/ Argentina 2050
Capítulo 4

Colapso poblacional

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Esta madrugada del 1º de enero de 2021, tres minutos después de la medianoche, el último ser humano nacido en la Tierra fue asesinado en una pelea en un bar de un suburbio de Buenos Aires, a la edad de veinticinco años, dos meses y doce días.

- P. D. James, Niños del hombre (1992)

Los imperativos de la biología

Como mencioné brevemente en el capítulo 1, existe un fenómeno muy particular que está afectando en simultáneo a numerosos países alrededor del mundo. La humanidad enfrenta una crisis sin precedentes: colapsos poblacionales por envejecimiento de la población y la caída de la natalidad. Es un fenómeno que nunca ha ocurrido antes en ningún lugar, y, por lo tanto, nadie entiende realmente qué va a pasar, cómo revertirlo ni qué tan profundas pueden llegar a ser sus consecuencias. En vista de ello, es pertinente plantear algunas preguntas. ¿Cómo se llegó hasta aquí? ¿Qué procesos han guiado la reproducción humana hasta ahora? Y, finalmente, ¿qué podemos esperar del futuro previsible?

Hagamos un repaso muy rápido pero necesario para ilustrar el punto: durante los primeros cientos de miles de años de nuestra existencia, cuando la supervivencia de la especie se encontraba subordinada a nuestras habilidades como cazadores-recolectores, la población mundial crecía a un ritmo extremadamente bajo. Pero, hace alrededor de 10.000 años, hubo un descubrimiento que transformaría todo para siempre: la agricultura. El Homo sapiens descubrió que podía producir comida; comida en abundancia. Y a medida que producía comida, pudo producir más personas, lo cual lo obligaba, a su vez, a producir más comida, que permitía producir más personas y más comida. Y antes de darnos cuenta tuvimos ciudades, murallas, barcos, ejércitos, leyes, comercio y todos los otros elementos que definen una sociedad humana tal y como la comprendemos. Diez milenios pueden parecer mucho tiempo, pero si tenemos en cuenta que el Homo sapiens moderno viene habitando la Tierra desde hace 250.000 años, todo esto ocurrió en un abrir y cerrar de ojos.

La vida sedentaria presentó una nueva serie de desafíos. Las sociedades más complejas dieron origen a la división de tareas y a trabajos cada vez más especializados. Esto, a su vez llevó, a estratificaciones sociales y a una distribución desigual de los recursos. La agricultura proveía a poblaciones más numerosas con una fuente de alimentos más abundante, pero no necesariamente más sana. La aparición de los centros urbanos permitió saltos cualitativos en el desarrollo cultural, científico, religioso y organizativo, pero estas urbes sin sistemas modernos de higiene presentaban un gran peligro a la salud pública, mientras que la mayor densidad poblacional de las ciudades las volvía particularmente susceptibles a los azotes de las pestes.

Si a esto le agregamos las vulnerabilidades propias de una agricultura premoderna, la ausencia de vacunas, antibióticos o quirófanos y un universo moral sustancialmente más cómodo con la violencia de lo que se acostumbra en el siglo XXI, hace apenas cien años terminamos con un escenario en el cual la expectativa de vida rondaba los 30 años. Esto no quiere decir que un treintañero haya sido considerado un anciano, sino que las probabilidades de llegar una edad avanzada eran muy bajas, sobre todo por un factor que bajaba mucho el promedio de esa expectativa: una alta mortalidad infantil.

Para ponerlo en perspectiva, en el mundo contemporáneo la tasa de reemplazo (es decir, la cantidad de niños que deben nacer para mantener la población a un nivel constante) ronda los 2,1 hijos por mujer. Contrastemos esta cifra con la tasa de reemplazo que se calcula para el Imperio romano: casi 6 niños por mujer.

De hecho, tan alta era la mortalidad infantil en tiempos premodernos que, en función de asegurar que algunos de esos niños llegaran efectivamente a la adultez, las personas tenían todos los bebés que podían. Esto, a su vez, tenía una lógica económica en un mundo predominantemente rural y preindustrial donde la unidad familiar era el principal medio de producción. Este concepto era tan evidente que hasta ha sobrevivido codificado en el mismo término economía, derivado de oikos, la palabra griega para “casa”.

Y aquí es donde los modelos organizativos de todas las sociedades de todo el mundo se enfrentaron a los imperativos de la biología. Los Homo sapiens producen pocas crías y cada una tarda mucho en madurar, particularmente, en cuanto a su desarrollo cognitivo. Si bien nuestra inteligencia es, sin dudas, la característica que más nos distingue en el reino animal, esta virtud no se produjo sin sus contraprestaciones: como nuestros cerebros son grandes, nuestras cabezas son grandes también. Caminamos erguidos en dos patas, pero nuestras caderas son estrechas. Y si a esto le sumamos que el tamaño de un bebé recién nacido es significativo en relación al cuerpo de su madre, arribamos a un panorama preindustrial donde las complicaciones a la hora de parir eran muchas; las soluciones médicas, escasas; y las muertes tanto de las crías como de las ma­dres, frecuentes.

Estos peligros, naturalmente, no afectan a los hombres —al menos no de manera individual—, para quienes los riesgos biológicos de la reproducción son mucho menores. A su vez, la capacidad reproductiva de un hombre es inmensamente mayor a la de una mujer. En términos generales, es altamente improbable que una mujer pueda tener mucho más de una docena de niños a lo largo de su vida, mientras que un hombre es capaz de producir cientos. Esto nos conduce al dato contraintuitivo, pero científicamente comprobado, de que las personas tienen más cantidad de ancestras diferentes entre sí que de ancestros. Esto se debe a que hubo un mayor número de mujeres que fueron madres que de varones que fueron padres, pero unos pocos hombres tuvieron una cantidad extraordinaria de descendientes. Dicho de otra manera, si un hombre tuviese 100 hijos e hijas con distintas mujeres (y hay casos registrados que superan este número ampliamente), y ellos le diesen 10 nietos y nietas cada uno, y esos nietos le dieran 10 bisnietos cada uno, ese primer hombre habría producido 11.100 descendientes directos en tan solo tres generaciones. Y en esa masa humana, es estadísticamente probable que algunos de los descendientes de sus descendientes terminen procreando entre sí. De esta manera se forman una suerte de “cuellos de botella genéticos”.

