Lo primero que hay que señalar es que, a pesar de su tamaño, los cachalotes existen en la misma escala temporoespacial que nosotros. Podemos mirarlos a los ojos y probablemente experimentaremos el paso del tiempo de forma similar. El problema del bosque y el océano cósmico queda descartado.
En segundo lugar, todo parece indicar que el cerebro del cachalote está a la altura del desafío. El cerebro humano pesa alrededor de 1,4 kilogramos, el de los cachalotes puede alcanzar los 8. Además, tanto ellos como nosotros poseemos un neocórtex, una capa externa donde ocurre el pensamiento más complejo.Nota para neurocirujanos y buzos tácticos: conectar una máquina de resonancia magnética a la cabeza de un cachalote vivo sigue siendo un desafío que la humanidad aún no pudo completar. Por ahora, lo que sabemos de estos cerebros proviene de estudios como resonancia magnética (MRI) y tomografía (CT) post mortem de alta resolución, histología y tinción celular para identificar neuronas especializadas (como las de von Economo), modelado y reconstrucción 3D computarizada a partir de secciones cerebrales, etiquetas digitales acústicas (DTAG) para registrar profundidad, movimiento y sonidos en tiempo real, inteligencia artificial y procesamiento de lenguaje natural (machine learning) para descifrar clics y codas, genómica comparativa para estudiar los genes relacionados con el desarrollo cerebral y arreglos de hidrófonos de gran escala para el monitoreo acústico pasivo de la interacción social. Si bien el cerebro humano es más denso y tiene más capas, la diferencia no sería significativa. Por otra parte, la enorme superficie y la gran cantidad de pliegues y arrugas del cerebro de los cachalotes sugiere una gran capacidad de procesamiento. Así, los diversos análisis realizados por la neuroanatomía moderna nos permiten inferir que los cachalotes tienen emociones y hasta pensamientos abstractos. Sólo por dar un ejemplo: en el cerebro de los humanos, las células especializadas en esas funciones son conocidas como neuronas de von Enconomo. Las mismas células, en mayor cantidad y distribuidas por más zonas del cerebro, fueron encontradas en distintas especies de cetáceos y en delfines. Las emociones de los cachalotes podrían ser incluso más complejas que las nuestras.
En tercer lugar, el proyecto CETI logró determinar que las ballenas se llaman entre ellas utilizando nombres propios, lo cual implica necesariamente una representación simbólica de un individuo asociada a un sonido particular. Un signo, al menos como lo pensaba Saussure: significante y significado.
Luego, en el espectro de persuadability de Levin, las ballenas se ubican cómodas en el extremo de los agentes altamente persuadibles. Y, potencialmente, persuasivos. Tienen conocimiento del “yo” y hasta es posible elucubrar que tengan algo así como una teoría de la mente: proyectan que otros individuos pueden tener puntos de vista propios. Por ejemplo, adaptan sus vocalizaciones y sus comportamientos dependiendo del individuo con el que estén comunicándose, y muestran empatía en contextos específicos, como al asistir partos de cachalotes con los que no tienen una relación social.
Por último, las diferencias en los “modos de hablar” de distintas manadas de cachalotes en distintas zonas geográficas constituyen para los investigadores verdaderos dialectos, lo que las deja a un paso del debate acerca de si tienen o no cultura.Nota mental: si es cierta la frase atribuida a Max Weinreich que dice que “una lengua es un dialecto con un ejército y una armada”, pues atención, porque los cachalo- tes tienen dialectos y son, en sí mismos, una armada.
