¿Eso quiere decir que, en Argentina o en Rand MacNally, el agua corre al revés?
Bart Simpson,
Los Simpsons, Temporada 6, Episodio 16 (1995)
El futuro
Las polémicas, controversias y misterios que rodean la historia del desarrollo de la República Argentina han sido tan intensos como numerosos. Las teorías abundan, las grietas se ensanchan y los consensos parecieran brillar por su ausencia en torno a la cuestión de qué o quién ha sido el culpable de impedir que este país sudamericano alcance su pleno potencial.
A lo largo de las décadas y a lo ancho del espectro político, esta pregunta que no pareciera hallar respuesta ha desencadenado una sensación generalizada de frustración con la situación del país y con frecuencia desemboca en visiones decadentistas de nuestra odisea nacional. Sin embargo, dejando de lado los análisis del pasado y el presente (sin dudas una gran pasión argentina), quiero tomar esta oportunidad para poner el foco en el futuro, específicamente en la segunda mitad del siglo XXI. A pesar de muchas cosas, yo, personalmente, soy muy optimista sobre el futuro de este país. Lejos de ver un país en declive alejándose cada vez más de una Edad Dorada perdida, creo que Argentina, a partir del año 2050, ingresará en un período de prosperidad económica e importancia internacional que actualmente resulta difícil de imaginar.
Mi argumento está basado en un análisis geopolítico de Argentina, tomando en cuenta sus condiciones estructurales, oportunidades y desafíos de largo plazo, y las tendencias generales del contexto global. Admito que la geopolítica es, a su vez, una disciplina fría, maquiavélica y calculadora, y mi análisis conlleva ese espíritu. En la medida de lo posible, buscaré desprenderme de mis preferencias, deseos y parcialidades y apegarme a factores objetivos en un intento de pronosticar sus consecuencias eventuales.
La tarea que se me presenta puede parecer contradictoria. Yo soy, ante todo, un historiador y este es un libro sobre el futuro. Sin embargo, creo que la perspectiva histórica, el análisis estructural y las tendencias de largo plazo son más relevantes que nunca justamente porque nos permiten vislumbrar un futuro promisorio para nuestro país.
Existir
Mi primer argumento es que Argentina en el 2050 va a existir. Y el motivo por el cual Argentina va a existir es por el simple hecho de que este país no enfrenta un solo problema en la actualidad que pueda conducir a su desaparición, una ventaja que no muchos países del mundo poseen. En consecuencia, creo que Argentina es un país que sobrevivirá al siglo XXI e ingresará al siglo XXII cuando muchos otros se quedarán en el camino.
Esta observación no busca desmerecer la gravedad de la gran caterva de problemas que actualmente enfrentamos como nación, tales como la crisis económica, la deuda externa, elevada pobreza, creciente desigualdad, fuga de cerebros, fuga de capital, evasión fiscal, economía informal, polarización política, corrupción, creciente criminalidad o degradación institucional. Pero, debo señalar, ninguno de esos problemas ni su sumatoria pueden provocar la desaparición de Argentina. Y esto es un punto fundamental. Las personas pueden, y suelen, tener definiciones muy variadas acerca de cuál es el sentido de la política o la gobernanza, pero, en última instancia, la condición fundamental para cualquier proyecto de gobernanza es la perpetuación en el espacio y en el tiempo de la comunidad humana que representa. Las ideas más elevadas y las intenciones más loables no valen mucho si la comunidad que las sostiene es borrada de la faz de la Tierra, como les sucedió a los sumerios, escitas, troyanos, cartagineses, babilonios, soviéticos, yugoslavos, entre tantos otros. A su vez, cuanto más tiempo exista una nación, mayores son las posibilidades de experimentar épocas históricas más favorables. Si las crónicas de imperios milenarios sirven como alguna clase de guía, uno puede concluir que, tarde o temprano, la vida efectivamente da revancha.
Territorio
Otro de los puntos fundamentales de la durabilidad de Argentina reside en su estructura física: Argentina es un país bien anclado geográficamente, con claras fronteras naturales tales como la cordillera de los Andes, las mesetas del Altiplano, los bosques y junglas del norte-noreste y el océano Atlántico. Estas barreras naturales contienen un territorio verdaderamente inmenso: Argentina, sin contar sus territorios antárticos, posee unos 2,8 millones de kilómetros cuadrados, lo cual la convierte en el octavo país más grande del mundo. Si a estos factores se les agrega la ubicación austral del continente, se puede apreciar cómo Argentina es un territorio prácticamente inexpugnable en términos militares. En otras palabras, Argentina es tan grande y se encuentra tan lejos que cualquier avance sobre nuestro país representaría una aventura militar titánica, compleja y cara. Y simplemente no hay una potencia que tenga las capacidades y los motivos para llevar adelante un proyecto de conquistas semejante.
