El mejor predictor del comportamiento futuro es el comportamiento pasado.
Dr. Jonathan Banks, Side Effects (2013)
¿Quién será el nuevo Estados Unidos?
A medida que el planeta se encamina hacia mediados del siglo XXI, el panorama dista mucho de aquel que lo caracterizaba hacia mediados del siglo XX: en el futuro previsible ya no se encuentra una potencia capaz de volverse hegemónica a nivel global como lo fue EE.UU. después de la Guerra Fría, sino que, por el contrario, hallamos un concierto de grandes potencias que paulatinamente están dividiendo el territorio en zonas de influencia. Y a medida que las presiones internas, la sobreexpansión imperial y un detrimento en la correlación de fuerzas a escala global pongan en jaque la hegemonía estadounidense, Washington se verá obligada a llevar adelante una retirada estratégica, licuando buena parte de su influencia global.
Frente a este escenario surgen dos grandes interrogantes. Por un lado, se presenta un complejo proceso de reconfiguración del tablero de poder internacional que continuará hasta que emerja un nuevo equilibrio geopolítico, esta vez de carácter multipolar. Qué forma exacta tendrá ese tablero, no lo sabemos. Por otro lado, surgen serias dudas sobre la continuidad de una economía globalizada, que hasta ahora fue posibilitada por la supremacía naval estadounidense. El escenario más probable al que se enfrentarían las líneas logísticas globales ante una eventual retirada estadounidense sería el de un período de transición relativamente anárquico en el que distintas potencias se disputen sus zonas de control marítimo respectivas. Terminado este complejo proceso, el mundo se enfrentaría a un terreno completamente desconocido para la integración económica global.
De concretarse el anterior escenario, EE.UU. perdería su estatus de superpotencia, pero eso no implicaría que Washington vaya a ser víctima de una caída súbita ni de una degradación considerable de sus capacidades absolutas, ya que superpotencia es una categoría relativa. Una buena definición la podemos hallar de la mano de André Munro, quien en la Enciclopedia Británica la ha definido como “un país cuyas capacidades son tales que ninguna acción importante se puede tomar en el escenario internacional sin considerar su postura”. La multiplicación de conflictos bélicos de la que el mundo ha sido testigo en la década de 2020 da cuenta del período de transición en el que nos encontramos: la decadencia relativa de Estados Unidos ya ha comenzado, aunque un mundo verdaderamente multipolar todavía no se ha consolidado.
En épocas recientes se ha acuñado el término nueva Guerra Fría para describir la situación actual de declive relativo estadounidense y el ascenso chino. Sin embargo, esta caracterización es errónea, ya que parecería ignorar el carácter profundamente multipolar de la etapa que se está consolidando.
Si bien toda comparación histórica es inexacta en algún punto, considero que se podría hallar un paralelismo más útil con la Europa del tardío siglo XIX: un ambiente geopolítico habitado por una media docena de grandes potencias. Ninguna de estas era lo suficientemente poderosa como para imponérsele al resto, pero cada una tenía a su disposición las herramientas para defender sus intereses fundamentales del avance de uno o más de sus rivales.
Considerando lo anterior, la pregunta “¿quién será el nuevo Estados Unidos?” tiene una respuesta clara: no habrá un nuevo Estados Unidos, y ni siquiera Estados Unidos seguirá siendo Estados Unidos.
En vista de ello, en las siguientes páginas se plantea una revista de las principales grandes potencias y potencias secundarias que se están asentando alrededor del tablero mundial, a fin de echar un poco de luz sobre las probables reglas de juego del siglo XXI.
China
Hace ya algunos años que se escucha repetir, en círculos académicos, políticos y periodísticos, la frase “China es el futuro”. Esta frase hace alusión a que China, en las siguientes décadas, podría convertirse en la economía más grande del mundo. Pero, en muchos sentidos, China no es el futuro: China es el presente.
Con un PBI estimado por el FMI en más de 20 billones de dólares en el año 2026, la República Popular China ya representa un sexto de la economía global y dos tercios de la economía estadounidense. Un sector clave donde Beijing se ha convertido en una potencia indiscutida es el sector automovilístico. En 2024, alrededor de un tercio de los 92 millones de autos producidos en el mundo fueron hechos en China, casi tanto como los siguientes cinco productores automovilísticos más grandes del mundo combinados. Esta cifra se vuelve todavía más impresionante cuando se toma en cuenta que el dominio chino en el rubro de los autos eléctricos es más marcado aún: ese mismo año China produjo alrededor del 70 % de todos los autos eléctricos del mundo, mientras que su competidor más cercano, la Unión Europea, no alcanzó el 14 %.
