/ Argentina 2050
Capítulo 5

El sueño tecnocrático y la distopía futurista

Imagen de portada

Sus científicos estaban tan preocupados por si podían hacerlo o no, que no se detuvieron a pensar si debían.

Dr. Ian Malcolm, Jurassic Park (1993)

Crisis climática

En los capítulos anteriores, detallé una serie de problemas de carácter geopolítico, militar, económico y social. Si bien cada uno de estos problemas es específico de este estadio de la civilización humana, el hecho de que la humanidad haya enfrentado dificultades de esta naturaleza a lo largo de su historia no tiene nada de sorprendente. En cambio, lo que sí destaca por su novedad son los desafíos de carácter científico y tecnológico a los cuales la especie humana en su conjunto busca dar respuesta en esta etapa de la Modernidad industrial.

Hace décadas que el ejemplo más emblemático de ello es la crisis ambiental: una crisis que tiene su origen en el desarrollo científico-tecnológico (la industrialización del planeta y los costos ambientales que conlleva) y cuya posible solución se busca principalmente a través de ese mismo progreso científico (energías renovables, reciclaje, captura y almacenamiento de carbón, etc.).

Hay algunas tendencias que se vislumbran con cierta probabilidad. En primer lugar, se encuentra el sostenido aumento de la temperatura global, que representa algunos importantes desafíos para distintas regiones del mundo. Naturalmente, esto afectará principalmente a las regiones más cálidas, que se hallan alrededor de los trópicos y que incluyen a muchos de los países actualmente más inestables, muchos de ellos en Medio Oriente y el África subsahariana. A su vez, el calentamiento climático representa un reto considerable para algunas de las regiones que hoy son macroeconómicamente más prometedoras, como Asia del Sur y el Sudeste Asiático.

Un fenómeno particularmente preocupante es el del termómetro de bulbo húmedo, una manera de medir la combinación entre humedad y calor. Si un termómetro de bulbo húmedo llega a indicar 35 °C, eso significa que la humedad atmosférica es tal que la transpiración ya no puede evaporarse ni enfriar el cuerpo humano, lo cual conlleva un peligro de muerte. En los últimos veinte años se estima que el calor extremo ha matado alrededor de 500.000 personas por año y se calcula que para el 2070 la situación en Medio Oriente y el sur de Asia podría ser catastrófica.

Por otro lado, existe también un riesgo epidemiológico en el aumento de la temperatura. En años recientes, ha habido cada vez más alertas sobre la posibilidad de la presencia de virus prehistóricos atrapados en el permafrost siberiano. De continuar los deshielos, estos virus, frente a los cuales la humanidad no tiene ninguna exposición previa, podrían desatar una nueva pandemia.

Otro escenario tanto más distante como incierto es la posibilidad de un aumento del nivel del mar como consecuencia de un derretimiento de las capas polares. Tomando en cuenta que el 15 % de la población mundial se concentra a menos de 10 kilómetros de la costa, aun un aumento de pocos metros podría significar un cataclismo prácticamente sin precedentes.

Curiosamente, la crisis climática no parecería implicar un calentamiento estrictamente global ya que los aumentos de la temperatura general podrían desencadenar el enfriamiento de algunas regiones, particularmente Europa. Este sería el caso de la circulación de vuelco meridional del Atlántico (conocida también como AMOC, por sus siglas en inglés), que transporta en la superficie aguas cálidas desde el ecuador hacia el noreste del Atlántico y aguas frías de las profundidades en dirección contraria. El AMOC es el principal responsable del clima más cálido de Europa en relación con América del Norte, a pesar de su ubicación más boreal. A medida que el aumento de la temperatura acelera los deshielos del Ártico y Groenlandia, una mayor cantidad de agua dulce se derrama sobre el Atlántico Norte, lo cual cambia su densidad y salinidad y desacelera la corriente. De continuar este proceso de manera ininterrumpida, según algunas estimaciones, se podría llegar a un punto de no retorno en la segunda mitad del siglo, lo cual conduciría a una Europa considerablemente más árida y fría.

Sin embargo, debido a la naturaleza intrínsecamente injusta de la geopolítica, la crisis climática que supondría una catástrofe para el grueso de la especie humana podría, al mismo tiempo, significar una oportunidad para algunos países. Por ejemplo, mientras que el calentamiento global podría conllevar la desertificación de muchas regiones, también podría significar la expansión de la frontera agrícola hacia los polos. En este sentido, Canadá y Rusia se verían beneficiados por esta transformación climática y podrían asumir un nuevo rol como grandes exportadores agrícolas. A su vez, el derretimiento de hielos podría facilitar la explotación de vastos recursos minerales cerca del Polo Norte, mientras convertiría al océano Ártico en una de las arterias vitales del comercio global. En el caso de Rusia, un país donde la mayoría de la población y las grandes ciudades se encuentran a cientos de kilómetros del mar, una crisis climática mucho más severa para sus adversarios le entregaría a Moscú una oportunidad histórica de recuperar buena parte del poderío perdido con la disolución de la Unión Soviética.

