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Capítulo 4

Las eremitas

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Sería algo así:

Te separás por tercera vez y decidís que va a ser la última. No haces ningún tipo de gran gesto. Guardás la ropa sin revisar los cajones, cambiás las sábanas, tirás la mitad de lo que había en la heladera. Sentís alivio pero todas tus amigas te van a empezar a insistir con que bajes aplicaciones y no sabés si podés soportarlo. No tenés energía para sacarte fotos. Tienen que ser recientes, te tiene que salir bien la cintura y también el aura de extroversión. Tienen que ser variadas: con un perro, cuerpo entero, plano corto. Y vos no podés más.

“No puedo más”, les decís a tus amigas, “renuncio”. No tiene sentido, nunca sale bien. Seguís en una diatriba. Podría ser un monólogo gracioso si no fuese tu propia vida. No tuviste hijos porque nunca se dio, no se habló, quedó pendiente y ahora ya te parece tarde. No querés admitirlo, pero te preocupa mucho. ¿Quién te va a cuidar cuando el resto esté con su pareja o sus niños ya adolescentes? Porque ni ellas van a poder estar del todo si tienen sus propias familias. “Y mis papás ya están grandes”, les decís sin tener que explicar mucho más.

Lucía, tu amiga que mejor sabe ser audiencia, dice que quizás lo único sensato sería irse a vivir juntas. Lo dice entre risas, como un chiste que repiten cada tanto, una manera de no nombrar el miedo de fondo. Las dos empiezan a dibujar en la conversación una casa compartida, orden, compañía, una vida más simple. La conversación no dura mucho, pero te quedás pensando en lo práctico que sería, todo lo que se resolvería con otra persona al lado: subir la biblioteca, cambiar un foquito, debatir con alguien si renunciar o esperar otro contrato, quejarte por fuera de las redes, comer más que una galletita cuando estás cansada de cocinar.

Pasás la semana entre extrañar a tu ex y querer dejarlo todo. Estás mucho tiempo online. Especialmente, en la cama antes de dormir, es tu forma de conectar con vos misma. Entre búsquedas de “cursos de ceramica near me”, lencería demasiado cara para la cantidad de veces que la vas a usar, chismes que pensás que consumís para entender la complejidad de las relaciones, una vez más el perfil de tu ex y “cursos de joyería near me”, te empiezan a aparecer notas sobre mujeres que viven en comunidad. No recordás haberlo buscado, pero ahí están: casas colectivas, proyectos cooperativos, nombres que se repiten. Leés algunas, otras las pasás por arriba. Las fotos son parecidas: mujeres grandes en patios, cocinando, riéndose. Contás la cantidad de vasos sobre la mesa. Compartís una de las notas con Lucía, que responde con un emoji y un “tenemos que hacerlo”, y la conversación se corta ahí.

La posibilidad de no volver a vivir otra historia de amor te golpea primero como un vacío. Luego, como un alivio. Al fin y al cabo, tenés un recurso en tu memoria, tu archivo personal de amores. Cuando el anhelo de intensidad romántica te apriete, recurrirás a la evocación, a reproducir el archivo completo de un beso: la textura, la temperatura, el vértigo. Sos capaz de erigir en el presente la adrenalina de una mirada uno segundos demasiado larga que te atravesó hace años. Tu historia afectiva es un capital tan vívido y accesible que te vuelve, por ahora, autosuficiente. Renunciar a lo nuevo es elegir navegar en la riqueza hiperreal de tu propio pasado.

Durante las noches, empezás a abrir los enlaces que aparecen sin parar. Foros, blogs, entrevistas. Mujeres que se organizaron en pueblos pequeños, que construyeron casas iguales, que se repartieron las tareas, que dicen que ahora duermen mejor. La mayoría habla de “tranquilidad”, no de “felicidad”. Leés todo sin interés real, pero leés.

Después de unas semanas ya no necesitás buscar. El algoritmo te ofrece una sucesión infinita de ejemplos: en Inglaterra, en España, en el sur de Chile. Algunas lo llaman “cohousing”, otras dicen “comunidad”. Los términos cambian, la estructura es la misma: viviendas separadas, espacios comunes, decisiones por mayoría. Empezás a prestar atención a los detalles materiales. Cuánto cuesta construir, qué superficie tiene cada unidad, cómo hacen con la electricidad, con el agua, con el gas. Las historias que al principio te parecían lejanas se vuelven más concretas, menos heroicas.

