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Lo primero que sospecho es que los seres humanos no gozaremos de la mejor de las reputaciones cuando los animales aprendan a hablar y se enteren de un montón de cosas. En su libro El animal que luego estoy si(gui)endo, el filósofo Jacques Derrida se encarga de recuperar en detalle el prontuario con el que carga la filosofía occidental a la hora de diferenciar “lo humano” de “lo animal”. Bajo la excusa de un evento mínimo, pueril, como el hecho de que su gato lo haya mirado mientras él estaba desnudo —provocándole entonces una doble vergüenza: la de sentirse desnudo y la de tener vergüenza de sentir vergüenza por semejante cosa—, Derrida reflexiona y llega a una conclusión: los animales no están desnudos justamente porque están desnudos. Su desnudez les es invisible y los protege de sentirse desnudos. En cambio, para los humanos es diferente. La vestimenta se vuelve garantía de desnudez puesto que la usamos, entre otras cosas, por pudor y sólo nosotros somos capaces de sentir pudor.

Para enfocarlo desde nuestro punto de vista, digamos que existe una obvia e incómoda asimetría que se produce cuando alguien desnudo intenta hablar con alguien vestido, y viceversa. Pero existe una asimetría aún mayor, casi inhabilitante, cuando alguien intenta hablar con un otro al que nunca se le reconoció dignidad. Según Derrida, ninguno de los filósofos, desde Descartes hasta nuestros días, “[ha] podido o querido extraer ninguna consecuencia sistemática del hecho de que un animal pudiese, mirándoles a la cara, verlos, vestidos o desnudos y, en resumen, sin una palabra dirigirse a ellos; no han tenido en absoluto en cuenta el hecho de que lo que denominan ‘animal’ podía mirarlos y dirigirse a ellos desde allá, desde un origen radicalmente distinto”. Es decir, la filosofía les ha dado la espalda a los animales, ya sea por afirmar que se trata de seres sin alma, o simplemente por agruparlos en una categoría lábil, torpe, un cajón de sastre llamado “el animal” y que comete dos crímenes en simultáneo: desconocer las diferencias entre especies lejanas, como un gusano y un rinoceronte, y levantar murallas artificiales entre especies no tan lejanas, como los seres humanos y el resto de los mamíferos.

Afortunadamente, este no es un libro de filosofía. O lo será por accidente, como subproducto del esfuerzo por construir algún tipo de respuesta para las hipotéticas —pero no por eso menos insistentes— preguntas de mi gato. Sin embargo, es sabio empezar por reconocer que la filosofía recogió la denuncia de Derrida y, hoy en día, no está bien visto pensar que hay un orden “animal” donde pueden habitar todas las especies por muy diversas que sean —el grillo, la rana, el ornitorrinco, la jirafa— porque eso conduce a creer que ese orden está naturalmente supeditado al humano. Nadie que se tome el asunto en serio puede negar que las personas —los hombres, dice él, no inocentemente— supimos construir todo un aparato discursivo para justificar la esclavización de otras especies. Un mero artificio. Hemos cortado el mundo al medio con una espada de cartón. La filósofa y activista Donna Haraway llamó a esto “la gran división” y también lo denunció como una farsa. Y es que, por mucho que insistamos en separarnos, todos los animales —humanos incluidos— vivimos y convivimos en un único gran sistema. Dependemos unos de otros. Coevolucionamos. Y a esta altura de los acontecimientos, a nadie se le escapa que el discurso de dominación natural no es más que un resabio del libro del Génesis, repetido y amplificado por los grandes formadores del pensamiento de los últimos siglos, desde las iglesias cuyos dioses viven en el cielo hasta las grandes corporaciones cuyos CEO habitan torres de cimas nubladas, apenas un escalón por debajo del cielo de los dioses. Allí se dice que los hombres fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios, y que debemos dominar sobre todos los seres y las cosas, lo que durante milenios ha dado pie a toda una serie de divertidos enredos o indescriptibles atrocidades, según quién cuente la historia.

A la luz de todo esto, es preciso considerar la posibilidad de que los animales no deseen tener nada que ver con los seres humanos. O que la tan deseada conversación tenga que superar, más pronto que tarde, el escollo de un justificado rencor ancestral. Es posible que las especies domésticas tengan opiniones muy distintas que las especies en peligro de extinción, o que los depredadores carnívoros no se vean inclinados a mantener conmigo un respetuoso debate sobre asignaciones de roles —yo nunca lo he tenido con una milanesa—. En resumen, tal vez sería mejor dejar todo este asunto en paz. Millones de años de evolución sugieren que la prudencia es la mejor consejera de un ser vivo.

