/ Argentina 2050
Capítulo 1

La Modernidad industrial

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Veníamos bien, pero de golpe pasaron cosas.

Mauricio Macri, 17 de junio de 2018

Imperios

Durante la inmensa mayor parte de la historia humana, Eurasia fue indiscutidamente el centro del mundo: el supercontinente es el territorio interconectado más extenso que existe, contiene por mucho la población más numerosa hasta el día de hoy y siempre ha representado la fracción más grande de la economía global. Eurasia, además, tiene dos particularidades significativas: por un lado, su territorio está distribuido en un eje este-oeste, mayormente en zonas templadas, lo que implica un amplio margen de tierra cultivable. Por otro, la existencia de un mar literalmente mediterráneo y un océano de vientos estacionales predecibles (el océano Índico con sus monzones) permitieron un nivel de conectividad e intercambio inigualado en cualquier otra parte del mundo. Gracias a ello, desde temprano en la historia se puede observar el desarrollo de numerosas potencias sedentarias en todos los márgenes costeros eurasiáticos: Mesopotamia, Egipto, Persia, Grecia, Roma, India y China, entre otros.

Todas estas sociedades terminaron entablando conexiones entre sí de maneras directas e indirectas, permitiendo un nivel de intercambio material, cultural, científico, religioso, biológico y filosófico que durante milenios no tuvo punto de comparación con lo que sucedía en el resto del planeta. Esta interconexión tuvo el efecto de retroalimentar los avances y descubrimientos que se hacían en distintas zonas, acelerando el desarrollo de la región en su conjunto.

Además, a estas sociedades sedentarias, unidas por vías marítimas, también las conectaba un gran océano seco: las estepas de Eurasia central. Esta gran llanura que se extiende aproximadamente entre las actuales Polonia y Corea ha sido uno de los factores más trascendentes e ignorados en el desarrollo de la historia humana. Este inmenso espacio, habitado desde la Edad de Bronce por una larga lista de pueblos nómades y de a caballo, tenía terminales con todas las grandes sociedades sedentarias, entrando a China por el oeste, a India por el noroeste, a Medio Oriente por el norte y a Europa por el este. Históricamente, la relación entre estos pueblos con sus vecinos nómades fue contradictoria, muchas veces fructífera y frecuentemente violenta, pero también generó una vía alternativa y complementaria a los canales marítimos, ausente en cualquier otro continente, que impulsó el intercambio de bienes, ideas y personas.

De esta manera, la enorme disponibilidad de territorio, los climas templados y las vías de intercambio no solo produjeron numerosas civilizaciones, sino que además posibilitaron un diálogo permanente entre ellas que aceleró su desarrollo. Fue gracias a ello que, desde temprano en la historia humana y hasta el siglo XVI, el nivel de complejidad material y tecnológica de Eurasia se mantuvo muy por encima de Oceanía, las Américas y el África subsahariana.

Sin embargo, no todas las regiones de Eurasia siguieron la misma trayectoria histórica. En términos generales, se puede observar a lo largo de los siglos el ascenso y caída de grandes imperios cuyas dimensiones, poderío y prosperidad los volvía casi inmunes a amenazas externas durante sus períodos de apogeo. Dicho de otra manera, estas grandes potencias generalmente no identificaban en su universo conocido ninguna amenaza existencial y fueron desarrollando un ecosistema imperial bastante estable: en la Antigüedad podemos ver a Roma junto a Persia, junto al Imperio kushán en India, junto a la dinastía Han en China. Tiempo después tendremos a los turcos otomanos al lado de los persas safávidas, al lado de los mogoles de India, al lado de la China de los Ming, separada por el mar del Japón de Tokugawa. Una y otra vez, los imperios cayeron y resurgieron en los mismos lugares y con fronteras comparables.

Pero en todo esto hay una importante excepción llamada Europa.

Este continente, que es en realidad una península de Eurasia, tuvo su gran experiencia imperial con Roma. Pero tras la caída del imperio (una tortuosa experiencia que se extiende un milenio entre los siglos V y XV d. C.), Europa nunca se reunificó a sí misma ni al mundo mediterráneo que supo dominar. En lugar de eso, y a diferencia del resto del supercontinente, Europa pasó a estar habitada por una serie de pequeñas y medianas potencias en constante competencia unas con otras.

La relativa fragilidad de los nacientes Estados europeos configuró una realidad geopolítica donde el conflicto representaba verdaderos peligros existenciales. Cuando Europa salió de la Edad Media e ingresó a la Edad Moderna —alrededor del siglo XVI, tras un milenio de constante competencia multidimensional entre una multiplicidad de Estados cuyas complejas lealtades cambiaban a cada rato—, se había forjado un dinámico equilibrio de poder. Fue precisamente en este espíritu de competencia constante que los reinos de Europa Occidental (primero los ibéricos España y Portugal, seguidos por Francia, Inglaterra y Países Bajos) inventaron una estructura política sin precedentes: los imperios transoceánicos. Un siglo después de la llegada de Cristóbal Colón a las Américas vimos el surgimiento de la primera globalización: un Imperio español que se extendía desde Sicilia a Buenos Aires y hasta las Filipinas; factorías portuguesas en África, India y China; y hasta un puesto comercial holandés en Nagasaki, Japón.

Es en esta época cuando se plantan las semillas de lo que posteriormente brotará como Argentina. La cuenca del Plata, ubicada sobre la convergencia de una gran red fluvial en el corazón de América del Sur, le dio a la futura Argentina un rol socioeconómicamente secundario (en comparación con las grandes capitales precolombinas como Cuzco o Tenochtitlan, y con una menor densidad poblacional que México o Perú), pero estratégicamente clave dentro del entramado imperial español. A su vez, su carácter de último bastión español antes del cabo de Hornos, que une el Atlántico con el Pacífico, la convertía en un nodo central para la navegación interoceánica, un pilar fundamental de los imperios globales.

Las transformaciones irreversibles del intercambio planetario de personas, vegetales, ideas, armas, bacterias, metálico y manufacturas no estabilizaron a Europa, sino que profundizaron sus conflictos. A grandes rasgos y simplificando enormemente, podemos apreciar la sucesión de tres potencias hegemónicas en el continente que disfrutaron cada una alrededor de un siglo y medio de esplendor: España (1500-1648), Francia (1648-1814) y el Reino Unido (1814-1945). De hecho, la historia de nuestro país acompaña claramente estas distintas transiciones hegemónicas.

Los siglos XVI, XVII y XVIII fueron absolutamente claves en acumulación de riqueza, conocimiento y desarrollo institucional. Pero fue con la llegada del siglo XIX que se produjo el verdadero salto cualitativo: el surgimiento de la Modernidad industrial.

Los modernizadores

Desde su origen en la Europa del siglo XVIII, la Modernidad industrial tardó solamente dos siglos en transformar la vida de la inmensa mayoría de los habitantes de la Tierra. A partir de la invención de la máquina a vapor, la humanidad fue descubriendo cómo explotar niveles cada vez mayores de energía, lo cual la llevó a construir cada vez más y mejores máquinas, capaces de producir cada vez más y mejores cosas. De esta manera se inauguró el período de desarrollo más acelerado en la historia del planeta. En doscientos años se pasó de calentar con leña, andar en carro y navegar a vela a dominar la energía nuclear, construir trenes bala y enviar sondas a Marte. A su vez, esta revolución tecnológica y productiva generó niveles de prosperidad general anteriormente inimaginables: el porcentaje de gente viviendo en extrema pobreza bajó del 85 % en 1800 a menos del 10 % en 2024, mientras que la era actual es la primera en la historia en que mueren más personas por problemas relacionados con la obesidad que con la malnutrición.

En muchos sentidos, los pilares del mundo moderno se basan en la transformación fundamental que sufrieron los océanos: en los últimos 500 años, los avances en la navegación hicieron que esa gran masa de agua que cubre el 70 % de la superficie de la Tierra dejara de ser la gran barrera que permitía la existencia de civilizaciones aisladas y se convirtiera en la avenida que acercó a la humanidad entera a una incómoda proximidad, sostenida por dos grandes monumentos acuáticos: los canales de Suez y Panamá.

Este gran intercambio no dejó ningún rincón del planeta sin sacudir, y el ascenso de enormes imperios transoceánicos redefinió el equilibrio de poder global. Mientras que las diversas potencias europeas se hicieron con recursos clave, se colocaron en posiciones estratégicas y golpearon en flancos débiles, los antiguos imperios continentales mostraron una capacidad de reacción tardía, generalmente inconsistente y casi siempre inadecuada. Fue así que, en doscientos años, imperios de escalas titánicas y anteriormente invulnerables enfrentaron colapso tras colapso.

Si la Revolución Industrial fue la pata económica de la Modernidad industrial y la fábrica fue su gran legado, entonces la Revolución francesa fue su pata política, y su gran legado fue el concepto de Estado-nación. A partir de este momento, todos los habitantes de un país pasaron a ser considerados igualmente parte de una nación, un concepto revolucionario para un mundo en el cual la gente solía tener una pluralidad de identidades convergentes, que se volvían más difusas a medida que uno se alejaba de las capitales y se acercaba a fronteras poco delimitadas. Y fue en esta identidad totalizante que los revolucionarios franceses dieron con una de las fuerzas políticas más poderosas de la historia: la movilización de masas.

