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Vesti la giubba

La vida del macho Kerria lacca, una cochinilla color rojo de apenas 1 milímetro de diámetro, es bastante efímera: no se alimenta y vive solamente algunas horas. Su único objetivo es fecundar hembras, a las que busca volando por el sudeste asiático, aunque por razones obvias no llega a conocer muchos lugares. La hembra, en cambio, puede medir unos 6 milímetros y, aunque no viaja tanto porque no tiene alas, su paso por la vida es un poco más interesante. Para empezar, puede vivir varios meses, y crece en colonias de miles de individuos pegados al tronco de un árbol.

Para que esta historia empiece, lo importante es fijarnos en la manera en que las hembras de Kerria lacca se pegan a los troncos. Tienen unas glándulas en el abdomen que liberan ácido aleúrico y ácido jalárico, dos moléculas que interactúan generando una resina impermeable, que les sirve para protegerse y, a la vez, quedar adheridas a las cortezas, donde viven y ponen sus huevos.

Desde hace algunos miles de años los humanos le damos uso a esa resina. Primero, la cultivamos atando pequeñas ramas infestadas con insectos sobre ramas sanas que, de a poco, se van colonizando. Unos meses después, cosechamos las ramas llenas de insectos (y de resina), y con eso hacemos laca.

La laca se empezó a usar en la Antigüedad como colorante e impermeabilizante, pero a partir del siglo XVII se encontró que era ideal para sellar cartas. El proceso es sencillo: la resina, al calentarse, se funde, y se puede dejar caer sobre el lugar exacto donde la solapa de un sobre se superpone con el sobre mismo. En pocos segundos, la laca se enfría, se solidifica y lo sella. Luego, si en el camino entre el emisor y el receptor de la carta algún curioso decide abrir el sobre, el sello se rompe, dejando así una prueba del delito. Muchos receptores pudieron, a lo largo de la historia, castigar a los mensajeros muy fácilmente gracias a este sistema. Los emisores, en cambio, se la vieron más complicada, puesto que no es sencillo abastecerse de laca. A pesar de los siglos, su forma de cultivo fue siempre prácticamente idéntica a como era en la Antigüedad y, dado que los insectos solo crecen en regiones húmedas y cálidas del planeta —y solamente en ciertos árboles—, la producción de laca estuvo durante mucho tiempo restringida casi exclusivamente a la India, que desde 1858 hasta 1947 fue colonia británica. Dicho de otro modo, Gran Bretaña tuvo durante mucho tiempo el monopolio mundial de la laca.

Es probable que en la segunda mitad del siglo XIX se hayan mandado miles de millones de cartas. La Modernidad industrial se estaba construyendo en gran medida gracias al correo. Además, como era posible darle formas hermosas y elegantes a los sellos, y a las personas nos gustan las cosas lindas, la laca se convirtió en una mercancía fundamental.

Además, la demanda de laca tuvo otra explosión impresionante justo cuando empezaba el siglo XX gracias a Emile Berliner, un inventor que nació en Alemania pero vivía en Estados Unidos. Berliner mejoró el fonógrafo que había inventado Thomas Eddison mediante el brillante proceso de construir un artefacto similar —una aguja que recorría una superficie—, pero que en lugar de utilizar cilindros, utilizaba discos planos, increíblemente más fáciles de transportar y de guardar, por ejemplo, en una biblioteca. 

Para fabricar los discos, Berliner necesitaba un material que se pudiera imprimir y que fuera lo suficientemente resistente como para ser transportado y durar algún tiempo. Y se le ocurrió que la laca, esa que se usaba para los sellos, podía ser ideal. Así creó una pasta que se podía ablandar con el calor, imprimir y luego, al enfriarse, quedar marcada. Las consecuencias de esta idea fueron enormes. Por ejemplo, en 1904, con ese sistema, Enrico Caruso grabó “Vesti la giubba”, un aria de la ópera Pagliacci que cuenta la historia de Canio, un payaso que se entera de la infidelidad de su novia justo antes de salir a escena. Con el corazón roto, Canio se tiene que poner el traje y hacer la función igual. Por eso el título del aria quiere decir “ponte el disfraz”, algo así como que el show debe continuar. La figura del payaso triste, con una lágrima pintada en el rostro, nació y se popularizó con esta ópera.

