En un periodo de dos años, la conversación reúne aprox. 9000 mensajes. Una de las partes (yo) concentra ≈50 % del volumen, con envíos encadenados y reaperturas del diálogo; la otra parte (ella) aporta ≈40 % en respuestas más espaciadas y conclusivas. Traducido a conversación oral, el intercambio anual acumula unas 150 horas habladas. Eso equivale a:
300 llamadas de 30 minutos.
150 encuentros de 1 hora (una charla larga día por medio).
8 a 15 libros de 350–500 páginas.
12 a 15 audiolibros de 10–12 horas.
200 episodios de podcast de 45 minutos.
El ritmo del chat está atravesado por el huso horario. Cerca del 50 % de los mensajes de una de las partes se envía durante la madrugada argentina (22:00–04:00), mientras que la otra escribe mayormente entre las 09:00 y 21:00 horas. El lag promedio de respuesta se ubica en torno a las 8 horas, con demoras frecuentes de 12 a 24 horas. La conversación no se interrumpe, pero opera como presencia diferida, sostenida más por recurrencia que por sincronía.Desde el punto de vista formal, predominan los mensajesbreves y el registro coloquial. Los saludos y reaperturas delchat (“hola”, “holi”, “holaaa”) son iniciados en general por la parte de mayor volumen. Las risas (“jaja”, “jajaja”) aparecen en ambos sentidos, con mayor frecuencia en quien responde en bloque, funcionando como cierre o amortiguador. Las expresiones afectivas explícitas (“te quiero”, “te adoro”) son escasas y puntuales; no constituyen una muletilla ni un ritual sostenido.
En términos temáticos, los intercambios vinculados directamente a Japón representan una porción minoritaria del total. Excluyendo los mensajes solicitados explícitamente para este libro, el contenido referido a la vida en Japón —ciudad, idioma, costumbres, trabajo— ocupa aproximadamente 7–10 % de la conversación. El 90–93 % restante corresponde a otros temas: vínculos, trabajo, cansancio, logística cotidiana, humor, comentarios triviales y acompañamiento emocional.
En conjunto, el chat muestra un vínculo sostenido más por continuidad y disponibilidad que por intensidad expresiva o tematización del contexto. Japón funciona como marco estructural de la experiencia, pero no como eje dominante del intercambio cotidiano. Las conversaciones siguen en un tono mundano, como cuando ocurrían en la misma locación.
Me contó que vio a un muerto.
“Boluda, hubo un tipo muerto tres o cuatro días en el medio de la calle. En un lugar re transitado. Y nadie se paró a hacer nada”.
Pasó el primer día y lo vio ahí, acostado, sin moverse. Se dijo “qué raro” a sí misma. “Qué raro esto, che”. Pensó que estaba durmiendo, o que estaba borracho, o que le pasaba algo, pero no sabía bien qué. Siguió caminando, pensó que era normal.
Al día siguiente volvió a pasar por el mismo lugar y el cuerpo seguía ahí. Igual. La gente pasaba caminando como siempre. Pensó que capaz era ella que estaba exagerando, que era ella, que estaba sensible por el viaje. “Pero era raro”, me dijo. “Muy raro”.
Recién al tercer o cuarto día empezó a haber olor. Alguien avisó. Llegó una ambulancia. Lo levantaron, lo sacaron en una bolsa y se fueron. “Eso fue todo. Lo sacaron y listo”.
La calle siguió igual. La gente siguió pasando. Así la recibió Tokio.
Macarena se había ido a vivir a Japón por cuatro años siguiendo el trabajo de su pareja. No fue una mudanza largamente deseada ni un proyecto personal que viniera madurando. Fue una decisión tomada en común, donde lo propio quedaba, al menos al principio, suspendido. Licenciada en Letras, acostumbrada a moverse con comodidad en el lenguaje, llegó a un lugar donde ninguna palabra la sostenía. “No entiendo nada”, decía en los primeros mensajes. “Pero no es sólo que no entiendo. Es que ninguna palabra me suena”. No poder explicarse, no poder aclarar nada, no poder defenderse porque el idioma no ofrecía ningún punto de apoyo. Comprar algo, preguntar una dirección, entrar a un lugar. Cada gesto era laborioso. Cada interacción demandaba una energía extra.
