Dos psicólogas de Buenos Aires, Isabel y Elena, organizaron un evento de citas rápidas para personas con neurodivergencia. El criterio era simple: bienvenido cualquiera que se percibiera en ese grupo y tuviera ganas de conocer a otros. A la larga terminó siendo más que nada un encuentro para personas dentro del espectro autista. Justamente, la idea había surgido al ver Amor en el espectro, una serie que las conmovió por cómo retrata la dificultad para entender el baile de pasos, ceremonias e indiferencias que el amor requiere. Y cómo, a pesar de todo, las personas siguen buscándolo. No es una búsqueda de afecto, ni apoyo, ni cuidado. Es la búsqueda de amor romántico. El que desordena el cuerpo. El que te arranca de la persona que eras y te distrae del todo. El que vuelve intolerable la idea de que la vida siga igual si el otro no está.
“Hubo padres que trajeron a sus hijos desde San Fernando a Palermo, con lluvia. Realmente nos dimos cuenta que había ganas de que esto pasara”, contó Elena. Para generar un entorno más ameno, cerraron el bar para otros, bajaron las luces, cuidaron que nada hablara demasiado alto. Armaron tarjetas con preguntas, un instructivo por WhatsApp sobre small talk que proponía consignas como evitar aperturas vagas tipo “¿y vos?” y reemplazarlas por preguntas concretas con opciones (“¿Sos más de planes tranquilos o sociales?”, “¿Qué te viene entusiasmando últimamente?”), consejos para dejar terminar al otro sin pisarlo, sostener el hilo repreguntando sobre la última frase (“Dijiste que estás con X, ¿qué parte te gusta?”) y normalizar un “pedido de traducción” cuando aparecieran dobles sentidos (“Me pierdo con la ironía: ¿me lo decís directo?”). Las rondas de charlas estaban cronometradas en 8 minutos y entregaban una planilla con recuadros grandes para marcar si convenía volver a verse y con qué intención (amistad, cita o seguir conversando), sin obligar a intercambiar contacto en el momento. La idea que subyace estos manuales es hacer explícitas las reglas en vez de suponerlas.
Dieron veinte minutos de espera. El primero que llegó se apoyó contra una pared. El segundo hizo lo mismo. Al rato, casi todos estaban alineados, en silencio, contra la misma pared. El bar, mientras tanto, intentaba comportarse como bar. Una moza, un cocinero, el barman listo. Pero varios no pidieron nada porque no tenían sed. Alguien pidió un brownie. Eran las seis de la tarde y, para él, correspondía merendar.
En los formularios previos —donde cada quien describe qué buscaba en términos de género, apariencia y personalidad—, aparecía una apertura de preferencias muy amplia. A muchos les resultaba indistinto el género o la etiqueta neurológica de la otra persona. En esa fluidez se repetían criterios menos identitarios y más de trato y de compatibilidad práctica: que sea romántico, que sea buena persona, que sea educado/a, que le gusten las mismas cosas que a mí. Para bastante gente neurodivergente, lo de “las mismas cosas” no es un capricho. Los intereses funcionan como un idioma compartido y un espacio seguro para acercarse sin tener que adivinar códigos. Permiten sostener la conversación, regular la ansiedad y construir intimidad de a poco, alrededor de rituales, información y tiempos comunes. Sin embargo, cuando imaginaban el amor, las escenas eran otras. Profundamente clásicas. Flores, velas, anillos de compromiso, luna de miel, una vida armada alrededor de intereses en común. Esa gramática cultural, sacada de películas y de la educación sentimental heredada, era el molde visible de la intensidad que esperaban. En el encuentro, en cambio, la intensidad circuló de forma más cauta. La mayoría eligió la casilla “amistad” al final de las rondas y esa noche sólo un vínculo quedó marcado como “romántico”. Isabel y Elena no leyeron esas cifras como un fracaso, sino como una radiografía. La gente quiere, pero tantea. Quiere mucho y demuestra poco. Marcar “amistad” funcionó como umbral, una manera de no retirarse del todo ni jugarse entero de golpe, y quizá también una forma de decir que lo vivido todavía no se parecía al ardor feroz que, imaginaban, podía surgir de repente.