Si esto no fuera suficiente, podríamos agregarle evidencia anecdótica, colocárnosla como un sombrero de salmón y salir a pavonearnos. De hecho, eventos como el del sombrero de salmón son indicios de que las orcas poseen un comportamiento social complejo, que son seres lúdicos, y sus formas de cazar sugieren que pueden utilizar engaños tácticos como los que vimos en los perros (por ejemplo, mediante acciones coordinadas para rodear a una foca que se encuentra flotando sobre un trozo de hielo). Pero no lleguemos tan lejos. A esta altura no cabe duda de que hemos encontrado a nuestro interlocutor perfecto. La especie animal con más chances de establecer una conversación verbal con los humanos en algún futuro próximo. Un evento sin precedentes, inscrito en la gran historia épica de la humanidad, desde Magallanes a Neil Armstrong y todos los nombres que quepa homenajear aquí.
Lo único que faltaría, entonces, es el traductor. La IA capaz de funcionar como interfaz entre nuestro modo de comprender el mundo y el modo del cachalote. Ese traductor está siendo desarrollado por el biólogo Shane Gero y un equipo de científicos informáticos del MIT, en el marco del Proyecto CETI, y se llama WhaleLM. Se trata de un gran modelo de lenguaje (LLM), similar a la tecnología que hace funcionar a los chatbots actuales o a los generadores de código informático, pero diseñado específicamente para analizar las vocalizaciones de los cachalotes.
¿Cómo funciona? WhaleLM se alimenta de codas, esas secuencias de clics que emiten los cachalotes. El modelo aprende los patrones subyacentes de estos llamados y utiliza ese aprendizaje para predecir qué coda seguirá en la secuencia, igual que los LLM aprenden a predecir la siguiente palabra emitida por un humano en una oración. En un estudio reciente (aún en fase preliminar), los investigadores utilizaron las secuencias de codas generadas por WhaleLM para predecir lo que harían los cachalotes a continuación. Lo consiguieron con un 72 % de precisión en general y con un 86 % de precisión para sus acciones futuras (como el acto de sumergirse).
Una pregunta válida que seguro me hará Moriarty es si todas las codas transmiten significado. Él me ha visto silbar sin ton ni son por la casa y sabe que no todo sonido empolla una idea. Probablemente con la misma inquietud, estos científicos entrenaron nuevos modelos de lenguaje alterando un elemento por vez: acortaron secuencias, cambiaron el orden o modificaron el ritmo, el tempo, el rubato (la flexibilización del ritmo y velocidad de una pieza sonora) y la ornamentación de los clics. Descubrieron que realizar cualquiera de estas alteraciones hacía que las predicciones del modelo fueran menos precisas. Según los autores, este experimento proporciona la primera evidencia científica de que las vocalizaciones de los cachalotes contienen información real y estructurada sobre la cual estas criaturas pueden actuar.
Lo cierto es que los clics de los cachalotes parecen una suerte de código morse submarino. Esto los hace particularmente útiles para el estudio con modelos de IA, dado que el input con el que el algoritmo debe trabajar ya viene segmentado (a diferencia del canto largo de la ballena azul, que es más difícil de separar en partes). Las codas son agrupamientos que oscilan entre los 3 y los 40 clics de longitud. Pero decir que los clics son palabras y las codas son frases es una afirmación apresurada. Para que eso sea cierto, los cachalotes deben tener lo que le faltaba a Nim: una sintaxis. La posibilidad de agrupar y jerarquizar esos clics de distintas formas para decir distintas cosas, cosas que no hayan sido dichas antes, que excedan la mera repetición. Es decir, es necesario que compongan un lenguaje y que ese lenguaje sea parte indivisible de su mundo.

