Una nación es una comunidad de personas históricamente constituida y estable, forma-da sobre la base de un idioma, un territorio, una vida económica, y una constitución psicológica comunes que se manifiestan en una cultura compartida.
Iósif Stalin,
El marxismo y la cuestión nacional (1913)
La comunidad imaginada
Uno de los ejercicios intelectuales más complejos de llevar a cabo es el de cuestionar lo que uno da por sentado. La dificultad reside en el hecho de que, justamente, uno no sabe a ciencia cierta cuáles son las cosas que da por sentadas. Por ejemplo, que el mundo se organiza en naciones que, a su vez, generalmente, conforman Estados. La trampa aquí reside en dos cuestiones centrales. Por un lado, lo relativamente muy reciente que es el concepto moderno de nación. En muchos sentidos, se trata de una de las tantas innovaciones producto de la Revolución francesa y, como tal, en términos de los largos tiempos históricos, es una idea tan novedosa como la de Modernidad industrial.Se puede naturalmente señalar que la palabra “nación” existía desde ya mucho antes. Por ejemplo, el patriarca Abraham figura en la Biblia como el “Padre de Naciones”. Esto es innegablemente cierto, pero se debe tener en cuenta de que las palabras cambian de significado con el tiempo. Por ejemplo, el significado actual de la palabra “tirano” dista mucho de su definición original en la antigua Grecia, donde se usaba meramente para describir a un rey que no había heredado su trono. La otra cuestión en juego es aún más curiosa: mientras pensamos los imperios como construcciones artificiosas, que naturalmente transitan ciclos de ascenso y caída, generalmente conceptualizamos las naciones como entidades puramente orgánicas cuya existencia parecería casi eterna. Pero la realidad histórica demuestra que las naciones modernas también tienen una buena cuota de artificialidad y, al igual que los imperios, no dejan de ser construcciones humanas. Un ejemplo notable de ello se encuentra en el caso de Italia. En 1814, el príncipe de Metternich, el gran diplomático del Imperio austríaco, declaró con total desparpajo que “Italia es meramente una expresión geográfica”. Y, al momento de su enunciación, la verdad es que Metternich tenía razón. Desde la caída del Imperio romano de Occidente en el siglo V, la península itálica se encontraba dividida en reinos, principados, ducados, ciudades-Estado y hasta estaba partida a la mitad por los Estados Papales. Pero, menos de cincuenta años después de Metternich, se había fundado un reino unificado de Italia y, hoy por hoy, los italianos conforman una de las naciones más influyentes del mundo: su economía se encuentra hace décadas entre las diez más grandes, es uno de los destinos turísticos más visitados, su diáspora se ha destacado en todos los países que la han recibido, su industria cinematográfica ha producido algunas de las mayores joyas audiovisuales y su cocina es de las más populares del planeta.
¿Cómo se explica la construcción de semejante nación? Bueno, la palabra clave en esa pregunta es “construcción”. Al igual que los imperios, las naciones se construyen, pero en este caso los ladrillos son las mentes y los corazones de sus integrantes. A diferencia de otras organizaciones humanas basadas en lazos puramente sanguíneos (como las tribus) o meramente políticos (como los feudos), las naciones modernas emergieron como una identidad política penetrante, que no solamente abarca a la totalidad de un grupo humano de manera homogénea, sino que además demanda su identificación positiva para sustentarse. A diferencia de los imperios, donde distintos súbditos son súbditos de distintas maneras y donde la membresía del Estado se vuelve más difusa a medida que uno se aleja de la metrópoli y se acerca a la frontera, en una nación todos sus miembros son connacionales en el mismo grado, independientemente de dónde se encuentren localizados, y su lealtad hacia este armado es esperada y frecuentemente demandada.
Una de las definiciones más famosas y útiles de la nación moderna ha sido la de Benedict Anderson, quien la describió como una comunidad política imaginada. En este sentido, imaginada no debe interpretarse como “falsa”, sino como habitando la mente de las personas. Esto se basa en el hecho de que, a pesar de que los miembros de una misma nación nunca se conocerán todos entre ellos, de todas maneras se consideran subjetivamente parte de un mismo grupo humano. De este modo, una nación puede existir incluso sin una realidad política que la respalde, como es el caso de los 30 millones de miembros de la nación kurda, que no tienen un Estado propio.