En el caso del hemisferio sur, Argentina es uno de los países mejor posicionados para adaptarse a un clima cambiante. Su diversidad geográfica y extenso territorio desplegado en un eje norte-sur le otorgan unos sólidos resortes para amortiguar cambios climáticos acelerados y, aun en un escenario de severo aumento de la temperatura, resistiría como uno de los grandes productores de alimentos del planeta. A esto se le agrega el hecho de que el calentamiento global podría viabilizar la explotación económica de la Antártida, mientras que un mayor caos geopolítico en el hemisferio norte desatado por la crisis climática podría darle a Argentina una oportunidad histórica para consolidar su reclamo de soberanía en la región. Esto se debe a que, a medida que las potencias enfrentan mayores desafíos en sus centros de poder, inevitablemente pierden capacidades sobre sus periferias. Un Londres que enfrente simultáneamente una población envejecida, una posible desintegración territorial por los independentismos escocés e irlandés, una ubicación políticamente incierta entre Europa y EE.UU., y desafíos ambientales tendrá menos capacidad y voluntad para proyectar poder a miles de kilómetros, en el Atlántico Sur.

Silicon Valley

Si bien la crisis climática ha desatado una serie de visiones pesimistas sobre el desarrollo tecnológico y el destino de la humanidad, los avances científicos de las últimas décadas también han generado una corriente de pensamiento, cada vez más poderosa, de carácter tecnooptimista, con su epicentro en Silicon Valley. Quizás esta sea una representación simplificada del crecientemente diverso grupo humano que coloca sus esperanzas en la tecnología como la principal herramienta salvadora de nuestros tiempos, pero en última instancia, es una definición acertada. La convergencia de los numerosos problemas a nivel mundial que nos aguardan en las siguientes décadas no dialoga bien con esta visión utópica que promete una salida práctica, económica, social y hasta política a todos los desafíos que han surgido en la modernidad industrial.

El recientemente acuñado término de tecnooligarcas resulta útil, en cuanto focaliza el núcleo del pensamiento que une a figuras de otra manera disímiles: son personas que entienden el progreso tecnológico no como una mera realidad cotidiana, sino como un imperativo moral y hasta como un mandato utópico y trascendental. Sin embargo, tanto sus vastos recursos económicos como la importancia estratégica de las compañías que controlan los han llevado a ejercer niveles de influencia sobre las instituciones republicanas y el debate público otrora impensables; niveles de influencia que en épocas recientes solo han alimentado sus ambiciones políticas. En este grupo se encuentran los grandes magnates tecnológicos que en las últimas décadas pasaron de ser destacados empresarios a celebridades y luego a actores políticos clave: Bill Gates, de Microsoft (n. 1955); Jeff Bezos, de Amazon (n. 1964); Peter Thiel, de Palantir (n. 1967); Elon Musk, de Tesla, X y SpaceX (n. 1971); Mark Zuckerberg, de Meta (n. 1984); Sam Altman, de OpenAI (n. 1985). Otro caso notable fue el de Steve Jobs, de Apple (n. 1955), pero su fallecimiento históricamente prematuro en 2011 le impidió llegar a los niveles de influencia que actualmente ostentan el resto de las personalidades mencionadas.

Si bien los tecnócratas constituyen un grupo heterogéneo, se encuentran unidos generalmente por un entendimiento del progreso tecnológico como un fin en sí mismo. De hecho, una de las principales quejas de Zuckerberg luego del estreno de la película sobre la fundación de Facebook, Red social (2010), fue que “[Los creadores de la película] no conciben la idea de que alguien pueda construir algo solo porque le gusta construir cosas”.

En este sentido, estos magnates mantuvieron durante años la postura de que el desarrollo de nuevas tecnologías casi por sí mismo daría respuesta a la pluralidad de problemas que enfrenta la humanidad: así, concibieron las redes sociales como un escape a la censura, las criptomonedas como libertad económica, el concepto de la amortalidad fue teorizado como una alternativa a la espiritualidad, la fusión nuclear como una salida a la crisis climática, la IA como la salvación del mundo laboral, los drones como un nuevo tipo de guerra más limpia o quirúrgica, y la expansión interplanetaria como la clave para la supervivencia humana de largo plazo.

