A mediados de la década de 1920, la automotriz estadounidense General Motors tuvo una estrategia muy interesante para su producción. Se llamó “Programa de Marcas Complementarias”, y consistía en la creación de cuatro marcas de autos que cubrían un gran espectro de poderes adquisitivos de los consumidores, cada una con una identidad propia. Las llamaron Pontiac, LaSalle, Marquette y Viking. Los autos eran distintos, pero al pertenecer todas las marcas a la misma empresa, muchos compartían motores y plataformas de ensamblaje, por lo que abarataban enormemente los costos. Gracias a esta estrategia, General Motors pudo sostener la producción de vehículos durante la crisis que vino después del estallido de la bolsa de Nueva York, el 24 de octubre de 1929, conocido como “jueves negro”. Sin embargo, solo una de esas marcas sobrevivió y estuvo activa hasta el año 2010. Esa marca es Pontiac.
En la década de 1960, Pontiac vivió su auge con el Pontiac GTO, un auto bestialmente potente en un chasis mediano y con un diseño espectacular. En el desarrollo del GTO participó John DeLorean, un joven ingeniero que, gracias al éxito del GTO, en 1965 se convirtió en el gerente general más joven de Pontiac, y, en 1969, en el más joven de Chevrolet, ambas divisiones de General Motors. John era una especie de estrella de las automotrices. En 1973 se fue de General Motors y fundó la DeLorean Motor Company (DMC), cuyo primer auto, el DMC-12, fue un tremendo fracaso comercial. A pesar de que se convirtió en un ícono cuando Robert Zemeckis lo eligió para encarnar la máquina del tiempo del Doc Brown en Volver al futuro, Delorean terminó en bancarrota. O quizás todo se fue al demonio cuando John estuvo detenido por supuestos vínculos con el narcotráfico. Mejor sigamos hablando de autos.
Después del auge en los 60 y 70, Pontiac no fue lo mismo: empezó a hacer autos que no llamaban la atención y las ventas eran cada vez menos. En la década del 2000 sacaron un monovolumen, el Pontiac Aztek, que tenía una particularidad muy especial: era feo. Por supuesto que la belleza es subjetiva, pero el Aztek es uno de los pocos autos objetivamenteDe aquí en más, “objetivamente” significa “lo que yo opino”, y ambos términos son intercambiables y de igual validez. feos de la historia. Para sorpresa de nadie, no tuvo éxito y fue discontinuado en 2005. Aunque, al igual que el DeLorean, se volvió muy famoso gracias a la industria audiovisual: era el auto que manejaba Walter White en la serie Breaking Bad.
Después de varios fracasos, el 4 de enero de 2010, salió de la fábrica un Pontiac G6 blanco, un auto de cuatro puertas sin mucha gracia, que fue el último Pontiac de la historia, cerrando así 84 años ininterrumpidos de producción de autos.
Ahora bien, ¿a qué viene toda esta historia automovilística? Resulta que una de las partes más importantes de la industria automotriz —y probablemente de la que menos se habla— es la de ponerle nombres a los autos. Lo sabe Chevrolet, que intentó vender el NovaNova en español suena a “no va”, o sea, no anda. Obviamente, fue un fracaso. en Latinoamérica. Lo sabe muy bien la japonesa Mitsubishi, que tuvo que cambiar en algunos países el nombre de su camioneta Pajero. Y lo sabe Honda, que al lanzar el Fitta, generó revuelo porque en sueco y noruego se le dice así vulgarmente a los genitales femeninos.Encima, lo lanzaron con el eslogan “pequeño por fuera, grande por dentro”. Por suerte, después le sacaron un par de letras y quedó Fit, y hoy es un auto muy exitoso, aunque tiene un problema muy particular: su paragolpe trasero es increíblemente pequeño. De hecho, se conoce como “la maldición del Fit” al hecho de que es casi imposible encontrar por la calle Hondas Fit que no estén chocados atrás. Pero Pontiac… ah, qué hermoso Pontiac. Suena muy bien. No tiene juegos de palabras asociados. Es, en definitiva, un nombre muy bien logrado. Poderoso. Viene de un cacique de los Odawa, un pueblo originario norteamericano, que lideró una revolución y, para mayor gloria, fue asesinado por un hachazo en la espalda.