A su vez, agrega Anderson, las naciones son imaginadas de tres maneras principales. En primer lugar, son imaginadas como limitadas; es decir, con una cantidad finita de miembros que las separa del resto de las naciones. En segundo lugar, son consideradas como soberanas, ya que su concepto moderno se elaboró en contraste con —y en reflejo de— las monarquías absolutas del Antiguo Régimen. Y, por último, son imaginadas como una comunidad porque se constituyen como una identidad horizontal de camaradería que, en teoría, se superpone a otras desigualdades o distinciones que se encuentren dentro de la sociedad. Más allá de diferencias de clase, región o ideología, todos los miembros de una nación son miembros de esa nación en igual medida.
En este último punto reside la increíble potencia política de este concepto. Con el concepto moderno de Estado-nación, por primera vez en la historia se asienta la idea de que decenas o centenares de millones de personas tienen todos un mismo e igual interés en el destino de la unidad política que habitan. La primera demostración concreta de esto la encontramos en medio de las guerras revolucionarias francesas: cuatro años después de la revolución, a mediados de 1793, Francia enfrentaba una guerra contra una creciente coalición de potencias europeas, marcada por numerosas derrotas, deserción, crisis económica y rebeliones internas. En el momento de peligro máximo, el enaltecimiento del patriotismo y la movilización de la nación entera para el esfuerzo de guerra salvaron a la revolución en su hora más crítica y le permitieron disputar la hegemonía europea por los siguientes veinte años. Así, la dirigencia descubrió una de las armas más poderosas de los últimos siglos: la política de movilización de masas.
Al plantearle al pueblo francés (una entidad que en algún sentido se estaba conformando en ese preciso acto) que la nación misma corría peligro y que era el deber de todo hombre joven tomar las armas para su defensa, emergió el concepto de la levée en masse, la conscripción militar en masa de la población civil. Con ella, la Revolución francesa mantuvo durante décadas una fuente prácticamente inagotable de nuevos soldados, incluso mientras la naturaleza misma de la guerra cambiaba: se dejó atrás la era de las llamadas “guerras de gabinete” (1648-1789), una forma limitada, reglamentada y profesionalizada del conflicto bélico, y emergió el concepto de la guerra total, en la que la población entera del país y sus recursos terminan siendo considerados partes del esfuerzo activo de guerra. Esta última forma es la que llegaría a su máxima expresión en las dos guerras mundiales.
A pesar del fin de la aventura revolucionaria francesa con la derrota de Napoleón en Waterloo en 1814, el inmenso poderío político del concepto de nación había quedado demostrado ante los ojos del mundo y en un par de generaciones se iría popularizando. A partir de entonces, se desarrollaron una serie de instituciones, prácticas y tradiciones sobre las que se basó la construcción de esa y otras naciones, como la educación pública, el servicio militar obligatorio, la historia académica y el folklore. El sentido de todas esas prácticas se ancla en la necesidad de generar una identidad común que pueda ser movilizada de forma política. Y son terriblemente efectivas.
Un rey de reyes de Persia o el emperador de China nunca se hubieran preguntado si sus gobiernos ocupaban un lugar especial en el corazón de unos campesinos de alguna alejada aldea. En muchos sentidos, y durante milenios, la política fue un fenómeno que le pasaba por el costado a la gente común. Pero el nacionalismo transformó el significado mismo de lo que se entiende por política. Gracias al nacionalismo y a otras experiencias que le siguieron en el siglo XX, la aceptación pasiva del orden ya no basta para sostener un proyecto político: los ciudadanos deben participar de este de una manera activa y entusiasta.
Nacionalismo cívico argentino
Sin embargo, en términos generales, es posible identificar dos grandes modelos alternativos de nacionalismo: los nacionalismos étnicos, en los que la identidad se basa principalmente en lazos de sangre que unen a un determinado grupo humano, y los nacionalismos cívicos, en los que la identidad nacional se basa en una serie de valores compartidos. A diferencia del nacionalismo étnico, que tiene una visión más exclusiva y rígida de la pertenencia a una nación, el nacionalismo cívico no solamente es inclusivo, sino que es potencialmente universal. Siendo de cierta manera herederos del antiguo modelo de integración romana, los nacionalismos cívicos se plantean como un espacio cultural y moral, potencialmente al alcance de cualquiera que lo desee.
Este fue el modelo adoptado tempranamente por Argentina cuando, luego de su independencia, tuvo que atravesar el complejo proceso de construir un Estado-nación a partir de los territorios y la población heredados del Virreinato del Río de la Plata. El nuevo nacionalismo cívico que reemplazó a los antiguos lazos imperiales se puede apreciar en el mismo preámbulo de la Constitución, que declara que su objeto es el de “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros [el pueblo de la Nación Argentina], para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.
