En la madrugada del 1° de septiembre de 1983, el barco japonés Chidori Maru número 58 estaba pescando calamar en el tranquilo mar de Japón, cerca de la isla de Sajalín. La pesca de calamar se hace de madrugada, con luces de alta intensidad que iluminan el agua casi como si fuera de día. Esto atrae plancton, que a su vez atrae peces pequeños y calamares. El Chidori Maru tenía unos anzuelos múltiples, llamados “potreras”, que subían y bajaban rítmicamente simulando ser peces y atrapando a los pobres calamares que caían en la trampa. Fuera de eso, la mar estaba serena y Shizuka Hayashi y los siete tripulantes del barco se dejaban mecer por las olas a un ritmo suave, soñando despiertos vaya uno a saber con qué cosas.
Pero a las 3:30, el ruido de un avión volando particularmente bajo los devolvió a la realidad oscura de altamar. Hubo un destello, una explosión y al rato un olor muy fuerte a combustible que se fue desvaneciendo de a poco.
Quizás a Shizuka y los tripulantes les habría servido tener uno o dos datos para entender lo que acababan de sentir: por ejemplo, saber que unas horas antes, la noche del 31 de agosto, los radares soviéticos habían detectado en el área la presencia de un RC-135, un avión espía estadounidense que se utilizaba durante la Guerra Fría. La presencia del RC-135 en esa zona específica era particularmente inconveniente: aquel era territorio soviético, y allí se solían hacer pruebas de lanzamientos de misiles.
También habrían necesitado saber que el día anterior, en la madrugada del 31 de agosto, con algo de retraso partió el vuelo de Korean Airlines, KAL007, del aeropuerto internacional John F. Kennedy de Nueva York con 269 personas a bordo. El avión era un Boeing 747-200 y su primera parada fue el aeropuerto de Anchorage, Alaska, donde debía cargar combustible para encarar la ruta final hasta Seúl, Corea del Sur. Todo marchó con normalidad, el KAL007 despegó de Alaska a las 4:00. Como los Boeing 747 son aviones muy grandes, los pasajeros de primera clase se ubicaban en el deck superior, arriba de los pilotos en un lugar super lujoso y exclusivo, con asientos increíblemente grandes y carta de tragos y de comidas elaboradas por chefs. Abajo, la distribución era similar a la del resto de los aviones: adelante, los asientos bastante cómodos de business y atrás, la clase turista, donde, si tenemos suerte, viajamos nosotros. En el KAL007 había unos 80 asientos de clase turista vacíos, el resto estaba completo. La tripulación era de 29 personas.
Luego de partir de Alaska, la ruta hacia Seúl que le tocó al KAL007 era la R-20, o Romeo 20.En aviación se usa el alfabeto radiofónico. Cada letra tiene su palabra asociada. Mis favoritas son “Bravo” para la B, “Charlie” para la C, “Mike” para la M y “Zulú” para la Z. Eso, en principio, era una buena noticia. Se trataba de la ruta más corta hacia destino. Aunque también era la que pasaba más cerca de la zona de exclusión soviética.
Al despegar, los aviones se orientan usando el heading mode, una función que mantiene el rumbo recto mientras se gana altura. Una vez estabilizado en altura, los pilotos tienen que pasarlo al modo de orientación inercial (INS), en el que previamente se cargó toda la ruta hacia el destino. Además, el avión tiene que pasar por varios puntos de chequeo en el océano para estar seguros de seguir el rumbo adecuado. Para el KAL007, el primer checkpoint era Bethel, a unos 50 minutos de vuelo.
No es por menospreciar la tarea de los pilotos, de hecho, me habría encantado pilotar aviones comerciales, pero lo cierto es que una vez que el avión despega no hay mucho más que hacer. Si todo marcha bien, el trabajo se basa en esperar cómodamente en una cabina con luces tenues y ruido blanco —en esa época, probablemente fumando cigarrillos—Estamos hablando de una estructura de varios cientos de toneladas volando a 1000 kilómetros por hora, presurizada, a una altura de más de 10.000 metros. Realmente, es muy difícil de entender que haya estado permitido fumar dentro de los aviones. El colmo es que no fue nada fácil prohibirlo. Recién en 1996, la Organización de Aviación Civil Internacional emitió un documento donde recomendaba prohibir completamente fumar en los aviones y su aplicación fue paulatina. De hecho, China prohibió fumar en la cabina del piloto recién en 2019. Igual muchos aviones se siguen fabricando con indicadores que se encienden y apagan para indicar cuándo no está permitido fumar y, claro, están prendidos durante todo el vuelo. hasta que el piloto automático lleve el avión a su destino. Esa era exactamente la situación dentro del KAL007 cuando intentaron conectar con el radar de Bethel. El capitán no logró hacerlo y, en cambio, escuchó ruido de estática. Como ese tipo de errores de funcionamiento eran algo bastante habitual, desde el KAL007 hicieron algo que también era bastante habitual: le pidieron al KAL015 —un vuelo que seguía (o eso creían) la misma ruta que ellos y había despegado un rato antes— que retransmitiera a la torre de control la notificación de que habían pasado por el checkpoint.