Sin embargo, Tokio no se le presentó como una ciudad abrumadora, sino como un lugar extrañamente silencioso. Incluso cuando había gente. Incluso en espacios llenos. El sonido parecía amortiguado, como si la ciudad estuviera diseñada para no invadir. Los barrios funcionaban casi como pueblos autosuficientes. Todo estaba ordenado, previsto, en su lugar. Nadie parecía fuera de ritmo, excepto ella. A la semana descubrió que no podía entrar a ningún gimnasio. En Buenos Aires iba cuatro veces por semana a modo de regulación emocional: su secuencia de ejercicios era una de las pocas rutinas que le ordenaban el día. Pero Macarena tiene muchos tatuajes, y en Japón los tatuajes siguen asociados a la yakuza. Por lo tanto, abundan los carteles que rezan “no tattoos” en gimnasios, saunas, universidades, algunos templos y museos. Intentó usar guantes para taparse los de la mano, pantalones largos para los del tobillo, pero en Tokio hace mucho calor en verano. “Me siento ridícula”, me dijo. Y agregó: “Como si no perteneciera y nunca fuera a pertenecer”.
Durante los primeros meses, gran parte de sus días transcurrieron entre el departamento y la pantalla. “Me quedaba en casa viendo Netflix”. Salía poco. Japón, que desde afuera suele imaginarse como una sociedad hiperconectada, aparecía en su experiencia cotidiana como un espacio donde el contacto con otros no se producía por inercia. Nadie iniciaba conversaciones casuales. Nadie hablaba por hablar. El intercambio espontáneo no formaba parte del paisaje.
Esa normalidad tiene consecuencias. Japón es uno de los pocos países donde la soledad no sólo fue nombrada, sino también administrada. El término kodokushi designa las muertes solitarias: personas que fallecen sin que nadie lo note durante días o semanas. El fenómeno es tan extendido que existen empresas especializadas —tokushu sōji— dedicadas a limpiar esos departamentos, retirar pertenencias, descontaminar y dejar la vivienda lista para volver al mercado inmobiliario.
Maca no me lo contó en esos términos. Lo había visto. Lo había olido. Lo había atravesado en un pasillo. No hacía falta que supiera el nombre para entender la lógica. Yo, desde acá, lo tuve que googlear.
Con el correr de los meses fue destrabando pequeñascosas. Una rutina de skincare que le daba la sensación de control. Productos que entendía. Texturas. Un gimnasio que se había modernizado y aceptaba tatuajes. Aprendió recorridos. Automatizó gestos. Cada conquista mínima le devolvía algo propio en un lugar donde todavía no sentía que hubiera espacio para ella.
Me contó también que, en Japón, había momentos en los que sentía que todo lo que hacía estaba mal. El mundo alrededor parecía funcionar con una coreografía tan precisa que cualquier gesto propio quedaba desajustado. “Todo el tiempo se te cruzan de brazos así”, decía, y se cruzaba los antebrazos sobre el pecho, en forma de X, “como cuando te dicen que no, que eso no, que por ahí no, que acá no, que así no”.
Nadie la retaba. Nadie la corregía. Era la sensación de que el entorno estaba diseñado para que una supiera qué hacer sin que nadie tuviera que explicarlo, y no saberlo te dejaba inmediatamente afuera. El cuerpo aprendía rápido: bajar la voz, ocupar menos espacio, no preguntar demasiado, no incomodar. Pero algo quedaba trabado. Esa X en el pecho no se desarmaba.
