Contemplad, ante ustedes, el diagrama de situación comunicativa de Jakobson.

El diagrama fue publicado en 1960 y es uno de los mejores ejemplos del espíritu estructuralista de la época. Todos los humanos a partir de cierta edad aprendimos gracias a él cómo funciona un acto de comunicación. Qué roles asigna, qué elementos lo constituyen, cómo circula la información. No es muy diferente a un circuito electrónico y en eso radica su fortaleza tanto como su debilidad.
Básicamente, alguien (el emisor) transmite un mensaje por algún medio físico (canal) a alguien que lo recibe (el receptor). Ese mensaje debe referirse o entenderse en relación a algo que el receptor conozca (contexto) y debe estar en algún tipo de lenguaje (código). El receptor decodifica el mensaje y lo responde, activando el sistema en sentido opuesto (retroalimentación). Así, por turnos y ordenadamente, la magia de la comunicación se produce.
Veamos qué pasa cuando lo aplicamos a un perro. Digamos que es el perro quien empieza la conversación. Y dice “guau”.
El perro/emisor se llamará Firulais. Firulais ha dicho “guau” y “guau” es el mensaje. Ese mensaje viaja por un canal (el aire) que es de una naturaleza física y compartida por el emisor y el receptor. Jakobson no se equivoca: yo, el receptor, escucho gracias a mi dispositivo captador de vibraciones de aire ese mensaje y descubro que está codificado. Ahí es donde la cosa se complica. Yo no comprendo el código, pues no hablo guau, pero por suerte puedo inferir a qué elementos del contexto puede estar haciendo referencia: ¿comida, agua, paseo? Entonces le respondo: “¿Querés salir, querés comer? ¿Querés pasear?”. Para subrayar cada una de estas preguntas, tomo en mis manos y le muestro objetos del contexto que ayuden al perro a descifrar mi mensaje, puesto que ahora el circuito se invirtió y yo soy el emisor, él es el receptor y el código es la lengua española, que él no entiende como yo no entendía guau. Cuando tomo la correa, Firulais salta de alegría y se precipita contra la puerta de calle. Voy tras él y le sigo hablando mientras le pongo la correa, aunque sé que ya no me presta atención. El circuito de Jakobson se abrió y se cerró, y funcionó, debemos admitirlo. Pero durante todo el paseo con Firulais estoy intranquilo. Funcionó de milagro. Funcionó gracias al contexto. No hay gran cosa en términos de código compartido, excepto, quizás, algunas palabras que él aprendió y algunas conductas perrunas que yo entendí.
Esta comunicación instrumental que tuve con el buen Firulais no es fría, no es gratuita, no es casual. Es una comunicación que sólo pudo darse tras miles de años de evolución conjunta. Tras haber seleccionado una y otra vez la descendencia más despierta, más afín a los humanos, después de múltiples (y a veces fracasadas) cruzas, incluso después de muchos experimentos crueles. El perro es el mejor amigo de los humanos y a la vez un ejemplo brillante de lo que podemos lograr cuando dedicamos varias generaciones a una misma empresa. Nos hemos construido compañía.
Tan efectivos fuimos en ese desarrollo, que hoy somos capaces de medir sus resultados. Sabemos que las personas que tienen perro sufren menos la soledad, uno de los grandes males de nuestra época, y que reportan vidas más largas y felices. Cuando muere un perro amado, todo un núcleo de personas alrededor de esa pérdida atraviesa un auténtico duelo. En cierta medida, los gatos también gozan de este privilegio post mortem, y quizás algunos caballos, pero casi ninguna otra especie más. Esto responde lisa y llanamente a la cantidad de años que hace que venimos cultivando un vínculo en particular con esas especies y no con otras.Nota para vacas: con el ganado hemos desarrollado adrede un vínculo de una naturaleza diferente. Si bien existen casos de amistades bovino-humanas, el sistema, por diseño, optimizó la especie para ser fuente de alimento y no de compañía. ¿Es reversible esto? Claro. Pero perros y gatos corren con ventaja. Es tal esa cantidad de años, tan fuerte el vínculo que nos une, que la convicción de que los perros (y los gatos) son inteligentes no está puesta en duda en ningún lugar del mundo por ningún autor en ninguna obra que yo haya podido encontrar.
