada, con un volumen bajo, experimentaremos confusión mental que nos impedirá expresarnos con claridad. Tal vez, tartamudeemos o nos quedaremos en blanco. Querremos desaparecer. 

Esta emoción suele generar en la mente tres fenómenos: (1) individualización: “soy la única persona en el mundo a la que le sucede esto, siempre me pasan estas cosas a mí”; (2) patologización: “algo está mal en mí, debe ser que soy un bicho raro, no soy como el resto”; y (3) reforzamiento: “debería sentir vergüenza”. De hecho, las típicas interpretaciones de nuestra mente al experimentar vergüenza es que nos van a volver a rechazar, pensamos que somos menos o que no estamos a la altura de las demás personas. Llegamos a creer que, por lo que hicimos, nadie nos podrá amar; que somos personas malas, inmorales o incorrectas, incluso defectuosas; sobredimensionamos o infravaloramos nuestro cuerpo (o una parte del cuerpo) pensando que es muy grande, muy pequeño, muy feo, muy blando, muy deforme, muy torcido. Creemos que no hemos vivido según las expectativas que se tienen sobre nosotros y nosotras, o que incluso nuestra conducta, pensamientos o sentimientos son tontos o estúpidos. 

Esos vetustos estándares inalcanzables | Vergüenza desadaptativa

Mientras se mantenga regulada, la vergüenza puede ser un motivador para el cambio. Pero cuando la vergüenza se desregula, es demasiado elevada o extrema, cuando la crítica, ya sea externa o interna, es excesiva, por presentarse de forma constante y/o agresiva, esta emoción puede motivar comportamientos muy inefectivos, como pasar demasiado tiempo aislados, abandonar trabajos o grupos sociales, y perder amistades. 

Además, desregulada o no, en muchas ocasiones la vergüenza es inefectiva. Un ejemplo frecuente y muy contemporáneo se asocia a la belleza y a la forma del cuerpo. Hoy en día, mucha gente con una imagen corporal que no va de acuerdo a los estándares de moda puede sentir vergüenza solo con salir a la calle, publicar una foto en una red social o usar ropa que muestre más su cuerpo. Nuestras normas sociales son particularmente agresivas con los estándares sobre los cuerpos, particularmente con los cuerpos femeninos. Estos estándares son en muchos sentidos arbitrarios, establecidos culturalmente, y pueden ser una fuente importante de sufrimiento humano, y en muchos casos, causar trastornos graves.

Cuando la vergüenza, aunque injustificada en el presente, es sustentada por estrés postraumático (como en los casos de abuso sexual, bullying, mobbing, entre otros), es importante buscar ayuda profesional para que el trauma del pasado deje de afectar la vida presente. En una revisión reciente liderada por Laura Watkins, se destacó que la mejor evidencia de efectividad en el abordaje del estrés postraumático la muestran la terapia cognitiva-conductual, la terapia cognitiva y la terapia de exposición prolongada. Cada uno de estos tratamientos tiene una amplia base de pruebas teóricas y empíricas, y están centrados en abordar directamente los recuerdos del acontecimiento traumático o los pensamientos y sentimientos relacionados con este.

Los trastornos alimentarios suelen asociarse a intensa vergüenza, más allá de que se cumplan o no objetivamente los estándares de belleza socialmente impuestos. Una persona con anorexia puede ser cada vez más flaca y, aun así, puede seguir sintiendo vergüenza de su cuerpo, evitando mostrarlo. No es raro ver a estas personas con ropa holgada, evitando ir a la playa o a cualquier contexto en el que tenga que mostrar un poco más su cuerpo. Estos casos son particularmente complejos, porque su conducta es motivada, al menos hasta cierta medida, por las normas sociales, pero estas claramente son inadecuadas para el cuerpo humano sano.

Ante estas situaciones debemos preguntarnos no solo si la vergüenza se ajusta a los hechos o normas sociales, sino también si es efectiva, si es compatible con una vida valiosa al mediano o largo plazo, si nos acerca o nos aleja de nuestros grupos sociales de pertenencia, de nuestros amigos, y principalmente, de la persona que libre y auténticamente queremos ser. 

