La decisión fue obvia para Martín cuando aceptó la oferta: una startup de San Francisco lo quería para trabajar como contractor freelance remoto desde su departamento. Iba a cobrar siete veces lo que ganaba en relación de dependencia para un organismo del Estado, en dólares limpios, billete. Dejaba atrás, además, el ruido perforante de la línea D en hora pico, las filas incómodas en el microondas del comedor de la oficina y el ritual del saludo obligado a gente que no le interesaba. Era el año 2022, cuando la pandemia recién aflojaba y el teletrabajo, con su promesa de autonomía absoluta, le permitía continuar con la flexibilidad y comodidad a la que se había acostumbrado durante épocas de confinamiento. “Seguir viviendo en Fase 1”, decía entusiasmado. Porque el encierro a él le había hecho bien. Le había permitido ser más él mismo.
A Martín le daba un poco de placer culposo ver el monto de miles de dólares de los invoices todos los meses. También le daba adrenalina. Y más aún al multiplicarlo por pesos —cuántos ceros, qué cosa increíble—. Ahora sí valía la pena todo el esfuerzo hecho en la utN: las largas noches de estudio, las extensas jornadas en el bar de la facultad, la cantidad de veces que había ido a rendir Física 2, la cantidad de fiestas perdidas, todas las salidas con minas que habría podido tener de no haber estado siempre encerrado estudiando. Hacía muchas veces la misma cuenta y el resultado era consistente: en menos de un año se iba a poder comprar un terreno y construir una casa en Córdoba, amueblarla linda, un auto, un mejor geriátrico para su abuela. Ropa de marca.
Las cosas empezaron a desorganizarse a las pocas semanas. La primera fue el tiempo. Gran parte de su jornada transcurría mientras San Francisco aún dormía. Cuando él se despertaba, todavía lento y aletargado, y se conectaba, los de Europa estaban a pleno ritmo, pidiéndole cosas del pico del día. Y cuando él necesitaba algo, ya estaban durmiendo.
El tiempo pasaba sin dejar huella. El reloj marcaba horas que no lograban inscribirse en el cuerpo. Las mañanas no tenían principio reconocible, ni las noches un cierre legítimo. Nada comenzaba el trabajo, nada lo suspendía. Sin los ritmos compartidos que, como señalaba el filósofo francés Henri Lefebvre, estructuran el tiempo social y le dan contornos a la cotidianeidad, su día se volvió homogéneo, sin escalas. Su tiempo dejó de ser tiempo compartido para volverse puro transcurrir sin contornos ni pausas.
Pronto el desorden dejó de ser sólo una cuestión de horarios. Se le empezó a meter en la cabeza. Los pensamientos y sus humores parecían descoordinados. Le resultaba incómodo que le agendaran reuniones a la hora de su almuerzo. Le daba bronca que no supieran que no tenían que ponerle meetings cuando jugaba Independiente. Le molestaba que en las reuniones no se hablara, aunque sea un rato, de política, o que un anuncio sobre la presentación de candidatos en elecciones no generara ningún tipo de cambio en el humor del resto de sus compañeros. Los demás aparecían en pantallas desde otros hemisferios, desde otras estaciones del año, desde otras lenguas, bajo otras luces, a veces en baja definición. Su tiempo, su espacio, su historia, sus acontecimientos parecían no estar ya inscriptos en ninguna geografía común.
Seis meses más tarde, todavía seguían diciéndole “Marteen”. Luego directamente empezaron a evitarse el problema de dudar cada vez que se tenían que referir a él: con decir “hi guys” y “what about you” en cada reunión alcanzaba.

La falta de ritmos compartidos también vuelve borrosas las fronteras del espacio. Sin cortes ni alternancias, sin otros que marquen momentos de comienzo o de cierre, el adentro se vuelve continuo, expansivo, omnipresente. Martín aprendió esto enseguida: la cama se convirtió en su silla; la cocina, en su pasillo; la puerta, en su única frontera. Férrea frontera. Todo el departamento fue ganando densidad, como si la gravedad aumentara en ese monoambiente. Lo que antes era refugio, ahora era entorno y periferia. El afuera se volvió opcional y, por lo tanto, evitable. Demasiado ruidoso, demasiado incierto, demasiado poblado.