El problema es que, según se supo por la investigación posterior, el KAL007 nunca había cambiado el modo de vuelo y seguían en heading mode, dirigiéndose en línea recta hacia el norte, alejándose poco a poco de la ruta prevista. No habían pasado por Bethel, sino a varios kilómetros de distancia.
Y aun con toda esta información, los sorprendidos tripulantes del pesquero habrían permanecido a oscuras sobre lo acontecido hasta casi una década más tarde. Recién en 1992, ya con la Unión Soviética extinta, el presidente de la Federación Rusa Boris Yeltsin visitó Seúl, la capital de Corea del Sur, con el motivo principal de entregar las cajas negras del KAL007, que permitieron saber qué pasó realmente con el vuelo perdido en el océano.
Eventualmente, y gracias a la prensa, los japoneses supieron la verdad: el KAL007 había ingresado en la zona de exclusión soviética, los radares lo detectaron, y un avión de caza soviético empezó a perseguirlo. La situación podría haber no pasado a mayores, si no fuera por el antecedente del avión espía estadounidense que había estado en la zona unas horas antes, dejando a los rusos un poco nerviosos, creo yo. En cualquier caso, el general Anatoly Kornukov, comandante de la base de Sokol en Sajalín, tomó una decisión terminante: le dio la orden al Soviet SU-15, el avión caza que perseguía al KAL007, de disparar. Unos segundos después, Gennadi Osípovich, piloto del caza soviético, informó “el objetivo ha sido destruido”.
La transcripción de las cajas negras confirmó que, a pesar de estar muy lejos de la ruta prevista, la tripulación del KAL007 no lo sabía. En el momento del impacto se escucha una explosión y la voz del capitán Chun Byung-in comunicándole a los pasajeros que se pongan las máscaras y que apaguen sus cigarrillos. Unos segundos después, silencio. Y un olor a combustible que la caja negra no pudo registrar, pero fue claramente percibido por unos pocos pescadores japoneses que se encontraban en las cercanías.
Una pila de problemas
Luigi Galvani fue un médico italiano que a finales del siglo XVIII hizo una observación revolucionaria: si ponía en contacto el músculo de la pata de una rana que conservaba el hueso y los nervios con una fuente eléctrica, el músculo se contraía.La corriente eléctrica se aplicaba con una botella de Leyden, una botella de vidrio que permite almacenar electricidad estática. Esa carga se genera por fricción y se transfiere, a través de un alambre, al interior conductor de la botella. El vidrio actúa como aislante entre la cara interna y la externa. En la boca de la botella hay una varilla metálica conectada al interior. Cuando se establece una conexión entre esa varilla y el exterior de la botella, se cierra el circuito y la carga se entrega rápidamente, lo que genera un buen chispazo, que en el siglo XVIII debe haber hecho alucinar a todos los que lo veían. Este dispositivo, descubierto de manera independiente por Ewald Georg von Kleist en 1745 y por Pieter van Musschenbroek en Leiden en 1746, fue la primera vez en la historia en la que los humanos pudimos almacenar carga eléctrica para usarla después.
Pero eso no fue lo más interesante, sino lo que descubrió poco después: que si dos metales distintos tocan el nervio de la pata de la rana, el músculo del animal también se contrae, sin la necesidad de aplicar electricidad.