A pesar de que el ascenso meteórico de las grandes empresas de tecnología fue posible gracias a iniciativas originalmente estatales (desde internet hasta la exploración espacial) y de que su actual prosperidad se basa en parte en su relación simbiótica con el gobierno estadounidense, la mitología de Silicon Valley se ha constituido sobre las narrativas de la iniciativa privada, la genialidad individual y la denuncia iconoclasta de las instituciones del statu quo. Su postura se basa tanto en una creencia en las virtudes del sector privado como en un antagonismo abierto hacia la academia, el periodismo, la política, el Estado y la religión; casualmente, los principales sectores que le suponen un contrapeso a su influencia y narrativa. Mientras Musk ha descripto a las universidades como centros antimeritocráticos de adoctrinamiento, Thiel ha llegado a ofrecer ayudas de 100.000 dólares a estudiantes para que abandonaran la universidad y comenzaran a emprender. Las frecuentes tensiones de los magnates con el periodismo se pueden apreciar tanto en retaliaciones (por ejemplo, el bloqueo que hizo Zuckerberg de medios canadienses en Meta en 2023) como en intentos de avasallamiento (la compra del Washington Post por Bezos en 2013 o la adquisición de Twitter por Musk en 2022). Sin embargo, la postura más abarcativa, ilustrativa y esotérica de los tecnooligarcas es la elaborada por Thiel, que, en reiteradas ocasiones ha advertido sobre el arribo de lo que él denomina el anticristo: una figura que buscará ejercer una tiranía global a través del control institucional y el avance de las regulaciones, en función de esclavizar a la humanidad.

En muchos sentidos, esta línea de pensamiento es una legítima heredera de la utopía neoliberal de los 90: los tecnócratas suelen considerar al Estado más como un problema que como una solución, aborrecen las regulaciones y participan del juego democrático a la vez que ven el sistema como una potencial barrera. Un ejemplo de ello se puede hallar en las violaciones conscientemente sistemáticas a diversas leyes nacionales que Uber ha llevado adelante durante años, ilustradas en una filtración de más de 124.000 documentos en el año 2022.

Musk

En cuanto al impacto que han tenido los tecnócratas cuando se han involucrado de manera directa en el gobierno, se destaca el caso del Departamento para la Eficiencia Gubernamental (DOGE), que dirigió Elon Musk durante el temprano segundo gobierno de Trump. Según el presidente de la Federación Nacional de Empleados Federales (NFFE), Randy Erwin, DOGE fue responsable del despido o retiro forzado de más de 300.000 empleados federales, lo que generó un daño estructural al funcionamiento del aparato estatal antes de ser finalmente disuelto un año y medio luego de su fundación. Al costo laboral, también se le agrega el costo humano de DOGE, que impuso grandes recortes presupuestarios a programas de ayuda humanitaria, entre los que se destaca el caso de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Se calcula que las políticas de Musk resultaron en la muerte prevenible de alrededor de 700.000 personas tan solo en su primer año. En cuanto al objetivo central de DOGE de reducción del déficit fiscal, los resultados son poco claros. Según el propio Musk, DOGE iba a ser capaz de ahorrarle al gobierno estadounidense 2 billones de dólares, cifra que después cambió por 1 billón para finalmente terminar afirmando que su agencia logró ahorrar unos 200.000 millones en el 2025. No obstante, esta cifra se contradice con el hecho de que el gasto estatal aumentó en unos 400.000 millones ese mismo año. A su vez, se calcula que perderá otros 200.000 millones en la siguiente década debido a la degradación de las capacidades de su sistema fiscal.

Thiel

Si bien la efímera experiencia de Musk podría ser motivo de cautela, la creciente simbiosis entre el gobierno estadounidense y las grandes empresas de tecnología es una tendencia que probablemente se acreciente en años venideros. Este fenómeno también ha llevado a que distintos referentes de Silicon Valley tomen posturas políticas cada vez más marcadas. El ejemplo más claro de ello se encuentra en el caso de la empresa Palantir, su fundador Peter Thiel y sus colaboradores cercanos, como Alexander Karp. Este último publicó en 2025 un ensayo junto a Nicholas Zamiska, también de Palantir, titulado La república tecnológica, que luego sintetizó un año después en 22 puntos publicados en redes sociales y que pasaron a conocerse como “el manifiesto de Palantir”.