El Cono Sur también se encuentra muy alejado de los principales focos de conflicto y es altamente improbable que una guerra pueda llegar hasta sus costas. A esto se le suma una capa adicional de seguridad geopolítica: Argentina no tiene ninguna hipótesis de conflicto plausible con sus países vecinos, ningún compromiso militar extraterritorial y nadie le está apuntando con armas nucleares. De hecho, aun ante un escenario de guerra termonuclear, el Cono Sur sería una de las zonas notablemente menos afectadas por este panorama catastrófico.
En la actualidad, Argentina sigue teniendo parte de su territorio soberano bajo la ocupación militar del Reino Unido: las islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur, y espacios marítimos circundantes. En esta cuestión, Argentina también se encuentra en un escenario donde el tiempo le juega a su favor. Cuando el Reino Unido invadió ilegalmente las islas en 1833, era la principal potencia global y lideraba un imperio que se extendía por seis continentes, incluía a más de 200 millones de personas y representaba unos 20 millones de kilómetros cuadrados. Casi dos siglos más tarde, el Reino Unido ya no se encuentra ni entre las cinco principales economías del mundo, enfrenta crecientes problemas internos, envejecimiento poblacional, una compleja realidad internacional balanceando los intereses de Europa con los de Estados Unidos y un sostenido proceso de descolonización, como lo muestra la reciente pérdida de las islas Chagos a favor de Mauricio en 2024.
Esta combinación de factores permite vislumbrar una continuación del declive relativo británico y crecientes dificultades para proyectar poder alrededor del globo y particularmente en el distante Atlántico Sur. En vista de ello, sus posibilidades de retener control efectivo sobre las islas y amenazar la Argentina continental tenderán a reducirse con el paso de las décadas.
Asimismo, este escenario tiene implicaciones positivas para Argentina en un tema intrínsecamente relacionado: su reclamo de soberanía sobre el Sector Antártico, que incluye alrededor de 1.000.000 de kilómetros cuadrados de tierra firme y tiene el potencial de convertir a nuestro país en el séptimo más grande del mundo. Representa la mayor aspiración geopolítica de Argentina.
Por otro lado, la Argentina sudamericana está compuesta por un territorio predominantemente plano en el cual la mayoría de la población, la economía, la producción agropecuaria, los ríos navegables y los puertos marítimos se encuentran en su franja central. Esta realidad territorial y demográfica dificulta de manera sustancial cualquier posibilidad de una balcanizaciónTérmino que se originó en la década de los 90 con la desintegración de la República Federativa Socialista de Yugoslavia, que se dividió en las actuales Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Serbia, Montenegro y Macedonia del Norte. Desde entonces, se utiliza para describir la fragmentación de un Estado soberano en una multitud de países independientes. viable de la nación. En un territorio distribuido mayoritariamente de norte a sur, la primacía de la franja central, la porción más firmemente integrada de su territorio, anula la viabilidad de cualquier proyecto separatista.
A su vez, una sólida tradición de paz con los Estados sudamericanos posibilitaría la continuación de procesos de integración regional. Esto representa una gran oportunidad estratégica en un mundo multipolar, dentro del cual la consolidación de una economía regional sudamericana más afianzada les permitiría a sus países miembros mayor autonomía y estabilidad frente a vaivenes del sistema económico global.
Población y recursos
En resumen, este panorama geográfico muestra un país construido sobre firmes pilares materiales y resguardado de las probables tormentas del siglo XXI. No obstante, en función de que Argentina continúe existiendo, hace falta un factor central: tiene que seguir habiendo argentinos y argentinas. En este punto, el país sudamericano tiene una ventaja importante ya que es uno de los países miembros del G20 con mejor estructura demográfica. Argentina no solo tiene gente, sino que tiene gente joven, y ahí está la clave. Por un lado, ha sido tradicionalmente un país receptor neto de inmigrantes. Por otro, décadas de subsidios y un sistema robusto de instituciones públicas (principalmente en materia de educación y salud) hicieron de Argentina un país donde criar una familia fue comparativamente más barato que en otras naciones con este nivel de urbanización. Y si bien es cierto que hemos sido testigos de una caída pronunciada de la natalidad en Argentina en los últimos años, este país sudamericano aún posee un “bono demográfico”, es decir, Argentina cuenta todavía con una población lo suficientemente joven para mantener una economía funcional y en crecimiento hasta mediados de siglo.
