Entro al café. La reunión de la asociación de salud mental en la que trabajo ya está empezada. La pantalla me muestra caras y voces a destiempo mientras busco con la vista un enchufe, una mesa estable, un ángulo donde la luz no muestre que seguro se me corrió el labial en el apuro. Sonrío a los cuadraditos de las caras mientras acomodo todo fuera de foco. Apago un segundo la cámara para pedir un café con leche, un mitad y mitad, un latte, todas las formas posibles en las que me podrían forzar a decir lo mismo, así no me repreguntan en el léxico particular de ese lugar. El tema del ateneo al que me conecté también está formulado como pregunta: ¿es ético un algoritmo hecho con la voz de familiares que fallecieron? ¿Eso ayuda u obstaculiza el duelo? Me encanta el tema, me interesa. Pero me distraigo, con otras pestañas, con el celular. El mozo me deja la taza y el ruido de las cucharas en otras mesas me crispa, como si el lugar quisiera recordarme que también estoy ahí, un poco en la videollamada, un poco en cada pestaña que abrí, un poco en el bar, y entera en ningún lado.
En todas las mesas, salvo en una con un grupo de mujeres grandes que gritan y se divierten, hay gente que está sola usando el celular, sin ninguna expresión en particular pero scrolleando en infinito, tipeando, escuchando audios. ¿Será sta la saturación semántica de la que habla Bifo Berardi? Es decir: la puesta en carne y hueso de su idea del cansancio semántico, donde los cuerpos están quietos pero las mentes corren en el vacío de un flujo infinito de información. Berardi habla de la fatiga plana del espíritu abrumado por signos que exigen interpretación y respuesta inmediata, sin dar tiempo para digerirlos ni para crear sentido profundo. Acá, en el café, cada uno es un nodo aislado, conectado a la red pero desconectado del entorno, representando ese agotamiento: la pantalla como fábrica, el usuario como precariado cognitivo exhausto, la falta de expresión como colapso de la significación.
Abren la puerta de golpe. Una ráfaga de aire frío me llega a los tobillos. Un repartidor con chaleco reflectante va directo a la barra. Llano, pregunta en cuánto. Le dicen que ya sale. Pide un vaso de agua. Lo toma de pie, en tres sorbos, sin sacarse los auriculares. Su espalda está rígida, toda su postura es una flecha apuntando a la salida. Una notificación en el volumen más alto suena en su bolsillo; desde algunas mesas lo miran mal. Desde la cocina le dan la bolsa, él termina el agua, devuelve el vaso y deja que la puerta se cierre sola.
Parecía cansado. ¿Cansado de fatiga semántica? Cansado como el que sufre una gravedad densa que tira hacia adelante porque atrás no hay red que sostenga. Pienso en Bifo Berardi y en Mark Fisher porque suelen pensarse juntos y sus diagnósticos del realismo capitalista convergen mucho: la sensación paralizante de que no hay alternativa a este sistema. La alternativa ni siquiera es una idea; es un lujo inconcebible. El próximo viaje existe, el anterior ya no importa. El presente es un vaso de agua, un mensaje, una notificación, un semáforo, la pantalla que pregunta si seguimos ahí viendo la serie. Si estamos todos tan cansados, si vimos retroceder todo lo que habíamos conquistado, si lo que viene es tan incierto, ¿qué capacidad de horizonte podemos imaginar? ¿Con qué cuerpos y con qué cabezas y en qué tiempos, si sólo se puede robarle tiempo al trabajo o al descanso, pero siempre a costa de nosotros mismos? Me quedé trabada un segundo viendo la puerta que se cerró detrás del repartidor y no puedo concentrarme del todo en la reunión. ¿Qué futuros había para ciertas clases sociales cuando no habíamos inventado el concepto de futurabilidad?
Berardi habla de deserción. De retirar la energía mental y afectiva del sistema. ¿Todos están en condiciones de desertar en nuestra región? Quizás algunos, socializados para no cargar con el cuidado cotidiano de otros, tendrán más capacidad para “desertar” hacia un hobby, un deporte, un grupo, pausas, mientras que para muchas mujeres esa misma invitación suena a más trabajo, a más organización, a más sostén para otros. ¿No es la deserción, a menudo, un lujo cognitivo de clase?
De la reunión en mi pantalla, mi propia voz me llega distorsionada. Estoy diciendo “hay que construir comunidad”. Lo digo con convicción, como lo dije muchas veces. ¿Qué quiero decir exactamente con “comunidad”? ¿Hacia dónde? ¿Alrededor de qué? ¿Quiénes? Miro a mi propio alrededor, buscando una respuesta en el aire del café.
