Discutir el concepto de alma es un asunto inútil. Cualquier debate al respecto implicará pelear por dibujarle bordes a una mancha difusa. Las palabras en este caso funcionan como una máscara que otorga rasgos a la vez que oculta la naturaleza de quien la porta. Puede que, al retirarla, no encontremos nada. Y sin embargo, esa máscara existe porque necesitamos algo que mirar. El humorista Pete Holmes lo dijo mejor: “Dios es el nombre que le ponemos a la sábana con la que cubrimos un misterio para darle forma”.Nota para homínidos: “Nota para clérigos: originalmente, la cita corresponde al road manager de AC/DC, Barry Taylor, quien en cierto momento de su vida se convirtió a la fe y se ordenó sacerdote. Holmes se pregunta, con cierta lógica, si esa frase no debería haberla escuchado en la iglesia en lugar de conocerla a partir del road manager de AC/DC. El rock se manifiesta de formas misteriosas. Algo similar ocurre, entonces, con el alma. Ya mencioné en el primer capítulo la crítica a toda una tradición filosófica por la infundada subordinación del orden animal al orden humano. Parte de esa tradición insistió en afirmar que la falta de lenguaje articulado equivaldría a falta de razón, y la falta de razón, a falta de alma. Y la falta de alma, como todo el mundo sabe, habilita todo tipo de atrocidades. Pero hoy sabemos que, como los delfines, los perros tienen conciencia aunque no usen sujetos y predicados, y eso es aún más valioso, puesto que mientras la conciencia puede estudiarse científicamente, el alma es puramente una cuestión de fe: la sábana con la que nos cubrimos cuando el desamparo es tal que ni la ciencia llega a cobijarnos.
Pero no soy yo —y seguro no será mi gato— quien se arroje a llorar abrazado a un caballo para pedirle perdón por lo que dijo Descartes, como cuentan que alguna vez hizo el filósofo Friedrich Nietzsche. Las razones de nuestro recato son dos: primero y principal, no estamos seguros de que exista siquiera algo llamado alma, porque somos ateos —yo lo soy por elección, mi gato supongo que también, pero por incapacidad de pensamiento abstracto—. La segunda razón es que Nietzsche se abrazó llorando al caballo mientras el animal, exhausto, era azotado por un cochero, pero luego Nietzsche perdió el conocimiento y los años siguientes entró en un estado de demencia bastante severo, cosa que mi gato y yo preferimos evitar.
En cambio, por la misma época —apenas diez años después— Jack London hizo algo muchísimo más convincente como argumento a favor de la conciencia de los perros. Escribió La llamada de lo salvaje, una novela sobre Buck, un perro aburguesado y perezoso, domesticado al punto de la languidez permanente, encargado de la seguridad de una casa donde nunca ocurre nada, que una noche es robado y vendido como perro de tiro. Tan pronto comienza la historia, las desventuras de Buck van de mal en peor: debe aprender a lidiar con amos de todo tipo, crueles y bondadosos, diestros y torpes, sensatos y locos. Debe aprender a luchar contra sus propios compañeros de manada por comida y por jerarquía. Debe aprender a cazar, a tirar del trineo en viajes imposibles por la región del Yukón, a batirse a duelo —colmillo contra colmillo— y a cavar pozos para dormir en la nieve previendo hacia dónde soplará el viento de madrugada si no quiere morir congelado. Mientras todo eso ocurre, la domesticación de Buck empieza a desvanecerse. Cada paso en el camino lo aleja más y más de su vida anterior: desaprende la humanidad y recuerda con creciente nitidez lo que la naturaleza grabó a fuego en su especie. Y cuando por fin da con un amo bueno y compañero, con quien se abre la perspectiva de tener una excelente e itinerante vida, acaba abandonándolo. ¿Por qué Buck hace eso? ¿Por qué rompe el sagrado vínculo entre el hombre y el perro justo cuando parecía que iba a conquistar la cima de la amistad? Porque se deja seducir por una manada de lobos que lo atraen y lo convierten en uno de ellos para vivir libre entre iguales. ¿Lo elige o no puede evitarlo? Difícil de decir. Sólo podemos afirmar que Buck responde finalmente al llamado de lo salvaje.
Digo que este libro es un mejor argumento a favor del alma (o la conciencia, llámela cada cual como guste) de los perros porque para escribirlo el autor aplica —sin saberlo, ya que el término no se inventaría hasta muchas décadas después— la teoría de la mente: la capacidad de adjudicar deseos y creencias, es decir, estados mentales, a otros seres, sean o no de la misma especie.