El paso a volverse visible no empezó como proyecto ni como estrategia. Empezó como una defensa torpe, casi corporal, frente a una sensación repetida: la de estar todo el tiempo en falta. Ahí apareció la idea de mostrar. Al principio eran fotos sueltas en Instagram, escenas mínimas: una calle, un cartel, un recorrido. Después empezó a hablarle a la cámara. Sin soltura. Con esfuerzo. “Me daba mucha vergüenza”, me dijo. “Me veía horrible. No me gustaba cómo me veía, ni cómo sonaba mi voz”. Le costaba grabarse. Le costaba verse. Le costaba repetir. Le costaba todo lo que se asume natural en alguien que se expone.
Había algo profundamente contradictorio en esa escena: alguien que se describe con fobia social, ansiedad para esponder mensajes, dificultad para sostener intercambios, empezando a hablarle a miles de personas. Ella misma lo marcaba como paradoja. Decía que le daba ansiedad contestar mails, mensajes directos, incluso WhatsApp. Que tardaba días. Que lo postergaba. Que responder le generaba una presión difícil de explicar. Y, sin embargo, estaba ahí, grabándose, subiendo videos, exponiéndose.
La diferencia estaba en el control. Hablarle a una cámara no implicaba fricción inmediata. No había que decodificar gestos ajenos, ni responder en tiempo real, ni sostener una conversación abierta. Se podía grabar de nuevo. Borrar. Repetir. Elegir qué mostrar y qué no. Simplemente emitir. Dejarse ver por medio de la emisión, porque la emisión es menos amenazante que el intercambio directo.
Entonces se puso a hablar del entorno, a traducir carteles, a explicar costumbres. Mostraba recorridos posibles para quienes fueran de visita o incluso pensaran en mudarse allá. Había algo muy concreto en eso: decirle a otros “por acá sí se puede”, “esto funciona así”, “esto no es tan grave”. Era, en el fondo, lo que a ella le hubiera gustado que alguien le dijera cuando llegó. Una pedagogía mínima de supervivencia. No quería que a otros les pasara lo mismo. No quería que sintieran esa X permanente, esa sensación de prohibición difusa, de torpeza constante. Acompañar era una forma de reordenar el mundo. De volverlo legible. De devolverle algo de continuidad.
En ese gesto también empezó a aparecer, por primera vez desde que se había mudado, un proyecto propio. Hasta entonces, su estadía en Japón había estado completamente organizada alrededor del trabajo de su pareja. Sus tiempos, sus decisiones, sus movimientos estaban subordinados a eso. No había agenda propia. No había dirección personal. Empezar a subir contenido fue una manera de separar aguas. “Sentía que tenía algo mío”, decía. Aunque todavía no supiera bien qué era lo que estaba empezando a tener.
El crecimiento fue inesperado y rápido. Miles de personas empezaron a mirar. A preguntar. A agradecer. A pedir recomendaciones. Cientos de seguidores, notas en la televisión, gente que me hablaba de ella sin saber que era mi amiga. Qué orgullo verla tan desenvuelta como si todo le hubiese pasado naturalmente, como si perteneciera a todos esos lados.
Pero a ella, por fuera de los chistes que le hacíamos con su familia porque ahora era famosa, le aparecía otra capa de ansiedad. “Me siento obligada a subir”, contaba. “Como que si no subo estoy fallando”. El algoritmo imponía un ritmo que no siempre coincidía con su energía. Publicar ordenaba la semana, pero también la agotaba. La rutina digital era sostén y exigencia al mismo tiempo.
Cuanto más visible se volvía, más cuidado tenía que tener. Aprendió a borrar comentarios. A bloquear. A no leer todo. A no engancharse. “Si le doy bola a los haters no puedo publicar nada. Me escriben diez mensajes cada uno porque no están de acuerdo con la tarjeta de carga de subte que recomendé, me pelean si digo que un lugar es lindo para visitar y no es justo el que les gusta a ellos. Los que hablan sobre mi físico o mi personalidad le pido a mi pareja que me los filtre antes de verlos porque si no es imposible”. La exposición le trajo ruido, mucho ruido. Ruido que a veces podía administrar y, a veces, no, a veces sólo se abrumaba. “Si respondo todo, me muero”.
