No pretendo definir la naturaleza del lenguaje, pero puedo decir esto: aunque muchos insistan en considerar la lengua una herramienta más de las tantas que aprendimos a desarrollar, lo cierto es que no lo es. El lenguaje nos constituye. Está tan relacionado a la cognición como la vista, el tacto o cualquier sentido. “Está en nuestra naturaleza, pues no lo hemos fabricado”, dice el lingüista Émile Benveniste. Es decir que, si ahora podemos incluirlo en una caja de herramientas junto a las piedras afiladas y las tácticas de guerra, es porque aprendimos a abstraerlo, a extirparlo y ponerlo bajo otras luces, algo sobre lo que hablaré más adelante. Por el momento, el lenguaje es lo que nos permitió decir “yo”, decirlo en voz alta, decírselo a alguien que es “tú” y, por lo tanto, no es “yo”. El lenguaje nos constituyó también como sujeto colectivo, “nosotros”, junto con todos los que pudieron, a su vez, nombrarse a sí mismos. Y desde ese día, palabra por palabra, fuimos corriendo una carrera cognitiva contra el resto.
Nadie duda de la pericia de un castor para construir un dique o de la inteligencia con la que los cuervos resuelven problemas lógicos, pero hay que admitir que los humanos, con el conocimiento que nos compartimos unos a otros, ya fuera de manera oral o escrita, hicimos un montón de cosas más: enriquecimos uranio, tejimos cestas de junco, secuenciamos el genoma de un nematodo, construimos catedrales góticas, calculamos la curvatura del espacio-tiempo, destilamos whisky, pintamos frescos en muros, creamos algoritmos de machine learning, establecimos sistemas de castas, inventamos la democracia, predijimos la trayectoria de cometas, creamos contratos inteligentes basados en blockchain, vaporizamos ciudades con energía termonuclear, delineamos nociones de mecánica estadística para estimar efectos del mundo microscópico en sistemas macroscópicos, pisamos la Luna y el fondo del mar, compusimos “Desarma y sangra” y la Ilíada, escribimos el Martín Fierro, La tierra baldía y El señor de los anillos.
Todo esto alimentó no sólo nuestro orgullo, sino también la convicción de que la especie humana es realmente diferente a las demás. Incluso llegamos a diseñar una manera de cuantificar esa diferencia: según la escala de Kardashev, propuesta en 1964, las especies pueden clasificarse en tres tipos dependiendo de su capacidad tecnológica. Tipo 1: aquellas que tienen un nivel de dominio planetario y pueden utilizar toda la energía disponible en su mundo. Tipo 2: aquellas capaces de captar y aprovechar toda la energía irradiada por su estrella. Tipo 3: aquellas con capacidad de consumir la energía de la galaxia y conquistar otros sistemas solares. Carl Sagan calculó que la humanidad, en 1973, puntuaba con un cómodo 0,70. Hoy se estima que alcanzamos el 0,73. Nada mal para una especie que empezó desde cero y no conoce a ninguna otra especie en un escalón mayor. Quizá lo más llamativo de esta escala, en este contexto, sea el hecho de que tenemos posibilidades reales de alcanzar el tipo 1 en unos pocos siglos —siempre y cuando no nos autodestruyamos antes— y que es muy probable que, cuando lo hagamos, si lo hacemos, o incluso para poder lograrlo, debamos en algún punto del proceso cumplir nuestro sueño más antiguo: hablar con los animales.
Pero, resuelto ya el asunto de qué entendemos por animales —y de qué manera los humanos somos parte de ellos a la vez que atesoramos las características que nos diferencian—, mi gato podría atinar a preguntarme: ¿qué significa hablar? Mi primera reacción es apegarme al diccionario y responder que hablar es la capacidad de emitir sonidos articulados para expresar pensamientos o sentimientos mediante el uso de un lenguaje. Pero esa simple definición involucra un montón de otros problemas: la mecánica del habla, su aspecto cognitivo y social, por no mencionar que incluye otra palabra pendiente de ser definida, lenguaje.