El encanto de La llamada de lo salvaje radica en que el relato no está desarrollado en primera persona, desde el punto de vista del perro, sino focalizado en él. Es decir, el artilugio narrativo esquiva la responsabilidad de “hacer hablar” a Buck, lo que habría destruido por completo cualquier verosímil. Por el contrario, quien nos habla es un narrador humano que se asoma a lo que ocurre en la mente de Buck y trata de explicarlo lo mejor que puede con sus palabras. Supone una mente, y todos los estados posibles asociados a ella: miedo, anhelo, anticipación, ansiedad, dificultad para entender lo que los humanos dicen, las órdenes que le imparten. Con frecuencia, London ubica personajes extranjeros que hablan en otros idiomas o en dialectos complejos y hacen que el lenguaje humano se vuelva extraño o incomprensible también para los lectores, reforzando aún más la asimilación con el punto de vista del perro. Y apelando a un recurso menos realista pero extremadamente elocuente, coloca en la mente de Buck sueños de tiempos primitivos cuando el mundo se estaba formando y los animales, incluso nosotros, vivíamos en estado de naturaleza. El resultado es una novela que genera la sensación de estar experimentando el mundo a través de la mente de Buck. Incluso si es cierto lo que dijo Thomas Nagel (y retoma Tagliazucchi) sobre la imposibilidad de saber qué se siente ser un murciélago, en el caso del perro, y dentro de los límites que el pacto de lectura que la novela establece, parece que la experiencia es transmisible. Al menos así nos hace sentir London. Tantos son los años de evolución conjunta que tenemos los humanos y los perros que, antes de que sea formulada la teoría de la mente o inventados los instrumentos de estudios por imágenes del cerebro,Nota para humanos: dos años antes de publicado La llamada de lo salvaje, Sigmund Freud había publicado su teoría del inconsciente. No podemos saber si London estaba interiorizado en el trabajo de Freud y lo cierto es que ninguno de los dos tiene el rigor que exigimos hoy de una aseveración científica, pero son intuiciones sobre las que se han construido catedrales de conocimiento. London pudo escribir intuiciones extremadamente certeras sobre la posible conciencia canina. Incluso cuando tomó riesgos. Por ejemplo, en este pasaje, donde Buck gana un duelo contra un perro violento llamado Spitz:
Entrechocaban los colmillos, sangraban los cortes en los labios, sin que Buck consiguiera abrir un resquicio en la defensa de su enemigo. Entonces se enardeció y envolvió a Spitz en un torbellino de ataques. Una y otra vez intentaba alcanzarle la garganta, tan blanca, donde la vida burbujeaba a flor de piel, pero Spitz le desgarraba los dientes y se apartaba. […] No obstante, Buck tenía una cualidad que contribuía a su excelencia: la imaginación. Luchaba por instinto pero también era capaz de pelear con la cabeza. Atacó como si intentase el anterior truco del hombro, pero en el último instante se agachó sobre la nieve y sus dientes apresaron la pata delantera de Spitz. Se oyó un crujido de huesos rotos…
Pasarían décadas antes de que la humanidad comprobara que, en efecto, los perros tienen imaginación, entendiendo imaginar como la capacidad de evocar cosas que están ausentes. Por ejemplo, que tienen fases de sueño REM, en las que la actividad cerebral en el hipocampo es idéntica a la que tienen cuando están despiertos realizando actividades como correr, pelear o buscar algo. También que pueden realizar “engaños tácticos”, como el que Buck utiliza para vencer a Spitz. Detengámonos en esto. Marianne Heberlein, en la Universidad de Zúrich, realizó un experimento en el que los perros interactuaban con dos humanos: uno “cooperativo” (que les daba comida) y otro “competitivo” (que se quedaba con la comida). Los perros debían guiar a estas personas a una de tres cajas: una con una salchicha, otra con una galleta seca y una vacía. Tras darse cuenta de que el humano competitivo se quedaba con el premio, los perros comenzaron a guiar al competidor a la caja vacía con mayor frecuencia, reservando la ubicación de la salchicha para cuando interactuaban con el humano cooperativo. Esto sería indicio de que el cerebro de los perros, como el nuestro, “simula” realidades no presentes, es decir, puede modelar el mundo: imaginar dos escenarios paralelos donde distintas acciones hipotéticas derivan en distintos resultados. Sin embargo, investigadores contemporáneos más escépticos sugieren que esa clase de comportamiento no constituye una “mentira” basada en una lectura de la mente ajena, sino un condicionamiento complejo. El perro podría simplemente haber aprendido que “señalar la caja A al humano X no resulta en comida, pero señalar la caja B, sí”. Es decir, no habría una representación mental del “engaño”, la intención de poner una creencia falsa en una mente ajena, sino una optimización de resultados basada en el ensayo y error.