“Todavía no sé cuándo usar emojis y no sabés lo importantes que son para las métricas”, se preocupaba. Pero se preocupaba menos por las métricas que por los emojis. Lo sé porque me lo repetía, me explicaba una y otra vez la sensación de que los emojis dicen cosas que ella no está segura de querer decir y que entonces, quizás, esté usando alguno que tiene un código asociado sin saberlo. Que a veces los usa para cerrar conversaciones, no para abrirlas. Que funcionan como gesto de salida. ¿No son triviales los emojis? Evidentemente, no. Ahí está la distancia, la dificultad profunda con los códigos de la comunicación digital afectiva. Esa expectativa de cercanía permanente, de respuesta rápida, de entusiasmo visible. Para alguien fóbica, cada emoji es una apuesta.
Ser influencer no la volvió menos solitaria, pero la volvió ocupada. Le dio otra razón más para salir de la casa en un momento en que esas razones no abundaban. Para recorrer la ciudad. Para habitarla de otro modo. “Ahora no me siento sola porque tengo el tiempo ocupado”, me dijo. La soledad, como el hambre, se regula con tareas. Se administra.
Ese movimiento —de alguien que se siente fuera de lugar, que no entiende las reglas, que tiene el cuerpo marcado como problema, que se angustia frente al contacto directo, y que sin embargo se vuelve guía, traductora, referencia— quizás dice algo central sobre la forma contemporánea de habitar la soledad. Quizás no se sale de la soledad entrando en vínculos, sino armando interfaces: formas desplazadas de estar con otros, que reducen la incomodidad sin eliminar del todo la presencia pero evitando la simultaneidad.
Macarena no se volvió influencer porque le gustara exponerse. Se volvió influencer para no quedar encerrada en esa X permanente, para convertir la prohibición difusa en camino, para acompañar a otros y, en ese gesto, construirse un lugar propio en una ciudad que no parecía hecha para recibirla.
La figura del influencer empezó a ser pensada en serio cuando dejó de ser una rareza y pasó a organizar tiempo, atención y expectativas afectivas. Al principio se habló de relaciones parasociales para describir el fenómeno. Horton y Wohl, sociólogos y comunicólogos estadounidenses, usaron ese término en los años 50 para explicar el vínculo entre espectadores y figuras televisivas. La diferencia hoy es de escala y de forma. Aquella relación era esporádica y distante. Esta es cotidiana, continua, casi doméstica.
El influencer no aparece como alguien que irrumpe, sino como alguien que acompaña. No se enciende en un horario fijo. Está. Vuelve. Aparece mientras se desayuna, mientras se espera algo, mientras se hace otra cosa. No exige atención plena. Se mezcla con la vida. Esa presencia constante es parte de su potencia.
Otra diferencia clave con la celebridad es que el influencer oculta la producción. La televisión y el cine muestran el artificio. Hay estudios, cámaras, equipos visibles. El influencer aparece como si no hubiera trabajo detrás. Como si todo fuera espontáneo. Esa naturalidad es una construcción. Detrás hay horas de grabación, edición, repetición, aprendizaje de métricas, ensayo de tonos. Pero eso queda fuera de campo. El producto es la sensación de cercanía sin esfuerzo.
Distintos autores que estudiaron la economía de la atención señalan que este punto es central. La confianza hoy no se construye por autoridad ni por excepcionalidad, sino por familiaridad. Ver muchas veces a la misma persona produce una forma de intimidad que no necesita ser profunda. No se trata de conocer mejor, sinode reconocer. La repetición genera tranquilidad.
En ese contexto, no todos los influencers cumplen la misma función ni producen el mismo efecto. Hay una diferencia importante entre los influencers aspiracionales y los influencers utilitarios. Los primeros muestran estilos de vida deseables, cuerpos ideales, consumos inaccesibles. Funcionan por comparación. Generan distancia. A menudo activan frustración o sensación de insuficiencia. Han sido ampliamente estudiados en relación con la autoestima, la ansiedad y la cultura del rendimiento.