En la mesa de al lado, una mujer contempla la nada. Todo este rato había estado mandando audios, organizando su trabajo, su casa y el cuidado de sus padres. Ahora su espalda —antes tensa— se hunde un centímetro exacto. No llora. Sólo aprieta los labios y respira hondo. Un suspiro que parece salir del fondo de un pozo. ¿Cómo hablar del daño, de la soledad que ella debe sentir sin que suene a un llamado regresivo? Sin que sea una carga más —“¿Encima esto me está haciendo mal a la salud?”—. ¿Sin sugerir que lo que necesita es a alguien que venga a aliviarla, negando todas las batallas que se dieron —especialmente las mujeres— por la autonomía, por el derecho a estar a solas? ¿Cómo hablar de soledad sin traicionar esa libertad, pero sin negar tampoco el hecho crudo de que esa libertad, a veces, se paga con una fatiga para la que no hay red? ¿Y si el gran error de las consignas —“hacer comunidad”, “recuperar el cuerpo”, “buscate un hobby”— fuera que presuponen energía disponible? ¿Qué pasa cuando esas recetas caen sobre gente que está en modo ahorro de energía, que apenas sostiene lo mínimo? ¿No se vuelven exigencias morales disfrazadas de cuidado? ¿No empujan a la vergüenza a quien no puede?

Tengo una amiga que se llama Muriel, es lúcida, luminosa y politóloga de la uba. Muriel se siente culpable cada vez que no va a una marcha. No fue a la marcha antifascista, no fue a la marcha por los jubilados, no fue a la marcha por la educación pública. No pudo ir. A veces porque no estaba de acuerdo con que fuera la forma ni el momento de alguna marcha en particular, pero a veces simplemente porque “amiga, no puedo levantarme de la cama”. Y cada vez, se siente culpable. Hasta el último momento, intenta ir. Pero la idea de levantarse de la cama, bañarse, vestirse, encontrarse con gente que probablemente la vea más gorda que la última vez por la medicación, tener que explicar que es la medicación… Muriel parece muy sociable en los eventos, sabe perfectamente qué decirle a cada quien, pero siente que en el fondo no lo es. Muchas noches de salida llora por el cansancio de ver a tanta gente, llora porque piensa que seguro dijo algo inapropiado. Llora porque se siente así aunque haya gestionado toda la trama vincular la noche entera. Qué cosa.
Cuando le cuento a Muriel que estoy escribiendo sobre la soledad me pregunta cuál, la soledad de novio, la soledad de amigos, la de conexiones familiares, la de barrio, la de comunidad, la de la Nación, con el Estado, con el mundo entero, la de la incomprensión, la logística, la invisible, la de las pérdidas, la de no encajar en ningún lado, la del dolor que no se puede compartir, la suya, la mía, la de uno consigo mismo. ¿Puede uno sentirse solo con respecto a sí mismo o lo dijo en chiste? Se lo robo igual para quedarme pensando, aunque sea un chiste.
Muriel es muy canchera, se viste con ropa oversize genderless delugares que intentan tener un abordaje más ético sobre la industria de la moda. Cada tanto postea sobre eso. Lo que no postea pero sí me dice es que a veces lo que le gusta de esa ropa, además de la ideología que tiene por detrás de romper los moldes de género, es que es tan cómoda que la ayuda a levantarse a la mañana cuando le cuesta mucho. Y que la estética clean que usa, despojada de todo maquillaje, es una forma de mostrar su verdadera cara pero también porque no tiene energías a veces de sentarse frente al espejo. Muriel odia su cuerpo, odia su cabeza, odia no ser distinta. Hizo muchas consultas con profesionales de salud mental, nada terminó de funcionarle. Con Muriel no sabemos si eso es depresión, si es deserción, si es sólo que le gusta estar sola y así acomodó su forma de vivir. A mí me encanta la forma de ser de Muriel, me gustaría que ella lo supiera, que no se culpara más por padecimientos individuales como si fuesen de ella cuando casi todo es lo que la cultura nos dejó.
A veces Muriel desaparece. No contesta el celular ni sube nada a las redes, a veces por semanas, a veces por meses. Y cuando sus amigas la volvemos a ver, a menudo descubrimos que Muriel vuelve de esos retiros —así los llamamos— espléndida, descansada, en eje. Estuvo para adentro, metida en su casa, con ella misma, y hay algo de todo eso que la ordena y le permite regresar a nosotras en su mejor versión. Y hay otras veces que no sabemos: la vemos volver más pálida, menos elocuente. Y ahí nos enteramos de que el de esa vez no fue un retiro, sino un infierno.
Ir a visitarla o no. Escribirle o no. Cuántas veces insistir, qué decir y qué evitar decir. Le faltamos nosotras o alguien por cuya ausencia no podríamos hacer nada. Muriel, como sea que te vayas, como sea que resurjas, estamos siempre preparadas, sin darnos nunca por vencidas y eso es quizás el máximo amor que yo podría querer para mí.

