Vencer la gravedad es muy fácil, lo difícil es hacerlo de forma segura.
Elisha Otis fue el inventor estadounidense que popularizó los ascensores. No los inventó, pero les dio algo fundamental para que se pudieran usar: un sistema de seguridad. Si bien los ascensores existen desde hace miles de años y hasta hay registros de que los romanos los usaban en sus edificios, al principio eran un peligro: si el ascensor fallaba, quien estaba en él caía al vacío, lo que le provocaba una muerte casi segura.
En mayo de 1854, en la exposición industrial que se celebraba en Nueva York, Elisha se subió a una plataforma de madera sostenida por una soga elevada a varios metros del suelo. En un momento, le pidió a su ayudante que cortara la soga y, en lugar de caer, la plataforma solo descendió unos centímetros gracias a un sistema de seguridad revolucionario: si la soga que sostenía la estructura perdía tensión, se accionaban los frenos de seguridad que la detenían.
El primer ascensor con ese sistema se instaló en el edificio Haughwout de Nueva York. Increíblemente, aunque el edificio se conserva y es muy famoso por su fachada de hierro, el ascensor fue reemplazado y descartado. A mí, que me cuesta tirar hasta lo más chiquito porque todo tiene una historia que contar, haber perdido el primer ascensor de la historia de la humanidad me parece una tragedia.
El sistema de Otis permitió que los ascensores se popularizaran a una escala increíble. Encima, unos años después, en 1871, ocurrió un incendio impresionante en la ciudad de Chicago que destruyó más de la mitad de la ciudad. En la reconstrucción, pudieron diseñar edificios altos con ascensores para llegar a todos los pisos sin subir tantas escaleras.
Con los ascensores nacieron los ascensoristas. Este oficio era importantísimo a principios del siglo XX, cuando aún los ascensores no eran automáticos y el ascensorista arrancaba y frenaba manualmente el coche. Además, tenía un rol casi terapéutico, pues debía darles tranquilidad a los nerviosos pasajeros que se subían —quizá por primera vez— a un vehículo que se movía verticalmente y cuya tracción no era a sangre. En 1925, en el recién inaugurado Platt Building, un edificio de cuatro pisos en el centro de San Bernardino, California, el ascensorista fue un joven Lyndon Johnson, que después de ascensorista fue senador, vicepresidente y el trigésimo sexto presidente de Estados Unidos.A los estadounidenses les gusta mucho numerar a sus presidentes y también les gusta saltear el número 13 cuando construyen edificios porque trae mala suerte. Sin embargo, no se saltearon a su decimotercer presidente, que fue Millard Fillmore, y eso que tuvo bastante mala suerte porque su página actual de Wikipedia dice textualmente que “la mayoría de los historiadores especializados en esta época suele considerarlo uno de los presidentes menos memorables en la historia de Estados Unidos, incluso uno de los más mediocres”. Al parecer, tenía un método conocido como “el método Johnson” para persuadir opositores que consistía en usar su gran contextura y la proximidad física para amedrentarlos. El lugar preferido para hacerlo, claro, eran los espacios reducidos y semiprivados que ofrecen los ascensores, lugar que conocía muy bien de su trabajo de joven en San Bernardino.
Con la automatización, el oficio del ascensorista se fue perdiendo, pero el invento persistió. En la actualidad, si contamos cada viaje, el transporte vertical es la forma más frecuente en la que los humanos nos movemos. Más que en auto, trenes, aviones y barcos.
Fuerzas en juego
Tal vez fue Aristóteles, en el siglo V antes de Cristo, el primero que intentó explicar la gravedad. Y lo hizo bastante bien: dijo que era el movimiento natural de los cuerpos hacia su lugar propio, que es determinado por su naturaleza y su peso. Los cuerpos livianos, como el fuego, se mueven naturalmente hacia arriba, mientras que los cuerpos pesados, como las piedras, se dirigen hacia el centro del universo, es decir, hacia abajo. Su explicación se mantuvo intacta durante 2000 años.