Los segundos operan de otro modo. No prometen ser otro, prometen ayudar a estar. Explican, traducen, ordenan. Enseñan a moverse en un lugar, a entender un sistema, a resolver algo concreto. No se los mira para desear su vida, sino para volver más habitable la propia. En esta categoría entra lo que hace Macarena. No muestra una vida ideal, sino vidas posibles. No ofrece identificación aspiracional, sino orientación.
Esa diferencia es clave para entender por qué algunas cuentas acompañan y otras aíslan más. Más que una cuestión de contenido, es una función social. Los influencers utilitarios reducen incertidumbre. Los aspiracionales la amplifican. Pero ¿dónde está el límite y quién lo dictamina?
La cultura influencer promete cercanía, pero organiza la distancia. Esa asimetría es su condición de existencia. Para quien mira, hay compañía sin compromiso. Para quien produce, hay visibilidad sin diálogo constante. Maca cuenta que a menudo se encuentra con alguien por primera vez y ese alguien le dice cosas de su vida como si la conociera desde siempre. Pero para ella es la primera vez, le da impresión, no termina de entender cómo es que ocupa un lugar en la vida de otros y otras.
Autores que estudian el trabajo digital señalan que el cansancio no proviene de exponerse, sino de gestionar expectativas. Responder, sostener, cuidar el tono, no abrir conversaciones que no se pueden cerrar. Por eso aparecen estrategias de regulación. En este punto, la cultura influencer acompaña y deja solo a la vez. Ambas partes participan de un vínculo que alivia algo y desplaza otra cosa.
Por eso este fenómeno prende ahora. No en un momento de aislamiento absoluto, sino en un momento de agotamiento relacional. Sin reemplazar los vínculos, el influencer ofrece una forma de contacto sin fricción directa. No es casual que este formato conviva con culturas donde estar solo está normalizado, ni que se vuelva central en ciudades donde la vida cotidiana exige cada vez más esfuerzo de interacción. Tampoco es casual que muchas personas que producen contenido no busquen intimidad, sino estructura.
La cultura influencer no soluciona la soledad ni la crea de cero. La reconfigura. La vuelve compatible con la vida diaria. Dejar influencers o streamers prendidos mientras se trabaja porque “son compañía”, como se hizo siempre con la radio o la telenovela en volumen alto desde la tele. Pero en plataformas ese equilibrio parece ser más frágil porque la ilusión de cercanía es mayor, es “como mi amiga, como los chicos”. Funciona mientras la repetición no se vuelve desgaste y la ilusión no se transforma en demanda.
La presencia constante, cuando ya no ordena sino que drena, pierde sentido. Cuando encorseta demasiado. Cuando no permite que el influencer se equivoque ni cambie de opinión. Cuando el escrache y el hate asustan a cualquiera que se anime a mostrarse. Cuando mi amiga no puede venir a Buenos Aires sin dejar de filmarse, aunque esté con su familia que no ve hace mucho tiempo, porque si no el algoritmo la castiga, la manda a las sombras (shadow banning) y eso disminuye su posibilidad de tener clientela para los tours, que son, al final de todo el proceso, lo que le permite tener ingresos económicos y mantenerse en rutina en cualquier huso horario en el que esté.
Las primeras veces que volvió a Argentina las vivió como una suerte de interrupción. Llegaba con el cuerpo ajustado a otra cadencia y el contraste era inmediato. El ruido. La gente hablando fuerte. Las conversaciones superpuestas. Los saludos largos. Las preguntas. La cercanía física. Todo eso que antes había sido normal empezó a sentirse excesivo. “Me duele la cabeza”, decía después de unos días. El cuerpo, acostumbrado al silencio regulado de Tokio, reaccionaba.
No era sólo Buenos Aires. Eran los aeropuertos, los halls, los pasillos llenos de voces, las filas apretadas. Decía que no recordaba que el mundo fuera así de ruidoso. Que le costaba concentrarse. Que necesitaba irse temprano de los lugares. Era algo más sutil que la nostalgia por Japón o el rechazo por el modo de vida sudamericano: era una desincronización sensorial. El cuerpo había aprendido otro patrón y todavía no sabía cómo volver.
