Que se doble pero que no se rompa
El último elemento de este inventario de objetos convertidos en armas de forma más o menos ridícula o más o menos exitosa son los libros. Consideré importante incluirlos al final porque no se les escapará que esto es justamente un libro, es decir, que tienen ustedes en las manos una potencial arma homicida. Lo cual nos pone en la privilegiada posición de hacer una demostración teórico-prácticaSi lo estás leyendo en formato web, te perdés la parte práctica, pero el lado positivo es que lo estás leyendo gratis, ¡iupi! Si lo estás leyendo en ebook, también te vas a perder la parte práctica pero bueno, no sabemos de nadie que haya matado a alguien con un ebook todavía.:
Empecemos, naturalmente, por lo teórico.
Desde que empezamos a hacerlo, los humanos escribimos donde podemos. Originalmente, paredes de cavernas (si consideramos las manos y los dibujos de animales como una forma de escritura), pero más propiamente en tablas de arcilla. Los sumerios, hace más de 3000 años, descubrieron que podían hacer agujeros con distintas formas —cuñas— en la arcilla y así escribir cosas importantísimas como listas de bienes y decretos. Después, los egipcios se dieron cuenta de que la arcilla se hace barro si se moja y tomaron una decisión inteligentísima: empezaron a escribir las cosas importantes en piedraLa más famosa de estas piedras es la Piedra de Rosetta, que contiene un decreto del faraón Ptolomeo V Epífanes y fue grabada con escritura jeroglífica, demótica y griega. Formaba parte de una construcción mayor y fue descubierta por casualidad cerca de Rosetta (Egipto), en julio de 1799 por Pierre-François Bouchard, un soldado francés. Su hallazgo permitió descifrar por primera vez los jeroglíficos y, de alguna manera, comunicarnos con personas que habían vivido miles de años antes en el planeta.. Claro que escribir en piedra también tiene sus dificultades, si no imagínense qué incómodo tener que escribir “pan, cebolla, leche y detergente” en una piedra y llevarla hasta el mercado. Por eso, los egipcios, para los escritos comunes, es decir, los que no eran decretos de faraones, usaban papiros: una especie de tela que se sacaba del tallo del Cyperus papyrus, una planta que crecía en el valle del Nilo.
Pero más allá de estos precedentes, hay que decir que fue Cai Lun, un funcionario del palacio de la dinastía Han, en China, quien alrededor del año 100 d.C. sistematizó la fabricación del papel usando cortezas de árbolesOjo, igual, porque por esa época, los nativos mesoamericanos habían desarrollado el amatl, una especie de papel hecho a partir de la corteza de ficus que se podía escribir de ambos lados.. El método chino se fue expandiendo poco a poco, llegó a Asia Central hacia el año 750, a Bagdad en el 790, y para el primer milenio ya había talleres y molinos papeleros en distintas regiones de Europa. La ventaja del papel sobre el papiro es que se puede fabricar a partir de la corteza de varias plantas. El papiro, en cambio, se logra solo a partir del Cyperus papyrus y, aunque funciona muy bien para hacer rollos, es muy quebradizo: si se dobla, se rompe. Así que, por ser más fácil de fabricar y tener mejores prestaciones, ganó la tecnología asiática, como suele pasar.