Donde Aristóteles pisó el palito de su propio planteo aristotélico fue al decir que este movimiento hacia abajo ocurre con mayor rapidez cuanto mayor es el peso del cuerpo, cosa que no es cierta. Esto fue refutado veinte siglos después por Galileo Galilei, que arrojó al mismo tiempo desde la torre de PisaLa torre de Pisa era el campanario de la catedral. Se empezó a construir en 1173, se detuvo en 1178 cuando se empezó a inclinar y se dejó así casi un siglo. En 1272, la construcción continuó, pero luego se volvió a detener por la derrota de la batalla de Meloria, donde Pisa, que era un Estado independiente, perdió contra Génova, dejando de ser una potencia marítima europea. En 1319 se continuó la construcción de los últimos pisos de la torre y, finalmente, dos siglos después del inicio, en 1372, se agregaron las campanas en el nivel superior. En ese momento ya estaba inclinada, aunque no sabían exactamente cuánto porque recién se empezó a medir su inclinación sistemáticamente en el siglo XX: gracias a modelos que simulan la torre en un suelo de similares características, hoy sabemos que se trataba de una inclinación de 4°, y que iba creciendo lentamente. En 1838 se intentó hacer una excavación para bajar la entrada principal y en 1935 se inyectó cemento para tratar de sostener mejor la torre. Ambas intervenciones fueron grandes fracasos, la inclinación de la torre aumentó a más de 5°. En 1991, cuando la inclinación llegaba a 5,5° se estudió exhaustivamente y se determinó que la inclinación crítica, es decir, la máxima que podría soportar la torre antes de caer, era de 5,7°. Había que actuar rápidamente. Entre 1993 y 2001, de manera absolutamente cuidadosa y gradual, se fue reforzando el suelo, haciendo que la torre rotara hacia atrás y quedara con un ángulo de 4°. Con estas últimas intervenciones la torre debería soportar como está unos tres siglos más. Si estás leyendo esto a principios del siglo XXIV, tal vez la torre haya caído, especialmente si no la intervinieron otra vez. Igual me intrigan mucho más otras cosas de tu presente, ¿los autos siguen sin ser voladores? ¿Cuántas pandemias hubo en los siguientes siglos desde que escribí este libro? ¿Estamos habitando otros planetas? dos esferas de distinto peso que tocaron el suelo en el mismo momento, lo que demuestra que la fuerza de gravedad (ahora sí nombrada como fuerza) se aplica a todos los objetos por igual, los cuales, si caen en el vacío y en el planeta Tierra, lo hacen con una aceleración de 9,8 m/s2. Galileo eligió sabiamente tirar dos esferas porque si tiraba, por ejemplo, una pluma y un martillo al suelo, probablemente no habrían caído juntos, ya que la pluma tiene mayor resistencia al viento. Solo caerían juntos si estuvieran en el vacío. El experimento que corroboró finalmente a Galileo lo hizo David Scott, comandante de la nave Apolo 15, en la Luna, en 1971 y, claro, dio como esperaban: la pluma y el martillo cayeron juntos porque en la Luna las condiciones son bastante parecidas a las del vacío. Eso sí, cayeron más despacito porque la gravedad es menor que en la Tierra.Esto lo conté en el capítulo “Una pluma y un martillo” de Breve atlas anecdótico de la ciencia.
En 1687, Isaac Newton propuso las leyes de Newton, aunque no las llamó así porque, si bien era una persona bastante narcisista, no llegaba a tanto. En esas leyes sistematizó matemáticamente la gravedad y explicó que la atracción de dos cuerpos entre sí es proporcional a la masa de estos e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre ellos. Dicho para personas que están leyendo esto en un bondi, significa que cuanta más masa tengan dos objetos, con más fuerza se atraerán entre sí. Pero que al alejarlos, esa atracción cae en picada: si duplicás la distancia que los separa, la fuerza se vuelve cuatro veces más débil. La gravedad opera de formas misteriosas.
A todo esto, Newton sumó las leyes de movimiento, lo que le permitió predecir con bastante precisión trayectorias de cuerpos como manzanas o planetas. Lo que Newton no explicó es por qué ocurren estas cosas con la gravedad. ¿Cómo funciona? Para eso, hubo que esperar casi dos siglos (lo mismo que se tardó en construir la torre de Pisa) a que llegara Albert Einstein y explicara la gravedad como una curvatura del espacio-tiempo.
No soy físico y sé que esta no es la mejor forma de explicarlo, pero así lo entiendo yo: la idea es pensar el espacio-tiempo como una sábana estirada en cuyo centro ponés un objeto masivo, como una bola de bowling. Si tirás una bolita cerca, va tender a ir hacia la bola de bowling o, según la dirección y fuerza que le des a la bolita, puede quedar dando vueltas alrededor de la bola de bowling sin terminar de caer del todo hacia ella, o sea, entrar en órbita. Esto pasa no porque la masa más pequeña sea atraída por una fuerza, como pensaba Newton, sino por estar moviéndose en un espacio-tiempo deformado por la presencia de la masa mayor. Esta forma de verlo tiene, como dije, limitaciones, sobre todo porque no contempla la deformación del tiempo (únicamente la del espacio), pero es una buena primera forma de entender la gravedad.
