1/ Un día como hoy
La última dictadura cívico militar que vivimos en Argentina comenzó el 24 de marzo de 1976. Un día como hoy, excepto que no fue en absoluto un día como hoy.

2/ De un tiempo a esta parte
La democracia un día volvió. Y por suerte, seguimos teniéndola. Pero nunca fue una democracia completa. Hubo otros días como aquél, días fuera del tiempo, en los que pasaron cosas que creíamos haber dejado atrás.
3/ El borroso presente
Cincuenta años es mucho tiempo. La sombra terrible de la dictadura parece empezar a desvanecerse, sobre todo entre los más jóvenes. De poco sirve seguir señalando que aquellos crímenes no son cosa del pasado, que continúan sucediéndose, que no han prescrito porque miles de personas continúan desaparecidas, cientos de hijos continúan apropiados, decenas de cómplices o perpetradores continúan libres. Si no fuera por las personas y organizaciones que mantienen viva la memoria, todo el asunto empezaría a oler a bronce y madera vieja, a perderse en las páginas del medio de los manuales de Historia.
¿Cómo hablar de esto? ¿Cómo escribirlo cincuenta años después, cuando la propia convicción empieza a sonar anacrónica? ¿Cómo decir algo que valga la pena sin sonar hueco, sin sonar seco, sin hacer ruidito a huesos sueltos en una fosa común? ¿De qué sirve hablar de esto hoy?
Advertir del peligro de una dictadura militar sería proyectar en las mentes de los lectores imágenes de soldados marchando (quienes no tengan esos recuerdos, apelarán al imaginario nazi), pero el futuro que nos preocupa luce muy diferente. Antes, los grupos de tareas no tenían redes sociales, los servicios de inteligencia hacían el trabajo de manera analógica, revisando agendas, extrayendo información con pinzas, picanas y escalpelos. Cincuenta años después, las cosas han cambiado un poco. Ya no hace falta inundar de soldados una universidad, basta con ahogarla en seco y dejarla sin recursos. Ya no hace falta imponer por las armas un plan económico de desindustrialización, basta con maquillarlo y anunciarlo por doquier en campañas electorales. Basta con convencernos de que estamos solos, de que al lado no hay nadie, de que esos gritos que se escuchan son lejanos (¿por qué será que son siempre lejanos?).
Sólo la tortura ha conservado, a lo largo de los siglos, algo del orden de lo artesanal. Y por suerte, aunque todavía sea moneda común en comisarías y cárceles, necesita seguir siendo clandestina. Nomás sea para guardar las formas.
4/ Un día como aquel
Si un día algo así ocurre de nuevo, si el terror se vuelve a poner al mando, nos encontrará discutiendo matices: si esto es igual, si aquello se parece, si vinieron, si volvieron, si nunca se terminaron de ir. Si la crueldad está bien porque es la voluntad del pueblo o está mal porque siempre —siempre— es un plan sistemático puesto a andar por unos pocos.
Por eso la efeméride no sirve de nada. Despierta burlas, indiferencia, solemnidades.
La memoria, en cambio, es indispensable.
Si un día nos olvidamos y todo vuelve a ocurrir, será distinto, sí. Pero también será igual: se perseguirán los mismos fines. Habrá un largo tobogán de cosas fuera de lugar, pequeños eventos extraños o terribles catástrofes a las que nos habremos acostumbrado (como el accionar de la AAA o el operativo Independencia lo fueron en su momento). Habrá quizás una excusa abstracta, un hombre de paja, un transhumanismo barato, un nacionalismo pintado, colgará como siempre la baba de las fauces. Quien sabe, Alicia, este país no estuvo hecho porque sí.
Pero si ese día llega, no será un día como hoy. Será un día normal que de pronto se volverá monstruoso.
Será un día como aquel.