El deseo no aparece como una preferencia prolija, sino como una urgencia que quema. Un “por favor, que se enamore de mí”, la ocupación completa del pensamiento. La sensación de entrar, por fin, en el club de los que entienden por qué una canción puede doler, a los que la poesía no les suena exagerada. El deseo de amor no se deja domesticar. No acepta versiones atenuadas. Es feroz, insistente, a veces desesperado. Aparece incluso cuando todo lo demás está. Y por más que hoy se lo critique, por más que se lo piense como una forma peligrosa de organizar la vida, sigue ahí. Empujando.
Enamorarse es, ante todo, una ampliación de la vida. Es la posibilidad concreta de que el mundo no termine en los límites de la propia piel. Que haya otro horizonte desde el cual mirar, otro centro de gravedad que reorganice los días. Esta fuerza es profundamente transformadora. El filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955) lo definió así: amar es salir de uno mismo e instalarse en el otro. Con esto no quiere decir fusionarse con el otro, sino más bien reorientar radicalmente la atención y la experiencia propia. La vida se ve desde un nuevo ángulo, los detalles cotidianos ganan o pierden peso, el paisaje se transfigura porque alguien más lo habita. En la historia argentina, Camila O’Gorman encarna ese principio de manera extrema. Una joven de buena familia, educada en un convento, con todo su destino escrito de antemano, se enamoró de Ladislao Gutiérrez, un cura. Y en lugar de esconderlo o resignarse, se fugaron. Juan Manuel de Rosas se enteró y por escándalo a la religión los mandó a fusilar. Camila permanece hoy como símbolo de que el amor no es un refugio tibio, sino una fuerza capaz de reconstruir a las personas casi por completo. El filósofo francés Alain Badiou (nacido en 1937) coincide en un punto decisivo: amar a otro es el riesgo absoluto de ver el mundo desde el punto de vista del dos.
Y esa fuerza emotiva e interna del amor convive, sin mucha contradicción, con una contabilidad práctica. Estar en pareja es, además, logísticamente eficiente. En cambio, ser soltero cuesta más. El alquiler de un monoambiente recae sobre un solo sueldo, los impuestos no se dividen, la salsa de tomate siempre es demasiada. Para las mujeres, el costo se incrementa con el taxi de madrugada por seguridad o los muebles que no se pueden mover sin ayuda. La arquitectura urbana y económica está pensada para la pareja como célula básica; desde las mesas para dos hasta los créditos que privilegian “hogares” estables. Existe un impuesto a la soltería, afectivo y material. La pareja funciona como una microcooperativa de supervivencia. Los problemas dejan de ser individuales. Son dos miradas para resolver una mudanza, dos ingresos para afrontar un alquiler, dos cuerpos para turnarse en una enfermedad. Hace años se conoció el caso de la expareja de un investigador que, tras la separación, solicitó ser incluida como coautora en sus papers por las horas dedicadas a corregir sus manuscritos. Un ejemplo extremo de cómo el trabajo invisible sostiene las carreras visibles. Este arreglo convive, sobre todo para muchas mujeres, con un deseo igual de fuerte: el de la independencia. Es la tensión de dos necesidades legítimas que el mundo actual fuerza a elegir con demasiada frecuencia. Se puede anhelar una mano que ayude a levantar un mueble —a veces demasiado pesado para una mujer, sobre todo cuando el diseño suele ser androcéntrico— y, al mismo tiempo, el orgullo de haberlo logrado sola.

Sin embargo, llegar a construir esa cooperativa se ha vuelto un laberinto. “Lo bueno es conocer gente fuera del círculo; pero lo malo es que todo es muy efímero”, dice Martina, guionista feminista de 33 años, sobre las apps de citas. Ella describe el match que nunca concreta una salida, la cita cancelada sin explicación, la conversación que se apaga de golpe. Un amigo detesta que la interacción recaiga siempre sobre él, desde iniciar la charla hasta planear el encuentro. Otro afirma que nada interesante puede surgir de un espacio diseñado para la superficialidad. “Cuando busco de verdad, busco por afuera de las aplicaciones”, dice, y admite que probablemente hubiera descartado en una app a alguien que en la vida real le atrajo.