En el siglo XIX —si no lo mencioné: objetivamente el mejor siglo de la historia de la humanidad— la fabricación de papel ya estaba sistematizada y los países europeos lo exportaban hacia sus colonias. De todos modos, seguía siendo un insumo caro y bastante codiciado. De hecho, de las 450 invitaciones al Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 se conservan solamente dos, que están en el Museo Histórico NacionalDe los 45.000 habitantes que tenía Buenos Aires, se invitaba a los Cabildos Abiertos (que eran bastante excepcionales) solo a los varones que tuvieran propiedades, caballos y armas. No podían participar negros, mestizos, criollos ni, claro, mujeres. El del 22 de mayo tal vez fue el más importante de la historia argentina porque terminó llevando a la destitución del virrey y a la conformación del primer gobierno patrio tres días después. Las invitaciones para aquel día se imprimieron en la Real Imprenta de Niños Expósitos, que estaba a cargo de Agustín Donado, un partidario de la Revolución (quien luego diseñó el sello con el que se firmaban documentos, algo así como el predecesor del Escudo Nacional). Se cree que Donado mandó a imprimir 600, en vez de las 450 previstas, para llevar militantes patriotas. La calle Donado en la Ciudad de Buenos Aires, a dos cuadras de la casa donde viví con mis padres muchos años, fue nombrada en su honor., y lo más espectacular es que tienen escritas cuentas y algunas anotaciones en el costado porque los panfletos se solían reutilizar todo lo que uno podía.
La tecnología del papel siguió avanzando, junto con, por supuesto, la tecnología de las tijeras, que son casi tan antiguas como el papel aunque no tan antiguas como las piedras. Pero a los fines que nos interesan, hasta acá está bien.
Tinta
Hace al menos 5000 años que los humanos escribimos cosas con tinta. En el antigüo Egipto se usaban tintas para escribir sobre papiros. Tinta negra, hecha con una mezcla de hollín con distintos aceites para el texto principal, y tinta roja, fabricada a partir de sustancias con alto contenido de hierro, para los títulos y las partes resaltadas. Increíblemente, las recetas de esas tintas no quedaron escritas en ningún lugar o en ninguna piedra. Su composición recién se pudo determinar en el año 2025, gracias a los sincrotrones, unos aparatos que aceleran electrones y los hacen moverse de forma circular generando una luz muy intensa que permite analizar materia con mucho detalle. Así se supo de qué está hecha la tinta de los escritos de la única biblioteca del antiguo Egipto que sobrevive hasta hoy. Además, con este método descubrieron que los egipcios agregaban plomo a la mezcla de tinta, a modo de secante. Se ve que eran ansiosos.
El agregado de plomo fue utilizado nuevamente en el siglo XV. Los pintores europeos de esa época lo agregaban a la mezcla de óleo para, al igual que los egipcios, hacer secar más rápido sus pinturas, cosa que sabemos porque esta vez sí se tomaron el trabajo de anotar la receta. Pero hoy sabemos aun más cosas: por ejemplo, que los iones de plomo (que estaban en ese polvo) ayudan a oxidar compuestos del aceite, lo que a su vez ayuda a que esos compuestos se aglutinen y formen un polímero sólido. También sabemos que el plomo es bastante tóxico.Como lo supo muy bien el capitán Sir John Franklin, jefe de la expedición perdida de Franklin, o Calígula, que nombró cónsul a su caballo, o los fabricantes del blanco albayalde que usaba Rembrandt van Rijn en sus pinturas, y como lo sabés vos que, después de todas las notas al pie pidiéndotelo, seguro ya leíste mi primer libro, Breve atlas anecdótico de la ciencia, donde cuento todo esto. Los pintores holandeses del siglo siguiente —el siglo XVII— también usaron plomo, pero no para el secado, sino para lograr el color blanco: ponían láminas de plomo suspendidas en vinagre dentro de vasijas que se enterraban durante varias semanas en estiércol de caballo. Gracias al ácido acético que aporta el vinagre aparecían cristales de carbonato básico de plomo sobre las láminas. La fermentación de los restos de estiércol mantenía templado el ambiente, favoreciendo la reacción. Cuando las vasijas se desenterraban y se abrían, se cosechaban los cristales de carbonato básico de plomo, que al molerlo y mezclarlo con aceite lograba el blanco perfecto. Sin embargo, el método holandés era peligrosísimo: sobre todo en el momento de abrir la vasija, cuando el obrero (porque ese trabajo lo hacían obreros) aspiraba el vapor con altísimo contenido de plomo. La expectativa de vida de quienes fabricaban este color era mucho menor que la del resto de la población, que en siglo XVI no llegaba a los 40 años, y eso si no había una epidemia.