Hasta ahora lo que sabemos es que esa cabeza hipertrofiada, repleta de grasas y espermaceti, tan valiosa para los marineros de Nantucket, se desarrolló evolutivamente para la ecolocalización: los cachalotes emiten ráfagas de codas cortas y luego las vuelven a recibir, amplificadas por este “lente acústico” que es la grasa que rodea la cabeza y que les permite discernir variaciones importantes de señal. Sin embargo, los humanos y otras especies con sistema nervioso sabemos muy bien que el hecho de que una estructura mental se haya desarrollado por un motivo no significa que no la podamos usar para otros. Sin ir más lejos, nuestra capacidad de apreciar música habita en arquitecturas cerebrales profundas que preceden por milenios la invención de cualquier instrumento musical. Algunos autores, como Stanislas Dehaene, sostienen que nuestra capacidad de leer es una habilidad neuronal que pudimos montar sobre el entrenamiento visual que desarrollamos para distinguir elementos sobresaliendo en el paisaje (como figuras en ángulos que supieron ser leones o serpientes y hoy en día identificamos rápidamente como letras). En el caso de las ballenas esto podría no ser diferente. El mismo sistema que permite la ecolocalización pudo haber habilitado en ellas la posibilidad de un cierto tipo de comunicación sonora. Durante años, la ciencia consideró que era una comunicación rústica, un modo de reconocerse y avisarse dónde están una respecto a la otra, como un sistema de balizas. Pero el trabajo de los investigadores ha dado a pensar que la comunicación intraespecífica de los cachalotes posee una arquitectura combinatoria, propiedades fonológicas equivalentes a las vocales humanas y quizás la presencia de mecanismos sintácticos. Acá nos encontramos de nuevo con el problema del comienzo: la sintaxis animal vs. la sintaxis humana.
Extrapolar el concepto de sintaxis de lo humano a lo animal es extremadamente problemático, como sabrá cualquier persona que haya llegado a este punto del ensayo. Por eso, es necesario hacer lo que anuncié en los primeros capítulos: utilizar nuevos términos, traer palabras de tradiciones ajenas a las lingüísticas o crear nuevas, híbridas, metafóricas, quizás irreverentes. De ahí que los lingüistas deban perdonarme que adopte los términos que utilizan los investigadores, a pesar de que no tengan lugar aún en las tradiciones lingüísticas canónicas. Utilizo en este punto el concepto de sintaxis fonológica como modo de referirnos a la capacidad de combinar sonidos en estructuras emergentes, y sintaxis léxica como modo de referirnos a la capacidad de combinar clusters de sonidos con otros clusters de forma también emergente, es decir, produciendo nuevos significados según el hablante —el cetáceo— logre combinarlos libremente dentro de ciertas reglas.
Si se acepta, aunque sea momentáneamente, ese marco conceptual, podemos afirmar que la sintaxis de los cachalotes existe sin duda a nivel fonológico: se desempeña sin problemas para recombinar sonidos con distintos recursos como el alargamiento o la ornamentación de las codas. Pero llamarle sintaxis a eso es incorrecto desde nuestro punto de vista humano, ya que la sintaxis propiamente dicha corresponde a otro nivel de análisis del fenómeno (los fonemas se combinan en morfemas y los morfemas en palabras que, recién entonces, son regidas por la sintaxis). Por eso, los investigadores hablan de sintaxis fonológica para dar cuenta de una estructura jerárquica a nivel de los sonidos que tiene potencial de estar estructurando significado. Para que se note que la creatividad no acaba allí, los investigadores hablan también de una suerte de sintaxis espectral, que consiste en la alteración de frecuencias de modo de convertir esos simples clics en vocales y diptongos. Como si fuera poco, los cachalotes también pueden variar la resonancia acústica de los sonidos para que encajen de forma fluida con las voces de otras ballenas, conformando grupos sociales que se expresan en dialectos repartidos a lo largo y ancho de los océanos, lo que demostraría una capacidad conversacional para coordinar la manada mucho más efectiva (por ejemplo, para dar la orden de sumergirse en busca de comida). Finalmente, a lo que nosotros le decimos simplemente sintaxis, ellos lo llaman sintaxis léxica. Ambas refieren a lo mismo: ¿pueden los cachalotes armar oraciones con jerarquías y elementos móviles que modifican el significado general del enunciado según la posición que ocupan? ¿Pueden decir más de lo que pueden repetir? ¿Pueden mentir?
Bajo la sombra terrible de Chomsky, sólo cabe una respuesta: aún no lo sabemos.