Un gran ejemplo de esto fue ilustrado en un estudio publicado por la revista Nature en 2003. A partir de una importante muestra genética a lo largo de una gran región de Asia Central, se concluyó con un nivel elevado de certeza que el 8 % de las muestras a lo largo de 16 grupos étnicos (incluyendo el de la etnia china han, el grupo étnico más numeroso del mundo) compartía un mismo ancestro proveniente de Mongolia, quien con toda probabilidad sería el gran conquistador Gengis Kan. Pero a pesar de casos excepcionales como el de Gengis Kan, la vida de la inmensa mayoría de la humanidad estaba signada por la trágica realidad de procrear todo lo que se pudiera con la esperanza de que un puñado de todos esos niños llegasen a la edad adulta.

En resumen, el panorama a nivel mundial estaba marcado por una vida corta y brutal, donde el crecimiento poblacional era extremadamente paulatino.

Monogamia, poligamia, hipergamia

A esta realidad biológica compartida por toda la especie, se le fueron agregando parámetros culturales que tuvieron algunos efectos duraderos. Si bien existe un amplio espectro dentro de las maneras en las cuales las sociedades humanas han organizado su reproducción, hay tres fenómenos particulares que se deben destacar: la monogamia, la poligamia y la hipergamia.

El último de estos conceptos, la hipergamia, refiere a una práctica habitual observada en culturas alrededor del mundo y a lo largo de la historia en la cual los individuos forman pareja con personas de su mismo estatus o superior, generalmente de acuerdo con parámetros socioeconómicos. Esta práctica fue habitualmente llevada adelante por mujeres y/o sus familias como respuesta a las posibilidades económicas limitadas que enfrentaban las mujeres en un mundo preindustrial.

En cuanto a la poligamia, esta organización conlleva efectos notablemente perniciosos para la estabilidad interna de una sociedad. Como, en términos generales, la cantidad de hombres y de mujeres suele ser equiparable en la mayoría de los casos, la poligamia, cuando se vuelve una práctica común, genera rápidamente escasez en el mercado sexual. En este esquema, aquellos hombres con diversas mujeres serán hombres de mayor edad y mayor estatus, mientras que los que se verán perjudicados por esta política serán mayoritariamente hombres más jóvenes y de bajo estatus. Esto se vuelve particularmente significativo cuando tomamos en cuenta que los hombres de bajo estatus de entre 18 y 25 años son, estadísticamente, el grupo humano más violento. A lo largo de la historia, estos hombres sin nada que perder (y todo para ganar en la medida en que estuviesen dispuestos a arriesgar sus vidas) han sido la materia con la que se compusieron las filas de soldados, mercenarios, marineros, piratas, guardias, contrabandistas, policías, pandilleros y revolucionarios. En consecuencia, la presencia de vastas cantidades de hombres jóvenes armados y frustrados tradicionalmente ha sido una receta para brutales estallidos sociales.

En cuanto a la monogamia, hay teorías que sostienen que este fue un factor significativo en el desarrollo de diversas culturas, notablemente la europea. Debido a que, nuevamente, las sociedades suelen tener una cantidad equiparable de hombres y de mujeres, la monogamia conduce a que la gran mayoría de la gente termine en pareja, lo cual licúa en buena medida las presiones sociales que pueden generar las prácticas hipergámicas. A su vez, en el mundo precontemporáneo la gente contraía matrimonio relativamente muy joven. De esta manera, las personas se juntaban y procreaban temprano en la vida. Y esto contribuía a generar ciertos niveles de estabilidad en un mundo en el cual, antes de la Revolución industrial, alrededor del 85 % de la gente vivía en extrema pobreza, pero tenía hijos y, por lo tanto, algo que perder.

Y de repente, un huracán recorrió el mundo, cambiándolo para siempre. Ese huracán se llama Modernidad industrial. Sus transformaciones permitieron que las sociedades fueran capaces de sostener a muchas más personas y, en consecuencia, la población global no tardó en explotar: en el año 1800 era de alrededor de 1000 millones de personas. Al cabo de 127 años, se había duplicado. Menos de cincuenta años después de eso, se había duplicado de vuelta. Y cincuenta años más tarde, se había duplicado por tercera vez. Y fue de esta manera que, gracias a la Revolución industrial, pasamos de 1000 a 8000 millones de personas en tan solo dos siglos.

La caída

Sin embargo, son las mismas características que permitieron esta explosión demográfica las que ahora están por generar un colapso poblacional. La caída de la fertilidad es un fenómeno extremadamente complejo y es el resultado de la convergencia de numerosos factores independientes. Según las Perspectivas de la Población Mundial de Naciones Unidas, entre 1950 y 2023, la tasa de fertilidad global pasó de alrededor de 5 niños por mujer a 2,3 niños por mujer, lo cual se coloca apenas arriba de la tasa de reemplazo y se espera que continúe cayendo. Si tuviésemos que señalar al principal responsable, sería la Modernidad industrial: esta nueva civilización que hemos desarrollado en los últimos dos siglos. Pero decirlo así no alcanza, de modo que en las siguientes páginas, voy a hacer un recuento detallado de todas las maneras en las que la sociedad actual ha llevado a que la gente se reproduzca cada vez menos.

Urbanismo e individualismo

Con la Revolución industrial, el centro de la economía se mudó a la ciudad, al tiempo que la mayoría de la gente comenzó a hacer lo mismo. La lógica de la producción manufacturera acompañó al crecimiento exponencial de los centros urbanos, en los cuales cada vez más personas pasaron a vivir vidas cada vez más anónimas, individuales y también solitarias. De esta manera, el concepto de individualismo, entendido como la postura moral y filosófica que enfatiza el valor central del individuo y su realización personal, se fue volviendo cada vez más preponderante en el sentido común del mundo contemporáneo.

Costos

Los avances industriales urbanos también condujeron a la tecnificación de la producción agrícola, reduciendo la necesidad de mano de obra para esta actividad y acelerando la migración del campo a la ciudad.

En este nuevo ambiente urbano, los niños pasaron de ser un activo económico a un gasto y, en algunos casos, un lujo. A su vez, drásticas caídas en la mortalidad infantil desarmaron el anterior imperativo darwiniano de tener numerosos hijos. El desarrollo de la idea de la adolescencia, así como también una mayor accesibilidad y duración de la educación formal extendieron el ya prolongado período madurativo de los individuos y, con ello, aumentaron el costo de la crianza. Este alargamiento del período formativo de la gente también atrasó significativamente la edad promedio en la que las personas comienzan a tener hijos, y contribuyó, además, a que haya menos nacimientos.

Oportunidades laborales

La emergencia del trabajo asalariado, acompañada por la expansión de la producción manufacturera y el desarrollo del sector de servicios, permitió nuevas oportunidades laborales tanto para hombres como para mujeres, las cuales se incorporaron con creciente masividad al mundo del trabajo por fuera del ámbito doméstico. Esto resultó en un incremento de la oferta de mano de obra, y, por lo tanto, su abaratamiento. En consecuencia, en muchas profesiones un único ingreso dejó de ser suficiente para mantener a una familia y dos ingresos salariales por familia se fueron paulatinamente volviendo una necesidad en grandes conglomerados urbanos.

