/ Cosas que mi gato tendría que saber
Capítulo 7

Un estornino en el fondo de la mar

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A esta altura, no cabe duda de que pensamiento y lenguaje tienen un vínculo fuerte. Están en una relación tan estrecha que analizar uno suele revelar cosas sobre el otro. ¿Qué parte del lenguaje humano es tan única y privilegiada que no podemos encontrarla en otras especies? Esta pregunta obliga a volver a Chomsky, ahora no en su versión de hombre casi-burlado (ni para polemizar sobre las noticias de su vida), sino para considerar seriamente su trabajo.

Como vimos, para Chomsky, el lenguaje de los animales y el de los humanos son absolutamente irreconciliables. Y a fines de demostrarlo, se obsesionó con encontrar una “gramática universal”: los principios que explicaran el funcionamiento del lenguaje humano en sus estratos más básicos, un conjunto de reglas que fueran las mismas para todas las lenguas. No reglas propias de cada código —inglés, alemán, griego, swahili—, sino una suerte de termodinámica de la comunicación verbal. Las bases mismas sobre las que construimos nuestro imperio de la razón.

Es importante señalar acá dos cosas. Primero, en la época en la que Chomsky escribió la primera versión de sus teorías, “universal” equivalía a “todos los seres humanos” y no a “todos los seres conscientes”, ni mucho menos a “todos los seres vivos”. Después de lo de Nim, ni sus detractores más osados se atrevieron a pelear con esta parte de su pensamiento. En el mejor de los casos, la idea de que una especie no humana pudiera tener un lenguaje articulado equivalente al de los humanos sería como esperar que alguien no perteneciente al planeta Tierra pudiera ganar el concurso Miss Universo: técnicamente posible, altamente improbable. Segundo, como ya mencioné, Chomsky parte de la convicción de que los seres humanos tenemos un centro de procesamiento de lenguaje en el cerebro —ya sea centralizado en un grupo de neuronas especializadas o no, eso no importa—, que nacemos con él y que por eso estamos predestinados —salvo enfermedades específicas u otras excepciones— a desarrollar la facultad del lenguaje. Para el investigador estadounidense, un niño experimental al que adrede nadie le enseñara a hablar ni lo expusiera al lenguaje articulado de los adultos podría por lo menos crear los rudimentos de una lengua. Y esos rudimentos sólo podrían ocurrir dentro de los rígidos límites de la gramática universal, leyes de las que nadie puede escapar. O sea: si Nim hubiese tenido un módulo de procesamiento de lenguaje en su cerebro, habría aprendido algo del idioma de los humanos por mera exposición, aunque nadie se lo enseñara.

En 1965 Chomsky intentó explicar de qué forma esta realidad del lenguaje se anclaba en nuestra realidad biológica y desarrolló su primera teoría al respecto, la teoría estándar. Básicamente, esta teoría asume que existe una estructura profunda en el cerebro donde se genera el significado y, luego, por una serie de reglas y operaciones, se van armando bloques hasta llegar a la estructura superficial, es decir, la oración en su forma final, lista para ser enunciada. Aquí, el corazón del lenguaje es la sintaxis, que late bajo todas las estructuras. Es la mecánica secreta que gobierna el modo en que podemos combinar palabras para obtener estructuras mayores, darle a cada una su lugar, agruparlas en constructos intermedios y jugar a moverlas de acá para allá, modificando o no el sentido de la frase. Decir palabras, sí, pero decirlas en un orden lógico. Decirlas en un orden lógico, sí, pero jerárquico, como quien construye una pirámide con bloques de madera. El principal objetivo de Chomsky en esta etapa era alinearse con las ciencias naturales, establecer una teoría que explicara por qué crece en nosotros un lenguaje como crecen los brazos, sin importar en qué parte del mundo tenga lugar nuestro nacimiento y desarrollo.

