/ Cosas que mi gato tendría que saber
Capítulo 14

Un sombrero muy particular

Imagen de portada

Melville quiso escribir una elegía, pero involuntariamente le salió un obituario. Menos de una década después de la publicación de Moby Dick, la industria ballenera que supo hacer próspera a la isla de Nantucket fue destronada. En 1849 comenzó la fiebre del oro en California y las tripulaciones desertaron en masa, dejando cadáveres de barcos en las costas para ir a probar fortuna en las minas y ríos del otro lado del país. Nantucket entró en declive. Pasaron varias generaciones hasta que se reinventó como centro turístico. Para clavar otro clavo en el ataúd del negocio, en 1859 se descubrió el petróleo, y la grasa de ballena fue reemplazada para muchos de sus usos por los derivados del oro negro. Las consecuencias de esa transición aún hoy dan forma al mundo en el que vivimos.

Uno podría creer que ese fue el fin del hostigamiento al que sometimos a las ballenas, un auténtico genocidio que por fin, ante la falta de un propósito, parecía terminar. Pero los humanos no abandonamos algo valioso, en todo caso, lo hacemos más eficiente. Cuando el noruego Svend Foyn inventó el arpón de cabeza explosiva, abrió una nueva era en la caza de ballenas: la era industrial. El arpón explosivo poseía una granada en la punta, dientes de metal que se aferraban a la carne de la presa y un cabrestante a motor que permitía recoger la línea desde el barco principal, sin arriesgar botes ni tripulación. Un artilugio de muerte a la altura del siglo XX.

Como nada se pierde y todo se transforma, el aceite de ballena obtenido por este proceso encontró rápidamente otros usos: margarina, cosméticos, jabones, alimentos para mascotas y, sobre todo, aceite para la maquinaria bélica que pusimos en movimiento durante las dos guerras mundiales. De modo que la cacería no se detuvo ni siquiera mientras las potencias se daban el lujo de llamar “fría” a la extensión de la guerra que continuaba desarrollándose en otros tableros. Las ballenas tuvieron que esperar hasta que las bombas más potentes dejaran de temblar en la superficie para encontrar un abogado. Ocurrió recién en 1970, cuando el biólogo Roger Payne publicó un disco llamado Songs of the Humpback Whale (Cantos de la ballena jorobada), donde podían escucharse los cautivantes sonidos que estos animales intercambian bajo el agua. El disco fue un éxito y provocó una ola de sensibilidad en el público, enterado ahora de que los mares no son abismos silenciosos, sino mundos poblados de voces. Las ballenas recuperaron de pronto ese aura reverencial del que las habíamos despojado por siglos y, aun sin ser capaces de entender lo que decían, tuvimos la percepción de que había algo ahí que valía la pena. Una lengua extraña, la manifestación de algo más profundo y antiguo que todo lo que nuestra especie supo construir. Por eso, las canciones de las ballenas se incluyeron en la sonda Voyager y se enviaron junto con muchísimo otro material representativo de nuestro planeta hacia los confines del cosmos. Quizás, algún día, será interceptado y escuchado por vida extraterrestre.Si eso ocurre, la tregua del agua necesitará un estanque más grande para ser convocada.

Todo este cambio hacia un paradigma ecologista rindió sus frutos: en 1986 se prohibió la caza de ballenas en todo el mundo y la mayoría de los países firmaron los tratados correspondientes para proteger a la especie, excepto Japón, Noruega e Islandia, quienes alegaron que se trataba de un recurso vital para sus economías. Tan sólo un año después de ese armisticio, se registró por primera vez un evento inusitado: frente a las costas de Washington, una orca cazó un salmón y, por motivos inexplicables, se lo colocó encima de la cabeza a modo de sombrero y salió a lucirlo a la superficie. El comportamiento fue visto por otras orcas que decidieron imitarlo. La moda se expandió al resto de la manada y luego a otras manadas, de modo que pronto hubo una nueva costumbre, entre lúdica y estética, en el mundo animal: una cultura de orcas usando salmones de sombrero.

Es divertido pensar que el asunto del salmón en la cabeza fue un saludo por parte de las orcas hacia los humanos como reconocimiento por la reciente firma del tratado que impedía la caza de ballenas, pero ninguna evidencia señala esa posibilidad. Por mi parte, sólo quiero destacar que el timing es sugerente y que, para mayor suspicacia, no se registraron comportamientos similares en las costas de Japón, Noruega o Islandia. Hasta ahí llegan mis pesquisas. Lo importante es que la tregua, si existió, duró hasta el año 2020, cuando comenzó otro evento histórico: la “rebelión de altamar”, una serie de ataques de ballenas a veleros de lujo en la península ibérica.

