/ Cosas que mi gato tendría que saber
Capítulo 11

Un soldado cae prisionero

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Lo que no deja de llamarnos la atención sobre este asunto de la persuasión es que, por caminos muy distintos, otras ciencias llegaron a conclusiones parecidas. Hoy, para algunos científicos, la capacidad de un sistema de ser persuadido es indicador de dónde debemos ubicar a ese sistema en el amplio espectro de lo que conocemos por inteligencia, lo que a su vez está relacionado de formas complejas y no menos confusas con su nivel de agencia.

Una vez más, no estamos tratando de encontrar inteligencias superiores a la nuestra, sino lo suficientemente cercanas como para poder tender un puente. ¿De qué está hecho efectivamente ese puente? Si creemos que está hecho de la teoría estructuralista de Jakobson, pues entonces nuestro cometido ya está cumplido y este libro no tiene razón de ser. Vimos que los perros pueden ser emisores y receptores de un mensaje, y que la comunicación se produce exitosamente incluso cuando el código es híbrido o no está compartido del todo. Sin embargo, esta idea deja de lado algo que podemos considerar fundamental para llevar adelante con más complejidad el delicado arte de conversar: las inferencias.

Vimos en el capítulo anterior que las inferencias son supuestos que obtenemos a partir de lo que el otro dijo o dejó de decir, de sus faltas específicas cometidas al principio de cooperación. Dependen de una suerte de metajuego, el intercambio de mensajes secretos que se trafican entre líneas, mientras las palabras van y vienen a plena luz del día. Implican que ambos interlocutores tienen nociones compartidas del contexto en el que se encuentran y pueden hacer suposiciones el uno sobre el otro.

Dejemos a los animales en paz un momento y veamos un ejemplo con humanos:

Segunda Guerra Mundial. Un aviador estadounidense es derribado dentro del territorio italiano. Cae en paracaídas y de inmediato se quita el uniforme. Semidesnudo como está, comienza a huir hacia el norte por los bosques piamonteses en la esperanza de encontrar la frontera con Suiza. Sin embargo, no logra avanzar demasiado antes de ser capturado por una patrulla fascista. Los italianos se dan cuenta de que es un soldado y lo llevan a un calabozo, pero a lo largo de todo el camino, a pesar de las vejaciones y las amenazas, el soldado estadounidense se encarga de no decir una sola palabra. Confinado, piensa cómo puede salir de esa situación. Una idea brillante acude a su mente. Cuando los oficiales vengan a interrogarlo, hablará en alemán. Así, pensarán que es un soldado del Eje y lo dejarán ir. El único problema es que él no sabe una sola palabra de alemán. Excepto, ahora recuerda, unos versos de un poema que le enseñaron en la escuela:

Kennst du das Land, wo die Zitronen blühn,
Im dunklen Laub die Goldorangen glühn,
Ein sanfter Wind vom blauen Himmel weht,
Die Myrte still und hoch der Lorbeer steht?
Kennst du es wohl? Dahin!
Dahin möcht’ ich mit dir,
O mein Geliebter, ziehn.

Perdido por perdido, el soldado espera. Cuando los oficiales enemigos aparecen y comienzan a interrogarlo, él se dedica, por toda respuesta, a ensayar versos del poema en el mejor acento alemán que puede. Los italianos le preguntan a qué ejército pertenece y él responde sobre el país donde florecen los limoneros. Le preguntan qué misión lleva y él responde que un viento suave sopla desde el cielo azul. Le dicen que lo van a ejecutar y él les confiesa que los ama y quiere viajar con ellos.

Los italianos no entienden una palabra: por lo tanto, la estratagema funciona. Convencidos de que capturaron a un soldado del Eje, lo visten y lo dejan partir. El soldado estadounidense huye, cruza la frontera suiza y desaparece de la historia.

Deja detrás de sí una única duda: ¿efectivamente logró comunicarse con los italianos? Los soldados hicieron lo que él quería y entendieron sus intenciones, pero no decodificaron el significado de sus palabras. ¿Es eso comunicación? ¿O es un evento más parecido a mi gato acercándose porque intuyó que eso era lo que yo quería, y no por haber comprendido la palabra vamos?

Me inclino a pensar lo primero: fue un acto de comunicación puesto que los italianos entendieron que había un código, entendieron cuál código y simplemente no pudieron descifrarlo, pero participaron de forma consciente del acto de comunicación. Austin diría que el poema fue un enunciado feliz, que es como Austin define un enunciado que performa exitosamente. Más allá de si su contenido era cierto o verdadero, resultó inesperadamente apropiado para la situación. Grice se daría por satisfecho porque la intención fue interpretada y, por lo tanto, el significado logró transmitirse. Pero Searle, quien ideó la parábola del soldado prisionero, pregunta: ¿cómo funcionó ese acto de comunicación? ¿En base a qué los italianos realizaron las inferencias exactas que el soldado estadounidense quería?

El debate queda abierto, pero nosotros podemos llevarnos algo valioso de él. Si Searle tiene razón, no hay comunicación posible sin acceso a un código común. Si Grice tiene razón, podemos continuar el viaje con un rayo de esperanza porque, aún sin eliminar el componente de suerte que pudo haber tenido el estadounidense, fue su capacidad para imaginarse los estados mentales de los italianos e influir en ellos lo que desbloqueó la comunicación.

En el caso de dos seres humanos, damos por sentado que existe cierta simetría en las capacidades cognitivas que están en juego. Los hablantes A y B de Saussure, el emisor y el receptor de Jakobson, quien construye las implicaturas y quien las infiere en Grice son todos sujetos de la misma especie: humanos. Pero si queremos trasladar estas ideas a una hipotética comunicación interespecies, donde puede existir una profunda asimetría en la naturaleza cognitiva de los interlocutores, probablemente necesitaremos otro tipo de validación. Otra forma de medir los términos de la conversación. ¿Con qué término podemos reemplazar teoría de la mente cuando ignoramos si las mentes en juego son enti- dades equiparables?