Con el celular en la mano pienso que ya pasó una semana sin que dijera más que monosílabos; se estaba mudando, quizás se está aclimatando al nuevo lugar y necesita espacio y mi forma de quererla es entenderlo. También tenemos un sistema de señales: si me necesita, me dice algo como “ocho minutos” y yo sé ahí que necesita ocho minutos de mi tiempo para ventilar algo. Pequeños acuerdos de cómo querer a alguien. Muriel piensa que su amor no sirve de nada porque falta a los cumpleaños, porque le cuesta salir de su casa. Pero a mí nunca nadie me hizo las preguntas ni los chistes que me hizo Muriel. En sus días luminosos es la persona más graciosa que conocí en mi vida y es imposible pasarla mal al lado suyo; nunca nadie tuvo mejor medido mi malestar y fue capaz de capturar, aun por mensaje, mis estados de ánimo. Ojalá lo supiese, que las formas de estar son miles y que la suya es suficiente.
No la invité entonces a Muriel. Pero ¿debería haberlo hecho? Porque la sociabilidad ya es un mandato de salud. Le mando un mensaje, un sticker de un corazoncito neón que nos gusta mucho a las dos. Capaz consigo que se acerque. Si estuviese ahora sentada en mi mesa y mirase hacia el fondo, vería a un chico que juega en su computadora con logo de alien, de auriculares enormes, y que cada tanto sonríe genuino hasta que se le ilumina la cara porque tuvo algún triunfo en ese mundo. Muriel seguro me preguntaría si nos escandaliza que alguien pueda enamorarse de un avatar. ¿Estamos advirtiendo y enseñando o estamos siendo tradicionales y no viendo un cambio de paradigma? ¿Creemos que el amor y la amistad se tienen que dar en los términos que nosotros conocemos —proximidad, compromiso material— y no como un fulgurante estallido de dopamina compartido a distancia?
Probablemente, Muriel también me preguntaría si no seríamos más felices siendo de derecha. Si quizás la sensibilidad no es lo que nos atrofia, si mirar el abismo a la cara de todo lo que está pasando no es lo que nos está generando ese cansancio vital. Y que siendo así es imposible organizarnos. Me lo pregunta un poco en broma y un poco en serio. Le digo que no, que quizás si el dolor fue lo que nos alejó, también puede ser lo que nos acerque. Pero ya estoy cansada y no sé si lo que le dije tuvo sentido.
En la reunión, alguien dice “hay que recuperar el cuerpo”. Y otra vez, la pregunta interna: ¿qué cuerpo? ¿El mío, que ahora siente el hormigueo de estar demasiado tiempo quieto? ¿El cuerpo del gym bro que construyen las nuevas derechas, ese proyecto de fortaleza autocontenida? Nosotros, a veces, sólo ofrecemos el cuerpo como un sitio de herida, de fatiga exhibida. ¿Dónde está el cuerpo que simplemente existe, sin ser un proyecto ni un síntoma? ¿Dónde está el cuerpo sano de los nuestros? Muriel me diría: “Viste, ser de derecha te hace ir al gimnasio”.

Un grupo de adolescentes ocupa la mesa de al lado. En segundos, cada uno está en su teléfono. Uno muestra una pantalla a los demás: una transmisión en vivo. Un tipo en algún lugar del mundo habla directo a la cámara, jugando y comentando. Los adolescentes asienten, sonríen, susurran comentarios con jerga propia. Hablan de “él” con una familiaridad íntima. ¿En qué punto esto deja de ser un entretenimiento y se convierte en comunidad? ¿O en un culto de baja intensidad? ¿Cuándo es un vínculo funcional y cuándo es la evasión definitiva, la deserción total hacia un mundo donde las reglas son claras y la pertenencia se compra con una suscripción mensual? ¿Y en cualquier caso, es mejor o peor que la atomización total?
En la mesa de enfrente, un señor mira una película o una serie con el celular apoyado contra el vaso. No puedo adivinar de qué va porque no muestra ninguna emoción. ¿Qué clase de ocio es ese que no entusiasma ni conmueve? ¿Por qué el ocio tiene que generar algo, si quizás el señor sólo quiere apagar la cabeza, escaparse de su casa, hacer tiempo, estar solo en un café pero evitar estar solo en ese café? ¿Pedir profundidad en los consumos culturales no es también una forma de pedirles productividad?
Muriel no vino y la reunión está terminándose. Cierro la computadora mientras se me desarma la sonrisa que hice al saludar y levanto la cabeza.
¿Esto es lo que queda? ¿Esta convivencia atomizada es el “tercer lugar” soñado donde no venimos a ser productivos, o es su negación absoluta? ¿La única forma de tener un tercer lugar es que esté prohibido trabajar? ¿En qué momento termina el trabajo y empieza otra cosa? ¿Todo lo sólido finalmente se disolvió?
Las preguntas no se van, no se van, no se quieren ir. Se posan sobre los hombros de los presentes y se quedan aquí, en el aire, mezcladas con el olor a café pasado. Nadie las atiende en este coro de silencios, cada uno con su propia frecuencia de quebranto, quedan como un moretón que no duele a menos que lo toques.