Pensémoslo un momento: la intuición cotidiana —junto a la observación atenta como la de Jack London— nos lleva a pensar que nuestro amigo es inteligente. A veces inteligente de una manera especial. A veces un verdadero detective. A veces inteligente aunque no responda. A veces inteligente por cierto brillo en la mirada. A veces porque sabe dónde hacer sus necesidades y otras, por su capacidad para detectar cocaína en un aeropuerto. La cantidad de pruebas de adiestramiento que los perros cumplen con total éxito es abrumadora, tan abrumadora que la única conclusión posible es que los perros son inteligentes. Pero no hay ni una sola noticia de un perro capaz de superar la primera y más original prueba que diseñamos los seres humanos precisamente para medir inteligencia. Me refiero, claro, al test de Turing.
¿Por qué necesito que una computadora me engañe para concederle el mayor reconocimiento cognitivo que los seres humanos proveemos a otras especies, mientras que con el perro me alcanza con pedirle que sea capaz de atrapar un palo y traerlo a mis pies en vez de seguir de largo royéndolo hasta la paranoia? ¿Por qué el test de Turing aplica a seres de silicio y no de carne? Como yo lo veo, la doble vara no es más que otra forma que encontramos los seres humanos de escondernos ante cualquiera que amenace nuestra cognición soberana. El perro corre más rápido, sí, pero la computadora también.Nota para especies angloparlantes: la frase funcionaría mejor en inglés, utilizando el verbo run para referirse tanto a lo que hace un perro como a lo que hace un ordenador. Es una pena, pero quedará así porque, como dijo el filósofo Emil Cioran, “yo no habito una patria, sino una lengua”. La computadora sabe comunicarse con nosotros, pero el perro —como vimos recién apoyados en Jakobson— también. ¿Por qué puedo tener, entonces, una conversación con un modelo de lenguaje y no puedo tener una verdadera conversación con un perro? La respuesta no tiene que ver con la enorme capacidad de cómputo de la máquina ni con las características particulares del aparato fonador del perro, tan distintas a las del humano (esto último se resolvería, como dije antes, con máquinas de resonancia magnética que puedan leer los pensamientos del perro y traducirlos). La respuesta tiene que ver tanto con la naturaleza de esos agentes como con la naturaleza de lo que llamamos conversación. Con aquello que esperamos que sea una conversación cuando no es un interrogatorio formal. Tiene que ver, una vez más, con la conciencia y la mentira.
Mijaíl Mijáilovich Bajtín —historiador, crítico literario, teórico y filósofo del lenguaje e inventor del concepto de “fumarse un libro”— fue quien puso el foco del estudio en el momento en que una oración se emancipa del mundo de las ideas y se convierte en enunciado, es decir, fue quien empezó a alejarse del estudio de la gramática para pasar al plano de la palabra existiendo en el mundo real, al estudio de los hablantes de carne y hueso, de los discursos articulados en planos históricos y sociales. Luego, Émile Benveniste demostró que el análisis de esos discursos podía darnos información valiosa sobre quiénes son los hablantes, desde dónde hablan, qué actitud imprimen a lo dicho y otro montón de características que no sabíamos que podíamos estudiar hasta que la teoría de la enunciación las hizo visibles. Pero los pragmáticos fueron un poco más allá y vieron la posibilidad de incluir algo más en el análisis: la “intención”. Para la pragmática, es posible calcular la línea que conecta lo que el hablante dice con lo que quiere decir, o sea, con lo que quiere hacer, con el efecto concreto que busca provocar en el mundo.

De estos últimos, Austin fue el primero. En su libro Cómo hacer cosas con palabras estableció una verdad que, una vez vista, ya no se puede desver. Algo que parece menor, pero no lo es en absoluto. Dijo que las palabras no solamente señalan cosas del mundo o las ponen en relación. No son meros instrumentos de la descripción. Las palabras hacen cosas. Casi siempre, cosas que no pueden hacerse de otra manera. Cosas que ocurren en el acto en el que la palabra es pronunciada, porque la palabra es pronunciada (ya sea de forma escrita, oral o gestual) y con un efecto en el mundo real.