La participación masiva de la población en diversos aspectos de la vida pública les obsequió a los gobiernos un instrumento que pudieron implementar con gran eficacia en proyectos tan distintos como la construcción de naciones, la consolidación de sistemas políticos nuevos (tanto democráticos como autoritarios) y el lanzamiento de guerras totales. Tan exitoso fue este modelo que en los siguientes dos siglos se convirtió en la forma organizativa estándar para los Estados alrededor del mundo y, en la mayor parte del planeta, otras formas organizativas humanas se volvieron hasta difíciles de imaginar.

Tanto la Revolución francesa como la Industrial atravesaron los procesos de independencia hispanoamericanos a medida que el Imperio español entró en una espiral de crisis terminal. A lo largo de las primeras décadas del siglo XIX, diferentes súbditos dentro de diferentes virreinatos fueron construyendo Estados-nación modernos a medida que el devenir de la política construía nuevas fronteras; un proceso complejo que condujo a recurrentes luchas internas que fueron postergando una organización nacional más consolidada que permitiese desarrollar el potencial económico de la región.

Al mismo tiempo, la lógica de la Modernidad industrial amplió como nunca la posibilidad de la expansión imperial mientras que al mismo tiempo cambió su lógica. Muchos lugares antes pensados como vitales decayeron en importancia, mientras que rincones prácticamente desconocidos del planeta pasaban a un lugar protagónico si es que allí se encontraba algún clave y raro insumo industrial, como el carbón, el caucho, el guano o posteriormente el petróleo. Un caso emblemático se puede hallar en el ejemplo de Manaos: durante el boom del caucho, esta ciudad construida en el corazón del Amazonas se convirtió brevemente en uno de los lugares más ricos del mundo.

A pesar de la hegemonía británica, no se logró romper el complejo equilibrio de poder existente en el continente y Europa permaneció inexpugnable durante el siglo XIX, mientras ella misma se hacía con el dominio del resto del mundo: entre sus grandes potencias se encontraban también Rusia, Francia, Alemania, Austria-Hungría, Italia y el Imperio otomano.

Ya para finales del siglo XIX y principios del siglo XX vemos consolidada una nueva y muy distinta etapa de la globalización. El célebre historiador Eric Hobsbawn llamó a este período la era del imperio. Aquí me tomo el atrevimiento de proponer otro concepto, no alternativo, pero a lo mejor complementario: la era de las globalizaciones. La inspiración de esta sugerencia yace en el hecho de que el apogeo del poderío europeo no estuvo realmente marcado por un único sistema global, sino por la coexistencia de varios sistemas imperiales globalizados en paralelo.

Explicado de manera muy concisa: el juego imperial de una potencia europea a partir de la Revolución Industrial estaba basado en la premisa de que era más fácil conquistar otras partes del mundo que conquistar Europa, y era necesario hacerlo para evitar que lo conquistaran a uno. Ahora, la Modernidad industrial demanda el suministro de gran cantidad de insumos específicos, distribuidos a lo largo del mundo, para poder producir manufacturas y acceso a mercados para poder venderlas. Como estos imperios tienen pocos incentivos para comerciar libremente con sus rivales, cada imperio idealmente tendría que conseguir colonias alrededor del mundo para poder armar en su totalidad una matriz productiva industrial que le permita competir en el escenario internacional.

Esto lleva a la lógica de expansión permanente en busca de nuevos territorios para poder acceder a sus recursos y mercados. No solo esto, sino que la propia lógica de competencia imperial también lleva a la adquisición de territorios no porque le sean de particular valor a la potencia en sí, sino para privar de ellos a un rival. De esta manera, con relativa paz en Europa, las potencias industriales fueron consumiendo las piezas que pudieron a lo largo del planeta Tierra hasta que a principios del siglo XX prácticamente la totalidad del globo quedó bajo dominación colonial directa, semicolonial o gobernada por alguna ramificación de la cultura europea, como es el caso de las Américas.

En cuanto al caso argentino, la consolidación de un gobierno nacional efectivo y el final de sus guerras civiles con el ascenso a la presidencia de la Nación de Julio A. Roca en 1880 ofrecieron un escenario político que pudo sacar ventaja de las nuevas tecnologías que se habían consolidado a lo largo del siglo. Gracias a ello, Argentina fue destino de numerosas inversiones de capital que transformaron su matriz económica y la integraron en un rol lucrativo pero subalterno en el armado imperial europeo global; esencialmente, como un exportador de materia prima, principalmente agrícola, en un sistema que ha pasado a la historia como el modelo agroexportador.

Frente al avance de este sistema global, los tradicionales imperios de Eurasia enfrentaron un dilema claramente marcado: o abrazaban la Modernidad industrial, o sufrían las consecuencias. Y esto se debe al hecho de que, como remarcó el historiador Stephen Kotkin, la Modernidad industrial no es solamente un cambio socioeconómico o productivo; es un imperativo geopolítico y es un imperativo existencial. La producción industrial y su consecuencia más importante, la guerra industrial, representaron un cambio abrupto en la correlación de fuerzas anteriormente existentes. Si el año 1700 estuvo marcado por una cierta equidad en capacidades militares a lo largo de Eurasia, para 1850 la supremacía de las potencias industriales era innegable. Y desde el momento en que alguien entendió cómo fabricar barcos de acero, todos los demás pueblos del mundo tuvieron que conseguir sus propios barcos de acero o sufrir las consecuencias.

Sin embargo, hay algunas cuestiones que debemos señalar cuando hablamos de la Modernidad porque es uno de esos términos donde nuestros supuestos básicos nos juegan en contra. Vivimos en una sociedad moderna, en la cual lo moderno, justamente, se concibe como un bien en sí mismo. Si en un libro de historia uno lee que tal o cual emperador fue un “modernizador”, uno asume que se lo está halagando. No obstante, la modernización es de las tareas más complejas, ingratas y generalmente peligrosas que un gobierno puede encarar, porque lisa y llanamente es uno de esos proyectos que logran que todo el mundo te odie al mismo tiempo. Pensemos en los casos de los grandes imperios continentales de Eurasia a lo largo de la Revolución Industrial, ya sea la Rusia zarista, el Imperio otomano, la dinastía Qing en China o la Persia de los Qajar. Con el correr de las décadas y a medida que fueron acumulando derrotas militares frente a ejércitos progresivamente industrializados, todos estos imperios vieron el imperativo existencial de modernizarse y tomaron medidas al respecto. Apreciaron correctamente que la superioridad militar residía en los nuevos sistemas de armas, y esas armas tenían su origen en mejor tecnología. Entonces tomaron la medida de enviar cohortes de sus más brillantes jóvenes a estudiar en los países industrializados y aprender sus técnicas para importarlos de vuelta luego y que sirvieran al emperador. Esto, en mayor o menor medida, se cumplió. El problema fue que estos jóvenes trajeron consigo también ideas; ideas modernizadoras. No solo aprendieron cómo hacer cañones, sino que también aprendieron a fundar clubes políticos, periódicos y sindicatos. Al regresar, tomaron conciencia del atraso relativo de sus sociedades, economías, costumbres e instituciones. Y con ello concluyeron que la Modernidad industrial era un paquete completo. Si habían de preservar la supervivencia de su sociedad en un mundo moderno, la sociedad entera debía pasar a ser moderna. ¿Y sobre quién debía recaer la pesada tarea de liderar esta modernización? “Sobre los modernizadores”, dijeron, naturalmente, los modernizadores.

Frente a ellos, encontramos con frecuencia monarcas desconcertados, incrédulos o furiosos con lo que percibieron ya como una muestra de flagrante ingratitud o actos de traición. De esta manera se abrió un primer flanco débil en el armado imperial: los monarcas no lograron controlar ni direccionar las demandas eternamente insatisfechas de los modernizadores.

Mientras esto se desarrollaba, el monarca también iba perdiendo credibilidad frente a los leales al régimen, que eran casi siempre el ala conservadora. Estos solían estar igual de perplejos, pero con su soberano, a quien veían como un monarca que le estaba dando la espalda a todo aquello que había hecho que el imperio fuera grande, mientras gastaba fortunas intentando imitar las formas de sus enemigos, y todo esto a través del financiamiento de los ingratos e inexpertos modernizadores, cuyas ideas se mostraban crecientemente peligrosas. A esto se le agregaban los propios súbditos del imperio, que empezaban a verse expuestos al novedoso concepto de nación y adoptaban identidades que amenazaban con despedazar al imperio multicultural desde adentro. Y esta historia se repetía, una y otra vez, en todos los imperios.