Ignoro qué opina mi gato sobre todo esto. Me gustaría preguntárselo, a ver si aclaramos de esta manera el asunto de la paloma que apareció descuartizada sobre la alfombra del living. Por mi parte, yo soy un humanista, de modo que en principio sí creo que existen cosas que hacen diferentes a los seres humanos del resto de los animales, aunque reconozco que esa diferenciación es una necesidad metodológica para poder pensarnos a nosotros mismos como sujetos y sociedades (cosa importantísima), y no tanto una realidad taxonómica de la naturaleza. La naturaleza, de hecho, no se lleva muy bien con las taxonomías, esto lo sabe cualquier ornitorrinco. Claro que yo tampoco soy el ejemplar más virtuoso de mi especie: conduzco un automóvil que funciona a base de hidrocarburos, consumo carne y estoy a favor de la experimentación científica en animales, siempre y cuando siga ciertas reglas éticas, que, por otro lado, no consultamos con ellos. Precisamente por eso, entiendo que debo encarar este ensayo con la mayor humildad posible. Porque hablaré sólo en mi nombre, y aún así cargaré con la responsabilidad ineludible de estar representando a toda mi especie ante el panteón de la vida.

¿Cómo empezar, entonces? ¿Qué palabras nos pondrán en pie de igualdad para el diálogo imprescindible que quiero tener con ustedes?

Creo que tengo una idea.

En El segundo libro de la selva, el escritor Rudyard Kipling establece la tregua del agua como una ley inviolable producto de un consenso entre todos los animales: durante una sequía en la jungla, sin importar qué lugar ocupa cada quien en la cadena trófica, los animales se pueden acercar al único abrevadero que queda para saciar su sed. Durante un tiempo, uno al lado del otro, conviven tigres, lobos, gacelas, rinocerontes, aves, monos, ratones… Fuera de los límites de ese espacio y ese momento, la vida continuará su combate, pero durante la tregua del agua, reina la paz. Porque la tregua es tanto una necesidad como una oportunidad. En ese lapso de unión ante un enemigo común, se abre el hueco necesario por el que fluyen amistades que no podrían establecerse de otro modo.

Quiero escribir bajo esa ley porque fenómenos infrecuentes y peligrosos —como la sequía en el relato de Kipling— están ocurriendo en el mundo. Fenómenos que interesan a todos los seres vivos por igual. El calentamiento global antropogénico es el más claro y el que menos explicación necesita. Pero también hay otros. Nos enfrentamos al nacimiento de una nueva entidad, la inteligencia artificial, cuyo próximo cambio de fase bien puede haberse cumplido antes de que estas palabras conozcan el rigor de la imprenta. Poco importa la discusión acerca de si la inteligencia artificial tiene o puede tener conciencia. A fines prácticos, donde creíamos ser dos —lo humano, lo animal—, pronto seremos tres. Debemos tratarla como un agente, independientemente de si tiene conciencia o no, porque es un vector que pronto no responderá a nadie más que a sí mismo. Y no sabemos en qué dirección habrá inclinado su balanza cuando llegue el final de todas las cosas.

Así que aquí está la primera pieza de información clave que puedo darle a mi gato y a todos ustedes: este asunto de hablar con los animales va a involucrar inteligencia artificial. Ingentes cantidades de inteligencia artificial, nos guste o no. Por eso, lo mejor es que este libro se dirija no solamente a mi gato, sino a todas las especies que algún día sean capaces de compartir una lengua común con los seres humanos. Escribo esto en el año 2026 y no sé cuándo será leído. Quizás para ese momento, el futuro ya haya llegado y entonces todo tipo de animales escuchen estas palabras. Imagino un auditorio, un abrevadero, sonidos ininteligibles (para mí), pronunciados por un ser de silicio que oficia a modo de traductor. Animales con dispositivos electrónicos conectados a sus cerebros y otros simplemente portando pequeños micrófonos que conducen la señal a un centro de cómputos.

Yo escribo vestido, pero imagínenme desnudo, como seguro están ustedes. Preferentemente, sentado. Espero que, recostado en mi regazo, Morty me ayude a esconder mi pudor.

Invoco la tregua del agua.

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Biografía del autor:
Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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