/ Argentina 2050
Capítulo 6

Camino al siglo XXII

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Se conmueven del Inca las tumbas, y en sus huesos revive el ardor, lo que ve renovando a sus hijos de la Patria el antiguo esplendor.

Vicente López y Planes,
Himno nacional argentino, letra original (1812)

A lo largo de este libro presenté una visión optimista sobre el futuro de Argentina basada en una hipótesis geopolítica central: el destino de nuestro país ha estado siempre más subordinado al devenir del sistema global que a nuestras propias decisiones. No tenemos ni la prosperidad económica, ni el poder militar, ni el peso demográfico, ni los recursos clave, ni la ubicación estratégica para ser un actor determinante en el devenir de la historia humana. Lo que sí tenemos es una combinación de características muy particulares y poco comunes que nos dan una ventaja comparativa clara en el complejo y convulsionado mundo que se viene.

En este temprano segundo cuarto del siglo XXI ya se ha comenzado a observar una creciente visibilización de Argentina en diversos debates geopolíticos, lo cual refleja una revalorización estratégica tanto de nuestro país como del Cono Sur. La gran incógnita que surge a partir de este fenómeno es si esta evolución decantará en que Argentina caiga definitivamente bajo la órbita de la potencia hemisférica, EE.UU. Si bien existe una clara afinidad política entre Donald Trump y el actual presidente argentino, Javier Milei, este es un fenómeno de corto plazo en medio de un proceso más duradero: se observa un Washington que, cada vez más inseguro de su hegemonía global, busca puntos clave en donde anclarse mientras intenta un repliegue calculado. En este sentido, el Cono Sur es un punto estratégico para garantizar una supremacía hemisférica mientras evalúa sus conflictos extrarregionales inconclusos.

No obstante, los múltiples frentes internos y externos que Washington continuará afrontando en décadas venideras suponen un obstáculo importante para su capacidad de mantener su influencia indisputada en América del Sur: una China consolidada, un Medio Oriente convulsionado, una India en ascenso, una Europa rearmada, un Brasil fortalecido, una Rusia desafiante, un sistema político disfuncional y una deuda astronómica son argumentos para creer que el límite de la zona de influencia estadounidense probablemente termine siendo el canal de Panamá y no el cabo de Hornos.

De esta manera, una Argentina lo suficientemente valiosa para ser estratégica y lo suficientemente distante para ser soberana tendrá oportunidades mucho más amplias balanceándose entre grandes potencias en un mundo multipolar consolidado. Esta realidad geopolítica le garantizará a Argentina un cierto nivel de un muy necesario crecimiento. Este es un dato no menor en un país plagado por narrativas decadentistas y es importante destacarlo para tener una evaluación realista de las posibilidades que tenemos por delante.

Ahora, crecimiento y desarrollo son dos conceptos distintos. El crecimiento económico representa un aumento cuantitativo del tamaño de la economía, mientras que el desarrollo económico representa una mejora cualitativa de esta. El crecimiento es una condición necesaria para el desarrollo, pero no lo garantiza ni lo reemplaza. Simplemente, genera una oportunidad histórica al presentar los recursos requeridos para las inversiones estratégicas necesarias en materia social, educativa y científica.

Es en este punto donde le queda al conjunto de la sociedad y al espectro político una conversación pendiente, necesaria y compleja. El objetivo de esta sería construir acuerdos hegemónicos estructurales, puntos clave y compartidos que enmarquen el debate político dentro de algunos límites claros. La sociedad argentina se encuentra aún lejos de alcanzar este punto de consenso, pero una evaluación realista de nuestras posibilidades futuras es un elemento importante para estructurar ese debate.