Luigi Galvani pensó, como hubiera hecho cualquiera de nosotros en su lugar, que había descubierto algo así como una fuente de electricidad animal. Lo cierto es que estaba parcialmente equivocado: si bien existen impulsos eléctricos dentro de las células, que se descubrieron varios años después gracias a las células nerviosas de los calamares,Estamos hablando de la neurona del calamar, cuyo axón gigante puede medir hasta 1,5 mm de diámetro. Fue descrita por primera vez en 1909 pero, al parecer, todavía no estábamos a la altura de su maravillosidad. En 1939 Alan Hodgkin y Andrew Huxley publicaron “Action Potentials Recorded from Inside a Nerve Fibre”, donde se pudo ver que había un impulso eléctrico en la transmisión de información a través del axón del calamar, dándole la razón al pobre Galvani, que llevaba 141 años muerto. El calamar usa esta estructura para responder a los peligros disparando un chorro de agua que lo hace acelerar muy rápido y escapar de los predadores. Igual, pobre, no se puede resistir a unas potreras subiendo y bajando en el mar iluminado. lo que estaba viendo Galvani era una pila. Una simple y llana pila —aunque todavía no se llamaba así—, formada por los dos metales con los que hacía contacto el músculo, y donde los fluidos corporales de la rana no eran más que lo que ponía en contacto esos metales por los que se transfieren los electrones. Igual, nada mal su descubrimiento, especialmente para su sobrino Giovanni, que lo aprovechó para hacer espectáculos de resucitación de muertos con cadáveres reales, como atracción de feria, y se ganó unos buenos morlacos. Pero esa es otra historia.
Alessandro Volta fue un detractor de Galvani. A diferencia de su colega, Alessandro pensaba que esa electricidad no venía de los cuerpos, sino de los dos metales diferentes en contacto a través de un fluido. La llamó “electricidad metálica”. Decidió probar su hipótesis haciendo una pila de discos de metales diferentes —zinc y cobre—, alternados y en contacto a través de cartón húmedo. Y funcionó. ¿Por qué? Básicamente, lo que sucede es que el zinc se oxida, pierde dos electrones y esos electrones viajan a través del cartón húmedo y terminan reduciendo el cobre al recibir los electrones. Ese flujo de electrones es, justamente, la corriente eléctrica, y como era una pila de disquitos, la pila se llamó, ahora sí, “pila”. Todos le dieron la razón a Volta en lugar de a Lugi.
Pobre Galvani, encima en 1796 Napoleón Bonaparte invadió Bolonia, donde él había nacido y daba clases y, al no querer prestar juramento a la Constitución francesa, fue despojado de su cátedra. Murió, triste, dos años después viviendo en la casa de su hermano sin el consuelo de saber que su apellido quedaría en la historia por los experimentos espectaculares de la época de Frankenstein… que hizo su sobrino.
Las pilas se empezaron a popularizar tímidamente durante el siglo XIX, sobre todo en exposiciones, para generar chispas y dar espectáculo. Aunque cuando me enteré del primer uso doméstico, me sorprendí bastante. Las pilas llegaron a las casas por las puertas, pero en un principio se quedaron allí: las usaban para poner timbres.
Los primeros timbres, que se popularizaron hacia finales del siglo XIX, cuando aún no había electricidad en la mayoría de las casas, eran a pila. El timbre tenía dos partes: una bastante grande, que se ubicaba dentro de la casa y consistía en la pila y la campanilla, y otra fuera de la casa, el botón para llamar. De hecho, el tango “Yira, yira”, de Enrique Santos Discépolo, interpretado espectacularmente por Carlos Gardel, dice “cuando estén secas las pilas de todos los timbres que vos apretás” y se refiere exactamente a esos timbres con sus baterías gastadas.
Las pilas de los timbres de la época de Gardel eran las Leclanché, llamadas así gracias a su inventor Georges Leclanché, un ingeniero francés que usó zinc y dióxido de manganeso como metales para oxidar y reducir respectivamente. Porque el punto central de las baterías es qué elemento se oxida y cuál se reduce. Además, como muchas de estas reacciones de óxido-reducción son reversibles, también existen las baterías recargables.
Las pilas al principio eran grandes y se descargaban rápido. Nadie podía pensar aún en aparatos a pila que se pudieran transportar. Recién iniciado el siglo XX logramos tener pilas transportables que se usaban para alimentar linternas, y a mediados de siglo, gracias a los transistores que hacían a las radios mucho más pequeñas, la primera radio portátil.