En esa retirada casi imperceptible, cada vez más cosas dejaron de importar. Ya no revisaba el pronóstico ni miraba instrumentalmente la hora. Al fin y al cabo, que lloviera o que no lloviera, en tal o cual horario, era absolutamente irrelevante. Le pesaba el cuerpo, le costaba vestirse. Lo mínimo indispensable, cambiarse la remera cada tanto para trabajar, si era lo único que se veía en la camarita. Le molestaba el espejo, se sentía hinchado y blando, prefería ni saber. Lo inmediato se volvió lo único tolerable. Las apps de delivery respondían sin demora, sin preguntas, sin contacto visual. Empezó a acumular cajas con el logo de Rappi. Juraba que, cuando juntara las suficientes, las iba a doblar bien para sacarlas.
Hartmut Rosa, sociólogo, filósofo y politólogo alemán, define esta experiencia como una pérdida de resonancia: la sensación más profunda de que el mundo ya no responde. La resonancia, para Rosa, no es una emoción intensa ni un vínculo necesariamente afectivo. Es la posibilidad de ser tocado por algo y de responder a eso desde un lugar no utilitario. Un ritmo urbano, una conversación banal, incluso la urgencia de salir corriendo para no llegar tarde pueden ser formas de resonancia. Y Martín había perdido ese rebote. Su entorno se volvió completamente disponible —todo al alcance por su sueldo, por la tecnología, por la ciudad—, pero al mismo tiempo, todo absolutamente silencioso. Como estar en el mundo sin ser atravesado por nada. Como vivir sin eco.
En algún momento, empezó a tomar cerveza, aunque de adolescente nunca le había gustado demasiado. Su preferida: la Blue Moon, la que recomendaban en Reddit. Al principio era una al terminar la jornada. Después una para abrir y una para terminar. Después, los fines de semana, lo que hubiera quedado sin tomar. No buscaba emborracharse, sino provocarse una sensación conocida. Darle forma a un ritual. Dibujar bordes a las cosas y, de paso, calmar la cabeza.
En paralelo, se volvió mejor armando los memes que publicaba en Reddit. No se los mostraba a sus amigos del secundario ni a su familia porque seguro no los iban a entender. Eran chistes sobre cómo una empresa tiene almuerzos espectaculares pero le fallan las nuevas features. El mejor momento del día era cuando los usuarios que sentía más cercanos decían que cada vez estaba más afilado. O cuando uno nuevo le escribía para preguntarle cómo no lo había conocido antes. Tener cada vez más upvotes era su máxima conquista.
Cuando la casa le resultaba demasiado espesa, se peleaba en internet. Se metía en redes para combatir lo que a él le parecía mal y falso, y porque estaba aburrido y harto —“si la gente se informara mejor”, “si no se comieran el verso”, “todos terminan repitiendo lo mismo”, “qué dice esta tarada”—. Entraba para pelear. Prefería pelearse. La pelea no deja de ser una forma de interacción.

Estar más callado parecía un efecto esperable del trabajo remoto, de las semanas sin reuniones presenciales, de una vida profesional que funcionaba sin desplazamiento ni interrupciones. Hablar menos le había parecido, al principio, algo positivo. Como un monje, no tener que hablar le enseñaba a conocerse mejor a sí mismo. Y, de todas maneras, nunca había sido bueno para las charlas de ascensor. Las conversaciones laborales eran más que nada chats por Slack o Discord. Y en las reuniones se hablaba del trabajo de la semana, de indicadores, de performance, de crecimiento. Frases cortas. Tonos monocordes. En definitiva, muchas oportunidades de mantenerse callado.
Con el tiempo, empezó a percibir ciertas rarezas que se filtraban al resto de su vida. Hablaba menos, sí. También escribía más lento. Dudaba al mandar un audio. Se sorprendía, a veces, del timbre de su propia voz. Y cuando intentaba hablar después de muchos días de no hacerlo, le salía de adentro algo cavernoso. Tosía para acomodar la garganta, pero el gruñido sólo se iba después de varias frases.

El sociólogo estadounidense Richard Sennett, en La corrosión del carácter, analiza cómo los nuevos formatos laborales, basados en la movilidad constante, la adaptabilidad individual y la ausencia de estructuras estables, dificultan la posibilidad de construir trayectorias con sentido y vínculos sostenidos. La flexibilidad, lejos de ampliar márgenes de acción, muchas veces disuelve los marcos que permiten la conexión con un otro. Pero reconocer este vacío a veces queda mal. En la lógica del triunfo individual, admitir la necesidad de lo vincular parece superfluo, ingrato, endeble. Como si el éxito debiese ser autosuficiente y hermético; las únicas variables legítimas, el sueldo y el ascenso. Por ejemplo, el puesto que tenía Martín estaba bien considerado. En aquellos años, decir que era programador tenía su prestigio. A eso se sumaba la autonomía, los buenos ingresos, el reconocimiento profesional. Mencionar que se sentía desconectado podía sonar impropio, como si no valorara lo que tenía. White people problems. En un país tan acostumbrado a la miseria, quejarse de ese trabajo hubiese sido una falta de respeto. Pero lo que empezaba a pesarle no tenía que ver con las tareas ni con el contenido del trabajo, mucho menos con el sueldo, sino con la ausencia, cierto tipo de silencio que antes no estaba.
