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Capítulo 9

Los residentes

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«...Hola Vicky, perdón que no te pude responder antes, estaba en un campo. Te mando las respuestas en audios que para mí es más cómodo, de última aceleralos.

Sobre lo que me preguntaste, sí, es impresionante, se ve mucha, mucha soledad en mi trabajo. Tanto en mi consultorio como, especialmente, en el hospital psiquiátrico. Es de lo que más sufre la gente, la verdad, de la soledad.

Te cuento algunos casos. Como yo lo pienso desde mi lugar de psicóloga muy recién recibida, la internación por salud mental es una pausa, ¿viste? Un “parate” en la vida de las personas que terminan internados. Eso no es gratis para nadie. Más allá de que una internación sirve para acomodar medicación y estabilizar cuadros graves, también sirve para reordenar algunas cosas de la vida. Y en los mejores casos lo que se ordena es el lazo social, que el paciente pueda restablecer algún vínculo, que aparezca algo de sostén donde antes había un vacío total. Hay mucho escrito sobre esto, pero, muy resumido, lo que se ve es que la gente no sufre tanto la soledad de “estoy solo en mi casa”, sino una soledad más de base, psíquica, como si no hubiera nadie ni afuera ni adentro.

Me acuerdo de un paciente que tiene 43 años. Estuvo toda su vida solo, consumiendo cocaína. Se descompensa, empieza a escuchar voces de más y termina en el Borda. Además de la medicación, que obviamente le vino muy bien, la internación le sirvió para volver a hablar con su familia. Ahora está en el campo con su mamá y me manda fotos festejando cumpleaños. Desde mi lado, poder aportar a eso es muy lindo, muy gratificante.

Otro caso, un paciente con discapacidad visual, ya quedándose ciego, internado por intento de suicidio. En la internación encontró amigos. Dejó de estar solo. Se armó un grupo en la sala, iban de acá para allá, y como él es ciego, lo acompañaban a todos lados. Cuando clínicamente ya no había riesgo cierto e inminente y había que darle el alta, dijo: “Yo no me quiero ir”. Decía que ahí había encontrado casa. Eso fue durísimo, porque ahí te das cuenta de que muchas veces lo único que se consiguió fue correr la soledad de lugar.

Con la Ley de Salud Mental a mí me pasa algo ambivalente. Por un lado, abrió debates re importantes y ordena muchas cosas. Por otro, en el día a día se vuelve muy difícil de aplicar tal cual está escrita. Por ejemplo, lo del “riesgo cierto e inminente”, en la ley suena claro, pero en la práctica el “riesgo” no significa lo mismo en todos lados. Lo que para un hospital general es urgencia absoluta, para el Borda es casi la rutina.

Y después está esa idea de que no se puede prolongar una internación por motivos sociales, que en abstracto tiene sentido, pero la realidad es que muchas veces no hay red, no hay hogares, no hay casa a dónde volver. La alternativa real es la calle. Entonces terminamos poniendo parches, se alargan internaciones porque el paciente no tiene a dónde ir, aunque en teoría el riesgo haya cedido. Y al revés, hospitales generales mandan al Borda pacientes “urgentes” con un papelito, en taxi o con un familiar, cuando en teoría también deberían poder internarlos ellos.

Perdón, me fui de mambo acá porque es un tema que me re interesa la ley, obvio, pero la sensación que tengo es esa, la letra va por un lado y la soledad material de la gente va por otro.

Te contaba antes los casos “lindos”, dentro de todo. Pero también están los otros. Pienso en un pibe de 23 años, familia muy humilde, muchos hermanos. Entra por un cuadro de catatonía, sin drogas de por medio, una psicosis. La mamá un día viene y dice que no va a venir más, que no se puede hacer cargo. Él está rígido en la cama. Tiene una catarata de antipsicóticos encima, pero cuando paso a verlo me pide un tema de cumbia, y ahí se le afloja el cuerpo. Le pide a los compañeros que le compren café, le compramos café todos los días.

En el servicio no hay trabajo social, así que no hay forma de gestionar un hogar; y un hogar público difícilmente acepta a alguien que no come, no toma agua y puede descompensarse orgánicamente en cualquier momento. Es un chico muy joven que está muy solo. No lo visita nadie. Lo que tiene somos nosotros, que lo conocemos hace un año, y sus compañeros de sala, que van y vienen. Él no logra armar una amistad. No es que dice “nadie me quiere, estoy solo”, su forma de responder a eso fue quedarse duro, dejar de caminar, dejar de tomar. Es terrible, pero también es su manera de resolver algo que no sabe tramitar de otro modo.