Este marco fundacional le dio a la joven república una capacidad destacable de adaptación, que pronto fue puesta a prueba con la llegada masiva de inmigrantes a finales de los siglos XIX y XX. Frente al inmenso desafío de incorporar a millones de personas provenientes de distintos universos políticos, étnicos, lingüísticos y religiosos, el nacionalismo argentino demostró una fenomenal resiliencia y logró sintetizar una identidad nacional fuerte, inclusiva y multicultural, con un nivel de conflictividad notablemente bajo. A pesar de la naturaleza turbulenta de la historia argentina en el siglo XX, nuestros principales conflictos fueron de carácter político y económico y no de carácter étnico o religioso. En este sentido, episodios como el accionar de la Liga Patriótica durante la Semana Trágica de 1919 son lamentables pero excepcionales dentro de la historia multicultural de nuestro país.
Nacionalismo, socialismo, internacionalismo
Si bien el poder de movilización del nacionalismo permitió un nuevo universo de posibilidades políticas, también fue un factor destructivo para tradicionales sociedades multiculturales como la Turquía otomana, el Imperio austrohúngaro, la Rusia de los Románov y la China de la dinastía Qing. Hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX, el principio de que cada nación podía aspirar a conformar su propio Estado soberano era una fuerza centrífuga que amenazaba con despedazar estos imperios continentales, mientras que la homogeneización demandada por el proyecto nacional hacía que la transición de imperio a república representase un desafío extremadamente complejo para sus gobernantes.
Gracias a la sincronicidad temporal que tuvo el surgimiento del nacionalismo con la otra gran revolución contemporánea, la industrial, los gobiernos pudieron aplicar sus nuevas tecnologías a la construcción de identidades colectivas más inmersivas. Inventos como el telégrafo, el ferrocarril, la imprenta industrial, la radio, el cine y la televisión sirvieron para unificar de manera estandarizada a las naciones no solo desde lo físico y geográfico, sino también desde lo mental e intelectual. Esta expansión del poderío estatal, para bien y para mal, resultó en un estilo de gobierno mucho más presente en la cotidianidad de los seres humanos, y el nivel de reglamentación de la vida privada alcanzó una magnitud sin precedentes.
A su vez, a lo largo del siglo XIX y principios del siglo XX se observa con frecuencia una relación simbiótica entre el interés nacional y el interés del nuevo capital nacional. Gracias a la nueva ola de expansión imperial posibilitada por la industrialización, se pueden hallar decenas de casos de gobiernos nacionales que se zambulleron en aventuras militares en defensa o en nombre de intereses privados, como las guerras del Opio, la colonización de la India y la diplomacia de las cañoneras.Práctica diplomática de potencias europeas del siglo XIX por la cual se empleaban despliegues de poderío naval para conseguir concesiones de países no industrializados, comúnmente para cobrar deudas soberanas.
Pero si bien en los siglos XIX y XX el nacionalismo fue un importante motor revolucionario (ya sea que hablemos de la Revolución francesa, la independencia de Hispanoamérica o el proceso de descolonización de Asia y África), su carácter complejo y adaptable también lo puede volver un pilar considerable del statu quo. Al ver cómo el nacionalismo fue cooptado e instrumentalizado para licuar diferencias e injusticias sociales, diversas corrientes revolucionarias, entre las que se destaca el marxismo, comenzaron a conceptualizarlo como una fuerza conservadora.
Planteando una visión de mundo que dividió a la humanidad entre explotadores y explotados, el marxismo postuló el principio de que las masas trabajadoras del mundo tenían más en común entre sí que con las clases dominantes de sus respectivos países. De esta manera, uno de los principales adversarios del nacionalismo en el tardío siglo XIX y temprano siglo XX fue el socialismo internacionalista, que buscaba reemplazar la conciencia nacional por la conciencia de clase. Desde esta perspectiva, la manera de superar los conflictos que plagaban a la humanidad sería la unión de los trabajadores del mundo, derrocando a los explotadores y diluyendo las fronteras, a las que consideraban poco más que divisiones artificiales.
La gran prueba de fuego de estas dos visiones antagónicas del mundo se dio en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. La esperanza original del socialismo internacionalista de que los obreros de distintas naciones se entendieran no como enemigos, sino como hermanos, y que se rehusaran a matarse los unos a los otros en nombre de sus explotadores connacionales fue rápidamente aplastada por el brutal atractivo de la guerra total. Como nunca en la historia, sociedades enteras fueron movilizadas física y espiritualmente gracias a las nuevas posibilidades que ofrecía la guerra industrial.