Por alguna razón, la sintaxis es problemática como campo de estudio para la mayoría de los estudiantes (entre los que me incluyo), y es una de las primeras disciplinas que una persona elige ignorar. Entender la sintaxis de la propia lengua es hacer consciente un saber que ya poseemos, que aplicamos a diario, que ejecutamos con gracia la mayor parte del tiempo, pero cuyo funcionamiento cuesta explicar, como pilotos haciendo complejas piruetas en aviones sin tener la menor noción de aerodinámica. Pero no hay que desesperar. La sintaxis es uno de esos acertijos que resultan muy obvios cuando uno conoce la respuesta. Y, al menos para los estudiosos de esta noble disciplina, la respuesta son los núcleos.

Todo en la sintaxis parte de un núcleo que se expande. Y para la Biblia, lo primero es el verbo. El verbo es el núcleo de la oración y a partir de él se ordena todo. De hecho, las oraciones no verbales —“¡Qué calor!”— son de escaso interés para la sintaxis (aunque luego se volverán de muchísimo interés para el pensamiento sobre el lenguaje que desarrollaron los pragmáticos, como veremos en otro capítulo). Lo que importa es siempre encontrar ese núcleo. Probemos una oración:

[Los lobos grises aullaron a la luna llena desde la cima de la montaña.]

El núcleo principal está ahí, a la vista. Gracias a que el verbo [aullaron] porta información gramatical (número, persona, tiempo), puedo identificar el otro gran sintagma de la oración: [Los lobos grises], que vendría a ser el sujeto. Después tenemos [a la luna llena] y [desde la cima de la montaña], que, junto con el verbo, forman el predicado y son sintagmas que proveen información extra sobre aquel aullido: qué objetivo tenía, dónde ocurrió, en qué circunstancias. Por eso se llaman circunstanciales.

Al final, el análisis de la oración luciría así:

Como se ve, la unidad más cara a la sintaxis no es la palabra, sino el sintagma, que puede ser una oración completa o también una construcción intermedia, un segmento que se puede mover de acá para allá y ocupar distintos lugares siempre que siga encajando correctamente con los demás para que el puente no se desmorone:

[Los lobos grises] [aullaron] [a la luna llena] [desde la montaña]

[aullaron] [a la luna llena] [Los lobos grises] [desde la montaña]

[desde la montaña] [Los lobos grises] [aullaron] [a la luna llena]

Es un juego de bloques. Lo que no se puede hacer es desordenar las palabras de modo tal que se rompan los bloques:

*[Los lobos] [desde aullaron] [la montaña] [a la luna][grises] [llena]

Ahora bien, gracias a una suerte de recursos (preposiciones, pronombres, conjunciones), la sintaxis puede combinar conceptos para hacer emerger nuevas ideas. Subordinar una dentro de otra, coordinarlas, oponerlas. Subir el nivel de complejidad del enunciado hasta volverlo vertiginoso. Por ejemplo, con la recursividad infinita:

[El hombre jugaba con cartas que habían sido traídas de España que estaba en guerra con Francia donde se fabricaban naipes que eran de una baraja diferente porque había sido diseñada por un hombre que jugaba con cartas traídas de España…]

Esta capacidad de la sintaxis es uno de los rasgos más fabulosos del lenguaje y puede transformarse rápidamente en un desafío insuperable para cualquier cerebro. Pero no todo es angustia y frustración. El mejor y más famoso ejemplo de recursividad infinita es esa canción que dice:

Hay un hoyo en el fondo de la mar,
Hay un hoyo en el fondo de la mar,
Hay un hoyo, hay un hoyo, hay un hoyo en el fondo de la mar.

Hay un palo en el hoyo en el fondo de la mar,
Hay un palo en el hoyo en el fondo de la mar,
Hay un palo, hay un palo, hay un palo en el hoyo en el fondo de la mar.

Hay un sapo en un palo en el hoyo en el fondo de la mar,
Hay un sapo en un palo en el hoyo en el fondo de la mar,
Hay un sapo, hay un sapo, hay un sapo en un palo en el hoyo en el fondo de la mar.

Hay un ojo en un sapo en un palo en el hoyo en el fondo de la mar,
Hay un ojo en un sapo en un palo en el hoyo en el fondo de la mar,
Hay un ojo, hay un ojo, hay un ojo en un sapo en un palo en el hoyo en el fondo de la mar.