Igual, es justo decirlo, durante varios siglos la vida en la Tierra siguió siendo particularmente peligrosa: los niños jugaban con soldados de plomo, los ventiladores eran de metal sin protección, las heladeras no podían abrirse desde adentro y había arsénico por todas partes. Durante el siglo del que no puedo dejar de hablar era común encontrarlo en cualquier farmacia. Esto se debía a que el arsénico está presente en varios minerales metálicos y en la fundición de casi cualquier metal se libera arsénico elemental, que en contacto con el oxígeno produce ácido arsenioso, un polvo blanco que se vendía barato y terminaba en muchos productos, como velas o insecticidas. También terminaba contaminando accidentalmente muchos otros, porque si no se rotula bien el paquete, puede confundirse fácilmente con azúcar o sal.
El arsénico es altamente tóxico porque puede deformar las proteínas, que son fundamentales para todo lo relacionado a la vida, y porque además imita a la adenosina trifosfato (o ATP), que es la moneda energética de las células. Si hay arsénico presente, las proteínas se deforman y la célula almacena energía en arsénico pentavalente en lugar de ATP, que es mucho más inestable y menos eficiente. Al consumirlo —accidentalmente o porque uno fue envenenado—, se generan síntomas muy similares a los que generaban cientos de enfermedades muy comunes en el siglo XIX, como cólera o difteria. El arsénico, entonces, era un veneno ideal no solo porque se conseguía barato en cualquier farmacia, sino porque su efecto se confundía fácilmente con los cientos de pestes de esa época. De hecho, fue el veneno elegido por Mary Ann Cotton, la primera asesina en serie inglesa (antes que Jack el destripador), quien lo usó para matar a sus cuatro maridos y varios de sus hijos colocándolo en las comidas que les preparaba.
Este modus operandi perfecto recién encontró un modo de ser contrarrestado gracias al test de Marsh. Diseñado por James Marsh, detecta arsina, un gas fácilmente identificable que se genera agregándole zinc y un ácido a una muestra con arsénico. Si la muestra es positiva, al agregar estos compuestos se libera el gas de arsina. Como al calentarse la arsina genera un residuo metálico que al caer sobre un vidrio forma un espejo, a esta prueba se la conoce como “test del espejo”, y gracias a ella condenaron a muerte a Mary Ann en 1873. El test del espejo dio positivo cuando analizaron el cuerpo de su hijastro, que había muerto poco tiempo atrás. Y si bien todo esto del arsénico no tiene nada que ver con utilizar los libros para matar, es muy probable que para este punto te hayas olvidado de que el objetivo del capítulo era hablar de eso, lo cual demuestra que un libro puede ser muy peligroso por su poder distractivo. Si estás en tren o en colectivo, fijate de no haberte pasado de donde te tenías que bajar.
Igual sí, volvamos al tema.
Tarde pero seguro
Como dije en una nota al pie anterior, que si no leíste me rompés el corazón, la imprenta llegó a la humanidad increíblemente tarde. Aunque ya existían formas de copiar escritos, la masificación de la tecnología se dio recién a mediados del siglo XV a partir del invento del alemán Johannes Gutenberg. Lo novedoso en este caso era el sistema mecánico y los tipos móviles que hacían la impresión a gran escala.