Una noche te das cuenta de que abrís esas notas con el mismo gesto con el que antes abrías las de alquileres o los avisos de trabajo. No buscás inspiración, buscás factibilidad. Calculás lo que podrías vender, lo que podrías invertir, lo que ahorrarías. Lucía se entusiasma por mensaje, dice que tiene algunos ahorros, que podrían armar algo de chicas, que quizá haya que buscar gente parecida.

El domingo se juntan a comer y hablan de eso. Ninguna lo plantea como una decisión, pero ambas lo dan por posible. Revisan nombres, piensan quién podría sumarse, a quién no soportarían. Lo que empieza a armarse no es un sueño, sino una hoja de cálculo. Se ríen, hacen chistes sobre el reglamento interno, sobre las tareas, sobre cómo se organizarían los gastos. Sin prometerse nada, siguen hablando.

Con los días, la idea se instala como una conversación de fondo. Cuando te despertás, cuando trabajás, cuando limpiás, pensás en cómo sería. En qué horario te levantarías, si podrías soportar el ruido de otras personas, si compartirías la comida o sólo los gatos. Todo lo que en una relación era un problema (las rutinas, los hábitos, el espacio) acá parece resolverse con planificación. Eso te tranquiliza.

En el teléfono aparece un video de un grupo en el sur del país. Mujeres que armaron una huerta, que viven de lo que producen, que organizan ferias. Mirás sin prestar atención, con el volumen bajo, sólo para ver la disposición de las casas, los techos, los materiales. Imaginás a Lucía ahí, calculás cuántas personas podrían mantener algo así. No sabés si podrías vivir con tierra bajo las uñas, pero el escenario te resulta menos extraño que el de seguir sola en la ciudad.

Te confunde el ida y vuelta de pensarlo como un proyecto hipotético, una distracción. Pero cada vez que el cuerpo se fatiga o que tenés que resolver algo que antes resolvían dos, la idea vuelve. No sabés si decirle entusiasmo, es un tipo de cansancio más lúcido.

En la pantalla, los testimonios se repiten: mujeres que vendieron su casa, que armaron comunidades, que dicen haber recuperado la calma. En los foros discuten sobre las normas, los límites, los invitados. Hay fotos de reuniones, de cumpleaños, de pequeñas construcciones. Todo parece alcanzable. Empezás a guardar direcciones, números, presupuestos. El plan, sin que lo anunciaras, ya empezó.

Una noche, mientras ordenás papeles sobre la mesa, tenés abierta en la laptop la pestaña de un foro de comunidades. Con una mano hojeás recibos y facturas viejas; con la otra, deslizás el cursor sobre fotos de casas compartidas, jardines comunitarios. Ahí, entre las cuentas vencidas y los presupuestos, aparecen los planos de tu departamento, ese dibujo preciso de la escenografía de tu soledad. Los mirás apenas un segundo: las líneas que marcan las paredes, los números que calculan metros cuadrados. Cerrás la carpeta y, casi al mismo tiempo, hacés clic en una foto ampliada de una cocina grande, con varias ollas sobre el fuego. Comida casera que no tendrías que hacer vos.

Al día siguiente, cuando Lucía te manda el enlace de la comunidad, que queda cerca de Luján, ya estás en modo búsqueda. No le contestás enseguida, pero no podés dejar de comparar: las ventanas de esa casa parecen más amplias, las paredes, más gruesas. Todo luce muy funcional, sin pretensiones, como un molde que espera ser llenado con otra vida. Pedís información casi sin pensarlo. Te contestan rápido.

A la semana viajás. Tomás un colectivo hasta la estación, otro hasta la ruta y de ahí un remís. El camino es corto, pero la distancia se siente. Llegás al mediodía. Te recibe una mujer con un cuaderno en la mano. Te muestra el lugar, las casas, el espacio común. No hay nada especial. Es un conjunto de construcciones sencillas, un comedor, una huerta pequeña. Podría funcionar.

Volvés a Capital cansada. No contás mucho. Decís que fuiste a ver un terreno. Lucía pregunta si te gustó. Decís que sí, que vas a volver.