En la psicosis se ve clarísimo cómo la soledad y los síntomas se mezclan. Sobre todo cuando hay voces y delirios. El delirio en general no desaparece con medicación; lo que se apaga son las voces. Y algo que pasa más seguido de lo que una pensaría es que esas voces funcionan como compañía. Cuando le bajás las voces al paciente, muchas veces la soledad se intensifica. Lo que aparece son los síntomas negativos, abulia, depresión, quedarse tirado en la cama todo el día.

En un primer brote, sobre todo en gente joven, lo típico que cuentan las familias es “se encerró en el cuarto y no sale”. No es sólo tristeza ni “no me divierte nada”, es un retraimiento total de la vida hacia adentro, una especie de repliegue autista sobre el mundo interno. El problema es que para esos síntomas negativos no hay medicación milagrosa. La depresión en la esquizofrenia es la cara más cruda de la enfermedad. Las voces las podés bajar, incluso con antipsicóticos fuertes en casos resistentes. Pero cuando se van, a veces te quedás con alguien que ya no tiene ni siquiera eso como compañía. Ahí empezás a inventar, música si le gusta la música, algo de deporte si se engancha, lo que sea que permita mover un poquito esa energía que quedó completamente estancada. En el fondo lo que estás intentando es que no quede solo frente a un vacío absoluto.

Por eso circula mucho esa idea de “mejor estar perseguido que estar solo”. No porque esté bueno delirar que te persiguen, obviamente, pero para algunos pacientes la persecución delirante da una especie de Otro, alguien que lo mira, lo piensa, lo quiere, aunque sea para hacerle daño. Es horrible y los hace sufrir, pero no es lo mismo que el vacío total de pensar que no hay nadie.

Y debajo de todo eso está lo que llamamos soledad estructural, que es medio feo el término, pero se puede explicar simple me parece. De chicos, lo que nos salva de sentir que desaparecemos cada vez que nuestra mamá o quien nos cuida sale de la habitación es ir armando adentro una especie de “foto” de esa persona, una presencia interna que sigue estando aunque no la veamos. Eso se llama constancia de objeto, pero en concreto es saber, desde muy chiquito, que no la veo, pero existe; no me dejó de querer porque fue a trabajar. En la adultez eso se traduce en poder sentir que hay alguien para vos, aunque no esté físicamente en ese instante. Hay personas que nunca pudieron construir bien eso. No tienen esa sensación interna de hay alguien que está, aunque ahora no lo vea. Entonces la soledad no es sólo estar sin compañía en el presente, sino no tener a nadie dentro tuyo que funcione comosostén. Eso es lo que yo llamo soledad psíquica. No es sólo una casa vacía, es un adentro vacío, sin fotos.

Después está nuestra propia forma de no estar solos adentro del hospital. A mí me pasa que hay cosas que sólo las puedo hablar con mis compañeras de residencia. Si les cuento algo que me pasó con un paciente y me quiero descargar por eso, sé que sólo ellas lo van a entender. Hay algo muy intransmisible en trabajar en internación, las escenas, las decisiones, los errores, los pequeños logros. Con otra gente lo contás y parece una anécdota rara; con ellas es algo que se vive en común.

Lo mismo, a otra escala, pasa con los pacientes entre ellos. Ahora estamos haciendo muchos grupos terapéuticos en el hospital y eso está buenísimo. Ver a alguien decir en voz alta “escuché una voz que me dijo que me corte la pierna, y fui y lo hice”, y que otro le contesta “a mí me pasa algo parecido” es tremendo pero también es un alivio. La locura segrega muchísimo, te deja con la sensación de que lo que te pasa te pasa sólo a vos. Compartirlo en un grupo rompe un poco esa burbuja. Ahí, en esa escena mínima de un martes a la tarde, aparecen momentos donde no están tan solos.