A lo largo de su texto, Karp y Zamiska sostienen, al igual que lo ha hecho Thiel en reiteradas ocasiones, que el desarrollo tecnológico, lejos de encontrarse en un período de florecimiento, se enfrenta en cambio a un creciente peligro de estancamiento por una pérdida de innovación y una falta de voluntad política. Mucho de la tesis apunta contra sus colegas de Silicon Valley, a quienes acusa de haber mantenido un inaceptable “agnosticismo tecnológico” desprovisto de orientación ideológica y contenido filosófico, fundado en una obsesión unidimensional por la ganancia económica y responsable de una creciente vacuidad cultural que estaría conduciendo a Occidente ciegamente hacia su ruina.

Postulando que el desarrollo de la IA y las armas de IA no es una opción, sino una inevitabilidad, la tesis sostiene que es una “obligación afirmativa” que los tecnócratas participen en defensa para preservar “la frágil ventaja geopolítica” de EE.UU. Esto se lograría a través de una progresiva convergencia entre el sector privado y el Estado, en la cual la competitividad de las corporaciones se encontraría direccionada por un sentimiento nacional y el interés colectivo. Si bien Palantir (que enfrenta crecientes polémicas por el empleo de su tecnología en conflictos como la guerra de Gaza) es el caso más notable, hace años que empresas como Google, Amazon, Meta y Apple han tenido relaciones cada vez más cercanas con Washington. A su vez, esta clase de simbiosis entre el sector privado y Defensa se ha encontrado muy presente en el inconsciente colectivo desde que el presidente Eisenhower acuñó el término complejo militar-industrial durante su discurso de despedida en 1961.

Frente al poder y el alcance sin precedentes que tienen hoy las grandes empresas de Silicon Valley, es tentador caer en las visiones distópicas de un futuro donde las megacorporaciones desplacen al Estado-nación como la forma preponderante de organización humana. Si bien esta idea ha sido terreno fértil para la ciencia ficción, el récord histórico parece indicar lo contrario. En términos generales, los gobiernos de corporaciones (la historia de la Compañía Británica de las Indias Orientales es un ejemplo notable) han sido efímeros y disfuncionales. A esto se le agrega el hecho de que las empresas privadas mismas han demostrado tener ciclos meteóricos de ascenso y caída, frente a dinastías cuyas trayectorias se pueden medir en siglos o, mejor aún, frente a religiones e imperios que se pueden medir en milenios.

A su vez, el nivel de lealtad que puede generar una empresa, particularmente cuando se considera en las dimensiones de lo político, tampoco ha sido sustancial. La realidad es que la gente está dispuesta a matar y a morir por los más diversos motivos, pero en general resulta dificultoso encontrar gente dispuesta a dar la vida en defensa de una empresa privada, sin contar el caso muy particular de los mercenarios profesionales.

Inteligencia artificial

Si bien las empresas tienen sus ascensos y caídas, también es cierto que las tecnologías que desarrollan permanecen. Y es sobre una tecnología en particular que los ojos del mundo se han posado en años recientes: la inteligencia artificial.

De todos los avances de las últimas décadas, probablemente ninguno haya captado la imaginación humana tanto como la IA. La idea de que la humanidad se esté acercando a la creación de algo más inteligente que ella misma es entendiblemente objeto tanto de fascinación como de temor, y ha desatado visiones tan apocalípticas como utópicas. A pesar de la imposibilidad de predecir cuáles serán los límites de su desarrollo final, los avances que se han visto en el primer cuarto del siglo XXI son suficientes para representar un cambio fundamental en nuestra relación con la tecnología.

Si bien el término inteligencia artificial fue acuñado por el matemático John McCarthy en 1955 para un taller de verano en Dartmouth College, su estatus casi omnipresente en la vida cotidiana se dio a partir del lanzamiento al público de ChatGPT en noviembre de 2022. Tres años y medio más tarde, OpenAI, su empresa matriz, reportó más de 1000 millones de usuarios activos por mes.

ChatGPT revolucionó el mercado y, en poco tiempo, este se inundó de ofertas similares: Gemini, de Google, Claude, de Anthropic, y Grok, de X, entre otros. A este temprano escenario de feroz pero monopolizada competencia estadounidense pronto se le agregó una dimensión geopolítica cuando la empresa china DeepSeek lanzó su propia IA en enero de 2025. Debido a la combinación de su performance equiparable y sus costos significativamente más bajos, DeepSeek causó un terremoto en los mercados financieros estadounidenses. Al quedar demostrado que los modelos avanzados de IA son posibles con mucha menos potencia informática de lo que se suponía, los mercados entraron en pánico y hubo una venta masiva de acciones de empresas de chips y datacenters, borrando casi un billón de dólares de valor en la bolsa.