Decir “hola” no es describir algo, es saludar. Insultar a alguien no es pegarle, es decirle palabras y que esas palabras, en el acto de ser pronunciadas, se constituyan en una agresión. Y aunque esas palabras puedan tomar la forma de un gesto (el universal dedo de fuck you para insultar, o una salva de cañonazos para despedir a alguien con honores), lo cierto es que en general apelamos a la comunicación verbal para toda una serie de interacciones fundamentales con nuestros semejantes: saludar, jurar, prometer, perdonar, bautizar, amenazar, etcétera. Por ejemplo, la pragmática sistematizó las reglas para que una promesa sea una promesa: que la acción prometida quede en el futuro, que ejecutarla esté en poder de quien hace la promesa o que —y esta es fundamental— lo prometido sea algo deseado por el hablante. Decir “mañana vendré a buscarte” es una promesa cuando Romeo se lo dice a Julieta. Si es el padre de Julieta quien se lo dice a su aspirante a yerno, probablemente se trate de una amenaza.
Esta perspectiva de la pragmática podría aplicarse también a los animales, al menos en cierto punto. Cuando un perro nos muestra los dientes y gruñe, no está emitiendo un reporte descriptivo sobre su anatomía dental; está ejecutando una amenaza. En cierto modo, podríamos pensar que el acto de habla hunde sus raíces en nuestra biología más primitiva y, por lo tanto, que está alineado con Chomsky más de lo que a él le gustaría admitir. Por otro lado, el enfoque pragmático nos permite circunvalar la necesidad de una sintaxis para poder comunicarnos con los animales. El problema de pensar eso es que, de nuevo, estaríamos renunciando a la idea de tener una conversación verdaderamente compleja con los animales, que es el sueño sobre el que se construye este ensayo.
¿Qué hace falta, además de escala, conciencia del yo, conciencia del entorno (fenomenológica) y sintaxis para poder tener un intercambio verbal complejo? Una respuesta posible a la luz de lo que estuvimos viendo es inteligencia, pero la inteligencia es un fenómeno multidimensional muy difícil de medir. Si queremos abordarla desde el lenguaje, veamos cómo funciona en una conversación entre humanos.
Paul Grice desarrolló un concepto fundamental que es el principio de cooperación. La ley básica y universal que regula, a priori, todas las conversaciones entre hablantes. Dice así: “Haga que su contribución a la conversación sea, en cada momento, la requerida por el propósito o la dirección aceptada del intercambio comunicativo en el que está usted involucrado”.
Para que este principio funcione, Grice desglosa cuatro máxi- mas conversacionales.
- Máxima de cantidad: Haga que su contribución sea tan informativa como sea necesario (para los propósitos actuales del intercambio). No haga que su contribución sea más informativa de lo necesario.
- Máxima de cualidad: Trate de que su contribución sea verdadera. No diga lo que crea que es falso. No diga aquello para lo que no tenga pruebas adecuadas.
- Máxima de relación: Sea relevante (o “vaya al grano”).
- Máxima de modo (manner): Sea claro (evite la oscuridad de expresión). Evite la ambigüedad. Sea breve (evite la prolijidad innecesaria). Sea ordenado.
Así como los físicos imaginan ejemplos de colisiones o desplazamientos de vacas pero aclaran que se trata de “vacas esféricas sin rozamiento” para distinguir esos modelos de lo que ocurriría en la realidad si lanzáramos vacas con catapultas unas contra otras, el principio de cooperación finge que los hablantes somos racionales, bienintencionados, que deseamos optimizar la calidad de la comunicación y que tenemos las herramientas (hemos sido adecuadamente educados) para hacerlo. También da por sentado que hemos perdido el alma en algún momento de nuestra existencia, factor que no puede descartarse del todo. Dicho de otro modo, el principio describe las reglas ideales en contextos ideales y ordenados, como una entrevista laboral, un reporte militar o dentro de las paredes de una escribanía.Nota para caranchos: el poder judicial es un bicho aparte y sus usos del lenguaje pertenecen a una lengua que no pronunciaré aquí. Pero hasta ahí nomás. Porque Grice no era ningún tonto. Sabía muy bien que el principio de cooperación es un presupuesto teórico. En la realidad, los hablantes nos comunicamos de otra manera. ¿Cómo? Simple: violando el principio de cooperación una y otra vez. Porque la violación de alguna de las máximas del principio es una forma extremadamente efectiva de producir significado. Identificar un mensaje que comete una falta contra una máxima (es desordenado, es demasiado abundante o demasiado escueto, responde sobre otro tópico, falta a la verdad, etcétera) hace suponer la existencia de un significado implícito en las palabras que nos son dichas, es decir, nos pone a hacer inferencias. Por ejemplo, en el futuro del lector es posible que habite este diálogo:
A— ¿Qué te pareció el libro sobre hablar con los animales que escribió Balian?