La grabación en disco de pasta de “Vesti la giubba”, que duraba 3 minutos y 55 segundos, fue el primer disco en vender más de un millón de copias. Poco a poco los hogares de todo el mundo fueron incorporando reproductores y coleccionando discos, y así, con el siglo XX recién empezado, la demanda de laca tuvo su máximo pico histórico. 

Pero no es esa la historia que vine a contar.

La batalla de Caseros

En Argentina, quien probablemente tenga el récord de mayor cantidad de cartas enviadas es Juan Manuel de Rosas. Rosas, quien además de tener sellos de laca muy bien logrados fue en dos períodos no consecutivos gobernador de Buenos Aires (sumando un total de veinte años en el poder). También manejaba las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, por lo que era, en efecto, algo así como el presidente del país. 

Como forma de plebiscitar su poder, todos los años Rosas presentaba la renuncia al comando de las relaciones exteriores y, año tras año, su renuncia era rechazada, convalidándolo en el cargo. El sistema de correo era, para Rosas, una pieza fundamental de su ejercicio. Todo su poder lo manejaba por carta. Miles de cartas. De hecho, sus renuncias, que las mandaba a Perú 272, Ciudad de Buenos Aires, donde funcionaba la sala de representantes, se conservan todavía en el Archivo General de la Nación.

Ahora bien, es preciso un poco de política económica antes de llegar a las partes sangrientas. El gobierno de Rosas se caracterizaba por una fuerte política de proteccionismo frente a los productos extranjeros, a los que les aplicaba fuertes aranceles. Además, todos los productos que entraban o salían del país lo hacían exclusivamente por el puerto de Buenos Aires. Esto no caía bien en las grandes potencias europeas que intentaban vender sus productos en un país que, para ese entonces, tenía algo así como un millón y medio de habitantes. Esto llevó a que el puerto de Buenos Aires fuera bloqueado varias veces. 

En uno de esos bloqueos, el de 1845, barcos franceses e ingleses —probablemente las dos Marinas más importantes del mundo en aquel entonces— bloquearon el puerto de Buenos Aires e intentaron navegar libremente por el río Paraná, como quien se pasea descalzo por rancho ajeno. ¿Por qué hicieron semejante cosa? Bueno, para quien no lo sepa, el Paraná es un río muy importante que nace en la frontera argentina con Paraguay y desemboca en el Río de la Plata. Navegando por ese río, se podría transportar productos desde y hacia, por ejemplo, Santa Fe y Entre Ríos, a cualquier lugar del mundo, sin pasar por el puerto de Buenos Aires. Además, en esas provincias, la principal fuente de ingresos eran los saladeros, que se llamaban así porque era donde se procesaba la carne, salándola, para poder conservarla y exportarla a todo el mundo cuando aún no se habían inventado los sistemas de refrigeración que permiten hoy llevar carne fresca en barcos de larga distancia. Naturalmente, los franceses y los ingleses no tenían sistemas de refrigeración, pero sí, muchísimo interés en comerciar con esos saladeros.

Cuestión que, en pleno gobierno de Rosas, los barcos más poderosos del planeta empezaron a navegar el río Paraná sin pedir permiso y sin sobresaltos. Al fin y al cabo, eran invencibles. El problema se lo encontraron el 20 de noviembre, cuando llegaron a San Pedro, una localidad a unos 170 kilómetros del puerto de Buenos Aires. En ese lugar, Lucio Mancilla estaba al comando de la resistencia en Vuelta de Obligado, un lugar estratégico donde el río hace un giro (por eso se llama “vuelta”) y que estaba situado en las tierras de la familia Obligado (por eso se llama “de Obligado”). 