Los componentes de todo el invento, el grabado de metal, la tinta, el papel, todo eso se conocía desde milenios antes.Parece que a los humanos nos gusta vernos copiar a mano porque la fotocopiadora también llegó bastante tarde. Recién el 22 de octubre de 1938, Chester Carlson, un físico que trabajaba en el departamento de patentes de la empresa P. R. Mallory en Nueva York y sufría en carne propia la pesadilla de copiar documentos a mano, hizo en Astoria, Queens, la primera fotocopia de la historia de la humanidad: un papel que decía “10-22-38 ASTORIA”. Funcionaba así: en una fotocopia, la luz incide sobre una superficie cargada y fotoconductora. Donde llega la luz, esa superficie se descarga; donde el original la bloquea (porque está escrito), la carga permanece. Así queda formado el patrón electrostático de la imagen a copiar. Después, el tóner, un polvo negro cargado con la carga opuesta, se adhiere a esas zonas, se transfiere al papel y se fija con calor. En ese momento, zas, tenemos una fotocopia. Los materiales necesarios para ese proceso son papel, fuentes de luz, electricidad estática y superficies fotoconductoras, que ya existían desde siglos antes de 1938. Es un fenómeno similar al de la bicicleta, cuyos principios y elementos existían desde muchísimo antes de que a alguien se le ocurriera armar una. O como la fotocopiadora, que menciono en caso de que sigas con esa maña de no leer las notas al pie. Del mismo modo, aunque tarde, la imprenta fue un invento increíble: pocos años después de su invención, ya circulaban millones de libros gracias a ella.
Francesco de Madiis fue un librero veneciano que, como a algunos otros héroes de la historia, le gustaba anotar todo. Por ejemplo, anotó que entre 1484 y 1488, solo tres décadas después del invento de Guttenberg, su librería vendió más de 25.000 libros. Seguramente, se trataba de la librería más importante de Venecia, en un momento donde Venecia era la capital más importante del comercio mundial, pero aun así, ese número es gigante teniendo en cuenta que toda Europa tenía unos 90 millones de habitantes y menos del 10 % sabía leer. Para que tengas una referencia, la primera edición de este libro fue de 4000 ejemplares.
Con el tiempo, el método de Gutenberg se fue perfeccionando y automatizando.En general, los libros se imprimen en pliegos, hojas grandes donde se imprimen, por ejemplo, ocho páginas en cada cara. Luego se van doblando, al medio, luego en cuatro y finalmente en ocho. Esas dieciséis páginas plegadas se cosen o pegan en el lomo del libro. De hecho, si mirás el lomo de este, vas a ver cómo hay varios pliegos pegados al lomo. Podés hacerlo ahora, yo te espero. ¿Viste? Bueno, cada uno de esos pliegos es una misma hoja que se imprimió y luego se dobló cuatro veces. Por suerte para las personas que compraron el libro físico, el proceso de impresión también contempló el corte de esos pliegos para pasar la página sin problemas. Pero eso no siempre fue así. Un ejemplo que a mí me encanta es el de Mendel. Gregor Mendel fue un monje agustino que, me gusta decir, tenía mucho tiempo. Él cuidaba un jardín en el monasterio de lo que es hoy República Checa y era un gran observador, muy bueno en matemática y, como si fuera poco, tenía suerte. En el jardín había unas arvejas cuya cruza se podía dirigir, es decir, podía agarrar polen de una flor y ponerlo en otra, esperar a que surjan las semillas, plantarlas y observar ciertas características de la nueva planta (yo les avisé, Gregor tenía mucho tiempo). La suerte la tuvo eligiendo esas características: eligió siete muy fáciles de identificar y, que, hoy sabemos, están determinadas por un gen o al menos genes que segregan juntos. Mirando esas características, dirigiendo cientos de cruzas y haciendo mucha estadística, llegó a una serie de conclusiones que hoy conocemos como “las leyes de Mendel” que se cumplen en la gran mayoría de los genes de todas las especies que se reproducen sexualmente, como la arveja o los humanos. A lo que voy es que esos escritos donde él publicó estos resultados, en 1860, no tuvieron en el momento ningún tipo de impacto y eso lo sabemos porque se imprimieron unos cuarenta ejemplares, de los cuales la mayoría, cincuenta años después, no tenía cortadas las hojas de los pliegos porque nadie los había leído. Y rápidamente las imprentas se convirtieron en herramientas de muchísimo poder porque podían amplificar mensajes, cosa que siempre trae problemas. De ahí a convertir los libros en recursos bélicos, hubo apenas un paso.
