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Es tentador suponer que el fracaso del intento de enseñarle inglés a un delfín radica principalmente en la incapacidad del delfín para pronunciar la letra “m” (sumado a las otras particularidades del caso). El problema, sin embargo, tiene raíces más profundas. Como los humanos somos animales muy perseverantes, en 1973 lo volvimos a intentar con algunos ajustes, aunque reincidiendo en el error de fondo: en lugar de cruzar el umbral de la aventura y movernos nosotros hacia el mundo maravilloso de los animales, lo que hicimos fue tomar a un chimpancé —el animal más parecido que encontramos a nosotros mismos— y arrastrarlo por el umbral en dirección opuesta, hacia una porción particularmente espantosa de nuestro propio mundo: un suburbio de clase acomodada en Estados Unidos. Esta es otra historia de fracaso, pero también es una historia de traición. Ocurrió hace cincuenta años, en la Universidad de Columbia. El animal en cuestión era un mono y se llamaba Nim.

El Proyecto Nim quedó registrado en un documental, todavía disponible en algún subsuelo de internet. El experimento empezó en 1973 y se extendió unos cinco años. La película —que incluye material de archivo y entrevistas a sus protagonistas— se proyectó en el Festival de Sundance en 2011. La diferencia de paradigma entre esas dos épocas y la nuestra (1973, 2011, 2026) hace que el largometraje, difícil de filmar, hoy sea casi imposible de soportar. Las consideraciones más básicas sobre maltrato animal, los estándares bioéticos, la sensibilidad de los espectadores, todo parece haber cambiado drásticamente para convertir un experimento científico en una película inquietante, donde incluso las escenas felices anuncian una sombra de terror.

La investigación de la que da cuenta Project Nim quería saldar la antigua dicotomía nature vs. nurture. Es decir, definir si somos lo que somos por naturaleza o si la crianza es la que nos moldea. Cualquier genetista puede afirmar hoy que se trata de ambas cosas: con las herramientas que recibimos de la naturaleza —nature— nos vamos transformando en quienes seremos a partir de la influencia del entorno —nurture—. Sin embargo, el psicólogo Herbert Terrace tenía una posición más radical y creía que bastaba con comenzar a ejercer esa influencia del entorno lo suficientemente temprano y de manera sostenida para que un chimpancé pudiera comportarse como un humano. Para lograrlo, diseñó un experimento simple: fue a un refugio de animales, arrancó a un bebé mono de dos semanas de los brazos de su madre y lo entregó en adopción a Stephanie LaFarge, una de las investigadoras de su equipo, quien lo llevó a vivir con su familia en California.

El mismo documental define a la familia de LaFarge como un grupo de hippies ricos. Disponían de tiempo, espacio y una mentalidad liberal tan arraigada que no consideraron necesario apegarse a ningún tipo de plan de trabajo. Simplemente, incorporaron al bebé a la familia, lo bautizaron Nim —por razones que explicaré oportunamente—, pasaron tiempo con él, le enseñaron lenguaje de señas y lo vieron crecer feliz, como a un hijo más. Lo vestían, le ponían pañales, lo amamantaban y lo cuidaban. Y Nim respondía acorde a ese tratamiento: jugó, aprendió y, naturalmente, estableció lazos filiales. En las primeras instancias, el vínculo se dio de la forma más esperable: un mamífero es un mamífero, y será siempre receptivo a las caricias, el calor corporal, los juegos estimulantes y el descanso reparador. Pero lo que fascinó a todos fue el éxito de Nim en la adquisición de lenguaje de señas. A medida que los años pasaban, Nim aprendía más y más términos. Para el fin del proyecto, sabía decir 125 palabras, incluyendo las básicas de supervivencia (“comer”, “beber”, “naranja”, “manzana”), las referentes a interacciones (“cosquillas”, “jugar”, “abrazo”, “dame”) y los pronombres principales “(yo”, “tú”, “él”, “ella”). Todo eso habría sido suficiente para garantizarle a Nim (y a sus cuidadores) una gran fama mundial, pero las cosas en ese punto apenas estaban tomando velocidad. El proyecto se volvió realmente vertiginoso cuando Nim aprendió a combinar las palabras en estructuras sencillas: “yo + jugar”, “cosquillas + Nim” o “más + comida”. A simple vista, el mono estaba aprendiendo a hablar como un ser humano, aunque fuera de forma tosca. Sin necesidad de aparato fonador y sin tecnología de alta gama, nomás con un tradicional lenguaje de señas. Era demasiado bueno para ser cierto.