Sin embargo, este golpe no detuvo la carrera por el desarrollo en IA: la aceleró. Según un reporte de la consultora Gartner, se estima que, a lo largo de 2026, el capital total invertido en este sector superaría los 2,5 billones de dólares, lo cual representa un incremento del 44 % respecto del año anterior, cuando ya había acaparado más del 60 % de todas las inversiones de capital de riesgo a nivel global. Este dato se vuelve aún más significativo cuando se toma en cuenta que esa cifra se encuentra apenas un poco por debajo del gasto mundial de 2025 en Defensa, que rondó los 2,8 billones de dólares.

A estas titánicas sumas se les agrega el hecho de que, según un informe del MIT de finales de 2025, el 95 % de las empresas que han invertido en IA no han tenido ganancia alguna. Sin embargo, cuanto más se invierte en IA y en la infraestructura que la sostiene, mayores son los incentivos para las empresas que ya han hecho grandes apuestas en el sector para redoblar sus esfuerzos con la esperanza de encontrarse entre los ganadores al final de este ciclo inicial de desarrollo acelerado. Esto ha llevado a Goldman Sachs a afirmar que las proyecciones de inversión futura en IA son subestimaciones y que los años venideros verán aún mayores sumas adjudicadas a una tecnología cuyo futuro es incierto. Y este desfasaje ha conducido a crecientes alarmas sobre la posibilidad de una “burbuja de IA”, en la cual si hubiera un cambio repentino en la confianza del mercado, se podría desatar una crisis devastadora para la economía global.

En paralelo al aspecto financiero, el desarrollo de IA está enfrentando actualmente desafíos en torno al consumo de tres recursos centrales. En primer lugar, el crecimiento de este sector acarrea una demanda creciente de energía que razonablemente solo incrementará en los años venideros. Según un reporte de la Agencia Internacional de la Energía, la IA representaba en 2024 un 1,5 % del consumo eléctrico global, pero se espera que este porcentaje se duplique ya para el año 2030. A su vez, si bien los data centers representan el 10 % del crecimiento de la demanda de electricidad proyectada para final de la década, esta demanda se encuentra desigualmente distribuida. Mientras que en las economías emergentes representa alrededor del 5 % de crecimiento de la demanda, en las economías avanzadas, que prácticamente tuvieron una demanda eléctrica estancada durante décadas, los data centers representan el 20 % del crecimiento de la demanda.

En segundo lugar, mientras los data centers aumentan sostenidamente de tamaño (se estima que Hyperion, de Meta, consumirá más del doble de la electricidad que consume Nueva Orleans y sus casi 400.000 habitantes), necesitarán crecientes cantidades de agua, lo que implicará un mayor estrés hídrico. Según la Universidad de Houston, se calcula que, solamente en el Estado de Texas, los data centers podrán llegar a consumir 1500 hectómetros cúbicos de agua para el año 2030, es decir, el 5 % de toda el agua que actualmente consume Argentina por año.

Por último, el futuro del desarrollo de la IA se basa en el consumo de un recurso inmaterial pero, curiosamente, también finito: los datos. Según el Stanford University’s 2026 AI Index Report, la disponibilidad de datos de alta calidad producidos por humanos está marcada por una creciente escasez, solo agravada por las demandas de un sector en expansión que requiere de cada vez mayores cantidades de estos insumos para continuar su desarrollo. Según el informe, a este ritmo los datos podrían encontrarse exhaustos para el año 2032, mientras que hay incertidumbre significativa respecto de la viabilidad del uso de “datos sintéticos”, es decir, producidos por otras IA.

A los desafíos intrínsecos del desarrollo de la IA, se le agrega su dimensión geopolítica. Actualmente, es un sector que se encuentra prácticamente monopolizado por EE.UU. y China, lo cual ha llevado a mucha especulación respecto de cuál de ambas potencias terminará “ganando” la carrera de la IA y qué significaría ello para su posición en el concierto de las naciones y para la soberanía de los demás países. A pesar de la dificultad de predecir el impacto de una tecnología en pleno despegue de innovación, la historia reciente de tecnología de punta muestra ciclos acelerados de monopolización y democratización. Un ejemplo de ello se encuentra en los drones: hace quince años, estos aviones no tripulados eran el símbolo de la supremacía tecnológica estadounidense y, hoy en día, se han convertido en una insignia de los rebeldes hutíes de Yemen.

Tomando esto en cuenta, no sería inconcebible que el statu quo actual no se perpetúe indefinidamente en el largo plazo. Por el contrario, el casi duopolio sino-estadounidense, luego de un período de maduración de la tecnología, podría verse quebrado por una multiplicación de inteligencias artificiales cada vez más baratas de montar a lo largo del planeta Tierra.