Desde abajo
De todos modos, antes de entender qué es, cómo se comporta o los secretos de su naturaleza multidimensional, los humanos usábamos la gravedad para algo que sabemos hacer demasiado bien: matar. Miren si no a los asirios. Los asirios eran malos. O, bueno, no me consta si eran malos, de hecho no estoy seguro de poder definir si un imperio es bueno o malo, pero sí se puede decir que los asirios fueron particularmente sangrientos.
El Imperio asirio existió entre los años 1813 y 609 antes de Cristo y en su máxima expansión ocupó casi un millón y medio de kilómetros cuadrados a lo largo del río Tigris, desde lo que hoy es Egipto hasta el actual Irán.
Las dos ciudades principales eran Nínive, dedicada a la agricultura, con grandes obras de irrigación, y Assur (de donde viene el nombre del imperio), dedicada sobre todo al comercio. Para estudiarlo más fácil, se suele dividir el imperio en tres etapas: antigua, media y neoasiria. La última, que duró entre 963 y 632 a. C., fue la de mayor expansión imperial gracias al rey Tiglatpileser III, que gobernó entre 744-727 a. C.
Tiglatpileser III sostenía que en el pasado, en tiempos legendarios, toda la tierra conquistada era asiria, y que por lo tanto las conquistas actuales no eran agresiones ni saqueos, sino justos proyectos de recuperación de esos territorios. Hasta entonces, una conquista significaba asediar la ciudad, negociar con los asediados, que pasaban a ser vasallos de los nuevos señores, y no mucho más: la vida cotidiana no cambiaba mucho para el pueblo, solo tenían que pagarle el tributo a alguien diferente. Por eso era bastante común que las ciudades cambiaran frecuentemente de vasallaje. Pero desde Tiglatpileser III las conquistas asirias fueron mucho más allá. Las tierras conquistadas pasaban a formar parte del Imperio asirio, los dioses eran reemplazados, los gobernantes eran ejecutados y en su lugar se colocaban gobernantes asirios.
Esta forma de conquista fue una gran novedad para la época. A la gente le gustan las novedades, pero este no fue el caso. La enorme resistencia que los asirios encontraron en las poblaciones que intentaban conquistar los convenció de que debían imponer el terror. Y ellos eran maestros del terror y del sometimiento de masas, así que no dudaron mucho. Empezaron a incluir en sus invasiones grandes empalamientos, decapitaciones y ataques con torres de asedio, que son unas estructuras de madera y metal con las cuales se protegían a la vez que atacaban.
La estrategia de golpear fuerte y duro funcionó. Durante la época neoasiria el imperio creció increíblemente. Assurbanipal, que gobernó desde el 669 hasta el 631 a. C. fue el último gran rey asirio. El imperio se convirtió en la mayor construcción política del mediterráneo, todo dirigido desde Nínive, la capital. En ese momento llegaron a conquistar Egipto y, para celebrar la expansión, el rey mandó a hacer grandes obras en los palacios, decorados con relieves increíbles que contaban historias. Además, por suerte para los nostálgicos y exploradores, el rey también ordenó construir la que fue, probablemente, la primera gran biblioteca de la historia de la humanidad. No es que le interesara la literatura, sino que era extremadamente supersticioso y quería tener todas las fórmulas mágicas y hechizos que existieran a su disposición. Por eso instruía soldados para que todo escrito que pareciera importante fuera remitido inmediatamente a Nínive.
Pero pronto cambiaría todo drásticamente.
Los egipcios se rebelaron contra los gobernantes asirios, a los que rápidamente se les sumó el hermano de Assurbanipal, que gobernaba Babilonia. Pronto todos los pueblos conquistados se unieron y tras solo veinte años desde su punto cúlmine, el imperio llegó a su colapso total.
Obviamente, la toma de la capital fue extremadamente sangrienta y los grandes palacios fueron incendiados. Lo bueno es que el fuego hizo colapsar las paredes y tanto la biblioteca como los relieves espectaculares quedaron bastante bien protegidos por más de 2000 años hasta que descubrimos esta historia.
Quien la descubrió fue Austen Henry Layard, un aventurero que a mediados del siglo XIX andaba por esa zona y al que le gustaba escuchar historias. No era arqueólogo de formación, pero se interesó mucho por los montículos que veía en los territorios que, en esa época, eran parte del Imperio otomano. Los montículos son pequeñas montañas artificiales que se forman por las construcciones sucesivas, cada una sobre las ruinas de las anteriores, a lo largo de varios siglos. Pero además de los montículos, como le gustaba escuchar historias, oyó la leyenda de la gran Nínive, la ciudad maldita que había caído por su arrogancia, y no pudo resistir la tentación de empezar a cavar.