Tal vez, la diferencia con la imprenta es que esta tardó demasiado en llegar (y cuando lo hizo, los libros ya existían).Sobre esto voy a hablar en el próximo capítulo. Lo que me recuerda… ¿todavía no encontraron el mensaje secreto que dice el prólogo? Pésimos espías. La pila, en cambio, fue un invento que llegó demasiado temprano. Se descubrió cuando iniciaba el siglo XIX pero se empezó a usar casi cien años después. El primer teléfono celular de la historia, el Motorola DynaTAC 8000X, lanzado en septiembre de 1983, dos semanas después del accidente del KAL007, tenía una batería de níquel y cadmio. Si bien técnicamente calificaba como aparato transportable con una batería recargable, era una pesadilla: necesitaba 10 horas de carga y la batería duraba poco más de media. Además estaba el maldito efecto memoria: si uno no descargaba totalmente la batería antes de cargarla, en los siguientes ciclos perdía rendimiento. Después, hacia mediados de la década del 90, llegó la tecnología de níquel-metal hidruro, que podía almacenar más energía, lo que permitía que las baterías empezaran a ser más pequeñas, y luego, con el nuevo siglo, empezaron a usarse baterías de distintos metales de litio, que duran más tiempo y son en comparación mucho más pequeñas. Así, con el nuevo siglo los humanos pudimos tener dispositivos electrónicos desenchufados bastante tiempo, que, además, son cada vez más pequeños y transportables.
Por supuesto, esto no fue gratis. El litio pasó de ser una sal blanca que se usaba para hacer grasas industriales a constituirse en un recurso estratégico fundamental: las mayores reservas se concentran en el triángulo del litio, que incluye parte de Argentina, Bolivia y Chile. Su extracción no es sencilla porque se encuentra disuelto en salmueras subterráneas que están decenas de metros debajo de los salares. Además en las salmueras hay muchas otras sales. La extracción tradicional consiste en bombear esas salmueras desde esos reservorios subterráneos a enormes piletones donde se deja que el agua se evapore durante meses. En ese proceso se pierden hasta 800.000 litros de agua por cada tonelada de litio producida. Pero eso no es todo, falta purificar el litio del resto de las muchas otras sales de la salmuera y en ese proceso adivinen qué se necesita. Sí, agua, mucha más agua. Todo esto en ambientes áridos donde el agua no es que sobre precisamente. El otro problema es que en Argentina, por ejemplo, la extracción la hacen en su mayoría empresas extranjeras que se llevan el litio sin fabricar el resto de las baterías en el país.
Claro que el litio no es el único, de hecho todos los elementos que reversiblemente se puedan oxidar y reducir son potenciales componentes de baterías que, con un poco de suerte, podrán ser más pequeñas y más eficientes que las actuales.
Y ahí es donde llegan a esta historia los lantánidos, ese grupo de elementos que en la tabla periódica están abajo de todo, olvidados. De hecho, su nombre significa algo así como “los que permanecen ocultos” en griego. Este grupo,El Gato y La Caja, editorial de este libro, tiene un libro espectacular llamado 118. El universo en una tabla que cuenta la historia de cada elemento. en el que están el europio, el prometio, el disprosio —todos con gran nombre— es conocido como “tierras raras”, otro gran nombre. Esos elementos son cada vez más relevantes porque sus características únicas los hacen excelentes imanes, y aun mejores baterías, porque son muy buenos oxidándose y reduciéndose reversiblemente. El europio también es espectacular porque brilla muy fuerte en el color rojo y es ideal para las pantallas led. Estos elementos, cuyas características recién estamos conociendo, son los que podrían hacer dispositivos electrónicos más pequeños y más eficientes, todo lo que quiere el siglo XXI.
Claro que tener algo tan valioso también puede ser un problema. Por ejemplo, en 2025, Donald Trump, siendo presidente de Estados Unidos, canceló una conferencia de prensa con el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, diciéndole que no había agradecido lo suficiente el apoyo estadounidense a Ucrania. Fue un momento increíble, se gritaban cosas, Trump apuntaba con el dedo al presidente ucraniano, todos miraban para todos lados. Los verdaderos motivos de la escena era que Zelensky había cuestionado el punto del acuerdo que le daba la potestad a Estados Unidos de acceder a las tierras raras de Ucrania como compensación económica de la intervención. Otro ejemplo: en Myanmar, en 2021,Se hizo muy viral una clase de fitness de Khing Hnin Wai, una profesora de educación física birmana en una de cuyas clases se pudo ver de fondo los tanques del ejército pasando, que iban, justamente, a cometer el golpe de Estado. ocurrió un golpe de Estado seguido de una guerra civil donde hubo violaciones a los derechos humanos. Si bien, al parecer, China, el país vecino más importante, no promovió el golpe, lo cierto es que tampoco lo condenó, y sobre todo, mantuvo las relaciones comerciales con Myanmar, que, llamativamente, quintuplicó la producción de tierras raras, que casi en su totalidad se exportan a China.
