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Capítulo 7

Los acólitos

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Lo que a muchos nos obsesiona de los cultos y las sectas es que en apariencia no encajan en ningún marco lógico: son personas comunes que arman agrupaciones sofisticadas y toman decisiones que desafían todo instinto de supervivencia.

Por ejemplo, en Jonestown, en 1978, el Proyecto Agrícola del Templo del Pueblo protagonizó el suicidio colectivo más grande de la historia moderna. Allí, más de 900 personas, siguiendo las órdenes grabadas de su líder, Jim Jones, bebieron cianuro mezclado con jugo de uva. Murieron en fila, de manera ordenada y burocrática —primero sus hijos—, después de años de haber construido una comunidad utópica en la selva guayanesa.

En el Rancho de Waco, en 1993, un grupo de familias, lideradas por el profeta David Koresh, resistió un asedio policial de 51 días. Los uniformados llegaron después de que vecinos denunciaran a Koresh por posesión de armas y abusos sexuales. Convencidos de estar viviendo el fin de los tiempos, los acólitos prefirieron prender fuego su hogar y morir en el incendio antes que rendirse a las fuerzas federales que los rodeaban.

Hay casos que muestran una frialdad extrema, como el de los GG seguidores de la Orden del Templo Solar, encontrados muertos, vestidos con túnicas y con la cabeza metida en bolsas de plástico, en una suerte de último ritual de pureza. O el de los miembros de Heaven’s Gate, que, vestidos con ropa deportiva idéntica y zapatillas Nike nuevas, abandonaron sus “envoltorios humanos” creyendo que ascenderían a una nave espacial tras el cometa Hale-Bopp. Los informes de Aum Shinrikyo (Verdad Suprema) narran cómo ingenieros y científicos, los mejores de sus promociones, fabricaban meticulosamente gas sarín en laboratorios de última generación para liberarlo en el metro de Tokio.

Lo que intriga no es sólo el horror, sino la sistematización. La forma metódica en que lo impensable —morir, matar, esperar una nave— se convierte en un procedimiento, con pasos, horarios y una jerga interna. La racionalidad humana puesta al servicio de lo irracional. La pregunta que se impone no es ¿cómo pudieron creer en eso?, sino algo más incómodo para el resto de nosotros: ¿cómo lograron que, dentro del mundo que habían construido, creerlo fuera lo más lógico, lo más práctico e incluso lo más esperanzador?

Recién arrancados mis veinte años, las cosas que más me gustaban del departamento que alquilaba eran que mi psicóloga quedaba en el edificio de al lado, que enfrente vendían comida árabe y que para ir a la ortodoncista para corregir mis dientes torcidos sólo tenía que bajar un piso: el consultorio quedaba en el 1° C. Casi que podía ir en pantuflas. Lo único malo era, por supuesto, lo incómodo de estar inmovilizada en una camilla con un foco de luz blanca, mintiendo que no me dolía para que no me diera vergüenza después al cruzármela en el ascensor. Daniela era odontóloga, ortodoncista y algo que no recuerdo pero tiene que ver con el bruxismo. Tenía máquinas muy modernas para su época —como la que imprime los aparatos transparentes—, tenía secretaria, muchas plantas y sillones tapizados en colores claros. Un marido y dos hijas. Acababa de cumplir 40.

A veces le sacaba charla, no sólo porque me caía bien, sino también porque me servía para postergar un poco el momento de que me pusiera ese plástico que usan los odontólogos para que abras bien la boca y te da la sensación de que te vas a ahogar. Ella, pizpireta, me contaba chismes del edificio, me mostraba cosas que había traído de algún viaje, lo último que había probado de Just o las notas de su hija más grande, que era más inteligente que la media, como ella, que había terminado sus estudios antes de lo usual.

El tratamiento que yo tenía que hacer era largo, dos años, así que durante ese tiempo, una vez por mes, fuimos testigos mutuas de nuestras vidas. No sé qué vio ella, pero a mí me tocó ver un derrumbe.