A lo largo de las décadas, Argentina ha alternado entre distintos modelos. La acumulación geológica de diversos proyectos nacionales inconclusos es un espectáculo que genera una frustración generalizada. Sin embargo, en esto también hay aprendizajes colectivos. Si los primeros setenta años de nuestra existencia estuvieron marcados por una guerra civil interrumpida (1810-1880) y el grueso del siglo XX, por recurrentes golpes militares (1930-1983), las últimas cuatro décadas se han caracterizado por un sistema democrático que, a pesar de todas sus limitaciones, se ha mostrado sorprendentemente resiliente. En un país donde muchas de sus peores tragedias fueron autoinfligidas, la continuidad de la paz interna más duradera de nuestra historia es motivo de orgullo y esperanza.

Yo, personalmente, soy de la filosofía de que las cosas en la vida no son buenas o malas, sino que suelen ser buenas y malas. Y suelen ser buenas y malas por los mismos motivos, y por eso la vida es difícil. Una cosa mala que tiene Argentina es que es un país en el que es difícil hacer cosas. Y una cosa buena que tiene Argentina es que es un país en el que es difícil hacer cosas. A pesar de las fluctuaciones, el poder se encuentra dividido entre una gran pluralidad de la sociedad: los tres poderes del Estado nacional, los gobernadores, intendencias destacadas, la Iglesia, el campo, el sector financiero, el empresariado industrial, los sindicatos, los unicornios tecnológicos, comunidades influyentes, el ámbito cultural, los medios de comunicación, las universidades, la clase media intelectual, los movimientos sociales, los clubes de fútbol, las organizaciones barriales… Gracias a ello, el poder se encuentra lo suficientemente repartido entre suficientes grupos lo suficientemente diversos entre sí como para evitar una acumulación de poder por un sector que pueda subordinar de manera definitiva al conjunto.

Esto da por resultado un país notablemente resiliente. A lo largo de los años, Argentina ha sobrellevado un feroz proceso de alternancia entre distintos proyectos políticos con sorprendente durabilidad. En la medida en que continúe el orden democrático y distintos gobiernos se vayan sucediendo, la experiencia histórica acumulada irá dejando lecciones a partir de las cuales la sociedad forjará nuevos consensos. Es aquí donde reside la cuestión clave: la supervivencia de nuestro país en el siglo XXI está prácticamente garantizada. Argentina es y continuará siendo un país con mucho más futuro que pasado por delante. Será el deber histórico de las generaciones que transiten esta etapa estar a la altura de esta oportunidad histórica.

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200 páginas. 2 tintas (negro + cyan). 15x21 cm. Terminación bajorrelieve. Encuadernación Binder. Diseño e ilustraciones de Daniela Lopez Scerbo.

Biografía del autor:
Francisco A. Taiana (Guatemala, 1993). Historiador (Universidad Torcuato Di Tella) y sinólogo argentino. Magíster en Estudios Latinoamericanos (Universidad de Oxford) y en Estudios Chinos (Universidad de Pekín). Profesor de la Universidad Nacional de Quilmes. En 2017, publicó su primer libro, Julio Argentino Roca, un lugar incómodo en el pensamiento nacional, y en 2023, Argentina, China y el mundo (1945-2022). En 2024 estrenó el stand up Históricas Historias de la Historia, y escribió Evita Experience, la más amada, la más odiada. En 2026, presentó su primer largometraje, Taianama, un documental sobre la historia de India.

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Francisco A. Taiana (Guatemala, 1993). Historiador (Universidad Torcuato Di Tella) y sinólogo argentino. Magíster en Estudios Latinoamericanos (Universidad de Oxford) y en Estudios Chinos (Universidad de Pekín). Profesor de la Universidad Nacional de Quilmes. En 2017, publicó su primer libro, Julio Argentino Roca, un lugar incómodo en el pensamiento nacional, y en 2023, Argentina, China y el mundo (1945-2022). En 2024 estrenó el stand up Históricas Historias de la Historia, y escribió Evita Experience, la más amada, la más odiada. En 2026, presentó su primer largometraje, Taianama, un documental sobre la historia de India.

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