En definitiva, en 2026, cuando escribo esto, las tierras raras son los recursos estratégicos más relevantes y casi siempre están detrás de todos los conflictos bélicos activos.
Muerte por GPS
El desastre del KAL007, provocado por un error en sus sistemas de navegaciónEn realidad fue un misil, pero ustedes me entienden. que lo llevó a estar en el lugar incorrecto en el momento incorrecto, fue el desencadenante para que el sistema de posicionamiento global (GPS), hasta entonces restringido al uso militar, se liberara para uso civil.
El secreto del funcionamiento del GPS es muy simple y maravilloso: hay muchos —más de cien— satélites de posicionamiento orbitando nuestro planeta. Para saber dónde estamos se necesitan tres satélites que midan con gran precisión la distancia a la que están del dispositivo que tenemos en la mano.
El primero de esos tres satélites nos da como resultado la superficie de una esfera, es decir, todos los puntos del universo que están a esa distancia exacta. Un segundo satélite hace lo mismo y genera otra esfera que, superpuesta con la del primero, nos da una línea circular de posibles puntos a esa distancia exacta de ambos. Ahora, si le agregamos la información de la distancia a un tercer satélite, agregamos un tercer círculo que intersecta al otro en dos lugares: uno suele estar en cualquier lado, probablemente muy lejos de la Tierra, mientras que el otro es el punto exacto en donde estamos nosotros con el dispositivo. Para ser justos, se necesita un cuarto satélite para corregir la hora exacta entre la transmisión y la recepción de la señal, pero la información importante la dan los primeros tres.
Si bien en la década de 1990 el uso del GPS no era algo masivo, una vez incorporado en los dispositivos electrónicos pasó a ser indispensable, sobre todo para quienes tenemos pésimo sentido de la ubicación. Y es sin duda un golpe letal para los nostálgicos, a quienes nos duele haber dejado de utilizar las guías de bolsillo, indispensables para ubicarnos en la ciudad. En Argentina se publicaba todos los años la Guía Filcar, que tenía versiones de mapas actualizados para las grandes ciudades de Argentina y sus alrededores, y para la Ciudad Autónoma de Buenos Aires existía la Guía-T.Twitter nos permitió descubrir que hay personas de mi edad que, a pesar de crecer usando estos productos, nunca habían entendido el juego de palabras escondido detrás de los nombres “Guía-T” y “Nero Burning Rom”.
Claro que el uso exclusivo del GPS para ubicarnos puede traer problemas. El primero y más obvio es la posibilidad de quedarnos sin ninguna referencia cuando se nos termina la batería del teléfono, cosa que me pasa seguido. El segundo es lo que le ocurrió a Albert y Rita Chretien.
La historia de Albert y Rita Chretien es bastante tremenda. El 19 de marzo de 2011 salieron en su van Chevrolet Astro desde su casa en Penticton hacia Las Vegas para participar de una feria, no tan espectacular como las de Giovani Galvani (el sobrino de Luiggi) con chispazos y cuerpos reanimándose, sino una feria comercial, muy comunes en esa ciudad, donde iban a mostrar su pequeña empresa, dedicada a las perforaciones.
Tenían por delante casi 2000 kilómetros de ruta. Por suerte, la Chevrolet Astro es bastante cómoda. Albert y Rita, en vez de seguir la ruta más directa, decidieron tomar un camino menos transitado, con muy buenas vistas de montaña, por la autopista estatal 51. Sabían que, en algún lugar, tenía que haber un desvío que los llevara hacia la ruta 93, que iba directo a Las Vegas.
Algo empezó a parecerles raro. Pasaban los kilómetros, se hacía de noche y no aparecía el desvío. Encima en Estados Unidos no tienen mate, lo que me imagino que hacía el viaje aun más tedioso. Pero Albert tenía un as bajo la manga: un GPS que había comprado unos días antes y nunca había usado. En ese momento pensaban que la ciudad más cercana era Mountain City, Nevada, a unos 700 kilómetros de Las Vegas, y ya llevaban varias horas manejando, así que lo prendieron y cargaron esa ciudad como destino para descansar ahí esa noche.
