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Capítulo 0

Prólogo: El ruido del mundo y el eco del yo

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Primeras separaciones

Durante la mayor parte de la historia humana, quedarse solo era una sentencia logística. La vida dependía del grupo, de la caza compartida, de manos que se alternaban para mantener viva una fogata. La soledad significaba hambre, enfermedad o muerte.

Pero con el tiempo, se empezaron a inventar herramientas que permitieron prescindir, aunque fuera por instantes, de los demás. La técnica alivió el esfuerzo colectivo y a la vez disolvió una parte del lazo. La lanza abrió la posibilidad de la caza en solitario. La domesticación de otras especies hizo posible que la fuerza de un animal reemplazara a la de varios hombres. El arado de madera, los canales de riego, los utensilios de cerámica o piedra, los molinos movidos por agua o viento permitieron aprovechar fuerzas externas para no depender tanto de las humanas. Cada instrumento amplió la libertad del cuerpo. Cada herramienta redujo la necesidad de compañía y aflojó un poco la necesidad de otros. Los vínculos persistieron, sí, pero se fueron volviendo cada vez más opcionales.

El feudalismo puede ser pensado como el último sistema en el que la dependencia seguía siendo total. En las aldeas europeas del siglo XII, la vida todavía estaba incrustada en una red de obligaciones. Nadie podía bastarse a sí mismo: el siervo trabajaba para su señor, el señor dependía del clero y el clero, de su Dios. La comunidad era a la vez asfixiante y vital. En los márgenes de esa trama, algo empezaba a separarse.

En la Europa medieval, los monasterios de la orden cisterciense de finales del siglo XI se destacaron como centros de innovación tecnológica y gestión económica. Allí, los monjes adoptaron rigurosamente la Regla de San Benito, bajo el principio de ora et labora (del latin “reza y trabaja”), y privilegiaron el trabajo manual, transformando la configuración de los terrenos donde se asentaban. Desarrollaron complejas redes de canales y presas para drenar humedales, crear granjas autónomas y alimentar molinos de grano con una eficiencia excepcional. La operación constante de estos molinos, visible día y noche, simbolizaba un poder que a los contemporáneos podía parecerles extraordinario. Su eficacia se basaba en dos pilares: el dominio técnico de la energía y una organización del trabajo sumamente eficaz. Así, la producción podía desligarse significativamente del esfuerzo físico humano directo y ser encomendada a máquinas impulsadas por la naturaleza. El trabajo podía continuar sin el cuerpo.

Esta adaptación y perfeccionamiento de la tecnología del molino hidráulico tuvo profundas consecuencias socioeconómicas y se consolidó como uno de los ejemplos más tempranos y exitosos de producción mecanizada en la Baja Edad Media, y permitió una redistribución eficiente de la mano de obra. Mientras los monjes legos podían dedicarse a tareas especializadas (como la metalurgia, la cervecería o la administración de las granjas), los monjes de coro se enfocaban en el oficio divino y el estudio. El sistema generaba un excedente agrícola e industrial cuantioso y predecible, que era la base del poder económico. La productividad dejó de depender únicamente del ritmo colectivo del cuerpo y comenzó a vincularse a la eficiencia de un sistema técnico-organizativo. La estandarización, la especialización y la explotación de recursos a escala se convirtieron en un prototipo influyente de empresa premoderna. El posterior desarrollo económico de Europa comenzaba así.

El nacimiento del yo

En el Renacimiento se sumó, además, la separación entre cuerpo y pensamiento. La expansión del comercio, la creciente circulación de dinero y el surgimiento de las ciudades transformaron a las personas en unidades móviles, con intereses y propiedades individuales. La imprenta multiplicó los textos y, con ellos, el espacio interior de la lectura. Leer dejó de ser una experiencia colectiva. Ya en el siglo IV, San Agustín se había sorprendido al ver a su maestro Ambrosio mover los labios sin emitir sonido. Más de mil años después, ese gesto, lento y sigiloso, se había convertido en costumbre en los scriptoriums medievales hasta democratizarse con la imprenta. La lectura silenciosa inventó un lugar dentro de la mente donde nadie más podía entrar, uno de los comienzos de la intimidad moderna.