Trabajo

Más allá de los desafíos que enfrenta el sector, la inteligencia artificial es una realidad concreta que mantiene un margen palpable para continuar su desarrollo algún tiempo más. Debido a ello y al uso que ya se le ha dado en la economía actual, los avances de la IA y la automatización presentan una gran incógnita que gira en torno a la cuestión de cómo será el futuro del trabajo. En los escenarios más optimistas, estos grandes saltos tecnológicos podrían inaugurar una etapa de prosperidad global sin antecedente en la historia, en la cual el trabajo humano se convierta en un recuerdo distante del pasado mientras que un ingreso básico universal les permita a los habitantes del planeta explorar de manera creativa su ocio, dedicándose a tareas artísticas, intelectuales o familiares. En este escenario, se esperaría un repunte de la fertilidad ya que todos los obstáculos previos a la reproducción habrían sido eliminados y, con un ingreso básico universal, habría un incentivo financiero para formar familias más numerosas.

A esta visión casi idílica del futuro se contrapone otra, marcadamente más hostil, en la cual el desarrollo tecnológico solo acentuará la ya marcada división entre una elite superrica dueña del capital y el resto de la humanidad convertida en mano de obra progresivamente precarizada. En esta hipótesis, este crecimiento de la desigualdad se vería también acompañado por una profundización de la crisis demográfica, un incremento de la violencia social y una aceleración de la inestabilidad política. Adicionalmente, esta es una visión del futuro en la cual la categoría de personas desempleadas se vería paulatinamente reemplazada por la categoría de personas inempleables. En este escenario lúgubre, los pedales de la economía dejarían de ser el trabajo y el consumo humanos para ser la producción automatizada y el intercambio entre empresas. En consecuencia, no tendría sentido económico reentrenar a personas que hayan sido reemplazadas por máquinas, y las masas dejadas al costado del camino aumentarían sostenidamente. Esto solo alimentaría la creciente desigualdad y conduciría inexorablemente a una propuesta muy distinta de sociedad humana: una en la cual el concepto mismo del valor intrínseco de la vida estaría en duda.

Y es en este punto donde el desarrollo de la IA trasciende los cálculos económicos y productivos y aterriza directamente en el plano de la filosofía, la ética y hasta la espiritualidad. En la frecuentemente brutal historia del desarrollo humano, las personas siempre mantuvieron un valor intrínseco para otros, aunque sea meramente por su capacidad productiva. No obstante, en un mundo de recursos finitos y personas inempleables, ya no sería inconcebible que la lógica unidimensional de la ganancia comience a adjudicarles un valor negativo a millones de individuos. Es ante este preciso peligro que el papa León XIV publica su encíclica Magnifica humanitas, en la que advierte sobre la construcción de una nueva torre de Babel, símbolo de la confianza excesiva en el propio desarrollo humano.

Babel se sitúa en los orígenes de la humanidad [...]. La empresa parece imponente: una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección [...] sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización. [...] Evitemos, por tanto, el “síndrome de Babel”: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos. Este es el riesgo de la deshumanización —construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio—, una tentación antigua y siempre nueva, que hoy también toma un rostro técnico.

Este posicionamiento por parte del líder de la Iglesia católica refleja una realidad puntual sobre el desarrollo tecnológico: más allá de la preponderancia de debates que presentan a la tecnología como una dimensión encapsulada y ajena a la realidad externa, la verdad es que no se puede escindir del contexto histórico que la produce y sobre el cual opera. Y en este sentido se puede apreciar cómo la IA agrega una capa más de complejidad a un mundo con un clima crecientemente imprevisible, una población que avanza hacia un colapso y un entramado geopolítico cada vez más frágil.

Biotecnología

De manera paralela, la relación entre la humanidad y la tecnología está por entrar rápidamente a uno de los terrenos más complejos hasta la fecha debido al desarrollo de una rama de la ciencia que promete ir borrando la diferencia entre ambos: la biotecnología. Si bien, en el sentido amplio de la palabra, se puede afirmar que los seres humanos vienen empleando algún tipo de biotecnología desde prácticamente el invento de la agricultura, los avances en las últimas décadas han diversificado enormemente sus aplicaciones, desde la producción de alimentos y avances médicos hasta el cuidado ambiental, la ingeniería genética, la computación y la manufactura. Y es en este sector clave donde Argentina tiene algunas importantes ventajas comparativas.