Sin embargo, las consecuencias de la Primera Guerra Mundial fueron complejas y contradictorias. Por un lado, la guerra permitió el surgimiento de numerosos nuevos Estados-nación y su posguerra fue testigo de diversos movimientos ultranacionalistas como el fascismo italiano, el nazismo alemán y el imperialismo japonés. Por otro lado, el conflicto produjo el primer país socialista del mundo, la URSS, que se planteó como un nuevo tipo de civilización, con una modernidad industrial alternativa que trascendería las barreras nacionales en función de la construcción de una revolución mundial.
Este escenario, a su vez, fue modificado en el mediano plazo con una nueva guerra mundial que transformó la naturaleza del tablero geopolítico. El proyecto socialista salió en muchos sentidos fortalecido del conflicto y para mediados de siglo contaba con un bloque contiguo desde Alemania del Este a Vietnam del Norte. Sin embargo, la historia del marxismo-leninismo tuvo también un giro nacionalista en sus construcciones particulares. A pesar de los altos niveles de cooperación que se pueden observar en algunos momentos, la mayoría de los gobiernos marxistas-leninistas terminaron protegiendo su poder nacional celosamente, manteniendo altos niveles de desconfianza recíproca y teniendo reiterados conflictos entre sí. De hecho, se observa cómo una y otra vez los cuadros partidarios con mejores relaciones con partidos comunistas de otros países fueron purgados en masa: los cuadros acusados de prosoviéticos fueron purgados en China y en Yugoslavia; los cuadros acusados de prochinos, en Corea del Norte y en Vietnam; los cuadros provietnamitas, en Camboya; y en la Albania de Enver Hoxha fueron purgados de manera consecutiva los cuadros proyugoslavos, los prosoviéticos y los prochinos, a lo largo de tres décadas.
Además, irónicamente, varias de las guerras libradas entre países comunistas se originaron en causas que podrían ser descriptas como nacionalistas, como disputas fronterizas y reclamos territoriales. En 1969, uno de los momentos de mayor tensión de la Guerra Fría, la Unión Soviética y la República Popular China, los dos gigantes socialistas, armados con armas nucleares, lucharon durante meses una guerra fronteriza debido a una disputa de límites nacionales, mientras que la guerra camboyano-vietnamita se originó en un reclamo camboyano de una región del bajo río Mekong.
Este giro nacionalista por parte del bloque socialista fue contrarrestado por un cierto esfuerzo internacionalista del bloque capitalista, posibilitado por el proceso de globalización de la segunda mitad del siglo XX. Gracias al sistema económico global construido por EE.UU. para contener el poderío soviético, las economías alrededor del mundo y por fuera del esquema socialista se fueron integrando como nunca, y hasta antiguos rivales, como Francia y Alemania, en pocos años llegaron a niveles de cooperación otrora impensados.
Esta construcción de lazos económicos fue acompañada también por un marco intelectual, surgido de la recuperación de la antigua tradición del internacionalismo liberal. En términos generales, se pueden hallar los orígenes de esta escuela de pensamiento en la llamada República de las Letras del siglo XVIII, un espacio transnacional de intercambio intelectual entre pensadores y filósofos de distintos rincones del continente europeo unidos por valores ideológicos compartidos.Este fenómeno se dio en el marco del movimiento intelectual y cultural europeo popularmente conocido como la Ilustración, que se desarrolló entre los siglos XVII y XVIII. Apoyándose en los saltos cualitativos del Renacimiento y la revolución científica de siglos anteriores, la Ilustración buscó una transformación sustancial de la sociedad europea utilizando el pensamiento racional, la evidencia empírica, la educación, la legislación y el laicismo como motores del progreso humano.
Si bien este temprano cosmopolitismo de elites de la Ilustración fue opacado por el auge del nacionalismo del siglo XIX, las consecuencias catastróficas de las guerras mundiales sirvieron para revalorizar al internacionalismo liberal: primero con un temprano y tímido ensayo con los postulados del presidente estadounidense Woodrow Wilson y la Liga de las Naciones, y luego con una iteración más robusta en la forma de la Organización de las Naciones Unidas. En contraste con la competencia geopolítica descarnada del pasado, el internacionalismo liberal postula que la cooperación diplomática entre países y la construcción de un sistema internacional de reglas compartidas, organizaciones transnacionales y órganos de arbitraje internacional son los pilares fundamentales para la construcción de una paz mundial duradera. De hecho, este espíritu es claramente observable en la Carta de las Naciones Unidas, que explicita los objetivos de la organización como el mantenimiento de la paz, el fomento de relaciones de amistad entre las naciones basadas en el respeto del principio de igualdad ante la ley, y la búsqueda de la solución a problemas económicos, sociales, culturales y humanitarios a través de la cooperación internacional.
