/ Mosaicos
Capítulo 10

Apéndice: La soledad como epidemia

Imagen de portada

La soledad es una de las experiencias humanas más paradójicas. Por un lado, puede ser un espacio de profunda riqueza interior, un refugio necesario para conectar con nuestros deseos y reflexiones auténticas, esas que el ruido constante del mundo suele silenciar. Para muchos, alcanzar cierta soledad es, de hecho, un triunfo: mujeres que conquistan una intimidad propia más allá del rol histórico de cuidadoras, jóvenes que encuentran un rincón personal en medio del hacinamiento, víctimas de violencia que logran escapar de entornos opresivos.

Pero también puede generar un gran malestar psíquico y físico cuando se asocia a una sensación de desconexión, a una brecha entre los vínculos que anhelamos y los que tenemos, y a una pregunta sobre qué tanto de la soledad tiene que ver con no poseer atributos suficientemente atractivos (belleza, carisma, inteligencia, etc.) para convocar el interés de los demás.

En inglés, la distinción es clara: solitude es el estado físico, neutro y a veces deseado de estar solo, mientras que loneliness es la experiencia subjetiva de sentirse solo. En español, ambas realidades se amontonan bajo la misma palabra: soledad.

Para entender su complejidad, conviene ser rigurosos con las definiciones. Estar solo es la condición objetiva de carecer de compañía física, un estado que puede ser neutro o incluso positivo. Sentirse solo es la experiencia subjetiva de desconexión, esa sensación de vacío relacional que puede ocurrir incluso cuando se está acompañado.

El aislamiento social se refiere a la escasez objetiva de conexiones, una condición estructural, como vivir solo o tener una red social muy reducida. Luego está el hambre de contacto, esa necesidad insatisfecha de interacción táctil afectiva, la falta de abrazos o de un apretón de manos.

Y finalmente existe la desolación, un concepto de la activista mexicana Marcela Lagarde para describir un estado de abandono político y social. La desolación ocurre cuando alguien queda sin redes de cuidado no por elección personal, sino por el desmantelamiento de los sistemas de apoyo colectivo, y no hay un horizonte de reintegración. Es la soledad impuesta por la estructura.

Sobre estas facetas negativas, sobre la soledad como dolor y no como elección, se ha encendido una alerta global.

La epidemia silenciosa y sus cifras

En 2023, la Organización Mundial de la Salud declaró la soledad no deseada como una amenaza crítica para la salud pública. El problema es global, masivo y va en aumento.

Se estima que uno de cada cuatro adultos mayores experimenta aislamiento social. En 2021, el 79 % de los jóvenes de entre 18 y 24 años en Estados Unidos reportaron sentirse solos. Una medición global de la oMS calculaba que para 2025 una de cada seis personas experimentaría soledad no deseada significativa.

En Latinoamérica, según un estudio de Gallup de 2022, Bolivia encabeza la lista con un 31 %, seguido de Chile con un 30 % y Argentina con un 28 %. El Banco Interamericano de Desarrollo señala que el 58 % de los jóvenes de la región se siente desconectado de su comunidad.

La tendencia es inequívoca. Desde 197G, la tasa de soledad entre los jóvenes adultos no ha dejado de crecer, y se disparó durante la pandemia. Estudios longitudinales en Estados Unidos confirman un colapso de la vida comunitaria: quienes socializan con vecinos más de una vez al mes cayeron del G1 % al 39 % en cuatro décadas. La Encuesta Social General, que se realiza desde 1972 (en general cada dos años), muestra una caída sostenida en el tamaño de las redes de confidentes: cada vez más personas reportan no tener a nadie con quien discutir asuntos importantes. El porcentaje de hombres que dice no tener amigos cercanos se quintuplicó desde 1990. La Encuesta Americana de Uso del Tiempo, que registra en minutos cómo las personas pasan su día, confirma que el tiempo de interacción presencial, especialmente con conocidos y vecinos, viene descendiendo desde antes de la pandemia.

La pandemia no creó el problema, pero lo llevó a niveles nunca antes vistos.

Por qué es una emergencia de salud

Un estudio epidemiológico clave, que siguió a 300.000 participantes durante un promedio de 7,5 años, encontró que la soledad crónica puede ser tan dañina como fumar quince cigarrillos al día. Aumenta el riesgo de muerte prematura en un 2G %, superando al alcoholismo, el sedentarismo y la obesidad. Se asocia con un aumento del 29 % en el riesgo de enfermedades del corazón y un 32 % en el de accidentes cerebrovasculares. Los mecanismos que explican esto son varios y operan en cascada:

Primero, está el mecanismo biológico: la soledad activa una liberación constante de cortisol, la hormona del estrés, lo que provoca inflamación sistémica, presión arterial elevada y un sistema inmunológico debilitado. El cuerpo vive en un estado de alerta permanente.

Luego está el hambre de contacto. La privación de contacto físico, de abrazos o caricias también dispara los niveles de cortisol. Además disminuye la producción de oxitocina, la hormona del vínculo y la calma. Durante la pandemia, lo sufrimos globalmente, pero en tiempos normales, más del 20% de las personas en la Unión Europea viven solas. La crisis del contacto es una dimensión física de la epidemia.

También opera un mecanismo conductual. Las personas solas pueden descuidar su bienestar físico porque la falta de una red de apoyo facilita optar por alimentos poco saludables, evitar el ejercicio o postergar visitas al médico. Es la espiral donde la soledad deteriora la salud y el deterioro profundiza el aislamiento.

A esto se suma el mecanismo psicológico. Sin apoyo emocional cercano, la ansiedad y la depresión encuentran un terreno fértil. Empeora el sueño, y el cerebro, al estar en estado de alerta, encuentra dificultades para llevar adelante un descanso reparador, realimentando el ciclo.

