El Gato y La Caja

¿En qué somos diferentes? ¿Una revolución en proceso?

7min

La psicología clínica se transformará a niveles irreconocibles debido a los pun­tajes poligénicos, que se concentran en las causas en vez de los síntomas, en las dimensiones en vez de los diagnósticos, en los tratamientos personalizados en vez de los generales, en la prevención en lugar del tratamiento y en un énfasis positivo en la salud más que en la enfermedad.

Robert Plomin, Blueprint

En los últimos dos años se ha generado un clima de euforia entre psicólogos y genetistas. Incluso usan la palabra “revolución” para referirse a lo que está ocurriendo en las áreas de la psiquiatría y de la psicología clínica, especialmente con la aparición de los puntajes poligénicos y la posibilidad de encontrar correlaciones entre alelos o mutaciones y rasgos o síntomas y, así, empezar a trazar el puente entre los genes y el comportamiento (un camino que puede incluir ARN, las proteínas que eventualmente codifican estos genes, la función que cumplan regulando otros genes, y una innumerable cadena de reacciones físicas y bioquímicas). Si estos psicólogos y genetistas no se equivocan, lo que estamos viviendo, en efecto, se parece mucho a una revolución. 

Uno de los pioneros del área, Robert Plomin, nos dice:

Durante los últimos veinte años tuve la esperanza de moverme de los métodos genéticos indirectos con gemelos, mellizos e hijos adoptados hacia métodos que estudien las diferencias heredadas directamente en el ADN de cada persona. Eso finalmente ocurrió, y se siente como haber ganado una lotería en la que aposté durante veinte años. Es entusiasmante ver lo rápido que la revolución del ADN está transformando la investigación en psicología. Los puntajes poligénicos permitieron a los investigadores hacer preguntas que van más allá de lo innato versus lo adquirido, con mucha más precisión y sofisticación. También democratizarán la investigación genética en psicología, haciendo posible que cualquier investigador incorpore la genética a sus análisis sobre cualquier tema y cualquiera sea el número de pacientes estudiados, tan sólo recolectando ADN. Ya no hay que pagar como precio de admisión el acceso a muestras especiales de mellizos, gemelos e hijos adoptivos. 1Plomin, R. (2019). Blueprint: How DNA Makes Us Who We Are. MIT Press.

Plomin siente que ganó la lotería y no es para menos: durante 20 años vio cómo fracasaban los estudios que buscaban alelos o mutaciones específicas que correlacionaran con diferentes rasgos (alelos o mutaciones que los estudios clásicos, como los que se hacían con gemelos, mostraban que debían existir). Todo indicaba que esos rasgos tenían un componente genético, pero mientras no se encontraran los genes que los influían, había que encontrar otra explicación, y ninguna parecía razonable. ¿Era equivocada, por ejemplo, la interpretación de que existe un gran componente genético en la esquizofrenia, dadas las observaciones de Seymour Kety con hijos adoptivos en Dinamarca que mencionamos antes? Si el componente genético es tan grande, ¿por qué no aparecían los genes? Plomin pensó en abandonar las investigaciones, jubilarse tempranamente y dedicarse a disfrutar de sus hijos y nietos. Estaba desconcertado y, por primera vez en la vida, sufría de depresión. Quienes lo atacaban diciendo que no podía ser que rasgos mentales estuvieran influidos por los genes, con las ya clásicas acusaciones de positivista, reduccionista, biologicista y cómplice de racistas, homofóbicos y xenófobos, tenían un punto al señalar que la prueba final, la de encontrar los genes, no había sido superada. Hoy sabemos que la clave está en que en el comportamiento humano no existen genes con efectos muy grandes, sino muchos genes con un efecto muy chico que sólo puede ser detectado con muestras de miles, decenas de miles, centenas de miles o hasta millones de participantes a los que se les lea el ADN. Esto se pudo empezar a hacer, como ya dijimos, recién hace un par de años, gracias al abaratamiento exponencial en el precio para acceder a esta tecnología. 