Mansilla armó una defensa de barcos unidos por cadenas para trabar la marcha de los barcos invasores mientras, desde tierra, varios cañones se dispusieron a dispararles. La batalla fue épica y al día de hoy se la recuerda con honor. Es cierto que los barcos anglofranceses lograron avanzar, pero pagaron un alto precio. Como ya dije, eran la Marina más poderosa del mundo y tenían acorazados a vapor muchísimo más poderosos que los barcos de madera unidos por cadenas de Mansilla. Sus cañones también eran mucho más destructivos que los modestos que habían puesto Rosas y Mansilla en tierra. Pero aun así, sus pérdidas fueron mayores a las esperadas: seis de los once barcos invasores sufrieron daños, algunos de gravedad. La Vuelta de Obligado constituyó desde entonces una victoria para la imagen de Rosas y del pueblo argentino, que, en ese momento, se defendía de la tercera invasión inglesa de su historia (y no sería la última). 

A pesar de toda esta resistencia heroica, el Paraná siguió trayéndole enemigos a Rosas. Un importantísimo dueño de saladeros y gobernador de Entre Ríos —y en un principio, aliado de Rosas—, Justo José de Urquiza, veía con buenos ojos la libre navegación del Paraná, por la cual Entre Ríos podría exportar carne y negociar con los ingleses sin pasar por Buenos Aires. Y así, el 1º de mayo de 1851 sucedió lo impensado. 

Rosas, como cada año, presentó su renuncia a dirigir la política exterior de la Confederación, esperando que, como cada año, se la rechazaran. Pero Urquiza la aceptó escribiendo lo que se conoce como la “Proclama de Urquiza”. En ella decía cosas como “Que es la voluntad del pueblo entrerriano reasumir el ejercicio de las facultades inherentes a su territorial soberanía (...)” y “Que una vez manifestada así la libre voluntad de la provincia de Entre Ríos, queda ésta en actitud de entenderse directamente con los demás gobiernos del mundo”. En otras palabras, Urquiza había desafiado a Rosas, e inmediatamente comenzó a organizar un ejército para enfrentar a Buenos Aires en una batalla. 

Urquiza recurrió a Pedro II, el emperador de Brasil, para que le diera apoyo militar. Según cuentan algunos historiadores, primero Pedro creyó que se trataba de una jugada muy astuta de Rosas para exponerlo en una falta de lealtad, pero, poco tiempo después, su servicio de inteligencia confirmó que, efectivamente, Urquiza tenía intenciones reales de enfrentar militarmente a Buenos Aires. 

Pedro ofreció un préstamo de 100.000 patacones mensuales durante cuatro meses (a devolver con intereses) y un apoyo en tropas altamente especializadas, ayuda en la logística y en la organización. En diciembre de 1851, el Ejército de Urquiza, que también había recibido apoyo de Corrientes y Uruguay, además del brasileño, se estableció en la localidad de Diamante, Entre Ríos, donde se organizó y comenzó a avanzar. Se pusieron de nombre “Ejército Grande”, decisión bastante atinada ya que se calculaba su tamaño en más de 20.000 soldados.

Rosas también contaba con fuerzas considerables, pero además fue quien eligió el lugar de la batalla: los campos de Caseros, en la localidad de Morón, una ubicación estratégica a unos 30 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. Así, ejército contra ejército, unos 50.000 soldados en total, se llevó adelante la batalla más importante de la historia argentina hasta ese momento. Y amerita que nos detengamos a narrarla, especialmente porque fue breve.

La batalla comenzó a las 9 de la mañana del 3 de febrero de 1852, cuando Martiniano Chilavert, quien comandaba la artillería del Ejército de Rosas, ordenó disparar. Otras versiones dicen que el primer disparo lo hizo el bando contrario, de hecho, que lo hizo el mismísimo Bartolomé Mitre desde la artillería 25 de mayo. En cualquier caso, la realidad era que empezaba una batalla desigual: el ejército de Buenos Aires, aunque en número era similar, era mucho menos profesional que el Ejército Grande.

El frente de batalla ocupaba unos cuatro kilómetros, algo que tal vez no parezca tan grande hoy en día, pero a mediados del siglo XIX, cuando faltaban algunas décadas para el primer teléfono, era un gran desafío. Hasta Caseros, los generales del Ejército estaban acostumbrados, y eran muy buenos, en arengar a sus tropas y dar las indicaciones a los gritos, cosa que en un frente de cuatro kilómetros era absolutamente inviable. 