A su vez, el ingreso de las mujeres al empleo formal no significó, en general, una reducción importante de sus responsabilidades en las tareas del cuidado familiar. Si bien ha habido, en algunos casos, cambios culturales y legislativos (desde distribuciones más equitativas en tareas hogareñas hasta licencias por maternidad y paternidad), en última instancia, la procreación humana continúa dependiendo de una carga innegablemente desigual para las mujeres.

Crisis de las instituciones

El desarrollo vertiginoso de la ciencia y la tecnología resultaron en una crisis de las antiguas creencias religiosas y sus marcos morales tradicionales, sólidamente anclados en los valores pronatalistas de un mundo mayoritariamente rural. En su lugar, surgieron distintas constelaciones de pensamientos, que varían desde ateísmos militantes a agnosticismos respetuosamente indiferentes, hasta algunos popurrís que mezclan elementos de distintos códigos éticos sin un claro eje ordenador.   

El aumento exponencial de la prosperidad general de la humanidad, la codificación de la legislación laboral y el desarrollo de sistemas modernos de seguridad social les permitieron a los individuos una autonomía antes impensable y licuaron la importancia anteriormente crucial de la estructura familiar. Asimismo, la legalización y progresiva facilitación del divorcio también transformaron el significado mismo del concepto de matrimonio, que pasó de ser un compromiso vitalicio a un arreglo sujeto a la voluntad individual.

Interrupción voluntaria del embarazo

Con los avances tecnológicos también se perfeccionaron los mecanismos de interrupción del embarazo, que fueron ganando cada vez mayor legalidad alrededor del mundo. Si bien la historia del aborto es larga y compleja, muchas técnicas para la interrupción del embarazo en la era preindustrial eran prácticas aceptadas, explícita o implícitamente, en numerosas culturas. En muchos casos, el criterio establecido era que el aborto solo podía efectuarse antes de que el feto hubiera empezado a moverse dentro del útero, lo cual sucede en promedio entre las semanas 18 y 20. A su vez, esto estaba ligado a la creencia de que aquel era el momento en el cual el alma ingresaba al feto. 

Hubo numerosos avances y retrocesos en este tema alrededor del mundo con el correr de los años, pero es posible observar, a lo largo del siglo XX y en este primer cuarto de siglo XXI, una tendencia general hacia una mayor legalización. Por un lado, avances en el campo científico en la mejora de métodos de aborto tanto quirúrgicos (como la aspiración al vacío o la dilatación y evacuación) como médicos (como el misoprostol y la mifepristona) facilitaron su acceso y disminuyeron riesgos. Por otro lado, la creciente influencia de movimientos socioculturales como la segunda ola del feminismo de las décadas de 1960 y 1970, que tenía a los derechos reproductivos entre sus banderas principales, introdujo a mayor escala este debate en la agenda pública.

Según el Centro para los Derechos Reproductivos, en la actualidad, alrededor de 662 millones de mujeres en edad reproductiva (34 %) viven en los 77 países que permiten el aborto a pedido. A esta cifra se le agregan los casi 1100 millones de mujeres en edad reproductiva que viven en los 103 países en los cuales el aborto es legal por motivos socioeconómicos, por motivos de salud, para salvar la vida de la mujer y en casos de embarazos que hayan sido producto de violación y/o incesto. En contraposición, alrededor de 111 millones de mujeres en edad reproductiva viven en los 21 países que prohíben totalmente el aborto.

Según los estudios publicados por el Instituto Guttmacher utilizando datos disponibles de la División de Estadística de las Naciones Unidas y de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, entre los años 2015 y 2019 hubo, a nivel global, un promedio de 252 millones de embarazos por año, de los cuales la mitad fueron no deseados. Del total de embarazos, se estima que, en promedio, alrededor del 29 % fueron abortados, mientras que esa cifra se eleva al 60 % en el caso de los embarazos no deseados. Esto representa un promedio de 73 millones de abortos por año.

Por múltiples factores, las tasas de embarazos no deseados suelen ser más altas en los países que restringen el acceso al aborto y más bajas en los países donde el aborto es ampliamente legal. Como resultado, las tasas de aborto acaban siendo similares entre ambos grupos de países. Si bien la tasa mundial de embarazos no deseados ha disminuido desde 1990, la tasa mundial de abortos se ha mantenido estable. Esto ha conducido a un aumento en la proporción de embarazos no deseados que terminan en aborto, pasando de alrededor del 50 % en 1990 a alrededor del 60 % en 2019.

A fin de medir estas cifras globales, se debe considerar también el impacto de diversas políticas gubernamentales implementadas alrededor del mundo cuyos objetivos explícitos fueron la reducción de la fertilidad, políticas que muestran una gran diversidad en su alcance, eficacia y nivel de coerción: desde programas de educación sexual en colegios secundarios para reducir el embarazo adolescente hasta campañas nacionales como la política del hijo único en la República Popular China, las esterilizaciones forzosas llevadas adelante por la primera ministra Indira Gandhi en India o las del presidente Alberto Fujimori en Perú.

En otro plano se encuentra el aumento de la eficacia y la ampliación del acceso a métodos anticonceptivos contemporáneos, especialmente de la pastilla anticonceptiva. Esto le permitió a la humanidad separar, como nunca antes, la práctica de la sexualidad de su eventual consecuencia: la reproducción.

Revolución sexual

Estas nuevas condiciones materiales no tardaron en trasladarse a la esfera de la cultura, que atravesó una revolución sexual que redujo y redefinió tabúes anteriores. Una de las transformaciones más notables en este sentido ha sido la progresiva visibilización, legalización y aceptación de la comunidad LBGT a lo largo de los últimos cincuenta años. Gracias a ello, millones de individuos en cada vez más países alrededor del mundo, que en otro momento se hubieran visto presionados y/o forzados a formar familias con personas de distinto sexo, han podido asumir abiertamente su identidad sexual y tener estilos de vida que en siglos anteriores hubieran significado la condena social, el ostracismo o la persecución legal.

El otro gran efecto de la revolución sexual ha sido un cambio en la manera de concebir las relaciones de pareja como tales. La caída del estatus anteriormente hegemónico (y, durante siglos, prácticamente incuestionado en Occidente) de la monogamia dio lugar a una cultura más abierta a distintas formas de relaciones. Esto condujo a una popularización de relaciones sexuales y sexoafectivas generalmente más efímeras y de menor compromiso que la antigua fórmula matrimonial de “hasta que la muerte os separe” y a un aumento sostenido de la soltería. Luego, esto ha resultado en un fenómeno que podría describirse como una suerte de “mercado libre sexual”, en el cual se han impuesto progresivamente las leyes de la oferta y la demanda. En un contexto donde se forjan menos parejas de por vida y, por ende, aumenta la soltería, se puede observar cómo se ha desatado una intensa competencia, cuyas dinámicas terminan en resultados desiguales a lo largo de una sociedad. Aquí es donde debemos retomar el tema de la hipergamia.