Similarmente, China ha dado grandes saltos recientes en otras áreas avanzadas. DeepSeek fue probablemente la señal más visible del salto chino en inteligencia artificial, pero está lejos de ser un caso aislado. Empresas como Alibaba, con su modelo Qwen, Moonshot AI, con Kimi, y Zhipu AI, con GLM, forman parte de un ecosistema cada vez más competitivo. Una de sus particularidades es la apuesta por modelos abiertos, que permite que empresas, universidades, usuarios individuales e incluso países los desplieguen y hasta adapten sin depender de los sistemas cerrados de un puñado de compañías occidentales. Los avances en inteligencia artificial forman parte de una ambición tecnológica mucho más amplia. El 15° Plan Quinquenal, que cubre el período entre 2026 y 2030, ubica entre las industrias del futuro, además, a la biomanufactura, la computación cuántica, el hidrógeno y la fusión nuclear, las interfaces cerebro-computadora y las comunicaciones 6G, al tiempo que prioriza áreas como robótica, nuevos materiales, biomedicina, nuevas energías y tecnologías aeroespaciales. Vistas en conjunto, estas apuestas empiezan a parecer menos una suma de tecnologías aisladas y más la construcción deliberada de una nueva base industrial.
Sin embargo, a pesar de ya ser una gran potencia consolidada y aún con amplio margen para continuar su desarrollo, China enfrenta numerosos desafíos geopolíticos que le dificultarán convertirse en una potencia global en las siguientes décadas. En primer lugar, China habita un complejo espacio geográfico al tener fronteras con catorce países,Corea del Norte, Rusia, Mongolia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Afganistán, Pakistán, India, Nepal, Bután, Myanmar, Laos y Vietnam. cuatro de ellos potencias nucleares: Corea del Norte, Rusia, Pakistán e India, y una proximidad marítima con Japón, Corea del Sur, Filipinas y Malasia.
A esta delicada realidad geográfica se le agrega el curioso hecho de que la China contemporánea se halla en una situación inédita en su existencia. A pesar de haber sido regularmente una de las principales potencias del mundo en los últimos dos milenios, China siempre se caracterizó por una enorme autosuficiencia. Sin embargo, la renuncia a esta autonomía fue el precio que el Reino del Medio tuvo que pagar para emprender su meteórico ascenso del último medio siglo.
La Política de Reforma y AperturaLa Política de Reforma y Apertura fue una iniciativa de grandes transformaciones económicas y comerciales lanzadas por el entonces líder de China y sucesor de Mao Zedong, Deng Xiaoping, a finales de 1978. A grandes rasgos, se caracterizó por una apertura comercial, la introducción de la propiedad privada de los medios de producción, el fomento de una sociedad de consumo y un modelo de crecimiento basado en el incremento de las exportaciones. En pocos años luego de su lanzamiento, esta estrategia dio inicio al proceso de desarrollo económico más vertiginoso de la historia humana. En síntesis, fue la política que convirtió a China en la superpotencia económica y “fábrica del mundo” que conocemos hoy. y el modelo de crecimiento a través de la exportación que convirtió a China en la “fábrica del mundo” tuvo la contraprestación de generarle un talón de Aquiles: hoy el bienestar de la economía china está atado al bienestar de la economía global. De hecho, nunca en la historia la relación de China con la economía global fue tan simbiótica. Para seguir creciendo, China debe seguir exportando. Para seguir exportando, China debe seguir importando. China es el principal importador de numerosos recursos a nivel mundial, entre ellos petróleo y comida, pero China no controla los océanos del mundo. Quien controla los océanos todavía es su principal rival, Estados Unidos.
Si Washington fuese a llevar adelante un bloqueo marítimo total de la República Popular China (particularmente en la vital arteria comercial que es el estrecho de Malaca), Beijing enfrentaría una situación extremadamente delicada desde lo logístico, con limitadas opciones de respuesta convencional. Para entender esta compleja realidad estratégica es necesario diferenciar entre los conceptos de poder y proyección de poder.
Brevemente, podemos definir como poder a todos los recursos que tiene un Estado a su disposición para competir y combatir en el escenario internacional: población, Fuerzas Armadas, recursos naturales, capacidad tecnológica y capacidad productiva, etcétera. Por otro lado, la proyección de poder es la máxima distancia desde sus fronteras hacia afuera en la cual un Estado puede desplegar su poder de manera efectiva. Por ejemplo, sería sensato afirmar que Japón es un país más poderoso que Perú: tiene cuatro veces más población, su economía es doce veces más grande y sus Fuerzas Armadas se encuentran ampliamente mejor equipadas y financiadas. Esto es poder. Pero Japón es incapaz de conquistar Perú. Lisa y llanamente, Tokio no tiene la capacidad logística de embarcar a su ejército en una flota, cruzar 15.000 kilómetros de océano Pacífico, desembarcar en un país de 1,2 millones de kilómetros cuadrados atravesado por la cordillera de los Andes, y mantener líneas de suministro efectivas hasta lograr subyugar una población de 35 millones de personas al otro lado del planeta Tierra. Eso es una limitación en su proyección de poder.