El biólogo Michael Levin propone el término persuadability:

Podrías llamarlo espectro de inteligencia o de agencia, pero a mí me gusta la idea del espectro de persuadability porque es un enfoque de ingeniería. Significa que estas no son cosas sobre las que puedas decidir u opinar desde la comodidad de un “sillón filosófico”. Tienes que plantear hipótesis sobre qué herramientas y qué protocolos de interacción vas a aplicar a un sistema determinado. Y después, todos podemos ver qué tal te resultó, ¿verdad? Porque a priori, no sabes dónde se encuentra ese sistema ubicado en el espectro.

Además de la cuestión —no menor— de la escala, este fue el problema que encontraron también los científicos de Solaris. ¿Cuán persuasible es el océano? ¿Cuánto lo es un insecto? ¿Cuánto mi gato? La respuesta a la última pregunta fue siempre un rotundo “poco”, excepto por aquel día en que le dije “vamos” y vino.

En un pasaje de El nudo de la conciencia, Enzo Tagliazucchi explica que hay distintas perspectivas para acercarse a un sistema. Por ejemplo, aunque digamos coloquialmente que el termotanque es inteligente porque calienta el agua cuando detecta que está fría y apaga la llama cuando detecta que está caliente, lo cierto es que el día que se rompe no podemos convencerlo de que cambie su actitud. Debemos desarmarlo y hacer micromanagement: reparar las piezas, volver a ordenar el sistema.

La comunicación con otras especies, sin ánimos de ofender, nos obliga a tomar consideraciones similares. Necesito saber dónde se encuentra mi interlocutor en el espectro de persuadability para saber si lograré convencerlo de hacer algo, especialmente, convencerlo de responderme, con una señal compleja como es una palabra, o si necesito todo un set de herramientas distinto. Por ejemplo, Levin trabaja intentando convencer a tejidos orgánicos para que crezcan. Usualmente, eso se haría modificando el ADN de las células (desarmando el termotanque y reparando las piezas), sin embargo, Levin lo que busca es interferir en las señales eléctricas que se mandan unas a otras. Interviene la comunicación para alterar el contenido de los mensajes como en cualquier película de espías decente. Según él, la física usa herramientas de baja agencia, por eso siempre ve mecanismos. “Si quieres ver mentes, necesitas tratarlas como mentes”, dice. Es otro modo de decir que si quiero hablar con mi gato, necesito dar por sentado que posee una mente. Que puede utilizarla. No tratarlo como a un termotanque, sino, en términos de Daniel Dennett (que, a su vez, yo tomo nuevamente de El nudo de la conciencia, de Tagliazucchi), adoptar la “perspectiva intencional”. Suponer que es persuasible. Que podemos jugar juntos a un juego de orden superior sin necesidad de entender de qué está hecho el abismo que nos pasa por abajo.

Pero ojo. Porque hay dos problemas. Por un lado, lo que llamaré el problema de la rebeldía: a medida que los seres adquieren dimensiones psicológicas y construcciones del “yo”, pueden tener menos razones para acatar una orden. Este es sin duda el caso de mi gato. Emitir un enunciado tiene, según la pragmática, un efecto en el mundo real. Pero no hay ninguna garantía de que el efecto será siempre el buscado. Ese es el riesgo que corría el soldado estadounidense.

El segundo problema es lo que podríamos llamar el problema del vendedor de Biblias. En un famoso cuento de Flannery O’Connor titulado “La buena gente del campo”, se cuenta la siguiente historia:

Hulga, una mujer intelectual, cínica y con una pierna de madera, vive atrapada en la convicción de que su nihilismo la hace superior a las personas sencillas de su entorno rural, incluida su madre. Cuando Manley Pointer, un joven vendedor de Biblias que aparenta una fe inquebrantable y una ingenuidad total, llega a la granja, Hulga decide utilizarlo para demostrar su superioridad. Entonces, planea seducirlo y romperle el corazón para despojarlo de sus ilusiones y probar que el mundo carece de significado ante él, ante su propia madre religiosa y, por qué no, ante Dios mismo. Lo cita en el granero. La situación está dada para convertir al santo en pecador; sin embargo, en un giro brutal, Hulga descubre —demasiado tarde— que los roles estaban invertidos desde el principio: Manley no es el joven simple que ella creía, sino un depredador cínico cuyo objetivo no es sexual sino meramente sádico: robarle su pierna de madera, dejándola desamparada y revelándole así que su arrogancia intelectual la ha dejado ciega ante una forma de maldad mucho más sofisticada y peligrosa.

Digámoslo de esta manera: el más persuasible es un sistema que puede ser a menudo el más persuasivo. O dicho de otro modo, nosotros —los sapiens, los racionales, la cumbre del pensamiento animal— también podemos ser persuadidos. O dicho de una última forma, para la mayor claridad posible: nadie sale indemne de una conversación que valga la pena.

El punto es que, a esta altura, para cumplir nuestros sueños ya no sólo necesitamos una especie con la que compartamos la misma escala espacial, con un cierto tipo de conciencia y autoconciencia, con una gramática que le permita crear nuevas frases a partir de otras, tenga cierta capacidad para proporcionar información falsa, abundante, escasa o irrelevante produciendo en su interlocutor la necesidad de hacer inferencias, que sea persuasible y que tenga algún tipo de motivación para comunicarse con nosotros. También necesitamos correr un riesgo. Ah, y un traductor.

El reino animal es enorme, pero nuestras opciones acaban de reducirse drásticamente.

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Biografía del autor:
Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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