Montaigne, encerrado en su torre, encarnó esa revolución. No escribía para enseñar, sino para observarse. “¿Qué sé yo?”, se preguntaba. En esa frase había una novedad radical: el individuo que se piensa a sí mismo como un mundo aparte. La introspección, que durante siglos había sido penitencia religiosa, se convirtió en método intelectual. El yo apareció como protagonista —y también como frontera— al mismo tiempo que las ciudades crecían, el dinero reemplazaba al tributo y los campos se vaciaban. Las alambradas privatizaron las tierras comunales y expulsaron a miles de campesinos. En Inglaterra, entre los siglos XV y XVIII, millones de hectáreas fueron cerradas, un adentro y un afuera, una propiedad individual y permanente. Los campesinos, devenidos jornaleros, migraron hacia las ciudades. Esos cuerpos, despojados de sus medios de subsistencia, se transformaron en trabajadores libres, una categoría doblemente irónica: libres de todo, salvo de su necesidad de venderse (“o de morirse bajo un puente de París”, diría Anatole France).

A mediados del siglo XVI, los impresores europeos empezaron a publicar libros en formatos pequeños, los octavos, fáciles de llevar y leer en privado. Eran obras morales, devocionarios o textos clásicos adaptados al bolsillo. Ese objeto portátil condensaba una nueva forma de posesión: el saber que no se comparte y se puede acumular más en uno que en otro.

Es justo pensar entonces que el yo, esa conciencia que se repliega sobre sí misma, no fue un hallazgo espiritual, sino una consecuencia económica. Cuando las comunidades se deshicieron, trabajar en la identidad individual de cada uno se volvió una forma de compensar el desarraigo.

La fábrica y la multitud

Con la Revolución Industrial, el aislamiento se volvió arquitectura. Las fábricas reunieron a los trabajadores en un mismo espacio, la yuxtaposición de los cuerpos no implicaba una relación, un vínculo, una comunidad. Cooperaban para trabajar, sí, pero era una coreografía: cuerpos alineados, gestos repetidos, horarios fijos. El reloj reemplazó al sol y el turno, a la estación. El sonido de las máquinas impuso su ley sobre las voces. En 1833, un inspector británico escribió que lo que más le perturbaba en los talleres textiles no era la explotación, sino el silencio. Cientos de niños operaban telares sin pronunciar una palabra. “Ningún ejército obedecería así”, anotó. Era la disciplina en su punto más alto como la forma más eficiente de soledad productiva.

La ciudad industrial repitió esa lógica. Las casas obreras eran cajas idénticas, los pasillos, corredores de tránsito. La multitud no disolvía la soledad, la multiplicaba. La vida urbana obligaba a los individuos a adoptar una actitud blasé, una indiferencia protectora frente al exceso de estímulos. Era una forma de anestesia necesaria para soportar la densidad del contacto sin relación.

El aislamiento dejó de ser excepción y se volvió rutina. El trabajo separó los cuerpos, la ciudad los amontonó. Años antes de que Marx conceptualizara la alienación, el ensayista escocés Thomas Carlyle describió, en 1829, la esencia del cambio: “Los hombres se han vuelto mecánicos en la cabeza y en el corazón, tanto como en la mano”. En la interioridad humana, la misma lógica fría y repetitiva de las máquinas. En su reorganización del espacio, la fábrica y la ciudad dieron lugar a una nueva soledad sistémica: no la del pastor en el páramo, sino la de trabajadores tan avenidos a los engranajes que operaban que perdían capacidades para sintonizar con la subjetividad de los otros a su alrededor. Los andamiajes productivos sólo requerían función pero no necesariamente presencia. El ballet urbano e industrial se configuraba de ese modo, prolijo, orquestado y taciturno.

Nuevas formas de felicidad

Se suele decir que las máquinas nos aíslan, como si fueran un accidente de la historia o un fenómeno nuevo, exclusivo de la era exponencial. Pero cada avance técnico nace del mismo impulso: reducir la dependencia de los demás. El fuego permitió cocinar sin tribu; la imprenta, pensar sin maestro; la pantalla, trabajar sin compañeros. Toda herramienta es una tentativa de independencia, y toda independencia posibilita el alejamiento.

En el siglo XX, esa ambivalencia se volvió rutina. Las oficinas, los electrodomésticos, los automóviles particulares prometieron emancipación y produjeron encierro. La arquitectura del bienestar replicó la lógica de la máquina: espacios cerrados, funciones precisas, silencio funcional. El patio reemplazó al porche delantero y la casa dejó de mirar a la calle, y se achicó la interacción cotidiana, el chisme, el alerta, la interacción fortuita, trivial.