Algo similar sucede actualmente con la República Popular China. China es un país colosalmente poderoso que aún cuenta con una capacidad de proyección de poder limitada. No obstante, siendo altamente consciente de su delicada situación geopolítica, Beijing ha optado por mantener una postura extremadamente cauta en el escenario internacional, mientras lleva adelante una triple estrategia para salir de su laberinto.
En primer lugar, como mencioné en el capítulo 1, China ha llevado adelante una sostenida expansión de sus capacidades navales. En los últimos quince años la Armada del Ejército Popular de Liberación incorporó tres portaaviones (el Liaoning, el Shandong y el Fujian), mientras que ya ha emprendido la construcción de un cuarto, el Tipo 004. Estos saltos cualitativos en sus capacidades navales se ven acompañados de un claro crecimiento cuantitativo: desde el año 2020, la República Popular China cuenta con la flota de buques de combate más numerosa del mundo (aunque se debe señalar que sigue muy por debajo de la flota estadounidense en términos de tonelaje). Esta expansión naval se complementa con una modernización integral de las Fuerzas Armadas, un énfasis sostenido en el incremento de su preparación para el combate, recurrentes ejercicios militares y saltos cualitativos en sus sistemas de armas (ejemplificados en la producción de los aviones caza de quinta generación J-20, los misiles “asesinos de portaaviones” D F-21D y los drones stealth G J-11, entre otros).
En segundo lugar, a estos desarrollos militares se les agregan masivas inversiones en infraestructura civil, tanto doméstica como internacional. En el plano doméstico, China llevó adelante un inmenso desarrollo en distintos tipos de energía renovable para aliviar su dependencia externa. En el plano internacional, la Iniciativa de la Franja y la Ruta cumple una clara misión estratégica, además de comercial. El titánico proyecto de infraestructura chino, cuyas ramificaciones son globales pero cuyo punto nodal se encuentra en el corazón de Eurasia, le aseguraría a Beijing acceso terrestre a recursos y mercados en Europa, Medio Oriente y Asia Central, mientras que su rama marítima, particularmente los planeados corredores de Pakistán y Myanmar, otorga un acceso directo al océano Índico, evitando Malaca por completo y, por lo tanto, un eventual bloqueo estadounidense.
Por último, Beijing tiene actualmente control efectivo y/o reclamos de soberanía sobre una serie de archipiélagos que se extienden desde el mar del Sur de China hasta el sur de Japón, conocida colectivamente como la Primera Cadena de Islas. En años recientes, la República Popular China ha reforzado denodadamente su presencia en estas islas, construyendo infraestructura de uso civil y militar. Esta estrategia, que se podría describir como una “gran muralla azul”, convertiría a los mares de China en un gran “lago chino”, y le permitiría proyectar poder a 1500-2000 kilómetros y transformar el equilibrio de fuerzas en el Pacífico Occidental.
De completar esta triple estrategia convergente, la República Popular China lograría sobreponerse a su laberinto geopolítico y resolvería la amenaza existencial que actualmente cuelga sobre ella como la espada de Damocles. Sin embargo, para ello es necesaria la incorporación de una pieza clave sin la cual toda esta arquitectura de seguridad colapsaría: la isla de Taiwán.
Desde el final de la guerra civil china (1945-1949), que culminó con el triunfo de las tropas socialistas de Mao Zedong y la fundación de la República Popular China, el gigante asiático se encuentra con un proceso estático pero incompleto de unificación nacional. El partido nacionalista, Guomindang, al ser derrotado en la China continental por Mao, relocalizó sus tropas y gobierno a la isla de Taiwán a finales de la década de los 40 y ha permanecido allí desde entonces. De este modo, formalmente hablando, hay dos organizaciones que afirman ser el único gobierno legítimo de toda China: la República Popular China, que contiene más del 99 % del territorio y el 98 % de la población, y la República de China, que controla la isla de Taiwán y archipiélagos circundantes y cuenta apenas con un ínfimo y decreciente reconocimiento internacional.
Más allá del trascendente carácter simbólico y político que tiene Taiwán para Beijing, su importancia estratégica la convierte en un imperativo. En ausencia de una solución política en el actual horizonte de expectativas, la cuestión de Taiwán continuará siendo la principal hipótesis de conflicto entre China y EE.UU. por el futuro previsible.
Si bien el escenario de una guerra abierta sino-estadounidense abre un abanico de posibilidades esencialmente imposibles de prever, cada año que esa guerra se evita, el equilibrio de fuerzas se inclina un poco más hacia Beijing. No obstante, aun con el hipotético caso de una derrota decisiva de Washington (o un menos dramático repliegue estratégico), la consolidación de la República Popular China como la potencia hegemónica del este de Asia y el Pacífico Occidental no convertiría a Beijing en amo y señor del planeta. Y esto se debe a que la expansión de la influencia china se verá progresivamente confrontada por el ascenso del otro gran gigante asiático: la República de la India.