Más o menos a mitad del tratamiento, noté que Daniela empezaba a vestirse peor, a estar más despeinada, a olvidarse turnos que teníamos programados. Un día, cuando yo tenía la boca inmovilizada, me contó que su marido —ahora su ex—, al final era “un hijo de puta como todos”. Que se había separado pero seguían viviendo juntos hasta que él encontrara un lugar. Cuando lo encontró, no volvió.

Cada vez había más gente en el consultorio. Yo, que antes usaba la espera para estudiar de refilón algún apunte de la facultad, ahora podía leer novelas enteras. Me dijo que estaba tomando todos los pacientes que podía, de cualquier obra social, porque necesitaba plata para cubrir lo que el ex no le estaba pasando para mantener a sus hijas. “Hijas que siguen siendo de ambos, aunque haya decidido desaparecer”.

Pronto empecé a cruzármela en el ascensor más tarde, cuando yo bajaba a cenar en el árabe de enfrente. Cada vez más cansada, cada vez más enojada con él, con todo, con que algo así fuera posible en cualquier universo. “Un tumor maligno en la mama derecha, podés creer”. La cara con la que me lo dijo, los ojos abiertos sin pestañear, más por la sorpresa de que las tragedias se le siguieran amontonando. Un vidrio roto en el consultorio por un golpe brusco con una máquina, la secretaria que a veces no estaba, su nombre cada vez más alto en la lista de morosos de las expensas. “¿No pueden tener más consideración en el consorcio? Un poco de humanidad pido. Tengo que hacer quimio, no tengo con quien dejar a las chicas, no puedo pagar una niñera, no puede ser que no puedan esperar un poco a que pueda ponerme al día”.

Es incómodo ser testigo del derrumbe ajeno, y a mí las cosas que le pasaban en ese momento todavía me parecían insólitas. Pero no podía dejar de ir, no podía abandonarla, ni como paciente ni como vecina. Así que lo mismo iba y a veces regaba a escondidas algunas plantas de las que quedaban.

Hasta que, en un momento, simplemente, Daniela dejó de tomar turnos. Durante tres meses, mientras seguía usando los mismos aparatos, pensé lo peor.

Cuando finalmente logré que me diera un turno y me abrió la puerta, la encontré alegre, vivaz. No sólo estaba atendiendo de vuelta, sino que parecía feliz. Se movía rápido entre las cosas y hablaba convencida. “Sentate y contame chismes antes de la anestesia, creo que los del 3° se separaron, se gritaban mucho, lo escuchaba todo el día”.

 Le pregunté por su cáncer. “Por suerte pudieron sacar todo, ahora sólo esperar que no haya recidiva”, me dijo, y siguió explicándome el asunto con más palabras clínicas que no le importaba demasiado que yo entendiera. Estaba bien. Pregunté por su ex, y quise saber si esa nueva felicidad tenía que ver con algún nuevo amor.

“Cómo voy a haber conocido a alguien, ni loca me engancho con alguien, los hombres son asquerosos. No, nunca más. Pero conocí a un grupo de mujeres espectaculares, no sabés lo que son, no te puedo contar mucho, de verdad es un secreto, no te puedo contar pero no sabés, me salvaron la vida”. No sabía, pero lo podía ver: podía ver que estaba realmente bien. “De verdad, de verdad no te puedo decir el nombre de nada ni qué hacemos, hice un juramento, me matan, ni me insistas porque mirá si me echan, son un grupo de mujeres en una organización. Divinas, me cuidaron las chicas en todo el tratamiento, me ayudaron materialmente, una locura, tan lindas. Y yo no era creyente de esas cosas pero la verdad es que tiene sentido lo que dicen, no puede ser todo azar, un día te presto el libro donde explican todo de una forma que nunca había pensado, es espectacular, y encima están separados hombres y mujeres, no te puedo contar más, es una logia muy tradicional, sólo te puedo decir eso. Cuando esté más metida te podés venir a conocer, te va a encantar”.

Yo no sabía qué era una logia. Ni siquiera conocía la diferencia entre logia, culto, secta y religión. Me criaron atea, desconfiada y a veces cínica. No entendía si era algo bueno o peligroso, o ambas. No entendía por qué unos desconocidos estaban más dispuestos a cuidarle a los hijos en plena crisis antes que la familia, los amigos o incluso los servicios públicos. Sólo sabía que aquello, fuera lo que fuera, parecía haber podido ampararla en el infierno.