Cada vez más los chats se parecen a entrevistas de trabajo, dicen muchos de los entrevistados. “No te repreguntan”, resume Martina. Repreguntar es interesarse, es escuchar. Sin escucha, es imposible construir una escena común, ese pasado mínimo que necesita cualquier historia para empezar. Aquí choca la mecánica de las plataformas con la naturaleza del deseo. Ortega y Gasset argumentaba que el amor no es la suma de cualidades, sino una preferencia sostenida por un “estilo de estar en el mundo”. Se ama una manera de discurrir, una cadencia específica en lo cotidiano, el modo en que alguien se ríe de una desgracia mordiéndose el labio o sabe guardar silencio profundo ante una noticia grave. Esa elección requiere roce, repetición, el paso del tiempo. No puede comprimirse en una decisión tomada en segundos, entre un scroll y otro, por una foto desde la luz fría del teléfono que se ve al pasar subiendo a un colectivo.
“El rechazo los deja hechos mierda a mis pacientes, de verdad”, comentaba una de las psicólogas. La crudeza de la frase es necesaria, porque el mecanismo parece abstracto —un rechazo a una foto, a un texto compuesto con esmero— pero la herida es muy concreta y personal. Se internaliza como un juicio total. Muchos de sus pacientes describen la necesidad de un estado anímico particular, una suerte de armadura psicológica, para siquiera abrir una aplicación. El rechazo aislado es tolerable, pero en la acumulación el ánimo se termina doblegando: el ghosting, los matches que nunca responden, las conversaciones que se desvanecen sin razón. Es un desfile constante de micronegaciones que resulta difícil de metabolizar cuando la reserva emocional está baja por la erosión cotidiana.
Frente a este desgaste, algunos —varones especialmente— tienden a plantear dinámicas que quedan sólo en lo online. Terapeutas que trabajan con varones jóvenes observan cómo el sexting se ha normalizado, más allá del juego, como una solución logística. Funciona como una validación eficiente: ofrece la descarga sexual y un mínimo de reconocimiento, sin los costos adjuntos. Elimina el gasto económico de una cita, la vulnerabilidad de la exposición cara a cara, la ansiedad de interpretar un lenguaje corporal en tiempo real. Es suficiente. Resuelve la ecuación cuando los recursos —económicos, emocionales, temporales— escasean. Opera, además, como una pornografía personalizada e interactiva, una satisfacción que esquiva por completo el riesgo del ridículo en vivo. Este repliegue coincide con un cambio ambiental: la casa, saturada de pantallas y entretenimiento on demand, ya no aburre a nadie, no empuja a nadie hacia la calle. La libido, como tantas otras cosas, encuentra canales privados que demandan menos energía y ofrecen un control ilusorio sobre el resultado.
Sobre este terreno ya de por sí agotador, se superpone otra fractura: el gender divide, una distancia creciente, sistemática y muy politizada en la manera de vivir, sentir y entender el mundo y las disparidades de experiencias y oportunidades según el género. Ya deja de ser un debate abstracto para convertirse en una plétora de conflictos cotidianos. Se manifiesta en un desgaste constante de interpretación: qué se da por obvio, qué hay que explicar, qué mirada se percibe como una amenaza, qué silencio como una ofensa. Para muchas mujeres y personas LGbtq+, la cuestión ya no es de mera apertura sentimental, sino de establecer un límite básico de integridad, negarse a negociar constantemente el derecho a su propia experiencia de la realidad. El conflicto histórico que antes se dirimía frente a instancias externas —la familia que desheredaba, la ley que perseguía— hoy se libra en el territorio de la intimidad. La pregunta crucial ya no es “¿creés en la igualdad?”, sino “¿reconocés mi dolor, mi historia, mi nombre?”. Negar ese reconocimiento es una anulación de la persona que se tiene enfrente.