Y es así como llegamos a la pesadilla perfecta que es la modernización. Los modernizadores nunca se sentirán satisfechos y sus demandas irán profundizándose con el correr de las décadas, frecuentemente convirtiéndolos en revolucionarios. Algo similar sucede con los conservadores, cuya creciente frustración y desesperación los transformarán comúnmente en reaccionarios. En el medio de todo esto se encuentra siempre un monarca que con dolorosa frecuencia intentará enfrentar todas estas demandas de manera simultánea, con avances, retrocesos, concesiones, diálogo y represión: los partidos políticos se legalizan y se prohíben; se ejecutan rebeldes y se liberan prisioneros; se abren y cierran diarios; se firman y suspenden constituciones; se legalizan idiomas y se masacran poblaciones enteras. El sultán otomano Abdülhamid II, el emperador chino Guangxu y el zar ruso Alejandro II pasaron a la historia como grandes ejemplos de la dificultad intrínseca de la modernización.

Y todo esto ocurriendo dentro de un contexto geopolítico extremadamente hostil donde las potencias industriales se encuentran agazapadas, esperando su momento para atacar. Con la única excepción del Japón Meiji, ningún imperio euroasiático quedaría realmente en pie al finalizar la Primera Guerra Mundial.

No obstante, la lógica imperial de Europa también tuvo sus límites. Al prácticamente acabarse la tierra colonizable en el mundo, las potencias europeas volvieron a apuntar sus cañones entre sí: dos guerras mundiales en menos de treinta años pusieron fin a uno de los períodos de mayor supremacía militar, económica, y sociocultural que el mundo haya visto.

Las superpotencias

Como señalé en la introducción a este libro, este proceso fue particularmente desestabilizador para la República Argentina, que en treinta años vio cómo se destruyó el orden mundial alrededor del cual había construido un modelo de país, un modelo económico y un modelo de sociedad. A esto se le debe agregar el hecho de que la sociedad argentina había sufrido el período de transformación más profunda y acelerada de su historia a lo largo del medio siglo de apogeo del modelo agroexportador (1880-1930). Esto le presentó un doble desafío a la clase política de aquel entonces, que intentó reconciliar un país y un orden mundial que le hubieran sido irreconocibles a sus predecesores unas pocas décadas atrás.

En lugar del tradicional armado imperial paralelo europeo, surgieron, a mediados de siglo XX, dos superpotencias cuyo antagonismo construiría, por acción y reacción, el mundo que hemos conocido: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y los Estados Unidos de América.

En cuanto concierne a la primera, en buena medida la historia del siglo XX está marcada por el ascenso y caída de uno de los procesos políticos más extraordinarios que encaró la humanidad. Por única vez en la historia, un puñado de personas altamente motivadas encaró el proyecto de fundar una civilización entera a partir únicamente de una escuela filosófica: el materialismo dialéctico. El resultado fue la construcción de un Estado, una sociedad, unas Fuerzas Armadas, una cultura, un arte, y una visión geopolítica nacidos del socialismo soviético.

Con ello, se conformó una superpotencia continental que contenía la octava parte de la tierra firme y a la tercera población humana más grande del planeta. Su espíritu revolucionario, universalista y evangelizador también la enfrentó intrínsecamente al orden mundial establecido: la propia ideología soviética postulaba que su modelo era la única forma de organización humana legítima, mientras que todos los otros gobiernos y sociedades no eran más que sistemas de explotación intrínsecamente malvados a ser destruidos por cualquier medio posible; un destino que, por otro lado, era inevitable dentro de la premisa de que la historia tiene leyes científicas y el desarrollo humano avanza inexorablemente hacia el comunismo.

A este marco ideológico se le agregan los limitantes de la geografía. Más allá de sus esfuerzos por romper radicalmente con el pasado, la Revolución rusa no fue en vano “rusa”, ya que heredó los territorios (y, con ello, los problemas geopolíticos) de los antiguos zares. Rusia, en cualquiera de sus iteraciones, presenta probablemente la situación geopolítica más paradójica del mundo: una gran potencia enormemente vulnerable, en constante peligro, que es a su vez eternamente víctima de sus propios éxitos. Un Estado que, una y otra vez, cuanto mejor le va, peor le va en términos de su propia seguridad nacional.

Para entender esta paradoja, hay que remontarse a los orígenes de la Rusia moderna en el antiguo Gran Ducado de Moscovia, un territorio ubicado sólidamente en la gran estepa euroasiática, sin salida al mar, sin fronteras naturales defendibles, y rodeado de enemigos. En este escenario, el imperativo estratégico es la conquista de todos los territorios vecinos para eliminar amenazas, adquirir más recursos y aumentar de tamaño para compensar la falta de barreras geográficas. Pero una vez completada esta etapa, la dirigencia rusa se percata de que su situación fundamental no ha cambiado. Entonces procede a conquistar a los vecinos de sus vecinos, y, luego, a los vecinos de los vecinos de sus vecinos y a los vecinos de los vecinos de los vecinos de sus vecinos, y en un par de siglos termina constituyendo un imperio colosal que se extiende desde Polonia hasta Corea.

En sus momentos de apogeo, Rusia ha llegado a “anclarse” geográficamente en ciertos puntos clave: los aproximadamente 800 km que unen el mar Báltico con los montes Cárpatos en su flanco occidental, los 200 km que separan a los Cárpatos del mar Negro en su flanco sudoccidental, los montes del Cáucaso y las cordilleras y desiertos de Asia central en su flanco austral, y el océano Pacífico en su flanco oriental.

A primera vista, esto parecería una situación estratégicamente idílica: Rusia simultáneamente logró acumular recursos y territorios para fortalecerse, tiene barreras naturales que le permiten asegurar fronteras defendibles, y su vasta extensión le da profundidad estratégica en caso de ser atacada. Sin embargo, este es el momento en el cual se vuelve víctima de su propio éxito. Estas campañas de conquista omnidireccionales la convierten en una potencia colosal que todos sus vecinos miran con cautela o temor, pero esto no la conduce a tener menos fronteras con menos vecinos, sino todo lo contrario. Y para terminar de complejizar la situación, estos vecinos no son pequeños principados, emiratos o ciudades-Estado, sino que son muchas de las grandes potencias del mundo, como Alemania, Turquía, Irán, India, China y Japón, que tienen motivos estratégicos para armar coaliciones en contra de Rusia.

A su vez, los vastos recursos materiales y humanos que va acumulando Rusia a través de sus conquistas nunca logran ser aprovechados en toda su plenitud. Sus inmensas extensiones requieren de muchísimo capital para ser explotadas en todo su potencial, un capital que nunca estará disponible debido a que esas conquistas fueron posibles gracias a enormes ejércitos terrestres. Y cuánto más conquista Rusia, más soldados necesita para controlar cada vez más territorio y pelear contra cada vez más enemigos cada vez más poderosos, lo cual asegura que nunca tendrá el capital para desarrollarse económicamente lo suficiente como para poder ganar el juego geopolítico en el que termina metida.

Y, para terminar de completar el panorama, tenemos que destacar que Rusia tampoco puede ser jamás una potencial naval. La razón es nuevamente geográfica: para una nación-isla como el Reino Unido o Japón, es relativamente fácil ser potencias navales, ya que lo único que realmente necesitan para garantizar su seguridad nacional es una única flota ubicada en el mar que los rodea. De hecho, al ser islas pueden invertir mucho menos en sus fuerzas terrestres y armar una flota poderosa con relativamente poca gente. En el caso de Rusia, Moscú necesita no una, sino cuatro flotas: una flota del mar Báltico, una del mar Ártico, una del mar Negro y una del Pacífico. Entonces, en vez de poder invertir en una gran flota, tiene que dividir esos recursos en cuatro; recursos que consisten en lo que le sobra al presupuesto de Defensa luego de financiar a uno de los ejércitos terrestres más numerosos del mundo. Y todo esto para que cualquiera de estas flotas tenga que competir contra la totalidad de la Armada alemana en el Báltico, la totalidad de las Armadas japonesa o china en el Pacífico, la totalidad de la Armada turca en el mar Negro, sin contar otras potencias marítimas en lugares como el mar del Norte o el Mediterráneo, donde acechan las flotas italiana, francesa, inglesa o estadounidense.

Aun así, habiendo heredado esta pesadilla geopolítica y enarbolando una ideología que le declaraba implícitamente la guerra al resto de las potencias del planeta, para mediados del siglo XX, la Unión Soviética de Stalin había logrado una de las mayores hazañas político-militares de la historia: la conformación de un bloque socialista que se extendía desde Alemania del Este hasta el norte de Vietnam, con unas 900 millones de personas y unos 35 millones de km2; es decir, alrededor de un cuarto de la Tierra y un tercio de la humanidad.

Si bien en muchos sentidos se puede considerar que al momento de la muerte de Stalin, en 1953, el Kremlin había llegado al punto más alto de su influencia global, una vez más Rusia fue víctima de su propio éxito, ya que la existencia de este bloque socialista liderado por una superpotencia nuclear soviética fue lo suficientemente alarmante como para generar la serie de alianzas más poderosa, improbable y heterogénea que alguna vez se haya visto en la historia. Una red de alianzas diseñada y liderada por Estados Unidos.

Estados Unidos puede considerarse de alguna manera como el anti-Rusia, no solo desde un punto de antagonismo y rivalidad, sino también desde su esencia geopolítica. A diferencia de Moscú, Washington no podría haber sido más beneficiada por la geografía: nunca contó con vecinos poderosos, pudo expandirse de manera acelerada y sin gran dificultad hasta lograr una escala continental, en el centro del país tiene tanto una de las tierras más fértiles como una de las mejores redes fluviales del mundo (la cuenca del Misisipi) y su ubicación en América del Norte lo coloca a una distancia segura de todos los diversos peligros del mundo euroasiático.