Esto nos obliga a separar el problema de la intención en dos partes. Por un lado, preguntarnos si los perros pueden interpretar las intenciones ajenas. Esta parte es relativamente fácil, en la medida en la que existe también un experimento diseñado a tal fin. Se llama incapaz vs. renuente: consiste en colocar a un perroNota para monos: también se hizo con chimpancés, pero la memoria de Nim está aún fresca en estas páginas y prefiero no hablar de ello. detrás de un vidrio y hacer que un humano intente darle comida sabrosa —digamos, salchichas— a través de una ventana diminuta. En un caso, el humano procura pasarle las salchichas al perro por la diminuta ventana pero a último momento se arrepiente y se las niega. Como resultado, el perro tiende a impacientarse, alejarse del vidrio y protestar. En el segundo caso, el humano finge tener la intención de dar el premio, pero fracasa —la ventana es demasiado pequeña— y no puede. Entonces, el perro se muestra mucho más paciente y dispuesto a esperar o, incluso, ayudar con indicaciones al humano.
Estos resultados implican que los perros tienen una capacidad no menor para leer nuestros estados mentales, adjudicarnos intenciones y responder en consecuencia. Incluso ajustar su respuesta emocional y su frustración de acuerdo a dos escenarios que son parecidos pero muy distintos: el humano me quiso dar comida y no pudo vs. el humano se negó a darme la comida. Pero ¿pueden ellos “manipular” esas intenciones? ¿Pueden efectuar acciones para que su intención prime sobre la nuestra por medio de un engaño elaborado?
Una vez más, la comunicación entre humanos y perros es frecuente y está extremadamente aceitada —sabemos que los perros entienden más de 200 palabras, y sabemos leer su lenguaje corporal—, pero parece improbable que ambas especies nos lleguemos a encontrar en una lengua común. Si un perro puede realizar un engaño táctico, está operando con un nivel de complejidad enorme, pero sigue siendo incapaz de utilizar lenguaje proposicional, articular sujetos y predicados, hacer abstracciones complejas. Wittgenstein pregunta: “El perro espera a su amo. Pero ¿puede esperar que su amo venga pasado mañana?”. La respuesta es no, porque para Wittgenstein, la imaginación compleja (prospectiva) está anclada en la gramática del lenguaje. Un perro puede “imaginar” el regreso de su dueño porque hay señales presentes (el sonido de las llaves), pero no puede imaginar un concepto abstracto como el martes o cuando se jubile, porque carece de la estructura lingüística para sostener ese pensamiento.
¿Significa esto que los perros nunca podrán tener una conversación con nosotros? Nunca es una palabra muy grande. En mi conversación con Matías Grinberg, él me había propuesto la idea de que la inteligencia es un espacio donde las cosas tienen distinta resolución. Perros y humanos miramos con nuestras mentes el mismo espacio, pero donde los perros sólo pueden distinguir una mancha borrosa llamada futuro, nosotros distinguimos multitud de detalles que significan mañana, en un rato, el año que viene o dentro de dos lunas. Por eso, y sumado al obstáculo fonológico (los perros sólo pueden producir una variedad muy acotada de sonidos), para establecer un auténtico traductor entre perros y humanos, haría falta que utilicemos aparatos de resonancia magnética u otros dispositivos de neuroimagen (como los que Gabo Mindlin aplica a los pájaros para conocer sus pesadillas) a fin de que traduzcan directamente las imágenes de los cerebros caninos a un lenguaje inteligible por nosotros, y viceversa. Incluso sería posible soñar con que esa práctica funcionará como una suerte de presión ambiental, provocando la ampliación de la conciencia canina, empujando lentamente a la especie a ganar resolución en su espacio mental, a “evolucionar”. Pero si lo anterior era especulación, esto es tirar la pelota aún más lejos.