En esos regresos aparecía también una comparación que antes no existía. En Japón, estar sola no llamaba la atención. Acá, la soledad seguía leyéndose como anomalía. Salir sola, comer sola, no tener planes, no tener historias para contar. “Allá nadie te mira”, decía. “Acá siempre hay una lectura”. Esa diferencia, que al principio había funcionado como alivio, empezaba a volverse ambigua. Japón la había protegido de ciertas exigencias, pero también la había encerrado suavemente. Japón no la había aislado: la había recalibrado. El silencio ahora era un umbral. El ruido, una invasión.
Después volvía a Tokio y el cuerpo tardaba unos días en acomodarse. La secuencia se repetía. Cada ida y vuelta hacía más visible algo que no había sido planeado: adaptarse a un entorno también implica perder tolerancia a otros. No se trata de preferencia cultural. Es fisiología, atención, gasto energético. La soledad que no desaparece, pero se administra.
En uno de esos regresos, o en la previa de uno de ellos, apareció una coincidencia temporal. Yo estaba por presentar en un congreso de salud mental en Mar del Plata sobre hikikomori, esa categoría social que ya empezaba a aparecer en otros contextos, incluida Argentina. Jóvenes que dejan de salir de sus casas durante meses o años. Hikikomori, en Japón, no es un diagnóstico psiquiátrico. Es una clasificación administrativa. El Ministerio de Salud los define según la duración del retiro: corto, mediano, largo. No pregunta por la causa íntima, sino por el tiempo fuera de la vida pública. Y las políticas asociadas no buscan “curar” el encierro, sino reducir la fricción del reingreso: visitas domiciliarias sin registro, objetivos mínimos, acompañamiento gradual, formación laboral con horarios reducidos. La premisa es simple y radical a la vez: si el mundo se volvió demasiado costoso, hay que abaratar la entrada.
Mientras preparaba esa exposición, hablaba con Macarena. Esta vez, no con el objetivo de entrevistarla. Hablábamos como amigas, de lo que le pasaba. De su cansancio. De su comodidad ambigua en Japón. De lo difícil que era, al principio, salir de la casa. De cómo Netflix y el gimnasio habían sido refugio. De cómo, si no fuera por el trabajo y por las grabaciones, probablemente se habría quedado mucho más tiempo encerrada.
Me dijo que ella no se reconoce en la figura del hikikomori. No está recluida. Trabaja. Se mueve. Se expone. Pero entiende perfectamente la lógica. “Total, se puede vivir así”, me dijo. Nada más tentador para una persona cansada. En el congreso, cuando hablé de hikikomori, se me acercaron equipos de salud territorial del conurbano bonaerense. Contaron casos que les habían tocado hace poco en sus municipios. Jóvenes que no salían de sus casas desde hacía meses. Familias que no sabían cómo intervenir. Protocolos que no funcionaban porque requerían un “cuerpo disponible” que no estaba. No había nombre local para lo que pasaba. No había políticas de bajo umbral. El fenómeno estaba ahí, pero sin nombre ni infraestructura para abordarlo.
Después de hablar con Macarena, empecé a leer cada vez más sobre la industria económica de la soledad en Japón. Servicios, empresas, facturación, crecimiento sostenido. Todo un sector consolidado.
Las rental relationships —alquiler de vínculos— es uno de los ejemplos más conocidos. Empresas que ofrecen familiares, amigos o parejas por hora. Una novia a domicilio puede costar entre 5000 y 10.000 yenes la hora, más extras por eventos específicos. El contrato establece límites claros: no hay sexo, no hay contacto fuera del horario pactado, no hay reciprocidad emocional. Se alquila la presencia, no el vínculo. El servicio se usa para cenas, presentaciones sociales, acompañamiento en eventos. Escenifica relaciones.