Si bien la artillería de Chilavert ofreció una resistencia eficaz, haciendo incluso retroceder las tropas brasileñas que se encontraban en el centro del frente entrerriano, la superioridad en armamentos y en experiencia del Ejército Grande fue tal que en solo tres horas la batalla terminó.

Cuando el Ejército de Buenos Aires se rindió, Rosas presentó inmediatamente su renuncia y partió al exilio a Inglaterra. Chilavert fue fusilado unas horas después de la batalla. Buenos Aires, en ese momento, quedó en una especie de acefalía y el Ejército Grande comenzó un saqueo de todas las tiendas de la ciudad que culminó en una feroz represión y el saldo de quinientos muertos. Más que el saldo de la batalla, de la que se calculan unas trescientas bajas.

Caseros fue un fin trágico y enlodazado para la hegemonía de Rosas, que había durado más de dos décadas. Y sí, Urquiza tomó el poder, pero pronto él también terminaría perdiéndolo frente a la elite porteña comandada por Bartolomé Mitre. En 1860, luego de perder en la batalla de Pavón, Urquiza volvió a ser gobernador de Entre Ríos, ahora con su poder muy debilitado. Su muerte ocurrió diez años después, el 11 de abril de 1870, cuando fue asesinado en su casa, el Palacio San José. El palacio, hoy convertido en museo, se encuentra exactamente como en el momento en el que entraron a asesinar a su dueño. 

Mientras todo esto ocurría, Rosas, desde su exilio, hacía lo que mejor sabía hacer: escribía cartas. Había intercambiado correspondencia con su antiguo enemigo y, unos meses después del asesinato, le escribió a su viuda, Dolores Costa, unas muy sentidas palabras: “Señora de mi estimación y respeto. Antes no he dirigido a usted esta mi dolorida carta, considerando que las aflicciones de su noble corazón traspasado no le permitirían, en muchos días, ocuparse, en el todo, de multitud de condolencias fúnebres”.

La carta tenía un largo camino por recorrer. Desde Inglaterra cruzó el océano Atlántico en un barco a vapor de la compañía Royal Mail Steam Packet, la principal empresa que cubría el transporte postal entre Inglaterra y América. Tras varios días, llegó a Río de Janeiro, y unas semanas después, a Buenos Aires. De allí a Entre Ríos, su destino final. 

Hoy el original de la carta se encuentra en el Archivo General de la Nación. Pero todo esto fue solo para explicar lo importante de la figura de Rosas, y no es esta la carta mortífera sobre la cual habla esta historia. Pues para hablar de esa carta, es preciso irnos un poco más atrás.

Vapores violetas

En el siglo IX, un grupo de monjes chinos estaba buscando una sustancia para alargar la vida, un polvo de la inmortalidad. 

Entre todos los ingredientes que probaron, estaba el salitre. Algo que en ese momento no sabían pero hoy sí sabemos —excepto quienes no lo sepan— es que el salitre se compone de nitrato de sodio y de amonio, dos sales que desde siglos antes se utilizaban con fines médicos. 

Supongo que como era una sustancia para conseguir la vida eterna, se habrán tomado el trabajo muy en serio y, uno a uno, le fueron agregando todos los ingredientes que tenían disponibles en ese momento a ver qué pasaba. Cuando le agregaron azufre y carbón, sin saberlo, cambiaron la historia de la humanidad para siempre.

No lograron el elixir de la vida eterna, pero sí un polvo extremadamente tóxico e inflamable que, al parecer, luego de las primeras pruebas, terminó quemando varias casas. Al comprobar el poder incendiario del polvo, empezaron a usarlo para la guerra. De hecho, en el tratado militar Wujing Zongyao, del siglo XI, ya se documentan tres fórmulas de la mezcla: dos para bombas lanzadas con catapultas y una para una bomba de humo venenoso.