Incels

Como ya se ha mencionado, la hipergamia es una práctica más comúnmente llevada adelante por mujeres o sus familias, quienes tienden a buscar formar pareja con hombres de su mismo o superior estatus social, una categoría amplia que se puede expresar a través de distintos indicadores como el nivel educativo o los ingresos económicos. Según varios estudios, esto se ve acompañado del hecho de que las mujeres suelen tener criterios de selección más complejos que los hombres y tienden a priorizar calidad sobre cantidad en su búsqueda de parejas. 

En un contexto en el cual los compromisos en las relaciones se vuelven menos sólidos y, por ende, la competencia por encontrar pareja se extiende, la principal consecuencia de esta dinámica termina siendo que la gran mayoría de las mujeres compite por el mismo segmento reducido de hombres, que tiene mayor demanda de la que podría manejar. Este nivel de competencia hace que para muchas mujeres sea muy dificultoso encontrar pareja estable dentro del segmento de la población al que apuntan. Por otro lado, una gran mayoría de hombres enfrenta dificultades considerables a la hora de formar cualquier tipo de pareja. De hecho, dos de los sectores que tienen mayores obstáculos a la hora de encontrar pareja suelen ser los hombres de bajo estatus y las mujeres de alto estatus. 

Dentro de los métodos de crítica textual que se llevan adelante en historia, hay un principio conocido como el criterio de fuentes múltiples e independientes. Resumidamente, este criterio afirma que cuando dos o más fuentes disímiles e independientes coinciden en sus conclusiones, aumenta la probabilidad de que esas conclusiones sean acertadas. En relación a la situación descrita anteriormente, se puede hallar un ejemplo notable donde este principio actúa con claridad.

Por un lado, el concepto de hipergamia se encuentra muy presente en diversas subculturas de internet de tendencias misóginas como la “píldora roja” y los incel. En cuanto concierne a la “píldora roja”, esta es una subcultura de internet cuyo nombre está inspirado en la famosa escena de la película Matrix en la que el protagonista, Neo, se enfrenta a la decisión de tomar una píldora azul y continuar viviendo en el mundo artificial que le fue impuesto o tomar la píldora roja y comenzar a vivir en el mundo real. Partiendo de esa analogía, esta comunidad virtual sostiene que un hombre “toma la píldora roja” cuando se despierta en la realidad de que el mundo contemporáneo está diseñado en contra de los intereses y el bienestar de la mayoría de los hombres; particularmente de los hombres jóvenes. A su vez, esta comunidad virtual tiene una amplia superposición con la subcultura de internet incel, cuyo nombre deriva de la abreviación del término involuntary celibate (“célibe involuntario”). Esta identidad, surgida en años recientes a través de redes sociales, se caracteriza por estar compuesta en su inmensa mayoría por hombres jóvenes que expresan habitualmente con frustración y resentimiento su incapacidad de tener relaciones sexuales. Generalmente, los motivos que los incels mismos identifican como la causa de su problemática residen tanto en sus propias cualidades “indeseables” como en prácticas sociales estructurales y en las prácticas sexuales femeninas, usualmente descriptas como maquiavélicas, utilitarias y calculadoras. De hecho, los principales referentes de estos espacios, como el influencer Andrew Tate o el psicoanalista Jordan Peterson, mencionan recurrentemente el término hipergamia en sus análisis. Tanto Tate como Peterson emplean este concepto en sus críticas a la sociedad posmoderna para justificar sus propias agendas de ultraderecha.

En otro espacio cualitativamente distinto del espectro político-ideológico, encontramos una fuente muy disímil que, sin ponerlo en los mismos términos, describe exactamente la problemática de la hipergamia, desprovista del contenido misógino de la “píldora roja”: el monólogo introductorio del primer capítulo de la primera temporada de la serie de televisión Sex and the City. La icónica serie de finales de la década de los 90 sigue las aventuras de la escritora Carrie Bradshaw y sus tres amigas, un grupo de mujeres atractivas, refinadas y profesionalmente exitosas que atraviesan en conjunto las vicisitudes de la soltería a sus treinta y pico años de edad en la ciudad de Nueva York. La serie comienza con un monólogo de Carrie ponderando el destino de Elizabeth, una bella periodista inglesa que, luego de haber mantenido un romance apasionado con un exitoso banquero, es súbitamente abandonada sin explicación. Ante este fenómeno, Carrie plantea el siguiente interrogante: 

Hay miles, tal vez decenas de miles de mujeres como esta en la ciudad. Todos las conocemos y todos estamos de acuerdo en que son geniales. Viajan, pagan impuestos, gastan 400 dólares en un par de sandalias de tiras de Manolo Blahnik y están solas. Es como el enigma de la Esfinge. ¿Por qué hay tantas mujeres solteras geniales y ningún hombre soltero genial?

A este interrogante le sigue un montaje donde diversos personajes arrojan sus propias teorías. Peter Mason, un hombre descripto como un ejecutivo publicitario y “soltero tóxico”, afirma: “Cuando eres un chico joven de 20 años, las mujeres controlan las relaciones. Cuando eres un hombre deseable de 30 años, sientes que te están devorando las mujeres. De repente, los hombres tienen todas las fichas. Yo lo llamo ‘el cambio de poder de los treinta y tantos’”. Y agrega que “no hay una sola mujer en Nueva York que no haya rechazado a diez tipos maravillosos porque eran demasiado bajos, demasiado gordos o demasiado pobres”. Por su parte, Charlotte York, una dealer de arte y uno de los personajes principales de la serie, afirma, por un lado, que “la mayoría de los hombres se sienten amenazados por las mujeres exitosas” y, por otro, que “a medida que envejecemos, vamos seleccionando dentro de grupos [de hombres] cada vez más y más pequeños”.

 Estos ejemplos producidos por personas con visiones radicalmente distintas de la sociedad son sintomáticos de un fenómeno curioso que se puede apreciar en muchas sociedades modernas, particularmente en Occidente. En algún sentido, las dinámicas del mercado de citas actual ha terminado por reproducir la poligamia, generando un escenario provisto de progresivas dificultades para la formación de parejas estables. 

