“En la mañana después de la tormenta las aguas arrojaron a la playa, a ocho kilómetros al noroeste de la ciudad, el cuerpo de un gigante ahogado”. Así comienza el cuento de Ballard que se llama, justamente, “El gigante ahogado”. Una pequeña gran alegoría sobre una de las debilidades de mi especie: nuestra compulsión por banalizar lo maravilloso. El relato, para decirlo en pocas líneas, narra la aparición del cuerpo muerto de un gigante en las playas de una ciudad. Tan pronto la noticia se esparce, todo el mundo abandona sus tareas para ir a ver el prodigio. Llegan curiosos, periodistas, expertos. Pronto se arma una comunidad alrededor del cadáver en descomposición y por un momento parece que nada más ocurre en ningún lado. El gigante es todo lo que la comunidad precisa para desplegar sus pasiones: los niños lo trepan, los adolescentes acampan a su sombra, los adultos lo profanan para llevarse recuerdos. Y así, poco a poco, tras el accionar de la propia naturaleza necrótica y de la diversión de los humanos, el gigante va quedando reducido a un esqueleto no distinto del de cualquier naufragio, aunque inmenso, unos huesos que se elevan en el aire como la arboladura de un barco, una percha perfecta para que se posen las aves, y nada más.
El gigante de la historia y la dinámica de su muerte plantean, como suele gustarle a la ciencia ficción, una escena imposible y a la vez profundamente familiar: los gigantes no existen, pero la humanidad lleva miles de años dedicándose a la caza pasiva de ballenas, repitiendo escenas que el cuento evoca, como la rapiña de cuerpos inmensos que el mar ocasionalmente deposita en la playa.
Diremos ballenas, pero es preciso aclarar que no son lo mismo una ballena azul, una ballena franca, un cachalote y una orca. La principal diferencia está en la boca: mientras que las ballenas azul y franca tienen barbas que filtran el agua para capturar el alimento, el cachalote y la orca poseen dientes y se alimentan cazando activamente, como muchos depredadores. Pero nos permitimos la generalización porque durante mucho tiempo los humanos entendimos esas especies como una gran familia. Gigantes del mar. Leviatanes. Monstruos. Dioses. Y por ahora, más que la catalogación precisa de cada especie, nos interesa el lugar que ocuparon en nuestras tradiciones. Supimos tenerles un temor reverencial. Y luego, como con el gigante de Ballard, se lo perdimos.
Durante los primeros milenios en la Tierra, los humanos pululamos por las costas ignorando cuán grande y cuán profunda era esa barrera azul, cubierta de vientos, que significaba el final invariable de todos los territorios, la frontera de toda civilización, el descanso obligado del peregrino. En esos años, los más antiguos de la Antigüedad, las ballenas apenas habían sido avistadas o conocidas. Los intentos de representar su figura terrible acababan en un pastiche, lo que alguien podía dibujar acerca de lo que alguien había imaginado sobre lo que alguien podía recordar de lo que alguien tal vez había podido ver a lo lejos. Las mitologías no se ponían de acuerdo sobre la naturaleza del animal. Aisladas unas de otras por esa misma barrera azul, cada civilización codificó su propio vínculo con la ballena de formas diferentes: los griegos la describieron como un pez alargado con hocico de perro, una suerte de serpiente marina, poco más que un monstruo a las órdenes de Poseidón. La fábula judaica de Jonás —capturado en el interior de una ballena durante tres días hasta ser escupido en tierra firme— también la consideró desprovista de voluntad y razón. Para los inuit, en cambio, las ballenas eran seres sagrados, directamente relacionados con el origen del mundo. Para los vikingos —na- vegantes temerarios si los hubo—, se trataba de un ser único y traicionero, tan parecido a una isla que dicen que algunos acampaban por error en su espalda sólo para verse luego arrastrados al fondo del mar. Los mapuches creían que eran ancianas guías de las almas de los muertos. Y los japoneses las consideraban fantasmas vengativos.Nota para economistas: en 1651, el filósofo Thomas Hobbes utilizó la imagen del leviatán para titular su libro sobre el contrato social y el Estado. Hasta ese momento, los libros de filosofía y política tenían nombres más bien aburridos, como “tratado sobre filosofía política”, y el gesto de Hobbes fue un éxito. Tanto es así que hoy las metáforas animales están en auge, especialmente para apodar comportamientos financieros. El toro simboliza un mercado alcista (se asocia con la idea de embestir hacia arriba), el oso representa un mercado hacia la baja (se asocia con la idea de las garras que hacen un movimiento descendente), los unicornios simbolizan startups fantásticas e infrecuentes valoradas en más de mil millones de dólares, los halcones son inversores que favorecen tasas de interés altas, las palomas son lo opuesto, los tiburones vendrían a representar inversores agresivos, los cerdos serían inversores avariciosos que pretenden siempre grandes ganancias, y las gallinas, los cobardes que sólo compran instrumentos de muy bajo riesgo. Ningún poeta ha sido consultado para la fabricación de esta tradición irresponsable.
En cualquier caso, hasta que la humanidad dominó mejor la ciencia de navegar largas distancias, la caza de la ballena fue una actividad pasiva: no sabíamos cómo doblegarla en mar abierto, de modo que nos dedicábamos a carroñar sus cuerpos varados en las playas, como el gigante de Ballard, cada vez que la oportunidad se producía. Así, poco a poco, fuimos aprendiendo sus secretos. Y con el transcurrir de los siglos, dimos forma a un vínculo instrumental y predatorio, en detrimento del que nos proponían las mitologías. Si se quiere establecer un punto de inflexión, fueron los vascos quienes, en el siglo XII, descubrieron las propiedades de la grasa de ballena y comenzaron a desarrollar el fino y sucio arte de capturarla.
