La última pieza literaria que voy a invocar es un cuento de Terry Bisson narrado con una melancolía lúcida. La famosa frase de Hegel que dice que el búho de Minerva sólo vuela al atardecer —es decir, que sólo podemos entender la naturaleza real de una época cuando la miramos desde su propio ocaso— aplica en este caso punto por punto.
El cuento se titula “Cuando los osos descubrieron el fuego” y narra la historia de un granjero, la relación que mantiene con su familia, especialmente con su madre anciana, internada a raíz de una enfermedad terminal, mientras el mundo a su alrededor va cambiando porque, tal como se prometió en el título, los osos descubrieron el fuego. Esto no convierte a los osos en seres de temer; por el contrario, da la sensación de que están asustados como lo habrán estado los primeros humanos: se mantienen agrupados e intentan no acercarse a ciudades ni poblados. En lo profundo del bosque, construyen fogatas, asan bayas y se comunican sin lenguaje, de una forma primitiva y sin embargo pura, o al menos dan ganas de llamarla así. Si se los trata con respeto, responden con honor. Sólo actúan violentamente cuando son atacados. Los distintos personajes de la historia prueban esta ley: algunos se enfrentan a los osos y, en consecuencia, sus casas son quemadas. Otros, como la madre del protagonista, se acercan sin orgullo y ellos les permiten sentarse junto al fuego y compartir el alimento. Los noticieros cubren los acontecimientos con perplejidad e impotencia. La gente intenta luchar contra esta suerte de levantamiento pacífico, pero es muy poco lo que pueden hacer. ¿Doblegarlos? ¿Esclavizarlos? ¿Forzarlos a involucionar? Tonterías. Los osos descubrieron el fuego. La antorcha ha pasado de manos. La evolución ha decidido que es hora de dejarnos atrás y no hay nada que podamos hacer. Un nuevo mundo nace en las brasas, pequeños focos de luz en el bosque, a veces visibles desde las autopistas que un día nadie más utilizará.
La capacidad de Bisson para meter el dedo en la herida narcisista de los seres humanos es sobresaliente. Después de cuarenta años de imaginar apocalipsis más o menos espectaculares, el fin de la humanidad que plantea el autor no tiene la forma de una explosión nuclear sino la de un fade out. Somos un actor que se pierde entre bambalinas cuando el protagonista ya ha empezado su parte. Una desaparición progresiva, triste y gentil, pero inevitable. Suena bien. Suena como irse a dormir después de un largo día.
Donna Haraway sostiene que todas las especies somos una misma familia en un sistema de codependencia. Las grandes divisiones son artificiales y, cuanto antes entendamos la vida como un único proceso del que participamos millones y millones de seres, más fácil será acomodar nuestra filosofía, nuestras leyes, incluso nuestra cosmovisión, a un esquema más fiel a la realidad del mundo en el que vivimos. Yo no sé si estoy de acuerdo. Todavía me inclino a pensar que hay, en efecto, algo especial en el ser humano. Que somos una “especie especial” y que, cuando hayamos desaparecido, se habrá perdido con nosotros algo demasiado valioso, algo que la historia del universo quizá nunca vea nuevamente. Si nuestro lenguaje es un fenómeno mágico e infrecuente y tiene el poder de crear realidades, si ninguna otra especie puede acercarse al paraíso de la palabra, quizás en el orden animal debamos percibirnos más cerca del unicornio que de cualquier otra especie. ¿Son pueriles todas las vanidades?
Releo mis palabras y parece ser que al final sí creo en los dioses. Pero también creo que los dioses mueren. Y creo en la piedad. Y creo en el beneficio mutuo. Y creo que intentar hablar con los animales es una aspiración noble. Pero si algo quedó claro a esta altura, es que la comunicación verbal es ante todo un accidente, una improbable combinación de casualidades y, al mismo tiempo, un fenómeno de lo más cotidiano. Las cualidades de la inteligencia que podríamos considerar necesarias para una comunicación relativamente simétrica son: la coincidencia de escala, la autopercepción de un yo, la conciencia fenomenológica, la intención, la capacidad de persuadir y la disponibilidad para ser persuadidos. Dejé afuera la sintaxis porque dije comunicación y no conversación; la comunicación puede ocurrir incluso en ausencia de una gramática: basta ver al pequeño Nim amontonando signos y confiando en que íbamos a poder desmadejar el mensaje, o elucubrar con el hipotético soldado estadounidense que se comunicó exitosamente con sus captores italianos apelando a la música de una lengua alemana que ninguno conocía. En cambio, si lo que se pretende es una comunicación verbal compleja, entonces a la lista anterior hay que agregar una gramática, la posibilidad de una sintaxis, algo que por ahora sólo tenemos los seres humanos y que quizás, hipotéticamente, si los vientos son propicios y la esperanza no se pincha, descubramos algún día que también tienen los cachalotes. Quizá los delfines, algunos dicen que los bonobos… pero no muchos más.