Claro que, lanzado a especular, y quizá azuzado por el optimismo de Matías y la clarividencia de Gabo, no me resultó inconcebible la idea de que los sesudos pensamientos de Wittgenstein pudieran demostrar flaquezas al contrastarlos con algún trabajo de campo. Y menos aún quise dar por sentado que la mera consulta de papers y teoría fuera suficiente para que yo entendiera un tema tan complejo —sobre todo pensando en que mi gato algún día tendrá tiritantes preguntas para hacerme sobre los perros—, así que decidí abusar del tiempo ajeno una vez más. En este caso, el tiempo matutino de Laura Rial, veterinaria y becaria doctoral en el Grupo de Investigación del Comportamiento en Cánidos (CONICET), donde desde hace más de veinte años estudian psicología comparada, comportamiento y bienestar animal. Nos encontramos en un café para una charla que acabaría prolongándose más allá del tiempo que habíamos agendado. La tesis de doctorado de Laura está orientada a entender si los perros pueden (y quieren) consolar a un sujeto humano luego de que este haya tenido un conflicto con otro ser humano o cuando experimenta una emoción negativa como tristeza o miedo. Los resultados preliminares indican que sí. Hay un núcleo de empatía que nos une a los seres vivos —o por lo menos a los mamíferos— que, según me dijo Laura, se llama “contagio emocional” y provoca “comportamientos prosociales”, pero precede a todo lenguaje verbal. Sin embargo, cuando quise hacerle las preguntas que más me desvelaban en este capítulo, encontré problemas. Laura pudo garantizarme que los perros piensan, modelan, imaginan y tienen teoría de la mente. Dicho de otro modo, tienen todo lo que necesitan para mentir. Pero ¿mienten? Eso es más difícil de responder, puesto que no hay experimentos específicos orientados a entender esa pregunta, al menos en los términos en los que la planteamos nosotros.
El principal problema que señala Laura es que, a pesar de que convivimos con perros todos los días, sabemos muy poco de ellos. Entre el 70 % y el 80 % de las poblaciones caninas en el mundo viven en sociedades libres, y sólo un grupo reducido se ha constituido en mascotas. La diferencia de esas poblaciones con las mascotas urbanas es enorme. Y sin embargo, la mayoría de los estudios se enfocan en estas últimas, las cuales fueron educadas en entornos altamente mediados por la presencia humana. Tanto es así que el cuidador o cuidadora de un perro siempre se constituye en su figura de apego y, por lo tanto, es irremplazable por sujetos de su propia especie. En estos casos, el cánido preferirá siempre a su humano. En casos como el de Buck, claudicará ante el llamado de las sociedades libres.
Forzada a dar una opinión, Laura coincide con Wittgenstein y cree que el diálogo complejo entre perros y humanos —ese que soñamos y nos venden en las publicidades de apps chinas para traducir a tu mascota— es imposible. Hay un abismo que nos separa y que es, en última instancia, infranqueable. Pero ella pone el foco en la escucha. No solamente por la cuestión física más evidente —aquello de que los perros manejan frecuencias sonoras imperceptibles para nuestros oídos—, sino también por nuestra incapacidad de escuchar y nuestro empecinamiento en convertir todo lo que escuchamos en una suerte de mala traducción. Una vez más, la crítica de la antropomorfización. Además, agrega, para emprender ese desafío deberíamos desaprender mucho de lo que ya creemos saber. Tirar abajo una muy largamente construida colección de sesgos. Aunque vale destacar nuevamente que nada de todo eso obstaculiza la comunicación no verbal, que, como vimos, puede darse por otros medios.
Yo me llevo en limpio de todo esto la idea de que el perro puede engañar pero no mentir, entendiendo que la mentira es un modo más sofisticado del engaño porque requiere habilidades lingüísticas. Una vez más, la realidad parece encontrarse en un punto intermedio, como si la comunicación interespecies estuviera condenada a ocurrir a mitad de camino. En palabras de Laura: “Quizá los perros tienen todo para mentir, pero aún así, ¿cómo lo harían? Incluso pudiendo concebir la mentira, no podrían comunicarla”. Y esto es un problema para lo que queremos lograr mi gato y yo, porque esa capacidad de elaborar una mentira y comunicarla probablemente sea la base fundacional de una verdadera conversación.Nota para delfines: los delfines machos a veces usan la mentira para conseguir pareja mediante el truco de silbar llamadas de alarma falsas (el sonido que hacen cuando hay un tiburón cerca) justo cuando una hembra intenta alejarse del grupo. El objetivo es que la hembra, asustada por el falso depredador, se quede cerca del macho que emitió la alarma, dándole a él una ventaja reproductiva. Los humanos caracterizamos eso como un comportamiento tóxico. No seas tóxico, brolphin.