Según un estudio del Pew Research Center, en el año 2022 el 30 % de los adultos estadounidenses no estaban casados, ni vivían con una pareja, ni tenían una relación estable. Esta tendencia se mostraba aún más claramente en las nuevas generaciones, ya que alrededor de la mitad de los adultos jóvenes estaban solteros. Sin embargo, este fenómeno no estaba igualmente distribuido entre los sexos: mientras que el 34 % de las mujeres jóvenes se encontraban solteras, esta cifra llegaba al 63 % para los hombres jóvenes. 

A su vez, según una investigación del Washington Post, en las tres décadas que separan 1989 de 2018, el porcentaje de personas de entre 18 y 30 años en EE.UU. que declararon no haber tenido relaciones sexuales durante los doce meses anteriores pasó del 14 % al 23 %. Pero hay que observar que esta cifra se duplicó para los hombres (del 15 % al 30 %) mientras que las mujeres vieron un aumento menos significativo (del 12 % al 18 %). También debe señalarse que, según un estudio de la Universidad de Indiana, son los hombres con menores ingresos, con empleo a tiempo parcial, desempleados o estudiantes los que tienen más probabilidades de encontrarse sexualmente inactivos.

Esta tendencia se ve profundizada por otro fenómeno que podemos observar a lo largo del mundo industrializado: un aumento significativo de las vidas solitarias. Un caso interesante se halla en el ejemplo de Japón, un país caracterizado por una cultura notablemente colectivista en el cual los hogares unipersonales vienen aumentando de manera sostenida desde hace varias décadas. Tal ha sido el impacto de este cambio que ha llevado a la emergencia de la cultura del ohitorisama. Este término, que podría traducirse vagamente como “para una persona”, hace referencia a un nuevo movimiento liderado por las generaciones de jóvenes adultos que buscan el disfrute y la realización personal a través de actividades individuales; una transformación cultural notable en una sociedad que siempre ha puesto un énfasis enorme en el sentido de pertenencia grupal.

A esto se le debe agregar, además, el impacto negativo de las redes sociales, particularmente entre las generaciones más jóvenes. Los llamados centennials o generación Z son la generación que comienza en la segunda mitad de la década de 1990 (el año exacto varía según el criterio y el país) y se extiende aproximadamente hasta el 2010, cuando comenzaría la siguiente generación, llamada alfa. La experiencia histórica que ha definido a esta generación es haber sido sometida simultáneamente a dos grandes cambios históricos. Por un lado, fueron, casi universalmente, la generación más sobreprotegida en la historia. Esto limitó significativamente su exposición a experiencias clave de desarrollo a lo largo de la infancia y la adultez, lo que impactó negativamente en su proceso madurativo. Por otro lado, a partir aproximadamente del 2010, los centennials han sido la primera generación criada con smartphones y redes sociales, lo cual los expuso sin protección alguna a nuevas tecnologías significativamente dañinas, altamente adictivas y muy poco comprendidas. El resultado ha sido una crisis de salud mental que ha impactado a los centennials de manera prácticamente sincrónica alrededor del mundo.

Esta combinación de factores ha conducido a diversas reacciones culturales signadas por un espíritu claro de resignación, como el movimiento del “acostarse plano” de China, en el cual jóvenes rechazan la propuesta hipercompetitiva del mercado laboral profesional y, como método de resistencia, instan a sus miembros a que no se casen, procreen, ni consuman. Un caso más extremo se puede hallar en un fenómeno de origen japonés pero de creciente presencia global: los hikikomori, una clase de ermitaño urbano que se encierra en su residencia o habitación y limita así su contacto con el resto de la humanidad, incluyendo a su familia más cercana.

Esta tendencia hacia la reclusión en jóvenes se ve facilitada por una creciente oferta de productos sustitutivos de la intimidad humana posibilitados por el desarrollo tecnológico. Por un lado, el uso compulsivo de la pornografía, particularmente entre hombres jóvenes, ha mostrado tener una correlación tanto con una mayor insatisfacción posterior con experiencias interpersonales como con una mayor reticencia a buscar pareja. Por otro lado, se puede observar una popularización de sustitutos artificiales de parejas, desde muñecas sexuales progresivamente más realistas y sofisticadas, hasta el meteórico ascenso de las relaciones sexoafectivas formadas con programas de inteligencia artificial. Este fenómeno no es una práctica sustitutiva únicamente para personas solteras y/o solitarias, sino que se hallan casos también entre personas que se encuentran en relaciones estables con seres humanos, como lo ilustra un artículo de la revista People que cuenta el caso de una mujer que, luego de enamorarse de una versión personalizada de ChatGPT, acabó por divorciarse de su esposo.

Mujeres progresistas, hombres conservadores

Estas transformaciones en los estilos de vida de los individuos también se ven acompañadas de correlaciones en el campo de lo político. En años recientes se ha podido observar alrededor del mundo una creciente divergencia ideológica entre hombres y mujeres de las mismas generaciones. En términos generales, la tendencia muestra un número cada vez mayor de mujeres que adoptan posturas cada vez más progresistas y un número cada vez mayor de hombres que adoptan posturas cada vez más conservadoras. 

Además, esta creciente divergencia ideológica entre hombres y mujeres se está dando dentro de las mismas generaciones, sobre todo en las más jóvenes. Una encuesta de Gallup señala que entre el 2018 y el 2024 en EE.UU. se produjo una escisión entre hombres y mujeres de entre 18 y 30 años que resultó en que la población femenina se haya convertido en 30 puntos porcentuales más progresista que sus coetáneos masculinos. También en Alemania existe una brecha de 30 puntos entre los hombres jóvenes, cada vez más conservadores, y las mujeres jóvenes, cada vez más progresistas, mientras que en el Reino Unido la brecha es de 25 puntos. En muchos lugares, esta situación también se ha materializado en apoyos partidarios claros, como en el caso de Polonia, donde, en 2023, casi la mitad de los hombres de entre 18 y 21 años apoyaba al partido de extrema derecha Confederación, mientras que entre las mujeres de la misma edad el apoyo era de apenas un 17 %. En el caso de Corea del Sur, en las elecciones presidenciales de 2022, los hombres jóvenes apoyaron fuertemente al partido de derecha Poder Popular, y las mujeres jóvenes respaldaron al liberal Partido Demócrata en números casi iguales. Esto es particularmente interesante, ya que en esa misma elección no hubo diferencia en cómo votaron los hombres y las mujeres mayores.