Aunque sólo sea para dar un ejemplo de lo turbio del agua que ya empezamos a navegar, existe un debate que durante mucho tiempo permaneció cerrado y hoy se ha vuelto a abrir. Así como el huevo precede a la gallina pero sólo puede ser producto de esta, la oralidad y la escritura se persiguen la cola en los orígenes de la humanidad. Es usual pensar que el habla tiene que ser previa a la escritura por razones evidentes: porque la escritura es una marca que hace referencia a esa oralidad, la congela, la materializa, pero requiere de una herramienta externa al cuerpo, un dedo en la arena por lo menos, mientras que la oralidad ocurre más cerca del cerebro, es una expresión mucho más primigenia. Pongámoslo en estos términos: cuesta menos imaginar un homínido (llamaré así a toda criatura a mitad de camino entre lo que consideramos animales y lo que consideramos seres humanos) expresándose oralmente, aunque sea de forma torpe, que imaginarlo poniendo toda su corteza cerebral al servicio de símbolos y marcas extrañas con el poder de representar significados. Pero otras personas (nuevamente, Derrida) piensan que todo acto verbal deja una huella que sólo puede ser interpretada a posteriori, en ausencia de quien lo ha ejecutado. Aunque sea sólo un segundo después, la palabra que soltamos en el aire funciona sólo si funciona sin nosotros. Es una palabra únicamente si el oyente la capta (interpreta su huella) aunque a nosotros nos haya fulminado un rayo en el ínterin. De ese modo, el habla sería también una escritura. Esta es exactamente la clase de debates filosóficos que me esforzaré por evitar, ya que constituyen verdaderas “madrigueras de conejos”.Nota para homínidos: “Nota para conejos: Alicia en el país de las maravillas es una novela infantil sobre una niña que se pierde persiguiendo a un conejo dentro de su madriguera y termina accediendo a un mundo extravagante, donde vive una serie de aventuras disparatadas y conversa con múltiples animales para, finalmente, descubrir que todo se trató de un sueño. La caracterización del conejo puede resultar un tanto estigmatizante para la especie, pero considérese que fue escrito en el siglo XIX.
Ahora bien, si pueden ustedes desarrollar una escritura propiamente dicha, recomiendo enfáticamente hacerlo. Queda claro que la escritura no es una mera representación del habla. Es un sustrato visual y material donde se asientan las posibilidades cognitivas de cada época. El antropólogo Jack Goody sostiene que, cuando los humanos empezamos a escribir, lo primero que hicimos fueron listas: largas listas de palabras que nos permitieron ampliar de inmediato los límites de la memoria, reordenar elementos, dejar constancias. El lenguaje puede ser una facultad intrínseca e inalienable, pero escribir y leer son extensiones de la mente del mismo modo que una piedra afilada es una extensión del brazo que la sostiene. Según el filósofo Michel Foucault, todos los grandes cambios epistemológicos de la historia de la humanidad se asentaron en la escritura: primero como un elemento mágico, oscuro, reservado a los grandes exégetas, luego como dispositivo analítico para entender la realidad, y finalmente volcado sobre sí mismo, vuelto su propia materia, habilitando las formas modernas que adoptaron la historia, la literatura y las ciencias. En cualquier caso, a los fines más inmediatos, y basándonos exclusivamente en cómo nos fue a los seres humanos, con unas buenas lenguas habladas —ricas en matices— alcanza para que el primer paso sea firme, para desarrollar la coordinación que hace al conjunto más fuerte que el individuo, para componer la poesía con la que se construye una mitología que dé sentido de pertenencia y conexión con el universo, para soldar la camaradería, codificar el humor y desplegar el relato imaginario que proyectará un destino común. El habla es lo suficientemente poderosa como para reunirnos alrededor de una hoguera.