Quizás se trate de un doble silencio: un silencio objetivo y también otro sobre la imagen de uno mismo. La filósofa estadounidense Judith Butler, en Vida precaria, plantea que el sujeto se constituye en su exposición a los otros. Esa exposición no se limita a lo dramático ni a lo íntimo, se juega también en lo cotidiano, en ser parte de una escena, en contar con una cierta posibilidad de respuesta. Cuando esa trama se interrumpe, no necesariamente aparece el sufrimiento, pero sí un registro borroso de la experiencia.
Cuando todo se vuelve resoluble en el interior de una casa —el trabajo, la comida, el ocio, incluso el contacto social mediado por pantallas—, también se pierde acceso a una categoría específica de espacios: los terceros lugares, esos que el sociólogo estadounidense Ray Oldenburg definió como “entornos sociales que no son ni el hogar ni el lugar de trabajo, pero que cumplen una función estructural en la vida comunitaria”. Son espacios de encuentro casual, abiertos, accesibles, donde uno puede estar sin una razón explícita. Bares, gimnasios, plazas, bibliotecas, clubes de barrio, cafeterías sin reserva: lugares que no exigen planificación ni rendimiento, donde es posible coincidir con otros sin necesidad de buscarlos ni justificar la propia presencia. A diferencia del hogar, que exige intimidad, y del trabajo, que impone productividad, los terceros lugares habilitan un tipo de convivencia más liviana, desprogramada, sostenida en la mera coincidencia. Su aporte es relacional y cívico: permiten la circulación entre lo público y lo privado, ofrecen escenas de exposición blanda y crean una textura social que da forma a lo cotidiano.
Lo que suele pasar en esos espacios —cruzarse con alguien, intercambiar una frase trivial, reconocer una cara sin recordar su nombre— no parece significativo en el momento. Pero en conjunto, esa repetición sin compromiso genera algo crucial: los vínculos débiles. El sociólogo Mark Granovetter los definió como lazos sociales de baja intensidad emocional, con baja frecuencia de contacto y escasaprofundidad. No son amigos íntimos ni familiares: son conocidos de vista, compañeros circunstanciales, personas que integran la periferia de nuestras redes.
Lo contraintuitivo y fundamental es que, justamente por esa lejanía, esos vínculos débiles son los que más frecuentemente abren el acceso a nuevos mundos. Granovetter lo demostró con datos y estadística: la información novedosa, las oportunidades laborales, los contactos inesperados suelen llegar a través de estas conexiones periféricas, no a través del círculo íntimo. Los vínculos fuertes tienden a ser redundantes: todos saben lo mismo. Los débiles, en cambio, te vinculan con redes distintas. Son ellos quienes te recomiendan para un puesto, te presentan a alguien, te hacen enterar de algo que no estaba en tu radar.
Martín no se dio cuenta de inmediato, pero sí progresivamente, a medida que nadie le hablaba de cosas nuevas, que no conocía a nadie reciente, que no se constituía como intermediario de ninguna historia ajena ni presenciaba una escena que no fuera suya. Todo lo que ocurría en su vida era previsible, autorreferencial, programable.

Lo que le pasó a Martín se repite en cientos de testimonios online de foros, comunidades o redes sociales. Variaciones de formas en las que los compartimientos se empiezan a desconfigurar.
La ducha: algunos cuentan que es la textura de la cortina lo que no toleran, otros dicen que les da más rechazo que alivio. “Pasé semanas sin ducharme. No me molestaba el olor, pero el agua en la piel me resultaba extraña”. La higiene no desaparece del todo, pero pierde su sentido inmediato. A veces vuelve sólo cuando alguien empuja.
La cama: no se usa sólo para dormir. Se vuelve lugar único, continuo, sin horarios. Una persona comenta que la almohada tiene su forma. No lo dice como queja, sólo como dato. La cama deja de marcar el descanso y pasa a ser el centro de operaciones.