B— La portada es muy bonita.
La violación a la máxima de relación es total, casi diría obscena. Pero efectiva. Como resultado, A no tiene dudas de que el libro no le gustó a B, y B pudo transmitir el mensaje sin necesidad de decirlo, comprometerse ni herir otra sensibilidad más que la mía (C) y la de mi gato (D).Nota para mí: no olvidar que yo puedo ser el hablante A, preguntar por la opinión sobre mi propio libro y recibir la misma respuesta de B, en cuyo caso la implicatura probablemente tenga el objet de herir mi sensibilidad po medio del sarcasmo. O también puede ocurrir que B corres- ponda a Belén, diseñadora editorial responsable de la identidad visual de este libro, y en ese caso la implicatura sería, además, una total falta de modestia por su parte.
El punto es que si hay un significado implícito detrás de las palabras que escucho, y detecto que mi interlocutor desea que yo me dé cuenta de que ese es el significado verdadero de lo que estoy queriendo decir, entonces el problema se pliega una vez más y el fenómeno de la comunicación verbal toma nuevas dimensiones. El colmo de este fenómeno es un famoso chiste judío que Sigmund Freud analiza en profundidad en su libro sobre el humor y el inconsciente —1905—, y que luego Borges recupera en un cuento:
Los baratijeros Mosche y Daniel se encuentran en la gran llanura de Rusia y se saludan.
—¿A dónde vas, Daniel? —dice el uno.
—A Sebastopol —responde el otro.
Entonces, Mosche lo mira fijamente y dictamina:
—Mientes, Daniel. Me respondes que vas a Sebastopol para que yo piense que vas a Nizhni Nóvgorod, pero lo cierto es que vas a Sebastopol. ¡Mientes, Daniel!
En este caso Daniel le brinda a Mosche información verídica, concreta, relevante a la pregunta. ¿A dónde vas? A Sebastopol. No hay falta alguna al principio de cooperación. Pero Mosche cree que sí, que cuando nos hablamos siempre nos estamos intentando decir cosas distintas a las que realmente decimos, y que Daniel lo sabe. Probablemente, Mosche ya conozca a Daniel y su afición a vender gato por liebre, no importa, los motivos pueden ser muchos. La realidad es que intuye que Daniel le miente. Le dice que va a Sebastopol para que Mosche infiera que va a otro lado cuando en realidad va a Sebastopol. Así de sospechosa es la obediencia de Daniel al principio de cooperación.
Conversar es entonces un acto performático: hablamos para provocar efectos en el otro, no sólo para informar. Pero si queremos medir la inteligencia de un animal que no domina la sintaxis ni puede jugar al ajedrez de las inferencias ocultas, ¿cómo lo hacemos? ¿Cómo diseñamos un equivalente al test de Turing para una bestia que no sabe, ni le interesa, mentir? La clave no está en el engaño, sino en la persuasión. Mentir requiere una estructura que disfrace la verdad; persuadir, en cambio, sólo requiere entender la mente del otro incluso sin código compartido. Para persuadirnos de algo, un animal tiene que asumir que somos entidades con expectativas, deseos y puntos ciegos, y debe saber cómo influir en ellos. Debe demostrar su inteligencia al intentar doblegar nuestra voluntad a favor de sus propios intereses.
Pero de pronto los perros ya no parecen tan buenos candidatos para nuestro proyecto. Estoy seguro de que nos hablarían si pudieran, pero no creo que les guste la idea de mentirnos. Laura me contó que los perros construyen sistemas de reputación sobre los humanos: estiman cuán buenos y malos somos según cómo nos ven comportarnos con un tercero, y luego ajustan sus expectativas sobre nosotros. Al mismo tiempo, si crecieron socializando con humanos buenos, verán una estatua de lejos y correrán a llevarle una pelota. Yo creo que no tiene sentido intentar complejizar una comunicación que ya tenemos tan aceitada. No hay siguiente nivel posible en el vínculo con una especie que ya piensa lo mejor de nosotros. Sólo resta arrojarles la pelota y agradecerles cada una de las veces que eligen volver a traerla.