El descubrimiento de Nimrud, otra ciudad asiria, y luego el de Nínive fueron probablemente los descubrimientos arqueológicos más importantes del siglo XIX. Pero a los fines de esta historia, nos interesa que, gracias a los relieves de las paredes de los grandes palacios, se pudieron documentar las técnicas de asedio de los asirios. Una en particular era implacable. Y usaba la gravedad.
Durante el asedio, los soldados asirios cavaban bajo los muros haciendo grandes túneles que rodeaban los fuertes. Los túneles eran sostenidos por vigas de madera, de modo que al terminar, los asirios incendiaban las vigas, los túneles colapsaban, las fortificaciones caían y la ciudad quedaba vulnerable para ser invadida. La técnica de minado de fuertes fue el gran adelanto bélico que les permitió a los asirios expandirse tan rápido en tan poco tiempo.
La defenestración de Praga
El que sí duró mucho, pero mucho tiempo, fue el Sacro Imperio Romano Germánico. Tal vez como ningún otro en la historia de la humanidad. Casi nueve siglos, desde 962, cuando Otón I fue coronado emperador. Pero ya saben lo que dicen: todo lo que sube, tiene que caer.
La Paz de Augsburgo, firmada el 25 de septiembre de 1555,Esta historia me la contó mi amigo historiador Martín Di Tomás, quien, a cambio, pidió estar en una nota al pie. De todos modos, cuando me la contó, le erró por varias décadas a la fecha. fue un acuerdo para frenar décadas de guerras entre católicos y protestantes. Al revés de cómo gobernaba Tigladpileser, el acuerdo de paz (gestionado por Fernando de Austria, hermano del emperador Carlos V) decía “cuius regio, eius religio”, que significa “de quien es el reino, es la religión”. O sea, que cada gobernante de cada región del imperio tenía libertad de culto. Y sus súbditos debían apegarse a esa religión o migrar a otro reino dentro del imperio que les conviniera más. Algo absolutamente novedoso.
En Bohemia,En el siglo XV, en Francia, se les decía “bohemios” a los gitanos creyendo que venían de Bohemia (cosa que no era cierta). Luego les empezaron a decir así a los artistas que estaban fuera del circuito oficial y que iban alternando entre distintos lugares más pequeños o poco conocidos. Ahí quedó el adjetivo “bohemio”. una región del imperio que estaba situada en lo que hoy es República Checa, cuya capital era Praga, la cosa estaba un poco más complicada porque había grandes grupos tanto de protestantes como de católicos. Si el rey era católico, generaba problemas con los protestantes, y viceversa. Y no era fácil hacer migrar a tanta gente. Por eso, en 1609, el emperador Rodolfo II otorgó la libertad de culto a los principales grupos religiosos bohemios en un edicto conocido como la “Carta de Majestad”.
Todo marchaba relativamente bien hasta que Fernando, archiduque de Austria, fue elegido rey de Bohemia en 1617, y entonces todo empezó a marchar relativamente mal. Fernando, aunque al principio aseguraba que iba a respetar la carta firmada ocho años antes por su predecesor, luego se convenció de que debía obedecer el llamado divino de restaurar los días de gloria del Imperio católico. Y eso, como se sabe, suele traer problemas de urbanismo.
Todo el jaleo empezó por la construcción de iglesias. Los protestantes querían construir dos iglesias nuevas en la ciudad, cosa que la Carta los habilitaba a hacer, a pesar de que el rey fuera católico. Pero Fernando —ebrio de poder, supongo— confiscó la tierra en la que planeaban construirlas y, encima, se las otorgó a la Iglesia católica.
Hubo escaramuzas y marchó gente presa. Los líderes protestantes se unieron para protestar¡Platillos…! y exigir la libertad de los prisioneros, pero la petición fue rechazada. Los protestantes organizaron entonces una gran manifestación (o sea, una gran protesta)¡Más platillos…! para el 23 de mayo de 1618 en el castillo de Praga, donde se reunirían los diputados católicos y protestantes para tratar de encontrale una solución al conflicto.