Me puse contenta. Me alivió, por ella, por mí, por lo que es posible. Después me mudé y nunca más supe nada.

“Te va a encantar”, me había dicho.
¿Me hubiera encantado? ¿Me hubiera unido?
No. Yo no necesitaba esa contención. No me sentía vulnerable, no había enfrentado aún ningún abismo.
Todo estaba en orden, ¿por qué me engancharía con eso?

Para el momento en que se unió a la cienciología, Paul Haggis ya era guionista y director de cine, con una carrera larga en Hollywood, dos premios Óscar ganados en 200G, trabajo sostenido con grandes estudios, actores conocidos, equipos propios. Tenía dinero, prestigio, redes, autonomía. Una vida profesional armada, reconocimiento público, capacidad de elegir. No encajaba en la imagen del derrumbe ni en la de la urgencia.

Cuando contaba cómo había entrado, lo hacía en términos muy concretos. Decía que no había buscado una religión, que había buscado algo que funcionara, que lo hiciera mejor persona. Hablaba de cursos, de herramientas, de un método para entenderse más. Contaba que se sintió escuchado, que las cosas parecieron ordenarse, que hubo una sensación de avance. En una entrevista describió los primeros grupos que frecuentó como “ateos buscando algo en qué creer y personas solitarias buscando un club al que sumarse”. No hablaba de fe ni de revelación, sino de mejora, de claridad, de una experiencia que daba resultados en lo inmediato.

Pero pertenecer puede ser muy caro. Y su posterior ruptura con la cienciología tuvo un motivo muy concreto: el apoyo público de la organización a la Proposición 8, en California, que buscaba prohibir el matrimonio entre personas del mismo sexo. Para Haggis eso fue una línea roja. Ese respaldo a una medida que él consideraba profundamente discriminatoria lo obligó a mirar, por primera vez, la estructura en la que estaba inmerso, y no vio ya un medio neutral, sino una entidad con una moral propia, dispuesta a actuar en el mundo de maneras que él no podía respaldar.

Cuestionó. Y cuando comenzó a disentir, el mismo grupo que lo había recibido como un miembro valioso se volvió en su contra. Presiones, amenazas veladas sobre la exposición de su intimidad, una red de contactos que de pronto se enfrió. El método que ofrecía herramientas para la vida se reveló también como un mecanismo de control que protegía al grupo por encima de los individuos. La comunidad que daba sentido se mostró a la vez como máquina de aislamiento y exilio.

Eso vuelve su caso distinto del de Daniela. Ella llegaba a un grupo en medio de una enfermedad, una separación y una fragilidad económica que la apretaban todas juntas al mismo tiempo. Haggins llegaba desde una posición de éxito, estabilidad y recursos. La entrada de Daniela estaba atravesada por el colapso. La de Paul, por una búsqueda que convivía con una vida que ya funcionaba. Dos recorridos muy distintos que conducían, sin embargo, a un mismo gesto: el de acercarse a un colectivo que prometía compañía regular, atención constante y una forma de estar con otros menos dispersa y utilitaria que la que ofrecía, por sí sola, la vida adulta.

La vida de Paul estaba llena de amistades ligadas al trabajo y a sus proyectos. Relaciones prolíficas, exigentes, productivas. Amistades que acompañaban mientras había algo que hacer juntos. Cuando el proyecto terminaba, el vínculo se aflojaba.

En Daniela la escena era otra. No había una red amplia de vínculos funcionales que amortiguara la caída. Cuando todo se deshizo y el tiempo no alcanzaba, las relaciones existentes no absorbieron esa carga. No estaban hechas para eso.

Quizás la única cosa en común entre Paul Higgins y mi odontóloga Daniela es que a los dos les faltaba algo en su ecosistema.

Si me mantengo alejada de nombres extraños, de lo oculto, de los juramentos, ¿estoy a salvo?