Libros peligrosos
Hay varias formas en las que un libro puede ser peligroso. Una es leerlo:
Se conoce como “época victoriana” a la que coincidió con el reinado de Victoria, entre 1837 y 1901 en el Reino Unido. No sé si es la forma más adecuada de describirla ni tampoco es la intención de este capítulo hacerlo, pero yo la definiría como una época pomposa. De alguna manera, todo tenía que ser vistoso, y los libros no eran la excepción. Por suerte había una forma barata de hacer un colorante verde intenso espectacular, el famoso verde esmeralda. El verde esmeralda se usaba para todo: prendas de vestir, sombreros, juguetes y para la encuadernación. Sobre todo, de libros con tapas de tela.
El verde esmeralda se fabricaba mezclando acetato y cobre con algo que se conseguía barato por todos lados: arsénico, que al final sí tenía que ver con el tema de este capítulo, para alegría de todos. De hecho, tanto tiene que ver que existió algo llamado “Proyecto Libros Venenosos”, compuesto por varios museos y librerías de Reino Unido y Estados Unidos, y que consistió en estudiar la composición de los colorantes usados en la encuadernación de libros durante la época victoriana. Encontraron arsénico, plomo y otros metales en cientos de libros de esa época, lo que confirma que el mundo fue peligroso durante muchos siglos, como dije anteriormente. Durante la lectura, el lector solía estar expuesto a este tipo de libros de manera continua y, a veces, se mojaba el dedo en la boca para pasar las páginas, lo que hacía que el arsénico entrara al cuerpo. Igual si lo hacés con este libro no te preocupes, este ejemplar fue impreso en offsetSe llama “offset”, algo así como indirecta, porque la tinta no pasa directamente hacia el papel, sino que antes se transfiere a una malla de caucho, o sea que es una impresión indirecta. con tinta que no es comestible, pero tampoco tóxica. Hoy, los libros victorianos y sus tapas espectaculares están almacenados en bolsas de plástico y para manipularlos hay que usar guantes. Y definitivamente, no hay que chuparse los dedos para pasar sus páginas.
Otra forma en la que un libro puede ser peligroso es simplemente llevándolo encima:
En la Unión Soviética, entre 1922 y 1953, gobernaba Iósif Vissariónovich Dzhugashvil, más conocido como Stalin (cuyo nombre significa algo así como “hombre de acero”); las imprentas y también las fotocopiadoras estaban fuertemente reguladas y controladas por el Estado. Los libros eran sometidos a una rigurosísima censura. Circular con libros prohibidos constituía un delito grave que podía llevar a la pena de muerte o a la cárcel en los temidos gulags, lo que hacía que casi nadie se animara a llevar —y menos a leer— libros prohibidos.
Luego de la muerte de Stalin, llegó la apertura: cuando gobernaba Nikita Jrushchov, miles de libros siguieron censurados y las imprentas y fotocopiadoras continuaban siendo controladas, pero las penas dejaron de ser tan duras. En esa época nacieron los samizdat, un sistema de autoedición, circulación y amplificación de textos clandestinos. Como sistema, era implacable: cada persona que recibía un ejemplar del texto prohibido tenía que copiarlo y distribuirlo al menos cuatro veces. Esto se hacía con papel carbónicoEl “CC” de los mails viene de “carbon copy”, un homenaje al siglo XX, que a nosotros, los hablantes de español, nos vino bárbaro porque lo tradujimos como “con copia”. que se intercalaba entre las hojas y una máquina de escribir. No se ponía el nombre del autor para preservarlo y, como el papel también era un insumo sensible (porque la compra en cantidades excesivas podía llamar la atención), se intentaba ahorrar al máximo escribiendo en todo el espacio disponible de la hoja. Además, los textos incluían muchas veces comentarios del copiador y a veces los textos originales sufrían modificaciones.