India
Similarmente al caso de China, India es una civilización milenaria de escala continental. Es actualmente el séptimo país en extensión territorial (sin incluir regiones que fueron históricamente parte de India, como Pakistán y Bangladesh), la quinta economía más grande del mundo (se estima que terminará esta década como la tercera) y el primer país en población (sus 1400 millones de habitantes han superado los de China y se calcula que se le agregarán otros 200 millones para mediados de siglo). Si bien su crecimiento ha sido más paulatino que el de su vecino del norte y aún le queda mucho camino por recorrer, es un país con un desarrollo en aceleración. A pesar de contar con un PBI per cápita de 2800 dólares, su clase media (según estándares locales) está compuesta por unos 400 millones de personas, produce 1,5 millones de ingenieros por año, tiene una importante base tanto manufacturera como tecnológica, un sólido complejo militar-industrial y un nada despreciable arsenal nuclear.
Además, su ubicación en el centro del océano Índico le otorga la oportunidad de convertirse en una considerable potencia naval: su cercanía a tres de los estrechos más sensibles del mundo (Ormuz, Bab Al-Mandal y Malaca) le dan una carta clave a nivel geopolítico a medida que se acentúe el declive relativo del poderío estadounidense. De seguir su trayectoria actual, es tan solo cuestión de décadas antes de que India se vuelva amo y señor de su homónimo océano Índico.
Considerando su relación histórica con China (que, exceptuando una breve luna de miel en la década de los 50, ha oscilado entre la desconfianza mutua y el antagonismo abierto), la transformación de Nueva Delhi en una gran potencia representa un desafío estratégico significativo para Beijing. Esto no quiere decir que la República Popular China no tenga un par de cartas a favor. Además de su considerable ventaja en desarrollo tecnológico y económico, China tiene un importante as geográfico bajo la manga. Si bien ambos países se encuentran separados por la cordillera del Himalaya, no todos los lados de las montañas son iguales: la meseta tibetana del lado chino da origen a un río muy importante (conocido como el Yarlung Tsangpo en la Républica Popular China y como el Brahmaputra en el subcontinente indio). En India y en Bangladesh, se estima que unos 100 millones de personas dependen del Brahmaputra para su supervivencia. Mientras tanto, de su lado de la frontera, China se encuentra construyendo lo que promete ser la represa hidroeléctrica más poderosa del mundo. En el sector energético, difícilmente haya obras tan geopolíticamente sensibles como las represas, ya que estas les dan la capacidad a los países que se encuentran río arriba tanto de cortar el agua como de inundar súbitamente a los países que se encuentran río abajo.
Fuera de su rivalidad con China, los principales problemas de India se encuentran mucho más cerca de casa. Por un lado, su histórica enemistad con Pakistán está lejos de hallar alguna clase de solución política en el horizonte, y cada uno de sus recurrentes choques directosLas guerras indo-pakistaníes de 1947-1948, 1965 y 1971, la guerra de Kargil en 1999, y los conflictos de 2019 y 2025. conlleva el riesgo de salirse de control y escalar al nivel nuclear. Por otro lado, Nueva Delhi enfrenta numerosos movimientos secesionistas, como el independentismo cachemirCachemira es una región del noroeste del subcontinente indio habitada por un pueblo con una identidad cultural, étnica y lingüística propia que se encuentra actualmente partido entre India y Pakistán. Si bien la región es un territorio en disputa entre ambos países y una eterna hipótesis de conflicto, a esto se le agrega un movimiento independentista local que convierte a la zona en uno de los lugares más políticamente sensibles de la India. y el proyecto del Estado sij de Jalistán.El Jalistán es un proyecto separatista que busca la construcción de un Estado independiente para la comunidad sij, una religión oriunda del noroeste de la India que logró constituirse como imperio entre 1799 y 1849, cuando fue conquistado por los ingleses. A esto se le agrega su mayor problema interno: sus tensiones irresueltas con una minoría musulmana de más de 200 millones de personas, tensiones que solo se han agudizado bajo el gobierno del nacionalismo hinduista de Narendra Modi.
Medio Oriente
Mientras se puede afirmar con algún grado de probabilidad que en el futuro cercano los mares de China serán chinos y el océano Índico será indio, es más difícil predecir cuál de todos los países que se encuentran en medio de Medio Oriente emergerá airoso de su actual encrucijada. Irán jamás puede ser descartado como una potencia regional aunque sea por el simple hecho de que lo ha sido durante la mayoría de los últimos 2000 años. Esto se debe tanto a su extraordinaria potencia cultural como a su constitución geográfica: un vasto territorio extremadamente difícil de invadir ubicado en uno de los puntos estratégicamente más sensibles del mundo. Sin embargo, el colapso de su red de alianzas locales en la primera mitad de la década de 2020, su malestar económico y el considerable daño que le ha sido infligido por la embestida israelí-estadounidense de 2026 ponen dudas sobre los plazos de su recuperación.