Unos años después, cuando los mongoles entraron a China y descubrieron la pólvora, entendieron inmediatamente su potencial y terminaron mejorando su fórmula. Aprendieron a hacerla detonar y la usaron, justamente, en contra de quienes la habían descubierto.

Tan determinante fue la pólvora para los mongoles que en 1279 ya habían completado la invasión a China, convirtiéndose en el imperio más vasto de la historia de la humanidad, imperio que cubría algo así como 30 millones de kilómetros cuadrados, el 20 % de toda la superficie terrestre, lo que equivale casi a una Luna.

Pero a pesar de todo ese poderío, los mongoles no sabían exactamente por qué la pólvora explota. Yo tampoco, y lo tuve que averiguar. No es solamente inflamable como el alcohol. Para quien no lo sepa, la pólvora, además, explota. Y el secreto acá son los gases.

Cuando se inicia la explosión, el nitrato de potasio se descompone y libera oxígeno, que rápidamente termina oxidando el azufre y el carbono, que se convierten en dióxido de azufre (SO₂) y dióxido de carbono (CO₂) respectivamente, dos gases que luego de la reacción se liberan calientes y en cantidades enormes. 

Cuando el gas se calienta, sus moléculas tienden a moverse más rápido y por ende a expandirse, ocupando más volumen. Si el volumen no puede aumentar porque la reacción ocurre en un recipiente hermético, como en el casquillo de una bala, la presión del recipiente aumentará hasta hacerlo explotar y la bala saldrá con una velocidad enorme.

Tal vez se pregunten cómo se inicia la detonación. Bueno, en realidad no se trata de detonación, sino de una deflagración, que es una combustión muy rápida que se inicia cuando se expone el azufre a una fuente de calor. A 112 °C, el azufre se funde y se vuelve mucho más reactivo y capaz de reaccionar con el nitrato de potasio (KNO₃), una de las sales de las que hablé más arriba, liberando oxígeno, que inmediatamente oxida el azufre y libera a su vez dióxido de azufre, uno de los gases protagonistas. Lo mismo sucede con el carbono, dando lugar a dióxido de carbono, el otro gas. 

Otro punto importante es que estamos hablando de una reacción extremadamente exotérmica, es decir, que libera mucho calor. Entonces, al haber mayor temperatura, el azufre se funde más rápido, lo que da lugar a mayor reacción, que genera más calor, que genera más reacción, hasta que la presión del casquillo de la bala es tanta que no le queda otra que explotar. 

Por todo eso, la pólvora fue un bien extraordinariamente buscado, sobre todo en épocas de guerras, es decir, siempre. De hecho, a principios del siglo XIX, durante las guerras Napoleónicas, el nitrato de potasio era un bien tan codiciado como la laca, y se intentaba obtenerlo de cualquier manera. Una forma era quemando algas, dado que son ricas en potasio. Al quemarlas, las sales de potasio —entre ellas, el preciado nitrato— quedan en las cenizas, y luego de unos pasos de purificación, es posible obtenerlo. En 1811, Bernard Courtois, un científico francés que estaba poniendo a punto el método, se pasó un poco con el ácido sulfúrico y, al agregarlo en mayor cantidad, vio un vapor color violeta. No obtuvo nitrato de potasio, sino un vapor color violeta, lo que a principios del siglo XIX debió haber sido una experiencia bastante espectacular. 

Los vapores violetas los generaba el yodo, una sustancia que cobró protagonismo unos años más tarde cuando se descubrió su potencial terapéutico. Durante décadas, el yodo se usó para tratar decenas de enfermedades diferentes, desde la locura al hipotiroidismo, pasando por el tratamiento de infecciones. Probablemente, no funcionaba muy bien, pero bueno, era el siglo XIX. Unos años antes, en 1788, en el Imperio ruso se creó la Fábrica de pólvora de Kazán, una de las más importantes de la historia, que, para principios del siglo siguiente, ya había producido más de 500 toneladas. La fábrica sigue activa hasta nuestros días y, de hecho, sigue siendo un blanco militar: hay quienes sostienen que fue un objetivo en la guerra con Ucrania, la cual continúa mientras escribo este libro. Claro que en una fábrica de pólvora los accidentes son bastante comunes. “El incendio de la Fábrica de Kazán de 1917”, justo antes de la revolución y con Rusia peleando en la Primera Guerra Mundial, tiene su propia entrada en Wikipedia y se inició cuando alguien apagó mal una colilla: la fábrica y varios edificios de alrededor se incendiaron inmediatamente. O sea alguien fumó en una fábrica de pólvora y encima no chequeó haber apagado bien la colilla. Me parece una irresponsabilidad total.