Es en los grupos donde más se ve. Cuando uno suelta algo que da vergüenza, y otro dice “a mí me pasa algo parecido”, ahí se arma algo casi sin querer. No hay que fingir nada. Es pura honestidad, y duele, pero duele de otra manera. Y lo que nace ahí es compasión. Un te creo, un te veo. Es de lo más fuerte que pasa acá adentro y me encantaría que pase más fuera del hospital pero exige mucha honestidad y mucha valentía enfrentarse a ese dolor para que no sea sólo performático, sino realmente un candor desde el que se generan conexiones, a veces muy sarpadas y duraderas.

Con lo que me preguntabas sobre los niveles de depresión y agotamiento que tantos parecen tener, yo creo que los síntomas depresivos, la ansiedad son parte de la vida de todos, es parte de la condición humana. Tienen funciones adaptativas, digamos. El estrés te pone alerta para actuar, la adrenalina, y la depresión también… el cuerpo te avisa cuando tenés que parar un toque. Pero en general en vez de escuchar esa alarma, la tratamos como crujidos que hay que tapar, como una falla que nos dice que nosotros en particular no estamos a la altura de lo que se exige, que tenemos algo mal, que yo no estoy pudiendo leer el libro de Lacan que tengo en la mesa de luz hace 3 meses porque soy vaga y no estoy haciendo bien las cosas. Y lo que queda tapado es que la señal no es un fallo nuestro, sino de las condiciones sociales, económicas, políticas y hasta sentimentales de este momento, en las que estamos tratando de vivir, con contextos difíciles, con comunidades que se fueron disolviendo, todo siempre mucha presión y urgencia.

Yo creo que pensar así te cambia la paciencia. Ya no es tanto aguantar al otro, sino entender que está dando una batalla que vos no ves. Que su lucha es lógica. Por eso que hablábamos hace unos días de poder salir de uno mismo, de desyoizarse, es clave me parece. Porque una vez que entendés que el problema no es sólo de él, ni solo tuyo, sino de algo más grande, la pregunta deja de ser¿por qué no podés? Empezás a entenderlo de otra manera, o sea, es lógico que a alguien le cueste funcionar dadas ciertas circunstancias. Y desde ahí, por fuera del hospital te digo el gesto que estaría bueno es pensar, bueno, que todos somos parte del entorno de otra persona y preguntarnos qué podemos hacer para que la batalla de los que me rodean sea un poco más fácil o menos solitaria, creo que eso era lo que hablábamos, de ser honestos con nuestro dolor y también con el de los demás y cómo podemos contribuir. Y yo lo veo funcionar, es re conmovedor, incluso con cosas chiquitas.

Lo veo en gestos concretos acá en el hospital, el que le alcanza un vaso de agua a un compañero que le cuesta más levantarse, el que le hace lugar en la mesa al nuevo, el que se da cuenta de que un compañero está más hundido y le ofrece un caramelo, elque pone la canción que le gusta a su amigo antes que la suya. Son formas de decir “acá estoy yo y ahí estás vos”, sin pedirle nada. Porque es admitir que la soledad del otro también es asunto nuestro, que nuestro bienestar está enredado con el de los demás, y viceversa. Y eso dispara desde microgestos como los que te decía hasta lo más general de intentar mejorar las condiciones medio sociales, no sólo el malestar específico de las personas individualmente.

Bah, qué sé yo, por lo menos esa es mi posición como profesional pero también como persona.

Perdón si me cebé.

Veámonos.

Ojalá algo sirva…»

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Biografía de la autora:

Victoria O’Donnell es socióloga (UBA) y magíster en Métodos Cuantitativos en Ciencias Sociales (QMSS) por Columbia University (Nueva York, Estados Unidos), con financiamiento Bec.ar–Fulbright. Consultora, docente e investigadora especializada en tecnología y salud mental. Dictó clases en la UBA, la UNSAM, FLACSO y CEPAL. Se desempeñó en análisis y estrategia en la función pública, en el sector privado local, organismos internacionales, empresas globales de tecnología y clínicas de salud, con foco en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos.

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Victoria O’Donnell es socióloga (UBA) y magíster en Métodos Cuantitativos en Ciencias Sociales (QMSS) por Columbia University (Nueva York, Estados Unidos), con financiamiento Bec.ar–Fulbright. Consultora, docente e investigadora especializada en tecnología y salud mental. Dictó clases en la UBA, la UNSAM, FLACSO y CEPAL. Se desempeñó en análisis y estrategia en la función pública, en el sector privado local, organismos internacionales, empresas globales de tecnología y clínicas de salud, con foco en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos.

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