La guerra de los siete años
A los seres humanos nos trajeron bastantes problemas las ansias expansionistas de Francia e Inglaterra. La guerra de los siete años comenzó en 1754, cuando Gran Bretaña le declaró la guerra a Francia y terminó —como era de esperar, aunque no siempre se cumplen estas cosas— siete años después, en 1763, con la firma del Tratado de París.
Un año antes del estallido de la guerra, Gran Bretaña controlaba trece colonias en Norteamérica, pero más allá de esas colonias, estaba Nueva Francia, una región muy grande y escasamente poblada que se extendía desde Luisiana —a través del valle de Misisipi y los Grandes Lagos— hasta Canadá. Nueva Francia, como su nombre lo indicaba, estaba bajo control francés.
La frontera entre las posesiones francesas y británicas no estaba bien definida y eso suele traer problemas. En el valle superior del río Ohio, los franceses habían construido varios fuertes para obligar al reconocimiento de ese territorio. Las fuerzas coloniales británicas, dirigidas por el teniente coronel George Washington —que en ese momento tenía 22 años y luego terminó siendo presidente de Estados Unidos—, intentaron expulsar a los franceses en 1754, pero fueron derrotadas. Cuando la noticia del fracaso de Washington llegó al primer ministro británico, pidió una rápida represalia armada a gran escala. Ese fue el primer momento de los siete años siguientes.
El gobierno británico, entonces, envió al General Edward Braddock a las colonias como comandante en jefe de las fuerzas británicas en Norteamérica. El problema es que los líderes originarios no cooperaron con él y el 13 de julio de 1755, durante una expedición fallida para capturar el Fuerte Duquesne, en la actual Pittsburgh, el general fue emboscado y asesinado. Después de ese evento, la guerra se estabilizó varios años, pero al final terminó inclinándose para el lado británico y concluyó con la firma del Tratado de París, que implicaba una victoria de Gran Bretaña en la que Francia cedió todo su territorio de Norteamérica, salvo las islas de Martinica y Guadalupe, y los derechos de pesca en Terranova.
Pero no fue una victoria para festejar; en Norteamérica la guerra de los siete años sembró más que sangre. Sembró un germen revolucionario, un rechazo al colonialismo británico que, unos años después, derivó en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Estamos hablando, claro, del 4 de julio de 1776.
Dos mantas y un pañuelo
Pontiac —el cacique, no el auto— no llegó a ver la creación del Estado norteamericanoTal vez fue bueno que no la haya visto porque los pobladores originarios norteamericanos salieron perdiendo con la independencia de Estados Unidos: fueron despojados de sus territorios, excluidos y, muchas veces, asesinados durante varios años. La película Los asesinos de la Luna, dirigida por Martin Scorsese, de 2023, muestra con bastante crudeza una serie de asesinatos a los miembros de la tribu Osage en 1920, luego de que descubrieran petróleo en sus tierras, lo que es un bajón por mucho que después los homenajearan poniendo el nombre de un cacique importante a una marca de autos. porque vivió entre 1720 y 1769. Pero combatió a los ingleses. De hecho, en 1763, ni bien terminada la guerra de los siete años, lideró el sitio al fuerte Pitt, ubicado en Pittsburgh. Dentro del fuerte había unos 120 soldados británicos, al mando del capitán Simon Ecuyer, y unos 600 civiles.
Pontiac y sus aliados intentaron ingresar al fuerte en mayo pero, al no lograrlo, lo asediaron durante dos meses.
Durante el asedio, del lado de adentro del fuerte, comenzaron a aumentar los casos de viruela, una de las enfermedades más mortales de la historia, que recién se logró erradicar gracias a las vacunas en 1978.Fiebre. Breve colección de epidemias es un libro que escribí en 2021 y cuenta a mi entender muy bien la historia de la viruela. Se los recomiendo. Algo que me pasó también con Breve atlas anecdótico de la ciencia (que también recomiendo) es que una vez impreso el libro siguieron apareciendo historias espectaculares que bien podrían haber ido al libro. Esta es una de ellas. Los enfermos se alojaban en un hospital improvisado dentro del fuerte, donde no había ninguna forma de frenar la enfermedad, sobre todo porque faltaban unos 30 años para que se aplicara la primera vacuna de la historia. Así que los casos de viruela crecían sin parar.