Ahora bien, toda esta información acerca de la pólvora es en verdad circunstancial. El único dato importante que necesitamos entender a los fines de esta historia es el siguiente: la pólvora, si está mojada, no se enciende. 

Para quien no lo sepa, si la pólvora está mojada, el calor que normalmente serviría para iniciar la deflagración se termina perdiendo en la capacidad calórica del agua, que apenas se calentará un poquito, impidiendo que el azufre llegue a la temperatura adecuada y haciendo fracasar cualquier intento de usarla para dar muerte.

Y ahora sí, la historia:

La máquina infernal

A principios de 1841, los miembros de la Sociedad Real de Anticuarios del Norte, una sociedad que aún existe y se encarga de coleccionar cosas antiguas, envió a través del cónsul de Portugal de Montevideo un paquete con una colección de medallas cuyo destino final sería Buenos Aires, y el destinatario, Juan Manuel de Rosas. 

Seguramente, aprovecharon el viaje diplomático del cónsul para ahorrarse el envío, que en esa época era muy caro. El problema es que, en Montevideo, el paquete llegó a manos de opositores a Rosas que estaban exiliados en esa ciudad, muy muertos de ganas de asesinarlo. Uno de ellos era José Rivera Indarte, un poeta y periodista, principal armador de la campaña antirrosista y autor de las Tablas de sangre, un recuento alfabético de las supuestas víctimas de Rosas, muchas de ellas imposibles de atribuírseles pero expresadas con un tono creíble. 

Las Tablas venían siendo un instrumento fundamental de la campaña antirrosista, pero no alcanzaban, y las ganas que tenía Rivera Indarte de asesinar a Rosas al parecer eran muy difíciles de aguantar. Así que, cuando se topó con la caja de medallas de los anticuarios del norte, Indarte vio una oportunidad. 

La caja estaba armada con mucho cuidado y las medallas envueltas en un fino pañuelo. Con cuidado, sacó las medallas y el pañuelo y, en su lugar, puso dieciséis cañoncitos ordenados en un círculo de modo que apuntaran hacia todos lados, les agregó pólvora y armó un sistema con resortes para que se dispararan en el momento en el que alguien abriera la caja. 

Casi podríamos decir “un laburo chino” y no ofender a nadie.

El 27 de marzo de 1841 el paquete llegó a la Casona de Rosas de Palermo, en la actual Ciudad de Buenos Aires. Lo recibió Manuelita, su hija de 24 años, quien al ver la caja tan sofisticada fue corriendo a dársela a su padre. Al parecer, Juan Manuel no le dio importancia pero Manuelita insistió y el padre —probablemente, harto— le terminó diciendo que la abriera, a ver qué habían mandado desde Dinamarca.

Y Manuelita la abrió.

Adentro de la caja, encontró una segunda caja envuelta en un pañuelo, una serie de instrucciones y una llave. Apenas puso la llave en la cerradura, la tapa se abrió violentamente y se escuchó un ruido metálico. 

¡Toing!

Pero la caja no explotó.

En ese momento le llevó la caja a su padre, quien observó el paquete y, según cuenta la leyenda, se rió a carcajadas. Todo el sistema era sin duda sofisticado y malicioso, una verdadera máquina infernal, tal como la bautizó el mismísimo Rosas. Pero había fallado porque la pólvora estaba mojada.

¿Alguien la había mojado para proteger a Rosas o se había mojado accidentalmente en su viaje a Buenos Aires? Probablemente, nunca lo sabremos. Hoy está expuesta en el Museo Histórico Nacional junto con otros instrumentos con los que se intentó asesinar a figuras destacadas de la política argentina. El museo es uno de mis preferidos, así que si alguna vez están por la Ciudad de Buenos Aires, está en Parque Lezama.