Globalismo
Frente a la pugna de los dos grandes bloques ideológicos de la Guerra Fría, no tardó en surgir un nuevo fenómeno: el nacionalismo popular no alineado del sur global. Esta categoría contiene un conjunto de gobiernos de países de Asia, África y América Latina caracterizados por una visión desarrollista de la economía, una práctica secular de la política, un respeto al entramado institucional del internacionalismo liberal, una concepción casi socialista del rol del Estado en el bienestar de la sociedad, un rechazo de la estructura bipolar de la Guerra Fría y una construcción basada en la movilización de masas. En este grupo, se destacan figuras como el líder independentista de Indonesia, Sukarno, los gobiernos del Congreso Nacional Indio de Jawaharlal Nehru e Indira Gandhi, el nacionalismo árabe de Gamal Abdel Nasser y la Tercera Posición del general Juan Domingo Perón.
Si bien estas políticas intentaron quedarse al margen de la competencia entre superpotencias, las dinámicas propias de la Guerra Fría recurrentemente acabaron por internacionalizar sus propios conflictos internos. Por otro lado, mientras estos movimientos tuvieron destinos muy disímiles entre sí, todos debieron enfrentar en el último cuarto del siglo XX un nuevo fenómeno global: el auge del neoliberalismo y su proyecto para trascender las bases del internacionalismo liberal, es decir, el globalismo.
A pesar de su creciente popularidad en años recientes, este término mantiene un carácter difuso y una multiplicidad de sentidos posibles que deben ser aclarados. El principal punto para destacar es el hecho de que globalismo no es sinónimo de globalización. Esta última es, según Joseph Stiglitz, “la integración más estrecha de los países y los pueblos del mundo, producida por la enorme reducción de los costes de transporte y comunicación, y el desmantelamiento de las barreras artificiales a los flujos de bienes, servicios, capitales, conocimientos y (en menor grado) personas a través de las fronteras”. El globalismo, en cambio, es un marco intelectual dentro del cual se analiza de diversas maneras el fenómeno de la globalización. Sin embargo, a diferencia de escuelas de pensamiento con un cuerpo textual y conceptual definido, como puede ser el marxismo, el globalismo en realidad se refiere a una serie de categorías diversas, dependiendo de si se aplica el término en un sentido académico, ideológico o político.
En un sentido puramente académico, se encuentran definiciones como la de Joseph Nye, que afirma que el globalismo se trata meramente de un intento por “describir y explicar un mundo caracterizado por redes de conexiones que abarcan distancias multicontinentales” y “comprender todas las interconexiones del mundo moderno y destacar los patrones subyacentes que las explican”.
En un sentido ideológico, el globalismo pasa a tener connotaciones cualitativamente diferentes al dejar de considerar la globalización como un fenómeno económico, sino como un objetivo y un bien en sí mismo. Desde este punto de vista, Manfred Steger ha enumerado cinco postulados generales sobre los que se basa gran parte del discurso globalista desde la década de los 90: la globalización se trata de la liberalización e integración global de los mercados; la globalización es inevitable e irreversible; la globalización no es controlada por nadie; la globalización beneficia a todo el mundo; y la globalización promueve la democracia a nivel global.
Finalmente, en un sentido político, los términos globalismo y globalista han sido empleados de forma progresivamente peyorativa por sus detractores, particularmente las nuevas derechas libertarias que han crecido en popularidad en la última década, pero sobre todo desde la pandemia de COVID-19 en 2020. Según argumenta un artículo del Cato Institute, uno de los principales think-tanks libertarios del mundo, el globalismo es una postura programática que buscaría la gestión global a partir de una verticalidad tecnocrática basada en organizaciones supranacionales que minan la libertad, los mercados, la soberanía y la democracia. De esta manera, el globalismo buscaría el beneficio de una “elite global” a costa del ciudadano común, a través de la sobrerregulación de las sociedades a partir de instituciones tales como la OCDE, la agenda ambientalista, el Foro Económico Mundial, la Unión Europea y la ONU.
Para analizar el fenómeno del globalismo, emplearé aquí la segunda definición mencionada, la del globalismo ideológico, que evita las pretensiones de neutralidad objetiva del globalismo académico sin caer en la visión semiconspirativa del uso político del globalismo. Como mencioné en el capítulo anterior, el fin de la Guerra Fría dio lugar al auge neoliberal, cuyo optimismo inicial lo conducía a idear una nueva utopía: un mundo interconectado, próspero, democrático y multicultural. Estos años de una globalización acelerada fueron generando en las grandes metrópolis del planeta lo que se podría definir como una burguesía cosmopolita.