Los samizdat, con ese papel barato que casi siempre tenía partes borrosas y comentarios al margen, se convirtieron en un sello cultural que contrastaba con las publicaciones oficiales, que tenían ediciones llamativas y chequeadas por los censores, y que, por supuesto, no representaban ningún peligro.
Pero, para mí, la forma más letal que puede tomar un libro es la que está en el siguiente apartado. La dejé para el final porque es la que más muertes puede provocar.
Y después de eso, kaput. Se acabó.
Book Cipher
Y Seréis como Dioses es un libro que Erich Fromm publicó en 1966 y trata, según mi padre, sobre la impotencia de Occidente. Yo no lo leí, pero en mi casa de chico era un libro central en la biblioteca porque ahí mi papá y mi mamá escondían el dinero de los sueldos. Antes de los cajeros automáticos, los trabajadores en relación de dependencia solían cobrar el último día hábil del mes,De ahí viene el adjetivo “ñoquis”, porque aparecen en el trabajo sólo para cobrar a fin de mes como los ñoquis, que según la tradición, se comen el día 29. y toda la plata quedaba en las casas en algún escondite secreto. En el caso de la mía, en un libro particularmente desvencijado que estaba exactamente en el medio de la biblioteca. Y digo “particularmente desvencijado” porque me encanta la palabra y por el aspecto que tenía, desgastado a fuerza de ser sacado y vuelto a poner en su lugar diariamente y, sobre todo, de haber soportado períodos de hiperinflación donde los salarios eran pilas muy grandes de billetes que tenían muy poco valor. No sé cuán habitual era que las personas escondieran la plata en libros, pero para mí, cuando era chico, en todas las casas había un iiseréis con plata en su interior.
Aunque espero que otras familias hayan elegido métodos más seguros, lo cierto es que esconder cosas en libros no fue una idea original de mis padres. En el Museo Nacional de Irlanda hay un diccionario francés que, cerrado, no dice nada, pero que cuando lo abrís está agujereado en el centro y tiene una pequeña pistola automática. Ese diccionario fue dejado en 1921 en la recepción del hotel Gresham en Dublín, Irlanda, con un papelito que decía “para Miss K. Mullen o Mrs. P Kingsbury”, quienes nunca lo recogieron. Se cree que son nombres falsos y que esa pistola era parte del armamento del Cumann na mBan, la rama femenina del movimiento independentista irlandés liderado por Agnes O’Farrelly.
Sin embargo, el que sabía de verdad esconder cosas en libros fue Richard Sorge. Él escondía algo infinitamente más peligroso que un arma y más valioso que dos sueldos. Escondía información.
Richard Sorge era un periodista alemán que iba a todos lados con su librito de tapa verde opaca, un libro aburridísimo pero muy nazi, que contenía las estadísticas del régimen: cuántos granos se habían vendido, los balances del comercio y cosas así. Un libro verdaderamente aburrido, pero Richard lo llevaba a todos lados. Era un buen periodista.
Claro que Richard no era solamente periodista.
En 1914, durante la Primera Guerra Mundial, había sido herido en una pierna y pasó bastante tiempo en el hospital. También, de a poco, fue interesándose en el socialismo. En 1919 se afilió al Partido Comunista alemán, cosa que pocos años después empezó a traerle problemas. Aprovechando que su madre era rusa, se mudó a Moscú en 1924 y poco después se unió al Departamento Central de Inteligencia de la Unión Soviética.
En 1930, usando la tapadera de periodista, viajó a China como corresponsal de la revista alemana Soziologische, siempre informando a la Unión Soviética. Volvió a Alemania en 1934 y se unió al Partido Nacionalsocialista, ya con Adolf Hitler en el poder. Ese mismo año logró viajar a Japón, país que se observaba como una potencial amenaza al régimen soviético, donde se hizo muy amigo de Eugen Ott, agregado militar alemán y con cuya esposa se vio en secreto durante varios años. Richard era muy bueno escondiendo cosas.
