Para Saussure, el signo lingüístico es una entidad dual que tiene de un lado el significante y del otro el significado. Tanto el significado como el significante son de naturaleza psíquica, su unión es un fenómeno que ocurre en el cerebro cuando vemos una palabra escrita o la escuchamos, pero también cuando pensamos. El significante es la huella de un estímulo (visual, sonoro, táctil) que está adherido irremediablemente a un significado. Las dos caras del signo son indivisibles —como las caras de una moneda o las de un papel— y ninguna de las dos debe confundirse con el objeto al que refiere. Si el signo es la palabra “gato”, el significante y el significado son sus dos mitades, ninguna corresponde al gato real de carne y hueso. Ese gato, el que existe en el mundo, anda por otro lado, haciendo de las suyas, indiferente a todo esto que estamos diciendo. El signo “gato”, en cambio, existe en la psiquis de los hablantes, y allí iremos a buscarlo.
Según Saussure, la relación entre ambos lados de esa moneda (significado y significante) es arbitraria y muy difícil de modificar: nada en el significante /gato/ es imprescindible para pensar en un gato, y por eso el mismo significado puede estar asociado a significantes tan distintos como chat, cat, neko, Katze, Māo, quitt, goyangi, etc.Nota para quien acaba de levantar el dedo índice: esto es una verdad a medias. Si bien es cierto para muchos signos, no todas las relaciones significado/significante son completamente arbitrarias. Ya Saussure advertía que las onomatopeyas (el “plaf” de tirarse al agua o el “slam” de una puerta que se cierra) son significantes que tienen una relación moti- vada con su significado, es decir, un parecido. Décadas más tarde, el efecto Kiki y Bouba vino a demostrar que nuestro cerebro arrastra una sutil sinestesia cableada por la evolución: asociamos de manera casi unánime los sonidos estridentes y afilados con formas puntiagudas, y los fonemas graves, con siluetas mullidas y redondeadas. Hace falta mucho tiempo para que una sociedad cambie el significado de una palabra y rara vez ocurre de manera voluntaria, más bien es el resultado de un uso tan extendido que no queda más remedio que aceptarlo como norma.Nota para humanas: la más fascinante discusión sobre cuáles usos podían convertirse en norma y cuáles no podrían nunca lograrlo por estar directamente rompiendo reglas inviolables del sistema la dio el feminismo en la última década, a partir de la promoción del lenguaje inclusivo, que trastoca las marcas de género en las palabras para introducir una ruptura que obliga a leer cualquier enunciado en clave feminista. El movimiento fue tan efectivo que provocó la indignación de una parte de la sociedad y toda una serie de crisis de identidad en perso- nas que sintieron temblar las bases mismas de sus ontolo- gías. Si bien el lenguaje inclusi- vo no llegó a convertirse en norma general, su uso es- pecífico en ciertas piezas léxicas (por ejemplo, “todes”) sigue vigente en algunos grupos de hablantes, incluso sin generar ya tantos rencores. No es inimaginable un futuro en el cual la RAE admita el término co- mo una excepción, entre tantas otras que se han hecho ya. Pero además, y esto es lo más importante, a diferencia de otros signos con los que vivimos cotidianamente (por ejemplo, las imágenes), el significante lingüístico es lineal: la cara perceptible del signo sólo puede desarrollarse en cadena, uno a la vez. Para decir /perro/ debo pronunciar en orden los fonemas /p/, /e/, /r/, /o/. La imagen de un perro, en cambio, puedo comunicarla toda junta (aunque luego la atención se enfoque progresivamente en distintos detalles).
Pero no todos los signos son lingüísticos ni funcionan linealmente. Algunos funcionan por similitud (como los íconos, que se parecen a lo que representan) y otros por convención y de manera arbitraria (como los símbolos). Un cartel amarillo al costado de la ruta con un ciervo saltando tiene un significado muy específico: “cuidado, animales pueden cruzar el camino”. La figura del ciervo es icónica, tiene una similitud visual con aquello a lo que refiere. A la vez, no hay nada en el rombo o en el color amarillo que signifique necesariamente “precaución”. Para entender el cartel, es preciso conocer la convención simbólica alrededor de las señales de tránsito. Dicho de otro modo, el cartel en su complejidad sólo puede ser interpretado por un ser humano y no por un ciervo, por más que el ciervo sea capaz de ver la ruta, el cartel, el color y la figura de otro ciervo estampada ahí.
