/ Notas

Un día como aquel

Argentina (1976-2026)

Un día como aquel

1/ Un día como hoy

La última dictadura cívico militar que vivimos en Argentina comenzó el 24 de marzo de 1976. Un día como hoy, excepto que no fue en absoluto un día como hoy. 

  • Hoy no hubo un golpe de Estado. 
  • Hoy no se le entregó a esos mismos medios un manual indicando qué palabras podían utilizar y cuáles no al momento de dar las noticias durante los próximos años. 
  • Hoy no suspendieron el derecho a huelga.
  • Hoy no se promulgó una ley restituyendo la pena de muerte por fusilamiento a quien afectara el orden público. 
  • Hoy no fue capturado el presidente de la nación ni se enviaron cables secretos a Washington para informar el éxito de la operación.
  • Hoy no se tomó el control del Banco Central, no destituyeron a la Corte Suprema ni cerraron el Congreso con tanques y blindados.
  • Hoy no hubo un pico en la cantidad de víctimas de la represión (desapariciones y asesinatos) marcando un cambio de fase en una práctica que, si bien venía de antes, no haría más que recrudecer a partir de ese punto.
Este gráfico muestra las desapariciones entre 1975 y 1977 y evidencia cómo se recrudeció la práctica a partir del golpe del 24 de marzo del ‘76. Sin embargo, esta información debe  considerarse solo una muestra.  La verdadera magnitud de la represión es muy difícil de calcular dado que las fuerzas armadas nunca brindaron los documentos necesarios con el proceso y destino de cada detenido clandestinamente. En el gráfico puede observarse la acción de la Triple A, el Operativo Independencia (1975) y la posterior maquinaria de aniquilamiento y desaparición en su momento de mayor auge (1976-1977). Sobre la dificultad de contar desaparecidos cuando no se desclasifica la información escribimos acá.

2/ De un tiempo a esta parte

La democracia un día volvió. Y por suerte, seguimos teniéndola. Pero nunca fue una democracia completa. Hubo otros días como aquél, días fuera del tiempo, en los que pasaron cosas que creíamos haber dejado atrás.

  • Ya no hay un plan sistemático de exterminio, pero un día desapareció Julio López yendo a declarar contra el genocida Miguel Etchecolatz. El aparato represivo siguió funcionando, subterráneo y letal, incluso décadas después del Juicio a las Juntas.
  •  Ya no se fusila a las personas por alterar el orden público, pero un día a Pablo Grillo le provocaron lesiones irreversibles con una lata de gas lacrimógeno disparada con alevosía. 
  • Ya no se prohíbe la huelga, pero todavía se reprime la protesta. Incluso la de jubilados.
  • El Congreso no necesita ser blindado, el Poder Judicial se ha blindado de otra manera.
  • Kissinger murió, pero los cables a Washington continúan llegando. 
  • Y sobre la sociedad civil, poco se puede decir: la complicidad que se ocultaba, ahora se lleva como insignia.

3/ El borroso presente

Cincuenta años es mucho tiempo. La sombra terrible de la dictadura parece empezar a desvanecerse, sobre todo entre los más jóvenes. De poco sirve seguir señalando que aquellos crímenes no son cosa del pasado, que continúan sucediéndose, que no han prescrito porque miles de personas continúan desaparecidas, cientos de hijos continúan apropiados, decenas de cómplices o perpetradores continúan libres. Si no fuera por las personas y organizaciones que mantienen viva la memoria, todo el asunto empezaría a oler a bronce y madera vieja, a perderse en las páginas del medio de los manuales de Historia. 

¿Cómo hablar de esto? ¿Cómo escribirlo cincuenta años después, cuando la propia convicción empieza a sonar anacrónica? ¿Cómo decir algo que valga la pena sin sonar hueco, sin sonar seco, sin hacer ruidito a huesos sueltos en una fosa común? ¿De qué sirve hablar de esto hoy? 

Advertir del peligro de una dictadura militar sería proyectar en las mentes de los lectores imágenes de soldados marchando (quienes no tengan esos recuerdos, apelarán al imaginario nazi), pero el futuro que nos preocupa luce muy diferente. Antes, los grupos de tareas no tenían redes sociales, los servicios de inteligencia hacían el trabajo de manera analógica, revisando agendas, extrayendo información con pinzas, picanas y escalpelos. Cincuenta años después, las cosas han cambiado un poco. Ya no hace falta inundar de soldados una universidad, basta con ahogarla en seco y dejarla sin recursos. Ya no hace falta imponer por las armas un plan económico de desindustrialización, basta con maquillarlo y anunciarlo por doquier en campañas electorales. Basta con convencernos de que estamos solos, de que al lado no hay nadie, de que esos gritos que se escuchan son lejanos (¿por qué será que son siempre lejanos?).

Sólo la tortura ha conservado, a lo largo de los siglos, algo del orden de lo artesanal. Y por suerte, aunque todavía sea moneda común en comisarías y cárceles, necesita seguir siendo clandestina. Nomás sea para guardar las formas.

4/ Un día como aquel

Si un día algo así ocurre de nuevo, si el terror se vuelve a poner al mando, nos encontrará discutiendo matices: si esto es igual, si aquello se parece, si vinieron, si volvieron, si nunca se terminaron de ir. Si la crueldad está bien porque es la voluntad del pueblo o está mal porque siempre —siempre— es un plan sistemático puesto a andar por unos pocos. 

Por eso la efeméride no sirve de nada. Despierta burlas, indiferencia, solemnidades. 

La memoria, en cambio, es indispensable. 

Si un día nos olvidamos y todo vuelve a ocurrir, será distinto, sí. Pero también será igual: se perseguirán los mismos fines. Habrá un largo tobogán de cosas fuera de lugar, pequeños eventos extraños o terribles catástrofes a las que nos habremos acostumbrado (como el accionar de la AAA o el operativo Independencia lo fueron en su momento). Habrá quizás una excusa abstracta, un hombre de paja, un transhumanismo barato, un nacionalismo pintado, colgará como siempre la baba de las fauces. Quien sabe, Alicia, este país no estuvo hecho porque sí.

Pero si ese día llega, no será un día como hoy. Será un día normal que de pronto se volverá monstruoso. 

Será un día como aquel. 

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