Gracias a ello, a menos de un siglo de su fundación había logrado cumplir con sus tres primeros imperativos estratégicos: volverse una potencial naval bioceánica, establecerse como la potencia hegemónica en América del Norte y convertirse en la potencia hegemónica del hemisferio occidental. Fue también por esta época, a finales del siglo XIX, que se convirtió en la principal economía del mundo, aunque su influencia en el concierto de las naciones aún se encontraba debajo de su potencial (similar al caso de China en el primer cuarto del siglo XXI).

Sin embargo, dos guerras mundiales y el ascenso soviético condujeron a Washington a involucrarse de manera permanente en los asuntos globales, ya que Stalin representaba un desafío que no podían ignorar: una potencia capaz de unificar Eurasia. Impedir este escenario es el cuarto imperativo estratégico de EE.UU.

Como dije al principio de este capítulo, Eurasia siempre ha sido, por sus dimensiones, población y recursos, el centro del mundo. Si una potencia lograse volverse hegemónica en Eurasia tendría los recursos para producir más barcos de acero que Estados Unidos y, con ello, los dos océanos que flanquean a la potencia norteamericana dejarían de ser dos grandes murallas y se convertirían en avenidas para la invasión, destruyendo cualquier clase de seguridad nacional.

Frente a esta hipótesis, EE.UU. adoptó una estrategia de contención que consistió en dos pilares fundamentales. En primer lugar, logró consolidar un anillo en los márgenes de Eurasia para contener cualquier posible avance soviético, financiando la reconstrucción tanto de sus aliados como de antiguos rivales y dándoles acceso al mercado estadounidense. Así, Noruega, el Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Grecia, Turquía, Irán, Pakistán, Tailandia, Vietnam del Sur, Indonesia, Australia, Filipinas, la isla de Taiwán, Corea del Sur y Japón, entre otros, actuarían como una gran barrera de contención pancontinental.

A su vez, el acceso preferencial al mercado estadounidense y los apoyos directos recibidos les permitieron a estos países aliados una rápida recuperación, al tiempo que el temor a la revolución socialista los llevó a desarrollar diferentes versiones del Estado de bienestar, mejorando marcadamente la calidad de vida del conjunto de sus ciudadanos. De esta manera, la modernidad alternativa que planteaba el socialismo soviético también fue moldeando a sus rivales, que incorporaron muchas de sus políticas sociales a través de un modelo de mayor intervención estatal a fin de construir un nuevo pacto político-social: en muchos sentidos, el mundo capitalista de posguerra, donde los intereses de la clase obrera no podían ser ignorados, es marcadamente distinto del mundo capitalista que lo precedió.

En segundo lugar, Washington adoptó una estrategia económica y comercial que permitiría financiar esta arquitectura de seguridad masiva. Estados Unidos salió de la Segunda Guerra Mundial con la Armada más poderosa del planeta y la única con un alcance verdaderamente global: en 1945, Washington contaba con 6768 buques de guerra, que representaban el 70 % de los barcos y del tonelaje total mundial. Gracias a ello, pudo poner en marcha una serie de políticas que reconfigurarían la estructura económica mundial.

Una de sus primeras medidas fue en conjunto con la Unión Soviética, aunque por motivos distintos: desarmar el entramado imperial europeo que había conducido a las guerras mundiales. A partir de ese momento, los países que emergieran de la descolonización se convertirían en el campo de batalla predilecto entre las dos superpotencias.

La demolición del antiguo sistema europeo imperial de globalizaciones paralelas permitió la consolidación de un nuevo modelo: a partir de mediados del siglo XX, Estados Unidos no solo contaba con la flota más poderosa del mundo, sino que la distribuyó de tal manera que se aseguró de tener la flota más poderosa en cada océano del mundo. A partir de entonces, patrulla todos los mares, asegurando la libre navegabilidad y evitando, en términos generales, la piratería, tanto privada como interestatal. Esto ha posibilitado que todos sus países aliados, por lo menos en teoría, comercien entre sí. La antigua lógica de competencia por territorios y recursos fue reemplazada progresivamente por una división internacional del trabajo más eficiente que se consolidaba a través de cadenas de valor cada vez más globales.

Es a partir de este momento que vemos una aceleración de la estandarización industrial y logística alrededor del mundo con la introducción de elementos que consideramos perfectamente mundanos, pero que en su momento fueron absolutamente revolucionarios. Un gran ejemplo de esto fue el container, inventado a mediados de la década de los 50 en EE.UU. y estandarizado a nivel internacional en 1965, que revolucionó el intercambio al facilitar el transporte intermodal entre barcos, trenes y camiones, dando lugar a una integración logística, productiva y comercial antes impensada.

La Argentina industrial

Frente a este escenario bipolar y una serie de factores convergentes adversos, Argentina debió buscar un nuevo modelo de desarrollo. Los antiguos mercados europeos, recuperándose de la guerra, adoptaron políticas de protección y subsidios masivos para sus sectores agrícolas, en función de garantizar una mayor seguridad alimentaria frente a la posibilidad de una tercera guerra mundial. Si bien este proceso comenzó como una serie de políticas nacionales individuales, en 1962 se fundó la Política Agrícola Común para convertirlo en un objetivo común y coordinado a nivel regional, y en la actualidad representa alrededor de un tercio del presupuesto total de la Unión Europea. Este proceso significó para Argentina esencialmente la pérdida del pilar fundamental de su modelo agroexportador, mientras que alrededor del globo no se veían muchas más alternativas: el bloque socialista representaba un mercado complicado debido a los enfrentamientos ideológicos de la Guerra Fría, el sur global atravesaba el caos de la temprana descolonización, y EE.UU., el principal mercado del mundo, ha sido siempre un competidor agrícola directo del campo argentino.

Diversos gobiernos argentinos, entre los cuales se destaca el peronismo, optaron por lidiar con esta situación implementando proyectos de industrialización de la economía nacional a través de lo que pasó a la historia como la ISI: la industrialización por sustitución de importaciones. La lógica de estos proyectos residía en el fomento de industrias nacionales con el fin de disminuir la dependencia tradicional de las economías centrales, dar saltos tecnológicos y generar trabajo industrial mejor remunerado que alentara la expansión del mercado interno, y que este, a su vez, consumiera los productos industriales que él mismo generaba.

Si bien la ISI tanto en Argentina como en otros países de la región significó un salto cualitativo en la matriz tecnológico-industrial a lo largo de las décadas de los 40, 50 y 60, y fue una respuesta al escenario mundial adverso de la posguerra, este modelo también enfrentó importantes desafíos geopolíticos. En primer lugar, la industrialización se llevó adelante en un país con una población pequeña, que creció de unos 16.000.000 a 23.000.000 de personas entre 1945 y 1970, lo cual representaba un límite al tamaño del mercado interno que se buscaba alentar. En segundo lugar, a fin de atraer el capital necesario para desarrollar esa industria, Argentina debía competir con los países de Eurasia, cuya posición geográficamente clave en la Guerra Fría los volvía un destino prioritario por motivos más estratégicos que económicos. En tercer lugar, América Latina no solo era un escenario secundario en la Guerra Fría, sino que, al ser caracterizado más por conflictos internos que internacionales, las intervenciones estadounidenses se focalizaron en el fomento de técnicas de contrainsurrección y represión interna, generando enormes costos sociales y desestabilización.

Neoliberalismo y fin de la URSS

Durante las primeras décadas de la posguerra, esta estructura económica global se sustentaba en una suerte de patrón oro que había emergido luego de los Acuerdos de Bretton Woods: todos los países comerciarían en dólares y después serían capaces de usar esos dólares para comprar oro de las vastas reservas estadounidenses. Sin embargo, esto se vio interrumpido de manera abrupta por el presidente Richard Nixon, quien, temiendo una creciente pérdida de metálico, abolió unilateralmente el sistema en 1971. A partir de ese momento, el dólar estadounidense se vio respaldado únicamente por la confianza del mercado.

Pero ante el imperativo de tener que sostener el sistema financiero mundial que había armado, EE.UU. les ofreció a sus países aliados una alternativa al oro: a partir de entonces, cuando los países con superávit comercial acumulasen dólares en sus reservas, se los podrían vender a Washington a cambio de bonos del tesoro. Y fue de esta manera que, en el último cuarto del siglo XX, Estados Unidos encontró una manera de sostener económicamente su imperio global vendiendo su deuda y comprando su propia moneda en un complejo circuito financiero.

Este cambio de estrategia coincidió con una pérdida de la competitividad industrial estadounidense, particularmente luego de la crisis del petróleo de 1973, que condujo, al mismo tiempo, a una estanflación (la inusual combinación de altos niveles de inflación con escaso o nulo crecimiento económico). A su vez, la crisis, que impactó negativamente en el sector manufacturero, aceleró su sostenida decadencia debido a la competencia de otras economías industrializadas, tales como Alemania, Japón, Taiwán y Corea del Sur. Cabe destacar que todos eran países aliados durante la Guerra Fría y a cuyas economías Estados Unidos había subsidiado de diversas maneras. Esta tendencia se vería reforzada aún más en las décadas siguientes por el ingreso de la República Popular China a la economía global.