Entre las personas que se encontraban en el fuerte estaba William Trent, un comerciante de pieles que escribía todo en su diario. Un diario bastante interesante que luego sirvió para conocer en detalle lo que había pasado durante el asedio.
El 13 y 14 de junio, Trent anotó “nada digno de ser mencionado”. El 21 registró un tiroteo y el 22, que observaba humo en un extremo del fuerte. Pero el 24 de junio de 1763 anotó algo más perturbador:
Anoche, dos indios vinieron a la guarnición. Esta mañana la dejaron de nuevo, después de recibir de nosotros dos mantas y un pañuelo del Hospital de Viruela. Espero que tenga el efecto deseado. También les dimos dos frascos de ron y algunos abalorios. Por la tarde, los indios que están acampados alrededor del fuerte dispararon contra nuestros centinelas, pero sin hacerles ningún daño.
La entrada de Trent en su diario puede hasta pasar desapercibida. Pero es importante que la interpretemos. Un grupo de personas asediadas por indios, desesperadas porque se van quedando progresivamente sin alimentos, establecen una instancia de negociación con los originarios que los están sitiando y durante el encuentro se tiran un lance que ni siquiera saben si va a funcionar: les regalan mantas y pañuelos, con la esperanza de que esas telas estén contaminadas con viruela.
No está claro el impacto que tuvo la acción, no hay forma de saber cuántos contagios ocurrieron luego del evento y, menos aún, si se pueden adjudicar efectivamente al pañuelo, pero al estar tan bien documentada, la acción constituye el primer registro de uso de organismos —en este caso, virus— como arma.
La disputa se decidió finalmente con métodos más tradicionales. El 4 de agosto, el coronel británico Henry Bouquet salió de Fort Ligonier, a unos 80 kilómetros del fuerte sitiado, con tropas y provisiones de harina. Cuando iban a mitad de camino, fueron emboscados en Bushy Run por guerreros indígenas, sufrieron bajas de casi un cuarto de sus tropas y perdieron gran parte del cargamento de harina. Al día siguiente, Bouquet fingió una retirada. En realidad, pretendía rodear a los indígenas y atacarlos por sorpresa. El plan funcionó y la batalla de Bushy Run fue una victoria inglesa. Cuatro días después, Bouquet volvió al fuerte y pudo romper finalmente el bloqueo.
Hoy, se puede visitar el campo de batalla, la entrada vale 5 dólares y promete ser el único sitio histórico exclusivamente dedicado a la guerra de Pontiac: el campo de batalla conserva intacta su topografía, y las posiciones y maniobras de ambos bandos, según la página del sitio, se pueden sentir y comprender perfectamente. Además, las 36 hectáreas boscosas dan una idea del ambiente original en el momento de la batalla, hay senderos autoguiados y un moderno centro de visitantes. Tal vez, incluso, haya descuento para estudiantes y con un poco de suerte sirva mi libreta de la facultad, en cuya foto tengo aún mucho pelo. Si algún día estoy por ahí, no voy a dudar en visitar el sitio.
A pesar del resultado de la batalla de Bushy Run, el cacique Pontiac quedó en el imaginario popular estadounidense como sinónimo de patriotismo y lucha contra el imperialismo británico. Realmente bien logrado el nombre del auto.
Un invento medieval
Aunque la de Pontiac es mi historia favorita sobre guerra bacteriológica, hay otras tres que demuestran las penurias que ha pasado la humanidad luchando contra los patógenos, y cómo nos ingeniamos para buscarles la vuelta. Y que no están incluidas en mi libro Fiebre. Breve colección de epidemias, así que funcionan como tráiler para el que no lo leyó y como bonus track para los que sí.