A su vez, el crecimiento poblacional previsto, que resultaría en alrededor de 50 a 60 millones de personas para el año 2050, presenta algunas ventajas particulares. Por un lado, el aumento poblacional va a asegurar un cierto nivel de crecimiento económico intrínseco y sostenido. Por otro, una fuerza laboral relativamente joven va a generar oportunidades económicas, en un ambiente internacional donde la mano de obra va a convertirse en un bien escaso y codiciado.Hay quienes argumentan que los avances de la inteligencia artificial y la automatización terminarán por resolver esta problemática, pero estos cálculos se basan en desarrollos cuya concreción y plazos no están garantizados.
Finalmente, este crecimiento demográfico moderado también garantiza que, aun en el caso de que el país atraviese décadas ininterrumpidas de desempeño económico adverso, Argentina se convertirá en una sociedad sustancialmente más próspera en términos de PBI per cápita. Hagamos algunos números:
Según la estimación del FMI para el año 2024, la economía nacional cerró el año con un producto bruto interno de aproximadamente 600.000.000.000 de dólares, lo cual la coloca en el puesto número 25 del ranking global. Si el país fuese a enfrentar un crecimiento promedio del 2 % anual durante los siguientes 35 años (un resultado paupérrimo para una economía en desarrollo), duplicaría su tamaño y concluiría la década de 2050 con una economía de 1.200.000.000.000 de dólares. Si esto se combinara con un crecimiento poblacional de alrededor del 30 %, representaría un PBI per cápita superior a los 20.000 dólares. En un escenario de un crecimiento promedio del 4 % durante el mismo período (una cifra más optimista pero ciertamente aún dentro de lo alcanzable), Argentina duplicaría el tamaño de su economía para 2042. A su vez, cerraría la década de 2050 con un PBI nominal de 2.400.000.000.000 de dólares y, ante el mismo escenario de crecimiento poblacional, con un PBI per cápita superior a los 40.000 dólares. En otras palabras, estaríamos ante una economía en términos reales y per cápita comparable a la que hoy tiene Italia, actualmente la octava economía más grande del mundo.
Mis proyecciones son osadas y no se me escapa que el lector tendrá preguntas. No temamos atenderlas. La primera, sin duda, es esta: ¿a qué se debería semejante crecimiento?
Argentina es depositaria de considerables recursos naturales y críticos cuya demanda se mantendrá elevada en décadas venideras. Su sector agrícola es de los más eficientes del mundo, y esta producción es menos dependiente de fertilizantes que en otras regiones del planeta. Cuenta con una amplia red de sistemas fluviales y ostenta una ubicación y diversidad geográficas adaptables al cambio climático. A su vez, mucha de la producción de fertilizantes de fosfato y potasa está concentrada en Eurasia, donde también se concentra la mayoría de las hipótesis de conflictos en décadas venideras. Una interrupción de esas líneas de suministro no solo no sería catastrófica para Argentina, sino que hasta podría representar una gran oportunidad para el crecimiento de su producción local de fertilizantes, un sector de la economía subexplotado y que podría dar grandes saltos gracias a la expansión del sector energético.
En cuanto a la energía, Argentina también está dotada de vastos recursos cuya demanda seguirá creciendo: es un país que tiene petróleo, petróleo no convencional, gas, gas no convencional, energía hidroeléctrica, energía nuclear, y es uno de los pocos países del mundo que podrían explotar a gran escala energía eólica y solar. A su vez, posee amplios recursos minerales estratégicos en un escenario global donde la demanda de ciertos metales, como el litio y el cobre, se mantendrá elevada por décadas.
Finalmente, Argentina mantiene índices de desarrollo humano relativamente altos (el segundo más alto de América Latina, después de Chile) y una población altamente urbanizada (casi el 93 %, lo cual la coloca entre los 15 países más urbanizados del mundo; aun contando las ciudades-Estado de Singapur, Vaticano, San Marino y Mónaco). Estas condiciones le permitirían, sin enormes dificultades, ampliar su base manufacturera, consolidar su tejido técnico-científico y desarrollar aún más su sector de servicios.