En cuanto al destino de los países árabes, el panorama no es prometedor. El que tendría que ser su líder natural por influencia histórica, peso demográfico y ubicación estratégica, Egipto, se halla en una suerte de coma geopolítico desde los acuerdos de Camp David de 1978, cuando estableció relaciones con Israel. Como forma de garantizar la durabilidad del acuerdo, EE.UU. le ha dado desde entonces a Egipto un subsidio anual para sus Fuerzas Armadas de unos 1300 millones de dólares. En el plano doméstico, el crecientemente endeudado gobierno de Al Sisi no ha logrado dar respuesta a severos problemas macroeconómicos que degradan la calidad de vida de sus más de 100 millones de ciudadanos, mientras continúa con la construcción de su masiva nueva capital.
En ausencia de una clara hegemonía egipcia, los países del Golfo, entre los que se destaca Arabia Saudita, han disputado el liderazgo, pero sus economías dependientes del petróleo han demostrado ser un sustento endeble para la proyección de poder; particularmente, después de la guerra de Ormuz de 2026. Si bien aún falta la perspectiva histórica necesaria para ponderar los efectos de largo plazo de este conflicto, la ilusión de que las economías del Golfo eran de alguna manera ajenas a la elevada conflictividad regional ha quedado decididamente disuelta, sobre todo después de claros eventos como la caída a pique del valor de las propiedades en Dubai o los ataques con drones a centros de datos pertenecientes a Amazon ubicados en la región.
Israel
La crisis multidimensional de Medio Oriente también ha colocado en una situación endeble a otra de sus potencias regionales, el Estado de Israel, que enfrenta importantes desafíos tanto externos como internos. Por un lado, Tel Aviv se encuentra en un proceso de creciente aislamiento diplomático al haber combatido con (o atacado a) media docena de países desde el atentado del grupo Hamas el 7 de octubre de 2023. A esto se le agregan las consecuencias del ataque israelí-estadounidense a Irán en 2026, que resultaron en que, por lo menos, siete países adicionales sufrieran las retaliaciones de Teherán.Kuwait, Bahrein, Omán, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania y Chipre.
Por otro lado, Israel enfrenta un desafío de mediano plazo con su actual trayectoria demográfica. Si bien en 2020 los 6,9 millones de judíos israelíes representaban alrededor del 75 % de la población nacional, el país contiene una minoría árabe israelí de unos 2 millones de personas, que ya representa la quinta parte de la población y mantiene un crecimiento sostenido. Si a este número se le agregan alrededor de 5 millones de palestinos que se encuentran en la Franja de Gaza y Cisjordania, se observa una cierta paridad entre la población judía y árabe local; se espera que ambas prácticamente dupliquen su tamaño para mediados de siglo.
Sin embargo, la tendencia demográfica potencialmente más significativa se está dando dentro de la propia comunidad de judíos israelíes, específicamente dentro de los sectores ultraortodoxos (también conocidos como jaredíes o jaredim). A pesar de ser un segmento aún minoritario de la población (alrededor del 16 % de la población judía israelí en 2016), sus tendencias demográficas actuales podrían llegar a convertirlos en un cuarto de la población total del país para 2050, según estimaciones de la Oficina Central de Estadísticas de Israel. Debido a la relativamente baja participación de la comunidad jaredí en el mercado laboral, el mundo académico y las Fuerzas Armadas, esta transformación tanto cuantitativa como cualitativa representa un desafío considerable para la cohesión interna de Israel.
A los desafíos internos y regionales, Israel le suma un problema de carácter global, que es el hecho de que su poderío militar es dependiente del apoyo de Washington y, por lo tanto, de la continuidad de la proyección global estadounidense. Ante un escenario de potencial repliegue de Estados Unidos, Tel Aviv se encontraría en una frágil posición geopolítica, con escasos aliados dentro y fuera de la región. Este escenario se vería a su vez agravado por una pérdida considerable de capital político y diplomático por su accionar en la llamada guerra de Gaza desde 2023, que crecientemente ha sido denunciada como un genocidio en cada vez más ámbitos de la comunidad internacional, incluyendo a la Organización de las Naciones Unidas.
Turquía
En este complejo escenario regional, hay un país que, gracias a sus dimensiones demográficas (86 millones de habitantes; el 18° país más poblado del mundo) y económicas (1,6 billones de dólares de PBI; la 16° economía más grande del planeta), ubicación geográfica y capacidades militares, tiene las condiciones para emerger en las siguientes décadas como una de las grandes potencias secundarias del siglo XXI: la República de Turquía.