Alrededor de 1250, se publicó el El espejo del rey o Konungs skuggsjá en noruego, un manual escrito como una charla de un padre a un hijo con consejos de cómo ser un buen gobernante. Estaba dirigido al hijo del rey Håkon Håkonsson de Noruega, Magnus Lagabøte, que terminó siendo rey en 1263. Igual, el El espejo del rey no se publicó como libro en el sentido con el que conocemos el término hoy, es decir, como se publicó, por ejemplo, este libro. En cambio, se hizo un primer manuscrito a mano, porque todavía no existía la imprenta,La imprenta es un invento que para mí llegó extraordinariamente tarde a la humanidad, en Miles de años antes los humanos ya manejábamos la escritura, la tinta y la madera, con la cual tranquilamente se podrían haber hecho moldes para no tener a pobres escribas transcribiendo letra a letra un libro.y luego algunas copias. En la actualidad se conservan unos 35 escritos copiados en los dos siglos posteriores y en distintos estados aunque nunca se encontró el original de 1250.
El espejo del rey se publicó como tal, en términos actuales, a mediados del siglo XIX, cuando se empezó a sistematizar el estudio de la Edad Media. Hay un pasaje interesante en él que dice que si no puedes vencer a tus enemigos, no debes dudar en destruirlos con astucia, estropeando su comida y su agua. Envenenar pozos estaba permitido en la guerra. Pero ese pasaje probablemente sea la primera vez que se menciona en un manual de guerra el uso de armas biológicas, incluso antes de saber de qué se trata eso que envenena.
El rey Enrique VIII de Inglaterra no quería a nadie. Tuvo seis esposas y hasta hay una rima para saber qué le pasó a cada una: “Divorced, beheaded, died; divorced, beheaded, survived”, yo lo repetí varias veces pero no me parece una gran rima. La segunda, la decapitada, era nada menos que Ana Bolena, acusada de adulterio, cuya ejecución ocurrió el 19 de mayo de 1536 en la Torre de Londres.
Enrique tuvo tres hijos legítimos y algunos ilegítimos, pero lo que él buscaba era un hijo varón para que lo sucediera en el trono. Según cuentan, lo único que él amaba realmente era el Mary Rose, un barco. Pero no cualquier barco. Un barco increíble, de hecho, el más poderoso del mundo durante tres décadas. Casi todo lo que sabemos sobre el uso de armas medievales, lo sabemos gracias a él.
Lo botaron —al barco, no al rey— en 1511. Tenía tres cubiertas, unos 90 cañones tremendamente poderosos y su tripulación podía ser de hasta 500 personas. Le decían “el castillo flotante”, y un poco lo era. Su nombre hacía honor a Mary Tudor, hermana menor del rey, y a la rosa Tudor, el símbolo de la dinastía. El problema que terminó con sus 30 años de poderío fue ese mismo problema que suelen tener los barcos que se perciben como imposibles de hundir.
El 19 de julio de 1545, en el Canal de la Mancha, mientras combatía contra galeras francesas (ingleses peleando con franceses, quién lo hubiera dicho), una ráfaga de viento tomó a la embarcación por sorpresa. Las compuertas de los cañones estaban abiertas y por allí entró una gran cantidad de agua que hizo que el barco se ladeara por el viento. Inevitablemente, velozmente, el barco se hundió.
En el fondo del mar, sus restos fueron tapados por un sedimento muy fino que lo aisló del oxígeno, permitiendo que se conservara increíblemente bien. De hecho, se descubrió en 1971, más de 400 años después de haberse hundido, en un estado casi perfecto. Entre los restos se encontraron 170 arcos largos y varios miles de flechas, las mejores armas medievales que por su estado de conservación se pueden estudiar en detalle. Pero lo mejor de todo es que, además, se encontraron los restos humanos de varios tripulantes y los de Hatch. Hatch era un perrito de menos de dos años, mascota del barco y miembro de la tripulación con cargo más que importante: cazador de ratas. De modo que Hatch era no tanto un arma bacteriológica, sino un escudo contra las pestes. Un peludo, amigable y tierno escudo contra las pestes.