Por último, está el mecanismo de las oportunidades perdidas. Las conexiones sociales no son sólo un antídoto contra el dolor, sino también motores de oportunidad. El sociólogo Mark Granovetter demostró que los lazos débiles —esos conocidos, vecinos o colegas— son quienes más probabilidades tienen de abrirnos puertas laborales o sociales. Incluso las interacciones casuales con el kiosquero o el vecino combaten la invisibilidad y fomentan la pertenencia. Al aislarnos, perdemos no sólo consuelo, sino también oportunidades y futuros posibles.

El desafío de medir lo invisible

Cuantificar la soledad suele ser una tarea compleja porque se trata de una experiencia subjetiva, pero existen herramientas que actúan como termómetros del tejido social.

La Escala de Soledad de uCLa, un estándar internacional, no usa la palabra soledad para evitar sesgos. Pregunta con qué frecuencia uno siente que le falta compañía, que no hay personas a las que pueda recurrir o que sus intereses no son compartidos por quienes lo rodean. La Escala De Jong Gierveld, por su parte, distingue entre soledad emocional, la falta de un vínculo íntimo, y soledad social, la ausencia de una red más amplia.

Otras mediciones son más estructurales. La Encuesta Social General, en Estados Unidos, lleva décadas preguntando por el tamaño de la red de confidentes y la frecuencia con que la gente se reúne con vecinos. La Encuesta Americana de Uso del Tiempo permite calcular la exposición real a la interacción presencial al registrar con quién y en qué actividades pasan su día las personas. A escala global, encuestas de Gallup y Meta preguntan simplemente cuánta soledad sintió la persona el día anterior.

Esta pluralidad de estrategias para medir la soledad es síntoma de su complejidad y también de la necesidad de ponerla en agenda. No hay un solo porcentaje que pueda representar la porción de población que la experimenta: hay un abanico que depende de qué capa del problema se mida y cómo se pregunte.

Implicación política: soluciones múltiples

Más allá de la pluralidad de cifras, en lo que hay consenso es que se trata de un fenómeno a abordar. La soledad no deseada —especialmente como desolación— es un malestar individual y social con consecuencias médicas cuantificables. Su prevalencia es alta y creciente, su daño biológico está probado, y sus causas son estructurales y sistémicas.

Por eso, la solución no puede ser del orden del retail (apps de citas, coaching), sino que debe ser multiabordada, es decir, estructural: reconstruir la infraestructura del cuidado y de la conexión inadvertida con la misma seriedad con que se planea un sistema de saneamiento.

Las líneas de intervención posibles son:

  • Política de vivienda: premiar diseños comunitarios y espacios compartidos, no sólo la eficiencia del metro cuadrado individual.
  • Diseño urbano: priorizar plazas, bancos, bibliotecas y terceros lugares accesibles, seguros y propicios para el encuentro casual.
  • Política laboral: reconocer el tiempo para el cuidado y la comunidad; desafiar el presentismo y teletrabajo atomizado.
  • Salud pública: integrar la evaluación de conexión social en chequeos rutinarios, con la misma frecuencia y naturalidad con la que se evalúa la presión arterial.

La epidemia de la soledad indeseada, la de sentirse solo, la que sienten las personas que protagonizan los capítulos de este libro, es el síntoma más claro de que hay un umbral de tolerancia —o de daño— que ya hemos atravesado.

Mosaicos$31.500

Crónicas, ensayos, perfiles y análisis para explorar la epidemia de soledad del siglo XXI. Más que un libro, la radiografía de una sociedad que ha logrado optimizarlo todo, excepto los vínculos.

152 páginas. Papel bookcel 80 gramos. Impreso a dos tintas. 14,5 x 20 cm.

Biografía de la autora:

Victoria O’Donnell es socióloga (UBA) y magíster en Métodos Cuantitativos en Ciencias Sociales (QMSS) por Columbia University (Nueva York, Estados Unidos), con financiamiento Bec.ar–Fulbright. Consultora, docente e investigadora especializada en tecnología y salud mental. Dictó clases en la UBA, la UNSAM, FLACSO y CEPAL. Se desempeñó en análisis y estrategia en la función pública, en el sector privado local, organismos internacionales, empresas globales de tecnología y clínicas de salud, con foco en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos.

Instagram de la autora
X de la autora

Ebook Mosaicos$12.000

Crónicas, ensayos, perfiles y análisis para explorar la epidemia de soledad del siglo XXI. Más que un libro, la radiografía de una sociedad que ha logrado optimizarlo todo, excepto los vínculos.

Formatos .epub y .mobi.

Biografía de la autora:

Victoria O’Donnell es socióloga (UBA) y magíster en Métodos Cuantitativos en Ciencias Sociales (QMSS) por Columbia University (Nueva York, Estados Unidos), con financiamiento Bec.ar–Fulbright. Consultora, docente e investigadora especializada en tecnología y salud mental. Dictó clases en la UBA, la UNSAM, FLACSO y CEPAL. Se desempeñó en análisis y estrategia en la función pública, en el sector privado local, organismos internacionales, empresas globales de tecnología y clínicas de salud, con foco en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos.

Instagram de la autora

X de la autora

Envío gratis
Mosaicos + Las olas$64.400

Salud mental y relaciones interpersonales en dos libros para entendernos y sentirnos mejor.

Envío gratis
Mosaicos + Lo que el cuerpo sabe$66.000

Un libro para pensar nuestras relaciones interpersonales, y otro para aprender a cuidar nuestro cuerpo. Un combo para sentirnos mejor de verdad.

Tienda Banner

Conocé nuestros libros

Ir a tienda

¿Qué te pareció?