El 3 de febrero de 1899, para conmemorar la batalla de Caseros, el caserón de Rosas, donde había recibido la máquina infernal, fue demolido por orden del intendente Adolfo Jorge Bullrich. La demolición, esta vez, fue realizada con dinamita y en su lugar se creó el Parque Tres de Febrero, día de la batalla. 

En el lugar exacto donde estaba la casa de Rosas, hoy se encuentra un monumento a Urquiza. Este tipo de revanchas simbólicas son comunes en la historia, pero a Rosas la justicia poética le jugó a su favor. El mismísimo José de San Martín, cuando habló de la heroica resistencia de la Vuelta de Obligado, dijo “los argentinos no somos empanadas que solo se comen con abrir la boca” y, como gesto, en su testamento le dejó a Rosas el sable corvo que lo había acompañado durante la campaña libertadora. Así que todo lo del monumento de Urquiza hoy en día parece más bien un berrinche. Un desquite sin gloria. Pólvora mojada.

Take penacilin now

A modo de corolario, cabe señalar que utilizar el servicio de correo con fines homicidas no es algo que se acabó con la máquina infernal, más bien todo lo contrario. Diríamos que es una práctica que floreció en el siglo XX. Con el siglo XXI recién comenzado, cuando el impersonal correo electrónico empezaba a sacarle terreno, tuvo tal vez su último momento de protagonismo. 

Fue exactamente una semana después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Con estampillas comunes y corrientes, enviados desde Trenton, Nueva Jersey, empezaron a circular sobres con una carta bastante perturbadora: “THIS IS NEXT. TAKE PENACILIN NOW. DEATH TO AMERICA. DEATH TO ISRAEL. ALLAH IS GREAT”.

Las cartas llegaban a las redacciones de medios importantes de Estados Unidos y en los sobres había además una pequeña pastilla marrón, parecida a una croqueta de comida de perro, que nadie sabía qué era. Unas semanas después, los sobres empezaron a llegarles a senadores. Esta vez, venían con un polvo blanco más fino. Pronto se descubrió que tanto la croqueta como el polvo tenían grandes contenidos de ántrax.

El ántrax es en realidad la espora de la bacteria Bacillus anthracis, que resiste muy bien en el ambiente y, al entrar en contacto con la piel, puede generar una infección bastante grave, aunque la inhalación es mucho más peligrosa porque la infección que produce en las vías respiratorias suele ser peor. 

Desde hacía décadas, varios países, entre ellos Estados Unidos, estudiaban el bacilo como potencial arma biológica. También estudiaban posibles antídotos o tratamientos, justamente, por si el país era atacado con ántrax. 

Las cartas con ántrax desataron una investigación descomunal: el FBI rastreó tintas, papeles, buzones y hasta los lugares de origen de las esporas, sin llegar en principio a nada.

Finalmente, las miradas empezaron a recaer sobre Bruce Ivins, un microbiólogo que trabajaba en Fort Detrick, un laboratorio que depende del Ministerio de Defensa estadounidense donde trabajaban en el desarrollo de antídotos contra el ántrax. También, obviamente, tenían acceso a esporas del bacilo. 

Sus colegas describían a Bruce como un hombre brillante pero inestable, que solía quedarse hasta cualquier hora en el laboratorio y a veces mandaba mails extraños. Tenía, claro, acceso directo a los materiales y conocimientos necesarios para preparar esporas del bacilo con un nivel de refinamiento adecuado.

La evidencia fue acumulándose y a comienzos del año 2008 la investigación se centró por completo sobre él. Pero no fue juzgado porque se quitó la vida el 29 de julio de ese mismo año.

Antes, le dejó una carta a su esposa, Diane Betsch, donde decía que tenía un fuerte dolor de cabeza y que por favor lo dejara dormir. Había tomado dosis altísimas de Tylenol, un analgésico. La carta no tenía sello de laca. Una lástima, porque si no, este primer capítulo me quedaba redondo como disco de pasta.

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