La comida: una acción muda. Sin mesa, sin plato, sin pausa. Mucho delivery, mucho paquete de supermercado. Parados en la cocina, directamente de la sartén. Más práctico, llevan días sin lavar nada.
Hay cambios menos visibles. “Cuando paso mucho tiempo sin moverme, mi piel se pone opaca. Casi como si absorbiera el aire”, dice un usuario de Quora. Otro habla de inflamación, de rigidez. No lo asocian con enfermedad, pero lo nombran. Lo nombran porque lo sienten, algo cambió en el cuerpo.
Una usuaria de foro cuenta que por las noches se enrosca en la cama con una almohada pesada sobre el pecho. Necesita sentir algo encima. Una presión mínima que reemplace, aunque sea por un rato, la ausencia de otra presencia.
La mayoría aparece como comentarios al pasar, pero cuando se leen juntos, arman un patrón reconocible. Lesiones en las muñecas por el mouse, hernias cervicales por la postura, granitos en la espalda por no levantarse de la cama. Un lenguaje físico de la desconexión.

Un domingo a las once, sonó el timbre. Aparecieron sin avisar con un tupper de milanesas con puré y una torta galesa que habían hecho juntas. Martín bajó en pantuflas y apenas les abrió la puerta, el aire quieto del monoambiente se cargó con olor a comida casera y perfume de flores, como de rosas. Su abuela se dejó caer despacio en el único sillón que había y dijo con voz seca y grave: “Tenés cara de no dormir nada, Martín”. “Puede ser, estoy con mucho laburo, y tengo que adaptarme a los ritmos de la empresa todavía, es re exigente”, le contestó, obviando la parte en la que muchas noches duerme poco porque se queda hasta la madrugada conectado debatiendo en X y tratando de saber cada vez más sobre cada tema. Su mamá le preguntó: “¿No te haría bien ir a un psicólogo, Martín? Para que te ayude si lo del trabajo te estresa tanto”. “Tranqui, ma, estoy bien. Abuela, dentro de poco ya te voy a poder pagar la residencia para que tengas talleres de lo que vos quieras, para ver si te enganchás ahí a algún millionario, eh”. La abuela alejó el comentario con la mano. Su mamá se rió.
¿Tan cansado se veía? Esa misma noche Martín tipeó en el buscador “psiquiatra online insomnio capital federal”. La sugerencia había sido que fuera al psicólogo, pero buscó psiquiatra directamente. Si necesitaba tomar algo, mejor ahorrarse tiempo. La psiquiatra, una mujer de quien nunca retuvo el nombre y con quien se conectaba 15 minutos una vez por mes, le recetó Zolpidem 10 miligramos.
Qué alivio dormir. Qué alivio tomar el Zolpidem a las 10 de la noche y volver a la consciencia al otro día, fresco, sin resaca. Tenían razón al final su mamá y su abuela, le venía bien poder dormir para calmar la cabeza.

Había visto en foros que el Zolpidem —le dicen “Ambien”, porque así se llama en Estados Unidos— tenía algunos efectos secundarios bastante fuertes. Una vez googleó la medicación para entender por qué no se acordaba de partes de la noche anterior, cuando no se había dormido de inmediato, y encontró cientos de historias. “Ambien horror stories”, decía. Y bajo ese título, testimonios de personas que se metían en un placard y se despertaban ahí, que le hacían pis al hermano y no se acordaban, que manejaban hasta una heladería en otra localidad y sólo lo sabían por el envoltorio que encontraban a la mañana. La psiquiatra quizás se lo había advertido, pero se le olvidó.
A él lo que le pasaba era que hacía compras por Mercado Libre. Le llegaban paquetes que recibían en la garita de seguridad de su edificio y Martín no entendía qué eran hasta que los abría. Un dispositivo para hacer soda. Una Playstation 5. Una guitarra eléctrica que venía con partituras para aprender. Accesorios de camping para 4. Una raqueta Blade que usaban mucho en el circuito profesional de tenis. Miraba mucho tenis en la tele mientras programaba, lo ayudaba tener voces de fondo.