Si bien la historia de China en el siglo XX es larga y compleja, la parte que nos interesa básicamente comienza cuando el triunfo de la Revolución china liderada por Mao Zedong coloca a Beijing en el bloque socialista conducido por Stalin. Sin embargo, crecientes tensiones entre Mao y el sucesor de Stalin, Nikita Khrushchev, llevarían a una ruptura total entre los dos gigantes socialistas conocida como el cisma sino-soviético. Esto condujo a que Mao empezara a reparar lazos con Washington e integrase a China al gran bloque antisoviético en la década de los 70. Tras su muerte, su sucesor, Deng Xiaoping, lanzó en 1978 la Política de Reforma y Apertura, que trajo una revolución económica a China, y la transformó en la fábrica del mundo que conocemos hoy. Pero sobre este país me explayaré en profundidad en el capítulo 3, de modo que dejémoslo por ahora y retomemos el hilo de la historia.

En cuanto a los costos sociales de esta transformación, este proceso de “desindustrialización” de la economía estadounidense llevó a que el sector manufacturero, como porcentaje del empleo total en EE.UU., pasara de casi el 40 % en 1943 a alrededor del 21 % en 1980 y a alrededor del 8 % en 2024. A su vez, esta tendencia golpeó duramente a la clase obrera, que vio cómo muchos de los avances logrados en décadas anteriores se fueron licuando, debido a una combinación de cierre de empresas, incrementos en la automatización y relocalización de fábricas a otros países con mano de obra más barata. Estas consecuencias adversas sobre la clase trabajadora, sumadas al proceso de estanflación, dieron origen, en parte, al sustancial incremento de la desigualdad en la sociedad estadounidense. Para mencionar un ejemplo, los salarios en términos reales no aumentaron significativamente en las siguientes décadas.

Este fenómeno se desarrolló de manera paralela con cambios en el pensamiento económico de Occidente, producto del desempeño adverso de la economía en la década de 1970. La reacción académica y política estuvo marcada por el ascenso del neoliberalismo, basado en ideas como que muchas de las funciones que había adoptado el Estado serían más eficientes en manos privadas, que la desregulación del mercado reactivaría el crecimiento, y que la disminución de la carga impositiva sobre los sectores económicamente más prósperos (esencialmente, las clases altas y las grandes corporaciones) permitiría darle a la economía un nuevo dinamismo. Dicho de otra manera, habiendo quedado atrás el temor de revoluciones socialistas en Occidente, el neoliberalismo propuso el abandono del pacto sociopolítico de posguerra y propuso una alianza de gobierno entre los sectores altos y medios en contra de los intereses de la clase obrera.

En términos mundiales, los dos ejemplos más emblemáticos que inauguraron la era neoliberal fueron los casos del presidente estadounidense Ronald Reagan y la primera ministra del Reino Unido Margaret Thatcher. Entre sus rasgos más destacados, se encuentran un conjunto de políticas conservadoras signadas por una posición fuertemente antisindical en lo laboral, un gran apoyo al libre mercado en el plano comercial y financiero, y una política impositiva marcadamente en beneficio de los sectores más adinerados (de hecho, Reagan, a lo largo de sus dos mandatos, redujo los impuestos en la categoría más alta del 70 % al 28 %).

De manera paralela, este proceso se vio acompañado de una extraordinaria revolución tecnológica en el campo de la computación, que generó dentro del propio EE.UU. una industria novedosa, nuevo motor del crecimiento económico del país. A su vez, las innovaciones en la informática también aceleraron y profundizaron el desarrollo de otro sector que tendría un boom en la década de los 80: el financiero.

Las nuevas posibilidades de procesamiento y comunicación de la revolución tecnológica le dieron al sector financiero los instrumentos materiales para sacar un provecho exponencial de medidas de Reagan como la reducción de la inflación a través del aumento de las tasas de interés, la disminución de la carga impositiva y la desregulación. A su vez, el nuevo dinamismo del sector también permitió que las compañías estadounidenses lograsen aprovechar este contexto favorable para sus intereses aglutinando y transformándose en grandes multinacionales, que le sacarían provecho a un mundo cada vez más globalizado.

En Argentina, la primera implementación de estas ideas vino de la mano de la última dictadura (1976-1983) y el ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz, que lanzó el primer ensayo de desindustrialización en la historia argentina. La lógica detrás de esto se basaba, por un lado, en la premisa neoliberal de que una economía más abierta y menos proteccionista a la larga generaría mayor crecimiento. También contenía una lógica de represión interna al buscar la eliminación de la clase obrera industrial, entendida como el mayor factor de riesgo en una posible revolución socialista. No obstante, ni la desindustrialización iniciada por la dictadura ni otros experimentos de liberalización posteriores han logrado nunca desarticular del todo el entramado industrial iniciado por Juan Domingo Perón en la década de los 40 y que dio lugar al siguiente medio siglo de empate estratégico en el cual Argentin alterna de manera rutinaria alterna entre modelos aperturistas y proteccionistas sin terminar de consolidar un camino definitivo.

Los preceptos del neoliberalismo en ascenso parecieron confirmarse con el colapso de los gobiernos socialistas de Europa del Este y la disolución de la Unión Soviética en 1991. Si bien, nuevamente, la caída de la URSS es larga y compleja, en síntesis fue la política de la desestalinización iniciada por Khrushchev lo que condujo a una paulatina desideologización de los cuadros partidarios. Frente a condiciones materiales cada vez peores y la deslegitimación del régimen, las propias elites soviéticas acabaron por abandonar el sistema en favor de otro modelo que los beneficiaría más. Y fue de esta manera que el único ensayo en la historia humana de producir un modelo civilizatorio inspirado en una escuela de pensamiento filosófico acabó cometiendo suicidio societal menos de siete décadas después de su fundación.

Posmodernidad

El cierre del siglo XX parecía inaugurar una nueva era humana. Con el colapso del bloque socialista, un Occidente triunfante teorizaba sobre una nueva era del pensamiento: una posmodernidad. El último gran conflicto ideológico sobre cuál era el mejor sistema económico parecía haberse resuelto a favor del capitalismo de libre mercado. Y el mejor sistema político para acompañar a ese sistema económico parecía ser la democracia liberal: “Los mercados prefieren las democracias”, repetían los manuales de ciencia política de la época.

Según esta visión, solo había que continuar liberalizando las economías y abriendo sus mercados al comercio internacional. Todos los países del mundo harían lo que mejor saben hacer e importarían lo demás. Así, el precio de todo se reduciría y todos seríamos más ricos. A medida que las sociedades se enriquecieran, sus nuevas clases medias inevitablemente demandarían mayor representatividad política y eso inexorablemente conduciría a la democratización. Y cuantas más democracias hubiera en el mundo, mayor sería la paz: “Las democracias no van a la guerra”, repetían los expertos en relaciones internacionales por esos años.

Así, con un mundo próspero, democratizado, comercialmente abierto y económicamente interdependiente, todos los conflictos se irían disipando. La guerra desaparecería porque ya no habría ninguna ganancia en ella. La política nacional se vería reducida prácticamente a la administración de algunas regulaciones acá y allá. Una sociedad más próspera sería más educada, y una sociedad más educada tendería a ser más secular, indicaba el sentido común de aquel entonces.

El advenimiento de internet, esa superautopista de la información, convertiría al planeta en una gran aldea global. Nunca tantas personas habían tenido tanto acceso a tanta información. Nunca tantas personas habían podido debatir tan libremente y de manera tan horizontal, sin temor a repercusión alguna. En este gran mercado global de las ideas, las mejores ideas inevitablemente triunfarían, ya que este mercado, como cualquier otro, se regula a sí mismo, dictaminaba la lógica tecnocrática.

Esta paz, prosperidad e interconectividad irían uniendo cada vez más a la humanidad, y las fronteras entre los países se irían diluyendo. Las personas serían cada vez más “ciudadanos del mundo” y dejarían atrás por fin el nacionalismo, el huevo de la serpiente que llevó al totalitarismo del siglo XX, sostenían las interpretaciones históricas predominantes.

Este mundo sin pobreza, sin conflicto, sin política, también sería, naturalmente, un mundo sin historia, ya que la historia habría llegado a su fin junto con la caída de la Unión Soviética. Este fue en su esencia el gran sueño neoliberal que parecía consolidarse en los 90. La ironía es que en muchos puntos parece casi indistinguible del sueño comunista de Karl Marx: un mundo utópico, sin pobreza, sin guerra y sin Estado.