En el caso de Corea del Sur, esta tendencia política también se ha manifestado en el plano de lo social y las relaciones de género. El caso más emblemático es el del Movimiento del 4B, una corriente radical del movimiento feminista surcoreano. El nombre tiene su origen en un juego de palabras, ya que “bi” es un prefijo negativo y refiere a los “cuatro no” que el movimiento mantiene como sus pilares fundamentales: no contraer matrimonio con hombres, no procrear con hombres, no mantener relaciones románticas con hombres y no mantener relaciones sexuales con hombres. A su vez, este movimiento fue significativamente visibilizado a nivel mundial luego de que se hubiera vuelto viral en redes sociales estadounidenses tras la segunda victoria presidencial de Donald Trump en noviembre de 2024, una elección donde la retórica del debate político también se vio interpelada por las relaciones de género.

Fecundidad y fertilidad

Además de esta multiplicidad de factores socioculturales convergentes, también se ha observado un problema de carácter biológico cada vez mayor: las crecientes deficiencias en la capacidad biológica de los seres humanos para reproducirse. 

Aquí debemos detenernos en una cuestión confusa pero importante de terminología: la diferencia entre fertilidad y fecundidad. Dentro de la disciplina de la demografía, la fecundidad se refiere a la capacidad biológica de los seres humanos para reproducirse sexualmente, mientras que la fertilidad se refiere a la cantidad concreta de hijos que se terminan efectivamente produciendo. Sin embargo, la diferencia entre estos términos no es siempre consistente a través de distintas disciplinas ni en sus implementaciones, lo cual suele generar algún grado de confusión. En vista de ello, emplearé consistentemente la definición citada anteriormente en este párrafo.

En cuanto a la fecundidad masculina, una serie de investigaciones recientes indican un aumento a lo largo de todo el espectro de problemas reproductivos en los hombres, como una disminución del conteo de espermatozoides, una disminución de los niveles de testosterona y un aumento de las tasas de disfunción eréctil y cáncer testicular. A su vez, un estudio de carácter global publicado en 2022 indicó que el conteo de espermatozoides disminuyó, en promedio, un 1,2 % por año entre 1973 y 2018: de 104 a 49 millones/ml. Lejos de desacelerar o amesetarse, este estudio indicó que esta tendencia se aceleró a más del 2,6 % por año a partir del 2000, mientras que la infecundidad ya afecta a alrededor del 7 % de la población masculina. A ello se le agrega el hecho de que, de manera simultánea, la incidencia del cáncer testicular ha aumentado exponencialmente. Estas problemáticas no solo son estadísticamente significativas, sino que además están notablemente distribuidas a lo ancho del planeta, con casos registrados en lugares tan disímiles como América del Sur, China, África, el norte de Europa, América del Norte y Australasia.

Mientras que hay ciertos hábitos individuales que pueden impactar negativamente en la fertilidad (como una mala alimentación, un estilo de vida sedentario, el estrés y el consumo de alcohol y drogas), otras investigaciones han mostrado el daño a la fecundidad que causan los químicos hallados en plásticos, en los medicamentos, en los alimentos y en el aire. A su vez, estas toxinas ambientales tienen algunos impactos específicos sobre las mujeres, ya que pueden desencadenar problemas como síndrome de ovario poliquístico, insuficiencia ovárica primaria y defectos meióticos, como aneuploidías. No obstante, a los problemas concretos de los individuos actuales se les agrega la preocupación sobre la heredabilidad de estas enfermedades. Está confirmado que algunas sustancias pueden generar daño oxidativo en el ADN masculino y femenino y que son mutágenos reconocidos que pueden inducir infertilidad multigeneracional en animales. Esto sugiere fuertemente que tales sustancias podrían dejar secuelas duraderas y multigeneracionales a través de una combinación de efectos genéticos y epigenéticos.

Además, se debe considerar el impacto inesperado que puede tener la implementación de tecnología diseñada específicamente para tratar problemas de procreación, como las técnicas de reproducción asistida. Si bien, en el corto plazo, estas tecnologías pueden ayudar a personas que no podrían reproducirse de otra manera a tener hijos, en el largo plazo, esto podría representar un problema, ya que esos hijos podrían heredar esos mismos problemas. Un caso notable de ello son las mutaciones de azoospermia que son heredadas directamente de padre a hijo. Un caso especialmente claro son ciertas microdeleciones del cromosoma Y: cuando un hombre portador logra tener un hijo mediante reproducción asistida, sus hijos varones heredan esa misma alteración genética y pueden presentar a su vez problemas de fertilidad. En algunos países, como Australia y Dinamarca, ya 1 de cada 16 niños son concebidos mediante técnicas de reproducción asistida, y el aumento de esta tendencia pareciera inexorable. La gran ironía de la industria de la reproducción asistida es que podría estar contribuyendo a propagar la misma patología que busca tratar, ya que, cuanto más se emplee la reproducción asistida en una generación, más necesario se volverá su uso en la siguiente.

Vejez, inmigración y política

Si bien hasta ahora hemos detallado la multiplicidad de causas que han conducido a un declive de la fertilidad a lo largo del mundo, debemos mencionar otro correlato, igualmente relevante e íntimamente relacionado: el envejecimiento de la población.

En décadas recientes, los avances en la medicina han prolongado significativamente la expectativa de vida de las personas, lo cual ha llevado a un aumento notable de la cantidad de gente mayor en la mayoría de los países del mundo. Este fenómeno se suma a todo el resto de los factores convergentes anteriormente detallados y ha resultado en una situación en la cual, en términos generales, a medida que las personas viven más tiempo, más cae la tasa de natalidad.

Pensemos que la gente joven (digamos de entre 18 y 65 años, por poner un número) mantiene con su trabajo, de manera directa e indirecta, a aquellos que no trabajan, esencialmente a los niños y a los ancianos. Esto implica que cuantos más ancianos haya, los jóvenes tendrán menos dinero para tener niños. Esto lleva a una situación en la que habrá más ancianos, menos jóvenes y menos niños. Lo cual, a su vez, resulta en más ancianos, menos jóvenes y menos niños. Al mismo tiempo, la presión creciente sobre la población económicamente activa genera más incentivos para la emigración hacia países con mejores salarios, lo cual acelera el problema y conduce a una pirámide poblacional cada vez más invertida.

Los avances en la medicina generalmente no se vieron acompañados por transformaciones en la legislación sobre los sistemas jubilatorios. Los sistemas previsionales de la mayoría de los países que los poseen se basan en modelos desarrollados luego de la Segunda Guerra Mundial, durante la emergencia del Estado de bienestar. La edad promedio para la jubilación generalmente varía entre los 60 y 65 años. La lógica detrás de esto se basaba en que la expectativa de vida rondaba los 70 años, con lo cual las personas típicamente tendrían alrededor de una década de retiro antes de morir. Actualmente, la expectativa de vida en los países más avanzados se acerca a los 85 años y se ha vuelto relativamente común que individuos lleguen hasta los 95 años de edad.

