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Como proyecto científico, hablar con los animales es sin duda emocionante, pero mal encarado puede resultar catastrófico. En la década de 1960, el neurocientífico y psiconauta John C. Lilly consiguió financiamiento de la NASA para desarrollar un proyecto que nos prepararía para, algún día, hablar con vida extraterrestre. Para eso construyó un “delfinario”, una casa inundada en el Caribe donde una joven naturalista, Margaret Howe Lovatt, conviviría veinticuatro horas al día con un delfín adolescente llamado Peter. El objetivo, ambicioso y moderado al mismo tiempo, era que Peter aprendiera a hablar inglés, objetivo que se daría por cumplido si lograban que repitiera frases como “Hello, Margaret”.

Puesto en práctica, el desafío resultó colosal: el pobre Peter no podía pronunciar la letra “m”. Todos sus intentos terminaban, irremediablemente, en una serie de burbujas chapuceadas. Una cuestión meramente anatómica, pero determinante. Sin embargo, el verdadero obstáculo fue fisiológico. Peter, que se encontraba en plena efervescencia pubescente, interrumpía constantemente las lecciones de Margaret con sus urgencias sexuales. Este impedimento se volvió tan frecuente e infranqueable que Margaret tomó una decisión: ante la imposibilidad logística de trasladarlo cada vez a un estanque con hembras para que pudiera aliviarse y volver a poner la mente en la escuela, optó por aliviar ella misma los impulsos del delfín. Decía que no había morbo en ello, que era simplemente una forma de “rascar una picazón” para que el animal se concentrara y el sagrado experimento de la comunicación pudiera continuar.

Este quizá sea el comienzo más bizarro de los experimentos que los humanos hicimos con delfines, pero la cosa no quedó ahí. En el caso de Margaret, los fondos se agotaron y aparecieron varios problemas, en parte por la mala prensa y en parte por las discusiones con Lilly, quien quería dosificarles LSD a los otros delfines del delfinario sin un objetivo muy claro. Cuando el experimento fue clausurado, Peter fue trasladado a un tanque diminuto y oscuro en un edificio bancario reutilizado en Miami, despojado del sol, del océano y de las caricias del amor de su vida. Puede parecer un chiste, pero no lo es. La nueva situación tuvo consecuencias trágicas para Peter. Los delfines, a diferencia de nosotros, no respiran por un reflejo automático, cada exhalación es un esfuerzo voluntario y consciente. En ese encierro de agua estancada, sin mujer y sin gramática, Peter simplemente tomó la decisión de hundirse en el fondo del estanque y no tomar el siguiente respiro, lo que en lenguaje delfín se traduce como cometer suicidio.

Luego de esto, no cabe sorprenderse de que los militares se interesaran por los delfines. En la misma década —y país— en la que Margaret los masturbaba para enseñarles a hablar inglés (a los delfines, no a los militares), las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia desarrollaron una multitud de estudios con el fin de weaponizarlos. Aprovechando la capacidad de geolocalización de los delfines nariz de botella, su extraordinaria visión submarina y su capacidad de razonamiento —que al menos el saber popular equiparó siempre a la de “un niño de 3 años”—, intentaron entrenarlos para detectar y marcar minas submarinas, patrullar aguas alrededor de puertos o puntos de interés, dar alarmas, interceptar intrusos colocándoles boyas autoadhesivas que se inflan y salen a la superficie arrastrando consigo al malhechor y también enviarlos en misiones suicidas con bombas adheridas al cuerpo. El gobierno estadounidense negó categóricamente haber realizado dichos experimentos, pero acusó al gobierno soviético de sí haberlos hecho. Y como todo ocurrió durante la Guerra Fría, la hipótesis más lógica a la que podríamos arribar hoy es que ambos lo han intentado. En todo caso, si algún conocimiento práctico militar se obtuvo de todo aquello, permanece clasificado.

La obsesión de los humanos con los delfines prosperó a lo largo de las décadas y muchos otros experimentos se llevaron adelante, pero recién en el año 2001 se realizó uno relevante para los objetivos de este ensayo. Fue un experimento feliz y de una sencillez elegante, que no involucró la tortura, la agresión ni la masturbación de ningún animal. Consistió en esto: las investigadoras Diana Reiss y Lori Marino les hicieron marcas con tinta temporal a dos delfines nariz de botella en partes del cuerpo que ellos mismos no podían ver. Luego, los enfrentaron a espejos y observaron su comportamiento. Los delfines se pusieron a girar, estirar el cuello y acomodarse de modo tal de poder ver mejor las marcas que les habían hecho, lo que demostró que entendían que lo que se reflejaba en los espejos eran ellos mismos. Para descartar la posibilidad de que estuvieran inspeccionando los lugares donde recordaban haber sido marcados, las investigadoras usaron otras marcas con tinta invisible a modo de control. Fue la primera vez que se demostró que la percepción de uno mismo no está ligada solamente a los primates y que puede aparecer evolutivamente, por lo menos, en otros mamíferos de cerebros grandes. Lo cual, me permito adelantar, nos pone sobre la buena pista, puesto que una característica que deberá tener nuestro potencial interlocutor, además de la escala, es conciencia de sí mismo.

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Biografía del autor:
Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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