Cuando Vera volvió a Buenos Aires después de años en Madrid, tenía poco de lo que antes había dado por sentado. Dos chicos, un título de abogada que ya no usaba, ningún horario fijo, amigas desperdigadas, la sensación de llegar a un lugar conocido pero ligeramente corrido de eje. Javier viajaba por trabajo, ella pasaba muchas horas sola con los nenes y con una pregunta muda: ¿qué iba a hacer con su vida ahora?

El grupo de ashtanga apareció primero como una solución física. Se levantaba al alba, llegaba a la sala de San Isidro, extendía el mat. Había otros cuerpos respirando al mismo tiempo, una secuencia aprendible, una maestra que corregía con la mano en la espalda. Comenzó a asistir lo suficiente como para que el lugar empezara a parecerse a una segunda casa. Sabía quién faltaba, quién había tenido un buen día, quién estaba lesionado. El yoga le daba algo concreto: un horario que no dependía de los chicos, una progresión visible, gente que la saludaba por su nombre.

Con el tiempo, el grupo se espesó. La práctica dejó de ser apenas la secuencia de movimientos. Los ashtangis se quedaban después a hablar, se juntaban fuera de la sala, organizaban retiros, hacían cumpleaños que eran casi ceremonias. Se vestían parecido, un ascetismo prolijo mezclado con marcas caras traídas de viajes. No usaban tacos, evitaban ciertos alimentos, contaban anécdotas sobre la India y sobre maestros que nunca habían visto en persona pero veneraban igual. La frase que ordenaba todo era simple: “practicá, practicá, que todo llega”. Si algo no llegaba, el problema no era el método, sino la falta de entrega.

Vera veía en detalle cómo el grupo se iba armando como una familia paralela. Vacaciones elegidas en función de dónde había salas de ashtanga, amistades que se reducían a otras personas que practicaban, decisiones cotidianas que se tomaban según lo que el sistema recomendaba para el cuerpo y la mente. Algunas chicas empezaban a hablar de finanzas sexuales, de pautas sobre el deseo, de reglas implícitas sobre lo que distraía y había que cortar. Notaba, también, que sus propias objeciones caían mal. Ella preguntaba, ponía reparos, decía que comía fideos con crema y eso bastaba para quedar señalada como rara.

No hubo un día exacto en que Vera decidiera irse. Hubo más bien una secuencia de escenas mínimas. Comentarios sobre su comida. Chistes sobre no estar “tan comprometida”. Invitaciones que dejaban de aparecer, anécdotas de las que sólo conocía el recuento. Preguntas insistentes sobre por qué no iba a tal retiro. La incomodidad se le instaló en el cuerpo antes de encontrar palabras. Empezó a faltar algunos días. Se probó en otra línea, Iyengar, donde también había comunidad y asociación formal, pero no la misma presión para convertir la práctica en identidad. Se dedicó a las posturas, anatomía básica, respiración. Pero no quiso adherirse a la asociación oficial de Iyengar, mantuvo la distancia por las dudas.

“Eso no era una secta, ni ahí. Eran un grupo. Un grupo muy unido que los hizo sentir bienvenidos y los mantenía ordenados. En lo religioso, sí, ahí sí lo vi, justo al mismo tiempo casi”.

Mientras se alejaba del yoga radicalizado, empezó a notar algo parecido en un lugar diferente de su vida. En la comunidad religiosa donde se había movido siempre, escuchaba cada vez más seguido historias de mujeres que, después de separarse o de que los hijos se iban de casa, se acercaban a templos ortodoxos. Primero iban a desayunos con el rabino, después a charlas, más tarde a rezos regulares. Cambiaban de a poco la forma de comer, de vestirse, de marcar el viernes a la noche. Encontraban contención en un momento de desborde. Tenían siempre a alguien que las escuchara, una mesa a la que ir, una trama para no quedarse solas.