Digamos, entonces, que la comunicación verbal es la primera forma de ejercer el gran privilegio de ser humano: la facultad del lenguaje. ¿Cómo empezamos a ejercerlo? Difícil de saber. Si los seres humanos podemos hablar en un espectro relativamente amplio de vocales y consonantes es porque tenemos una serie de órganos y una determinada fisonomía que nos habilita a expulsar aire, hacerlo vibrar e interrumpir su flujo de distintas maneras. Pulmones, cuerdas vocales, lengua, paladar, dientes, glotis, labios, nariz. Todo eso permite que pronunciemos fonemas (la unidad mínima del habla) como una /a/ o una /e/ y que suenen distinto. Y también que podamos diferenciar una /f/ de una /p/ o una /m/. Sin embargo, lo maravilloso no es tanto ese virtuosismo sonoro ni la capacidad que tenemos de hacer cosas distintas con un menú reducido de opciones. Otras especies, como por ejemplo los loros, gozan de herramientas anatómicas distintas que les permiten desplegar habilidades similares. Es evidente que en el caso de los humanos, la caja de herramientas —la posición de los labios, apoyar la lengua en los dientes o cerrar la garganta al expulsar el aire— coincidió con otra cosa, una ventaja de distinta índole, algún tipo de fenómeno psíquico, un chispazo cognitivo. Muchísimo antes de que concibiéramos los grafemas (la unidad mínima de una escritura) y pudiéramos así “ver el sonido”, lo que interpretamos con los oídos fueron fonemas: unidades sonoras distintas que permiten construir significados distintos. En el fondo de alguna caverna, todavía medio doblados, conducidos más por las emociones de nuestro cerebro de lagarto que por una corteza prefrontal en vías de desarrollo, empezamos a nombrar cosas y a interpelarnos unos a otros.

Empezamos a hablar.
Pero entender el origen de la palabra como un gruñido que sirve para señalar cosas es una reducción alevosa. Si tuvo lugar, fue en tiempos prehistóricos —cuando “todas las canciones eran tristes”, escribió Jack London—Nota para perros: Jack London es el autor de La llamada de lo salvaje, novela focalizada en la mente de un perro doméstico y la aventura que lo lleva de una vida aburguesada a reconectar con los orígenes salvajes de su especie. Es importante y hablaremos sobre ella en un capítulo posterior. En ese mismo capítulo, discutiremos si los perros pueden conceptualizar la idea de que un evento ocurrirá en el futuro. Espero honestamente que la respuesta sea sí, caso contrario esta nota al pie es inútil. y sólo nos resta imaginar que así fue porque no pudo haber sido de otro modo. Está bien. Es una buena especulación.
Sin embargo, durante demasiado tiempo creímos que hablar era, en esencia, gruñir de modo distinto para referirnos a cosas distintas del mundo. Agua, comida, peligro, sexo. Como si las posibilidades del lenguaje humano se agotaran en ese gesto de puntero, como si siguiéramos jugando a un juego improductivo propuesto por un dios desinteresado: nombrad todas las cosas, a ver si así os mantenéis entretenidos un rato.
Nada más lejos de la verdad. La sofisticación de nuestro juguete aumentó tanto que pronto nos dimos cuenta de dos cosas fundamentales: que sus posibles usos eran infinitos, y que sólo podíamos utilizarlo de forma compleja entre nosotros. No hay que confundirse en este punto: siempre hemos usado palabras para dirigirnos a los animales, pero rara vez recibimos una respuesta acorde. Aquí prefiero evitar los relatos de chamanes, que me resultan poco fiables, y apegarme al testimonio de Uda Tennō, emperador japonés que vivió hace casi 1100 años y tenía una debilidad obsesiva por un gato negro que le habían regalado. Tennō consigna en su diario:
Le dije al gato: “Puesto que posees las fuerzas del yin y el yang y tienes un cuerpo, debes poder entenderme, ¿verdad?”. El gato suspiró, me miró fijamente y pareció como si estuviera lleno de sentimientos, pero no pudiera decir nada con la boca.
Lo que ocurría en Oriente debería interesarnos particularmente. Fue allí donde empezamos a crear metalenguajes, es decir, lenguajes que hablan del lenguaje. Hace más de 4000 años, en la antigua Sumeria, el pensamiento sobre la propia lengua ya se había desarrollado lo suficiente como para componer oralmente Gilgamesh, el poema épico más antiguo que conocemos, inventar la escritura por medio de cuñas que se clavaban en tablas de arcilla con distintas formas, confeccionar listas —lo cual, como vimos, amplió sustantivamente la tecnología cognitiva de la civilización porque nos permitió memorizar mayores cantidades de datos— y, lo que más nos interesa a los fines de este ensayo, dejar registro de las primeras anotaciones gramaticales.