Pero ¿por qué había comprado una raqueta? No se acordaba, pero tenía sentido. Había leído mucho sobre el método Bryan Johnson, uno de sus ídolos de tecnología. Johnson estaba siendo el precursor en alargar la vida y eso era el futuro: evitar la mortalidad o, de última, ampliar mucho más la vida. La actividad física y la sociabilidad eran muy importantes para la longevidad, decía Johnson. Así que sí, después se acordó que había hecho planes muy diversos para abordar este punto del protocolo que —lo admitía— sentía que tenía medio descuidado. La raqueta era para jugar en un club con gente que conociera ahí. La mejor raqueta para que compensara el hecho de que él había jugado de chico nomás, que no estaba en condiciones de arreglarse con una mala. Una Blade entonces, para socializar y volver a hacer ejercicio. Porque la plata la tenía, y al igual que Johnson, él no quería morirse nunca.
Incentivado por los mismos foros, estableció una rutina estricta: desayunar con agua y sal, darse una ducha fría, hacer pesas rusas, comer sin gluten ni azúcar procesado, una dieta paleo flexible, monitorear las métricas de su reloj inteligente para encontrar oportunidades de mejora.
Siete meses después puso la raqueta a la venta. Se la ofreció a sus compañeros de secundario —eran casi todos varones—, y en el mensaje con la oferta les adjuntó la lista de jugadores que la usaban (¡Tsitsipas!). Él sólo la había usado cinco veces, porque al final lo del club no funcionó. Le daba demasiada fiaca, había tránsito, estaba más cómodo adentro. Si se quedaba con las pesas, lo del ejercicio ya estaba cubierto.

Investigadores, consultores, artistas, diseñadores, psicólogos a distancia… son muchos los trabajos que tienen lógicas como el de Martín, no sólo programadores. La economista estadounidense Juliet Schor señala que la gig economy —ese mercado laboral basado en trabajos temporales, flexibles y por proyecto— fragmenta las relaciones laborales tradicionales, rompiendo la idea de una comunidad de trabajo sostenida en el tiempo. La flexibilidad, vendida como privilegio, esconde una precariedad emocional. Según Schor, la soledad en estos entornos no es un efecto colateral: es el costo estructural de un modelo productivo basado en la descomposición de vínculos. La organización por tareas reemplaza toda narrativa compartida. El trabajo deja de ser una trama en la que anclar la experiencia. La autonomía que se celebra en los discursos institucionales encubre una soledad funcional, donde no hay excusas para encontrarse ni fricciones que obliguen a la presencia del otro. Incluso en el caso de aquellos con tareas presenciales —como delivery o atención al público—, la lógica algorítmica borra las instancias de intercambio: la aplicación indica, la persona ejecuta. No hay pausa, no hay camaradería. Hay tareas y producción. Entregas, sesiones, diseños, informes, viajes. Lo que no forma parte directa de ese circuito se percibe como residuo. Y el vínculo con otros queda fuera de lugar. Por fútil y ocioso.
Pero incluso en ese contexto, había una salida que Martín no suspendía: visitar a su abuela en la residencia geriátrica. Le había podido pagar una mejor, más cara. Al fin y al cabo, ella lo había ayudado durante sus años en la universidad. Se lo merecía. Y él sabía que para ella era importante que la visitara.
Cada vez que tenía que hacerlo, buscaba todas las excusas posibles para no ir, pero era inaceptable. Así que se bañaba, se vestía y se tomaba un Cabify con la esperanza de que el chofer nunca le hablara. “A la residencia geriátrica, ¿no?”, le preguntaba al chofer para chequear que se estaba subiendo al correcto. Y también para imponer que aquel viaje era algo serio, que no estaba de humor para hablar de política o de coyuntura, cosas de las que, de todos modos, seguro no se había enterado.

Horacio trabaja en la residencia geriátrica que Martín le paga a la abuela. Es médico clínico gerontólogo en residencias hace más de 38 años. Llegó a tener una propia, pero eran demasiados problemas, así que decidió quedarse como director médico de esta, que trabaja con PaMI pero también tiene pacientes privados.
Para Horacio, la soledad se arma con el tiempo. Tiene que ver con lo que se va perdiendo y con cómo esas pérdidas se acumulan. “El problema de vivir muchos años —dice— es que cada vez se te va llenando más de pérdidas”. La frase vuelve en distintas versiones, como si necesitara decirla de nuevo para que entre. Se pierde la pareja, se pierden los amigos, se pierde el trabajo, se pierde el cuerpo. Cada cosa por separado parece manejable. Juntas dejan un hueco que no se llena con nada puntual. Cuando habla de la vejez, hace una cuenta simple: “Vos podés vivir mucho, pero casi seguro unos años de asistencia vas a necesitar”. Es un tramo previsible de la vida. Y agrega algo que le importa más que la cifra: ese tramo suele llegar cuando la red ya está debilitada. La pareja puede no estar. Los amigos, menos. Si no hay familia cerca, o si la familia ya no puede sostenerlo todo, la vida queda apoyada en instituciones.