Pasás los días siguientes ordenando. Tirás papeles, vendés muebles, archivás documentos. No hay entusiasmo, tampoco duda. El cuerpo se mueve sin instrucciones. Lucía dice que va a esperar, que no está lista. No insistís. Empieza a quedarte claro que no necesitás acompañante.

Te mudás con lo justo. Un colchón, los libros que no pudiste dejar, algunas ollas. El resto lo regalás. No ponés el departamento en alquiler para no sentirte encerrada, para que si te quedás allá, que sea algo que elegís.

Llegás a la comunidad en un día nublado. Las otras mujeres te ayudan a descargar las cosas. Te muestran de nuevo la cocina, el baño, la habitación. Hay olor a pintura y a humedad. El lugar no es bonito, pero está limpio. Te instalás. A la noche cocinan entre varias, comen en silencio. Nadie pregunta demasiado. Alguien cuenta que el agua sale con presión baja, otra, que se rompió una bisagra. Todo parece ordenado.

Al principio se te pasa rápido. Las tareas se reparten sin discusión. Hay horarios para todo. No pensás en cómo llegaste ahí. Lo único que importa es que las cosas funcionen. La ciudad empieza a borrarse. Son semanas de aprendizaje. No hay reglas escritas, pero todas parecen conocer el orden. Cada una limpia su espacio, pero el comedor, la cocina y la huerta son de uso común. Los días empiezan temprano. A las ocho ya se escucha movimiento, puertas que se cierran, ollas. Te acostumbrás. Como si alguien hubiera diseñado la rutina exacta que te hacía falta.

En la mañana, el aire huele a madera y tierra húmeda. Una de las mujeres prepara café para todas. Comentarios sobre el clima, la comida, la conexión de internet. El silencio no es incómodo. Es un silencio útil, una forma de respeto. Hacía años que no estabas en un lugar donde nadie esperara nada de vos.

Pasás las tardes en la huerta. No sabés nada de plantas, pero una de las mujeres, Alba, te enseña. Es una de las fundadoras y tiene la casa más linda, con ventanas con vitrales. Se da maña con casi todo, sentís que es un privilegio que sea tu guía. Con ella aprendés a reconocer los nombres, a medir la humedad de la tierra, a cortar las hojas secas. Es un trabajo simple y repetitivo. Después ayudás a cocinar, a lavar los platos, a revisar los gastos. La comunidad se sostiene en esa repetición. Nadie habla de lo que dejó atrás. En los primeros meses, no se escuchan historias personales. Es como si todas hubieran acordado vivir sin pasado.

El invierno llega rápido y es más duro que en la ciudad. Las noches son frías y el agua tarda en calentarse. Algunas se quejan, otras no porque está mal visto quejarse demasiado. En la cocina se juntan alrededor de la estufa, toman vino barato y comen pan casero. Hay algo en esa escena que te resulta ajeno y familiar al mismo tiempo. No es amistad, tampoco afecto. Es una forma de convivencia práctica, una cercanía que no necesita cariño.

A veces hay conflictos menores: la limpieza del baño, el uso de la heladera, los turnos de lavado. Pero la idea de que las cosas tienen que funcionar pesa más que las diferencias. Las reuniones son cortas, una lista de puntos que se leen en voz alta y se resuelven por consenso. Al principio te parece ridículo, después te das cuenta de que ese método evita lo peor: las emociones.

En la comunidad hay mujeres de edades e historias distintas. Algunas todavía trabajan en remoto, otras ya están jubiladas. Una vende pan en el pueblo, otra da clases de yoga. No hay jerarquías. La única distinción es la energía que cada una tiene. Se organiza todo según eso. Las más jóvenes cargan los bidones de agua, las mayores cocinan o cosen. Nadie lo discute.

Los fines de semana proyectan películas en un terreno cercano. Lo llaman autocine por costumbre aunque nadie llegue en auto. Llevan reposeras, termos, linternas. Se reparten la comida. A veces pasan películas nuevas, otras, viejas. Casi siempre se hace un intervalo antes del final porque el generador se queda sin nafta. Nadie protesta. Es parte del plan. En esas pausas el campo se llena de sonidos. Los grillos, el viento, las risas. Hay una sensación de pertenencia leve, suficiente.