Hay un pelo en el ojo en un sapo en un palo en el hoyo en el fondo de la mar,
Hay un pelo en el ojo en un sapo en un palo en el hoyo en el fondo de la mar,
Hay un pelo, hay un pelo, hay un pelo en el ojo en un sapo en un palo en el hoyo en el fondo de la mar.

Hay un piojo en el pelo en el ojo en un sapo en un palo en el hoyo en el fondo de la mar,
Hay un piojo en el pelo en el ojo en un sapo en un palo en el hoyo en el fondo de la mar,
Hay un piojo, hay un piojo, hay un piojo en el pelo en el ojo en un sapo en un palo en el hoyo en el fondo de la mar.

La evidencia sugiere que los animales no humanos pueden usar lenguaje referencial, pero son incapaces de dominar estructuras sintácticas complejas. Y este es un problema insalvable para nuestro objetivo, porque hasta acá parece ser que la sintaxis es el fuego en el que se cocina nuestro pensamiento, la cuchara mágica que nos permite generar una cantidad infinita de oraciones a partir de un set finito de elementos y luego pescar ideas del fondo de nuestro cerebro. Es nuestra máquina de crear significados infinitos. Para demostrarlo, Chomsky señaló que tenemos la capacidad de comprender y generar frases que jamás han sido concebidas en la historia de la humanidad. Como ejemplo, él mismo acuñó una oración gramaticalmente perfecta pero semánticamente absurda: “Verdes ideas incoloras duermen furiosamente”. Nuestro cerebro reconoce la estructura aunque la imagen no tenga sentido. El argumento es tan convincente y el ejemplo tan claro que con el paso de los años esa frase irrepetible fue repetida una innumerable cantidad de veces.

Mucho tiempo después —en 1983, cuando ya había ocurrido todo el asunto con Nim—, Chomsky decidió que su teoría era demasiado engorrosa: en lugar de concebir cerebros que tienen que operar mil transformaciones para producir una frase de acuerdo al idioma en el que están operando, propuso que todos los idiomas tienen los mismos principios básicos (reglas universales inquebrantables, del tipo “toda frase debe tener un núcleo”) y que esos principios habitan la estructura misma de nuestro cerebro. Las variaciones entre lenguas y dialectos corresponderían a parámetros, una especie de interruptores de luz (on/off) que varían según el idioma que una persona escucha al crecer. Un ejemplo claro de esto sería la categoría de sujeto: ¿es concebible un idioma sin sujetos? No lo es. Eso es un principio. Pero la forma de consignar el sujeto en la frase puede tomar parámetros distintos según el idioma: en inglés debo expresarlo obligatoriamente mientras que en español puedo dejarlo tácito, gracias a que la información de persona y número están en el verbo flexionado. Por ejemplo: en inglés debemos decir “I am going to talk to a spider”, no es posible decir simplemente “going to talk to a spider” (excepto en contextos particulares donde la oralidad rompe las reglas aprovechando que el contexto de la conversación repone la información perdida). En español, puedo pronunciar únicamente el predicado: “voy a hablar con una araña”, pues el verbo “voy” ya indica que soy yo, como el verbo “vas” indica que sos vos y “va” indica que es él o ella. Mismo principio, distintos parámetros.

Lamentablemente, esta teoría, que sonó muy convincente a muchas personas, al mismo Chomsky le resultaba defectuosa. Él estaba buscando la forma de explicar la conexión de la mente profunda con la superficie del habla y creía que el secreto debía estar en la evolución, puesto que, como vimos, sólo nuestra especie evolucionó de forma tal de poder convertir pensamientos en palabras. Si todos los humanos tenemos una gramática universal dentro de nosotros, heredada, latente desde el momento en que nacemos y que se expresa y construye muy rápidamente en los primeros años de nuestras vidas, esa gramática universal debía tener reglas sencillas. No podía incluir todos los mecanismos ad hoc que la teoría de principios y parámetros desarrollaba. ¿Por qué? Porque la humanidad capaz de hablar es un animal reciente en la historia de la vida, no hubo tiempo de desarrollar una maquinaria tan complicada como la que él estaba imaginando. Necesitaba encontrar una única función en lo profundo de nuestro cerebro que diera pie a todo el palacio del lenguaje.