Esos espacios ofrecían exactamente lo que la vida contemporánea escatimaba: compañía estable, rituales que marcaban el tiempo, una red que no dejaba sola a la gente en los momentos críticos. También ofrecían otra cosa más delicada. Una forma de tutela. Consejos sobre cómo criar, a quién elegir como pareja,qué leer, dónde trabajar, qué era aceptable decir. A veces incluso ayudas económicas, oportunidades, gestos muy concretos de cuidado que volvían más difícil imaginar una salida. Ella había visto a muchas de sus amigas mejorar, incluso amigas bulímicas parecían gestionar su enfermedad casi orgánicamente con ayuda de estos espacios. Vio adolescencias desorientadas que encontraban orden en un templo. Madres recién separadas que necesitaban un grupo donde nadie las juzgara. Mujeres de su edad que veían irse a los hijos y descubrían que había días enteros sin planes. Personas con ataques de pánico cuando el vocabulario clínico todavía no circulaba. Vidas que se aflojaban justo cuando un colectivo intenso ofrecía agarrarte fuerte. Vio gente que decía que nunca se sentían solas porque siempre estaban acompañadas en espíritu. Vio gente que decía que no importaba la propia soledad, sino, como les dijeron en sus enseñanzas, preocuparse por la soledad de los demás.

La diferencia, cuando la había, no se decidía tanto en el contenido de la doctrina como en la estructura del vínculo. Había clubes donde la pertenencia era fuerte pero no total, donde se podía disentir, entrar y salir. Había templos que sostenían sin pedir transformación radical. Y había espacios que, igual que la sala de ashtanga cuando se cerraba sobre sí misma, tendían a organizar la vida entera. El límite era fino. Se notaba en detalles: qué pasaba cuando alguien quería dejar de ir, cuánto costaba decir que no, cuánta culpa se activaba si se desobedecía una indicación.

Vera sabía que parte de lo que la protegió fue algo que en Argentina todavía funcionaba como amortiguador: amigas de la infancia, el club en Boedo, una familia grande donde siempre había alguien que opinaba, discutía, interrumpía.

En otros países, ese amortiguador no siempre existe. La combinación de soledad más cruda, religiosidad más fragmentada y Estados menos presentes hizo que los extremos del gradiente sevolvieran más visibles: comunidades que se fueron a vivir a la selva, grupos que esperaron naves espaciales, líderes que terminaron decidiendo hasta la muerte de sus seguidores. Acá, la misma estructura aparece en escalas más chicas, envuelta en mates, grupos de WhatsApp, retiros de fin de semana, clases diarias a las G de la mañana.

Vera ahora enseña Iyengar, y es muy distinto, dice, pero por las dudas nunca se registró en la asociación.

Entonces, ningún grupo intenso. Si empiezan a decirme qué tengo que hacer, me alejo.

Amanda Montell, en su libro Cultish, desarma la palabra culto para quedarse con el adjetivo: cultish. No se trata de una categoría binaria, sino de un gradiente de intensidad. Lo que define lo cultish no es el contenido —puede ser teología, yoga, criptomonedas o coaching—, sino un conjunto de recursos lingüísticos y sociales que, en dosis bajas, producen cohesión y, en dosis altas, producen control.

El primero y más potente de esos recursos es el lenguaje. Montell lo llama lenguaje cargado. No son sólo términos técnicos; son palabras que redefinen la realidad del grupo, crean fronteras y convierten la duda en herejía. En la cienciología, es “thetan”, “engram”, “clear”. En el yoga ashtanga, es “prana”, “drishti”, “Mysore”. En cripto, es “hoDL”, “FuD”, “moon”. El lenguaje cultish no comunica; señala. Quien lo usa demuestra que está dentro. Quien lo cuestiona, queda afuera.

La segunda dosis es la ritualización del tiempo. Los grupos cultish van más allá de reclamar atención: estructuran el día, la semana, el año. La práctica de ashtanga a las G am, los retiros de fin de semana, los eventos de lanzamiento de una marca, las reuniones semanales de un curso de superación personal. El tiempo ordinario se sustituye por un tiempo significativo, marcado por los hitos del grupo.

La tercera dosis es la economía de la pertenencia. La lealtad se mide en transacciones visibles: la compra del último producto, la asistencia al retiro, la inversión en el nuevo nivel del curso. El gasto se llama “inversión en uno mismo”. La falta de recursos se llama “falta de fe”. La promesa es siempre la misma: el siguiente escalón traerá la transformación definitiva.