Con el tiempo, tu cuerpo se acostumbra al ritmo del lugar. Te despertás temprano sin alarma, dormís mejor, comés menos. Los días tienen una secuencia clara. Hay un tipo de alivio en eso, una forma de descanso que no habías conocido. Lo que antes era soledad ahora es rutina. No hay grandes conversaciones ni intimidad. Nadie se ofrece a escuchar los problemas de las otras, pero si alguien se enferma, aparecen medicinas, sopa, ayuda. No hace falta pedirlo.

A veces extrañás Capital. Los ruidos, las luces, los cafés. Pero cuando vas a Buenos Aires a visitar a tu hermana, el movimiento te incomoda. La gente habla rápido, las veredas están llenas. El ruido del tránsito te enloquece. Después de unas horas, querés volver. El regreso a la comunidad siempre te produce una sensación rara, algo entre alivio y pérdida. En la ruta, el paisaje se abre y volvés a respirar. Al año de vivir ahí, la comunidad cambia. Una mujer se muda, otra llega. Las reglas se ajustan. Empiezan a hablar de construir una biblioteca. Te ofrecen que te encargues. Buscás estantes, clasificás libros donados. Te das cuenta de que ese gesto, mínimo, te devuelve una especie de propósito. Esto sí es estable, esto sí parece para siempre, en la salud y en la enfermedad.

En los días de calor se reúnen bajo los árboles, comen asado, leen. Los cuerpos se mueven lento, el aire tiene una densidad distinta. Cada tanto llegan visitas: hijos, nietos, amigos. Se quedan poco, vuelven a irse. Vos observás desde lejos. La distancia te parece justa.

En los meses siguientes el grupo se consolida. Organizan compras, arreglan el techo, planean plantar árboles. Las decisiones se vuelven más fáciles. Hay discusiones, pero ya no importan tanto. Lo que importa es que nada se rompa del todo.

Las estaciones se suceden, el ritmo se mantiene. A una de las compañeras se le muere el padre y el resto se turna para acompañarla. Nadie dice la palabra cuidado, pero todas saben lo que significa. Lo hacen con naturalidad, sin discursos.

Empezás a pensar qué podrías cocinar, lasagna de verduras, tarta de zapallitos que plantaron ellas mismas, chalas, pizza en la parrilla que siempre se quema un poco pero nadie lo dice. Empezás a pensar que podrías quedarte ahí para siempre. Hay pan, vino, un par de velas. Comen, se ríen, hablan de cosas pequeñas. El viento mueve las hojas de los árboles y el ruido del campo se mezcla con las voces, sin ninguna intensidad.

Una tarde, después de trabajar en la huerta, escuchás a las otras hablar adentro, reírse. No prestás atención a las palabras, sólo al sonido. Pensás que esto es lo más parecido a la paz que vas a tener. ¿O no es una paz plena, sino una pausa? Hay cosas que molestan: la lentitud de las decisiones, las pequeñas discusiones, el ruido del agua en las cañerías. Pero todo eso también forma parte de la vida que elegiste. Dudás. También te sentís sola a veces. Entonces eras vos, quizás. Y si eras vos… ¿por qué no volver a un lugar donde si un día querés comer pizza a las 2 de la mañana podés?

Te asalta la duda, el temor, la angustia.

Decidís poner en venta tu departamento en Capital.

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Biografía de la autora:

Victoria O’Donnell es socióloga (UBA) y magíster en Métodos Cuantitativos en Ciencias Sociales (QMSS) por Columbia University (Nueva York, Estados Unidos), con financiamiento Bec.ar–Fulbright. Consultora, docente e investigadora especializada en tecnología y salud mental. Dictó clases en la UBA, la UNSAM, FLACSO y CEPAL. Se desempeñó en análisis y estrategia en la función pública, en el sector privado local, organismos internacionales, empresas globales de tecnología y clínicas de salud, con foco en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos.

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Victoria O’Donnell es socióloga (UBA) y magíster en Métodos Cuantitativos en Ciencias Sociales (QMSS) por Columbia University (Nueva York, Estados Unidos), con financiamiento Bec.ar–Fulbright. Consultora, docente e investigadora especializada en tecnología y salud mental. Dictó clases en la UBA, la UNSAM, FLACSO y CEPAL. Se desempeñó en análisis y estrategia en la función pública, en el sector privado local, organismos internacionales, empresas globales de tecnología y clínicas de salud, con foco en enfermedades crónicas no transmisibles, salud mental y consumos problemáticos.

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