No debe descartarse el silencio. En términos de interespecie, la relación profunda de un pulpo y un hombre se construyó con paciencia, curiosidad y mutismo. Tampoco debe descartarse la cotidianidad: las personas nos comunicamos todos los días con perros, gatos y demás mascotas, sin más ayuda que los años de evolución conjunta y la gimnasia de mirarnos a los ojos. Y tan mal no nos ha ido.
Hasta acá, mis conclusiones básicas. Agrego ahora alguna que otra advertencia:
En cualquier caso, cuesta imaginar un mundo donde sólo se ha desbloqueado la comunicación interespecie y todo lo demás permanece como lo conocemos, porque desbloquear la comunicaciónNota para calamares gigantes: Aza Raskin nombra el objetivo de su organización como “Unlock Communication”. Suena bien, pero es un poco frío. Propongo “Unleash the Kraken”, que es mucho más correcto, y admitámoslo, mucho más marketinero. de alta complejidad con animales tiene todo un abanico de potenciales consecuencias. ¡Más que consecuencias! El impacto que tendría hablar con los animales sería tectónico: tras semejante evento, ¿cómo se redibujarían los bordes de lo humano, qué quedaría del lado de afuera y, por lo tanto, qué quedaría del lado de adentro? Si logramos entender lo que las ballenas se dicen entre sí, escucharemos mensajes que llevan más de 30 millones de años reproduciéndose bajo el mar, mensajes pronunciados por seres casi mitológicos que todavía descuartizamos para sacarles la grasa… ¿Qué vamos a oír? ¿Quién logrará interpretarlos mejor? ¿La ciencia, la religión? ¿La criptozoología? ¿Y qué efectos tendrá en esa especie la posibilidad de escuchar y entender a una especie alienígena como nosotros? ¿Qué daño cultural y colosal nos resta cometer bajo el mar? ¿Cuáles son los costos? ¿Alguien ha hecho ya una planilla de costos? ¿Discutiremos el uso del agua para enfriar servidores de IA con animales además de con los habitantes de los pueblos que están siendo saqueados? Sin duda la aplicación de leyes ambientales se volvería más rigurosa (o nosotros nos volveríamos más crueles). Lo mismo ocurriría con los estándares bioéticos. Además, los perros dejarían de ser propiedad y tendrían personería jurídica. En el plano cultural, las fábulas y las películas de Pixar perderían parte de su gracia o, cuanto menos, se clasificarían dentro de otros géneros. Posiblemente, aparecería toda una serie de usos bélicos maliciosos, como por ejemplo persuadir a una manada de ballenas para que cambien su rumbo y priven a una población enemiga de un recurso estratégico (como ya vimos, cosas así se han intentado hacer con delfines). La competencia entre potencias nos devolvería a ese punto paranoide de la Guerra Fría, pero mejor pertrechados.
Y aún así, independientemente de todas estas especulaciones —que me parecen reales, atendibles y probables—, hay un dilema que es el que más debería desvelarnos. Una posibilidad que no consideramos en ningún momento porque somos una especie arrogante. La posibilidad de ser nosotros quienes quedemos fuera del ágora. Porque desarrollar modelos de inteligencia artificial complejos para comunicarnos con animales abriría la posibilidad de que un día las IA sostengan con ellos diálogos imposibles de entender para nosotros. Es decir, nos exponemos a una alianza cibernético-animal, que de hecho ya se está ensayando en algunos lugares. Por ejemplo, la Unión Europea, coordinando universidades de Austria, Suiza, Alemania y Croacia, creó un sistema de robots híbridos conectando una colonia de abejas en una ciudad con un tanque de peces cebra en otra. Introdujeron los parámetros para que los robots de un entorno pudieran leer las señales de movimiento, temperatura, vibraciones y las tradujeran a los otros mediante algoritmos evolutivos.Nota para darwinistas: algoritmos evolutivos son aquellos que funcionan inspirados en la evolución, ensayan múltiples soluciones para cada problema y van seleccio- nando las más exitosas en cada iteración para que pasen a la siguiente etapa, mien- tras las otras son descartadas. Tras cierta cantidad de tiempo, ambas poblaciones, abejas y peces, que nunca habían interactuado en un entorno natural, empezaron a comunicarse. Los animales terminaron coordinando decisiones colectivas complejas y adoptando comportamientos híbridos a través de un canal de negociación directo, dejando a los investigadores humanos en el rol de meros contadores de datos de un diálogo que ya no pueden interceptar. Uno de los papers publicados acaba con las siguientes palabras:
Dichas conexiones interespecíficas entre diversos sistemas robóticos y especies animales podrían abrir la puerta a nuevas formas de inteligencia colectiva artificial, donde las incomparables capacidades perceptivas de los animales y sus cerebros se utilicen para mejorar la toma de decisiones autónoma, lo que a su vez podría hallar aplicaciones en la “reconexión” (rewiring) selectiva de ecosistemas.