Teniendo en cuenta todas estas ventajas estructurales, emerge inevitablemente otra pregunta: ¿por qué Argentina no ha llegado a desarrollarse antes con todo este potencial? Ah, esta es una pregunta que ha fascinado y atormentado a historiadores y economistas alrededor del mundo por décadas. Y es una pregunta que de ninguna manera responderé aquí. Lo lamento. No obstante, lo que sí me gustaría hacer es aportar tres observaciones que a mi entender pueden al menos enmarcar estos debates desde otro punto de vista.
Un pasado muy corto
En primer lugar, Argentina es un país muy joven que recién está cumpliendo 21 décadas de independencia. Para poner esto en perspectiva, China tuvo una guerra civil (el período de los Estados Guerreros) que duró más tiempo que toda nuestra historia nacional, mientras que el gobierno de una sola familia (la dinastía otomana) nos triplica en longevidad. Esta juventud implica que no hay una experiencia acumulada que permita vislumbrar los largos ciclos históricos del país. Además, esta falta de perspectiva conduce a que su ciudadanía les asigne un gran nivel de trascendencia a todos los desarrollos coyunturales que sufre o se le presentan. A lo largo del variado espectro político argentino abundan las teorías acerca de en qué momento se descarriló el destino del país. Si bien los héroes, los villanos y los momentos cambian de acuerdo a las preferencias políticas de tal o cual, casi todos estos argumentos responsabilizan a decisiones o períodos puntuales de que el devenir de la nación de alguna manera se haya desvirtuado, sin dar mucha cuenta de procesos más largos, complejos y contradictorios. Ante eso, propongo que lo pensemos de este otro modo: si nos animásemos a imaginar que a Argentina le quedan aún 3000 años de existencia por delante, un escenario para nada imposible, eso significaría que toda nuestra historia hasta este momento no ha sido más que un capítulo introductorio.
Inmigración y valores
En segundo lugar, hay que tomar en cuenta que Argentina no es solo un país joven con una historia corta, sino que tuvo la particularidad de haber pegado un gran salto en su crecimiento económico, de manera muy temprana y con un alto nivel de prosperidad, durante el modelo agroexportador de la generación del 80 (1880-1930). Fuera de las diversas y polémicas apreciaciones que se puedan hacer sobre aquel período, la experiencia de la generación del 80, cuando brevemente Argentina tuvo un PBI per cápita comparable al de los Estados Unidos, ha sido empleada frecuentemente como una vara para medir los períodos sucesivos. Y el hecho de que actualmente el PBI per cápita argentino sea alrededor de siete veces menor que el estadounidense se presta fácilmente a la construcción de una visión decadentista y catastrofista de la historia nacional. No obstante, si tomamos una perspectiva de largo plazo, el panorama se vuelve más positivo. Se ha calculado que, al momento de su independencia en 1816, la población total del país era comparable a la población actual del barrio de Palermo (medio millón de personas), distribuida a lo largo de 1,5 millones de kilómetros cuadrados de control efectivo sobre el territorio. Dos siglos más tarde, su población es casi 100 veces mayor, mientras que el territorio prácticamente se duplicó. A su vez, Argentina tuvo en el transcurso de esos dos siglos un hito extraordinario que muchas veces es pasado por alto en debates en la esfera pública, a pesar de que se trata de un hito valioso no solo por su existencia en el pasado, sino por lo prometedor que resulta de cara a futuro. Se ha vuelto un lugar común describir a Argentina como un país de inmigrantes y en las escuelas se enseña cómo fue que nuestro país cuadruplicó su población en los treinta años que van de 1880 a 1910 a través de una de las oleadas migratorias más significativas de la humanidad. Semejante acontecimiento, que constituye las bases de la Argentina poscentenario, hoy parece olvidado a la hora de identificar nuestras fortalezas y debilidades, como si no se tratara de un proceso cuyas consecuencias llegan cómodas al siglo XXI y seguramente más allá. La normalización de este proceso histórico en el cual millones de personas de distintos países, culturas y credos han sucesivamente llegado a nuestras tierras en búsqueda de un futuro mejor y se han integrado a la nación sin grandes inconvenientes oculta lo extraordinario que es este logro.