A fines de la década de 1950, las publicidades de electrodomésticos estadounidenses mostraban a mujeres sonrientes en cocinas vacías. “Así luce la libertad”, decía una de General Electric. En ese escenario impecable, el aislamiento era presentado como el norte de la felicidad.

Epidemia de soledad

Si el siglo XX encapsuló la independencia en objetos y espacios, el XXI transformó esa promesa en el flujo constante de las plataformas. Ya no se trata de poseer la máquina que libera, sino de habitar la red que gestiona, conecta y optimiza cada aspecto de la existencia. Esta transición de la herramienta al protocolo llevó la paradoja histórica a su punto más agudo: cada solución técnica, diseñada para aliviar una carga, terminó generando su propia forma de carencia. Convertimos la necesidad de otros en un producto, la regimentamos en una interfaz y la volvimos, por tanto, a la vez omnipresente e inalcanzable.

En este ecosistema, la soledad adquirió un nuevo valor económico. Se volvió el sustrato sobre el que opera la economía digital, que prospera aislando al individuo como unidad coherente de huellas digitales y métricas. La paradoja es absoluta hasta en los nombres: redes sociales. La promesa de una conexión infinita consolidó nuevas formas de las ausencias: permanentemente disponibles, pero nunca del todo.

Así, el cuerpo que fue liberado de la servidumbre física ahora se desgasta en la exposición digital o, en un giro casi irónico, paga en un gimnasio la posibilidad de reproducir artificialmente el esfuerzo que la civilización quiso abolir. La productividad se mide en atención sostenida y rendimiento emocional. Las máquinas, que fueron extensiones del cuerpo, se han convertido en espejos de la mente que, al reflejarla, atrofian los sentidos en una esterilidad eficiente. Esta separación opera en dos niveles: la de uno con los otros y, de modo más íntimo, la de uno consigo mismo.

La magnitud del malestar por la desconexión entre personas ha llevado a la Organización Mundial de la Salud a declarar la soledad una amenaza global para la salud pública, con un riesgo para la mortalidad comparable al tabaquismo. Sin embargo, esta declaración revela una ambigüedad fundamental en el mundo hispanohablante. En nuestro idioma, una sola palabra contiene dos experiencias radicalmente distintas. Por un lado, la soledad-solitud (solitude en inglés): un espacio de retiro elegido, una intimidad fértil y creativa. Por otro, la soledad-desolación (loneliness): la experiencia angustiosa de sentirse aislado, desconectado e invisible, incluso en medio de otros. Una es un refugio, la otra, una carencia. Que el español no distinga entre ambas —quizás porque en el sustrato cultural heredero del latín lo individual nunca se escindió del todo de lo colectivo— no anula la diferencia real.

Y por más matices que tenga, no deja de ser revelador que la privación radical de contacto sea el castigo último en sistemas de control muy distintos entre sí. Es el máximo castigo en el sistema penitenciario moderno: la celda de aislamiento, diseñada para quebrar la psique mediante la desocialización absoluta. La condena de los místicos herejes: el destierro a un eremitorio forzado, una soledad sin divinidad. Y el método de muchas dictaduras, donde los secuestrados pasaban sus primeros días en celdas de incomunicación con el fin de romper los lazos perceptuales con el mundo como preludio para quebrar la resistencia. Incluso en el relato mítico, los dioses reservaban para sus rebeldes la peor de las torturas: no el fuego ni el hielo, sino el aislamiento eterno. Prometeo, encadenado a una roca en el confín del mundo, gritaba su agonía por el buitre que le devoraba el hígado y también por la ausencia absoluta de un testigo en el abismo.

Aun cuando a esa misma soledad no deseada se la despoja de su carácter excepcional y se extiende como un clima social, su relevancia es suficientemente significativa como para que la Organización Mundial de la Salud la haya catalogado como una amenaza global para la salud pública. Esto significa que ya no puede considerarse un malestar vago o un sentimiento meramente individual, sino una condición integral del cuerpo y la psiquis, que interpreta la ausencia crónica de un otro atento como una amenaza persistente. Lejos de ser una anomalía, esta epidemia de desolación parece su consecuencia lógica y previsible. La búsqueda de una autonomía sin fricciones nos ha dejado suspendidos en una ataraxia ansiosa, para la cual el mismo mercado ofrece, acto seguido, suscripciones de mindfulness, esencias de bosque húmedo y estéticas de cottagecore como paliativos.