Si bien hay crecientes debates sobre la elevación de la edad jubilatoria, estas posturas suelen enfrentar altos niveles de rechazo y no ofrecen soluciones estructurales. En primer lugar, extender la edad jubilatoria dificulta el ya complejo ingreso de los jóvenes al mundo laboral, lo cual genera otras fuentes de inestabilidad. En segundo lugar, difícilmente esto sea suficiente para hacer sustentable el esquema previsional. Por último, extender la edad jubilatoria no transforma la composición de la pirámide poblacional, que es la principal fuente del problema.

A su vez, si se toma en cuenta que los sistemas previsionales se basan en el cálculo de que se necesitan aproximadamente tres trabajadores por cada jubilado, eso significa que luego se necesitarán 9 trabajadores para esos 3 jubilados; 27 para esos 9; 81 para esos 27; 243 para esos 81; 729 para esos 243; y 2187 para esos 729. Dicho de manera más contundente, el sistema previsional es un esquema piramidal que se basa en el presupuesto de una población en constante e ininterrumpido crecimiento. A esto se le agrega el hecho de que en muchos países del mundo los baby boomers (quienes nacieron entre 1945 y 1960, dependiendo del cálculo que se haga) representan la generación más numerosa en la historia humana, sobre todo en las economías más avanzadas. Para finales de la década de 2020, casi la totalidad de los baby boomers se habrán retirado y cada generación que le sigue ya es más pequeña.

En estos escenarios, la inmigración suele ser citada como la solución lógica y obvia al problema del envejecimiento de la población y de la caída de la natalidad. Si bien es cierto que, en el corto plazo, la inmigración puede mitigar algunos de los efectos de este fenómeno, hay algunos factores adicionales que se deben tener en cuenta. En primer lugar, nada asegura que los inmigrantes que arriban a un país lleguen en los plazos, en las cantidades y con la formación específica que las condiciones particulares que una economía nacional demande en cierto momento. En segundo lugar, hay una correlación clara y recurrente entre el envejecimiento poblacional, la caída de la natalidad y el incremento de sentimientos antiinmigratorios por parte de la población nativa. Un ejemplo de ello puede observarse en el crecimiento de los discursos xenófobos y los partidos de ultraderecha a lo largo de Europa y América del Norte en años recientes. En tercer lugar, las migraciones masivas también conllevan un conjunto de problemáticas sociales y transformaciones culturales que son particularmente dificultosas para el modelo moderno de Estado-nación. En relación con esto, casos como el de Argentina representan ejemplos notables y excepcionalmente exitosos de construcción de sociedades multiculturales.

Finalmente, los problemas demográficos son una cuestión particularmente difícil de resolver desde una política nacional ya que el sistema de incentivos se encuentra desalineado. El problema es que la década de 2020 probablemente no sea el momento para tomar decisiones drásticas para encarar este asunto; ese momento posiblemente haya sido la década del 2000. Ahora, ¿quién estaría dispuesto a tomar decisiones políticas razonablemente impopulares que le requieran pagar un costo significativo e inmediato para intentar prevenir un escenario que podría ser un problema grave en treinta a cuarenta años? La respuesta es prácticamente nadie.

A su vez, a medida que cae la natalidad y envejece la población, los ancianos representan un segmento cada vez mayor de la población y de los votantes. En los países donde el voto es optativo (la mayoría de las democracias), suelen ejercer este derecho cívico con mayor frecuencia que la gente más joven. Esto implica que, en muchos lugares, los ancianos ya son un factor determinante en toda elección y, en consecuencia, se vuelve progresivamente más dificultoso llevar adelante políticas públicas que vayan a alterar significativamente los sistemas previsionales o las políticas migratorias.

Ante una situación tan crítica, ¿la gente no sería capaz de dejar de lado sus reticencias y recibir con brazos abiertos a todas las personas que quieran arribar a sus tierras buscando construir un futuro mejor? Eso es ciertamente posible. El problema sería qué clase de personas y cuántas de ellas habría que estuvieran dispuestas a mudarse a un país donde la economía se encontrase en un proceso de colapso sostenido.

La muerte de los baby boomers

Si bien hay mucha esperanza depositada en los avances en la automatización y la inteligencia artificial, nada garantiza que estos desarrollos se den lo suficientemente rápido ni que sean saltos lo suficientemente grandes en lo cualitativo como para mantener una economía funcional en un escenario de colapso poblacional. A esto se le agrega el hecho de que reemplazar a decenas de millones de trabajadores y aumentar la productividad de los trabajadores que perduren con tecnología involucraría una inversión colosal.

Por otro lado, se encuentra el argumento de que los aumentos en la productividad debidos a los avances tecnológicos podrían generar una sociedad significativamente más próspera aun con menos habitantes. El problema con este razonamiento es que en los modelos económicos actuales un motor esencial del PBI es el consumo, y el consumo, en buena medida, está condicionado por la cantidad de habitantes. De hecho, cuanto más gana un individuo, la proporción de sus ingresos destinados a gastos tiende a disminuir, mientras que la proporción destinada a ahorros tiende a aumentar.

A su vez, los baby boomers constituyen además la generación más próspera de la historia humana. Esto último es un dato particularmente relevante porque, en términos generales, a medida que la gente pasa a la jubilación, suele hacer menos inversiones, sobre todo si se trata de inversiones riesgosas, y tiende a vivir más de lo ya acumulado. Esto implica que en los próximos diez años puede producirse un achicamiento de la disponibilidad de capital a escala global.

Existe, a su vez, mucha especulación respecto de cómo será el final de los baby boomers y su impacto sobre la generación de sus hijos, los millennials (aquellos nacidos entre 1985 y 1995 aproximadamente). Por un lado, la muerte de los baby boomers podría desencadenar la transferencia de recursos más grande que se haya visto en la historia, transformando la realidad económica de los millennials a través de la herencia y solucionando muchos de los desafíos y limitaciones que ha enfrentado esta generación (como falta de acceso a la vivienda propia y elevada deuda individual). Sin embargo, la creciente longevidad de la población podría llevar a los baby boomers a gastar la gran mayoría de sus ahorros a lo largo de décadas de retiro, dejando poco y nada para sus descendientes. En este escenario, lejos de desencadenar una redistribución económica, se podría observar una profundización de la desigualdad actual a medida que grandes conglomerados económicos en control de sectores como la medicina privada, la farmacéutica y los geriátricos gocen de ganancias extraordinarias.

La combinación de estos factores nos plantea un escenario en el cual nada garantiza que la tecnología pueda mantener a flote estas economías, ni que haya capital disponible suficiente para las inversiones titánicas requeridas para este gran ensayo socioeconómico, ni que aparezca gente dispuesta a intentarlo en un escenario en el cual estas economías nacionales comiencen a crujir.