La Turquía contemporánea, que cumplió un centenario en esta década, es un país de múltiples y complementarias identidades. Es a la vez europeo y asiático. Sus orillas dan tanto al mar Mediterráneo como al mar Negro, y controla dos de los estrechos más valiosos del mundo, el Bósforo y los Dardanelos. Ankara proyecta poder tanto sobre el Cáucaso como sobre los Balcanes. Es a la vez un país musulmán y laico. Es parte de Medio Oriente, pero su carácter túrquico le abre el juego con sus países hermanos de Asia Central. Es heredero del legado imperial otomano, durante casi cuatro siglos fue custodio de las ciudades sagradas de La Meca y Medina y, hasta la caída del imperio, los sultanes otomanos se arrogaban el liderazgo del mundo suní,Desde temprano en su historia, el islam se ha dividido predominantemente en dos grandes ramas: la suní y la chií. Con la excepción de algunos casos notables como Irán e Irak, la vertiente suní ha sido siempre la rama mayoritaria. ostentando el título de califas.
En el frente nacional, recientemente el gobierno del presidente Erdoğan logró un paso importante en su pacificación interna. En mayo de 2025, Ankara consiguió la disolución del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (mejor conocido como el PKK), y terminó así un conflicto que se arrastraba desde 1984 y que se había cobrado unas 50.000 vidas. A esto se le agrega el hecho de que, en los últimos años, el mundo fue testigo de una importante proyección turca a lo largo de Asia y África. Desde agosto del 2016, Ankara ha ocupado tramos del norte de Siria como parte de su involucramiento en la guerra civil de ese país. Esta estrategia dio sus frutos en diciembre del 2024, cuando su antiguo enemigo, Bashar al-Asad, fue reemplazado por su nuevo aliado Ahmed al-Sharaa. De manera paralela, Turquía ha mantenido una presencia militar continua en la región kurda del norte de Irak desde 2018.
En dos guerras sucesivas en 2020 y 2023, su aliado Azerbaiyán, habitado por un pueblo también étnicamente túrquico, derrotó decisivamente a Armenia, y terminó simbólicamente con casi dos siglos de hegemonía rusa en el Cáucaso. A su vez, hay reportes actuales que indican que Turquía avanza en un proceso de normalización de relaciones con Armenia, un país con el cual históricamente ha antagonizado desde el genocidio armenio perpetrado por el Imperio otomano en 1915.
Fuera de sus fronteras inmediatas, Ankara ha mantenido una base militar en Qatar desde 2015, en 2017 inauguró en Somalia el Camp TURKSOM (su base en el extranjero más grande), intervino militarmente en la guerra civil libia desde enero de 2020 y viene apoyando exitosamente a las Fuerzas Armadas de Sudán en su guerra civil contra las Fuerzas de Apoyo Rápido (mejor conocidas como las RSF, por sus siglas en inglés), que cuentan con respaldo emiratí. Esto es crucial para Turquía ya que tiene un arrendamiento a 99 años sobre el antiguo puerto otomano de Suakin, lo que le asegura su proyección sobre el mar Rojo.
Tomando todo esto en consideración, no sería incorrecto afirmar que Turquía se halla geopolíticamente en la mejor situación que ha tenido desde antes de la firma de la Paz de Karlowitz, que le infligió una catastrófica conclusión a la Gran Guerra Turca de 1683-1699. Sin embargo, al igual que le sucedió a su predecesor otomano, el mayor peligro para la actual Turquía probablemente no se encuentre en Asia o África, sino en Europa.
La fuente de tensión más clara que tiene Turquía es con la vecina Grecia, antigua parte del Imperio otomano que obtuvo su independencia en 1821 y que en el siglo XXI incorporó casi la totalidad de las islas del mar Egeo, varias de ellas prácticamente lindantes con la Turquía asiática. Debido a lo establecido en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (a la cual adhiere Atenas, mas no Ankara), los países pueden tener hasta 12 millas de aguas territoriales, un arreglo que arrincona a Turquía en el Egeo y ha sido fuente de numerosas tensiones a lo largo de las décadas.
A esto se le agrega la situación de Chipre, una isla habitada por una población greco-turca que pasó de ser parte del Imperio otomano a colonia británica hasta conseguir su independencia en 1960. El temor de que Chipre terminara incorporándose a Grecia, achicando aún más las posibilidades turcas de proyección sobre el Mediterráneo Oriental, condujo a Ankara a invadir el norte de la isla en 1974. Allí fundó la República Turca del Norte de Chipre y hasta el día de la fecha Turquía es el único país del mundo que reconoce su existencia.
En años recientes, a estos factores estratégicos se les ha agregado un factor económico con el descubrimiento de depósitos de hidrocarburos en las aguas de la región, que aumentaron el valor e importancia del Mediterráneo Oriental en un escenario donde los hidrocarburos de Rusia y Medio Oriente se han vuelto menos fiables. Sin embargo, las tensiones que esto ha generado entre Turquía, Grecia y otros países europeos hasta ahora han enfrentado un límite claro debido a su membresía de la OTAN. Y es aquí, en la Unión Europea, donde reside el punto central.