Por eso insiste tanto con el modo de tocar, de hablar, de acercarse. Cuando algún enfermero mueve a un paciente sin avisar, lo frena. Dice el nombre. Explica. Espera. “Aunque no te respondan, registran”, repite. “El cuerpo registra”. Lo dice porque lo vio demasiadas veces. Un brazo que deja de resistir. Una respiración que se acomoda. Un gesto mínimo que aparece tarde, cuando ya nadie está mirando.
El día en la residencia está resuelto antes de empezar. Desayuno, medicación, almuerzo, siesta. Ese orden sostiene. También aplana. Entre una cosa y otra hay horas largas sin pedidos ni tareas. En esa planicie que se estira en el tiempo los pacientes quedan sentados, mirando el pasillo, mirando pasar a otros que parecen tener algo que hacer.
El carrito de la comida es un evento. Después vuelve el tiempo sin marcas.
Ahí aparece lo que Horacio llama aburrimiento. Bajo estímulo. Pocas cosas que entran desde afuera. Pocas cosas que exigen respuesta. Nadie pide porque ya casi nada depende de ellos. El día avanza sin fricción. El cuerpo queda disponible.
La pandemia volvió eso extremo. Horacio cuenta el caso de un hombre que siempre discutía por la tele, por la silla, por cualquier cosa. Durante el encierro dejó de hacerlo. “Ahí me preocupé”, dice Horacio. Y acá también: la pelea, por lo menos, es una forma de interacción. Mientras alguien se pelea, está en escena. Cuando ya nada molesta y nada convoca respuesta, aparece otra forma de soledad.
Tan pronto el covid aflojó y las visitas volvieron—aunque fueran cortas y con protocolos—, el efecto se dejó sentir. Personas que se enderezaban en la silla. Otras que se acercaban a una habitación que no era la suya. Conversaciones que se escuchaban de costado.
“Muchas veces las visitas se comparten. Uno viene a visitar a su abuelo y termina hablando con varios que se le acercan y de ese modo todos logran sentirse visitados”, dice. La presencia circula. Después se va. El lugar vuelve a cerrarse. Entonces Horacio trae una idea que le sirve para leer todo esto. La aprendió leyendo a Pichon-Rivière y la comprobó mirando grupos durante años. Pichon pensaba que una persona se sostiene dentro de un grupo cuando ocupa un lugar ligado a una tarea. Algo que organiza la escena. Algo que hace falta. No como productividad ni como sentido elevado, sino como posición. Horacio lo dice a su manera: “Si no tenés una función, te caés más rápido”. Por eso insiste con asignar tareas chicas a los internos. Abrir la puerta cuando llega alguien. Avisar que hay visita. Acompañar hasta el comedor. Repartir algo. No son responsabilidades grandes. Son posiciones. Alguien espera que hagas algo. El día se arma distinto cuando hay una función, aunque dure diez minutos. Y cuenta el caso de una mujer que durante un tiempo fue la que avisaba cuando llegaban los familiares. Se paraba cerca de la entrada y levantaba la voz. “Vino la hija de Marta”, decía. No hacía mucho más. Pero la esperaban. Cuando dejó de hacerlo, nadie ocupó ese lugar. El pasillo quedó en silencio.

La visita se desarrolló como siempre. Martín charló con su abuela, repitió los mismos chistes sobre el país con otros internos, chequeó novedades con Horacio. Se despidió agitando la mano y salió, envuelto todavía en olor a colonia.
Mientras volvía en el Uber, se preguntó si no podría desarrollar algo para acompañar a los viejitos en la residencia, para aliviarles el aburrimiento.
Quizás diseñar un acompañante virtual, quizás con robótica, quizás sólo conversacional. Necesitaría un servidor en la nube, una aPI para conectarlo con una interfaz, quizás una Arduino. Y para los que tienen problemas de audición, una tablet grande que girase por sensores. Lo podría comprar todo en Mercado Libre y no le saldría tan caro. Podría construirles algo que los estimulara. Algo que hiciera de sus vidas en el geriátrico un lugar mejor. Algo que quizás pudiera evitarle a él tener que ir todas las semanas, sobre todo en las que tiene que trabajar hasta tarde o hay un partido de Independiente.