Quedaba, por supuesto, un último tiro en la cartuchera de Chomsky, y es su última tesis. El programa minimalista es una versión más depurada de sus teorías anteriores y busca responder una pregunta: ¿cuál es el diseño más perfecto, económico y simple posible para que el cerebro conciba un enunciado?

Para responderla, propuso un concepto clave: el ensamble (merge). Un principio matemático, un motor de cálculo, un centro ciego de generación de lenguaje donde todavía no hay significado (cosa que emergerá después, delegada en otras zonas del cerebro), sino una única operación lógica y sintáctica. El ensamble simplemente toma dos elementos (ej: “el” + “perro”) y los une para formar uno nuevo (“el perro”). Luego toma ese bloque y lo une con otro (ej: “corre”), y así sucesivamente, construyendo el árbol sintáctico que vimos, pero de abajo hacia arriba. De este modo, una frase nace como una arquitectura puramente mental, enterrada en los confines del poderosísimo cerebro humano, y a través de una serie de procesos computacionales va traduciéndose hacia el exterior, hasta tomar finalmente el cuerpo de un enunciado dicho en voz alta o, por lo menos, pensado de forma consciente de acuerdo a las reglas de la gramática de la lengua de ese hablante.

Esta capacidad de ensamblar, uniendo, intercalando y anidando términos para enriquecer el enunciado de abajo hacia arriba, como quien hierve un guiso improbable, sería en principio infinita. Tendría como límite únicamente la capacidad de memoria del hablante, pero sería, ahora sí, por fin, una cualidad humana innegable. No habría en todas las especies estudiadas una capacidad similar.

Pero después nos pusimos a estudiar a los estorninos.

A los fines de escribir este libro, ya había solicitado una entrevista con el investigador Gabriel Mindlin. Me recibió una tarde soleada en el Pabellón I de Ciudad Universitaria. Recién empezaba el verano y recorrimos pasillos silenciosos, donde sólo acá o allá se dejaban entrever personas enfrascadas en investigaciones que no conocen de licencias.

Con total generosidad, Gabo —así pidió que lo llamara— compartió conmigo sus trabajos sobre el canto de las aves. Según había podido establecer a lo largo de años, el canto de ciertas especies de aves puede ser intervenido por los humanos. Esto quiere decir: podemos grabarlos, recortarlos, generar nuevas melodías con inteligencia artificial y exponer a las aves a esos nuevos cantos. En la línea nature vs. nurture, su descubrimiento corrobora la experiencia con Nim: los pájaros son capaces de aprender nuevas secuencias sonoras, pero no de hacer algo nuevo con ellas que no sea repetirlas. Y llegados los momentos clave de sus vidas —el apareamiento, el anuncio de peligro, la proximidad del invierno—, abandonan todas las que aprendieron por intervención humana para volver a cantar las canciones que conocen desde siempre. A nivel “cultural” —Gabo usa libremente esa palabra y parece válido—, es un hecho hermoso: su equipo pudo recuperar viejos hits perdidos de los años 60, reconstruirlos con IA, y los volvió a implantar en poblaciones de ruiseñores colocando discretos parlantes escondidos en sus hábitats. Después de un tiempo de escuchar las grabaciones, los ruiseñores empezaron a cantar de nuevo aquella música que hacía décadas se había perdido por el mero devenir de las poblaciones y sus suertes. Gabo me lo contaba con una sonrisa, maravillado de su propio trabajo y equipo, como una suerte de influencer musical que logra volver a poner de moda el tango entre jóvenes traperos.

También me mostró cómo se dibuja una frase musical, la tríada de músculos que las aves combinan para cantar (pueden desplegar más de 4000 notas) y me regaló una clase introductoria y cálida sobre la interacción con otros animales. Incluso me contó acerca del procedimiento de diagnóstico por imágenes que les permite conocer cuándo un ave está teniendo una pesadilla y sobre qué es la pesadilla en cuestión.