Todo esto, sin embargo, es apenas un preludio. Pequeños flashes previos en la historia de dos especies condenadas durante milenios a vivir separadas —una bajo el mar profundo, la otra en la seguridad de tierra firme—, pero que en tan sólo tres siglos desarrollaron una relación compleja, y aún inconclusa. El verdadero comienzo se estableció tras una serie de motines, tormentas y penurias, cuando el navegante Fernando de Magallanes cruzó el estrecho que hoy lleva su nombre y los humanos aprendimos finalmente algo que las ballenas sabían desde hacía 32 millones de años: que el océano es uno solo.
Fue en otra esquina de ese océano, en una isla llamada Nantucket (Estados Unidos), donde el negocio de la caza de ballenas comenzó formalmente. Para prosperar y enriquecerse, los habitantes de la isla tenían que elegir entre levantar una granja durante un año corriendo un riesgo moderado y obteniendo una ganancia equivalente a ese riesgo, o bien invertir su dinero en las acciones de un barco ballenero que pasaría tres años cruzando todos los mares conocidos y volvería a casa —si alguna vez volvía— con un botín incierto. La apuesta era traicionera: en algunos casos, los barcos regresaban con suficiente grasa y esperma de ballena como para multiplicar por diez, de un solo tirón, los ingresos de cualquier granja de la isla. En otros casos, los balleneros no volvían nunca, o lo hacían con la tripulación diezmada por el escorbuto, las inclemencias del tiempo o por acción directa de sus presas, que no se dejaban capturar fácilmente.Nota para zoofílicos: el esperma de ballena no es líquido seminal, sino espermaceti, una sustancia ubicada en las cavidades de la cabeza que, se presume, les permite regular la flotabilidad. Los primeros balleneros, al abrir el cuerpo de la presa y ver ese líquido, blanco y cremoso pero distinto a la grasa, creyeron que se trataba efectivamente de esperma. Su calidad es tan superior a la grasa que se vendía por mucho más dinero, como insumo de lujo por sus propiedades cosméticas y porque al quemarse iluminaba sin producir olor ni humo. Uno de los capítulos más memorables de Moby Dick, de Herman Melville, la obra más famosa sobre la cacería de ballenas, describe a los marineros hundiendo las manos en un barril repleto de espermaceti y untándoselas en un estado de absoluto éxtasis homoerótico.
En el año 1712 tuvo lugar la primera cacería de ballena que aplicó el sistema de Nantucket, o al menos la primera de la que tengamos registro. El sistema consistía en perseguirla con un barco pero terminar de darle alcance con botes a remo, desde donde experimentados arponeros arrojaban sus proyectiles contra el animal (aprovechando que son mamíferos y cada tanto deben subir a respirar), para luego encontrar la forma de acercarse y rematarla a lanzazos. No son pocos los casos en los que la ballena volvió a hundirse con los arpones clavados, arrastrando consigo al bote y sus tripulantes hacia una muerte segura y catastrófica. Algunas personas dirán: justa y merecida.
Los humanos no tardamos mucho en sospechar que las ballenas son seres inteligentes, lo que en un principio no hizo más que aumentar el terror que nos causaban. En 1820 ocurrió el hundimiento del Essex, en pleno océano Pacífico, lejos de cualquier costa. Allí, los arponeros intentaron dar caza a algunos individuos de una manada —las ballenas se mueven en manadas, esto es importante—, pero una de ellas, de un tamaño inusualmente grande, optó por una estrategia diferente. En lugar de huir, atacó el barco. Dos veces impactó con todas sus toneladas y el robusto hueso de su cabeza contra el casco del Essex. Los testimonios dicen que se trataba de un cachalote endemoniado y terrorífico. Y que esos dos golpes bastaron para mandar la nave a pique.

Los marineros tuvieron que huir en botes, cargando la poca comida que pudieron conseguir. El único puerto que podían intentar alcanzar era Chile, pero quedaba a 2000 millas náuticas del punto del naufragio.Nota para animales terrestres: 3700 kilómetros. Contra toda esperanza, dieciocho hombres emprendieron ese viaje. Sólo ocho llegaron, desnutridos, deshidratados y traumatizados por, entre otras cosas, haber tenido que comerse a sus compañeros.
Esta es la historia que motivó la escritura de Moby Dick: una novela, un tratado filosófico, un ejercicio de narrativa experimental y un verdadero atlas sobre las ballenas, sus tipos, su anatomía, su comportamiento, los detalles del proceso de cazarla, las mil formas de aparecer en la cultura, el impacto económico de la industria construida alrededor de ellas y la naturaleza humana puesta a su luz. En ningún momento del relato las ballenas hablan. Pero Moby Dick es famosa por su comportamiento complejo. Mientras el capitán Ahab está convencido de la inteligencia y maldad de las ballenas, el oficial Starbuck, hombre religioso, cree que no tiene sentido “enfurecerse con una bestia muda”. El narrador, Ismael, por momentos lo sabe todo, por momentos sólo es un testigo, va y viene, oscila entre un simple grumete iletrado y un gran erudito, y no dirime la cuestión. Pero el hecho de que las ballenas, especialmente los cachalotes, puedan poseer algún tipo de comunicación compleja basada en el intercambio de sonidos escapa al conocimiento de todos.
Hoy, la medida exacta de la inteligencia de las ballenas es un misterio. Cada día que pasa, nos vamos convenciendo de que es mayor de lo que suponíamos. A tal punto que quizá sean el interlocutor perfecto que buscamos.