En términos generales, quienes componen este sector se caracterizan por ser personas urbanas, universitarias, profesionales, de clase media para arriba, políglotas, con una o varias experiencias internacionales, que habitan espacios étnicamente diversos y multiculturales unidos por un marco ideológico liberal, generalmente de centroizquierda en temas sociales como género, diversidad sexual, migración o medioambiente, y de centroderecha en temas económicos o de política exterior. Esta burguesía cosmopolita ha sido la beneficiaria central del proceso de globalización y ha sido el principal sector social que la ha sostenido en ámbitos académicos, culturales, políticos, corporativos, internacionales y no gubernamentales.Un ejemplo local, ficticio pero arquetípico, puede hallarse en la película de 2016 El ciudadano ilustre. La trama sigue la historia del consagrado escritor Daniel Mantovani, un burgués cosmopolita interpretado por Oscar Martínez, que se enfrenta a sus orígenes plebeyos al retornar luego de décadas a su pueblo bonaerense natal de Salas.
En términos aspiracionales, este es el sector que ha sido la cara visible de las posibilidades de un mundo globalizado, configurando comunidades de expats, o expatriados, en todo el mundo. Este término coloquial se ha empleado en las últimas décadas para distinguir a aquellas personas que se mudan a otros países de manera temporal, por elección y que lo hacen con ciertas calificaciones profesionales y capital acumulado, distinguiéndose de los trabajadores migrantes que se mudan a otros países por necesidad económica y muchas veces de manera permanente. La versión más extrema de ello es el fenómeno del nómade digital, un término acuñado originalmente en un libro homónimo de 1997. Basándose en una serie de predicciones tecnológicas que demostraron ser notablemente acertadas, este libro argumenta que luego de 10.000 años de vida sedentaria, el siglo XXI por fin les permitiría a los seres humanos librarse de constricciones geográficas, trabajar desde cualquier parte y llevar adelante un estilo de vida nómade, que según los autores es odiado por los gobiernos, ya que los nómades son “más difíciles de gravar e imposibles de controlar”.
Sin embargo, esta burguesía cosmopolita, particularmente en los casos de EE.UU. y la Unión Europea, fue alienando progresivamente a las clases obreras de sus propios países. Y la razón de esto reside en el hecho de que la globalización, si bien ha aumentado la prosperidad general de la humanidad, también ha generado claros ganadores y perdedores.
Un claro ejemplo de ello es cómo la globalización ha impactado negativamente a la clase trabajadora en muchos de los países más desarrollados al desencadenar una oleada de desindustrialización a medida que corporaciones transnacionales relocalizaban sus operaciones a países del sur global.Un caso emblemático de ello se puede encontrar con las políticas neoliberales de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, que fueron continuadas por sucesores progresistas, como Bill Clinton y Tony Blair. A su vez, estas clases obreras desplazadas de un sector manufacturero en rápida decadencia tuvieron que reinventarse en un mercado laboral crecientemente competitivo debido a grandes oleadas migratorias en las décadas de 1990, 2000 y 2010. En muchos casos, este fenómeno migratorio además transformó sustancialmente la composición étnico-cultural, lo que agregó una capa de tensión intercomunitaria a los preexistentes problemas sociales.
La Europa multicultural (o el lecho de Procusto)
En el caso particular de Europa, su realidad crecientemente multicultural presenta un desafío en por lo menos tres dimensiones.
Por un lado, la combinación de la inmigración masiva, el desarme del Estado de bienestar y la globalización de la producción industrial condujo a que en muchos países la clase obrera, tradicionalmente contenida dentro de partidos de centroizquierda (PSOE, Laborista, PSdf) comenzase a virar a opciones más reaccionarias y xenófobas; el caso más emblemático de esto fue el referéndum del Brexit.
Por otro lado, el modelo multicultural apoyado por el globalismo neoliberal tuvo un claro complemento ideológico: la promoción de un paquete de valores liberales compartidos, comúnmente entendidos como la corrección política. Para comprender el intento de sintetizar estos dos valores contradictorios del neoliberalismo (la celebración de la diversidad y la imposición de estándares universales), vale la pena recordar el mito de la antigua Grecia del lecho de Procusto. Procusto era un semidios, hijo de Poseidón, que, acatando las tradicionales leyes de la hospitalidad, recibía en su casa rural a los viajeros que allí arribaban. De acuerdo con lo acostumbrado, les ofrecía un baño, una cena y una cama para pasar la noche. Sin embargo, la particularidad de Procusto residía en que él entraba al cuarto de sus invitados mientras dormían para asegurarse de que el tamaño del viajero coincidiera con el de la cama. Si las piernas del invitado sobrepasaban el límite de la cama, Procusto se las cortaba para que encajaran a la perfección.