Las indicaciones los llevaron por un pequeño camino de tierra cerca de un pueblo fantasma, finalmente, hasta un confuso cruce de tres caminos donde empezaron los verdaderos problemas. El nombre de Mountain City no es un eufemismo, y el GPS los hacía transitar por un camino que no paraba de empeorar, una ruta de montaña, en dirección a picos nevados.
Una vez comenzada la feria en Las Vegas, los organizadores notaron que Al Chretien Excavaciones no estaba ahí. Cuando los familiares se enteraron, varios días después, los empezaron a buscar. El problema es que nadie sabía del desvío que habían tomado, así que rastrillaron 4500 kilómetros de ruta sin éxito. El 8 de abril, casi tres semanas desde el día en que salieron, las autoridades redujeron la intensidad de la búsqueda.
Casi dos meses después, aprovechando que el frío había cedido, Troy Hill, su hija Whitney y el marido de ella salieron en cuatriciclo a hacer una práctica, al parecer habitual, que se llama “shedding” y consiste en ir a la espesura a buscar astas de ciervos, que se les desprenden en esa época y caen al suelo. En un momento divisaron a lo lejos un Chevrolet Astro con cintas atadas a la antena. Se acercaron y vieron que dentro había una mujer. Era Rita Chretien, envuelta en una manta y dispuesta a morir.
Pero no murió. Y fue Rita quien contó la historia del día en que se perdieron:
Como ya oscurecía, decidieron seguir adelante porque en el camino de montaña era imposible dar la vuelta. En cierto momento, la camioneta se atascó. Pasaron la noche a bordo de la Chevrolet y a la mañana dividieron las provisiones que tenían. Albert salió caminando hacia Mountain City, llevándose las almendras bañadas en chocolate y Rita, que se había lastimado unos días antes del viaje y no podía caminar bien, se quedó en la camioneta con una bolsita de frutos secos que racionó cuidadosamente. Durante días, derritió nieve para beber, salió a dar pequeñas caminatas y leía la Biblia. Los shed hunters, luego de escuchar la historia, decidieron que lo mejor sería ir a buscar ayuda sin mover a Rita, que se veía muy débil. Cuando volvieron con helicópteros de rescate, increíblemente, ella había hecho las valijas y estaba lista para irse de ahí.
El cuerpo de Albert fue encontrado un año y medio después, congelado en la montaña.
Toyota Corolla blanco
Pero la invención del GPS, de las pilas y de los errores humanos en los vuelos convergen todas en la creación del arma más tonta que ha visto la humanidad: los drones.
El 26 de agosto de 2021 en el aeropuerto de Kabul, capital de Afganistán, ocurrió un atentado espantoso en el que murieron 186 personas. Se trató de un atentado suicida en el momento en el que miles de afganos intentaban huir del país luego de la llegada de los fundamentalistas talibanes al poder. Estados Unidos controlaba el aeropuerto, desde donde operaba su poderío militar en todo el país. Al anunciar la muerte de 13 soldados estadounidenses en el atentado, el general Kenneth McKenzie, responsable del comando militar estadounidense, dijo que el atentado había sido perpetrado por ISIS y que, seguramente, volverían a atacar de forma inminente.
Al Pentágono llegaban miles de informes de inteligencia sobre las formas de proceder de ISIS, pero hubo un dato que les llamó particularmente la atención: para sus operaciones, ISIS siempre usaba Toyotas Corollas blancos. Cosa que me parece bastante inteligente porque el blanco es el color más común de los autos y el Toyota Corolla, el auto más vendido del planeta, por lo que, para pasar desapercibido, un Toyota Corolla blanco es el auto ideal.
Tres días después del atentado, el 29 de agosto, Zemari Ahmadi, que trabajaba como técnico en sistemas de la ONG estadounidense Nutrition and Education International en Kabul, pasó por la oficina a buscar una notebook que tenía que darle luego a su jefe. Después cargó agua en varios bidones y los subió a su auto, un Toyota Corolla Blanco. No sabía que un dron MQ-9 Reaper, que es bastante grande y puede volar varias horas a gran altura sin ser descubierto, lo estaba siguiendo. El modelo de su auto, sumado a verlo cargar bidones y llevar una notebook, levantó la sospecha de la inteligencia estadounidense. Claro que los bidones no eran explosivos, sino agua potable. Y su notebook era eso, una notebook.