El último ejemplo que daré es lo que pasó en 1842, en la Universidad de Wroclaw, Polonia. Un grupo de investigadores estaba rescatando una serie de manuscritos medievales que estaban en la biblioteca sin clasificar. Uno en particular, que llamaron R-602, les llamó la atención. Era de un notario genovés llamado Gabriel de Mussis, otro que anotaba todo, y relataba un sitio a la ciudad de Caffa hecho por las tropas de Batu Kan, nieto de Gengis, mientras el Imperio mongol se seguía expandiendo por el mundo. Caffa, en la actual Crimea, era un centro de comercio genovés muy importante.
Durante el sitio, según el relato de Mussis, varios soldados mongoles empezaron a morir de peste negra, una enfermedad muy grave que, hoy sabemos, es provocada por la bacteria Yersinia pestis y es transmitida por una pulga que afecta sobre todo a roedores.Otro capítulo de Fiebre, el libro que recomendé dos notas al pie antes, se dedica justamente a la peste negra. Es para mí el que tiene las ilustraciones más espectaculares Cuando empezaron a aumentar los casos entre las tropas, los soldados mongoles se dedicaron a arrojar con catapultas los cuerpos de quienes morían de peste, por encima de los muros, hacia adentro de la ciudad. Quienes estaban en Caffa comenzaron a contagiarse y, con pánico, intentaron huir rápidamente hacia otras ciudades.
Ese ataque con cuerpos infectados (y la dispersión de quienes se contagiaban a las ciudades donde escapaban) pudo haber sido el inicio de la epidemia de peste negra europea que causó la muerte de un tercio de la población. O al menos ese fue el consenso durante décadas. Hoy existen ciertas discusiones por detalles: no está claro que Gabriel de Mussis haya estado en Caffa en el momento del sitio.El mejor contador de anécdotas de la historia de la humanidad, objetivamente, fue Diego Armando Maradona. En el año 2004, en una entrevista, contó la historia de la patada que le pegó Roberto Perfumo, el Mariscal, jugador histórico de River, cuando él recién debutaba en Argentinos Juniors. “Jugábamos con River en la cancha de Huracán. Perfumo… el Mariscal, toda la historia. River tenía un equipazo, estaba Luque, estaban todos. River hacía la del achique, ley del offside, y en una que me despierto lo veo al Mariscal de frente, y quería enganchar para atrás. Se la tiro para la derecha para salir y me pegó acá (se señala el pecho). Me tiró, caí a cincuenta metros, viene Roberto y me dice: ‘¿No es cierto que no tenés nada, nene?’. Le digo: ‘No, Roberto. ¿Estás bien del pie?’. Sabés la patada que me pegó.” En otra entrevista, Diego volvió a contar la anécdota, pero esta vez con Perfumo en el estudio. El Mariscal agregó que, antes del partido, en el vestuario, tuvo un intercambio con Mostaza Merlo, otro jugador histórico de River, que era el que sabía todos los chismes y se cambiaba justo al lado suyo. Aprovechó para preguntarle si el pibe nuevo de Argentinos jugaba bien. Merlo le respondió: “Sí, ojo que el pibe ese sirve de verdad”. Lo mejor de estas anécdotas es que ese encuentro nunca existió. Perfumo jugó en River entre 1975 y 1978 y enfrentó a Argentinos Juniors en cuatro oportunidades. Las primeras dos fueron antes del 20 de octubre de 1976, día del debut de Diego. La siguiente, el 10 de abril de 1977, fue en la cancha de Boca: Maradona no jugó ese partido porque estaba por viajar con la Selección Argentina. El último partido donde podría haber ocurrido el encuentro fue el 5 de marzo de 1978, ahora sí en la cancha de Huracán, pero Maradona tampoco jugó ese día, también por estar convocado a la Selección. Lo cual demuestra que la calidad de una historia depende de saber contarla y no de haber estado ahí cuando ocurrió.Además, conociendo cómo es la transmisión de la enfermedad, en la que los roedores son los principales vectores, no suena tan verídico el contagio masivo a través de los cuerpos.
De todos modos, los puertos, donde suele haber muchas ratas y muchas personas que se mueven a varios lugares, son fundamentales en la dispersión de enfermedades. Sobre todo si no hay perritos orgullosos de su misión a bordo.