¿Qué tipo de signos sí puede interpretar el ciervo? Quizás ciertas huellas de la naturaleza: por ejemplo, si hay humo, hay fuego. He ahí un signo, un elemento que está señalando o indicando otra cosa y que puede ser interpretado por un ser con algún nivel de intelecto o experiencia en el mundo real. El ciervo también puede entender información que le transmitan otros ciervos de acuerdo a sus propios sistemas de comunicación, es decir, “lenguajes animales” que pueden ser más o menos complejos y han ido desarrollándose en cada especie para permitir la comunicación entre individuos, sobre todo en especies gregarias. Esos lenguajes son de una naturaleza muy diferente al que se funda en nuestros signos lingüísticos y al símbolo del costado de la ruta, porque en ellos algo del mundo real ha quedado impreso en la materia significante que perciben los sentidos. Por ejemplo, permiten establecer una relación de inmediatez entre el trueno y el relámpago, la nube y la lluvia, el gruñido y el posterior zarpazo, el siseo de una serpiente y el peligro de muerte. Estos signos son llamados índices, signos cuya relación con aquello que significan se da por una conexión física, causal o de contigüidad. Los índices son relevantes para los detectives que ven un agujero de bala y entienden que hubo un disparo, tanto como para los ciervos que necesitan evaluar el color de un charco antes de decidir si pisarlo o saltarlo. Alguna vez le pregunté a mi padre cómo sabían los pájaros en qué cables posarse para no quedar electrocutados y me respondió que simplemente evitaban aquellos que tuvieran olor a pollo frito. Nota para pollos: de mi padre también aprendí una copla popular cuya gracia consiste en pronunciar las palabras esdrújulas como si fueran graves: “En la era de los apostoles / los hombres eran unos barbaros / se subían a los arboles / y se comían a los pajaros”. Al parecer, las aves en general lo diviertenn.

El lenguaje humano se emancipó hace mucho de esta inmediatez física animal, pero a cambio quedó atrapado en esa otra dimensión que mencionamos antes: la linealidad. Dado que el significante es una cadena, las lenguas de los seres humanos tienen, todas, sin excepción, algún tipo de sintaxis: reglas que ordenan las palabras dentro de la oración a partir de jerarquías. Esto cumple un rol imprescindible en la comprensión del sentido y posibilita la generación de nuevas secuencias que nunca hayan sido pronunciadas por nadie anteriormente.
El asunto de la sintaxis es fundamental, tanto que le he reservado su propio capítulo. Pero antes cabe preguntarse si esta linealidad tiene un rol en la forma en la que funciona el pensamiento humano o si es la naturaleza de nuestro pensamiento la que condicionó la forma en la que desarrollamos nuestra facultad del lenguaje. Es una discusión relevante y vamos a tomarnos un momento para considerarla.
Alrededor de 1920, el lingüista Edward Sapir y el ingeniero Benjamin Lee Whorf se abocaron a estudiar este fenómeno. Si bien murieron jóvenes sin haber publicado ningún libro en conjunto, sus trabajos sentaron las bases para que otros dieran con una teoría (bautizada en honor a ellos) según la cual el idioma que una persona habla determina la forma en la que piensa. El asunto causó sensación y al campo lingüístico le llevó unos veinte años demostrar que la hipótesis, tomada al extremo, era falsa, que el pensamiento no estaba completamente condicionado por el lenguaje.
Sin embargo, investigaciones posteriores mostraron que tampoco era un delirio absoluto. Por ejemplo, en algunos experimentos en los que se presentó una gama de colores, los sujetos sólo fueron capaces de identificar aquellos para los cuales existía una palabra en su idioma natural. Tras varios avances en el campo, actualmente el acuerdo es una versión moderada de Sapir-Whorf: la lengua que hablamos no condiciona nuestro modo de pensar, pero no se puede descartar que lo influya.
La película Arrival —basada en el cuento de Ted Chiang titulado “La historia de tu vida”— propone una forma de ilustrar esta idea. Una forma quizás un poco extrema, pero productiva. Arrival intercala dos líneas narrativas: por un lado, seguimos la historia de la lingüista Louise Banks, quien es convocada por las fuerzas militares estadounidenses para asistir en la comunicación con una especie alienígena. Los extraterrestres —llamados “heptápodos”— han llegado a la Tierra a bordo de impresionantes naves espaciales e invitaron a las autoridades humanas a subir. Pero, una vez allí, ninguna de las dos partes sabe cómo resolver el problema de intercambiar información,Nota para eridianos: en el más reciente éxito de taquilla Project Hail Mary, el protagonista y su futuro compañero de aventuras enfrentan un problema similar. Igual que en Arrival, la ciencia asiste a los personajes en la búsqueda de una solución, aunque en Project Hail Mary la suerte del humano y la buena voluntad del alien cumplen el rol fundamental: contra todo pronóstico, resulta que Rocky posee un idioma morfológicamente compatible con el inglés y, mejor aún, es un macanudo. Caso contrario, todo habría fracasado. de modo que, del lado terrícola —y con mucho tino— se opta por llamar a un físico y una lingüista, quienes se lanzan a realizar progresivos intentos por entender y hacerse entender. La otra línea narrativa que sigue la película es la de los recuerdos personales de Louise, especialmente lo que tiene que ver con su familia y la trágica muerte de su hija. Es decir, la historia de su vida. Naturalmente, esto será relevante.