Otro entusiasta de lo que estamos viviendo en psiquiatría y psicología clínica es el genetista irlandés Kevin Mitchell:

Si bien la medicina moderna ha triunfado sobre varias enfermedades infecciosas y ha dado grandes pasos en el diagnóstico molecular y el tratamiento del cáncer, ha hecho muy poco progreso en el tratamiento de trastornos psiquiátricos. La psicoterapia es de ayuda en varios casos, pero típicamente más para lidiar con los síntomas que para realmente curar la condición. Y las principales drogas utilizadas para tratar enfermedades mentales −antipsicóticos, antidepresivos, ansiolíticos y estabilizadores del estado de ánimo como el litio− emergieron todas entre los años 40 y los 60, con prácticamente ninguna nueva droga desarrollada desde entonces. 2Durante el proceso de escritura del libro algunas personas me señalaron esto como una exageración. Hubo, sí, dicen, algunos avances en farmacología. Como no soy experto en el tema y no es algo que se pueda establecer fácilmente, dejo apenas acá el señalamiento, que de todas maneras no modifica el punto principal de esta cita: el enorme entusiasmo existente entre algunos investigadores respecto de los nuevos descubrimientos de la genética aplicados al estudio de los trastornos psiquiátricos. En la mayor parte de los casos, los tratamientos existentes son sólo parcialmente efectivos y pueden inducir serios efectos colaterales. Todos estos tratamientos fueron descubiertos por serendipia, 3Una serendipia es un descubrimiento accidental afortunado. Algunos ejemplos históricos son la penicilina, los rayos X, el endulzante artificial, el velcro, el post-it y el viagra (por las dudas, aclaro: estos descubrimientos fueron independientes el uno del otro). y sus mecanismos de acción siguen siendo poco comprendidos. La explicación para esta falta de progreso es trágicamente simple: no conocemos la causa raíz de estos trastornos −ni en general ni en individuos−. La genética está cambiando esto. Los increíbles avances en las tecnologías genómicas de las últimas décadas han revolucionado nuestro abordaje y entendimiento de los trastornos psiquiátricos y neurológicos. La secuenciación genómica a escalas sin precedentes, en decenas de miles de pacientes y sus familiares, ha llevado a la identificación de un gran número de mutaciones que aumentan dramáticamente el riesgo de un trastorno psiquiátrico. Estos descubrimientos nos guían hacia un cambio fundamental en cómo pensamos sobre estas condiciones. 4Mitchell, K. J. (2020). Innate: How the Wiring of Our Brains Shapes Who We Are. Princeton University Press.

Como Plomin, Mitchell usa la palabra “revolución” para describir lo que está ocurriendo, palabra bastardeada si las hay (algún autor que no recuerdo dijo una vez que había que dejar de usarla; que revoluciones de verdad hubo dos, la industrial y la neolítica, cuando apareció la agricultura). La verdad es que son dos investigadores sesgados. Pero incluso si no fuera para tanto, sin dudas estamos atravesando un momento fascinante y prometedor; estamos ampliando de manera significativa y creciente nuestro entendimiento en psicología y psiquiatría, y no podemos (ni, como intento argumentar a lo largo del libro, debemos) renegar de la genética o negarla simplemente porque no coincide con nuestras expectativas acerca de cómo es el mundo.  

En este sentido, veamos qué está pasando en dos asuntos particulares y de gran relevancia: la esquizofrenia y el autismo. Si bien son dos temas de salud mental, no deja de ser una selección arbitraria dentro del enorme conjunto que engloba esta categoría. La elección es personal; son temas en los que me interesé en algún momento de mi vida −en el caso de la esquizofrenia, por mi tío Fede, y en el caso del autismo, por las investigaciones sobre los supuestos prodigios innatos−. Pero aspiro a que un rápido repaso de lo que está ocurriendo en estas dos áreas pueda dar una noción acerca de la importancia de los aportes de la genética del comportamiento a la salud mental humana.

El Gato y La Caja