Unión Europea
A lo largo de la Guerra Fría, Washington logró niveles cada vez mayores de control sobre sus aliados europeos al ser su garante en materia de defensa contra la superpotencia militar soviética. En los años posteriores a la caída de la URSS, lejos de retirarse, EE.UU. buscó expandir ese control, incorporando cada vez más miembros a la OTAN y arrinconando a una mucho más débil Federación Rusa. Sin embargo, a medida que el mundo se adentra en el siglo XXI, Washington se ha mostrado crecientemente frustrado con sus aliados europeos y más reticente a enfrentar los costos sostenidos de su supremacía sobre Europa.
En este sentido, la imposición de Donald Trump a sus aliados europeos de que destinen hasta el 5 % de sus respectivos PBI en defensa para el año 2035 es una respuesta lógica ante la problemática de sobreexpansión imperial. No obstante, dentro de un contexto de descontento europeo con la creciente imprevisibilidad política estadounidense, esta medida cortoplacista por parte de Trump puede conducir a consecuencias catastróficas para la hegemonía estadounidense en el largo plazo. Esto solo se ve agravado por las ambiciones territorialmente expansionistas de Trump, que en reiteradas ocasiones se ha expresado sobre la anexión de Groenlandia, un territorio estratégico vital que es parte del Reino de Dinamarca, país miembro tanto de la Unión Europea como de la OTAN.
En la medida en que los costos de la defensa de Europa aumenten, los países se rearmen y amplíen sus capacidades productivas, y Washington se siga comportando de maneras erráticas y antagónicas, es solo cuestión de tiempo hasta que los dirigentes políticos en Bruselas, París y Berlín se hagan la siguiente pregunta: “¿Cuál es el sentido de subordinarse a EE.UU. en el tablero geopolítico global si hay que pagar nuestras propias armas?”.
La respuesta a esta situación en un escenario de rearme sostenido, declive relativo estadounidense y una amenaza militar rusa (que está demostrando ser manejable) probablemente derive en la fundación de un ejército de la Unión Europea. Con una población de 450 millones de personas, un PBI de 23 billones de dólares, 4,2 millones de kilómetros cuadrados y el arsenal nuclear francés, la Unión Europea tiene a su disposición las capacidades de librarse de su dependencia estratégica de los EE.UU.
No obstante, la creación de un ejército de la Unión Europea presenta dos problemas inmediatos con países miembros de la OTAN que no son miembros de la Unión Europea y con los cuales Bruselas tiene focos de tensión. En primer lugar, está la anteriormente nombrada Turquía, un país que durante décadas buscó membresía de la Unión Europea solo para verla postergada de manera indefinida. A medida que se volvió cada vez más aparente que el futuro de Ankara no se encontrará dentro del sistema europeo, Turquía comenzó a desarrollar su compleja proyección estratégica sobre Asia, África y el mundo islámico, alejándose de las prioridades estratégicas de la Unión Europea y consolidando una relación cualitativamente diferente con Moscú, el principal enemigo de Bruselas.
En segundo lugar, encontramos el caso del Reino Unido, un país con un nivel de dependencia mucho mayor con EE.UU. que el del resto del continente, con una relación irresuelta con la Unión Europea después del Brexit, y focos de conflictos con países miembros. En relación con esto último, se pueden identificar tres puntos clave: Gibraltar, Irlanda del Norte y Escocia. En cuanto a Gibraltar, este es un pequeño pero estratégico enclave colonial británico ubicado en el sur de la península ibérica, en la puerta de entrada al Mediterráneo, y reclamado históricamente por España. Debido a las particularidades del caso, Gibraltar fue dejado fuera del Acuerdo de Cooperación y Comercio entre la Unión Europea y el Reino Unido de 2020 y tuvo su propio acuerdo específico firmado en abril de 2026, que removió las barreras físicas que lo separan de España, pero mantiene irresuelto el reclamo de soberanía.
Otro remanente del imperio colonial británico es el caso de Irlanda del Norte. Londres retuvo el control de este territorio durante la independencia irlandesa gracias a su población protestante, por aquella época mayoritaria. No obstante, como muestra el censo de 2021, recientemente la población católica ha superado por primera vez a la protestante (42 % y 31 % de la población respectivamente). Esta nueva realidad demográfica no tardó en expresarse en el plano electoral, y desde febrero de 2024 gobierna como ministra principal Michelle O’Neill, del partido Sinn Féin, la primera vez en la historia que este partido nacionalista irlandés ha gobernado. Si a esto se le agrega el hecho de que en Irlanda del Norte ganó la posición de mantenerse dentro de la Unión Europea con el 56 % durante el referéndum del Brexit, la afirmación de O’Neill de que se podría lograr la unificación de Irlanda (y un reingreso a la Unión Europea) en el 2030 parece cada vez más plausible.