La desolación no se distribuye de manera uniforme, sino que se filtra a través de las fisuras sociales ya existentes. Se manifiesta en el adolescente que habita en un universo digital denso pero carente de contacto físico; en el adulto mayor desvinculado de los ritmos comunitarios que antes ordenaban su tiempo y, con una crudeza particular, en las mujeres, cuya red social suele reducirse bajo el peso abrumador de la desigualdad de la carga de cuidados. En los estratos de mayor precariedad económica, estas formas de soledad no sólo coexisten, sino que se fusionan y amplifican, generando una experiencia donde el aislamiento deja de ser una circunstancia subjetiva para convertirse en una dimensión más de la vulnerabilidad material y la inseguridad psicológica.

La experiencia de la soledad se modifica, pero no desaparece, en contextos donde persisten estructuras comunitarias más densas, como en amplias zonas de América Latina con respecto a países centrales. En nuestra región, la soledad a menudo se vive como una tensión entre esa herencia colectiva y las presiones económicas y culturales que empujan hacia la individuación.

La paradoja

La historia que hemos recorrido es, por tanto, la historia de esta desolación, que en cada época toma la forma de la vida social. Cambian los instrumentos —del molino al algoritmo—, pero la dinámica permanece. Inventamos herramientas para liberarnos de la necesidad del otro, y esas mismas herramientas nos reencuentran, una y otra vez, con nuevas variaciones del aislamiento.

La promesa siempre fue la de aligerar el peso de los demás. Y hoy, el síntoma de esa liberación es una nostalgia ubicua por lo imperfecto, por el roce real. Compramos esencias de bosque y sonidos de lluvia para inyectar, de manera controlada y segura, el desorden sensorial del que venimos huyendo.

Esto conduce a una hipótesis final. Sospecho que el motor de la innovación no es la curiosidad abstracta, sino el sufrimiento. Cada salto técnico responde a un dolor concreto: el hambre, el frío, la enfermedad, el trabajo agotador. Pero su éxito no nos trae la paz (o no solamente), sino que tiene la capacidad de desplazar el dolor hacia un territorio más íntimo y escurridizo, el del aislamiento y la invisibilidad. Al eliminar sistemáticamente la demora, la molestia y la incomodidad, erosionamos sin querer los contactos fortuitos que nos tejían. La historia de la soledad es la de una especie que no tolera depender, pero que se extravía cuando consigue no hacerlo. Cada vez que creemos haber resuelto esta tensión, reaparece disfrazada del último invento, dejándonos con la misma pregunta inquietante. Nos preguntamos si el gesto que nos redime no será, en el fondo, el mismo que nos exilia.

Las crónicas, perfiles y ensayos que componen este libro son un modo de acercarse a las nuevas formas de sentirnos solos de nuestra propia época. Son historias reales (todos los nombres han sido cambiados), narradas desde distintos puntos de vista. En el gesto de examinarlas de a una por vez, aparecerá, quizás, la figura general que conforman como si fueran un mosaico, la forma total —aunque siempre incompleta— de la soledad indeseada en el siglo XXI.

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Crónicas, ensayos, perfiles y análisis para explorar la epidemia de soledad del siglo XXI. Más que un libro, la radiografía de una sociedad que ha logrado optimizarlo todo, excepto los vínculos.

152 páginas. Papel bookcel 80 gramos. Impreso a dos tintas. 14,5 x 20 cm.

Biografía de la autora:

Socióloga (UBA) y magíster en Métodos Cuantitativos en Ciencias Sociales (QMSS) por Columbia University (Nueva York, Estados Unidos), con financiamiento Bec.ar–Fulbright. Consultora, docente e investigadora especializada en tecnología y salud mental. Dictó clases en la UBA, la UNSAM, FLACSO y CEPAL. Se desempeñó en análisis y estrategia en la función pública, en el sector privado local, organismos internacionales, empresas globales de tecnología y clínicas de salud, con foco en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos.

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Biografía de la autora:

Socióloga (UBA) y magíster en Métodos Cuantitativos en Ciencias Sociales (QMSS) por Columbia University (Nueva York, Estados Unidos), con financiamiento Bec.ar–Fulbright. Consultora, docente e investigadora especializada en tecnología y salud mental. Dictó clases en la UBA, la UNSAM, FLACSO y CEPAL. Se desempeñó en análisis y estrategia en la función pública, en el sector privado local, organismos internacionales, empresas globales de tecnología y clínicas de salud, con foco en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos.

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