La rebelión de altamar registra más de 600 ataques y un total de 7 hundimientos. Pero aunque la leyenda intentó adjudicar la responsabilidad a una orca vieja y vengativa —bautizada White Gladys— que teóricamente se dedicaba a atacar los barcos y a enseñarles el comportamiento a otras orcas para incitar a la revolución —en pleno auge de los discursos antirricos como causa primera y cierta del calentamiento global antropogénico—, la ciencia volvió a despojar el asunto de toda emoción y dictaminó que se trataba de un juego similar al del sombrero. Al parecer, no era un rencor hacia los millonarios lo que motivaba a las ballenas, sino el movimiento particular de los timones de los veleros, que les resultaba muy atractivo y las invitaba a golpearlos, abriendo vías de agua en los cascos y arriesgando las embarcaciones al hundimiento. Los científicos vaticinaron que, así como empezó, esta moda también estaba condenada a terminar de un momento para el otro y sin mayor explicación, cosa que efectivamente ocurrió. Los ataques dejaron de registrarse. Pero, para ilusión de los revolucionarios de tierra firme, en 2024 una nueva ballena fue vista portando el salmón sobre la cabeza, lo cual da a pensar que la moda de atacar veleros de lujo podría también revivir cuando menos se la espere.

Todo este recorrido nos deja en dos lugares diferentes, según el tipo de coordenadas que estemos utilizando. En el plano vincular, quedamos en una zona indefinida. ¿Cuál es hoy nuestra relación con las ballenas? ¿Cómo podemos desmadejar tantos siglos de matanza? ¿Qué valor tienen diplomáticamente estas pocas décadas de intentar defenderlas de nosotros mismos? ¿Cuánto tenemos en común con estas especies? Sabemos qué opinan de nuestros yates, pero ¿qué opinan de nuestros sombreros? Por otro lado, en el plano temporal, nos trae casi al presente de este libro. Porque para responder estas y otras preguntas, en el año 2020 se inició un proyecto sumamente ambicioso: el proyecto CETI, que consiste en un intento sistemático por aprender e interpretar el lenguaje de las ballenas. Específicamente, de los cachalotes, aquellas míticas presas de los cazadores de Nantucket.

En los últimos años, los científicos de CETI —cuyo mascarón de proa es David Gruber, CEO y founder del proyecto, pero cuyo equipo alcanza varias decenas de otros profesionales interdisciplinarios— desarrollaron todo un arsenal de recursos poco invasivos para averiguar cómo se comunican estos animales. Básicamente, el método consiste en recolectar datos utilizando sistemas de micrófonos submarinos, etiquetas autoadhesivas que se colocan a los animales por medio de drones y filmaciones aéreas para evaluar cómo se comportan. Al igual que el experimento de Tel Aviv con los murciélagos, el procedimiento prosigue alimentando a un sistema de inteligencia artificial con todos esos datos y, a partir de la búsqueda de patrones matemáticos, intenta descubrir si los sonidos emitidos por los cachalotes (que llamamos codas y consisten en una serie de clics, a diferencia del canto meloso y melodioso de las ballenas francas) tienen todo aquello que venimos buscando: palabras discernibles y lenguaje referencial, pero también estructura sintáctica, marcas discursivas de autoconciencia, juegos de lenguaje.

“¿Qué sabemos hasta ahora?”, podría preguntarme mi gato. La respuesta es que en 2024, el equipo publicó algunos resultados y, de momento, están convencidos de que los cachalotes tienen un sistema de sonidos de una complejidad equivalente al alfabeto fonético de los humanos. Los investigadores más optimistas afirman que aplican suficientes variaciones como para albergar la esperanza de que, en sus estructuras más complejas, puedan generar significados. Los más pesimistas dicen que, por el momento, todo lo que sabemos es que la posibilidad de estirar algunos sonidos, agregarles otros al final y modificar la estructura completa de la frase indicaría que los cachalotes tienen una comunicación más compleja de lo que parece a simple vista, pero no arriesgan más allá.

Quizá, algo a destacar del proyecto, independientemente de los resultados finales que aún estamos lejos de ver, sea el hecho de que su objetivo no es enseñarles el idioma de los humanos a los cachalotes, sino lo contrario: entender qué se están diciendo entre ellos, algo no menor, considerando que como especie llevan 34 millones de años hablándose entre sí, diciéndose vaya uno a saber qué cosas. Otro objetivo, mucho más invasivo, es que la IA extrapole de los datos procesados suficiente información como para fabricar y emitir nosotros un saludo en el lenguaje de ellos. Algunos intentos con sondas que emiten sonidos ya se han realizado, de modo que nuestra carta de presentación ante la especie bien pudo haber sido una serie de incoherencias.

Lo cual nos lleva al borde mismo de este ensayo.

Levanto a mi gato para que me preste atención. Lleva no sé cuánto tiempo dormido y escucho el crujido cuando las uñas se le van soltando de la tela de mi pantalón. Quiero que vea la foto del cachalote que tengo en la pantalla. Es una masa gris, veteada por los rayos del sol que se filtran desde la superficie. Hay una geometría contradictoria en ese cuerpo que empieza cuadrado y termina en puntas: los ojos parecen mal ubicados; la boca, demasiado chata; las aletas, demasiado pequeñas. No luce como algo que pueda nadar con gracia, sino como algo que debería irse a pique. Y sin embargo, dentro de esa cabeza monstruosa, quizás habite la luz que estamos buscando.

Morty no me comunica ninguna emoción, a duras penas logro que se fije en la pantalla. Creo que simplemente se alegra de que no le esté mostrando la foto de un perro.

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Biografía del autor:
Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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Juan Cruz Balian nació el 3 de junio de 1984. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) y publicó el libro de cuentos Simple e imperfecto, y las novelas Ministerio de Invierno y La pausa.

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