Similarmente, encontramos el caso de Escocia, uno de los reinos que conforman el Reino Unido y que mantiene hace años un fuerte movimiento por la independencia que buscaría separarlo de Inglaterra. Si bien Escocia tuvo un referéndum sobre su independencia que fue derrotado en 2014, esto se dio antes del referéndum del Brexit. Diez años despúes del Brexit, la prolongada crisis política del Reino Unido ha posibilitado una vez más las esperanzas de una independencia escocesa, y el Partido Nacionalista Escocés (SNP) nuevamente se prepara para un referéndum. Una Escocia independiente significaría el fin del Reino Unido como tal (ya que los reinos unidos que le dan nombre al país son precisamente los de Inglaterra y Escocia), y un eventual reingreso escocés a la Unión Europea podría significar una fuente más de tensión en una ya complicada relación anglo-europea.
Rusia
En el flanco oriental de la Unión Europea, se encuentra la iteración más reciente de Rusia, esta vez en forma de república federativa, en un nuevo ciclo de su eterna tragedia geopolítica: la vulnerabilidad de sus actuales fronteras la conducen a expandirse en busca de consolidar una posición más defendible, pero cuanto más se expande, más genera resentimientos y coaliciones en su contra.
Si bien no hay nada particularmente novedoso en una Rusia cuyas aspiraciones geopolíticas se encuentran por encima de sus capacidades, las condiciones a las que se ha enfrentado en el primer cuarto del siglo XXI fueron especialmente adversas. La Rusia actual, con menos habitantes que en 1910 y menos territorio que en 1750, ha tenido que lidiar con un EE.UU. superpotencia, una Europa unida, un Japón consolidado, una China en ascenso y un Medio Oriente próspero. En otras palabras, el sistema global armado por Washington para derrotar a Moscú en el siglo XX continúa representando un impedimento para su reconstrucción geopolítica. Lisa y llanamente: Rusia no recuperará en este siglo el poderío que perdió con la disolución de la URSS en 1991.
Sin embargo, a diferencia de la Unión Soviética, la Federación Rusa no tiene que jugar a ganar, simplemente no tiene que perder. Porque si bien Rusia fue la potencia más perjudicada por el orden global washingtoniano, también es uno de los actores geopolíticos que más se beneficiarían con su desintegración.
En primer lugar, las crecientes tensiones entre la Unión Europea y EE.UU. solo le dan mayor margen de maniobra a Moscú. Un ejército de la Unión Europea que reemplace a la OTAN seguiría siendo un desafío importante, pero un rival enormemente más fácil de contrarrestar cuando se saca a Washington de la ecuación. En segundo lugar, las regiones más beneficiadas por la globalización estadounidense se encuentran por diseño en los márgenes del continente euroasiático, rodeando a Rusia de rivales prósperos y poderosos. Una retirada marítima global estadounidense desataría mayores niveles de caos en todos sus flancos; un caos que le daría una ventana estratégica que el Kremlin no ha tenido desde el comienzo de la Guerra Fría. Por último, años de sanciones y aislamiento internacional también han transformado la economía rusa, limitando su crecimiento, pero haciéndola también menos vulnerable a los vaivenes de los mercados internacionales. Gracias a ello, en un mundo más inestable, Moscú podría encontrar una renovada demanda para la exportación de sus recursos vitales, como petróleo, gas y minerales.
Argentina
Este escenario de creciente complejidad del tablero internacional, ocupado por un número cada vez mayor de jugadores cada vez más autónomos, representa una oportunidad histórica para América del Sur y Argentina. Al encontrarse nuestro país alejado de los principales focos de conflicto geopolítico global (América del Sur es una de las más importantes zonas de paz sobre el planeta), Buenos Aires tendrá la posibilidad de encarar una política exterior mucho más autónoma en la que podrá ir balanceando los intereses de diversas grandes potencias que compitan entre sí. Ante la ausencia de hipótesis de conflictos con países vecinos, las posibilidades de cooperación e integración regional abren las puertas para la construcción de un sólido y protegido bloque regional.
La reconfiguración del sistema mundial probablemente represente un desafío sustancial para la economía globalizada y la fuerce a una nueva etapa de regionalización de la producción. En este sentido, el colapso del orden internacional estadounidense puede generar incentivos para el desarrollo e integración de la base manufacturera sudamericana, una región cuyo atractivo económico tenderá a aumentar a medida que se mantenga como una zona de paz ajena a los grandes conflictos euroasiáticos.
Por último, para el 2050, Argentina contará también con una ventaja no solo geopolítica, sino biológica: una población relativamente joven. Como veremos en el siguiente capítulo, muchas de las economías más avanzadas del mundo se están dirigiendo a un colapso poblacional en las próximas décadas, lo que representa un peligro existencial para su futuro. La población relativamente joven de Argentina, su seguridad geopolítica y su capacidad para recibir inmigración son tres factores convergentes que demostrarán ser invaluables en la segunda mitad del siglo XXI.