De manera implícita, también en esta época se fue transformando la noción misma de la democracia. Los partidos de establishment en Occidente, tanto de izquierda como de derecha, hicieron un pacto entre sí por el cual progresivamente el concepto de democracia dejó de significar el gobierno de la voluntad de las mayorías y fue reemplazado por el concepto de la defensa de los derechos de las minorías. Para los partidos de izquierda (y por ello me refiero al Partido Demócrata, al Laborista, el PSOE español, los socialistas franceses, etc.), esto daba la oportunidad de avanzar en sus agendas sociales y culturales abocándose a las problemáticas de minorías y grupos subalternos, que rápidamente ganaron visibilidad en el mainstream del debate político: la desigualdad de género, la discriminación racial, los pueblos originarios, la diversidad sexual, los refugiados, entre otras.

Sin embargo, al aceptar este pacto, garantizaron la protección de la minoría que más les importa a los partidos de derecha: la única minoría universal; es decir, la minoría económica; es decir, los ricos. Donde se acepta la lógica de que en la democracia no se puede emplear la voluntad de la mayoría en contra de las minorías, no se pueden usar los votos para redistribuir seriamente la riqueza.

Habiendo reducido la arena de lo que se consideraba políticamente correcto discutir, durante un tiempo los partidos parecieron ir tendiendo a un centro: los partidos de derecha se hacían culturalmente más progresistas y los partidos de izquierda se volvían económicamente más conservadores.

En el plano de las propuestas concretas, el sentido común de la era posterior a la Guerra Fría fue sintetizado de manera icónica por John Williamson en un artículo de 1989. En este, enumeraba una serie de diez propuestas de reforma concretas para América Latina, que serían implementadas de una u otra manera a lo largo del planeta. Estas reformas consistían en disciplina fiscal, reordenamiento del gasto público, reforma tributaria, liberalización financiera, tipo de cambio competitivo, liberalización comercial, apertura a inversión extranjera, privatización, desregulación y protección a los derechos de propiedad. La popularización de este recetario terminó pasando a la historia con el nombre de Consenso de Washington.

En el caso argentino, el gobierno de Carlos Saúl Menem encarnó la contradictoria síntesis que planteaba esta temprana posmodernidad. Menem era un caudillo peronista tradicional del interior profundo del país que luego abrazó las ideas neoliberales con arrojo. En su política interna, buscó dejar atrás los conflictos que habían marcado décadas: su visita al almirante Isaac Rojas, símbolo del antiperonismo más virulento, buscaba representar una suerte de reconciliación del espectro político argentino, mientras que sus indultos a comandantes militares de la dictadura y a líderes revolucionarios buscaban dar por concluidos los conflictos de la Guerra Fría. En el plano internacional, Menem aceptó con entusiasmo la hegemonía estadounidense, mientras que acompañaba la expansión del sistema multilateral de aquellos años. Y, finalmente, en términos económicos, siguió férreamente la línea marcada por el Consenso de Washington e implementó, en una gran liberalización interna, un achicamiento sustancial de las capacidades del Estado nacional y la segunda gran fase de desindustrialización del país, cuya inviabilidad terminaría demostrada en la gran crisis de 2001.

Razonablemente, el mayor ensayo neoliberal ha sido la Unión Europea. Hacia finales del siglo XX, luego de haberse autodestruido en dos guerras mundiales y casi volverse el frente de una tercera, el continente parecía por fin dejar atrás quince siglos de conflicto. Las fronteras entre los países se diluían, la prosperidad se expandía de oeste a este y de norte a sur, los nacionalismos se evaporaban, la política se reemplazaba por el gobierno tecnocrático de Bruselas y surgía una identidad europea que prometía ser el faro que iluminaría el camino para el resto de la humanidad. Una frase emblemática de la época, que circuló durante años por internet, resumió muy bien este concepto al afirmar que “[s]er británico significa conducir un coche alemán hasta un pub irlandés para tomar una cerveza belga, luego viajar a casa, comer un curry indio o un kebab turco en el camino y sentarse en muebles suecos y ver programas estadounidenses en un televisor japonés”.

A partir de los 90, alrededor del mundo vimos cada vez más proyectos de integración comercial: el Tratado del Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) entre Canadá, Estados Unidos y México; la integración económica entre Brasil y Argentina, que dejaba atrás dos siglos de rivalidad (MERCOSUR); la transformación de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) de una alianza de seguridad anticomunista a un marco de integración multilateral mucho más amplio; y el gran proyecto hemisférico de Washington, un Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Sin embargo, sobre el tablero global quedaban algunas cuentas pendientes, y ninguna tan compleja para EE.UU. como la cuestión de qué hacer con China. La supervivencia de este gigante socialista (que a la vez era el país más poblado del mundo) presentaba un problema tanto político como económico y hasta teórico para un EE.UU. que simultáneamente se encontraba en un punto alto de su poderío y subsumido en plena lógica neoliberal. Por un lado, la existencia de un gobierno marxista-leninista en un país de esas dimensiones con la capacidad de volverse una futura superpotencia representaba una amenaza estratégica para Washington. Hubiera tenido sentido sabotear el ascenso de China mientras la correlación de fuerzas favorecía tan marcadamente a EE.UU. Por otro lado, la República Popular China venía haciendo avances notables en sus reformas económicas y apertura comercial, algo que simultáneamente mostraba una capacidad de cambio y grandes oportunidades económicas para el capital estadounidense. Sin embargo, a diferencia de la Unión Soviética, cuando el gobierno chino se vio amenazado con las protestas de Tiananmén de 1989, el Partido no dudó en usar la coerción para mantenerse en el poder. Esto llevó a una parte de la clase política estadounidense a demandar castigos para China, lo que conllevaba el riesgo de aislarla e interrumpir su proceso “normalizador” de integración a la economía mundial. Finalmente, Washington continuó cooperando e intercambiando con China, y permitió su ingreso a la Organización Mundial de Comercio (OMC). Esta actitud para con el único potencial rival que EE.UU. tenía en los 90 no se termina de explicar si no se considera el sesgo ideológico neoliberal: la idea era que China se enriqueciera, y, a medida que esto sucediera, surgiría una nueva clase media que inevitablemente democratizaría al país en un tiempo. O, por lo menos, eso es lo que sostenía mucha de la producción académica de los 90.

El fin del fin de la historia

Curiosamente, el mismo año en que China ingresó a la OMC, el sueño neoliberal sufrió un duro golpe cuando un grupo de hombres decidió ponerle un fin al “fin de la historia”, un martes 11 de septiembre del 2001, con el atentado a las Torres Gemelas en la ciudad de Nueva York. Junto con las torres también se cayó la ilusión de que una mayor prosperidad, interconectividad o modernidad resolverían de manera casi automática los conflictos humanos. De hecho, una de las grandes ironías fue el descubrimiento de que las tecnologías de punta podían ser utilizadas para esparcir ideas aparentemente arcaicas como el concepto de guerra santa medieval.

En el plano geopolítico, el 11 de septiembre obnubiló casi por completo el pensamiento estratégico de Washington, que se volcó a una serie de aventuras militares en Medio Oriente en nombre de la lucha contra el terrorismo, aventuras que resultaron tan estériles como dañinas. A su vez, esta situación les dio una ventana de oportunidad a muchos de sus rivales para continuar su desarrollo (la modernización de China, el desarrollo de la bomba atómica de Corea del Norte, la expansión de la influencia iraní en Medio Oriente) o recuperar algo de lo perdido (la invasión rusa de Georgia de 2008, y la anexión rusa de Crimea de 2014).

Durante este período, EE.UU. vio un punto bajo de su influencia en el hemisferio occidental con el ascenso de numerosos gobiernos de izquierda en América Latina. Casos como los de Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Lula da Silva en Brasil y Hugo Chávez en Venezuela representaban un desafío complejo para Washington, ya que simbolizaban un rechazo a la propuesta neoliberal mientras que simultáneamente se mantenían dentro de las normas del orden democrático que se había consolidado en la región. Estos gobiernos buscaron la construcción de mayores niveles de autonomía a través de la expansión y multiplicación de espacios multilaterales que excluían a Washington y hasta lograron derrotar al ALCA, el mayor proyecto neoliberal estadounidense para el hemisferio occidental, en la cumbre de las Américas del 2005 en Mar del Plata.

Si el 2001 fue el gran golpe ideológico a la posmodernidad, la crisis financiera global del 2008 fue el fin del sueño neoliberal de una prosperidad eternamente creciente. Luego de décadas de creciente desregulación y especulación, los principales mercados financieros globales entraron en la mayor crisis desde el crack de Wall Street de 1929 y desataron una recesión global que golpeó principalmente a las economías de Occidente. Esto fue particularmente duro tanto en EE.UU. como en Europa, donde los consensos de los 90 ya empezaban a crujir y se pudieron ver las semillas de lo que en años venideros florecería como un creciente extremismo político. Asimismo, la reacción al 2008 refleja el fin del momento unipolar de Estados Unidos y los albores de un mundo multipolar con el surgimiento de nuevos espacios más horizontales de cooperación, tales como el G20 o los BRICS.

La segunda década del siglo XXI fue, en muchos sentidos, aún peor para el modelo de globalización neoliberal. La tragedia humana de la Primavera Árabe puso en duda la idea de la inevitabilidad de la democratización global, mientras que la crisis de refugiados que desató puso aún más presión sobre la propuesta de un mundo abierto, interconectado y multicultural.