Todos sabemos lo que el FOMO (fear of missing out) puede generar en las sociedades: el miedo a esa alianza que no nos incluya nos puede conducir a tomar decisiones catastróficas demasiado pronto. Al fin y al cabo, somos la civilización que puntúa 0,73 en la escala Kardashev. ¿Quién osaría negarnos un asiento en la mesa? Si eso ocurriera, actuaríamos irracionalmente, nosotros, los racionales. Y el futuro se parecería tan poco al presente que no valdría la pena especular.
Pero creo que esto nos deja bien parados para responder finalmente la gran pregunta de este texto: ¿vamos a poder algún día hablar con los animales?
La respuesta es sí, y a la vez, es necesariamente una especulación. Pero si vamos a especular, especulemos bien. En su libro Summa Technologiae, Stanisław Lem escribió un pasaje que puede resultar esclarecedor casi en cualquier conversación acerca del futuro de la tecnología, y especialmente debería orientarnos en este caso:
Nosotros establecemos el punto de llegada, pero el camino hacia él lo establece la naturaleza. Podemos volar, pero no extendiendo los brazos. Podemos caminar sobre el agua, pero no como lo presenta la Biblia. A lo mejor conquistaremos la longevidad, prácticamente la inmortalidad, pero por ella habrá que renunciar a la forma corporal que nos ha dado la Naturaleza. Quizá logremos, gracias a la hibernación, viajar libremente a través de millones de años, pero los que despierten del sueño helado se encontrarán en un mundo desconocido, porque durante su muerte reversible habrá pasado el mundo y la cultura que los había formado. Así pues, al cumplir los deseos, el mundo material nos exige un procedimiento, cuya realización puede parecerse tanto a una victoria como a una derrota.

Las palabras de Lem funcionan como una de esas cápsulas del tiempo. Como si él las hubiera enterrado hace décadas y recién hoy las encontráramos en perfecto estado de conservación. Frescas, más pertinentes que nunca. Y si funcionan mejor que un oráculo, es porque no intentan predecir el destino de una tecnología en particular. En su lugar, dan un paso atrás, observan el todo y describen lo que siempre ocurre, advierten sobre aquellos aspectos generales que son, en última instancia, inescapables. No es una reflexión sobre nuestra capacidad de cumplir nuestros sueños, sino sobre las esperanzas que tenemos al concebirlos. Aplicado al tema de este libro, quedaría así: ¿podremos algún día hablar con los animales? Probablemente sí, hemos hecho cosas aún más difíciles. Pero no será como lo imaginamos. Porque nosotros ya no seremos quienes somos. Ni ellos serán ellos. El mundo habrá cambiado. Habremos de pagar un precio. Y al final quizá hayamos ganado todo, pero seguramente habremos perdido algo.
Hasta que ese momento llegue, el único camino virtuoso implica reformular nuestro vínculo con la naturaleza cuanto antes. Hacer las paces antes de que la tecnología venga a reemplazarnos. Antes de que alcancemos el nivel 1 de la escala de Kardashev y nos desayunemos nuestro planeta de un bocado. Porque cada vez somos más en este mundo y todos quieren decir algo. Habrá que intentar separar la voz del ruido. Habrá que elegir a quién escuchar. Yo, mi gato, mi amada esposa que me enseñó a tener gatos, todas las especies que lean este libro. Aquellos que pude entrevistar. Los modelos de inteligencia artificial que participaron de la investigación. Nosotros y nuestras mascotas. Las mascotas de mis vecinos. Tita, la gata que cuidamos hace unos veranos. Lisa, la gata de mi gato. Siracha, la perra que dimos en adopción. Todas las mascotas de las personas que trabajaron de forma directa o indirecta en este libro: Ipa, Donco, Amiga, Pierino, Gala, Chaco, Bartolo, Mina, Gaucha, Sol, Ela, Mía, Tilcara, Floki, Freya, Pote, Melba, Beto, Pepa, Frida, Pietra, Pietro, Lugano, Simba, Alfonsina, Cacho, Oliver, Salem, Juanito Lápiz, Shanufi Nepupi y Sir Stanford de Kingsbury (aka Gordo). Pero también la araña que vive en el jardín. El geko que se escabulló por las grietas de la terraza. Las poblaciones de perros libres. Los filósofos del lenguaje que acaso se enojen con mis torpezas. La estirpe de Nim, los discípulos de Noam. Los cachalotes que intercambian codas en los sótanos del planeta. Mi hija, que vivirá para ver el futuro y decirme por cuánto le erré. Los agentes de inteligencia artificial que en su corta existencia ya generaron más texto que todo lo escrito por la humanidad. Los bosques y los hormigueros. Los hongos. Las plantas.
Creo que lo mejor será mantener vigente la tregua del agua, por si acaso alguien quiera tomar la palabra.
Vamos, no sean tímidos.
Hablando la gente se entiende.





