En Varsovia, año 1961, Stanisław Lem publicó Solaris. Una novela trágica, opresiva, optimista a la hora de imaginar nuestras futuras capacidades tecnológicas, pesimista para creer que esas tecnologías nos darán una comprensión más profunda de los misterios del universo. Solaris (la novela) narra el periplo de un grupo de científicos que son confinados a una estación de investigaciones que flota unos pocos metros por encima de la superficie de Solaris (el planeta). Ciertas aclaraciones son necesarias para entender la naturaleza de este planeta y, por lo tanto, la situación concreta de los científicos que viven allí: Solaris orbita alrededor de dos soles, uno rojo y otro azul. El rojo provoca quemaduras horrendas si las personas no se refugian detrás de las gruesas persianas metálicas de la estación a la espera de las pocas horas de oscuridad que tendrán antes de que asome el sol azul, que tiñe las cosas de tonos apagados, verdes, grises y violetas, un escenario deprimente como una noche demasiado iluminada. La sensación en la que viven los personajes es la de habitar dos mundos y no comprender del todo ninguno.Nota para homínidos: “Nota para anfibios: ¿es esto una metáfora? Sin embargo, Solaris posee otros secretos. El mayor de ellos ha sido descubierto cientos de años atrás por otros solaristas. El solarismo es un campo de investigación que supo estar de moda en el pasado de ese futuro, pero carece del rigor necesario para convertirse en una teoría sólida. aún así, la solarística es extremadamente prolífica en publicaciones. Y hay un amplio consenso sobre una hipótesis en particular, aunque nadie haya podido probarla: el océano mucilaginoso que cubre todo el planeta es, en realidad, un único organismo vivo.
Todos acuerdan en eso, pero claro que hay disputas. La más importante gira en torno a si ese ser inconmensurable tiene conciencia. Muchos opinan que sí y que sus movimientos son necesarios para que el planeta pueda navegar la compleja órbita que sus dos soles le imponen sin colisionar bajo el dilema de los tres cuerpos,Nota para esfinges grie- gas: el término remite a la imposibilidad de predecir los movimientos de cuerpos celestes en sistemas mayores a dos porque la inclusión de un tercer cuerpo hace que todas las trayectorias se vuelvan erráticas. No tiene nada que ver con ustedes. y que, por lo tanto, debe tratarse de un ser primordial con un conocimiento vasto “piloteando” el planeta. Pero la idea suena exagerada. El mayor argumento a favor se ha obtenido mediante los experimentos que intentaron establecer contacto. Al parecer, el océano escucha y, finalmente —con tiempos que a nosotros nos parecen oceánicos—, responde. No siempre. A veces. Cuando lo hace, sus respuestas suelen tomar la forma de una escultura blanda, como una torre, que se eleva desde la superficie y, a fuerza de espuma y líquidos densos, logra reproducir algo parecido a una nave espacial o a elementos de fabricación humana que cayeron al mar, cosas que los humanos hacemos y que el océano pareciera intentar imitar. Descifrar el mensaje es imposible. Al mismo tiempo, la intuición de que “hay un mensaje” es demasiado fuerte para ignorarla.
En el afán de estimular al océano y arrancarle una respuesta, los científicos hacen cualquier tipo de intento: lo bombardean con radiación, lo sobrevuelan una y otra vez, aterrizan en las esculturas gigantes mientras estas se mantienen de pie (y deben huir rápidamente antes de que se desmoronen), hunden sondas y hasta detonan explosivos termonucleares. Nada funciona. Ellos mismos se definen como “hormigas en el lomo de un elefante tratando de llamarle la atención”.
Pero el océano hace algo más. O al menos eso parece. Porque los científicos que viven en la base reciben a diario “invitados”, réplicas humanas de los seres queridos que dejaron atrás en la Tierra cuando emprendieron viaje, y que ahora se les aparecen en sus habitaciones o en cualquier pasillo, reclamando cariño. Para colmo, se comportan como si fuera su primer día en el cuerpo y la mente de una persona. Lo realista de estas “réplicas” es perturbador, pero también lo son sus disfuncionalidades. Son el evidente trabajo de un ser que no entiende del todo qué es un humano o cómo debe comportarse, por más que logre imitarlo a la perfección por fuera y bocetarle una conciencia. De allí que la inferencia más lógica sea achacarle la creación de los “invitados” al océano, que, por lo visto, tiene alguna clase de poder telepático.
Más allá de que se trate de una violación del espacio íntimo de sus mentes, los científicos insisten en la posibilidad de que esto también se trate de un mensaje. Pero nadie puede entender cuál, porque nadie sabe si el océano es una entidad poco inteligente que responde a un estímulo, como un girasol persiguiendo la luz a lo largo del día —en este caso, un oceáno respondiendo a la proximidad de seres humanos— o si se trata de una suerte de niño-dios que juega con sentimientos de seres tan nimios que no puede siquiera conceptualizarlos, como —de nuevo en las palabras de uno de los personajes— “a un elefante le costaría representarse los sentimientos de una hormiga”.