Más pronto que tarde, empecé a olvidar por qué había ido hasta allí. Ahora sólo quería saber sobre las pesadillas de los pájaros y la ciencia que nos permite leerlas. Pero no era lo que había ido a buscar. Aquello que se hacía en la universidad no era hablar con los animales. Es cierto que tenía el mérito de jugar con sus lenguas y no con las nuestras. Y también mostraba una primera intervención productiva de la IA. Pero lo cierto es que me levanté de la mesa un poco más confundido que antes.

Fue entonces cuando Gabo, para colaborar con mi pesquisa, me comentó un paper publicado en EE.UU. sobre los estorninos. El objetivo del paper era, una vez más, pelearse con Chomsky. Pero, esta vez, desde un lugar mucho más humilde y respetuoso. Sus autores delimitaron un objetivo claro: entender si otras especies eran capaces de diferenciar una secuencia de sonidos construida con reglas de recursividad (algo que hasta ahora creíamos que sólo los humanos podíamos hacer) de una simple secuencia de sonidos repetida. Eligieron a los estorninos.

Los investigadores aislaron ocho motivos sonoros de gorjeos y ocho de traqueteos propios de estos animales, y asignaron una letra a cada tipo: A y B. Con estas piezas, diferenciaron dos tipos de estructuras. Las primeras seguían una regla sencilla donde el mecanismo para armar secuencias consistía simplemente en añadir elementos nuevos al final de la cadena, dando forma a un patrón ABAB. Como armar un collar de perlas alternando un color y el otro: una regla puramente lineal y repetitiva. El segundo tipo de estructura, en cambio, era más complejo y recursivo: sus frases se generaron inyectando o anidando los nuevos bloques de sonido justo en el centro de la frase anterior. Para llegar a un patrón del tipo AABB, el bloque original (AB) era “abierto” al medio y se le incrustaba otra cosa adentro (A-[AB]-B). El punto central es que entender esto implicaría percibir una jerarquía oculta, no sólo memorizar una secuencia. Luego, entrenaron a once estorninos mediante un sistema de recompensas para que aprendieran a diferenciar ambos tipos de estructura, que podríamos entender como una sintaxis simple y una sintaxis compleja. Finalmente, aunque después de muchísimo tiempo y trabajo, nueve de los once pájaros lograron aprender la tarea.

Se tomaron algunos recaudos que sería engorroso reponer acá, pero cuyo noble objetivo era probar que los estorninos no estaban usando estrategias simples para engañar a los investigadores, sino que realmente estaban reconociendo la estructura central de la gramática propuesta. Los rieles de este ensayo nos invitan a no detenernos demasiado en cada estación, así que saltaré a la conclusión, que es el motivo por el cual Gabo me puso en conocimiento del paper: el estudio demostró que los estorninos pueden reconocer patrones acústicos estructurados mediante reglas recursivas, con lo cual esa facultad ya no puede afirmarse que sea privativa de los seres humanos.

Claro que, como victoria, tiene gusto a poco. Para que el lenguaje florezca, no alcanza con dominar la recursividad. Basta comparar el cerebro del estornino más inteligente contra el del ser humano más idiota para ver que nosotros contamos con un equipamiento más complejo, de modo que la postura central de Chomsky parece sostenerse, aunque en el caso específico de la recursividad los pajarracos nos igualen. Por lo menos ahora podemos hacer dos cosas:

Primero, podemos darle mayor credibilidad a Mozart y la historia de cómo, al pasar por la puerta de una tienda de mascotas, escuchó a un estornino silbar parte de su Concierto para piano n°17. Naturalmente, Mozart compró el pájaro y desarrolló un vínculo profundo con él a lo largo de tres años. Cuando murió, le hizo un funeral pomposo y le escribió un poema que leyó en voz alta frente a los amigos.

Segundo, podemos asegurarle a mi gato que la más famosa de las capacidades lingüísticas humanas existe en otras especies y, por lo tanto, no habría motivo para pensar que no podemos encontrar repartidos, aquí y allá, a lo largo y ancho del reino animal, los otros componentes necesarios para sostener una conversación: escala, conciencia fenomenológica, capacidad de articular sonidos, sintaxis… El desafío es encontrar una especie, además de la nuestra, que los contenga a todos.

Y, por supuesto, un traductor.

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Biografía del autor:
Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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