Conociendo el registro de los pañuelos pontiac, los escudos hatchs y las sutiles y para nada tétricas catapultas mongolas, uno tiende a agradecer haber nacido en el siglo XX, en un entorno urbanizado donde prima el Estado de Derecho.
Sin embargo…
Underground 1
En 1974, en pleno subte de Nueva York, se llevó a cabo un experimento conocido como “New York subway test”. En mi humilde opinión, los investigadores no se esforzaron en el nombre del experimento, pero a su favor diré que estaban muy ocupados violando cualquier medida de seguridad y bioética concebible.
La idea era probar la vulnerabilidad de la población ante un ataque biológico. La prueba consistía justamente en exponer a la población a un ataque biológico y ver qué pasaba, aunque usaban una bacteria que, creían, era inofensiva.
Cuando el subte estaba llegando a la estación, se tiraban ampollas de vidrio que tenían grandes concentraciones de bacterias Bacillus subtilis, algo así como 80 trillones en cada ampolla.
Luego, evaluaban cuánto tardaba la bacteria en llegar a la estación siguiente, cómo afectaba el flujo de aire del tren a la viabilidad de las bacterias y cuánto duraban en suspensión. Es decir, se preguntaban cuán fácil era exponer a miles de personas a una bacteria y se respondían exponiendo a miles de personas a una bacteria.
Años después, cuando se desclasificaron los documentos, el Departamento de Defensa de Estados Unidos confesó que la bacteria podría tener algún impacto en la salud, sobre todo en personas inmunodeprimidas. Resulta que todos los experimentos relacionados al uso de agentes biológicos como armas estaban dirigidos desde Fort Detrick, una instalación militar de casi 500 hectáreas en Maryland.En ese lugar también funcionaba el USAMRIID (U.S. Army Medical Research Institute of Infectious Diseases), donde también se estudió durante varias décadas el virus Junín, un virus que circula solamente en una región de Argentina y que causa la fiebre hemorrágica argentina, una enfermedad que tiene como reservorio al ratón maicero, un pequeño roedor que come maíz, lo que hace que en las épocas de cosecha sea un peligro para los campesinos. La enfermedad llegó a causar unas 30 muertes por año en la década del 60 del siglo XX, exactamente cuando llamó la atención del USAMRIID, que además participó en el desarrollo de una vacuna que de hecho se produce en Argentina llamada CANDID#1, muy eficaz y obligatoria para quienes viven en la zona donde están los ratoncitos y trabajan en la cosecha. Además, claro, el Departamento de Defensa estadounidense la tiene almacenada en caso de que algún día, efectivamente, se utilice el virus Junín como arma biológica.
Underground 2
El miedo a un ataque invisible en los subterráneos se hizo realidad en la red de Tokio, una de las más grandes del mundo, la mañana del 20 de marzo de 1995. A las 7:45, tres físicos, un ingeniero y un cardiólogo se subieron a cinco trenes en distintos puntos de la red y se mezclaron entre la gente. Sabían que a las 8:15 los cinco trenes convergerían en Kasumigaseki, el centro burocrático de la ciudad. Cada uno de ellos llevaba un paraguas barato y un paquete envuelto en papel de diario. El contenido de cada paquete era una pequeña bolsa con sarín, un líquido que, en contacto con la atmósfera, se vuelve un gas extremadamente tóxico, inodoro e incoloro que ataca directamente al sistema nervioso a través de la vía del neurotransmisor acetilcolina. El sarín hace que los impulsos nerviosos en los músculos sean constantes, lo que provoca un estado de contracción permanente. Las víctimas del gas, entre otros síntomas, tienen grandes dificultades para respirar, suelen tener convulsiones y una muerte muy rápida si no se tratan con atropina, un antídoto que libera el neurotransmisor de su receptor para que el músculo pueda relajarse.
Los paraguas que llevaban los hombres tenían puntas apenas afiladas que les sirvieron para hacer un pequeño agujero en el paquete en el momento exacto en el que se abrieran las puertas en la estación céntrica. Todo ocurrió según el plan: inmediatamente después de romper las bolsas, los cinco hombres con sus cinco paraguas se bajaron de sus respectivos vagones perdiéndose entre las masas de gente y subiéndose a autos que había esperándolos en las calles. Mientras, el gas venenoso empezaba a esparcirse por toda la red.