Poco después de ello, las perspectivas de la integración neoliberal sufrieron dos grandes golpes a pocos meses de distancia en el año 2016. En primer lugar, el referéndum del Brexit representó el golpe más duro hasta el momento para el sueño de una Europa unificada. Poco tiempo después, la elección de Donald Trump puso en jaque el orden mundial, que pasó a ser liderado por un hombre que cuestiona sus propios fundamentos.

Las potencias emergentes del nuevo mundo multipolar, lejos de seguir las predicciones posmodernas, se han visto marcadas por el auge de fuertes nacionalismos de reivindicaciones civilizatorias particulares, como el hinduismo nacionalista de Narendra Modi, el islamismo pseudootomano de Recep Tayyip Erdoğan, o la propuesta euroasiática del Mundo Ruso de Vladimir Putin. Sin embargo, el mayor desafío en este sentido lo representa la República Popular China, que, lejos de haber avanzado hacia una liberalización política, se fue consolidando como una gran potencia marxista-leninista, con la impronta personal de Xi Jinping. Más grave aún para los intereses de EE.UU., Beijing además ha desarrollado proyectos concretos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que representan una propuesta de globalización alternativa, encapsulada en el concepto de Futuro Compartido para la Humanidad.

Dentro de este contexto, y ya tomando más distancia de los conflictos de Medio Oriente, hoy en día Washington comenzó a revalorizar sus intereses en América Latina. La reanudada injerencia estadounidense coincidió con el desgaste de los diversos gobiernos sudamericanos y convirtió a la región en un territorio de disputa geopolítica a partir de la segunda mitad de la década de 2010. Esto, a su vez, alentó una dinámica de alternancia política que ha marcado a la región desde entonces, ya sea la caída-ascenso-caída del peronismo en Argentina, la saga Rousseff-Temer-Bolsonaro-Lula en Brasil, los ocho presidentes peruanos en una década o la odisea que va del “Chile despertó” a la victoria de José Antonio Kast.

Pandemia

Y fue en el medio de toda esta convergencia de factores que la segunda década del siglo XXI concluyó con la detección de una extraña nueva gripe en la ciudad de Wuhan que pronto desataría lo que hoy conocemos como la pandemia del coronavirus.

Como bien recordaremos quienes atravesamos esto hace poco más de un lustro, en un abrir y cerrar de ojos el COVID-19 dio vuelta al mundo y lo dejó patas para arriba: las cuarentenas, las fronteras cerradas, las repatriaciones, los barbijos, los testeos, las vacunas, los trabajos remotos, la escasez de diversos productos, los negocios fundidos, los hospitales desbordados, las fosas comunes; todas imágenes dantescas que el público general se ha esforzado en dejar atrás, pero cuya marca indeleble sobre nuestra psiquis colectiva perdura.

En primer lugar, la pandemia, que según algunas estimaciones pudo haber matado hasta 25 millones de personas a nivel global, dejó en evidencia las profundas vulnerabilidades de una cadena logística y productiva verdaderamente globalizada y lo endebles que son las economías nacionales ante ellas. Esto, a su vez, inspiró la popularización de un concepto que en el promedio global parecía haber sido tumbado junto con el muro de Berlín: el proteccionismo.

Por otro lado, la pandemia profundizó tensiones diplomáticas preexistentes entre los Estados, como el caso de las relaciones sinoestadounidenses, y la polarización interna subyacente en los países. Dentro de ese marco internacional de creciente hostilidad, el mundo fue testigo del estallido de numerosos conflictos, notablemente las guerras de Gaza y de Ucrania. A esto se le sumó la normalización de posturas políticas otrora inaceptablemente radicales como parte del debate público. Y todo mientras los gobiernos perdían credibilidad de manera acelerada ante los ojos de la ciudadanía.

Frente al caos económico de la pandemia y los años subsiguientes, la mayoría de los gobiernos intentaron mantener a flote sus economías con distintas medidas de estímulo y asistencia social, pero gracias a la naturaleza de la crisis hubo dos sectores que se encontraron posicionados para sacar la mayor ventaja: el tecnológico y el financiero.

En cuanto al sector tecnológico, este nunca fue tan vital como en esos años. El trabajo de millones de personas durante meses o casi años pasó a ser exclusivamente virtual, lo que convirtió a las computadoras, cámaras, micrófonos, aplicaciones de videollamada y una buena conexión a internet en herramientas esenciales. En un contexto de encierro, las apps de delivery fueron frecuentemente un recurso inevitable. En la vida personal, los celulares, las tabletas, los videojuegos, las plataformas de streaming, la pornografía y los casinos online se volvieron elementos centrales de entretenimiento, contención o intimidad. En una economía real en crisis, la popularización de las criptomonedas ofrecía una reserva virtual de valor que parecía inmune al cierre de fábricas, los despidos masivos y las devaluaciones monetarias. En el plano de lo discursivo, se dio un contexto de deslegitimación de instituciones tradicionales, que incluyó a los grandes medios tanto oficiales como privados. En su lugar, las redes sociales le dieron voz a una cantidad creciente de opiniones disonantes que fueron ganando popularidad a medida que endurecían su extremismo. Y, justo cuando la humanidad dejaba atrás la pandemia en un contexto donde ya no parecía posible una mayor dependencia de la tecnología, se presentó ante los ojos del mundo un nuevo desarrollo que promete cambiar el mundo de manera íntegra y para siempre: la inteligencia artificial.

Íntimamente ligado al tecnológico, el sector financiero pudo sacar, en una economía global en crisis, una ventaja enorme al ofrecerse como una opción mucho más confiable que la economía real. Mientras los gobiernos simultáneamente intentaban, por un lado, salvar a sus poblaciones con diversas cuarentenas y, por el otro, mantener a flote sus economías nacionales con distintos estímulos, el sector financiero se volvió una guarida para niveles colosales de capital que tenía restricciones en el consumo y miedo a la economía real. Esto coincidió, además, con el boom de un nuevo sector que emparentaba como nunca a la tecnología y a las finanzas: la fintech, o tecnología financiera, que amplió y facilitó las opciones para inversiones a lo largo del mundo.

Barcos y deudas

Este ha sido el resumen de la historia de un mundo que transitó varias etapas de integración: primero, un intercambio ligero a lo largo de un sistema euroasiático que, generalmente, dejaba al margen al resto del mundo, seguido por la aparición de los primeros imperios transoceánicos de la Modernidad, reconvertidos en imperios industriales cuyos sistemas coloniales armaron globalizaciones paralelas, reemplazados por la competencia bipolar de la Guerra Fría, hasta llegar a una verdadera economía globalizada que hemos visto florecer en las últimas tres décadas y media.

Ahora, mientras el mundo deja atrás el primer cuarto del siglo XXI y avanza hacia su mitad, existen crecientes indicios de que este sistema lisa y llanamente no podrá continuar tal y como lo conocemos.

Como mencioné anteriormente en este capítulo, desde sus albores, el factor ordenado clave de la Modernidad industrial ha sido el poder naval y, en la iteración actual, ese factor se concreta en el hecho de que EE.UU. ha mantenido la flota más poderosa en cada rincón del mundo. Es sobre esta supremacía naval que se han construido el orden mundial, el comercio transoceánico y la economía global actuales. Pero existen crecientes dudas sobre cuánto más tiempo este continuaría siendo el caso. De hecho, Washington ha dejado de tener la flota más numerosa del mundo desde el año 2020, cuando fue desplazado del podio por Beijing. No obstante, cabe señalar que este dato es menos definitivo de lo que parece a primera vista, ya que la flota estadounidense sigue siendo mucho más grande en tonelaje total. Dicho de otra manera, China tiene más barcos, más pequeños, mientras que Estados Unidos tiene barcos más grandes y poderosos.

A pesar de ello, no deja de ser un dato sintomático de las transformaciones en el equilibrio de fuerzas y muestra tendencias subyacentes de mediano plazo. Tomemos el ejemplo de los portaaviones, que son los sistemas de armas convencionales más poderosos y prestigiosos del mundo y la verdadera columna vertebral del poderío naval. EE.UU. mantiene once portaaviones, mientras que la República Popular China cuenta con tres y se encuentra construyendo su cuarto. Pero, en el año 2010, China no tenía aún ninguno, mientras que Estados Unidos ha mantenido entre once y quince desde los años 50. Por otro lado, Beijing tiene una gran ventaja en la capacidad de producción naviera: en el año 2023, China produjo la mayoría de los barcos del mundo, mientras que los astilleros estadounidenses, menos del 1 %. En todo caso, la flota china no tiene que llegar a ser la más poderosa del mundo para reconfigurar radicalmente el sistema global: basta con que se vuelva la flota más poderosa en el Pacífico Occidental.

Al desafío directo y visible que representa el ascenso de China para la supremacía estadounidense se le agrega el hecho de que esto se está dando en el contexto de un mundo crecientemente multipolar poblado por una serie de grandes potencias y potencias secundarias. Un caso estratégicamente interesante es el de la República de la India, ya la quinta economía más grande del mundo y encaminada a cerrar la década como la tercera más grande. Tomando en cuenta sus vastos recursos humanos, materiales y económicos, no sería descabellado pensar en una supremacía naval de Nueva Delhi en el océano Índico en un mediano plazo.