Esas anotaciones gramaticales eran una necesidad: Sumeria tenía más de una lengua (la de los acadios y la de los sumerios) y dejar anotadas claves para traducir de una a otra resultaba fundamental. Pero es justo suponer que la preocupación por entender el lenguaje es tan inevitable en nuestra especie que de ningún modo quedaría relegada a una sola cultura. aún sin ser gramáticas propiamente dichas —es decir, sin ser manuales exhaustivos sobre cómo funciona una lengua—, surgieron aquí y allá distintos intentos de gramáticas. A veces fueron meros asomos, pequeñas pero relevantes huellas dejadas por los primeros pies que transitaron la senda que yo ahora apenas me animo a pisar. Por ejemplo, Panini, un gramático de la antigua India, dejó 4000 reglas (en forma de sutras, una suerte de aforismos o frases de sabiduría y enseñanza) acerca del sánscrito, uno de los idiomas más antiguos de la humanidad. No se trataba de reglas en un sentido admonitorio, sino generativo. Herramientas con las cuales el sánscrito podría seguir produciéndose a sí mismo.
Para no extendernos demasiado en esto, resumiré la aventura del lado occidental: los griegos y los romanos empezaron a reflexionar sobre estas cuestiones hace aproximadamente 3000 años, sentando las bases para lo que en la Edad Media se conoció como Trivium: uno de los pilares de un sistema educativo que ya incluía entender y enseñar a usar adecuadamente la lengua, la lógica y la retórica. En el siglo XVII, en la abadía francesa de Port-Royal des Champs se escribió la primera gramática que, además de ser normativa, buscaba entender los principios universales del lenguaje. Luego, a fines del siglo XIX se establecieron las bases de la morfología, término robado a las ciencias naturales, para dar cuenta de las unidades discretas que forman una palabra. De paso, los lingüistas les robaron la bandera de la semántica a los lógicos y la volvieron una disciplina autónoma. La fonología tuvo que esperar a principios del siglo XX para que unos rusos locos —quizá no sea tan occidental el resumen en esta parte— la entendieran y la independizaran. Otros años más y la gramática se convirtió en el dispositivo de tortura de escolares que es hoy en día.Nota para educadores: el dispositivo de tortura de escolares es necesario y productivo. El conocimiento sobre cómo funciona la propia lengua es tan relevante como el conocimiento sobre cómo funciona el aparato respiratorio o la termodinámica. Y a mitad del siglo XX, Noam ChomskyNota para morbosos: la reputación de Chomsky actualmente está en tela de juicio por razones no relacionadas a su producción intelectual, sino a ciertos documentos que lo vincularían con el famoso financista, pederasta y depredador sexual Jeffrey Epstein. Múltiples fuentes aclararon que el vínculo era de orden intelectual y de asesoramiento financiero, y que no habría nada que lo vincule con los delitos de Epstein. Desconozco la realidad del caso, de modo que esta nota al pie será la única sobre este tema, pero otros asuntos escabrosos nos esperan a lo largo del libro. volvió a poner la biología en el centro absoluto de la discusión. Allí fue donde todo se complicó, así que dejemos eso para más adelante.
Para terminar de pintar el paisaje de tormenta que pretendo, diré que el lenguaje como objeto de estudio es más escurridizo que un elemento químico o una especie exótica, los cuales, una vez identificados, pueden ser redefinidos a partir de nueva evidencia sin herir demasiado las susceptibilidades de sus descubridores originales. Al menos, en esas disciplinas los conflictos no son tan frecuentes como en la filosofía del lenguaje, arena donde combaten lingüistas, filósofos, biólogos, etólogos, antropólogos, semiólogos, cientistas de datos, escritores, poetas y prácticamente cualquier hablante con intuiciones. Por eso, el mismísimo Ferdinand de Saussure, padre de la lingüística moderna, afirmaba que el lenguaje es imposible de estudiar, que se trata de un caos inabarcable y, a punto de arrancarse sus prominentes bigotes, propuso diseccionar únicamente “lenguas” específicas, es decir, los aspectos sistematizables del problema, como quien da golpecitos en una pared hueca e intenta entender lo que hay del otro lado.