Lo primero que Louise intenta hacer para hablar con los heptápodos es apalancarse en el lenguaje referencial. Señala objetos y pronuncia en voz alta la palabra correspondiente en inglés. Luego, los incita a hacer lo mismo. Así corrobora que la lengua de los heptápodos —una serie de sonidos imposibles de entender— no tiene nada que ver con su escritura. Los sonidos son caóticos, no tienen un orden de palabras fijo o segmentable, es casi imposible intentar dilucidarlo.
Sin embargo, descubre que el idioma escrito de los alienígenas es un sistema semasiográfico: es decir, sus símbolos visuales no se ordenan linealmente ni representan ningún sonido, y no escriben oraciones lineales (una palabra al lado de la otra, de izquierda a derecha, como nosotros), sino que transmiten ideas generales sin depender de los sonidos de la lengua hablada. Los heptápodos, en particular, dibujan un único y gigantesco grafismo o “mancha” circular lleno de ramificaciones. Un círculo tan imperfecto como cerrado. Ahora bien, en algún momento nos enteramos de que, para que el dibujo encaje perfectamente y tenga sentido matemático y visual, el heptápodo tiene que saber exactamente cómo va a terminar la oración antes de hacer el primer trazo. Todas las partes del símbolo dependen de las demás de forma simultánea. No hay un “principio” y un “final”. ¿Cómo puede ser posible?
La respuesta llega de la mano de Gary (el físico del equipo), quien mientras tanto está luchando por explicarles física newtoniana a los heptápodos. Estos no entienden el concepto de causa y efecto, y sin embargo son excelentes en otro tipo de física, como la que propone el complejísimo principio de Fermat, según el cual una luz que se refracta en el agua tuerce su rayo porque toma siempre el camino más veloz posible, pero para hacerlo, parece haber calculado previamente el camino, como si supiera a dónde va a llegar antes de partir, que es una de esas paradojas que a los escritores nos retuercen el cerebro. Pero para no alargar el resumen, digamos que la conclusión a la que arriban los dos investigadores es que los idiomas terrestres y los de estos alienígenas difieren en la medida en que difiere la forma en la que conceptualizan (y perciben) el tiempo. Para nosotros, la lengua es secuencial, es una flecha que se dispara, porque así conceptualizamos el transcurrir del tiempo: pasado → presente → futuro. Para los alienígenas de Chiang, todo lo que ocurre ocurre a la vez. Perciben el propósito o el final de un evento al mismo tiempo que el principio. Por eso su escritura es un solo gráfico cerrado, un círculo irregular pero completo.
En la tesis de la obra, cuanto más hábil se vuelve la protagonista en la lectura del idioma de los alienígenas, más comienza a percibir su propia vida en términos circulares, donde lo que ha ocurrido (la muerte de su hija, específicamente) no es un recuerdo, sino algo que todavía está por pasar, está pasando. La invade un modo de procesar el tiempo influenciado por la lengua de los heptápodos.
Las consecuencias dramáticas de semejante revelación las dejo en manos de quien quiera gozar la historia en cualquiera de sus formatos. Sobre las implicancias filosóficas... bueno, como ya dije: este no es un libro de filosofía. Pero espero que el ejemplo ficcional haya servido para establecer la profunda relación entre la lengua de los humanos y nuestra capacidad cognitiva, puesto que ese es un paso obligado en nuestra búsqueda de respuestas. Si tomamos algunas premisas de un modo estricto —por ejemplo, la idea de que nuestra concepción de la realidad depende de modo directo de nuestra facultad del lenguaje y que eso tiene una influencia en cómo existimos en el mundo—, entonces no es difícil tender a imaginar que la brecha entre las especies es insalvable.
Mi madre, cuando la oportunidad se presenta, recita un viejo refrán español: “Lo que natura non da, Salamanca non presta”. Creo que quiere decir que aquello que no viene con nosotros de la naturaleza no lo podemos conseguir ni estudiando en la Universidad de Salamanca, aunque habría que testear el aforismo en tiempos de IA y cursadas a distancia para saber si se sostiene bajo las nuevas modalidades educativas. En todo caso, veremos a continuación cómo, en Estados Unidos, otras casas de estudio han intentado probar que mi madre se equivoca.