Seamos claros: esto fue posible porque, desde sus albores, Argentina desarrolló un nacionalismo cívico y universalista, basado en valores y lealtades comunes, y no un nacionalismo étnico y particularista, basado en lazos de sangre. Gracias a ello, la República Argentina tuvo una temprana y rotundamente exitosa experiencia como sociedad multicultural y globalizada. Esto representa un feroz contraste con muchas de las experiencias de inmigración masiva en otras partes del mundo en años recientes, que se han visto progresivamente marcadas por la emergencia de tendencias xenofóbicas y crecientes tensiones sociales.El ascenso de la extrema derecha europea o el muro de EE.UU. con México son tristes pero potentes recordatorios de lo dificultoso que resulta construir sociedades tan multiculturales como armónicas. Aunque a ciertos ojos conservadores no lo parezca, nuestra identidad nacional inclusiva y adaptable es un recurso muy preciado en un siglo que inevitablemente verá mayores desplazamientos de personas, por motivos económicos, bélicos y climáticos.
Factores externos
Para completar esta serie de argumentos, me gustaría señalar que Argentina es un país notoriamente introspectivo, en el cual los debates políticos e históricos suelen girar casi enteramente alrededor de problemáticas y decisiones internas. Si bien estos debates tienen una gran importancia intrínseca, el hecho de que ocupen prácticamente la totalidad del discurso público representa una cierta distorsión de la realidad de un país cuyo destino siempre se ha encontrado mucho más subordinado a factores externos de lo que nos gusta admitir.
En términos generales, podemos apreciar cómo Argentina transitó tres períodos geopolíticos globales y se encuentra en los albores de un cuarto. Nuestro país nació como resultado de los temblores ocasionados por las guerras napoleónicas, aquel último manotazo de ahogado que intentó preservar la hegemonía francesa de los anteriores 150 años. Ese mundo que experimentaba la Primera Revolución Industrial adolecía de las bases materiales y tecnológicas para poder integrar más plenamente en la economía internacional a una Argentina que buscaba un modelo de organización política que se adecuara a sus vastas distancias, limitado capital y escasa población.
Con la llegada de la Segunda Revolución Industrial en la segunda mitad del siglo XIX, Argentina pudo hacer uso de las nuevas tecnologías para simultáneamente incorporarse de forma más plena a una economía cada vez más global y consolidar un gobierno verdaderamente nacional. Los ferrocarriles, el barco a vapor, el telégrafo y la electricidad permitieron como nunca antes unir las vastas distancias de nuestro territorio, acortando tiempos, reduciendo costos, dando lugar a un meteórico crecimiento económico.
No obstante, si bien hay muchas cosas que se pueden decir (y ciertamente hay muchas cosas que se han dicho) respecto de los méritos, fracasos y limitaciones de ese modelo nacional, hay un dato geopolítico clave que prácticamente nunca es mencionado cuando se discute su eventual crisis y colapso: la inauguración del canal de Panamá el 15 de agosto de 1914. Antes de su construcción, Buenos Aires era, indiscutidamente, uno de los puertos más importantes del mundo como nodo logístico clave del tránsito marítimo entre los océanos Atlántico y Pacífico. Una vez abierto el canal de Panamá, las rutas marítimas fueron reconfiguradas en detrimento claro de Buenos Aires. Y Argentina fundamentalmente no podría haber hecho nada para impedir esta transformación geopolítica crucial.
Asimismo, la inauguración del canal de Panamá coincide temporalmente con el estallido de la primera de dos guerras mundiales, que, junto con la crisis de 1930, terminaría por destruir la hegemonía política y económica europea, alrededor de la cual nuestra joven república había armado un modelo de país. El sistema mundial europeo de la Revolución Industrial fue reemplazado por una división bipolar entre dos grandes superpotencias: una socialista (la URSS), que ofrecía escasas oportunidades de desarrollo para Argentina, y otra capitalista (los EE.UU.), que por esas casualidades del destino también es uno de los principales productores y exportadores agrícolas del mundo. Fuera de Washington y Moscú, que compartían un bajo nivel de compatibilidad económica con Argentina, se encontraba una Europa destruida que en la segunda mitad del siglo XX adoptó políticas mucho más proteccionistas de su propio sector agrícola.
