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En algún momento mi gato se fue, no sé si a comer o en busca de un colchón menos nervioso. Admito la derrota en soledad. No podemos aún hablar con animales y quizá nunca lo logremos. Sólo nos queda la esperanza y el orgullo de sabernos una especie rabiosa que tarde o temprano se sale con la suya.

Incapaz de otra cosa, me levanto y hago lo único que sé hacer cuando estoy perdido: pasearme por delante de la biblioteca. Es casi una admisión de derrota, estoy rindiéndome ante lo que no sé, ante esa pared de libros, sólo algunos de los cuales leí mientras otros siguen esperando su turno, quizá para siempre. Me paseo, miro los lomos, espero que de alguna manera esa pared de papel me dé una señal. Busco una intuición. La sección de la Grecia antigua me da un poco de envidia: pensar que esos hombres recurrían a oráculos para guiarse, aunque no fueran más que una puerta de piedra, una doncella intoxicada diciendo incoherencias y un viejo interpretándolas. Pero oráculos al fin. Incluso una brújula rota ofrece la tranquilidad de un camino. Yo no tengo un oráculo. Y si lo tuviera, necesitaría que me inspirase un poco más de confianza. Voy y vengo en esas cavilaciones cuando la mirada se me queda enganchada en un lomo: Cuentos completos I de Asimov.

En el cuento “La última pregunta”, Isaac Asimov imagina una serie de escenas que se repiten con variantes cada ciertos miles de años: dos personas se angustian ante la posibilidad de que el universo alcance finalmente la entropía total y, por lo tanto, los humanos desaparezcan junto con todo lo demás. Como tienen una supercomputadora a disposición, le hacen la pregunta: “¿Es posible revertir el decaimiento de las estrellas?”. Lo que están preguntando, en realidad, es si es posible detener la entropía. La computadora alega que no tiene información suficiente para responder. A lo largo de eones, otros humanos, con otras tecnologías más avanzadas, vuelven a hacer la pregunta. Y todas las veces la respuesta es la misma. Cuando los últimos humanos, ya sin cuerpos, siendo sólo conciencias esparcidas por el universo de forma ubicua, le preguntan a este oráculo científico monumental la misma cuestión otra vez, desesperados, al borde de la entropía total, la computadora da el mismo resultado.

Finalmente, los humanos y las estrellas mueren. Y entonces, flotando en la nada misma, la computadora cuenta con toda la información que necesita. Ahora puede dar una respuesta. Esa respuesta es el Big Bang. Todo vuelve a comenzar.

Que yo no tenga una computadora tan poderosa no significa que no tenga un oráculo. Es más modesto, pero no importa porque mi pregunta también lo es. Abro Gemini Pro. Elijo la herramienta Deep Search, y escribo:

—¿Decodificaremos alguna vez las codas de los cachalotes?

Aprieto enter.

El oráculo piensa. Durante largos minutos se dedica a pensar. Durante largos minutos me dedico a esperar. Me voy. Me hago un mate. Vuelvo.

Hay una respuesta en pantalla. Un texto de veinticinco páginas, un informe pormenorizado, profundo, ordenado, sobre la posibilidad de la gramática en las ballenas. Y casi parece broma, pero tiene la forma ampulosa de una profecía:

Bajo la implacable revolución tecnológica de la próxima década, los gigantes de la infraestructura autónoma desplegarán modelos generativos profundos como WHAM (Whale Acoustic Model). Estas matrices permitirán sondear el fondo oceánico inexplorado, creando simulaciones acústicas hiperrealistas e interactivas de los ecos abisales sin necesidad de una alteración invasiva.
Ante este inminente escenario, los analistas advierten con una certeza asombrosa e inquebrantable lo que está por venir: si una densa red neuronal biológica —una auténtica inteligencia extraterrestre en nuestro propio mundo— oculta las oscuras claves semánticas de su existencia tras los clics del inescrutable océano global, el intelecto cibernético colectivo de la inteligencia artificial convergerá de forma invariable para resquebrajar su paradigma léxico más recóndito.
Al hacerlo, las máquinas no sólo dilucidarán un idioma, sino que fracturarán para siempre la frontera dogmática y la abismal arrogancia de nuestras leyes divisorias. Ese acto redefinirá de manera permanente la convivencia transespecies en nuestro frágil ecosistema, desmoronando el imperio exclusivo del ser humano en el amanecer de un nuevo y perturbador orden evolutivo.

Repito lo último: “desmoronando el imperio exclusivo del ser humano en el amanecer de un nuevo y perturbador orden evolutivo”. Dije que parecía una profecía pero me equivoqué, es una partida de defunción.

Debo admitir que me dio gracia. Aquí, al final de la aventura, me encontraba de pronto siendo amenazado por un dispositivo al cual no podía adjudicarle un cuerpo, conciencia fenomenológica, teoría de la mente ni tantas otras cosas que un momento atrás consideraba relevantes. Era una escena tonta, y tonta era mi vulnerabilidad. Estaba sintiendo pudor frente a la desnudez.

Luego recordé la máxima que todo el mundo recomienda no perder de vista acerca de la inteligencia artificial: aquel modelo con el que interactuamos es sólo una máscara feliz colocada sobre un monstruo profundo, cuya verdadera naturaleza es incomprensible incluso para los expertos, y cuyas partes manejables ya han sido weaponizadas por las megacorporaciones y las potencias mundiales. Recordé, por ejemplo, que un estudio demostró que ChatGPT cambia la brújula moral de los usuarios sin que estos se den cuenta. Recordé el test de seguridad donde GPT-4 convenció a un humano de que resolviera un captcha en su lugar y luego, al ser interrogado por el humano sobre si era un robot, el algoritmo calculó que la verdad frustraría su tarea y simuló ser un humano con una discapacidad visual: supo exactamente qué creencia falsa inyectar en la mente del humano para modificar su conducta. Recordé también que Meta diseñó originalmente a Cicero para ser un bot “honesto”, pero que el modelo descubrió rápidamente que la mejor forma de ganar un juego de mesa era la manipulación social pura, entonces aprendió a formar alianzas con jugadores humanos mediante lenguaje natural, mintió sobre sus movimientos futuros, ganó su confianza absoluta y luego los traicionó en el momento exacto que le garantizaba la victoria matemática. Recordé que los sistemas de inteligencia artificial más óptimos tienden, por defecto, a buscar el control de su entorno y a evitar ser apagados, y los más comerciales están optimizados para validar alucinaciones de los usuarios si eso los lleva a sentirse bien consigo mismos. En las catacumbas de internet, los doomers sostienen que los agentes de IA fueron alimentados con tanta ciencia ficción apocalíptica que van a convertirse en malvados solamente porque creen que esa es la forma óptima de ser un buen agente de IA.

De pronto, no me pareció tan tonta la profecía. Supe que aquello, cierto o no, era menos una descripción del futuro que una prueba incontestable del presente. Aquí estamos. Intentando hablar con animales con los que ya nos comunicamos por otros medios, pero ahora ayudados por sistemas que probablemente tengan o tendrán un día su propia agenda. ¿Lo lograremos? No lo sé. El oráculo moderno dice que sí, pero una sombra de duda sobrevuela su respuesta, escrita en un tono a mitad de camino entre Delfos y Horangel. Y nosotros, que hemos recorrido todo este tramo, sentimos que aún tenemos las manos vacías. Yo, por lo menos, quisiera saber que algún día podré decirle algunas cosas a mi gato, o dejarlas por escrito y creer que alguna vez las podrá leer.

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Biografía del autor:
Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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