En cuanto a las aplicaciones de la biotecnología en la producción de alimentos, esta es el área en la cual nuestro país puede esperar los mayores beneficios. Un caso particularmente prometedor es el de la nueva generación de técnicas de edición de genomas, en la que avances recientes en alteración dirigida de genes posibilitan el mejoramiento de cultivos en tolerancia al estrés, resistencia a enfermedades o contenido nutricional. A su vez, la integración de la edición del genoma con las ómicas, la toma de decisiones apoyadas por IA, la robótica y las tecnologías agrícolas avanzadas (como la tecnología satelital y la monitorización en tiempo real) ya están mejorando el rendimiento de los cultivos y pueden contribuir a una agricultura sostenible y resiliente al cambio climático. En este ámbito, Argentina tiene la doble ventaja de ser un gran agroexportador y un país pionero en biotecnología, con décadas de experiencia tanto en el sector privado como en el público, con el caso de la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (CONABIA), fundada en 1991.

En cuanto al sector privado, Argentina ocupa un lugar muy destacado a nivel regional. En el mundo de las startups de deeptech en América Latina (valuadas en alrededor de 8000 millones de dólares), aproximadamente el 80 % están concentradas en tres países: Argentina, Brasil y Chile, que representan el 30 %, el 30 % y el 19 %, respectivamente. En el caso argentino, ese 30 % está constituido por más de 100 empresas, valuadas colectivamente en alrededor de 2000 millones de dólares. Además, Argentina lidera la región en términos de fondos de capital de deeptech con siete fondos dedicados. El ecosistema deeptech es variado en nuestro país (de hecho, el 15 % del valor proviene de startups espaciales), pero la biotecnología tiene un rol innegablemente central, representando casi el 70 % de las startups y el 80 % del valor total del sector.

Es cierto que la disrupción de métodos productivos apalancada por biotecnología también puede representar algunos potenciales riesgos para la economía argentina, tales como la agricultura vertical y la carne de imitación. Agricultura vertical es un término acuñado en 1999, y la práctica a la que refiere se basa generalmente en una de dos tecnologías (hidroponía o aeroponía) para la producción altamente controlada de cultivos dentro de edificios en entornos urbanos densamente poblados.

La agricultura vertical y la biotecnología se potencian mutuamente: una permite controlar con precisión el ambiente de cultivo y la otra, diseñar plantas y microorganismos adaptados a esas condiciones. Esa combinación abre la puerta a sistemas productivos más eficientes y previsibles, e incluso a usar plantas como plataformas de biomanufactura para producir ingredientes, proteínas o moléculas de alto valor. Así, el cultivo vertical permite producir no solo alimentos, sino otros productos biológicos especializados y de alto valor cerca de las principales zonas de consumo, que suelen estar alejadas de las regiones óptimas para la producción en campo abierto. En teoría, esto les permitiría a las economías avanzadas desarrollar nuevos centros de producción, menguando las ventajas geográficas y climáticas de Argentina. Sin embargo, a pesar de la creciente automatización y la mayor eficiencia en la iluminación, los costos laborales, los costos de energía, los sistemas de control de agua y las emisiones de dióxido de carbono representan obstáculos importantes para la viabilidad comercial de estas granjas. La agricultura vertical es intrínsecamente intensiva en energía, capital e información, ya que demanda un entorno completamente controlado las 24 horas del día y los 7 días de la semana. Dadas estas limitaciones, es improbable que la agricultura vertical se convierta en una alternativa financieramente viable a la agricultura tradicional para muchos cultivos básicos, no así para demandas más complejas, específicas o de bioproductos que dependan de condiciones de cultivo controladas.

En cuanto a la carne de imitación, esta se divide actualmente en dos grandes ramas. Por un lado, la carne vegetal, que, como su nombre lo indica, se basa en la combinación de diferentes elementos extraídos de plantas que buscan dar una textura, gusto y contenido alimenticio similar a la carne de verdad. Aunque el incremento de la producción de carne vegetal aumentaría la demanda de proteínas vegetales que Argentina ya produce, uno de los objetivos del sector es desplazar al consumo de carne, lo cual representa un riesgo para la ganadería nacional. Por otro lado, encontramos la carne cultivada, un sustituto de origen animal que se origina a partir de células madre. Si bien la carne cultivada es mucho más eficiente que la producción cárnica tradicional en cuanto al uso de la tierra, las emisiones de gases de efecto invernadero y el consumo de agua, continúa siendo mucho más cara en cuanto a su consumo energético. Esto implica que la viabilidad comercial del sector dependerá de los avances que se logren en la producción de energía, particularmente en el plano de las energías renovables.