Exigir estos consensos básicos de respeto, por elementales y justos que sean, reduce el universo de potenciales parejas. Se filtra, con razón, a quienes no están dispuestos a realizar ese trabajo mínimo de reconocimiento. Las aplicaciones de citas, en teoría, amplían el acceso a un número infinito de desconocidos. Pero estos filtros éticos, necesarios para la supervivencia psíquica, contraen dramáticamente ese campo. Amar de manera responsable —sin negar la realidad del otro ni abdicar de la propia— se vuelve un ejercicio de alta precisión, con menos margen para el error. Es el efecto colectivo de una época que exige más claridad política en la almohada de la que quizás haya exigido nunca.

Esta fatiga de lo posible —el desgaste de buscarse, la negociación constante— no termina al conseguir pareja. Se transforma. Adopta la forma de una soledad particular, una que Sandra, farmacéutica de G5 años, divorciada, con un hijo de 30, define como una “intemperie doméstica”. Es la exposición de quien está acompañado pero no resguardado. No ocurren dramas, lo que sucede es un lento proceso de erosión. La atención, ese recurso fundamental, se retira sin anuncio. Las conversaciones mutan hacia la pura logística de la convivencia. Los gestos espontáneos de cuidado son reemplazados por un silencio práctico. La mirada busca con más frecuencia la seguridad neutra de una pantalla antes que la complejidad del rostro conocido. Es la soledad de la presencia física sin disponibilidad emocional, una compañía que ocupa espacio pero ha dejado de habitar la escena.
Esta soledad encuentra una resonancia física, una textura que Evelyn, masajista de Sandra, reconoce en su camilla. Allí atiende contracturas por estrés, pero también una demanda distinta. Percibe una quietud particular en ciertos cuerpos, una piel que parece haber olvidado su historia de contacto. Sacan turnos de masajes porque, según Evelyn, buscan, bajo una aparente actitud blasé, un contacto intencional y no utilitario, un cuidado ejercido con deliberación. La piel, en su memoria celular, archiva la ausencia prolongada de ternura e intencionalidad. Bajo sus palmas, ella siente que esos tejidos absorben el contacto con una urgencia silenciosa, como tierra seca recibiendo la primera lluvia. Es el registro somático de una carencia privada, cuerpos que dejaron de ser un territorio de descubrimiento compartido para convertirse en un paisaje frío que ya no parece ser tentador recorrer.
Se busca en el otro un refugio contra la intemperie del mundo. Y a veces, dentro de ese refugio, se reproduce el mismo clima de desconexión del que se quería escapar. Cuando el hábito de compartir el mundo se desvanece, la pareja se reduce a una estructura de coordinación logística. Las conversaciones orbitan alrededor de agendas, turnos y cuentas. El amor siempre incluyó una dosis de logística para hacer viable la vida en común, pero no puede sobrevivir si se convierte únicamente en eso. El peligro más insidioso es la ausencia de atención disponible dentro de la compañía.
Lo que se necesita en el amor son personas disponibles.

Y para navegar esta geografía sin garantías, ciertas condiciones internas y externas se vuelven cruciales. La primera es una capacidad renovada para el rechazo. Desarrollar una destreza emocional que permita recibir un no sin que se convierta en un veredicto global sobre todo lo que uno es implica entender, en el cuerpo y no sólo en la teoría, que muchas veces el rechazo no es un juicio sobre la propia esencia, sino el resultado frío de un desencuentro y de ciertas condiciones: algoritmos que priorizan caras nuevas, timing que no coincide, estados de ánimo ajenos e inaccesibles. Es el trabajo de diferenciar entre el valor propio y el resultado de una interacción, un aprendizaje lento que las aplicaciones, con su feedback instantáneo y mudo, constantemente sabotean.