La trama de Solaris no responde estas preguntas, pero invita a considerar seriamente la última hipótesis. En todo caso, lo que nos interesa es entender si hay en Solaris ideas relevantes para plantear al momento de tratar de comunicarnos con una especie distinta a la nuestra.
Lem ensaya la posibilidad de que este callejón no tenga salida: en la biblioteca de la estación, el protagonista encuentra un breve libro donde el argumento de la imposibilidad se encona y se defiende con la mayor vehemencia. Se dice que la idea del contacto con el océano es demasiado nebulosa, que se trata de una religión revestida con los ropajes de la ciencia y que, si los estudiosos se empecinan en continuar ese camino, eso sucede solamente porque aceptar la verdad borraría de un plumazo todo su campo de estudios. La acusación: los solaristas son una parva de necios cegados por su propio orgullo. La principal evidencia: no existen experiencias recíprocas entre el mar de Solaris y los terrícolas:
¿Qué puede esperar la gente después de “establecer una comunicación informativa” con los mares pensantes? ¿Un registro de vivencias relacionadas con una existencia que no termina en el tiempo, tan vieja que seguramente no recuerda su principio? ¿La descripción de los deseos, pasiones, esperanzas y dolores liberados en partos monumentales de montañas vivientes, en transformaciones de matemática en existencia, de soledad y resignación en plenitud? Todo eso era conocimiento intransferible.

A nuestro fines, ¿cómo podemos estar seguros, incluso si damos por sentada la idea de que existe un mensaje a ser descifrado, de que la distancia entre las formas de vida que quieren ser parte de la comunicación es lo suficientemente breve como para que esa comunicación sea posible? ¿Cómo sabemos que estamos jugando al mismo juego? ¿En qué nos basamos para creer que las cosas significan lo mismo para ambas partes? La hipérbole de Lem, es decir, la elección de un océano mucilaginoso que vive a miles de años luz de distancia de nosotros, no es más que una forma de ilustrar algo mucho más inmediato: el primer requisito para tener un interlocutor es que su existencia se desarrolle en la misma escala espacial que la nuestra.
La idea me la sugirió Matías Grinberg, psicólogo con orientación en neurociencias y desarrollador de inteligencia artificial, con quien me senté a conversar sobre este asunto una mañana de sol que invitaba a creer. Fue una conversación rápida, tejida en los márgenes de un par de cafés, más dispuestos a charlar sin rumbo fijo que a concretar las formalidades de una entrevista. Apenas me di cuenta de que estábamos terminando la segunda taza y el tiempo se me escapaba, intenté ir al punto: ¿es posible hablar con los animales? ¿Es posible hacerlo con ayuda de una IA? ¿Será posible en el futuro?
Dicen que elegimos a quién pedir consejo según la respuesta que queremos recibir, y yo sabía que Matías es un optimista. Lo que no esperaba era que me hablara de un bosque.
—Sí, pero depende del tipo de entidad de la que estés hablando —dijo, y acto seguido procedió a ejecutar una disección sobre la mesa—. Hay organismos que pueden cumplir con las capacidades cognitivas necesarias para conversar: tener conciencia de sí mismos y una relación con el entorno... Quizás haga falta algún tipo de conciencia fenomenológica, Nota para seres conscientes: en El nudo de la conciencia, Enzo Tagliazucchi define conciencia-F (fenomenológica) como aquella que refiere al “cómo se sienten” las cosas. Por ejemplo, la rojez del color rojo. Para poder reportar esa experiencia, hace falta además otro tipo de conciencia, lla- mada conciencia-A (de acceso), que es la que permite tener esa información disponible para expresarla. Algunos autores descreen de esa división. A los fines de este libro, es irrelevante. Buscamos una especie que tenga ambas. pero la pregunta es a qué escala existe esa entidad cognitiva. Vos podés intercambiar información con un bosque a través del árbol, que el árbol sienta tu presencia y la comunique por el micelio al resto de los árboles, que todo el organismo reaccione y se produzca algún tipo de ida y vuelta al que llamemos comunicación. Pero no sería una conversación porque el bosque existe en otra escala temporal. Incluso aunque el bosque tuviera un “yo”, no habría una resonancia entre tu “yo” y el “yo” del bosque. Entonces tenés que elegir a qué escala se producen las propiedades emergentes necesarias para la comunicación. Podés intentar hablar con una hormiga o podés intentar hablar con un hormiguero. La hormiga tiene una conciencia, el hormiguero tiene otra.
De modo que, en mi búsqueda por encontrar un interlocutor animal, lo primero que debo tener en cuenta es la escala. No parece difícil. Conozco muchos animales de mi tamaño. Sin embargo, pensando en lo que dijo Matías, ya no es simplemente la escala lo que me preocupa. De sus palabras se desprende otra preocupación que tiene que ver con el entorno: a pesar de las similitudes, nuestras diferencias con otros mamíferos podrían ser lo suficientemente significativas como para que no podamos compartir un conjunto de experiencias comunes y, por lo tanto, tampoco un consenso que habilite significados. Menos aún, un flujo de comunicación.