En cuestión de minutos, el aire en los vagones se espesó con vapores invisibles y los pasajeros comenzaron a sentir náuseas. Muchos de ellos colapsaron en los pisos del tren, esforzándose por respirar. Los vagones anduvieron dos estaciones más hasta que frenaron y comenzaron a dar la señal de evacuación. En las calles se empezaban a acumular afectados.
Cuando el tendido de subtes se detuvo por completo, la noticia ya estaba en todos los canales de televisión. La cuenta final de muertos llegó a 12 personas. Más de 5500 fueron afectadas con distintos tipos de lesiones.
Los hombres eran miembros de Aum Shinrikyo, una secta liderada por Shoko Asahara, cuyo objetivo era dominar el mundo. ¿Cómo? Desatando una guerra bacteriológica, claro.
Ustedes son muy negros
En un acto de justicia reparatoria sobre la mala fama de los pañuelos, bufandas y venenos, me niego a cerrar este capítulo sin mencionar a Isadora Duncan.
Isadora Duncan fue una bailarina estadounidense que nació en 1877, considerada por muchos críticos como la creadora de la danza contemporánea. Nunca estudió danza, pero creó su propia escuela a los 18 años y rápidamente se hizo conocida en todo el planeta.
Isadora también era bastante polémica, hecho que se retrata muy bien en su única visita a Buenos Aires en julio de 1916, durante la Primera Guerra Mundial.
Su primera actuación no fue del todo bien recibida, los espectadores argentinos estaban acostumbrados a la danza clásica y el baile de Isadora no tuvo buen trato en la crítica. En su segunda actuación interpretó el Himno Nacional Argentino bailándolo libremente envuelta en una bandera argentina, hecho que casi lleva a la cancelación del resto de los espectáculos porque el gerente del teatro Coliseo, donde había actuado, dijo que ella había faltado al contrato con él al ofrecer una actuación imprevista. Gracias a la mediación del director musical de la gira, pudo seguir actuando. De todos modos, la cancelación de sus shows vino luego del tercero, cuando, al ver que el público estaba hablando mientras ella bailaba, dijo en voz alta “Vous n´étes que de Négres”, “ustedes no son más que negros”. Claro que tuvo que cancelar el resto de sus funciones, luego de lo cual dejó el tapado y las joyas que le había regalado su amante, Paris Singer, heredero de las máquinas de coser, porque no tenía cómo pagar el Plaza Hotel de Buenos Aires.
Bueno, también trajo bastantes problemas que le quisiera dedicar su espectáculo a Richard Wagner, compositor alemán, país con el que Estados Unidos estaba en guerra en ese momento.
Unos años después de su fatídica visita a Buenos Aires, la noche del 14 de septiembre de 1927, Isadora estaba en Niza cuando se subió a un Amilcar GS, un auto descapotable fabricado en Francia.
El nombre de la marca en este caso es un anagrama imperfecto de los apellidos de sus dueños, Joseph Lamy y Émile Akar. Eran autos muy chiquitos y livianos, y bastante rápidos para la época. No eran símbolo de estatus, pero solían ser los elegidos de los artistas, por lo que eran muy conocidos.
Cuando se subió al Amilcar, Isadora lucía un pañuelo de seda rojo muy largo. Al volante estaba un joven italiano llamado Benoît Falchetto. Según algunas fuentes muy poco confiables, antes de subir al auto Isadora dijo en voz alta “adiós, me voy a la gloria”.
Cuando Benoît aceleró, el largo pañuelo de Isadora flameó y se enredó en la rueda trasera del auto, apretándole el cuello y matándola al instante. Quedando demostrado así que la muerte por pañuelo puede prescindir de venenos e, incluso, de intencionalidad. Pero nunca de poesía.
Amilcar, luego de la depresión de la década del 30, intentó hacer autos más grandes y convencionales, pero no tuvieron éxito y cerraron finalmente en 1938 tras casi dos décadas de producción. Tal vez el anagrama imperfecto no fue tan buen nombre.
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