La segunda condición es más profunda y estructural: un suelo de autoestima que no dependa de la validación romántica. Aquí la teoría del reconocimiento del filósofo Axel Honneth ofrece una clave indispensable. Honneth argumenta que la confianza básica en uno mismo —el derecho a sentir que se existe y se merece un lugar— no nace de un vacío, sino que se construye sobre tres pilares de reconocimiento social. El amor, en sus formas primarias (familiares, de amistad) nos da la seguridad afectiva inicial, la certeza de que somos dignos de cuidado. El derecho, el respeto jurídico y moral, nos confirma como sujetos iguales, portadores de una dignidad que no puede ser violada. La solidaridad o estima social valora nuestras capacidades y contribuciones concretas, lo que sabemos hacer y aportar a la comunidad.
Cuando la tríada de estos pilares es débil o se encuentra amenazada, la persona llega al mercado afectivo con deuda emocional. Es mucho más fácil arriesgarse en el terreno incierto del amor, exponer la vulnerabilidad, tolerar el fracaso, cuando el resto del mundo ha otorgado, aunque sea mínimamente, esos tipos de reconocimientos que menciona Honneth. Si el trabajo es precario y desvalorizado (quebrando el pilar de la estima), si se vive en la inseguridad de no tener derechos básicos garantizados (quebrando el del respeto), o si se arrastra una historia de desapego (quebrando el del amor), la búsqueda de pareja se sobrecarga de una expectativa reparadora imposible. Ninguna cantidad de likes, matches o halagos ocasionales puede suplir la ausencia de ese entramado de reconocimiento. Por eso, el desgaste amoroso contemporáneo, además de un problema de algoritmos o de fatiga social, es también el síntoma de un debilitamiento de estas esferas. La fragilidad con la que muchos construyen su yo hoy es, con frecuencia, el reflejo de un mundo que ofrece menos lugares seguros donde sentirnos reales, legítimos y valiosos.
Desde ahí se desprende la pregunta de si es posible una redistribución radical de la expectativa. La pareja romántica ha sido cargada, especialmente en la vida urbana contemporánea, con un peso estructural desmesurado. Se le exige que sea a la vez refugio emocional único, red de seguridad económica, proyecto de identidad compartido, y principal —a veces única— fuente de cuidado íntimo. Es una carga que antes se distribuía en una comunidad más amplia y tangible: la familia extendida, el vecindario, las instituciones locales, los amigos de toda la vida que vivían cerca. Hoy, esa trama se ha deshilachado por la movilidad, la precariedad del tiempo y la especialización de las vidas adultas.
Construir amistades sólidas que soporten peso, tejer redes de apoyo concretas —aunque sean pequeñas—, recuperar tiempo no productivo para lo comunitario no son simples consejos
de bienestar. Su existencia permite que la relación de pareja no tenga que ser el único pilar que sostenga una vida entera. Le quita la presión de tener que ser la respuesta a todo: al miedo, a las finanzas, a la soledad, al aburrimiento, a la falta de sentido. La vida de a dos puede ser un refugio poderoso, pero no puede ser el único. Necesita, a su alrededor, una trama más amplia y resiliente que la sostenga.

El encuentro de neurodivergencia terminó como empezó: con un silencio atento. Cuando se apagó el cronómetro, no hubo euforia ni decepción. Quedó una calma rara, casi profesional. La sensación de haber atravesado una escena sin lastimarse. Algunos ayudaron a apilar sillas, como si mover objetos permitiera demorar la decisión de irse. Afuera, un padre esperaba bajo la llovizna para llevar a su hijo de vuelta a San Fernando. Toda esa logística, esos viajes, esas planillas eran también parte del dispositivo. El amor como asunto íntimo, sostenido por una red de gestiones ajenas.
Antes de irse, Elena dijo que lo más sorprendente fue la seriedad con la que todos tomaron el acto de conocerse. Nadie se rió de nadie. Nadie humilló. Nadie jugó a hacerse el desinteresado.
¿Cuántos espacios así hacen falta para que el primer paso deje de sentirse como un salto al vacío? ¿Cuánta práctica en la diferencia se necesita antes de pedirle a dos personas que inventen, desde cero, un mundo común? Para que el amor no tenga que doler tanto. Para que no tenga que resolverlo todo. Para que se pueda atravesar sin anestesia ni retirada. Para que se pueda, simplemente, pedir un brownie a las seis de la tarde y compartirlo.





