Zinc

ELEMENTO 30

Zinc

30

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Casi zinc darse cuenta

Todo el mundo hace cosas sin entender bien por qué funcionan, pero a veces funcionan. Y en la ciencia, donde eso podría ser la excepción, suele ser más una regla. Y si así es ahora, imaginemos cómo era hace un par de milenios.

El zinc es, en resumidas cuentas, un metal complicado. Primero que nada, porque no se encuentra en la naturaleza en estado puro, sino mezclado en minerales más complejos, por lo que se complica saber cuándo lo tenemos enfrente. Segundo, porque a la vista se parece mucho a otros metales, así que en el remoto caso de alguien en la Antigüedad hubiera conseguido aislarlo, seguramente habría pensado que era estaño (sobre todo si consideramos que en esa época se conocían sólo siete metales puros: oro, plata, hierro, mercurio, cobre, plomo y estaño). Y tercero, lo que nos trae a este baile: su bajo punto de fusión hacía que sea muy fácil combinarlo (alearlo) “sin querer” con otros metales.

El bronce, metal maravilloso producto de la aleación de cobre y estaño, revolucionó el mundo y marcó un punto de inflexión en la historia de la humanidad. Y, como toda superestrella, tiene un hermano medio raro, más perfil bajo y no tan copado, aunque no por eso menos útil: el latón (no, no se usa para fabricar latas gigantes). Hoy se conoce como latón a la aleación de zinc y cobre. Lo interesante es que hace 2000 años también se conocía al latón, pero no se sabía de qué estaba hecho. Tiene características tan parecidas a las del bronce que se cree que todas las piezas de latón antiguas encontradas en la Mesopotamia vivieron una falsa vida de glamour haciéndose pasar por bronce. Con el tiempo, se empezaron a dar cuenta de que jugando con los minerales que fundían junto con el cobre cuando buscaban fabricar bronce se obtenían (a veces) cosas interesantes. No se sabe con certeza, pero hace 2019 años ya se había perfeccionado un método para la obtención de latón, que ya no se hacía pasar por bronce, y consistía en fundir cobre con calamita (principalmente silicato de zinc).

Así, los romanos sabían que la calamita tenía algo mágico que servía para fabricar latón, pero no pudieron avanzar más que eso. Pasaron muchos años hasta el siguiente avance, cuando en 1546 Georg Bauer encontró en los crisoles donde se fundía el latón sedimentos de algo similar al “zincum”, un compuesto obtenido por los hindúes alrededor del año 1000 al que se consideraba “una extraña clase de estaño”. El zinc y los problemas de identidad atacaban de nuevo. Sin embargo, no lo consideraron un metal nuevo.

A fines del siglo XVII, Johann Kunckel y Georg Ernst Stahl determinaron que, al fundirse la calamita, debía liberarse el metal libre de su composición antes de mezclarse con el cobre. Partiendo de esta base, en 1746 el alemán Andreas Marggraf consiguió aislar este metal en su forma pura. Así resolvió la crisis de identidad del zinc, que se estableció como un nuevo elemento.

Hoy, el zinc es fundamental para la protección anticorrosiva de los aceros, sabemos de su importancia en la alimentación y es clave en las pilas y las baterías que usamos a diario. Todo gracias a que, durante más de mil años, nadie entendió qué era. No nos queda otra que pensar, ¿cuántos fenómenos, materiales y tantas otras maravillas de la ciencia estaremos usando hoy sin entenderlas o saber lo importantes que pueden llegar a ser? ¿Cuál será el próximo zinc en esta constante carrera de la humanidad contra la ignorancia?