La emergencia de la Unión Soviética como superpotencia industrial-militar y la consolidación de un bloque socialista desde Alemania del Este hasta Vietnam del Norte desataron una respuesta de contención por parte de EE.UU. A partir de ese momento, Washington patrullaría los océanos del mundo asegurando la libre navegabilidad de los mares para sus aliados y posibilitando el surgimiento de una economía globalizada, en función de mantener una muralla de países aliados en los márgenes de Eurasia para evitar la supremacía de Moscú. Y fue así que, con el ascenso de las superpotencias, nuestro país ingresó en su tercer gran período geopolítico global, el más adverso hasta la fecha.
Frente a este dificultoso escenario, Argentina reconfiguró su modelo nacional a través de distintas facetas industrialistas, dentro de las cuales la más trascendente fue la experiencia del peronismo. Tanto en las versiones más autónomas, como los Planes Quinquenales de Juan Perón, como en las versiones más integradas al capital internacional, como el desarrollismo de Arturo Frondizi, Argentina buscó a través de una industrialización por sustitución de importaciones un modelo de desarrollo económico sustentado sobre su mercado interno.
Nuevamente, más allá de los volúmenes que se han escrito respecto de los aciertos, errores, logros, fracasos, ventajas y desventajas que tuvo Argentina desde mediados del siglo XX, cuando uno adopta una perspectiva global, se puede apreciar un escenario geopolítico intrínsecamente perjudicial.
A su vez, el proceso de la Guerra Fría también aumentó de manera sostenida el nivel de injerencia extranjera en la política nacional, incrementando de forma constante los niveles de inestabilidad interna y dificultando el desarrollo de políticas de largo plazo. Por otro lado, la segunda mitad del siglo XX también fue testigo del proceso de descolonización que resultó en un aumento de la competencia en el escenario internacional a medida que iban surgiendo cada vez más actores independientes empujando sus propios modelos de desarrollo.
De esta manera, la importancia estratégica de Argentina dentro del orden global se precipitó de manera súbita, y es difícil pensar que el país no habría enfrentado dificultades considerables, independientemente de las políticas que sus gobiernos hubieran implementado. A su vez, esta situación se vio profundizada con el salto en el proceso de globalización que trajo el fin de la Guerra Fría. En este contexto, nuestro país se vio arrastrado por las tendencias geopolíticas globales e inició un proceso de liberalización económica que culminó en el colapso del 2001.
Un siglo de posibilidades
A medida que nos adentramos cada vez más en el siglo XXI, nuevamente las fuerzas geopolíticas globales comenzaron a impactar sobre el destino de nuestro país. De manera paulatina, el primer cuarto del siglo XXI ha sido testigo de una transición de un mundo unipolar a un nuevo período geopolítico global, caracterizado por el ascenso de un sistema multipolar. Sin embargo, este siglo aún es joven y, a mi entender, las transformaciones que ya se pueden vislumbrar serán incluso más beneficiosas para Argentina o, en algunos casos, bastante menos dañinas para nuestro país que para otros.
Por ejemplo, el surgimiento de un mundo multipolar multiplica las opciones diplomáticas de Buenos Aires, permitiéndole un margen de maniobra mucho mayor en el escenario internacional que aquel con el que contó en los períodos bipolar y unipolar. A medida que los mercados emergentes de nuevas potencias se expandan y se consoliden, Argentina se encontrará ante nuevas posibilidades en materia de intercambio comercial, técnico-científico y militar. A su vez, su localización geográficamente remota (en relación a las principales masas continentales y poblacionales) le permitiría evitar caer presa de esferas de influencia en competencia y la mantendría a una distancia segura de las más probables hipótesis de conflicto.
En relación con este último punto, es posible observar cómo una serie de problemas internos y externos está afectando simultáneamente a muchos de los países más importantes del mundo y cómo esta convergencia de problemas probablemente conduzca a un nivel mayor de inestabilidad dentro del orden internacional y del sistema económico global; un foco de conflicto del cual Argentina se encuentra afortunadamente alejada.
A este escenario se le debe agregar el factor del cambio climático, en el cual Argentina también tiene una ventaja comparativa importante. A diferencia de muchas otras regiones del mundo en las cuales los efectos adversos e impredecibles del cambio climático representan una amenaza existencial, nuestro país, con su diversidad climática y masivas extensiones territoriales distribuidas en un eje norte-sur, no solo se encuentra bastante bien preparado para adaptarse a estas transformaciones, sino que su ubicación geográfica lo resguardaría de los principales conflictos político-sociales desencadenados a partir de desplazamientos masivos de refugiados ambientales.