A las 16:30, Ahmadi llegó a su casa en Khwaja Bughra, un barrio residencial cercano al aeropuerto. Para colmo de males, su casa estaba marcada erróneamente como un potencial punto de ISIS. Sus tres hijos y varios sobrinos jugaban en el patio cuando un segundo MQ-9 Reaper apareció en la escena y disparó un misil Hellfire. Ahmadi, su primo de 30 años y siete niños, entre los que estaban sus hijos y sobrinos —en total diez civiles—, murieron en el ataque.
La investigación posterior del Pentágono dijo que se trató de un trágico error.
En la guerra de Ucrania, que está ocurriendo mientras escribo esto, se empezaron a usar masivamente los drones, muchos drones, enjambres de drones, lo que hace que todo sea mucho más estremecedor. Un enjambre de drones son cientos de aparatitos coordinados perfectamente guiados hacia un objetivo, con capacidad de reconocer y disparar o, incluso, chocar contra él en un ataque kamikaze. Yo hace años sostengo que las cosas chiquitas siempre son más aterradoras que las cosas grandes. Si pensamos en el poder de daño de un avión de combate de cientos de millones de dólares en comparación al de miles de drones volando coordinadamente, creo que me darán la razón.
Las armas tontas
Este capítulo ya terminó. Expliqué cómo distintas variables coincidieron para crear los drones, conté un relato espantoso sobre drones y hasta acabo de dejar una especie de moraleja. Pero no puedo resistir la tentación de contar una última historia.
Los primeros días de diciembre de 2001 no fueron fáciles para Alan Yoshida. Él formaba parte del ODA (Operational Detachment Alpha,también conocido como “Boinas Verdes”) 574, un pequeño grupo de unos diez miembros de la Fuerza Aérea estadounidense que operaba en Afganistán, al principio de la guerra que se inició luego de los atentados a las Torres Gemelas. Su destacamento estaba emplazado a unos 65 kilómetros al norte de Kandahar, la segunda ciudad principal del país, en una posición militar de Estados Unidos, sobre una colina. Las fuerzas afganas se ubicaban a muy pocos kilómetros y, en ese momento, estaban bajo un intenso fuego de ametralladoras.
Pero a las 9:30 de la mañana del 5 de diciembre, sin saber de dónde vino ni cómo pudieron los acorralados afganos hacerlo, una bomba estalló sobre la compañía de Alan. Tres soldados murieron. Alan sobrevivió con heridas graves. Luego supo que la bomba era una JDAM (Joint Direct Attack Munition) disparada desde un bombardero B-52 que pesaba casi una tonelada. Y lo más llamativo de todo: era una bomba estadounidense.
Alan, desde la base improvisada, dirigía los bombardeos con un aparato de GPS portátil conocido como “PLGR”. El PLGR es una especie de ladrillo verde, impermeable, con una modesta pantalla donde se cargan coordenadas y otros datos apretando unas teclas. El problema de Alan fue que, durante el bombardeo, en el momento clave, el PLGR se quedó sin batería. Era una batería de litio, mucho más moderna que las que tenían los celulares de ese momento, pero mucho menos que las baterías de litio actuales.
Como el ejército de EE.UU. no es una manga de improvisados, tenía baterías de repuesto cargadas y rápidamente Alan la cambió. Lo que no supo es que, al reiniciarse, el GPS tenía una característica, un comportamiento, una de esas cosas que a los que se dedican a la tecnología les gusta discutir si es un bug o un feature: en lugar de emitir las coordenadas del blanco, emitía las del propio aparato.
Ni el piloto del bombardero ni Alan se dieron cuenta de esto hasta que fue demasiado tarde.
Si bien Estados Unidos pudo correr rápidamente al régimen talibán del gobierno después de la invasión, nunca logró estabilidad en la región y se terminó retirando veinte años después. Algo similar le pasó a la Unión Soviética, que entre 1979 y 1989 invadió Afganistán para sostener al gobierno prosoviético del país y tampoco lo logró.
Alan murió de cáncer en 2023 a los 51 años. Por sus actividades en Afganistán recibió la Estrella de Plata, la tercera condecoración más importante del ejército de Estados Unidos.
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