Hoy, el consenso sobre la naturaleza del lenguaje es inexistente. Para algunos es el resultado de una facultad innata del ser humano, para otros es una tecnología, para otros es una herramienta y para muchos es absolutamente indivisible de nuestra mismísima existencia y capacidad de concebir el mundo real. Pero su propio ejercicio da alas para sobrevolarlo y redefinirlo en rebeldía, para abordarlo desde metáforas menos técnicas y más digeribles o, por el contrario, pertenecientes a otras técnicas, extrañas a veces a la tradición que inventó los términos con los que pensamos el lenguaje hoy. Por ejemplo, sobre esta lengua (porque en particular me refiero al español) se apalanca la libertad ensayística que me permite a mí escribir estas palabras. Y aunque sé que no soy un cirujano, pretendo encontrarle el corazón al asunto: me aferro al serrucho y que se me perdone el enchastre.
Vale la pena reponer algunas de las definiciones de “lenguaje” que han sido canónicas para comprender hasta qué punto la variedad nos invita a atarnos al mástil en esta primera etapa del viaje.
Aristóteles unió el discurso (logos) a lo político. Según él, el lenguaje es la herramienta que nos permite vivir en sociedad, disputando y acordando sobre lo que es conveniente, lo que es perjudicial, lo justo y lo bello. Es una mirada completamente supeditada al orden racional como marca de diferencia con “las bestias”. El filósofo Martin Heidegger, en cambio, definió el lenguaje como “la casa del Ser”. Esto quiere decir, rápido y pronto, que el lenguaje no es una simple herramienta, sino la dimensión misma en la que podemos concebir el mundo. Otro filósofo, Ludwig Wittgenstein, corrió el foco y postuló que se trata de una serie de “juegos”, intercambios que hacemos los humanos articulando elementos para producir sentido. Mientras tanto, Noam Chomsky lo ató a su origen evolutivo, definiéndolo como una facultad biológica innata, e intentó extraer sus conclusiones a partir de ese principio inamovible.
Si mi gato me pidiera más claridad sobre las grietas entre esos pensadores, me escurriría en ellas sin hacer pie. Y eso sin contar que a sus perspectivas todavía se les puede sumar otras, ajenas a la tradición, advenedizas, provenientes de personas que piensan el lenguaje en otros términos. Estoy hablando, claro, de científicos y escritores. Los primeros se dedican a correr la frontera una y otra vez. Los segundos a menudo ni se enteran de que había tal cosa como una frontera.
Veamos, por ejemplo, el caso de William Burroughs, quien consideraba que el lenguaje se comporta como un virus porque tiene la capacidad de autorreplicarse, incluso a partir de fragmentos. Burroughs era escritor, no virólogo. Pero su definición, acuñada en los años de los grabadores a cinta, parece completamente acertada a la luz de las teorías más actuales de circulación de la información en sustratos digitales. Según esta visión, el lenguaje es memético. Se replica a sí mismo. Por lo tanto, si saltara de los humanos a los animales, estaríamos ante un caso de zoonosis.Nota para murciélagos: los seres humanos hoy seguimos lidiando con el estrés postraumático de la pandemia de COVID-19, presuntamente originada en murciélagos y traspasada a humanos vía algún huésped intermedio. Es significativo que los virus no son seres vivos, sino meras cadenas de información genética, porque entonces este (y toda zoonosis) puede considerarse un caso de comunicación involuntaria entre especies. Un caso muy particular porque, a diferencia de otras epidemias, esta propagación la estamos buscando. Lejos de levantar murallas, tomamos todas las medidas posibles para propiciar el contagio.
Por ejemplo, cuando mis hermanos y yo éramos chicos, en casa había un loro llamado Espartaco (todavía vive). Nos empecinamos tanto en enseñarle a hablar que terminó aprendiendo algunos insultos, saludos, reclamos por comida y el jingle completo de una publicidad de pan lactal. Por los mismos años, aprendí que San Francisco de Asís podía comunicarse con los seres del bosque a tal nivel de complejidad que negoció una tregua con un lobo que aterrorizaba a un pueblo. También daba sermones a las aves, o al menos eso me dijeron en catequesis. Además de Uda Tennō, hubo un emperador japonés que le redactó largos y sentidos poemas a su gato, y dicen que Mozart le enseñó a cantar parte de un concierto a su estornino, hazaña menos impresionante que la de San Francisco, pero mucho más probable.
Nada de todo lo anterior califica realmente como “hablar”. Pero esta obsesión —mitológica al principio, poética después— se convirtió en un objetivo diseñado y perseguido de forma sistemática y obsesiva, tanto por la literatura como por la ciencia, y por algún que otro aventurero que encontraremos en las próximas páginas.