Pitulín y cachucha | Bajar la vergüenza en temas tabú

Frecuentemente, solemos sentir vergüenza al hablar de temas que son de lo más comunes, como el sexo. Esto por supuesto tiene un sentido. La sexualidad es algo muy personal, y la vergüenza nos defiende de los juicios agresivos y arbitrarios de los demás. La vergüenza tiene, además, la función de cuidar nuestra intimidad. Pero demasiada vergüenza puede llevar a que un niño o una niña y sus padres no se animen a hablar del tema, bloqueando aprendizajes extremadamente importantes sobre la salud sexual y reproductiva. Me animo a decir que uno de los aprendizajes más importantes es el de pedir ayuda y consejo en estas áreas. 

El problema a veces radica en que culturalmente se nos entrena, desde la infancia, a hablar con demasiado cuidado de estos temas. Por ejemplo, solemos nombrar los genitales de formas variadas para evitar llamarlos por su verdadero nombre. No hay verdadera diferencia entre decir “pitulín” y decir “pene”, entre decir “cachucha” y decir “vulva”, pero nos sentimos más cómodos con la primera opción. Esto suele derivar en la creencia de que de ciertas cosas no se habla, lo que lleva a la génesis de la vergüenza. 

La educación sexual es un tema complejo y cada grupo familiar tiene sus creencias y valores al respecto, pero en el espacio familiar se debería poder hablar claramente del tema. En algunos contextos hay reglas arbitrarias o rígidas que pueden ser un freno importante para la enseñanza y aprendizaje de la educación sexual. En otros casos, el problema radica en que simplemente nos da vergüenza, y tanto a padres como a hijos les genera mucha dificultad romper el hielo. 

Una posible solución es buscar hablar sobre estos temas de forma clara y objetiva. Nombrar como “pene” al pene y “vulva” a la vulva es una recomendación general efectiva. Estas intervenciones son importantes porque ayudan a prevenir o encontrar a tiempo posibles situaciones de abuso sexual. Si al niño o niña le genera mucha vergüenza hablar de estos temas, tendrá dificultades para contar a los adultos responsables si alguien abusó o intentó abusar de él o ella. 

Colorados y titubeantes | Manejo efectivo de la vergüenza

Para regular esta emoción y realizar un manejo efectivo, es necesario primero verificar los hechos y/o interpretaciones que están disparando la emoción. Si realmente se nos escapó algo indebido, contrario a nuestros valores o normas sociales, es efectivo aceptar la emoción, dejando que nuestros cambios fisiológicos sean visibles. Al vernos colorados y titubeantes, naturalmente la gente a nuestro alrededor interpretará que lo que hicimos no fue algo voluntario, que compartimos las mismas normas sociales y de educación. En cambio, si la vergüenza no está justificada, es decir, si no estamos haciendo nada en contra de normas sociales razonables, debemos practicar la exposición, empezando por realizar aquello que nos avergüenza de forma imaginada; luego, frente a personas que podrían criticarnos constructivamente y, por último, en la situación real.

Marsha Linehan da algunas recomendaciones para exponernos a la vergüenza cuando no está justificada o no es efectiva. Se trata, de nuevo, de practicar la acción opuesta, es decir, hacer lo opuesto a lo que la vergüenza nos impulsa a hacer. Por ejemplo:

  1. Hacé públicas tus características personales o comportamientos con la gente que no te va a rechazar. 
  2. Repetí el comportamiento que dispara la vergüenza una y otra vez (por ejemplo, cantar en voz alta). 
  3. Tomá información de la situación, prestando atención. 
  4. Cambiá tu postura corporal. Mantené una postura erguida. Levantá la cabeza, mantené contacto visual, y un tono de voz estable, claro y con un volumen acorde a la situación. 

No está mal estar mal y siempre se puede estar mejor.

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