Por supuesto, Nim no dejaba de ser un mono. Con frecuencia incurriría en algunos comportamientos asociales, como trepar por la casa, destruyéndola a su paso, o desafiar a todas las figuras masculinas que podían interponerse entre él y su madre postiza, pero esto parecía un precio razonable a pagar por verlo progresar. En cualquier caso, esas “animaladas” sólo resaltaban el mérito de que el aprendizaje estuviera produciéndose en un ser salvaje. La familia de LaFarge lo justificaba argumentando la corta edad del mono y llamaba a confiar en su proceso de maduración. Sin embargo, conforme pasaban los años, la agresividad de Nim no hacía más que aumentar.

Como director del proyecto, Terrace hacía visitas frecuentes a la casa de LaFarge y no le gustaba lo que veía. No había toma regular de datos ni se criaba a Nim con las restricciones propias de cualquier infante humano, sino que el mono gozaba de una libertad absoluta, lo que ponía pies para arriba el experimento: al despojarlo de parámetros claros, la crianza de Nim no podía compararse con la de un niño cualquiera de Estados Unidos. Así que Terrace tomó una decisión: le quitó la tenencia de Nim a la familia de LaFarge y lo llevó a una finca alejada, donde pasó al cuidado de nuevos voluntarios que, al igual que los anteriores, tenían una gran convicción de que estaban cambiando el mundo. Allí Nim continuó ampliando sus conocimientos sobre el lenguaje de señas y comunicándose de forma fluida para pedir comida, ir al baño o reclamar afecto. Más temprano que tarde, se convirtió de veras en una celebridad. De hecho, alcanzó a figurar en la tapa de la revista The New York Times, con el título “First Message from the Planet of the Apes”.

Pero el proyecto avanzaba bajo vientos cruzados. Porque a medida que Nim se adaptaba a una vida aburguesada, se iba volviendo cada vez más hostil e impredecible. Mordeduras a varios cuidadores, destrucción del entorno ante una frustración, cambios de humor repentinos y ataques de dominancia donde intentaba dejar clara su posición en el grupo fueron la señal insoslayable de que Nim había entrado en la adolescencia. Y cuando le mordió la cara a su cuidadora Laura Ann, algo se rompió para siempre. Laura estuvo tres meses intentando sanar una herida que le dejaba la cavidad de la boca al aire y que los médicos no podían coser por miedo a posibles infecciones. Fue una recuperación lenta y, como cabe esperar, la llevó a abandonar el proyecto. Pero antes, decidió ir a visitar a Nim por última vez. Pretendía tener una última conversación sobre su comportamiento con ella. Darle un cierre al vínculo. Tan pronto Nim la vio, intentó atacarla nuevamente. Ese fue el fin de la era dorada del experimento.

En 1977, Terrace decidió que ya contaban con demasiada data y que aún ni siquiera la habían procesado adecuadamente. Debían cerrar el proyecto. Esto, tan fácil de decir, significaba tomar la difícil decisión de que Nim dejara de vivir. O, por lo menos, que dejara de vivir con humanos, cosa más fácil de decir y aceptar que de implementar. La mejor idea que tuvieron fue dormirlo con somníferos, subirlo a un avión y llevarlo al centro de Oklahoma donde lo habían adoptado. En comparación con las quintas parquizadas en las que Nim había crecido, el centro parecía un lugar tenebroso, un zoológico constituido por jaulas y guardias con picanas eléctricas. Los primeros momentos de Nim en aquel lugar están registrados con cámaras de filmación caseras pero de buena calidad: las imágenes nítidas en blanco y negro dejan distinguir sin dificultad al chimpancé y el terror que lo invade al ver a otros monos por primera vez en su vida, sus repetidos intentos de huir, el refugio que busca en los brazos de una cuidadora como un niño asustado.

La mudanza fue una pesadilla. Con mucho esfuerzo, lograron que Nim cultivara algo parecido a la amistad con otro mono, seleccionado como el más dócil de todos los internos. Continuó recibiendo visitas de uno de los cuidadores y durante un tiempo se le hizo seguimiento a su estado de salud. Sin embargo, la oportunidad de finalizar la historia de una forma relativamente aceptable se perdió completamente: poco después, el refugio vendió a Nim a un centro de investigación para que se lo utilizara en pruebas de vacunas para VIH, hepatitis y otras enfermedades. Ahí, las jaulas se hicieron más pequeñas, los espacios verdes se perdieron por completo y la luz del sol fue reemplazada por los tubos fluorescentes del laboratorio. Nim hubiera sido sometido a torturas médicas si no fuera porque en el último minuto fue rescatado por el sistema legal y la presión de los activistas.