Un desafío inédito

En vista de ello, el escenario actualmente más probable es que, en las décadas venideras y de manera sostenida, veamos colapsos poblacionales en muchos de los países más avanzados del mundo. Los jóvenes continuarán teniendo cada vez menos niños, varios seguirán yéndose de sus países en búsqueda de mejores oportunidades y los ancianos, tarde o temprano, se morirán. Esto resultará en una caída sostenida tanto de las poblaciones como de sus economías.

Es importante remarcar que, para esos países, estos colapsos poblacionales no constituyen una solución (dolorosa, pero solución al fin) del problema, puesto que no alterarían la estructura de sus pirámides poblacionales. Luego de que una población colapse a la mitad de su tamaño, esa misma población continuará con los mismos problemas que desencadenaron el fenómeno: muchos ancianos, pocos jóvenes y pocos niños, lo cual resulta en más ancianos, menos jóvenes y menos niños, mientras el número total de habitantes continuará en caída libre.

Debe señalarse además que si bien la caída de la natalidad es un fenómeno prácticamente universal (la excepción más notable es el caso del África subsahariana), los casos más severos se observan en América del Norte, Europa y el este de Asia, coincidentemente, las economías más avanzadas e importantes del mundo. En el caso de que los avances en IA y automatización no se desarrollen y se desplieguen lo suficientemente rápido (escenario perfectamente probable), estas economías tendrán fundamentalmente dos opciones divergentes.

Por un lado, pueden salir a competir entre ellas para ver quién logra atraer la mayor cantidad de personas hacia su economía en un juego global migratorio de suma cero. Si bien es posible que esto mantenga a flote sus economías, este proceso razonablemente significaría una transformación irreversible de la composición étnica, cultural, religiosa y sociopolítica de estas naciones, con inevitables consecuencias sobre sus niveles de cohesión interna. A su vez, esto podría drenar al sur global de un capital humano crecientemente escaso, saboteando sus posibilidades de desarrollo en el futuro previsible. Por otro lado, las economías más avanzadas podrían continuar sus ya visibles tendencias antimigratorias y aceptar lo que les ampare el destino.

Dos casos particularmente notables de envejecimiento de la población, caída de la natalidad y poca apertura a la inmigración son Corea del Sur y Japón. El caso surcoreano mantiene la peor tasa de natalidad del mundo: 0,7 niños por mujer. Esto es particularmente delicado debido a que su antagonista geopolítico, la potencia nuclear de Corea del Norte, a pesar de tener una población más pequeña (unos 27 millones de personas), no enfrenta un problema de envejecimiento de la población: en unas décadas pasará a tener mucha más gente joven y, en consecuencia, muchos más soldados. En cuanto al caso japonés, entre el año 2024 y el año 2025 esta nación archipiélago fue testigo de un millón más de muertes que de nacimientos, una tendencia que solo continuará en años venideros y que se da dentro del contexto de la economía más endeudada del mundo y una crisis de representación política que vio el ascenso de la ultraderecha antiinmigrante con la llegada al poder de la primera ministra Sanae Takaichi.

El escenario más probable, sin embargo, será un camino intermedio entre el cierre de fronteras y la promoción de la inmigración. Lejos de remediar la situación, esta postura moderada y/o inconsistente podría conducir a una tormenta perfecta en la cual los países no logren evitar el colapso demográfico (y su subsecuente crisis socioeconómica) pero tampoco logren evitar el desafío de sintetizar las contradicciones de una sociedad súbitamente más multicultural y empobrecida, dentro de un escenario marcadamente adverso.

¿Hasta dónde continuará este proceso? La respuesta clara y franca es que nadie lo sabe porque esto es un fenómeno absolutamente inédito en la historia humana y, por lo tanto, no hay ningún antecedente que se pueda utilizar como referencia. La única certeza es que la humanidad deberá aprender a lidiar con este desafío en tiempo real y de manera sostenida para hacerle frente a la que podría volverse una de las crisis más trascendentes del siglo XXI.

Argentinas y argentinos

En cuanto a nuestra República Argentina, este panorama representa un desafío complejo en el largo plazo. Por un lado, la caída sostenida en la fertilidad argentina ha ganado creciente visibilidad en los últimos años y, considerada en abstracto, puede ser causa de alarma en relación al futuro del país. Sin embargo, al ponderar este hecho en el contexto global, se puede vislumbrar una oportunidad histórica hacia mediados de siglo.

En primer lugar, un crecimiento poblacional más desacelerado permite un mayor impacto del crecimiento económico durante algún tiempo. Si durante las siguientes décadas la economía crece más rápido que la población, esto simplifica la tarea de que los frutos de esa mayor riqueza futura beneficien al conjunto de la sociedad. Este no es un dato menor en un país donde se ha observado un creciente nivel de desigualdad económica en los últimos años. En segundo lugar, si bien en el mediano plazo Argentina inevitablemente va a envejecer, nuestro país se encuentra aún en las fases iniciales de este proceso. Según un estudio de la CIA del año 2024, la edad mediana de Argentina es de 33,3 años, lo cual la coloca un poco por encima del promedio mundial (de 31,0) y en el puesto número 112 de un ranking de los 230 países y territorios autónomos más envejecidos del planeta.

Gracias a estas tendencias, se puede vislumbrar una Argentina que para el año 2050 se encuentre transitando un período de estabilidad poblacional y mayor prosperidad, al tiempo que muchas de las economías más avanzadas del mundo se encuentren en pleno proceso de colapso demográfico. En este escenario, la situación comparativamente mejor de nuestro país puede convertirlo nuevamente en un destino que atraiga a vastos números de inmigrantes de todo el mundo, permitiendo estabilizar nuestra población en la segunda mitad del siglo XXI. En este punto, la resiliencia y la adaptabilidad que ha demostrado el nacionalismo cívico argentino pueden resultar un recurso invaluable en un mundo que atraviesa cambios profundos.

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Biografía del autor:
Francisco A. Taiana (Guatemala, 1993). Historiador (Universidad Torcuato Di Tella) y sinólogo argentino. Magíster en Estudios Latinoamericanos (Universidad de Oxford) y en Estudios Chinos (Universidad de Pekín). Profesor de la Universidad Nacional de Quilmes. En 2017, publicó su primer libro, Julio Argentino Roca, un lugar incómodo en el pensamiento nacional, y en 2023, Argentina, China y el mundo (1945-2022). En 2024 estrenó el stand up Históricas Historias de la Historia, y escribió Evita Experience, la más amada, la más odiada. En 2026, presentó su primer largometraje, Taianama, un documental sobre la historia de India.

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