De a poco, haciéndose pasar por un nazi muy convencido, fue escalando en los círculos de poder y empezó a acceder a información clasificada que retransmitía a Moscú. Los espías, en general, tratan de no llamar la atención, no usan autos llamativos, se visten con colores apagados aparentando tener una vida gris y poco llamativa y nunca, pero nunca, les gusta salir en las fotos. Richard era todo lo contrario: andaba en una moto muy llamativa recorriendo bares a la noche, tenía muchas amantes y era muy común verlo en fotos en las que aparecía junto con varias personas. Igual, nadie sospechaba de él y seguía teniendo acceso a información clasificada.
Pero lo importante es que Richard jamás se desprendía de su libro verde opaco, su libro de estadísticas. ¿Por qué? Porque en Moscú había otra persona que tenía exactamente el mismo libro, la misma edición, un ejemplar idéntico. Y eso solo bastaba para encriptar mensajes. Richard Sorge fue el maestro del book cipher.
El sistema funcionaba así: los mensajes se transmitían por radio como una sucesión de números. Cuando Richard quería emitir un mensaje, buscaba en el libro las palabras que le servían para armarlo y mandaba una serie de tres números por cada palabra del mensaje: cada número indicaba página, línea y posición de cada palabra. Así, si el mensaje era interceptado, nadie podía entender qué estaba queriendo decir. Solo era una serie de números incomprensibles.
Por ejemplo, el 20 de junio de 1941 Sorge avisó que Alemania iba a invadir la Unión Soviética, rompiendo el tratado Molotov-Ribbentrop, que había sido firmado el 23 de agosto de 1939. Stalin no le creyó y se burló de él acusándolo de pervertido. Dos días después se inició la Operación Barbarroja, la invasión alemana que hizo entrar a la Unión Soviética a la guerra en la que murieron más de 10 millones de soviéticos.
El siguiente mensaje que Richard envió fue el 13 de septiembre. Decía algo así como:
Dije que este capítulo era teórico-práctico porque la versión en papel del libro que estás leyendo no tiene las soluciones entre paréntesis y hay que buscarlas cifradas a lo largo del ejemplar. ¡Juegazo! Lamentablemente, en este formato digital no es posible hacer funcionar el sistema así que, como dije en la primera nota al pie del capítulo, nos quedamos sin jugar. ¿Viste? No todo tiempo pasado fue peor. Pero no importa. Lo importante es que esta vez, Stalin sí le creyó a Sorge, y le hizo caso. Gracias a eso pudo decidirse a concentrar las tropas en el ataque alemán y no dividirlas llevándolas al otro extremo del país para frenar un ataque japonés que nunca llegaría. Esta pieza de información ayudó a que la Unión Soviética ganara la guerra.
Ese mismo año, la policía militar del ejército japonés capturó al pintor Yotoku Miyagi, que era parte de la red de espionaje de Richard. Yotoku fue torturado durante varias horas y terminó delatándolo.
Richard fue detenido el 18 de octubre de 1941, y a pesar de que confesó y ofreció informes de su actividad, fue condenado a muerte. Al parecer, el gobierno japonés intentó intercambiarlo por prisioneros con la Unión Soviética, pero desde Moscú negaron conocerlo. Richard fue ejecutado en la horca el 7 de noviembre de 1944. Eligieron esa fecha porque coincidía con el aniversario de la Revolución rusa. Según sus verdugos, sus últimas palabras, pronunciadas en perfecto japonés, fueron “¡Viva el Partido Comunista Soviético! ¡Viva el Ejército Rojo! ¡Viva la URSS!”.
Sus restos fueron enterrados en una fosa común en el cementerio de la prisión de Sugamo, en Tokio. En 1950, con la guerra terminada, Ishii Hanako, una de sus amantes, pidió la exhumación. Desde ese momento están en el cementerio de Tama, en el oeste de la misma ciudad. La lápida, de piedra, dice en tres idiomas (ruso, inglés y japonés): “Richard Sorge - Héroe de la Unión Soviética”.