Uno de los tantos puntos que se pueden extraer de esta leyenda se encuentra relacionado al exotismo de lo foráneo, particularmente, la manera en la cual una otredad es aceptada en la medida en que se adecúe al preconcepto establecido sobre ella. En otras palabras, la diversidad políticamente correcta que ha desarrollado el neoliberalismo es, en algún punto, profundamente tramposa: distintas nacionalidades, etnicidades y religiones son aceptadas y hasta celebradas en la medida en que quienes las posean también hayan abrazado los valores políticos y sociales del neoliberalismo. Es decir, la diferencia es solo valorada en tanto que no resulte disruptiva y, en algún punto, que no sea verdaderamente tan diferente. Sin embargo, cuando comunidades dentro del sistema europeo retienen sus propios valores identitarios que frecuentemente son de carácter no liberal, se presentan ciertas dudas sobre la viabilidad de un modelo globalista, cuestionado por distintos frentes.
Finalmente, el multiculturalismo representa un desafío fuerte al nacionalismo europeo. Si bien, como se mencionó anteriormente, Europa fue la cuna del Estado-nación, la veta nacionalista que se terminó imponiendo es la de un nacionalismo étnico. Este concepto de una nación unida por la sangre es, además, particularista (al enfatizar el valor de las características específicas de un grupo) e historicista (al legitimar su existencia a través de una continuidad histórica compartida). Sin embargo, todas estas características que convirtieron al nacionalismo étnico en una fuerza potente contra las antiguas estructuras imperiales ahora se muestran crecientemente endebles ante la realidad de una Europa multicultural, multiétnica y globalizada.
Es la crisis del modelo neoliberal de la Unión Europea la que ha visto el renacimiento de un nacionalismo reaccionario en Europa, con casos como la Agrupación Nacional (antes Frente Nacional) de Francia, la Liga Norte de Italia o la Alternativa para Alemania. Si bien naturalmente cada uno tiene sus particularidades, generalmente se ven unidos tanto por un rechazo a la inmigración extracontinental como al sistema supranacional europeo, al que responsabilizan por ella. Estos problemas solo se verán agudizados ante el inevitable colapso demográfico, que analizaré en el capítulo 5.
De manera paralela, el primer cuarto del siglo XXI fue testigo del ascenso alrededor del mundo de nuevos nacionalismos opuestos al globalismo neoliberal occidental y reivindicadores de sus propias tradiciones civilizatorias. En este grupo se encuentran fenómenos como la idea del Mundo Ruso de Vladimir Putin, el nacionalismo turco antisecular de Recep Tayyip Erdoğan, el hinduismo nacionalista de Narendra Modi, la revolución de las boinas en el Sahel, la versión del socialismo con características chinas de Xi Jinping, que entiende a la República Popular como una iteración más de su milenaria cultura nacional, y los diversos movimientos nacionales y populares de América Latina.
Nuevas derechas
Si bien estos fenómenos han representado un desafío político y conceptual para el establishment neoliberal posterior a la Guerra Fría, las mayores crisis emergieron dentro del propio sistema. En la última década, se ha observado cómo, a lo largo de Occidente en términos amplios, surgieron movimientos en rechazo al globalismo. Si bien fenómenos como el Brexit, Trump o Javier Milei tienen diferencias aparentes, comparten una serie de aspectos notables.
En primer lugar, se originan a partir de las crisis del neoliberalismo y una incapacidad de dar soluciones creativas por parte de los sectores que lo engendraron. En el caso del Brexit, el Partido Conservador, que dio a luz al neoliberalismo británico con el gobierno de Margaret Thatcher (1979-1990), cedió ante las presiones para tener un referéndum y luego fue incapaz de convencer a su electorado de que votara por permanecer en Europa. Desde entonces transitó una década sin rumbo claro hasta enfrentar una de las peores derrotas electorales de toda su historia en 2024 y ser testigo del ascenso del partido de ultraderecha Reform UK (anteriormente conocido como Partido Brexit) como el tercer partido más votado del país con alrededor del 15 % de los votos. En el caso estadounidense, el propio Partido Republicano, que había inaugurado la era neoliberal con la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989), se quedó sin respuestas frente al ascenso de China, el desafío de Rusia en Crimea y el fracaso de sus aventuras militares en Medio Oriente, para mediados de la década de 2010. En consecuencia, fue carcomido por dentro por un outsider tanto del partido como de la política en general, que en tiempo récord lo rehizo a su imagen y semejanza. En cuanto al caso argentino, si bien la experiencia del gobierno de Alberto Fernández (2019-2023) es frecuentemente señalada para explicar el ascenso de Milei, en muchos sentidos Fernández explica más la derrota del peronismo que la victoria libertaria. Luego del colapso del 2001 y la reiteración frustrada del gobierno de Mauricio Macri (2015-2019), el neoliberalismo argentino llegó a las elecciones de 2023 sin una propuesta clara y, ante el triunfo de La Libertad Avanza, ha visto su identidad política diluida en medio de un panorama político crecientemente nebuloso.