Fuera de la producción de alimentos, la biotecnología —y sus cada vez más diversas ramas— tiene el potencial de convertirse en una fuerza de transformación estructural de la matriz productiva. De la misma manera en la que la química y la física permitieron la luz eléctrica, los plásticos, el motor de combustión interna, las computadoras y la energía nuclear, la biología parece estar en los albores de un salto cualitativo comparable, creando campos completos como la biomanufactura o la biocomputación. De mantenerse la tendencia actual de desarrollo, para mediados de siglo podríamos encontrarnos con una propuesta muy distinta de sociedad en términos de logística, producción, salud, consumo y defensa. En consecuencia, a medida que su avance continúe, la biotecnología adoptará un carácter crecientemente estratégico en el tablero geopolítico global.

Los confines de este libro

Sin embargo, es razonable afirmar que no hay rama de la biotecnología más delicada para el futuro del Homo sapiens, en cuanto especie, que la ingeniería genética. Por primera vez en nuestra historia, la humanidad está desarrollando la capacidad de liberarse de los imperativos de la selección darwiniana, tomar su destino evolutivo en sus propias manos y dar rienda suelta a su imaginación. La perspectiva de que en el siguiente siglo seamos capaces de transformar nuestra composición genética y combinarla con interfaces neuronales directas para la producción artificial de un nuevo tipo de ser humano genera un universo de nuevas preguntas de carácter ético, político, social, económico, filosófico y hasta espiritual. Y esas preguntas, por suerte, superan los confines temáticos de este libro.

En las páginas anteriores, hemos visto cómo el vertiginoso desarrollo tecnológico le agrega una capa más de complejidad, peligro y oportunidad a un mundo que enfrenta cambios geopolíticos estructurales, crisis identitarias colectivas, futuros económicos inciertos, conflictos bélicos crecientes, colapsos poblacionales acelerados y crisis climática inminente. A su vez, todos estos factores comparten dos cualidades: por un lado, la trayectoria actual de su desarrollo indica que sus puntos críticos convergerán a grandes rasgos a mediados de siglo XXI, arrojando sobre muchas de las principales naciones de la tierra un peligro existencial para el cual hoy no se vislumbra salida alguna.

Por otro lado, todos estos problemas afectarán a la República Argentina en mucha menor medida que a la gran mayoría de la humanidad. En este escenario, la Argentina del año 2050, un país geográficamente diverso, geopolíticamente resguardado y con una población relativamente joven y formada, tiene a su disposición importantes recursos para enfrentar futuras turbulencias y terminar mucho mejor colocada en el futuro tablero geopolítico global. Para poder sacar el máximo provecho de esta oportunidad histórica, el país deberá tomar algunas decisiones clave respecto de hacia dónde avanzará su futuro.

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Una disección del tablero internacional pasado, presente y futuro para entender por qué Argentina es una nación joven y prometedora, y cómo hará para navegar los mares convulsos del siglo XXI.

200 páginas. 2 tintas (negro + cyan). 15x21 cm. Terminación bajorrelieve. Encuadernación Binder. Diseño e ilustraciones de Daniela Lopez Scerbo.

Biografía del autor:
Francisco A. Taiana (Guatemala, 1993). Historiador (Universidad Torcuato Di Tella) y sinólogo argentino. Magíster en Estudios Latinoamericanos (Universidad de Oxford) y en Estudios Chinos (Universidad de Pekín). Profesor de la Universidad Nacional de Quilmes. En 2017, publicó su primer libro, Julio Argentino Roca, un lugar incómodo en el pensamiento nacional, y en 2023, Argentina, China y el mundo (1945-2022). En 2024 estrenó el stand up Históricas Historias de la Historia, y escribió Evita Experience, la más amada, la más odiada. En 2026, presentó su primer largometraje, Taianama, un documental sobre la historia de India.

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Entrega a partir del lunes 9 de noviembre de 2026

En preventa
Ebook Argentina 2050$13.900$14.900

Una disección del tablero internacional pasado, presente y futuro para entender por qué Argentina es una nación joven y prometedora, y cómo hará para navegar los mares convulsos del siglo XXI.

Formato .epub y .mobi.

Biografía del autor:
Francisco A. Taiana (Guatemala, 1993). Historiador (Universidad Torcuato Di Tella) y sinólogo argentino. Magíster en Estudios Latinoamericanos (Universidad de Oxford) y en Estudios Chinos (Universidad de Pekín). Profesor de la Universidad Nacional de Quilmes. En 2017, publicó su primer libro, Julio Argentino Roca, un lugar incómodo en el pensamiento nacional, y en 2023, Argentina, China y el mundo (1945-2022). En 2024 estrenó el stand up Históricas Historias de la Historia, y escribió Evita Experience, la más amada, la más odiada. En 2026, presentó su primer largometraje, Taianama, un documental sobre la historia de India.

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