A estos desafíos externos que enfrenta Washington se les debe agregar un inmenso desafío externo: su nivel de deuda nacional. Si bien la economía estadounidense sigue siendo la más grande del mundo y ha representado de manera estable alrededor del 25 % del PBI global durante décadas, su creciente deuda representa más del 125 % de su PBI y más de un tercio de la deuda mundial, lo que lo coloca, además, en el puesto número ocho de los países más endeudados del mundo. Esta situación es el resultado del sistema posterior a 1971, cuando optó por preservar su posición financiera hegemónica a partir del endeudamiento permanente. De hecho, luego de la medida de Nixon, Washington tardó menos de quince años en pasar de ser el mayor acreedor al mayor deudor del mundo. Y, si bien durante décadas parecía que la deuda estadounidense, debido al carácter del dólar como reserva global de valor, era de alguna manera inmune a las constricciones que enfrentan otras economías, en los últimos años ha empezado a mostrar algunos signos preocupantes. En 2013, la deuda superó a su PBI. Para 2024, EE.UU. sumaba un billón de dólares de deuda cada cien días y gastaba más en servicios de deuda que en defensa. Aquí es donde vale la pena mencionar la ley de Ferguson, que sostiene que una potencia que gasta más en deuda que en defensa no podrá continuar siendo una potencia por mucho más tiempo.

Frente a este escenario en el cual la deuda pareciera continuar con su crecimiento por el futuro previsible, surge naturalmente la pregunta de hasta qué punto es esto sostenible, y el escenario de un eventual default estadounidense en las siguientes décadas deja de parecer imposible. Ahora, si en términos militares y financieros esta hegemonía dentro del sistema actual se presenta como crecientemente inviable, ¿cómo hará Washington para mantener su supremacía?

Un nuevo tablero

Si bien hay muchos que confían en que las aún vastas ventajas comparativas estadounidenses, su geografía bendita, su capacidad de innovación y su sistema político-institucional triunfarán nuevamente, existe un argumento estratégicamente sensato que cuestiona si acaso todo esto vale la pena. Este razonamiento señala los inmensos costos del mantenimiento del sistema mundial actual y pondera si a EE.UU., en lugar de continuar siendo un garante del orden, no le sería más provechoso empezar a actuar como un agente del caos.

Este argumento toma más fuerza aun cuando se señala la gran ironía de que uno de los principales beneficiarios del sistema actual ha sido la República Popular China, que no solamente ha logrado florecer dentro de este, sino que ello le ha permitido convertirse en el rival más formidable que Estados Unidos haya enfrentado en su historia. De hecho, la Unión Soviética representaba alrededor del 30 % del PBI estadounidense, mientras que China actualmente representa alrededor del 66 % y, en términos de PBI PPP, ya es un 25 % más grande. A su vez, en el cuarto de siglo que transcurrió desde su ingreso a la OMC, China se convirtió en el principal socio comercial de más de 120 países alrededor del mundo, desplazando a EE.UU.

Por otra parte, Beijing tiene una relación mucho más interdependiente con la economía global: el comercio internacional representa alrededor del 40 % de su PBI, el motor de su crecimiento siguen siendo sus exportaciones y es el principal importador mundial de numerosos recursos esenciales, como comida y petróleo. Washington, en este sentido, es una economía mucho más cerrada, más autosuficiente, dentro de la cual el comercio internacional representa alrededor del 25 % de su PBI, y alrededor del 30 % de todo su comercio exterior es con México y Canadá.

En vista de ello, a Estados Unidos se le presentan varias opciones. La más arriesgada, por lejos, sería intentar frenar el ascenso de China a través de alguna clase de confrontación directa; un conflicto en el cual su victoria se encuentra lejos de estar garantizada. Pero también podría simplemente retirarse de los océanos del mundo, volver a centrarse en su esfera de interés hemisférica en las Américas y que el subsecuente caos se encargue de descarrilar a sus adversarios.

En buena medida, muchas de las decisiones de política exterior del segundo mandato de Trump apuntan en este sentido. Por un lado, su imposición del aumento del presupuesto militar de los países miembros de la OTAN es sintomática de su reticencia de continuar garantizando la seguridad europea. Por otro, sus intervenciones en el canal de Panamá, su secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, sus presiones sobre Cuba, su fijación con Groenlandia y su apoyo directo al gobierno de Javier Milei en Argentina muestran una creciente priorización estratégica sobre el hemisferio occidental, que podría implicar un repliegue global.

De manera paralela, en la medida en que su deuda se vaya convirtiendo en una suma prácticamente impagable, hay opciones anteriormente impensables que se vuelven más plausibles. El caso más extremo sería el de un eventual default, que podría tener sentido dentro de la lógica de suma cero propia de la geopolítica, ya que el 30 % se encuentra en manos extranjeras. Si bien un default estadounidense le sería inmensamente dañino y el dólar nunca recuperaría su actual estatus, de hacerlo en un momento tácticamente oportuno, el caos económico global que esto generaría (en efecto borrando de un golpe buena parte de los ahorros de otros países) podría terminar dañando más a terceros que a sí mismo.

No obstante, independientemente de lo que haga Washington y del daño que cause en el camino, la tendencia a nivel global es irreversible. Tanto el momento bipolar de la Guerra Fría como el momento unipolar posterior a la Guerra Fría fueron eso: momentos. La correlación de fuerzas entre EE.UU. y el resto de la humanidad se viene alterando de manera clara y, de una manera u otra, el ecosistema geopolítico está retornando al equilibrio que generalmente siempre ha mantenido: un sistema multipolar relativamente anárquico de numerosas grandes potencias y potencias secundarias.

Sin embargo, esto representará un cambio radical en el entramado productivo y comercial a nivel global, en tanto las diversas potencias vayan asentándose en sus respectivas zonas de influencia, consolidando bloques regionales y reestructurando el mundo que hemos conocido. Si bien nuestro mundo aún se encuentra en un proceso de transición, hacia el año 2050 se podrá apreciar un panorama ya más claramente consolidado.

Dentro de este nuevo tablero sin ninguna potencia hegemónica global, Argentina, lejos de los principales centros de disputa internacional, pasará a revalorizarse geopolíticamente como uno de los únicos rincones simultáneamente más resguardados y más autosuficientes del planeta. Su ubicación en la desembocadura de un sistema fluvial central en el sur de América del Sur, un territorio inmensamente rico en recursos y su estabilidad geopolítica le otorgan una ventaja inmensa para ser un nódulo clave de un continente que tiene ventajas importantes para constituirse como un bloque autónomo a través de su integración regional, dentro de un sistema global fraccionado.

Para consolidar este objetivo, Argentina deberá también mantener su cohesión interna durante estas reconfiguraciones que atravesará el mundo globalizado y las diversas comunidades humanas que lo habitan. Como veremos en el capítulo siguiente, en esto también nuestro país cuenta con una ventaja importante al haber estructurado su identidad colectiva sobre las bases de un nacionalismo cívico e incluso notoriamente adaptable, que demostrará ser una carta invaluable a lo largo del siglo.

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Argentina 2050$32.500$35.900

Una disección del tablero internacional pasado, presente y futuro para entender por qué Argentina es una nación joven y prometedora, y cómo hará para navegar los mares convulsos del siglo XXI.

200 páginas. 2 tintas (negro + cyan). 15x21 cm. Terminación bajorrelieve. Encuadernación Binder. Diseño e ilustraciones de Daniela Lopez Scerbo.

Biografía del autor:
Francisco A. Taiana (Guatemala, 1993). Historiador (Universidad Torcuato Di Tella) y sinólogo argentino. Magíster en Estudios Latinoamericanos (Universidad de Oxford) y en Estudios Chinos (Universidad de Pekín). Profesor de la Universidad Nacional de Quilmes. En 2017, publicó su primer libro, Julio Argentino Roca, un lugar incómodo en el pensamiento nacional, y en 2023, Argentina, China y el mundo (1945-2022). En 2024 estrenó el stand up Históricas Historias de la Historia, y escribió Evita Experience, la más amada, la más odiada. En 2026, presentó su primer largometraje, Taianama, un documental sobre la historia de India.

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Entrega a partir del lunes 9 de noviembre de 2026

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Una disección del tablero internacional pasado, presente y futuro para entender por qué Argentina es una nación joven y prometedora, y cómo hará para navegar los mares convulsos del siglo XXI.

Formato .epub y .mobi.

Biografía del autor:
Francisco A. Taiana (Guatemala, 1993). Historiador (Universidad Torcuato Di Tella) y sinólogo argentino. Magíster en Estudios Latinoamericanos (Universidad de Oxford) y en Estudios Chinos (Universidad de Pekín). Profesor de la Universidad Nacional de Quilmes. En 2017, publicó su primer libro, Julio Argentino Roca, un lugar incómodo en el pensamiento nacional, y en 2023, Argentina, China y el mundo (1945-2022). En 2024 estrenó el stand up Históricas Historias de la Historia, y escribió Evita Experience, la más amada, la más odiada. En 2026, presentó su primer largometraje, Taianama, un documental sobre la historia de India.

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