El día de la movilización, una multitud se agrupó en el castillo y los diputados protestantes lograron que varios manifestantes los acompañaran a la sala del consejo, que estaba en la parte alta del castillo, donde sería la reunión. En total había cuatro diputados católicos y cuatro protestantes, más los manifestantes. Dos de los católicos, al ver la desventaja numérica y lo caldeado del asunto, lograron escaparse, pero los otros dos, los condes Villem Slavata y Jaroslav Martinitz, se quedaron en la habitación y se reunieron junto con la pequeña multitud de protestantes. Entonces empezaron las discusiones. El conflicto escaló. Entonces otro conde, Jindřich Thurn, un veterano de guerra que dirigía a los manifestantes protestantes, acusó a los católicos de llevar al rey a librar una guerra religiosa contra sus súbditos protestantes. Y en el fragor del debate, exclamó: “No deben escapar vivos”.
Esa es la clase de cosas que no hay que decirle a una multitud iracunda porque suelen tomarlas muy a pecho. Tal es así que, tras las palabras del conde, los dos diputados católicos que se habían quedado en la habitación, allí en lo alto de la torre, fueron arrojados por la ventana.
La defenestración de Praga había ocurrido.Escribiendo este capítulo me enteré de que “defenestrar” quiere decir “tirar por la ventana a alguien”, tal vez la forma de matar con la gravedad más obvia. Pero hubo defenestraciones que trajeron consecuencias más allá de la suerte de quien cayó por la ventana. Enrique Ruano era un estudiante y militante español que fue detenido por la policía franquista el 17 de enero de 1969, cuando la dictadura española llevaba casi treinta años en el poder. Militaba en el Frente de Liberación Popular Español (FELIPE, gran nombre), una organización clandestina que se oponía al régimen de Francisco Franco. Ruano fue torturado durante su detención y, cuatro días después, la versión oficial sostuvo que se había arrojado por una ventana. Sin embargo, las circunstancias de su muerte, las contradicciones del relato policial y peritajes posteriores llevaron a que familiares, compañeros e historiadores sostuvieran que fue arrojado desde un séptimo piso del edificio de la calle del Príncipe de Vergara 60, en Madrid. Su muerte provocó una serie de protestas masivas, de las más importantes contra el franquismo. Aunque la dictadura no cayó entonces, el caso de Enrique Ruano se convirtió en uno de los símbolos más claros de su violencia y su desgaste. El final de la dictadura llegaría cinco años después con la muerte de Franco.
Ambos cayeron 21 metros, una distancia enorme, pero increíblemente se salvaron. Los católicos sostuvieron que se trató de un milagro. Los protestantes, en cambio, decían que se habían salvado porque habían caído en una montaña de materia fecal que se acumulaba al costado del castillo, que, obviamente, no tenía baños.
Luego de la defenestración de Praga, los rebeldes depusieron al rey y organizaron un gran ejército. En respuesta, el emperador movilizó ejércitos propios para recuperar Bohemia y castigar la rebelión. Los Estados protestantes apoyaron a Bohemia y los católicos, al emperador. El conflicto se generalizó a toda Europa, dando inicio a la guerra de los Treinta Años, en la que se calcula murió entre el 25 y el 40 % de la población europea, probablemente la guerra más sangrienta de la historia del continente.
El conflicto terminó con el tratado de Westfalia, donde se volvió a acordar la tolerancia religiosa de los Estados, vaciando del poder al imperio, que terminó de caer definitivamente 156 años después, ante el avance de las tropas napoleónicas.
Durante esa misma guerra, Galileo Galilei fue condenado por la Iglesia católica por, entre otras cosas, sostener que la Tierra gira alrededor del Sol.
No siempre es infalible
Usar la gravedad parece un método infalible para matar, pero no lo es. Vesna Vulović era una azafata serbia que el 26 de enero de 1972 sobrevivió increíblemente a una caída de más de 10.000 metros mientras volaba por Bohemia, que en ese momento era Checoslovaquia y ahora es República Checa. El avión en el que trabajaba, un McDonnell Douglas DC-9, sufrió un atentado que lo partió al medio. Ella estaba en la sección trasera del avión, atrapada por un carrito de alimentos, cuando ocurrió la explosión. Increíblemente, las ramas, la nieve y el carrito amortiguaron la caída y Vesna sobrevivió, aunque con heridas tremendas. Tuvo la suerte, también, de que justo pasaba por ahí Bruno Honke, un leñador que tenía bastante experiencia en primeros auxilios gracias a haberlos aprendido en la Segunda Guerra Mundial. Bruno logró mantenerla con vida hasta que llegaron a rescatarla. Vesna permaneció varios días en coma y tuvo varias secuelas, pero murió 44 años después en su departamento en Belgrado, al parecer, por problemas cardíacos.
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