En segundo lugar, estas nuevas derechas presentan un rechazo ontológico a todo tipo de poder tecnocrático, ya sea que se trate de la burocracia profesional estatal, el sistema multilateral o el sector académico. Y es en este rechazo donde buscan cultivar una legitimidad popular al oponerse a la expertise presentada como elitismo; una estrategia particularmente efectiva en un escenario político pospandemia, donde las instituciones tradicionales de gobierno, investigación y planeamiento enfrentan ataques cada vez más feroces, independientemente de los aciertos que tuvieron en el manejo de la crisis.
En tercer lugar, estas nuevas derechas han desarrollado relaciones complejas y frecuentemente contradictorias con el nacionalismo. Por un lado, su postura antiglobalista ha resultado atractiva para ciertos sectores nacionalistas de la población, mientras que su retórica movilizante es compatible con un sentimiento político fundado en la participación de masas. Sin embargo, el estilo estrafalario, bombástico y provocador de estos gobiernos con frecuencia ha herido sensibilidades nacionalistas, mientras la plataforma libertaria en sí representa una contradicción estructural frente a un proyecto esencialmente colectivo como es el desarrollo de una nación.
Por último, su carácter antiglobalista no los convierte en antiglobalización. Al contrario, estos gobiernos han desarrollado relaciones íntimas con grandes representantes del capital transnacional. Por otro lado, estas nuevas derechas no desprecian para nada la potencialidad de la cooperación internacional. Casos como el ideólogo del trumpismo, Steve Bannon, y sus reiterados intentos por fortalecer un movimiento de ultraderecha a nivel global resaltan la importancia que se les da a las herramientas propias de la globalización.
El colapso
Sin embargo, este intento de llevar adelante un movimiento internacional de extrema derecha antiglobalista pero globalizada enfrentará, como el resto de la humanidad, el desafío del colapso del sistema actual. Como mencioné en el capítulo anterior (y profundizaré en el siguiente), las dinámicas geopolíticas parecieran estar conduciendo de manera acelerada al colapso del actual modelo de una economía mundial globalizada sustentada en la supremacía naval estadounidense. En su lugar, vendrá una reconfiguración del equilibrio político, militar y productivo, con una pluralidad de grandes potencias y sus respectivas zonas de influencia.
Esta “reregionalización” del tablero global presentará numerosos desafíos y oportunidades para los países alrededor del mundo. En el caso particular de la República Argentina, esta nación sudamericana cuenta con numerosos resortes que le podrían permitir sacar provecho en un nuevo escenario geopolítico. Por un lado, la ausencia de una superpotencia hegemónica y la contracción del poder extrarregional le permitirían a Argentina tener un mayor margen de maniobra en el ámbito diplomático y evitar así caer presa de zonas de influencia. Por otro lado, su ubicación dentro del continente sudamericano, rodeada de países con los cuales comparte una gran cercanía cultural, lingüística y de desarrollo, le permite profundizar un proyecto de integración regional dentro de un contexto global más favorable.
Por último, el fin de esta era de la globalización y un reordenamiento global no supondrán un fin ni a las conexiones ni a las migraciones intercontinentales. En este sentido, el nacionalismo cívico e inclusivo sobre el cual se ha construido una identidad argentina representa una de las herramientas geopolíticamente más valiosas con las que cuenta el país, ya que le permitiría continuar atrayendo e integrando personas de distintos rincones del planeta en un contexto en el cual el capital humano aumentará sostenidamente su valor en medio del colapso poblacional.
Este punto es clave, por lo que se analizará en los siguientes dos capítulos. Por un lado, la síntesis única de la identidad argentina le otorga una flexibilidad particular para encontrar su lugar en un tablero geopolítico que se reconfigurará con un sistema entrecruzado de alianzas y rivalidades mucho más complejo que el actual. Por el otro, su capacidad para recibir e integrar exitosamente grandes masas migratorias es un recurso clave que le permitirá a Argentina sobrevivir al gran colapso demográfico de mediados del siglo XXI.