Al mismo tiempo que Nim tocaba ya el más oscuro de los abismos, Terrace arribaba a una conclusión fatal: habían interpretado mal los datos durante todos aquellos años. Nim no sabía hablar. Para explicar esto, es relevante señalar, ahora sí, que el nombre de Nim era ante todo una burla. “Nim Chimpsky” tenía por objeto ridiculizar a Noam Chomsky, ya entonces un importante lingüista que aseguraba que los animales y los seres humanos tenemos sistemas de comunicación absolutamente diferentes, y que, por lo tanto, no hay entrenamiento posible que permita a un animal adquirir una gramática, así como no hay entrenamiento posible que permita a un saltador olímpico volar como un pájaro. De allí que Terrace haya tenido que declarar una doble derrota o, como prefirió decirlo él: “cambiar de opinión respecto a los datos recopilados”. Nim era un mono y ninguna crianza podía transformar su naturaleza por completo. Para regocijo de Chomsky, Terrace comprobó que el mono sólo había logrado memorizar secuencias de palabras, pero no poseía sintaxis: es decir, no sabía generar estructuras que le permitieran construcciones verbales nuevas. Sólo podía repetir lo que había visto (y oído). Por ejemplo, la frase más larga de Nim que se ha registrado es una secuencia de gestos que se traducen como: “dar naranja yo dar comer naranja yo comer naranja dar yo comer naranja dar yo tú”. La intención de la frase es clara, quizá demasiado clara por la insistencia, pero la falta de estructura es evidente. Y si Nim no controlaba la estructura de las frases que producía, entonces no podía generar frases nuevas. Esa habilidad quedaba aún en territorio humano. Y en consecuencia, todo el sufrimiento por el que Nim había pasado —con el bonus de su reclusión en un centro de investigación de enfermedades— dejaba de parecer un costo aceptable para refutar una hipótesis mal fundamentada. Como humanidad, la única conclusión posible fue la certeza de haber torturado y sacrificado a un chimpancé y, al final de todo, no haber aprendido nada que Chomsky no nos hubiera dicho antes.

Los últimos años de Nim fueron quizás menos tristes, aunque el consuelo sea poco. La presión social fue tan alta que un abogado tomó su caso y afirmó que, si el mono había sido tratado toda su vida como un humano, entonces debía ser representado legalmente como un humano. Incluso solicitó que tuviera su oportunidad de declarar en corte, cosa que los jueces negaron por no tener Nim estatus de persona jurídica. Al final del proceso, un amante de los animales —Cleveland Amory— que poseía un rancho de rescate lo compró y lo hospedó. Así, Nim se salvó de los peores destinos, pero pasó sus últimos años en un lugar donde no sabían cómo tratar con un chimpancé y donde su naturaleza gregaria chocaba contra una soledad inevitable. La esperanza de vida de un chimpancé en estado salvaje ronda los 40 años, mientras que en cautiverio, sin depredadores, puede extenderse a 50 o 60. Nim murió de un ataque al corazón en el año 2000, a la corta edad de 26. Hasta último momento, siguió recibiendo ocasionales visitas de su antiguo cuidador, Bob, con quien había desarrollado un vínculo estrecho. Básicamente, se dedicaban a pasear por el parque y fumar marihuana.

Finalizado el relato y dando por sentado que cualquier miembro de una especie con glándulas lagrimales estará en este momento atendiendo sus secreciones, cabe volver al tema que nos ocupa y sacar algunas conclusiones propias.

Ante todo, podemos dar por comprobado que la mejor forma de comunicación interespecie no es colonizar culturalmente a un individuo ahogándolo en nuestros propios modos de vida y enseñándole una lengua que le resultará alienígena. Lo visto hasta acá debería obligarnos a entender que, en todo caso, somos nosotros quienes debemos afrontar el desafío con una rodilla en la tierra. Debemos hundir la cabeza en las culturas ajenas, aprender los idiomas que nos son extraños e intentar encontrar luz allí donde no sabemos si la hay. Cualquier otro método nos llevará al camino de la crueldad, dejará un tendal de destrucción, delfines suicidas, chimpancés con muertes prematuras por tristeza, y vaya uno a saber de qué otras historias no nos enteramos. La historia de Nim es horrible, pero al menos podríamos aprender de ella. Como dice Ted Chiang, el autor de La historia de tu vida: “No se puede cambiar el pasado. Existe el arrepentimiento, existe la enmienda y existe el perdón. Eso es todo, pero alcanza”.

Mientras tanto, este ensayo acaba de agenciarse un nuevo objetivo: encontrar, entre todas las especies que existen, cuál es el interlocutor más probable. Ahora sabemos que además de estar a escala y poseer conciencia fenomenológica, debe contar con algún tipo de sintaxis. Pero ¿qué es exactamente la sintaxis? ¿De qué modo puede tenerla otro animal?

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Biografía del autor:
Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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