Montell insiste en que estos recursos no son malignos por sí mismos. Un grupo de running que se reúne todos los sábados a las 8 am está usando ritualización y lenguaje interno (los “runners” frente a los “no runners”). Una marca de ropa técnica que crea una jerga sobre “tecnología de transpiración” está vendiendo pertenencia. La diferencia entre un club y una secta no está en la naturaleza de las herramientas que utilizan, sino en la dosis y en la dirección de la presión que ejercen. En los casos suaves, la presión es horizontal, difusa: el grupo espera, la marca seduce. En los casos intensos, la presión se verticaliza, se personaliza: el líder exige, la doctrina no admite réplica. La salida, en los grupos suaves, es una baja en el grupo de WhatsApp. En los intensos, es una crisis existencial, la pérdida de toda una red social.

En un grupo sano, los recursos se ponen al servicio del individuo: el ritual ordena, el lenguaje conecta, la pertenencia sostiene. En la pendiente cultish, el individuo se pone al servicio de los recursos: debe proteger el lenguaje, sostener el ritual, demostrar la pertenencia, estar a la altura. Así, lo cultish florece donde hay vacíos de sentido. El vacío dramático de Daniela, el vacío existencial de Haggis, el vacío de estructura de Vera. También el vacío cotidiano: la falta de rituales comunitarios, la desaparición de las narrativas compartidas, la soledad de tomar decisiones infinitas sin un criterio claro.

Lo que venden, en todos los casos, es alivio cognitivo. La reducción de la complejidad de una vida adulta a un sistema de reglas claras, de enemigos identificables, de progreso medible. La secta, el yoga radical, el curso milagroso y el corporativismo fanático son distribuidores del mismo producto en distintas concentraciones. Brindan un manual de instrucciones cuando el manual propio se ha perdido, quedó obsoleto o nunca llegó. Y el mercado lo sabe. Por eso vende sentido empaquetado en experiencias: el ritual de desembalar un nuevo iPhone, la ceremonia de tomar un café de especialidad, la peregrinación a la tienda flagship de una marca. Son liturgias laicas que ofrecen, por un momento, la sensación de estar en el mundo correcto, entre los correctos.

Por eso, tal vez el antídoto no sea evitar todos los altares —una tarea imposible—, sino entrar sabiendo. Reconocer el mecanismo. Preguntarnos, sin drama, cada vez que nos sentimos cómodos en un nuevo nosotros: ¿qué estoy intercambiando acá? ¿Estoy dando tiempo y atención a cambio de comunidad? ¿O estoy comprando una remera cara sólo porque me hace sentir parte de algo?

Esa honestidad es el requisito para no terminar, sin darnos cuenta, en demasiados altares que nos piden plata y atención, y no nos dan ni toga ni función.

La soledad es un campo fértil, y el mercado de sentido está siempre abierto.

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Biografía de la autora:

Victoria O’Donnell es socióloga (UBA) y magíster en Métodos Cuantitativos en Ciencias Sociales (QMSS) por Columbia University (Nueva York, Estados Unidos), con financiamiento Bec.ar–Fulbright. Consultora, docente e investigadora especializada en tecnología y salud mental. Dictó clases en la UBA, la UNSAM, FLACSO y CEPAL. Se desempeñó en análisis y estrategia en la función pública, en el sector privado local, organismos internacionales, empresas globales de tecnología y clínicas de salud, con foco en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos.

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Victoria O’Donnell es socióloga (UBA) y magíster en Métodos Cuantitativos en Ciencias Sociales (QMSS) por Columbia University (Nueva York, Estados Unidos), con financiamiento Bec.ar–Fulbright. Consultora, docente e investigadora especializada en tecnología y salud mental. Dictó clases en la UBA, la UNSAM, FLACSO y CEPAL. Se desempeñó en análisis y estrategia en la función pública, en el sector privado local, organismos internacionales, empresas globales de tecnología y clínicas de salud, con foco en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos.

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