Por último, muchas de las principales economías del mundo enfrentarán en los próximos años un problema que no tiene ningún antecedente en la historia humana y cuyas consecuencias son potencialmente catastróficas: colapso poblacional por caída de la natalidad y envejecimiento de la población. Debido a que este es un fenómeno propio del actual momento de la Modernidad industrial, no existe ninguna teoría sólida respecto de cómo se va a desarrollar ni de si se puede solucionar. Esto representa un peligro existencial para los países que lo atraviesen, ya que no está clara la viabilidad de una sociedad y una economía en las que la población empiece a caer de manera sostenida durante décadas. Dicho de otra manera, esta clase de derrumbe demográfico tiene el potencial de conducir a la ruina a muchas de las principales economías avanzadas del mundo a lo largo de Eurasia y América del Norte, desencadenando una reconfiguración del sistema económico y político global tal y como lo conocemos. A su vez, el hecho de que todas las crisis anteriormente mencionadas tengan una cierta convergencia temporal y que sus efectos tengan el potencial de retroalimentarse nos deja una perspectiva de un siglo XXI más inestable y peligroso que lo que fue el siglo XX.
Ante este escenario, la República Argentina tiene la posibilidad de emerger como una alejada isla de relativa paz en un mundo que va a atravesar numerosas y sostenidas tormentas en décadas venideras y ser nuevamente un refugio para migrantes capacitados que dejen atrás las tormentas geopolíticas de Eurasia y busquen construir un mejor futuro en nuestras tierras. Para ello, Argentina, a través de su democracia consolidada, debe encontrar la manera de emplear los elementos que tiene a su disposición para construir un modelo suficientemente competitivo desde lo económico y suficientemente integrador desde lo social para lograr una estabilidad y previsibilidad de mediano plazo.
La apuesta es alta, lo sé. Pero de lograrlo, Argentina tiene el potencial de convertirse en una nación con mucho más futuro que pasado e ingresar airosa y confiada al siglo XXII. El mandato histórico de las generaciones actuales es generar las condiciones que nos permitan llegar a ese destino. En ese espíritu, el propósito de este libro es presentar las diversas condiciones estructurales que perdurarán en el largo plazo de un mundo en transición y que le otorgan a nuestro país una oportunidad histórica para su florecimiento. Por tanto, lejos de basarse en un optimismo ingenuo, este ensayo pretende dar una cuenta realista de esas ventajas que aporte al necesario debate acerca de cuál tiene que ser el rumbo de nuestra nación.
Hoja de ruta
Si bien la tesis central de este libro ya fue sintetizada en estas páginas, a lo largo de los siguientes capítulos me dedico a profundizar en cinco temáticas puntuales que refuerzan mi argumento.
El capítulo 1, “La Modernidad industrial”, es el más extenso de todo el texto porque allí hago una descripción general de cuál ha sido el funcionamiento del sistema global hasta la fecha, sus debilidades actuales y por qué está evolucionando hacia un armado distinto que favorece particularmente a Argentina. Con ello, se estructura el marco general de mi posición dentro del cual converge el resto de los fenómenos que describiré.
El capítulo 2, “Nacionalismo, internacionalismo, globalismo”, describe las tensiones que existen entre las diversas construcciones identitarias y organizativas que la humanidad ha desarrollado, detallando sus contradicciones y explicando por qué el nacionalismo cívico y universalista sobre el que se ha constituido la argentinidad representa una síntesis superadora sobre la que reposa una cohesión interna clave.
En el capítulo 3, “Multipolaridad”, analizo el emergente tablero geopolítico, la posición de sus respectivos actores y las nuevas posibilidades que esto acarrea para nuestro país.
En el capítulo 4, “Colapso poblacional”, presento la multiplicidad de factores que están conduciendo a este fenómeno sin precedentes en la historia humana que impactará primero sobre las economías más avanzadas, acarreando una reorganización del equilibrio de fuerzas global.
Por último, el capítulo 5, “El sueño tecnocrático y la distopía futurista”, dialoga con las oportunidades, peligros y desafíos que le presenta al mundo la era de transformación acelerada más importante de nuestra historia.
Y así, al finalizar el recorrido, me habré ganado el derecho a agregar un par de páginas acerca del futuro largo de este país y cómo, más temprano que tarde, tendremos que encarar nuestra entrada al siglo XXII.