Hay empresas dedicadas exclusivamente a eso desde hace más de una década. Algunas reportan crecimientos anuales de dos dígitos, impulsados por cambios demográficos, envejecimiento poblacional, descenso del matrimonio y aumento de hogares unipersonales. Japón tiene hoy más del 38 % de sus hogares compuestos por una sola persona. La soledad no es marginal. Es mayoritaria en ciertos tramos de edad.
A eso se suman los servicios vinculados a kodokushi: limpieza especializada, monitoreo remoto, sensores de consumo de agua y electricidad para detectar inactividad, llamadas programadas. Municipios y empresas privadas trabajan juntos para reducir muertes no reclamadas. Para gestionar la soledad, o mejor aún, sus consecuencias.
También está el mercado de los espacios. Restaurantes individuales, cabinas de karaoke, hoteles cápsula, coworkings por hora, cafés silenciosos. Todo pensado para una persona sola, sin fricción, sin negociación. La promesa es de autonomía. El resultado es una vida posible sin interacción humana.
El trabajo como influencer de Macarena empezó a rozar ese mercado sin proponérselo. Acompañaba a personas que iban a viajar. Traducía códigos. Mostraba caminos posibles. En cierto sentido, ofrecía un servicio antisoledad. No afectivo, más bien orientativo. No hablaba de emociones. Hablaba de cómo moverse. Dónde ir. Qué evitar. Cómo no sentirse tan perdida.
Lo notable es que nada de esto ocurrió como una toma de conciencia repentina. No hubo epifanía. Ella vivía. Yo leía. Ella se cansaba. Yo preparaba una ponencia. Ella volvía y se sentía abrumada por el ruido. Yo escuchaba en Mar del Plata a equipos que no sabían cómo sacar a alguien de la casa sin violentarlo.
La distancia entre teoría y experiencia se fue achicando a medida que Japón dejaba de ser una excepción y se volvía un anticipo.
Macarena no es hikikomori. No alquila novios. No vive encerrada. Pero habita una ciudad que volvió viable una vida con mínimo contacto humano. Y encontró, dentro de esa ciudad, una forma de sostenerse haciendo de la soledad un espacio habitable. Y cuando se plantea volver definitivamente a Argentina, se pregunta qué va a hacer con el ruido, con la demanda constante de presencia, con la expectativa de disponibilidad. Qué parte de ese silencio aprendido se va a quedar con ella. Se pregunta, en definitiva, si podrá volver.
Crónicas, ensayos, perfiles y análisis para explorar la epidemia de soledad del siglo XXI. Más que un libro, la radiografía de una sociedad que ha logrado optimizarlo todo, excepto los vínculos.
152 páginas. Papel bookcel 80 gramos. Impreso a dos tintas. 14,5 x 20 cm.
Biografía de la autora:
Victoria O’Donnell es socióloga (UBA) y magíster en Métodos Cuantitativos en Ciencias Sociales (QMSS) por Columbia University (Nueva York, Estados Unidos), con financiamiento Bec.ar–Fulbright. Consultora, docente e investigadora especializada en tecnología y salud mental. Dictó clases en la UBA, la UNSAM, FLACSO y CEPAL. Se desempeñó en análisis y estrategia en la función pública, en el sector privado local, organismos internacionales, empresas globales de tecnología y clínicas de salud, con foco en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos.
Crónicas, ensayos, perfiles y análisis para explorar la epidemia de soledad del siglo XXI. Más que un libro, la radiografía de una sociedad que ha logrado optimizarlo todo, excepto los vínculos.
Formatos .epub y .mobi.
Biografía de la autora:
Victoria O’Donnell es socióloga (UBA) y magíster en Métodos Cuantitativos en Ciencias Sociales (QMSS) por Columbia University (Nueva York, Estados Unidos), con financiamiento Bec.ar–Fulbright. Consultora, docente e investigadora especializada en tecnología y salud mental. Dictó clases en la UBA, la UNSAM, FLACSO y CEPAL. Se desempeñó en análisis y estrategia en la función pública, en el sector privado local, organismos internacionales, empresas globales de tecnología y clínicas de salud, con foco en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos.